sábado, 1 de octubre de 2016

CAPITULO 57


El licenciado Jorge Enrique Salcedo y Salmorán, presintió la muerte de su amigo, el coronel Yáñez. Después de todo, aunque ambos fueran diferentes, Salcedo consideraba a Yáñez su amigo, pese que éste, únicamente podía tener como amigo suyo, a una botella de alcohol, sin conocer el significado de la amistad, algo tan falso para él, como las acaricias de una mujer prostituta. Aún y con todo eso, Salcedo y Yáñez se habían conocido en la Academia de Jurisprudencia años antes, Yáñez desertó de la carrera, porque le gustaba más la vida militar, o mejor dicho, la vida falsa de un militar mexicano, asaltar caminos, robar, saquear, imponer el terror ante los débiles, adquirir en el mercado negro armas, municiones, promover revoluciones y buscar ante todo, cargos en el gobierno para poder vivir de los impuestos del pueblo y tener desde luego la autorización oficial, para seguir robando. Salcedo en parte debería de haber estado agradecido con quien pensaba era su amigo, ya que él no hubiera ingresado jamás a servirle al Supremo Gobierno, de no haber tenido en  el apoyo y la “palanca” que le representó el coronel Yáñez,, quien con su alto sentido de responsabilidad o mejor dicho, de ambición megalómana, trabajaba cerca del máximo líder de la República mexicana y quien por conducto de éste, le recomendó a Santa Anna, los servicios de un buen abogado.

Salcedo había regresado a su antiguo trabajo en el palacio nacional, de nueva cuenta regreso a su vieja oficina, este vez a trabajar muy de cerca con uno de los hombres de mas confianza del general presidente, el distinguidísimo abogado don Manuel Crescencio Rejón, quien en esos días, se desempeñaba como diputado. Salcedo por vez primera, sentía que sus servicios profesionales como jurisprudente, eran verdaderamente aprovechados por un jefe, más comprometido con las leyes y las instituciones de la república, que con las conspiraciones políticas de derrocar gobiernos traidores y reaccionarios. Salcedo, sentía que esta vez, su jefe inmediato Rejón, aprovechaba sus conocimientos jurídicos en la elaboración de proyectos de ley que tendrían como objeto, institucionalizar el país, a través de normas y de autoridades estables a cualquier cambio o revolución política que pudiera avenirse, inclusive, hasta la propia invasión americana que amenazaba con conquistar a México.



El diputado Crescencio Rejón, líder del partido de los puros, se dispuso de una vez por todas discutir en la cámara, el programa de la mayoría de los diputados del Distrito Federal, quien también estaba firmada y apoyada, por otros distinguidos diputados que únicamente habían estampado su firma, tales como Fernando Agreda y José María del Río.  El proyecto ha discutirse, hablaba de la necesidad de fortalecer el patriotismo nacional, eso se haría al redactar en la constitución el principio que estableciera que los poderes no delegados a las autoridades de la Unión ni negados a los Estados por el código fundamental de la Republica, se entendían reservados a los Estados respectivos. Dicha cláusula, decía Rejón fortalecería el nuevo federalismo mexicano, al ir restando de mayores facultades tanto expresas como implícitas, al gobierno centralista.

Pero mientras Crescencio Rejón redactaba en compañía de su ayudante Salcedo y Salmorán el discurso que aclamaría en el pleno del Congreso, a cientos de kilómetros, el general Santa Anna, se encontraba en su hacienda el Encero, para entablar, con sus oficiales y los ingenieros militares, la nueva estrategia con la cual, frenaría el avance de los americanos.  Santa Anna, estaba convencido que los americanos irían a la ciudad de México y que para eso, tenían que trasladarse de Veracruz a Jalapa; de ahí que lo tenían que hacer lo más pronto posible, porque el verdadero enemigo de Scott no era en si el ejército mexicano, sino el clima caluroso, los mosquitos y las enfermedades que pudieran mermar la salud física de los soldados americanos. Por esas razones, el camino de Veracruz a Jalapa, debería de estar bloqueado, en una zona cerrada, que no le permitiera a los americanos fugarse, donde se libraría el ultimo combate de la guerra, la pelea de cuerpo a cuerpo en la que se nulificaría la artillería americana y que derrotaría fácilmente, el avance enemigo. Ese lugar, era Cerro Gordo para Santa Anna, aunque muchos de sus estrategas militares objetaban dicha fortificación por sus condiciones geográficas que impedían utilizar la caballería, a diferencia de Corral Falso, donde encontraban mayores ventajas. Pero el generalísimo indignado por la insubordinación de sus oficiales, de sentirse mariscales cuando él era el único jefe de las fuerzas armadas mexicanas, tomó la orden de que el sitio en donde esperaría el avance de los americanos, para frenarlos, acorralarlos y después derrotarlos, era en Cerro Gordo y nada más Cerro Gordo.



Que tenía la plaza de Cerro Gordo para frenar a los americanos. Era el mejor lugar que la cartografía mexicana ofrecía para un combate de la magnitud que visualizaba Santa Anna. Pues en el viejo Camino Nacional de México a Veracruz, a un costado derecho, se encontraba el río del Plan, que serviría de muralla natural para prevenir cualquier ataque americano para ese franco y al lado izquierdo, se encontraban las montañas denominadas Telégrafo y Atalaya, cerros de unas pendientes tan inclinadas, que difícilmente los conejos podrían subirse sobre ellas. Así que en esa pequeña caja natural, rodeada de pequeños montes, barrancas y bosques, se libraría la batalla decisiva entre la guerra de México y Estados Unidos. Era inevitable que los americanos cruzaran por ese punto, ahí los esperaría Santa Anna, con un ejército de nueve mil hombres, integrado por las tropas que logró agrupar de Atlixco, Zacapoaxtla, así como de las guarniciones de Jalapa, Coatepec, Teziutlan, Matamoros y Tepeaca; obviamente algunos de estos soldados, habían sido sobrevivientes de las batallas de la Angostura.

Y mientras Santa Anna ordenaba a los ingenieros construir las fortificaciones que frenarían el avance yanqui; del lado enemigo, Scott dejaría el puerto de Veracruz y en la Hacienda Manga del Clavo, a por lo menos cuatro mil de sus hombres. Tratando de ocultar lo que realmente estaba pasando, por lo menos 2500 de sus hombres se encontraban enfermos de fiebre, a causa de los intensos calores que se vivían en la región; ah no ser por las picaduras de los mosquitos, o quizás el agua o las frutas de los árboles, la comida u otro factor desconocido; existía la amenaza latente de que el cólera se expandiera como una maldición divina, en perjuicio de las tropas americanas. Era por lo tanto urgente para el  general Scott partir a la ciudad de Puebla, donde el clima era más soportable, pues las verdaderas defensas que jugaban a favor de los mexicanos, no era ni su artillería, ni mucho menos su infantería, era su clima, su sol, su agua, sus alimentos, su viento, su calor. Scott emprendió la marcha rumbo a Jalapa donde sabría que Santa Anna lo esperaría con un ejército igual de numeroso como el que el presidía; ahí enfrentaría  un combate decisivo que definiría el triunfo o el fracaso de la expedición militar. ¡ganar o perder¡. No había otra opción. Ahí en Corral Falso o en Cerro Gordo, donde eligiera Santa Anna llevar su combate, se resolvería la guerra entre México y los Estados Unidos.



Tácticas y estrategias militares, nada tiene que ver con las discusiones que se llevarían en el Congreso mexicano en la ciudad capital; donde los diputados, discutirían una serie de reformas a la Constitución de 1824 que refrendarían su sentido federalista; para ello, el diputado y jefe de los moderados Mariano Otero, leyó el documento que presentaba el diputado Crescencio Rejón. Se proponía entre otros puntos a discutirse, suprimir el sistema de elección indirecta y establecer uno nuevo que serían las votaciones directas, es decir, extender el derecho de sufragio a todos los mexicanos, de lo contrario, aseguraba Rejón, viviríamos en un gobierno oligárquico; Otero río cuando leyó eso, decía la iniciativa de Rejón que de implementarse esta reforma, se fortalecería la democracia mexicana, las municipalidades desarrollarían su administración, siendo estas las responsables de establecer las reuniones populares, para que en forma libre deliberaran democráticamente sobre sus asuntos, de igual forma, se establecería gradualmente el juicio de jurados, proclamándose en la reforma, el uso libre de la palabra impresa, oral y escrita.   

Mariano Otero también coincidía con lo dicho por el diputado oficialista de Santa Anna, también quería un México justo y democrático, con un gobierno de corte federal, pero para implementarlo, había que conocer cuál era la verdadera situación política y social de la República Mexicana. Para ello, había que describir la sociedad mexicana y su padecimiento afeminado y degenerado de su raza; una triste organización política y social, sin educación, sin industria, sin comercio, sin porvenir. Como hablar de democracia, en un país desigual. El proyecto de Rejón estaba fuera de la realidad, en un país de siete millones de de los cuales tres de ellos eran de origen europeo y los cuatro millones restantes de aborígenes incultos, como hacer una reforma constitucional como la que proponía Rejón en un país habitado por indios sin educación, acostumbrados a trabajar para sus parroquias, a sus fiestas religiosas, a vivir todos los días embrutecidamente, a no tener mayor futuro que su vida analfabeta y salvaje, gobernada por el clero que le cobraba a sus feligreses sus diezmos y limosnas; y cuyo futuro para estos indios, sería ser tarde o temprano, reclutados en la leva, para servir a una nación que desconocían, a una patria y bandera nacional que no les despertaba sentido, ni admiración, menos aún patriotismo alguno; como modernizar a un país con habitantes de esa calaña, que alistados en el ejército mexicano, veían con indiferencia a los soldados americanos, con la que alguna vez habían visto a los soldados españoles. Que podía hacerse en un país, donde cuatro millones de sus habitantes y los otros tres millones restantes, aunque fueran de raza blanca y mixta, tampoco les representaba futuro alguno. Al menos de esta gente, que vivía en las principales ciudades y pueblos de la Republica, al menos cerca de un millón de ellos formaban parte de las clases improductivas, sacerdotes, clérigos, administradores de iglesias católicas que nada producían, más que ser autosustentables con las limosnas de sus feligreses; en una sociedad donde al menos, 300 mil habitantes vivían de la agricultura, de las fábricas o de las minas, pero la mayoría de estos, en la constante holgazanería, vagabundos, léperos, borrachos, apostadores, que con el paso del tiempo se convertirían en criminales, salteadores de caminos, bandoleros, y en el peor de los casos, funcionarios burócratas del gobierno, muchos de estos disfrazados de militares sin técnica y conocimiento de la guerra, más que de la revuelta, la conspiración, el sabotaje, la traición a la ley y a las instituciones.

Quizás esos eran los militares que rodeaban a Santa Anna o era el mismísimo Santa Anna quien lideraba a todos esos militares mexicanos, que por momentos se sentían mariscales, napoleones, guerreros, pero realmente, valemadristas de lo que le pasara a la patria; había que sacar la batalla, como se pudiera, para que en el futuro, la prensa o los enemigos del general, no acusaran a éste de haberse vendido a los americanos. Había que hacer las trincheras y subir por lo menos unos cañones al cerro del Telégrafo, para desde ahí observar el avance yanqui y porque no atacarlos desde el cielo; esa era la tropa de la que se refería Otero, la que se integraba por indios analfabetas, sin educación, sin entender los conceptos básicos que años antes habían peleado y dado la vida, hombres gigantes como Hidalgo, Morelos, Galeana, Mina, Guerrero; hombres armados con sus mosquetones obsoletos, pero que  seguramente, al llegar la noche escaparían, o  a la primera escaramuza huirían como ratones. ¿Cuál patriotismo?. ¿Cuál soberanía?. ¿Cuál guerra contra los Estados Unidos?. ¿Cuál defensa del territorio nacional?. Las palabras de Santa Anna no solamente eran poco creíbles por las sospechas que despertaba su liderazgo, sino que también, no se les entendía nada, ni hablaban español y si lo entendían, su lenguaje era tan corto como su visión. Nadie entendía lo que pasaba, ni lo que decía Santa Anna, ni siquiera sus órdenes militares eran asimiladas por sus subordinados; no entendían porque mantenerse en esa plaza de fácil acceso, que garantizaba sin ser ingeniero militar, una anunciada y estrepitosa derrota.

Por otra parte don Manuel Crescencio Rejón estaba fielmente convencido en que esa reforma constitucional daría un nuevo sentido a la historia del país, lo modernizaría, le fomentaría patriotismo, estaba convencido de que el país debía de hacer una declaración de sus derechos, como lo habían hecho los franceses en su Revolución, como también lo habían hecho los propios americanos al reformar su Constitución; había que adicionar en la Constitución de 1824, cuáles eran las garantías que el Supremo Gobierno otorgaría a los mexicanos, los derechos de prensa, de libertad de expresión, opinión, transito, comercio; había que reformar la Constitución para hacer extensiva esa declaración de derechos imitando a los franceses y a los Estados Unidos, pero con la única novedad de implementar un procedimiento que hiciera que esos derechos, dejaran de ser letra impresa en un libro de papel, para convertirlos en derechos subjetivos reales, con tribunales integrados por funcionarios profesionales, que decidieran otorgar a los quejosos, la protección y el amparo de la justicia en contra de los abusos de poder, en que el país se encontraba sometido. Eso era lo que proponía Manuel Crescencio Rejón y lo que también, el diputado Mariano Otero coincidía. Establecer un mecanismo que les diera a los ciudadanos las garantías de que ningún gobierno, de esos que constantemente circulaban en la política mexicana, los amenazara con privarles de su vida, de su libertad, de su igualdad, de sus bienes, de su sagrada propiedad. Esa idea era correcta, pero como implementarla en un país de analfabetos.



Y cuando los americanos encontraron a los mexicanos en Cerro Gordo, el combate empezó.  Ahí en su tienda de campaña Santa Anna trato de guardar postura, calmar su ansiedad, olvidar por momentos el dolor de su rodilla sobre la pata de palo en que reposaba la mitad de su cuerpo; trato Santa Anna de que las cosas salieran como pensaba, rezo a la virgen de Guadalupe y también suplico muy en el fondo a sus subordinados, que pelearan con valor, para limpiar el honor nacional, esa mancha que los americanos habían propiciado con el bombardeo en Veracruz.

Ese era el valor que se necesitaba, decir las cosas como eran realmente y no como querían escuchar nuestros funcionarios. Para promover una reforma constitucional como el juicio de amparo que se proponía, había que reconocer que en México, se vivía un analfabetismo, una falta de principios y valores, una sociedad afeminada, degenerada y corrupta como decía Otero; un país donde ser comerciante era motivo de vergüenza y que por esa razón, el comercio en México estaba controlado por extranjeros, a los cuales en vez de promover circularán estos sus mercancías, eran víctimas de los constantes impuestos que les acechaban, de los aranceles con altas tasas de cobros y requisitos absurdos para el desembarque y traslado de sus mercancías, inclusive hasta de la amenaza que el gobierno mexicano hacia a estos profesionistas de confiscarles sus productos, sino cumplían con alguno de los requisitos que este establecía. Finalmente un gobierno ladrón incapaz de generar riqueza. Como implementar un juicio de amparo para estos casos, donde el comerciante honesto era constantemente  molestado y orillado a vivir en la inmoralidad del crimen, de la corruptela, en la que para sobrevivir del constante acoso de los funcionarios aduanales, tenía que sobornarlos para permitir ejercer su profesión, que como en cualquier nación civilizada, era la clave del progreso y no del estigma prejuicioso digna de una sociedad medieval.

Manuel Crescencio Rejón estaba convencido de ese plan de reformas para mejorar la situación política, económica y social del país; sabia como Otero que el país no estaba del todo bien, que había falta de patriotismo y no por los soldados mexicanos que desertaron una noche antes del combate de Cerro Gordo, ni tampoco por aquellos que respondían la metralla de balazos que recibía, sino porque la iglesia católica había hecho mal al país; porque no había agricultura en el territorio nacional, porque tres cuartas partes de territorio nacional, eran del clero, la que si bien arrendaba tierras, ningún estímulo propiciaba a los pequeños agricultores, de labrar la tierra, a causa del pago del diezmo o de la falta de caminos para circular sus productos, o de las gabelas que gravaban su mercancía.



Ese era el campo mexicano; una verdadera caja rodeada de las montañas del Telégrafo y el Atalaya, de otros pequeños montes, pendientes y a lo lejos un rio; zona boscosa en la que los americanos trataron de ocupar el Cerro del Telégrafo pero que fue rechazada por la infantería mexicana; al menos cincuenta muertos americanos podían verse en esa frustrada ocupación del cerro que obligo a los americanos a retirarse. ¡Era una buena noticia¡. Santa Anna salía de su tienda de campaña, con la noticia de que los americanos habían sido expulsados en la toma de ese cerro. Vítores de alegría encendía a los oficiales mexicanos y al mismo Santa Anna que en aires de soberbia, decía a sus críticos, que su estrategia era la correcta, “ya lo vieron cabrones”; nada hicieron los americanos. ¡Ni un conejo pasara por este camino¡. ¡Aquí les vamos a partir la madre a esos güeritos¡….  ¡Pinches gringos culeros¡. El ataque que hiciera el general Twiggs fue rechazado por la tropa mexicana, quien dejara en las faldas del cerro a por lo menos veintiséis muertos y ciento ochenta heridos del ejército mexicano; Santa Anna inmediatamente recibió el parte de novedades del oficial mexicano, quien exagerando la hazaña, dijo lo que Santa Anna quería oir.

-      Mi general, huyeron los muy maricas. No pudieron con nosotros. Respondimos el ataque, en apego a sus órdenes mi general; debió de haber visto como huyeron los pinches gringos. ¡No tienen guevos los cabrones¡.

El combate en Cerro Gordo debía de posponerse, tan pronto amaneciera; la expulsión de la tropa americana en la ocupación del Cerro del Telégrafo, era motivo de orgullo y de fiesta en las filas mexicanas, así que el general para tranquilizar a su tropa y evitar una oleada de deserciones como las que cada noche ocurría, tuvo la brillante idea de improvisar una fiesta de la victoria; autorizo a la tropa a que bailaran, que también tomaran, con “la debida moderación que el combate representaba”, los soldados mexicanos estaban creídos que la batalla había sido ganada por estos; el generalísimo engreído en su táctica tan criticada, mostraba una vez más a sus detractores, que él tenía la razón, los gringos no pasarían por Cerro Gordo, serían detenidos en su ambición desmedida, derrotados y humillados, regresados en sus buquecitos de vapor de donde nunca debieron de haber partido.

La noche fue intensa y aun así con el insomnio que el diputado Crescencio Rejón tenía; la discusión de la introducción del juicio de amparo en la Constitución de 1824 se llevaría a cabo, en una sesión donde seguramente, uno de los oponentes a la reforma, seria paradójicamente, el mismísimo Mariano Otero.  Efectivamente, como aprobar un recurso legal para aquellas clases sociales aristócratas y ladinas, que se enriquecieron con los recursos del pueblo; que nunca lograron la riqueza y la prosperidad que tanto prometieron para el bienestar de la nación y si en cambio, aumentaron sospechosamente su patrimonio; ya nadie recordaba el gran fraude que represento el Banco de Avío, la generosa idea de Lucas Alamán que termino por ser una caja chica de nuevas fortunas de los millonarios mexicanos, el primer banco mexicano con un fondo de un millón de pesos destinado para ayudar a todo empresario mexicano que quisiera construir una fábrica y en que termino, en un verdadero “monte parnaso”, un banco donde se extrajeron importantes sumas de dinero, que nunca fueron reintegradas al banco, que nunca produjeron riqueza ni las tan anheladas industrias con las cuales nuestra patria se convertiría en la Inglaterra hispana, al carajo se fue todo ese dinero, todas esas industrias mexicanas nunca se pudieron edificar y no por falta de dinero, sino por falta de empresarios, comerciantes, industriales; las leyes dictadas con anterioridad eran absurdas, se hablaba de proteger a la industria mexicana, pero a decir verdad, nunca hubo industria mexicana que proteger, unos cientos talleres de hilazas y tejidos de algodón, que nada producían en comparación a las industrias textiles que existían en Londres; pobres mexicanos tontos, visión tonta, corta, pobre; proteger a talleres familiares que no producían riqueza y haber prohibido a Inglaterra introducir a nuestro país, sus fábricas textiles, donde se produciría a un menor costo, toda la vestimenta del mundo; donde nuestros habitantes dejarían de ser analfabeta y siervo de los párrocos de la iglesia, para convertirse en esa clase proletaria que había en Inglaterra, Francia, Estados Unidos, esa nueva clase social que llevaba acompañada progreso para sus respectivos países, puertos marítimos y vías de ferrocarril que acortara las distancias.

Visión corta de los mexicanos y también de sus militares y de su gran genio militar, don Antonio López de Santa Anna, quien nunca pensó que los conejos si podían subirse en esa montaña; la tropa americana escalo toda la noche el cerro de la Atalaya y no sola la escalo, con esas pendientes tan pronunciadas, sino que inclusive, se dio el lujo de colocar cuatro poderosos cañones que acabarían por siempre, lo que quedaba del orgullo nacional. Al amanecer, a las seis de la mañana, fueron los americanos, los que iniciaron el ataque, los mexicanos yacían dormidos, luego de su festejo de haberles ganado a los gringos, nunca pensaron, que los muy infelices, habían trabajado toda la noche para subirse a la punta del cerro y desde ahí, haber colocado sus cañones con los cuales, serian destrozados.



Santa Anna no daría crédito en cómo habían llegado a esa posición. Como habían podido transportar esos poderosos cañones, con que gente, con que agallas, con que autorización habían ascendido al cerro; automáticamente el general ordenó a su tropa ocuparan el cerro para arrebatarles a los invasores de sus poderosas armas, pero nadie le hizo caso al generalísimo, pues las balas de los cañones eran certeras, continuas, peligrosas; la tropa mexicana se dispuso a huir y a nadie hacerle caso, el general por momentos pierde su otra pierna, toma un caballo y aun así trata de dar órdenes a su regimiento, que sigue sin hacerle caso, esquivando las balas y recibiendo el contra ataque terrestre que los americanos habían emprendido. De esa forma, observó el paisaje y tenían razón sus detractores, estaba en una caja, había caído en su propia trampa, ahora se encontraba rodeado por cielo y tierra por sus enemigos los americanos, que disparaban desde arriba de aquel cerro, sin la resistencia de los mexicanos, que huían como ratones atemorizados.

Esa es la vergüenza nacional, se dijo al día siguiente en el Congreso, el diputado Mariano Otero; un ejército desmoralizado, integrado por multitudes de hombres ignorantes, sin capacitación, sin profesionalismo, sin lealtad ni disciplina; un ejército acostumbrado al “pronunciamiento nacional” para desconocer gobiernos legítimos, pero nunca para enfrentar a un verdadero ejército profesional, esa era la vergüenza nacional, que los soldados mexicanos huyeran del combate, a no ser blanco de los rifles o los cañones americanos, a no caer a causa de una bala muertera, de una guerra, mas definida para el triunfo de los americanos.  Santa Anna, como los demás soldados de su tropa, también huye, esta vez, para no ser capturado como lo fue en San Jacinto, tiene que huir entre la confusión, entre el ruido del cañón y de las balas, para no ser identificado y obligado a firmar una paz que no cedería; huye Santa Anna, por esos montes, con toda su tropa, sin poder contrarrestar ninguna ofensiva, ni siquiera una estrategia defensiva, el ejército mexicano se disuelve en la medida en que las tropas de Scott van introduciéndose al camino a Jalapa; en el que sus artilleros, desde esas montañas, disparan con toda la tranquilidad que el paisaje les daba, para ver desde arriba, como huían los soldados mexicanos.

Esa es la guerra que se pierde, la que todos los mexicanos siguen perdiendo todos los días, al enfrentarse con un gobierno nefasto, corrupto, inservible; un gobierno integrado por burócratas que llevaban una vida muy parecida a la de sus militares, empleados sin educación que compraban sus plazas para vivir de las pocas rentas que recaudaba la hacienda pública, funcionarios bien pagados, pero no por sus conocimientos en el arte de la administración pública, sino porque ellos aprovechándose de su posición, fijaban sus emolumentos, tan prósperos y decorosos, que ningún comerciante modesto podía tener trabajando de forma honesta; esos eran los burócratas, a los que había que proteger a través del juicio de amparo; burócratas que en sus escritorios podían disponer libremente de los bienes, de los derechos, inclusive hasta de la vida de cualquier ciudadano, sin responsabilidad política, jurídica, ni criminal, el poder era todo en México, el fuero que les autorizaba robar sin ser juzgados y sentenciados a la cárcel, el fuero que les permitía entablar relaciones inmorales con tipos desleales a la república, a la patria; pensando siempre esa masa de funcionarios, en perpetuarse en el puesto, gobernara quien gobernara, fuera federalista o centralista, católico o masón, yorkino o escocés, no importaba la extracción política que fuera, el puesto gubernamental era bueno, útil, garantizaba status y la promesa de ascenso, para obtener otro mejor puesto que también garantizara, mayor prosperidad.

Los mexicanos fueron derrotados en Cerro Gordo; la batalla mas importante de Santa Anna después de la Angostura había sido ésta y lamentablemente, le había tocado perderla, abatido por los cañones y los rifles de los yankies, Santa Anna huye como también queriendo huir de su destino, habría sido preferible morir pero la santísima virgen le tenía preparado otra sorpresa, vivía porque estaba condenado a ser alguien importante en la historia de su país, no le tocaba morir como habían muerto muchos de sus soldados aquella tarde estrepitosa; Santa Anna vivía cada vez que así lo sentía, con aquella pierna que soportaba el peso completo de su cuerpo, se dispuso a continuar caminando, a pensar que mientras hubiera vida, había esperanza,. Que mientras en México hubiera un mexicano en pie de lucha, la guerra continuaría hasta su victoria; México no se vería jamás mancillado por la artillería americana, jamás sería conquistada, mientras estuviera él en pie de lucha, con una decena,  centenar o un millar de mexicanos dispuestos a morir por la patria.

Eso era lo mas importante para esos días, la patria. El día de la discusión de la reforma constitucional, la prensa mexicana publicó una noticia del periódico Commercial Advertiser, en el que informaba que un capital del ejército americano, el general Bentón desembarcaría de Nuevo Orleans a Veracruz para sostener una plática con el ministro Rejón, para negociar la paz a cambio de la cantidad de tres millones de pesos.

Esa noticia era falsa, Rejón no era Ministro de Relaciones Exteriores, ni siquiera conocía a ese funcionario americano, ni iría a Veracruz ni a ninguna parte, más que al congreso mexicano a discutir su iniciativa de reforma constitucional, era una noticia falsa que atentaba contra su imagen, que lo colocaba como a un mentiroso, un traidor a la patria, que desprestigiaba su honorabilidad y sus buenas intenciones de introducir en la Constitución Política, el juicio de amparo.

Rejón tomo su carruaje y se dispuso a dirigirse al congreso, donde lo esperaba el diputado Mariano Otero, para seguir discutiendo sobre esa reforma. Para manifestarle que coincidía en que el amparo debería de ser individualista, porque debía de proteger a lo más importante que tiene una nación que son sus individuos; esa era la novedosa reforma que revolucionaria el derecho en nuestro país, fundar la constitución en el derecho individual de las personas, a ser protegidas por los tribunales contra los abusos de sus gobernantes, contra esos pilluelos que robaban, mentían y gobernaban cínicamente la patria; contra esos que huían de Cerro Gordo, contra los que laboraban en palacio nacional, con los aristócratas que hicieron inmensas fortunas sin haber edificado escuela, camino, fabrica alguna; contra ellos había que proteger a los millones de individuos victimas de su mal gobierno, un juicio de amparo producto de la mejor obra legislativa de todos los tiempos, la que ni los ingleses, franceses o americanos habían diseñado para el bienestar de sus ciudadanos; un solo juicio, un solo recurso, una sola ley, una instancia que gozara de respeto, credibilidad, honorabilidad, que protegiera por siempre y en cualquier lugar, a cualquier mexicano que se viera afectado o puesto en riesgo sus derechos individuales como persona, como ciudadano, como mexicano, ese era el juicio de amparo que había que introducir en la constitución de 1824.

El carruaje de don Manuel Crescencio Rejón  estaba por llegar a la sede del Congreso, cuando una piedra rompió el cristal de la venta de su carruaje, asustado se asomó y vio como un lépero le aventaba una piedra, haciéndole una seña obscena con los dedos; Rejón espantado por el acto, escucho otra pedrada en la parte trasera del carruaje, volteo y observó también ,que otros léperos le gritaban y lo injuriaban, le decían traidor, no comprendía lo que pasaba, tenía en sus manos su discurso respecto al juicio de amparo, pero lo que la gente tenía en las suyas, era la nota periodística publicada en ese día, en la cual lo acusaban de vende patrias.

Otero espero a su adversario para expresarle que coincidía con él en algo tan importante en la historia del país, que aun con sus limitantes, con la pobreza y en el estado de guerra por la cual cruzaba la patria, era el momento crucial e importante para aprobar en la constitución de 1824, la introducción del juicio de amparo. Estaba conforme con ello, salvo algunas pequeñas discrepancias, una de ellas, era que Otero propondría al congreso, que una ley reglamentaria definiera cuales serían esos derechos por las cuales los mexicanos serian amparados, Rejón de haber estado en el congreso hubiera objetado esa propuesta, el hubiera preferido que esos derechos formaran parte del texto constitucional, estuvieran en ellos redactados, fueran parte de la norma fundamental y no una norma secundaria como proponía Otero.



Pero eso proponía don Manuel Crescencio Rejón; quien para ese momento, su carruaje era atacado por una muchedumbre que lo injuriaba, los cristales de carruaje roto, sacudían al carro, algunas manos habían ingresado por esas ventanas rotas para golpearlo, aventarle piedras, jalarle los cabellos, Rejón pensó morirse en ese acto, con una mancha de sangre en su frente, creyó ser linchado por esa turba que pedía su muerte, que injusto trato recibió, los centinelas acudieron a poner el orden, amedrentaron a los léperos que habían atacado al carruaje, pero a nadie detuvo, a nadie metió a la cárcel,  la turba enardecida se fue injuriando con sus gritos al diputado lastimado en su persona, en su integridad, en su honorabilidad desprestigiada.

El amparo sería contra actos de autoridad de los poderes legislativo y ejecutivo, no así del poder judicial; no concebía Otero que el amparo fuera contra un juez, podía serlo contar las leyes del congreso, contra los funcionarios del supremo Gobierno, pero no de un tribunal; Otero le faltaba la imaginación de Rejón, si era posible amparar a ciudadanos contra las malas sentencias de los jueces, contra inclusive aquellos jueces de consigna, a merced de los corruptos gobernantes; no lo había pensado así Otero y no pudo defender esta teoría Crescencio Rejón, que yacía casi inconsciente en su carruaje, espantado, lastimado, casi muerto sino por el linchamiento, si de la pena, de la humillación pública.

Los centinelas entraron al carruaje y le preguntaron al diputado como se sentía, este respondió que bien, que como podría sentirse luego de no haber acudido a la sesión legislativa más importante en la historia del congreso mexicano, en la plenaria a donde expondría sus puntos de vista para introducir el juicio de amparo en las leyes mexicanas, como podría sentirse de no llegar a su cita con la historia, en el mismo momento, en que el diputado Mariano Otero quedaba en la memoria legislativa del congreso mexicano, como el creador del juicio de amparo.

El amparo seria resuelto por los tribunales de la federación y no en el sistema inverso en que se proponía, es decir, en un sistema en que los jueces locales, podrían anular los actos de autoridad de los autoridades federales, o bien viceversa, que los jueces federales, dejaran sin efecto los actos de autoridad de los gobiernos locales; para Otero y para esa ley aprobada, los tribunales de la federación serían los únicos facultados para conocer de reclamaciones o amparos por los actos de autoridad violatorios a las garantías individuales que cometieran las autoridades tanto federales como locales, centralistas como departamentales.

Finalmente y sin discusión que frenara el plan de Otero, el diputado y jefe de los moderados, logro aprobar el Acta de Reformas, quien en su artículo 25 proponía.

Los tribunales de la federación ampararán á cualquiera habitante de la república, en el ejercicio y conservación de los derechos que le conceda esta Constitución y las leyes constitucionales contra todo ataque de los poderes legislativo y ejecutivo, ya de la federación, ya de los Estados, limitándose dichos tribunales a impartir su protección en el caso particular sobre que verse el proceso, sin hacer ninguna declaración general respecto de la ley ó del acto que lo motivare.

Ese no era el amparo que busco Rejón, ese fue el amparo de Mariano Otero a quien entre aplausos y las plumas literarias jurídicas, le otorgó al joven diputado jalisciense, la inteligencia de haber creado tan importante recurso legal en el derecho mexicano. Rejón no acudió a su cita con la historia y por eso, su participación en este procedimiento constitucional, se vio reducida a una mera anécdota histórica del congreso de Yucatán; el daño que se le hizo al diputado Rejón, fue no haber propuesto junto con Otero las ideas que este tenía concebidas del juicio de amparo, la visión de Otero era corta a comparación de la de Rejón, lamentablemente, su adversario político en el congreso, tenía una cualidad que el no poseía, pues aparte de juventud, tenía el estigma de no ser “santa annista”. Ese fue el error de don Manuel Crescencio Rejón, haber trabajado muy de cerca, del seductor de la patria: don Antonio López de Santa Anna.

Y a todo esto, que ocurrió en la capital: la noticia llego pronto. Era cierta, muy dolorosa; pero era motivo de alarma nacional. La prensa decía que los americanos habían vencido a los mexicanos en Cerro Gordo, donde había quedado disuelto el ejército mexicano, desconociendo el paradero del general Santa Anna. A buena hora llegaba la reforma constitucional y la introducción del juicio de amparo en el derecho constitucional mexicano; cuando el ejército de los Estados Unidos de América, tomaba Perote, Tepeyahualco y después pisaba Puebla sin haber hecho un tiro. 

viernes, 30 de septiembre de 2016

CAPITULO 56


Las tropas del general Winfield Scott ocuparon la Hacienda Manga del Clavo, residencia personal del general Santa Anna. Sólo encontraron en ella algunos sirvientes desconcertados y temerosos, que nada supieron hacer, cuando los visitantes intrometidos, fueron rodeando con su caballería los linderos del “rancho” de Santa Anna. Después del recorrido, Scott entró al portón principal; con su caballería y una escolta especial, cortaron las cadenas de la entrada principal, abrieron los candados y entraron sin necesidad de ejercer disparo alguno, así la caballería americana, sus carros y sus infantes desfilaron por el camino principal de la hacienda, ante la mirada desconcertante de los criados y los campesinos, que confundidos por lo ocurrido, no imaginaban que esos visitantes fueran los enemigos de su patrón; las tropas americanas entraron a esas ponderosas tierras cargando con ellas la bandera de las barras y las estrellas, algunos más, con sus tambores y trompetas, otros con sus respectivas mochilas y rifles con bayoneta; frente a las miradas cada vez más desconcertantes y escondidas de los peones de la hacienda, los miles de soldados del ejército de Scott continuaron marchando, hasta poder finalmente ingresar a la Casona de la hacienda, residencia o al menos, una de las tantas propiedades inmobiliarias del  máximo líder de la República Mexicana: Don Antonio López de Santa Anna.



La tropa que acompañaba al general Scott pudo ingresar a la casona, entonces uno de esos soldados abrió cada una de las cortinas y también de las ventanas de la lujosa mansión, para permitir la entrada de la luz; y poder encontrar en ella, no al dueño de la casa, pero si su presencia; vieron su lujoso comedor de madera, su sala con cojines bordados de símbolos patrios, los hermosos vitrales de la casa, los candelabros de oro que colgaban de los techos, los miles de adornos de águilas devorando a la serpiente colgados en la pared, junto con las banderas y medallas que lucían en marcos de oro con maria luisas terciopeladas en color rojo, los cuadros con retratos de busto y cuerpo entero de al parecer, el patrón de la casa y hasta también un altar de la Virgen de Guadalupe; eso era un verdadero palacio, construido muy a la mexicana; seguramente ni Hernán Cortes el conquistador, ni mucho menos Moctezuma,  había vivido un día de su vida como lo hacía Santa Anna cuando reposaba en su hacienda a descansar, lejos de la ciudad y de sus políticos, con los lujos y la ostentosidad digna de un príncipe europeo; ahí en esa casona, rodeado de criadas hermosas que le ofrecieran sus servicios sexuales sólo por tratarse del patrón del casa, en aquellas alcobas ostentosas, camas matrimoniales con preciosas colchas tricolores y muchas habitaciones para resguardar en ella a batallones completos de soldados, huéspedes, invitados, amigos; debajo de la alcoba principal, frente al comedor, una cocina de ladrillos, con sus respectivas ollas de barro, cubiertos de madera, costales de carbón; fuera de la cocina, los árboles, los llanos, las caballerizas y los graneros; y desde más lejos, hasta una pequeña plaza de toros donde el general se divertía con sus amigos, ya fuera en las corridas o apostando en los palenques en las peleas de gallo.



Cada una de las partes de aquella ostentosa mansión era ocupada por el regimiento de los Estados Unidos de América y visitada por el general Scott quien sin orden de cateo ni mandamiento judicial, ni mucho menos rendición alguna del ejército o del gobierno mexicano, fue ocupando yarda por yarda de aquella ostentosa hacienda. La tropa y sus respectivo cowboy, se estacionó en el casco de la hacienda, frente a un pequeño kiosco donde se encontraba también la tienda de raya que vendía a los peones la propia comida y bebida que estos producían; lejos del kiosco, se observaba también las  pequeñas casitas donde vivían los sirvientes, había también pozos de agua, molinos de viento, chiqueros de cerdos, toros, bueyes y hasta una pequeña capilla donde se hacían misas.

Inmediatamente una comitiva de sirvientes mexicanos se acercaron hacía el general Scott preguntando quien era éste, a lo que este respondió que era el Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos de América; a lo que la comitiva mexicana, no supo entenderlo, pues no comprendía que era eso de “Comandante Supremo”, ni mucho menos, en toda su vida, habían oído hablar de los “Estados Unidos de América”. No conocían más autoridad que su patrón, Antonio López de Santa Anna, a quien también le llamaban Su Alteza, “Serenísima”, “patroncito”, pero nunca tampoco presidente, porque tampoco esa gente, sabía el significado de lo que era el presidente de una república.

Los interpretes del general Scott trataron de hacerles entender a los sirvientes mexicanos, que venían a visitar al general Santa Anna, pero lo poco que entendieron los americanos, es que al “patrón”, tenían “mucho tiempo de no verlo”, - “When Time?” . – No sabían responder los mexicanos, no sabían ni de días, semanas, meses o años, sólo sabían que “mucho tiempo”, era “mucho tiempo”.



Scott seguía impresionado de ver la ostentosidad de la hacienda, los montes, los ríos y hasta las nubes que veía desde lejos, seguramente también era propiedad de Santa Anna, para no ir mas lejos, aquellos sirvientes mexicanos, sus animales e inclusive mujeres, también eran propiedad de Santa Anna. El hombre más rico de México, por algo había sido tantas veces presidente, por algo y por esa sencilla razón, Scott se respondía el que un hombre como ese, pudiera ejercer tanta influencia en la vida política, económica y militar de su país.

Los sirvientes mexicanos no sabían lo que realmente estaba ocurriendo, para ellos, Scott, aunque alto, güero y hablara otra lengua distinta a su dialecto indígena, era otro gachupin más, uno de esos tipos soberbios y prepotentes que caminan con zapatos en las calles de Veracruz, Puebla y de México; uno de esos tipos, que como sus antecesores, también transgredían México, a punta de balazos y cañones. Así que los indígenas de la Hacienda, trataron de hacerle entender a los interpretes del general Scott, que éste y su gente, podían pasar por su casa, al fin que seguramente, el patrón venía en camino, para atender a “sus visitas”.



  Consternado Scott del grado de inocencia y de amabilidad de sus anfitriones, se dispuso a entrar a la casona y recorrerla nuevamente en cada una de sus habitaciones; a tocar esos muebles de fina madera, a sentir esas telas terciopeladas, de seda de incalculable valor, de verificar si los accesorios de la casa, realmente eran de oro o de un metal parecido a éste; Scott subió al primer nivel de la casona, en cada pisada de la escalera, observó el enorme salón de bailes de la casona, el espejo inmenso que hacía el efecto aún mas grande del salón y vio, lo que pensó, se trataba de la alcoba principal: efectivamente, la recamara de Su Alteza Serenísima..

Scott sabía que también venía en camino, James Thompson, seguramente acompañado de los “contactos mexicanos” que este había conseguido en su estancia en México; y que visitarían también la casa, porque ese era el lugar indicado, para la entrega de las armas y las municiones, que el mismísimo Santa Anna había adquirido por conducto del coronel Yáñez. ¡Finalmente negocios eran negocios¡. Toda excursión militar era costosa, más esa expedición punitiva americana, que aunque estuviera cerca de su suelo patrio, implicaba un costo económico cuantioso y por ende, debía de ser autofinanciable, es decir, que los propios mexicanos y con su dinero, costeara su invasión.

Scott no pudo evitar la tentación de sentarse en la cama de Santa Anna, para quedarse a contemplar esa pared y ese olor a madera que lo invitaba por momentos a quedarse reflexivo, por momentos dormido; seguía observando ese enorme espejo y esas cortinas tan refrescantes que a su vez, impedían la entrada de los mosquitos. Ahí sentado, frente al espejo Scott pudo encontrar la respuesta que se había planteado minutos antes: Que había hecho Santa Anna para tener una casa así; esa recamara, ese comedor, esos extensos terrenos de cultivo, de ganado, los cientos de hombres y de mujeres que trabajaran para él; como le había hecho para ser tantas veces presidente de la Republica, para irse a Cuba y luego regresar, sin tener trabajo alguno que lo mantuviera decorosamente en sus gastos; que había hecho ese militar mexicano, cuya hoja de servicios, no se comparaba de ninguna forma a la suya; él, si era un militar de carrera y también un abogado, podía verse en el espejo y presumirse así mismo, que tenía la disciplina ética de un militar y un buen ciudadano, siempre subordinado al mando supremo y a la Constitución; Scott si era un buen ciudadano americano, pese al injusto juicio marcial que alguna vez enfrento en 1812, había mostrado su valor en la guerra de 1812, en las batallas de Queenston Heights, Fuerte George, Chippewa y Lundy´s Lane, había recibido un voto de gracias y una medalla de oro por el Congreso americano e inclusive, a su joven edad y brillante hoja de servicios, había rechazado la Secretaria de Guerra y Marina en la administración del expresidente Madisón.

Eso había hecho Scott en América y que diablos había hecho Santa Anna en México;  que había hecho el general mexicano, mientras él, como buen patriota americano, había partido a Europa para perfeccionar sus estudios castrenses, al estudiar las tácticas militares y haber escrito manuales de guerra para los estudiantes de la milicia americana; que había hecho Santa Anna, mientras él, arriesgaba nuevamente su vida, en las guerras del Halcón Negro en 1828, en Carolina del Sur en 1832, cuando peleó contra los indios seminoles en 1835, cuando obtuvo la paz en la región del Niagara, cuando en 1838 persuadió a más de 16 mil indios sherokes a que se trasladara pacíficamente al territorio indio desde Tennessee y Carolina del Sur, por haber impuesto la paz en la guerra de los madereros y haber recibido el nombramiento de general en jefe del ejército.   ¿Qué había hecho Santa Anna para tener una casa así?, en una república de indios, borrachos e ignorantes, en una nación subdesarrollada; la respuesta a su interrogante era obvio. ¡Santa Anna era un ladrón¡. ¡un corrupto¡, ¡Un pillo¡. ¡Un mentiroso¡. ¡Un traidor¡. Un mal mexicano que había traicionado a sus habitantes, a sus leyes, a sus instituciones, a su bandera, a su palabra; Santa Anna era un tipo despreciable y por esa razón, había que acabar con él, con cada rincón de su casa, de sus muebles, de su vestuario, de su nombre y también, de la memoria colectiva de los mexicanos.

Scott se paró de la cama del general y abrió las puertas del ropero y encontró en el, cantidades de trajes de militar, todos ellos con excelentes bordador con hilos de oro y escudos de la águila mexicana; las botas relucientes e inclusive, hasta las prótesis de madera, de bronce y de plata, que a veces solía ponerse el general para poder caminar cada vez que quisiera con un pie distinto; sin pensarlo, Scott abrió el ropero y saco toda la ropa del general mexicano y la echo a la cama y dio a las órdenes a su tropa, para que sacaran esas onzas de ropa y las llevaran a los chikeros de los puercos, para que con su lodo, las mancharan o sobre ellas se cagaran los marranos; eso había que hacer, darles la autorización para que cada uno de sus soldados, pudiera hacer los actos de pillaje que este prohibía pero que ahora podía permitir, robar los cubiertos de plata, las telas de seda, las espadas colgantes, las monedas que pudieran estar escondidas, robarse todo y si no destruir todo, romper los espejos, los cristales, los vitrales, ningún mexicano merecía tener a un gobernante de esa calaña, romper esas banderas nacionales y esas “medallas al valor” que tanto presumía el generalete mexicano, seguramente otorgadas por diputados leguleyos, hablantines, viles y traidores como su jefe; la tropa siguiendo las ordenes de su general, con las culatas de sus rifles empezó a romper las puertas de la casa, las ventanas, a vaciar los graneros a robarse los animales, para guardar provisiones; podían hacer todo los soldados americanos, menos, saquear los barriles de mezcal o pulque que habían en la hacienda; esas bebidas embriagantes estaban prohibidas en la moral cristiana del general Scott, esas ridículas y corrientes esas bebidas, dignas para pueblos borrachos como los mexicanos, únicamente servirían para idiotizar a los mexicanos; podían los soldados americanos robar, saquear, maltratar, dañar, todo lo que quisieran hacer de esa casa, inclusive, hasta fornicar con las mujeres de la hacienda, podían hacer todo, menos y por ningún motivo, ingerir bebidas alcohólicas.



Santa Anna era un traidor no solamente para los mexicanos, sino también para los americanos. Le había prometido al presidente Polk que le permitiera ingresar a México luego de su exilio, a cambio de negociar la paz de la guerra, cediendo para siempre, los territorios del norte; y que hizo el desdichado traidor; que hizo, cuando el había prometido al Almirante Alexander Slidell Mackenzie cuando lo visito a la Habana, “que lo dejaran entrar a México”, que restablecería el gobierno liberal y federalista y que tan pronto llegara al poder, celebraría la paz con nosotros los Estados Unidos. El muy mentiroso, le mando a decir a Polk por conducto de Mackenzie  que no “se revelara jamás la conversación”, para que la historia jamás durara de su patriotismo. - “¡Cínico¡.” – Santa Anna era un cínico – se dijo asimismo el general Scott con la furia incontenible de un militar digno a su palabra, reprochándole a Santa Anna, que había faltado a lo más importante que tiene un hombre: su palabra.  Pues el general mexicano, efectivamente pudo entrar a México por Veracruz, tal como se había pactado, pero él no había cumplido su palabra de negociar la paz; pues el muy desdichado, continuó la absurda guerra que había empezado su antecesor Mariano Paredes Arrillaga; y ahora, ante un adversario traidor y sin palabra, él, se había visto en la penosa necesidad de haber destruido Veracruz, haber matado gente inocente, mujeres, niños, gente inocente que tuvo la desgracia de haber sido gobernada por gente tan deleznable como el que ostenta la soberanía mexicana.  



La tropa americana obedeció las ordenes de su jefe, en la destrucción de la finca de Santa Anna, procedieron éstos a robarse todo lo que pudieron robarse; dando principal preferencia a la comida, con ella abastecieron los carros, al igual que las pipas de agua; toda la paja para los caballos, robar todo lo que pudieran robar.

Llegando al atardecer, cuando los soldados americanos recorrían cada pulgada de la hacienda, la escolta del general Scott anunció la visita de James Thompson, acompañados del Coronel Yáñez, Gutiérrez y el oficial Gaudencio; entonces el general Scott dispuso que los atendería personalmente en la recepción de la casa, donde seguramente Santa Anna se disponía a recibir a sus visitantes.

Yáñez observó el desorden que imperaba en la casona a la que tantas veces había visitado; era un poco indignante ver la destrucción de la hacienda y no poder hacer nada para defenderla; seguramente cuando su jefe don Antonio de Santa Anna se enterara de los desmanes hechos por los americanos, estallaría en furia para destruir a su adversario; era doloroso, pero tenía que disimularlo; entrar a la recepción y ver como el general Scott con sus aires de vanidoso, en forma despectiva se dirigiera a la comitiva mexicana para preguntarles sobre los nombres de los principales pistoleros que había en México, quienes eran los gavilleros o piratas de la región, Yáñez un poco intrigado no venía a la casa de su jefe a tratar sobre ese asunto, sino para recibir las armas que días antes había comprado.

James Thompson, en su calidad de interprete, habló en su lengua natal con Scott y le hizo entender, que los mexicanos, ilusamente habían comprado armas al ejército de los Estados Unidos, unos treinta mil rifles y treinta millones de municiones, a cambio de un millón de pesos, algo así como mil barras de oro; pero no solamente era eso lo importante, Thompson le informaba también al general Scott que lo más importante era, que tenía señales importantes de haber ubicado el tesoro de Moctezuma; un conjunto de pergaminos, joyas y utensilios del viejo emperador azteca, de incalculable valor no solamente económico, sino también cultural y espiritual; Scott como Thompson, como el mismísimo presidente de los Estados Unidos James Polk, sabía que ese tesoro, representaba tener todo el conocimiento secreto que le permitiría a norteamericana, gobernar al mundo por mil años; los secretos de Dios para poner en practica el destino manifiesto y con ello, el nuevo orden mundial; la palanca que haría posible a los Estados Unidos convertirse en la nación mas poderosa del mundo, más aún que Francia e Inglaterra.

-    ¿Dónde está?. – pregunto Scott – ¿Donde esta ese tesoro, que nunca revelo Cuauhtemoc?. – James Thompson, le respondió que en el poblado de Tacubaya México, cerca de las lomas de Tizapan y la barranca del moral, estaba el tesoro escondido. – Las planchas de oro de Nefi, de las que también hablaba, el profeta Smith, las que contiene las palabras que le fueron reveladas al profeta por el Angel Gabriel, - “¡la verdad que gobernará al mundo¡”  - El tesoro que andamos buscando.     



Scott celebró con júbilo esa buena noticia. Algún premio debió de haber obtenido, luego de la triste experiencia de haber matado a familias mexicanas a través de sus potentes cañonazos. Ahora estaba convencido que no ser por la traición de Santa Anna a su falso ofrecimiento de paz hecho al Almirante Alexander Slidell Mackenzie, jamás ningún ejército de los Estados Unidos hubiera tenido la oportunidad de entrar a la Ciudad de México para buscar el tesoro perdido.

Sin embargo y ante la barrera del idioma, el coronel Yáñez, acompañado de Gutiérrez y Gaudencio, no podían entender en que radicaba la felicidad de sus adversarios; algo no le convencía del todo; los americanos habían decidido venderles armas con los cuales, se les combatiría y eso, no sabía si era motivo de la risa para Thompson; Scott continuando en su dicha por hacer la mejor campaña militar de toda su vida, le instruyo a Thompson, que hiciera entrega de las armas, no en las cantidades convenidas, pero si de un importante arsenal, que de nada le serviría a los soldados mexicanos, que por cierto, seguramente, no sabían ni contar.

Thompson percibiendo esa desconfianza de sus acompañantes, para darles mayor tranquilidad a los oficiales mexicanos, les dijo que el general Scott estaba muy contento por las debida hospitalidad recibida a su persona y a su tropa, por el personal de la hacienda, pidiéndole se le agradeciera personalmente al general Santa Anna su gentil atención; así también refiriéndose a la venta del arsenal,  les dijo también que el general estaba satisfecho por el pago en barras de oro que recibiría y que honorable a su palabra pactada, haría entrega del parque.

Scott sin ni siquiera dirigirse a los mexicanos, le pidió a James Thompson, contactará con todos los bandidos salteadores de caminos  que hubiera en México; les ofreciera una mejor paga que el jefe de todos sus jefes, a cambio de que por ningún motivara atacaran a sus regimientos, ni menos aún, decidieran robarles; Thompson, respondió que no tuviera la mínima preocupación, porque para sorpresa suya, el jefe de todos los bandidos, también era, nada menos y nada más, que el mismísimo Santa Anna.

-      What?

Si Santa Anna, el general Antonio López de Santa Anna, es el jefe de todos los bandidos mexicanos; él es el que le otorga el grado militar a los bandidos, cuando estos visten uniformados durante los tiempos de guerra, cuartelazos, revoluciones; pero en tiempos de paz, les permite a sus oficiales, vestirse como civiles y retirarse a las montañas, para asaltar en los caminos a cuanto extranjero vean, robarles sus pertenencias, sobre todo joyas, oro y todo metal susceptible de fundirse y poderse convertir en moneda falsificada; Santa Anna, es el jefe de todo el bandidaje que hay en México, es el gran cacique de todas estas tierras, el máximo distribuidor y vendedor de mezcal, pulque; también de prostitutas, de palenques; de pistoleros a su sueldo; el controla todos estos caminos, ¿porque cree que entra y sale del país cuando quiere?, ¿porque cree que entra a palacio nacional como presidente y se va y luego regresa cuando se le de la gana?; ¿ de donde cree que salen los recursos para financiar sus revoluciones?, ¿sus guerras?, ¿Acaso cree que de los impuestos?. Si México es un país pobre, no produce riqueza, depende económicamente de nuestros comerciantes y de lo que también le venden los comerciantes genoveses, franceses, ingleses, españoles;  sabía que México consume  más de lo que produce y que por ende, su riqueza, se obtiene no del impuesto que genera sus comerciantes y ciudadanos, sino de lo que éste les roba.

Wilfied Scott entendió entonces, porque Santa Anna podía tener una casa como esa.

Acaso cree que con el sueldo de presidente de la república, el general Santa Anna podría obtener esta riqueza, esta casa y otras más que tiene en otros lados; no tiene idea de la inmensa riqueza de Santa Anna, es sin duda alguna, el hombre más rico del mundo, más que cualquier prospero comerciante y empresario británico, que cualquier noble europeo, que cualquier banquero judío. Santa Anna es un hijo de puta, como dicen los mexicanos, que hay que romperle la madre.

W. Scott sintió entonces el llamado del verdadero sentido de esa guerra. Destruir a ese nefasto hombre, a esa basura de ser humano, que traiciona a su pueblo, a su nación y a su palabra. ¡Santa Anna era el enemigo a vencer¡. El obstáculo para que ese pueblo de indias conociera la democracia y la libertad.

Thompson informó a Yáñez, que el parque adquirido se concentraría en el caso de la hacienda, para calmar sus ansias, le ofreció un trago de mezcal a lo que el coronel mexicano, sin dudarlo acepto inmediatamente.

Scott se dio cuenta entonces que el enviado de Santa Anna, era otro tipo igual que todos los mexicanos. Un borracho más. Thompson, siguió ofreciendo mas licor, al igual que Gaudencio y al coronel Melgar Gutiérrez y Mendizabal que también consumieron, pero no en la misma cantidad que su compañero. Yáñez, siguió ingiriendo una vez más esa fuerte bebida embriagante, queriendo adquirir con ella, la seguridad que por ese momento tenía.

Se dispusieron todos a salir, al casco de la hacienda, para hacer entrega del tan anhelado parque adquirido. Treinta mil rifles y treinta millones de municiones, ¡pobres mexicanos pendejos, no sabrían distinguir un cien, de un mil, de un millón; no sabría lo que comprarían; menos aún, cuando su principal oficial cabecilla, ya se mostraba a esas horas, un poco contento y hablantín, por el estado etílico en que se encontraba.

Yáñez, desenfundando su pistola, la que en ningún momento soltaba, aun con su estado de embriaguez, sintió lo que realmente estaba ocurriendo. Cuando salió de la casona y se le hizo entrega del parque, se pudo percatar que todo era una farsa, que no existían los treinta mil rifles, ni menos aún las treinta millones de balas que había comprado; había sido víctima de una estafa. Ahora, estaba ahí en la casa de su patrón, pero esta vez sin él, sino en el terreno enemigo.

Thompson entre hablando inglés y español, le mostraba a Yáñez, una caja de rifles y otra más de municiones; pero no eran el número de cajas que este esperaba; faltaba más y no era todo el parque, Thompson le había engañado; así que Yáñez, ordeno al coronel Gutiérrez y al oficial Gaudencio a que desenfundaran sus armas y emprendieran la huida, porque seguramente, serían capturados como prisioneros de guerra por Scott; pero al dar la orden, pareció no escucharlo Gaudencio.

-      ¡Que no oyó Gaudencio¡. … ¡Gutiérrez, vámonos Gutiérrez¡.

Thompson cruzo la mirada con Yáñez y le sonrío, como queriéndole darle una disculpa.

Entonces el oficial Gaudencio saco su arma y apunto a Yáñez.

-      ¿Que está haciendo Gaudencio?.

El oficial Gaudencio, sólo alcanzo a responder:

-      ¡Lo siento jefe¡. … - y entonces disparó una y otra vez más.

Yáñez trato de sacar su pistola y defenderse también disparando, pero antes de hacerlo, Gutiérrez se había adelantado, también disparándole.

-      ¡Jijos de punta¡. … - fue lo que alcanzo a decir Yáñez. Ya no pudo decirles: ¡Jijos de su pinche madre¡. ¡Pinches putos¡. Ojala se vayan mucho a la chingada… 

Era demasiado tarde, la sangre empezó a escurrir por la boca. Sólo alcanzo a ver, como Gaudencio se acercó hacía él y para cerciorarse de que estaba muerto, alcanzo a sentir como se le acerco, para luego sacar éste un cuchillo y encajárselo una y otra vez con una cizaña, que le hacía recordar, la tarde en que mato al escribano.

Nada pudo hacer Yáñez ante la traición de sus propios compañeros; una y otra cuchillada fue entrando a su cuerpo, haciéndole aprender que el que hierro mata a hierro muere. El que días antes había asesinado al escribano, ahora, era asesinado, con la misma saña, con el mismo odio, con la misma desconfianza, Yáñez empezó a escupir sangre y tener la vista borrosa, débil, cansado, con mucho sueño, ya no podía decirles a sus agresores “jijos de la chingada¡. Sentía que su cuerpo se iba, desaparecía de esta vida, oyendo a lo lejos las voces, dejando de sentir el dolor caliente primero de las balas y luego de esos cuchillazos; viendo por momentos aquel bosque, aquel lago y el cántico de los pájaros; viendo a lo lejos del árbol, la silueta de su madre que lo esperaba con los brazos abiertos, entonces Yáñez era un niño y corría a su madre que había dejado de ver por mucho tiempo; sintió entonces el mejor momento de toda su existencia, ese calor de hogar, ese cariño incomparable de madre, era otro… Yáñez no se había dado cuenta, que cuando corrió al sentir el abrazo de su madre, acababa de morir.

Una vez informado el general Scott de la muerte del coronel Yáñez, recibió otra buena noticia. Sus dos sicarios, el oficial Gaudencio y el coronel Gutiérrez y Mendizábal, se comprometieron, a cambio de una generosa comisión,  a revelar el lugar donde estaba escondido el tan anhelado tesoro. En efecto, si existía el mismo. Este se encontraba cerca de la ciudad de México, en el poblado de San Angel, por el rumbo de Coyoacán. La descripción que el oficial Gaudencio hiciera del mismo, parecía coincidir con el que el general Scott había recibido meses antes de algunos arqueólogos americanos miembros de una secta masónica. El tesoro existía y él, tendría mejor suerte que Hernán Cortes para descubrirlo.

El oficial Gaudencio y el Coronel Melgar Gutiérrez y Mendizábal se retiraron de la hacienda de Manga del Clavo,  conduciendo al menos unas veinte carretas que contenían por lo menos unos mil rifles y veinte mil municiones. Parque suficiente para entregárselo al general Santa Anna para defender la  Ciudad de México.

Scott mientras tanto, luego de pasar la noche en la recamara principal de la hacienda, decidió abandonar la hacienda de su enemigo el general Santa Anna, no sin antes ordenar, que la casona fuera incendiada.



Los oficiales del ejército americano cumplieron al pie de la letra la instrucción. En cuestión de veinte minutos, el fuego consumió la Hacienda, destruyendo por siempre, uno de los palacios del generalísimo mexicano. Así el fuego cubrió y calcino las paredes, las ventanas, los balcones, destruyó el techo, los vitrales, quemó las cortinas, los muebles, todo absolutamente todo; torres de fuego fueron consumiendo por siempre, lo que fue una de las moradas del líder político mexicano. Entre cenizas, quedaría por siempre aniquilada, la inmensa riqueza que el general mexicano guardaba en su casona.

Los jornaleros de la hacienda nada pudieron hacer ante el ejército americano. Tampoco nada entendía lo que el general trataba de decirles, solo eran testigos de que la casa de su patrón se incendiaba, sin que hubiera nadie que la apagara.

La hacienda de Santa Anna había sido por siempre destruida.