sábado, 27 de agosto de 2016

CAPITULO 24


Las tardes en el puerto de Veracruz son frescas, más aún, tan agradables cuando las mismas son acompañadas de aquel cielo azul que oscurece poco a poco, con aquel sol esférico rojizo que se esconde en el horizonte del mar; hasta perderse totalmente, produciéndose con ello la noche y el tenue alumbramiento de aquellos faroles instalados en el puerto.

John Slidell acompañado de su esposa Mathilde Deslonde y el agente secreto James Thompson, veían desde la cubierta del barco, aquel puerto de Veracruz, sin duda alguna una de las principales puertas para ingresar a la joven república mexicana; puerto por demás tan viejo, que cuando el ministro extraordinario lo vio, no hizo más que darse cuenta, de lo rezagado que estaba la joven republica en su infraestructura marítima; era un puerto si bien cierto con un clima fresco y agradable, digno de visitarse en calidad de turista para conocer el folclor de los indios mexicanos, también lo era que denotaba un sumo atraso, el puerto marítimo, considerado como “el mejor del país”, no competía de forma alguna con los puertos de New York o Boston, éste tenía una infraestructura antigua y deteriorada, la misma que en su momento hicieron los españoles durante los trescientos años que dominaron a los mexicanos.

Qué joven republica, lástima de que esta gente sea ignorante, sin aspiraciones de ningún tipo, viles indios calzonudos, sombrereros  y huarachudos, que lo único que saben es rezar y hacer fiestas pueblerinas a los santos y vírgenes en cada una de sus respetivas iglesias. ¡México¡. ¡Republica Mexicana¡. País que pudiera ser una potencia más que Norteamérica, más que España, Francia e Inglaterra juntas; país rico, inmensamente rico, pero ignorante, sumamente ignorante. Mientras los indios mexicanos construían bellas iglesias, catedrales, palacios virreinales y eclesiásticos, nosotros, los hijos de la divina providencia, construíamos el imperio que gobernara al mundo por siempre. Mientras los mexicanos gastaban su dinero en fiestas parroquiales, América renovó sus puertos, sus vías férreas, caminos y puentes; somos la resurrección de Roma, pero no de la que fue corrompida por sus excesos, sino la que será eterna en su gobierno por contar con la inspiración divina; nosotros los americanos  hemos construido cada día a partir de nuestra independencia un gobierno democrático y republicano con el que siempre soñaron los griegos y los hombres ilustres del pensamiento moderno. Había que hacerles entender a esos mexicanos, que América, no es enemiga de la libertad, que la civilización y el progreso de nuestras naciones hermanas, es para el beneficio de ellas mismas, no de nosotros los americanos; había que hacerles entender a los mexicanos, que no tenemos interés alguno, más que el deber moral y categórico de educar las naciones atrasadas de las bondades de la democracia, de las libertades cívicas, del gobierno republicano, de la revolución industria; y que por ello, es que nos oponemos a que se conviertan colonias de Francia, Gran Bretaña o inclusive, vuelvan a ser colonizadas y sometidas por España, porque no es a través de la monarquía, de los reyes y sus obsoletas disposiciones, como podrá encontrar la joven republica mexicana, el debido progreso que exigen los próximos años de éste país; sino será sumándose a la política del buen vecino, que nosotros los americanos les ofrecemos a los mexicanos.

Cuando Slindell y su esposa pisaron suelo mexicano, se dieron cuenta que habían llegado a un país místico, misterioso, bello y mágico; no solamente eran las facilidades comerciales que ofrecía el suelo mexicano, sino que también, era ese espíritu romántico, bondadoso, alegre;  el puerto de Veracruz era viejo, obsoleto y deteriorado, pero tenía un espíritu alegre, ver aquellos indios veracruzanos, vestidos de blanco y yo, con mi respetable esposa con esta vestimenta digna de príncipes europeos, el saco, el moño, el calzado y el enorme vestido de Mathilde, vestimenta pesada y calurosa que obviamente denotaba en los nativos, nuestra condición de forasteros, más aún nuestro color de piel inminentemente superior al de esos indios, que gracias al respeto de nuestro país a la soberanía de las  naciones hermanas, gozaban de libertad y no de la esclavitud que merecían.

Le había prometido a Matilde que nuestra estancia sería breve, calculaba yo que a más tardar, antes de la primavera regresaría a la Casa Blanca para ver a mi amigo el Presidente James Polk y describirle los mínimos detalles de esta misión prometedora. La mejor de mi carrera política, no bastaba ser un exitoso comerciante o un digno diputado de New Orleáns, la negociación que en breve sostendría con el gobierno mexicano, me abriría el camino para convertirme, sino en Ministro del Interior, si por lo menos en gobernador de mi estado New York, o de New Orleáns.

Tan pronto llegue a México y sus habitantes nos dieron una cordial bienvenida, dándonos un trato como si realmente nos hubieran esperado por largo tiempo, pero a decir verdad, ninguno de ellos sabía mi identidad. Lo mismo podía decirles que era británico o francés y esos indios eran capaces de creerlo, salvo mi guia, James Thompson, quien se encontraba ya esperándome semanas antes.

Thompson nos hospedo en una lujosa casa ubicada en el puerto de Veracruz, cuando el anochecer llego y nos dispusimos a dormir mi esposa y yo, dormimos en aquella habitación de muebles de madera, rustica, muy a la mexicana, soportando aquel pabellón que si bien nos acaloraba insoportablemente, si por lo menos, nos protegía del ataque de los constantes mosquitos.

Al día siguiente tuve una conversación con el agente Thompson, quien al invitarme a un desayuno ingiriendo alimentos típicos mexicanos como los frijoles y las tortillas, en un mesón cerca del puerto, se adelantaba a darme un pequeño informe respecto a las gestiones que en el nombre de los Estados Unidos de América tenía que hacer.

-      Señor Slindell, las cosas en México no están nada estables. Corren muchos rumores de que el gobierno constitucional del presidente de México, en cualquier momento será desconocido por otra revuelta popular.
-      Porque dice eso señor Thompson, que informes tiene respecto a la situación que guarda la capital.
-      Ah decir verdad, mis contactos me han dicho que el próximo año, México tendrá nuevo presidente.

La noticia pareció sorprender a John Slindell, quien solo cabeceo y en un tono que denotaba sorpresa comento.

-      Tengo entendido que el Congreso mexicano ratifico al general Herrera como Presidente constitucional. ¡No es así?.
-      Así es Señor Slindell, pero eso no significa que los militares y los clérigos acepten la investidura del general Herrera como presidente de México, mucho se ha rumorado, de que los días de este gobierno, están contados.
-      De donde vienen sus fuentes señor Thompson.
-      De los propios militares mexicanos. Por decirle que existen regimientos enteros que en vez de prepararse para la guerra que sostendrán con nosotros, están dirigiendo todas sus fuerzas, a desconocer al presidente mexicano.


John Slindell sólo rió, al mismo tiempo que ingirió aquel suculento café.

-      No se supone que el ejército mexicano se encuentra agrupándose en Matamoros para dirigirse a Texas.
-      Así es Señor Slindell, pero no en la misma expectativa que originalmente esperábamos. Por decirle que el general Mariano Arista es el responsable de la expedición que en breve incursionara a Texas para su conquista, pero en las últimas semanas recibió una oferta muy tentadora del general Paredes Arrillaga para sumarse a la nueva revolución que planea desconocer al gobierno actual.
-      ¡Y que dijo ese tal general Arista?.
-      No acepto sumarse a la revuelta que viene. Dejo en claro su compromiso de hacernos la guerra a nosotros y no a su gobierno.
-      Bueno, al menos la primera noticia de un mexicano honesto.
-      No lo crea señor Slindell, si el general Arista no se sumo a la revuelta no fue por su deber patriótico, lo fue seguramente por la lealtad que este le tiene al general Santa Anna.
-      Santa Anna, el general Antonio López de Santa Anna, ese que ha sido ocho veces presidente de México.
-      El mismo señor Slindell, el que es sin duda alguna, uno de los políticos y hombres más respetables y poderosos del país.
-      Pero que no se supone que fue desterrado, tengo entendido que la ultima revolución que hubo en México termino por expulsarlo y mandarlo a Venezuela.
-      Así es señor Slindell, pero no está en Venezuela, sino que se fue a Cuba, donde actualmente espera al llamado del próximo gobierno mexicano.
-      El que encabece ese tal general Paredes Arrillaga.
-      No señor Slindell
-      El del general Arista.
-      Tampoco señor, eso todavía mis fuentes no me lo aclaran bien, sólo sé que a parte de la conjura que se está realizando en contra del presidente Herrera, existe otra en la que está detrás el general Santa Anna.
-      Santa Anna piensa regresar a México.
-      Así es. Si ha gobernado México ocho veces, porque no lo va hacer diez.

John Slindell volvió a tomar otro sorbo de café para luego después reírse. Al terminar de hacerlo vio a los indios que estaban alrededor suyo, ingiriendo como el también alimentos; entonces la preocupación y el nerviosismo le gano, como se sintiera descubierto de quien era realmente. Entonces James Thompson, como si le leyera el pensamiento le dijo.

-      No se preocupe señor Slindell, estos indios con trabajos hablan español, mucho menos son capaces de entender nuestro idioma el ingles.
-      Tiene usted toda la razón.- Slindell volvió a tomar otro sorbo de café.
-      El gobierno mexicano se encuentra renuente a tener cualquier pacto con nosotros los americanos, automáticamente les despierta un sentimiento nacionalista, como si tal pareciere que aquel que sea capaz de sentarse con nosotros, se convertiría en un traidor a la patria.
-      No cree que pueda ser recibido por el gobierno mexicano.
-      Así es señor Slindell, no creo que ningún funcionario mexicano, al menos de este gobierno, tenga el decoro y el respeto que nuestra nación exige. Mucho me temo, que no seamos recibidos por nadie. Quizás pueda arreglarle algunas entrevistas discretas con altos prelados de la iglesia católica, que son personas todavía mucho más educadas que los militares y que tienen injerencia en el gobierno mexicano. Pero no le puedo garantizar lo mismo con el actual gobierno.
-      Y con el próximo gobierno, en caso de que surja una revuelta que destituya al presidente.
-      Dependiendo de quién sea el militar que triunfe en sus planes políticos. Si es el general Paredes Arrillaga no lo creo, porque se trata de un hombre conservador, partidario de la monarquía, lo primero que hará en caso de que sea él, el futuro presidente, seria pactar con Gran Bretaña, Francia o España para traer a un príncipe extranjero que gobernara esta republica, con ello buscaría también créditos y convertir a México en un protectorado de Europa.
-      Y si el próximo presidente de México es Santa Anna.
-      Quizás haya más posibilidades de negociar un buen arreglo que evite la guerra. Si convencemos al próximo gobierno de extracción santa annista de las bondades que ofrecemos, posiblemente no haya necesidad de derramar inútilmente sangre, pudiendo llegar con ellos a un buen arreglo.
-      Lo mismo espero señor Thompson, la misión que represento, no busca de ninguna forma la guerra con México, sino precisamente, encontrar la paz.
-      Cuáles son los planes que ofrecerá a México sobre la mesa.
-      Dependiendo de las circunstancias de lo que seria capaz de ceder el gobierno mexicano; para ello mi objetivo es entrevistarme con el presidente Herrera para  hacerle notar que Norteamérica está dispuesta a condonar a México de todas las ofensas que hemos recibido de sus anteriores gobiernos, podríamos desistirnos de todas las reclamaciones que ciudadanos americanos han recibido de los gobiernos mexicanos, mismos que ascienden a la cantidad de tres millones de pesos. Es más, podíamos desistirnos de cualquier otro arbitraje que haga cumplir las convenciones celebradas anteriormente entre México y Estados Unidos; inclusive, dar por cumplida la deuda que México tiene con América.
-      ¿A cambio de qué? … ¡de que acepten la anexión de Texas a la Unión Americana¡.
-      No solamente eso, sino que también acepten que los territorios de Nuevo Mexicano y la Alta California pasen también a formar parte de los Estados Unidos.

El señor Thompson quedo totalmente perplejo al oír la afirmación realizada por Slindell, no dando crédito de la negociación histórica que en breve sostendría, con el presidente de México. Entonces Thompson, al terminar aquella taza de café, saco un puro, haciéndole la invitación a Slindell para que lo acompañara con un puro.

-      Son exquisitos señor Slindell, Veracruz al igual que Cuba, producen estas maravillas de la madre tierra.

Slindell acepto la invitación, prendieron fugo y empezaron a fumar.

-      Si viene con esa importante misión, debo suponer que tiene toda la intención de fijar las nuevas fronteras con México.
-      Así es, será el Río Grande el que divida las dos republicas. Terminando la desembocadura del río, será el paralelo 42 que divida América de México.
-      Interesante el tratado próximo a celebrarse, pero dudo que estos indios tengan conocimiento del tamaño real de su país, creo que nunca han visto un mapa.
-      Tan ignorantes son.
-      Por supuesto, sabía usted que hay una Sociedad Mexicana de Geografía creada en el gobierno liberal del doctor Gómez Farías hace más de diez años, que no ha podido elaborar un solo mapa de la geografía del territorio mexicano.
-      Tanto así esta de atrasado este país.
-      Por supuesto señor Slindell, esa sociedad mexicana de geografía es un club de hombres cultos, letrados y masones, pero que en nada se comparan a nuestras universidades, ni mucho a menos a nuestros centros de investigación que contamos. Estos mexicanos, no saben lo que tienen. Esas benditas tierras mexicanas, serían mil veces mejor aprovechadas por nosotros que por ellos.
-      Así que si los mexicanos no tienen un mapa de su territorio, entonces, lo mismo les daría que la frontera la pactemos en el rio nueces que en el rio bravo.
-      Así es. Los mexicanos, no conocen la diferencia.



Slindell dio un fuerte golpe al puro y tocio.

-      Con cuidado su inminencia, el tabaco mexicano es muy fuerte.
-      Ya lo vi, ¿así son sus mexicanos?.
-      Eso habría que valorarlo en una guerra.

Slindell empezó a exponerle los términos de la negociación que sostendría con el gobierno mexicano. El objetivo principal era negociar un tratado de límites territoriales entre México y Estados Unidos, partiendo como frontera natural el río Bravo y el paralelo 42; reconociendo México que los territorios por encima de dicha frontera, formarían parte en forma perpetua, a los Estados Unidos de América. Es decir, el objetivo central no solamente sería anexar Texas a los Estados Unidos, sino también, el inmenso territorio de Nuevo México y el de la Alta California. Sin embargo había que dejar claro en la negociación, que Texas perteneció primero a Estados Unidos que a México, pues formaba parte del territorio de la Louisiana de 1802 a 1819 y que conforme a los tratados celebrados con España en 1819; se permutaron dichas territorios a cambio de la Florida. Había que dejar en claro también las reclamaciones que ciudadanos americanos tenían en contra del gobierno mexicano, las cuales conforme a los estudios periciales por la Comisión de Arbitraje celebrada en 1839, ascendía a la cantidad de tres millones trescientos treinta y seis mil, ochocientos treinta y siete pesos. Cantidad reconocida por los ministros mexicanos Bocanegra y Trigueros en 1843 ante el señor Wady Thompson. El cual fue ratificado por el Senado de los Estados Unidos y en el que se demostraba un espíritu de tolerancia que tenía el gobierno de los Estados Unidos respecto a la indiferencia, los ataques, insultos y vejaciones, que los gobiernos mexicanos, habían hecho en contra de varias propiedades de ciudadanos americanos. Motivo por los cuales, el presidente Jackson había desistido de hacer una guerra con México en defensa de los intereses de sus nacionales, ante dichos e injustificables ultrajes. La única forma de solucionar estos malos entendidos entre las dos naciones, era que México reconociera de una vez por todas, sin condicionamiento alguno, la decisión soberana del congreso texano de anexarse a la Unión Americana. ¡Era claro¡. Texas era una nación independiente desde la gesta heroica de San Jacinto, cuando Santa Anna reconoció la independencia de Texas en 1836 y que durante nueve años, era una verdad evidente e indiscutible ante la comunidad mundial, el derecho internacional y de gentes, de que Texas y México eran dos naciones independientes, sin que una estuviera subordinada a la otra. México había reconocido la independencia de Texas desde 1836, pues había desistido cualquier campaña militar para su reconquista, aunada a que recientemente, el gobierno mexicano tácitamente había reconocido ante los gobiernos de Francia y Gran Bretaña, de que Texas sería independientemente de México, siempre y cuando, esta nunca se anexara a los Estados Unidos. Si México aceptaba la anexión de Texas a los Estados Unidos, además de evitar la guerra, recibiría a cambio la cantidad de cinco millones de pesos, al igual que la condonación de los tres millones de pesos que el gobierno mexicana adeudada a Norteamérica. ¡Qué mejor oportunidad que apostarle a la paz¡. Estados Unidos ganaba Texas, México ocho millones de pesos.

Thompson le pareció benevolente la oferta, tomando nota de cada una de los puntos discutir en la futura negociación.

Además, Estados Unidos estaría dispuesto a pagar una cantidad adicional por el reconocimiento que hiciera México de la anexión texana. Entregaría la cantidad de veinticinco millones de pesos, por el reconocimiento de las nuevas fronteras entre las dos hermanas republicas. Había que hacerles notar que los territorios de Nuevo México y California eran desérticas e improductivas, que tarde o temprano serían ocupadas por indios bárbaros, los cuales se expenderían hasta los territorios de la Baja California, Chihuahua y Coahuila; la única forma de evitar esa inmigración perjudicial a México, sería que la posesión y propiedad de esos territorios formaran parte de los Estados Unidos, así el gobierno americano se comprometería con su homologo gobierno mexicano, a evitar la inmigración de los indios a los territorios mexicanos.

¿Se da cuenta señor Thompson?. Estados Unidos es benevolente con México. Esas tierras estarán en mejor manos con nosotros que con las tribus bárbaras o los nefastos mexicanos, que sólo saben hacer fiestas y peregrinaciones. Era una oferta tentadora, con veinticinco millones de pesos, o quizás menos, México podría modernizar su puerto de Veracruz como el que tenemos en New York o New Orleáns. Podría construir un ferrocarril de México a Veracruz, que pasara por Puebla. Otro más a Guadalajara, Monterrey y donde hiciera falta. Es una oferta tentadora, que ni los propios Ingleses habían hecho con los Chinos.

Tenía razón Mister Slindell para llevar a cabo esa negociación, sólo que había un inconveniente.

-      ¿Cuál?. – pregunto Slindell.
-      No existe un gobierno definitivo en México, con el que se pueda negociar.
-      ¿Entonces con quien?
-      Me parece que la negociación deba ser celebrada con un hombre de mayor estatura política, intelectual y mayor prestigio en la sociedad mexicana que el actual Presidente de México. Un hombre que sea además garantía de estabilidad política y que obviamente, sea simpatizante de nuestra política internacional.
-      ¿Quién podría ser?.
-      Santa Anna excelentísimo. El general Antonio López de Santa Anna.

Slindell tomo nota de lo que le acababa de decir Thompson, para eso volvió a dar otro golpe al puro, esta vez con mayor seguridad.

-      Que contacto podremos tener con Santa Anna.
-      El general Santa Anna radica en Cuba
-      No me refiero aquí en México.

Thompson se quedo pensando, tratando de buscar la persona idónea para llevar a cabo, los primeros intentos de negociación.

-      Tengo un contacto que se encuentra cerca de la oficina del Presidente de México.
-      No vamos a tratar con el general Herrera, sino con Santa Anna.
-      No importa, ese hombre es muy cercano a los dos generales. Trabaja para el actual Presidente de México, pero es un hombre leal a Santa Anna.
-      De quien me habla.
-      Es un civil, hombre letrado, educado, con mínimas nociones de la cultura americana.
-      ¿Acaso existen hombres así en México?.
-      Si, la republica mediana aunque no lo crea, tiene hombres inteligentes excepcionales, sin embargo, lamentablemente se desperdician a causa de sus gobernantes.
-      Créame que no conozco a ninguno.
-      Los hay, Lorenzo de Zavala quien fuera Vicepresidente de Texas era uno de ellos, otro es José María Mora, Gómez Farías, Lucas Alamán. Existe también un indio zapoteco que ha sido diputado en Oaxaca, muy inteligente que se llama Benito Juárez.
-      ¿Quién más?. ¡Acaso uno de esos hombres es con el que vamos a tratar este nuevo tratado de amistad con México.
-      Si, tan sólo el doctor Gómez Farías es un hombre liberal muy cercano a Santa Anna.
-      ¿Con él?.
-      Si, pero también hay otro, mucho más cercano que se encuentra en el corazón del Palacio Nacional.
-      ¿Quién Míster Thompson?, ¿Quién?..
-      El licenciado Jorge Enrique Salcedo Salmorán.

Slindell volvió a dar otro golpe de humo al puro. Entonces ordeno.

-      Contacte con ese hombre, para que pueda concertarme una cita con el presidente Herrera.
-      Así será Señor Slindell. En menos de un mes, usted estará en Palacio Nacional en el mismo escritorio del Presidente de México, negociando la paz y la prosperidad de América.
-      ¡Que así sea¡. Y que Dios bendiga América.

Slindell volvió a dar otro golpe al tabaco. Sólo era cuestión de tiempo.


viernes, 26 de agosto de 2016

CAPITULO 23


-      Santa Anna regresara al poder. –  Informó el Coronel Martín Yáñez en aquella reunión de la taberna, donde estaban ahí los tres sujetos, revueltos con la gente lépera de la ciudad.

El hijo prodigo del país se encontraba a Cuba, donde se reuniría con sus hombres de confianza, para retornar nuevamente a la patria que lo llamaba. Para ello, el Coronel Yáñez leal a su general, recibió el mensaje de Ignacio Cienfuegos, quien horas antes le había confirmado que el general Paredes Arrillaga planeaba una asonada militar en el Departamento de San Luis Potosí, pero que no había que preocuparse, pues según sus informes, los Estados Unidos de Norteamérica negociarían la paz, no con Paredes Arrillaga, sino con Santa Anna.

El plan consistiría en que Yáñez renunciaría temporalmente a sus emolumentos dentro de las filas del Ejército, así como también a su cargo de burócrata en el Supremo Gobierno; ello con la finalidad de dirigirse a Veracruz, para ponerse en contacto, con el general Santa Anna, quien se encontraba en Cuba, esperando en cualquier momento reclutar a su gente desde la isla, para en cualquier momento, regresar a México a recuperar su investidura de Jefe Supremo de la Nación.



-      ¿Yo que voy hacer? – pregunto Salcedo, quizás pensando que si Yáñez renunciaba a su puesto de burócrata en el Palacio Nacional, el también debería de hacer lo mismo, para dirigirse junto con él, a Cuba, a ponerse a las ordenes del Dictador.
-      Tú te quedaras en la Ciudad. Necesitas estar cerca del general Herrera o de quien quede en su lugar; hasta en tanto no te retiren la confianza.
-      Y el general Paredes Arrillaga. ¿A él si lo apoyaran como Presidente?.
-      ¡Tampoco¡. El muy iluso cree tener fuerza en sus tropas, pero no sabe el muy imbécil, que dentro de sus filas, tiene traidores.

Yáñez pidió al mesero otra botella de mezcal, para continuar con la conversación.

-      ¿Entonces, te iras de México?. – pregunto Salcedo
-      Si
-      ¿Y qué diablos le voy a decir al general Herrera, cuando pregunte por ti y no te vea.
-      No importa le, presentare mi dimisión al cargo.
-      No seas descortés. El general Herrera no merece esa falta de consideración, preséntate personalmente con él y exponle los motivos de tu retiro.
-      No tiene el caso perder el tiempo con una persona a quien ni lealtad ni confianza le tenemos. El todavía presidente Herrera ya no regresara jamás a la presidencia, de un momento a otro dejara de ser el jefe de la nación para erigirse en su lugar, Paredes Arrillaga.
-      ¿Y después?.
-      Después seguirá Santa Anna.

El escribano se quedo callado, forzando su puño derecho como si se le fuera una oportunidad valiosa. Como si dentro de el, pidiera que ese hombre jamás regresara.

-      ¿Santa Anna regresara al poder? – pregunto nuevamente Salcedo - ¿Estás seguro de eso?.
-      Si. Santa Anna estará de vuelta, quizás en unos cinco o seis meses, pero regresara al país.- Respondió Yáñez al mismo tiempo que su garganta aguantaba la resequedad del mezcal. – ese es el motivo de mi partirá, iré a ponerme a su disposición.
-      ¡Muy bien Coronel¡. – exclamo el escribano.- Si vos parte a Cuba y el licenciado Salcedo se queda en palacio nacional a un lado del general Herrera o del tal Paredes Arrillaga, ¿cuál será entonces mi papel?.
-      Su papel, es seguir siendo el escribano del general Santa Anna. ¡Cuidar por sus intereses¡. Guardar toda la discreción que solamente nosotros tres sabemos. – Yáñez inmediatamente recordó los títulos de propiedad del general - ¿Cómo va el asunto?
-      ¿Cuál de todos?
-      No se haga don Alfonso, el que vosotros y yo conocemos.
-      El juez Goroyteza me ha dado entrega de cada uno de los títulos de propiedad, debidamente certificados con el sello de la república. Dichos documentos los tengo en mi casa. Tan pronto vea al general os hare entrega de los mismos.
-      Cuando vos dijo “mi casa”, quiso referirse a la casa de mi general Santa Anna.
-      Así es, se encuentran en la Casona de Tizapan debidamente escondidos.
-      Seguro que nadie sabe del paradero de dichos documentos.
-      Nadie.
-      ¿Ni su futuro yerno? – sonrió el Coronel.
-      Ni él tampoco.
-      ¿Y el dinero?.
-      Solamente Vos sabe que escondido.

Yáñez volvió a tomar otro trago. El dinero estaba perfectamente escondido y sería el mismo custodiado aunque así no lo supiere jamás, por su incondicional amigo.

Muchas ideas pasaron por la cabeza de Yáñez, calculaba bien sus tiempos, llegaría en una semana al puerto de Veracruz y tomaría una pequeña embarcación junto con otros allegados; visualizándose en Cuba, en alguna lujosa hacienda con el general Santa Anna; a quien imaginaba sin su pierna izquierda pero con ese porte y gallardía digna de un Napoleón mexicano.

-      ¿Cuál es su escenario licenciado?
-      En el plano político y de ser cierto el rumor en comento, el general Paredes Arrillaga será el próximo presidente. Posiblemente se disuelvan los poderes públicos y se convoque a una nueva Constitución, como ocurrió en el año del 41; después la guerra estallara, porque no creo que sea de interés nacional, llegar algún arreglo amistoso con los americanos.
-      Si la guerra estalla, con que gente contara el general Santa Anna.
-      A lo mejor hasta con los mismos americanos.- contesto riéndose Salcedo, pero obviamente se trataba de un mal chiste que ofendía el patriotismo del Supremo Dictador y más del coronel y del escribano - ¡Perdón¡. Quise decir que posiblemente los americanos encuentren en Santa Anna un mejor representante para tratar estos asuntos internacionales. Bien o mal lo conocen. Su presencia garantiza estabilidad en el país.
-      Si Santa Anna regresa, seguramente lo hará también el licenciado Crescencio Rejón; … a lo mejor, hasta Nepomuceno Almonte se adhiera a Santa Anna en su proyecto revolucionario. – comento el escribano - También, sin duda alguna, el ejército y el clero verán con buenos ojos el regreso del generalísimo; si acaso la única oposición que podría encontrarse sería en la figura de don Lucas Alamán.
-      Don Lucas Alamán, el viejo ese aristócrata que pretende fundar una monarquía. – respondió el coronel.
-      Si ese mero.
-      Si Santa Anna regresa al país y logra juntar a todos los mexicanos para expulsar del suelo texano a los americanos e invadir Washington, veras que ese tal Lucas será el primero en coronar a Santa Anna en nuestro emperador.
-      Posiblemente, pero si Santa Anna no lo hace, si regresa al país y pierde la guerra, a lo menor será la última oportunidad que el general tenga para convertirse en héroe nacional.
-      Santa Anna es héroe nacional – refuto el escribano.
-      Es héroe y también villano – corrigió Salcedo.

Yáñez sólo se quedo pensando en las palabras de Salcedo.  Vio entonces el futuro que le deparaba a ese hombre.



-      Habrán negociaciones intensas. Los americanos están por enviar a un embajador extraordinario para solucionar el problema de los límites territoriales. No creo que se llegue a una solución en los días venideros, pero si pronostico que en los próximos meses, no solamente desfilaran por el país soldados americanos, ¡obvio en el entendido de que logren vencer a nuestro ejército, sino también auguro que vendrán muchos diplomáticos americanos a tratar de concertar citas con el presidente o bien, con sus ministros.
-      Gente enviada por los Estados Unidos.
-      Así es, con la única limitante que tenemos nosotros los mexicanos, en que si bien es cierto intuimos su verdadero plan expansionista, también no contamos con las herramientas mínimas necesarias para entablar un puente de comunicación idóneo y además sincero.
-      ¿A que se refiere con canales de comunicación?. – pregunto el Coronel.
-      A que no hablamos su idioma, nuestro lenguaje apenas es el español.
-      Sin olvidar desde luego las distintas lenguas que hablan los indios del país – agrego al comentario el escribano.
-      Así es, nosotros difícilmente podemos hablar una sola lengua, mientras que los americanos, hablan un solo idioma: ¡El ingles¡.

Yáñez volvió a dar un trago a su tarro de mezcal e hizo la seña para que Salcedo también hiciera lo mismo.

-      Acabo de tener una idea genial. – sonrió el Coronel.
-      Que se le acaba de ocurrir coronel. – respondió el escribano.
-      Salcedo es un hombre inteligente, ¿no lo cree usted así don Alfonso?.
-      Si, así es.
-      Salcedo sabe de leyes, filosofía política, saber leer y escribir con propiedad, no es así licenciado Jorge Enrique.
-      ¡Así es Coronel.
-      Sólo que Salcedo tiene un defecto, que en estos días, sería una gran cualidad para su sobrevivencia en el palacio nacional.

El escribano y su futuro yerno, se quedaron viendo el uno frente al otro, como preguntándose ellos mismos, que plan maquilaba Juan Yáñez.

-      ¿De qué cualidad habla Coronel. – pregunto el escribano.
-      De una que conocí de su amadísima esposa. ¡Bueno al menos una vez me lo comento vos personalmente. - ¿Amparo? ¿Qué diablos tenía que ver Amparo?.
-      ¿No recuerdo que le comente?.
-      Que su esposa es americana.

El escribano sólo se rio.

-      Mi esposa escribana, es una india como todas las mujeres, sólo que es alta y güerita que da la apariencia de ser extranjera, pero es más mexicana que los frijoles.
-      Mis informes no coincide con los que vos afirma. Tengo entendido que su mujer fue institutriz al servicio de la familia Adams.
-      Hace años.
-      Pues bien, si su esposa fue institutriz, entonces debe tener mínimas nociones de ingles.
-      Parece que sí.
-      Salcedo, nuestro buen y letrado Salcedo, no tiene algo que necesitamos y que si tiene su amadísima esposa. – dijo en forma irónica el coronel al escribano.
-      ¿Qué?.
-      ¡No sabe ingles¡

El escribano se mostró sorprendido por dicho comentario.

-      ¿Qué tiene que ver eso?.
-      Fácil don Alfonso, para estar cerca del generalísimo Santa Anna, debemos de contar con un traductor que tenga contacto con esos perros americanos y le diga todo lo que sepa de ellos a nuestro ilustre general.
-      Si eso lo entiendo, pero qué diablos tiene que ver mi esposa con todo eso.
-      No se haga tonto don Alfonso. Su mujercita, su adorable mujercita próxima suegra de mi gran amigo, será en los siguientes días, la maestra de ingles del licenciado Salcedo. – acentuando la voz ya en forma intimidante hacia el viejo cuestiono - ¿Alguna objeción?.
-      ¡Ninguna¡ - respondió resignadamente don Alfonso.

Jorge Enrique inmediatamente respondió.

-      Coronel aprender un idioma no es nada fácil, lleva tiempo; no es fácil.
-      Vos licenciado está capacitado para aprender eso y más. Además hoy como nunca, la patria requiere sus servicios, no veo inconveniente alguno en que pueda usted aprender, no olvide que Vos es una persona inteligente y que además, dentro unos días contraerá matrimonio y bien podrá aprender ingles en compañía de su bellísima esposa.

El escribano no quiso refutar al Coronel.

-      ¡Por cierto licenciado – dijo el Coronel – a mi partirá a Cuba no podré atestiguar su boda.
-      ¡No se preocupe coronel, podemos esperar su retorno e invitar porque no al banquete, al mismísimo Santa Anna.

El escribano le agrado la idea.

-      ¡Al general Santa Anna el día de su boda¡. – exclamo el coronel.
-      Si Coronel, la boda de mi hija merece como testigo, tan alto honor. – respondió el escribano.
-      Muy bien Salcedo, tenga garantizado que tan pronto el generalísimo me lo permita le extenderé dicha invitación.

Jorge Enrique había encontrado de manera espontánea una brillante excusa para posponer la boda, por unos meses, hasta en tanto regresara, si es que llegaba a regresar, el general Santa Anna.

-      Brindemos por nuestro pacto caballeros – hablo el Coronel extendiendo a lo alto el tarro de mezcal.
-      Brindo por el general Santa Anna – dijo el escribano.
-      Brindo por México – manifestó Salcedo, quien muy dentro de si, pensaba como serían sus futuras clases de ingles.

A lo lejos, en la otra mesa, una prostituta de nombre Guadalupe, había escuchado la conversación.