lunes, 17 de octubre de 2016

CAPITULO 66


La paz durara muy poco. Reflexiono Santa Anna cuando se percató que esos días debían de ser aprovechados para fortalecer sus líneas defensivas, rehacer un censo de su estado de fuerza, planear un golpe certero que le permitiera expulsar a los americanos del valle de México, para si bien, o ganar la guerra o quizás retrasar en lo más que pudiera la derrota militar de México; el generalísimo también llegó a pensar, que de vencer a los americanos, independientemente de los títulos y honores militares a la que se hiciera merecedor, los americanos quizás esperarían esos días de tregua para recibir refuerzos. Cabía la posibilidad de que estuvieran derrotados; finalmente ellos estaban en un territorio desconocido. ¡México no¡.

Claro que lo sabía Scott, su tropa había pasado grandes obstáculos para llegar al Valle de México, lograron resistir al clima de Veracruz, pese a que cientos de sus soldados no pudieron resistir algunas enfermedades muy típicas del trópico mexicano; lograron a vencer en Cerro Gordo, batalla fundamental que le permitió a su ejército ganar la confianza sobre la vialidad de su campaña militar; logró sobornar a la gavilla de bandoleros que asaltaban los caminos de Veracruz - México, para que estos nos les hiciera daño a sus soldados y si en cambio les sirvieran para protegerlos de cualquier ataque guerrillero; salió avante de las 1500 bajas de los soldados americanos que se les había acabado su contrato; pudo ganar diplomáticamente la plaza de Puebla, sin disparar un solo tiro, tan sólo convenciendo a los clérigos sobre la pacifica invasión que estaba llevando a cabo; la suerte o mejor dicho, la Divina Providencia,  le había favorecido en Padierna y Churubusco; ahora, no debía desaprovechar esa pequeña tregua, para reforzar tanto de víveres como de efectivos a sus soldados.  Debía aprovechar lo dicho por el artículo séptimo del armisticio celebrado y entrar de una vez, a la Ciudad de México.

Al mismo tiempo que el gobierno mexicano designaba a José Joaquín Herrara, quien mejor que él expresidente mexicano, que había sido derrocado un año antes por un golpe militar, quien mejor conocía los antecedentes políticos de la guerra, para negociar la paz; éste más, acompañado de los licenciados José Bernardo Couto, Miguel Atristain y don Ignacio Mora Villamil, así como del interprete José Miguel Arroyo, para llevar a cabo las conversaciones de paz, en el poblado de Azcapotzalco, donde se encontraba el Señor Trist, representante del Gobierno de los Estados Unidos de América.



¡Mientras negocias avanzas¡. Winfield Scott había recibido en manos del agente especial James Thompson, los mapas de la Ciudad de México, en ellos se describía, la plaza de armas: Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana; donde se encontraban las iglesias y los conventos, algunos edificios públicos y residencias, la Alameda y otros rincones de la Ciudad; esos mapas señalaban también, hasta los lugares de vicio, donde se frecuentaban la peor calaña de la sociedad mexicana, léperos y prostitutas, que podían convertirse en un factor de riesgo que podía aprovechar su contrincante; Scott siguió observando esos planos, los cuales señalaba también, donde se encontraba el mercado y los principales establecimientos mercantiles donde podía adquirir víveres para sostener a su tropa. No lo dudo. Entrar a la ciudad de México en tiempos de paz, era una brillante oportunidad para realizar una inspección y prever con anticipación, que lugares podía ocupar ante una futura y segura invasión, tan pronto se interrumpiera las platicas de paz e iniciarán nuevamente las hostilidades.

Tardo tiempo en convencer al responsable de la garita de Niño perdido, dejar entrar a cien carros americanos, quien escudados en la bandera blanca y en lo dispuesto en el artículo séptimo del tratado de la tregua, pudieron entrar a la Ciudad de México. “El ejército americano no impedirá con violencia el paso del campo á la ciudad de México para los abastos ordinarios de alimentos necesarios para el consumo de sus habitantes  ó del ejército mexicano que se halle dentro de la ciudad, ni las autoridades mexicanas civiles ó militares harán nada que obstruya el paso e víveres a la ciudad ó de campo, que necesite el ejército americano.”. ¡que estupidez de los mexicanos¡. Dicho precepto facultaba a los americanos que estaban en el campo, ir a la ciudad, bajo pretexto de abastecerse de alimentos; como si también, el ejército mexicano, pudiera desplazarse del campo, también a su propia a ciudad, también abastecerse de alimentos. ¡Una gran imbecilidad?. Pero más aún lo fue, cuando el oficial responsable de defender la garita de Niño Perdido, fue convencido de que debía aceptar lisa y llanamente lo firmado por el general Santa Anna, permitiendo la entrada de esos cien carros americanos.



Ante la mirada incrédula de los habitantes de la ciudad; por vez primera en la historia de México, las calles de su ciudad, eran pisadas por otro ejército que no fuera el de Santa Anna, Bustamante, Victoria, Iturbide; estos eran los soldados del ejército invasor, hombres altos, güeros, que observaban con curiosidad, los edificios de la Ciudad; los cientos de miradas incrédulas que los veían pasar, tras aquella bandera blanca que escondían disimuladamente, su verdadera insignia.

Muy pronto el general Tornel, responsable del Ayuntamiento de la Ciudad de México, le fue informado que más de cien carros americanos habían ingresado a la Ciudad; con el pretexto de abastecerlos de alimentos, al menor trescientos soldados americanos, caminaban por las calles de plateros, abasteciéndose de pan, frutas, verduras, trigo; otros más, caminaban frente a la catedral Metropolitana y el Palacio Nacional, como si fueran turistas.

-       ¡Quien los dejo entrar¡. – El gesto de indignación era justificado. Solo un militar imbécil, se le había ocurrido dejar entrar esa expedición supuestamente pacifica, al mero corazón de la república mexicana. Los informes que después recibió el general Tornel, es que los soldados “visitantes” del ejército americano, venían en son de paz, con la bandera blanca y desarmados, con la única intención de proveerse de alimentos.

¿Qué hacer?. Horas angustiantes que había que tomar una decisión. La primera de ellas, comunicárselo en forma inmediata al general Santa Anna, para que este instruyera lo conducente. ¿Qué diablos le iba a responder el generalísimo cuando se enterara de la absurda pregunta?. ¡Pendejos¡. Yo no los deje entrar, ni elabore el tratado; que no pensaron en eso. ¡Cómo puedo estar rodeado de gente tan pendeja¡.

Inmediatamente los soldados acuartelados en el Palacio Nacional, esperaron la señal de ataque, para sacar a punta de balazos a tan polémicos visitantes; pero la señal no se recibió; ni en ese minuto, ni en lo sucesivos; los americanos estaban en su legítimo derecho de llegar a la plaza del Volador, para comprar los alimentos que estos quisieran; los suficientes para llenar esos cien carros y regresar a su posición, de la que nunca debieron de haber salido, para darles de comer a por lo menos ocho mil soldados americanos hambrientos; que si bien, no pudieron haber sido derrotados en la Padierna y en Churubusco, si los pudo haber vencido el hambre.

-       ¡Por ningún motivo disparen¡. Fue lo único que ordeno Santa Anna, no había que disparar a esos americanos provocadores, sonrientes, algunos de ellos, no resistieron la tentación de visitar la catedral metropolitana, otros más, llegaron a la Alameda, donde estacionaron a gran parte de sus caballos, para que con la mierda de estos, ensuciaran una de las plazas más bellas de la Ciudad; ahí estaban los muy cínicos, recibiendo algunos suspiros de  algunas señoritas mexicanas, que no daban crédito que pudieran existir determinados tipos de hombres, de una fisonomía muy distinta a la mexicana.



La comisión se instaló y junto con ella, el tratado de paz propuesto por el gobierno americano. Once artículos nada más. México cedía todo el territorio de Texas, Nuevo México, parte de Tamaulipas, Coahuila, Chihuahua, Sonora, la Alta y la Baja California; así como también el libre tránsito de personas y mercancías por el istmo de Tehuantepec. ¡Bonita propuesta de los americanos¡. ¡Era una propuesta de paz o un acto de bandidaje¡.  El expresidente José Joaquín Herrera, con toda la elegancia que lo distinguía, se atrevió a responder que dicha propuesta, excedía mucho más allá, de las causas que habían originado la guerra y que en ese caso, había sido el reconocimiento de la republica mexicana, a la anexión de Texas a la Unión Americana. Situación que había provocado la guerra y que en todo caso, a eso debía de limitarse la discusión.

Jorge Enrique Salcedo Salmorán fue testigo de las conversaciones de paz celebrada entre la comisión mexicana y la representación diplomática del Gobierno de los Estados Unidos. Llevada a cabo en el pueblo de Azcapotzalco, territorio neutral donde no habían tropas mexicanas y americanas en hostilidades, donde se llevaría a cabo, las conversaciones de paz que resolverían las diferencias entre ambas naciones, desde ahí Trist, con todos los plenos poderes que le había otorgado el presidente Polk, se dispuso a negociar, uno de los tratados internacionales mas importantes en la historia de su país.



Mientras eso ocurría, una centena de léperos mexicanos, comenzaron a insultar a los soldados americanos, quienes empezaron a recibir de estos las piedras que les aventaban. ¡Gringo¡. ¡Gringo¡.  Que traducido al español, era “vete verde”, que se largaran de ese lugar esos soldados invasores, que en complicidad con el gobierno mexicano vende patrias, habían tolerado el ingreso de los americanos, al corazón de México; donde habían quedado las ordenes de defender con todo la Ciudad, si el muy vende patrias de Santa Anna, ahora ordenaba no efectuar ni un solo tiro, para que transitaran libremente esos americanos jijos de puta.

 No es de honor, disparar a un ejército desarmado, que entra a la ciudad, legitimado por una tregua y por una causa humana como lo son los alimentos. No era tampoco nacionalista, ético, ni conveniente, permitir que esos americanos, entraran a la ciudad como lo habían hecho, amparados por un supuesto armisticio, que les concedía hasta facultades cínicamente de espías, permitiéndoles estos a entrar.

Pronto a la altura de Santo Domingo, la muchedumbre empezó a protestar, gritando mueras al gobierno y a Santa Anna, incitando también a seguir insultando a los americanos. – ¡Es una provocación que no entienden¡. Gritaba Tornel a sus oficiales, haciéndoles entender que se estaban llevando las platicas de paz, que de iniciar cualquier hostilidad en contra de los americanos, eso legitimaría a los invasores para desconocer la tregua y de una vez por todas, concluir la guerra con la conquista de México. ¡Claro que la muchedumbre no lo entendió¡. Pero lo que se estaba viviendo en esos minutos, era nada menos y nada más, que la sobrevivencia de la patria; ante una comitiva de diplomáticos invasores dispuestos a conquistar todo México y si no al menos la mitad de éste, y de al menos ocho mil soldados perfectamente armados, en espera de efectuar el ataque final a la ciudad de México. ¡No disparen¡. Era una orden sensata, por muy incomprendida que fuera; por muy vende patrias y traicionera, los soldados mexicanos, nada hicieron para contrarrestar esa provocación de sus enemigos; su triste papel consistió, únicamente en servir de escolta de los propios americanos, para que la muchedumbre, ya para esa hora, miles de civiles inconformes, nada les hiciera.

Las noticias de la ocupación de la Ciudad de México habían llegado al poblado de Azcapotzalco, donde las pláticas fueron suspendidas, bajo pretexto de que los americanos habían interrumpido su promesa de sujetarse a la tregua; ¡era falso¡. Respondió Trist, algún malentendido, mientras eso ocurría en la mesa de dialogo, a cientos de leguas, los soldados mexicanos plenamente armados, salen a escoltar a los americanos, de que estos no siguieran recibiendo pedradas de una turba enardecida, dispuesta a linchar al primer americano que se dejara capturar.



Santa Anna vuelve a despotricar por lo ocurrido en la Ciudad. Para colmo, se me va atribuir semejante torpeza; van acusarme de traidor y solapador, cómplice y de otras marrullerías, a causa de mis subordinados cretinos, incapaces de resolver conflictos, pero si, de meterme en los problemas más tontos y absurdos. Dos mil quinientos soldados mexicanos, salieron a las calles de la Ciudad, para defender a trescientos soldados americanos trasladados en cien carros, repletos de alimentos; que pudieran ser víctimas de esa turba espontánea, que ya rebasaba al menos, a los treinta mil habitantes. ¡la situación debía de controlarse¡. No había que efectuar ningún disparo¡. Convencer al pueblo de México, que la presencia de los soldados americanos en las calles de la ciudad, obedecía a razones humanitarias; muy cuestionadas, pues en una guerra cruel, que razón humanitaria podía existir, reprochable e inmoral, era garantizarles la comida, a los soldados invasores, que meses antes había matado a fuego y hambre, a sus compatriotas los veracruzanos.

También llegó el general José Joaquín Herrera, quien proveniente de Azcapotzalco, se reportó inmediatamente con el general Tornel para sumarse a esa muralla de soldados mexicanos, que escoltaban a los defensos americanos. Dentro de la tensión, José Joaquín Herrera comunicó a la representación militar de aquellos inoportunos visitantes, que los alimentos serían entregados en la noche, tan pronto fueran calmadas las pasiones de la plebe enardecida; ofrecía su palabra y su buena voluntad de encontrar una paz digna, con el menor numero de bajas para ambos ejércitos.

Los soldados americanos huyeron de la ciudad, algunas de sus carretas fueron abandonadas dentro de la ciudad; posteriormente en la noche, como lo garantizo el expresidente Herrera, fueron trasladadas a la garita de Niño Perdido, para que ahí las recogieran los invasores, haciéndoles a estos la cordial invitación, de ser más discretos en sus próximas visitas a la ciudad, para no herir la sensibilidad del pueblo mexicano, ni tampoco, generar malas interpretaciones a las promesas contraídas, como se había hecho horas antes.

A las cinco de la tarde, fue informado Santa Anna de que el incidente había sido superado. Entonces el general, no había calmado su pésimo estado de humor, para otra vez volver a profanar una serie encadenada de insultos, a todos sus subordinados, por haberle metido en ese problema, que lo hacían cuestionar una vez más, sobre su honorabilidad. Los oficiales mexicanos, callados y con la mirada baja, solo se limitaron a escuchar y recibir tan justo regaño.


El daño estaba hecho. Sobre el escritorio de Scott, se recibió el parte de novedades, la descripción sucinta y pormenorizado de cada uno de los edificios de la Ciudad de México. La visita coincidía con los planos presentados por James Thompson; los mexicanos más peligrosos, eran los rufianes de Santo Domingo, los que habían provocado todo el desmane; a ellos había que controlarlos, pidiendo el apoyo de mas efectivos americanos, los más despiadados, los ranger’s de Texas; cuya única misión serviría para contrarrestar a dichos sujetos.

Santa Anna también sobre su escritorio, no descanso de seguir efectuando regaño tras regaño; al estúpido de Tornel, al imbécil de la garita de niño Perdido, por haber permitido la entrada; a todo el mundo culpo de semejante e infantil error; después de haberlo hecho, instruyo que de forma simulada, salieran los respectivos correos a las distintas plazas de la república mexicana, para ordenar el inmediata traslado de tropas a la ciudad de México; satisfactoriamente respondió el Batallón de San Blas, proveniente de Tepic, reforzaría la ciudad con cuatrocientos soldados veteranos al mando del teniente coronel Santiago Xicontecatl; del mismo modo, el generalísimo ordeno al Director del Colegio Militar Mariano Monterde, se sirviera reforzar las faldas de Chapultepetl, así como el camino de Tacubaya a Chapultepetl, donde pudieran entrar los americanos. Debían de seguirse reforzando la ciudad, ante la inminente posibilidad de que las pláticas de paz fracasaran y se iniciara de nueva cuenta, la guerra.

-       Salcedo – dijo Santa Anna cuando vio al abogado, luego de escuchar de este, el informe del primer día de conversaciones de paz entre México y Estados Unidos.
-       Quiero mi dinero. ¡Vaya con Amparo Magdalena y dígale de mi parte, que me haga entrega de mis títulos de propiedad.

Salcedo respondió que si. Inmediatamente se trasladaría al poblado de Tizapán para solicitarle a tan bella dama, la devolución de los títulos de propiedad del general Santa Anna; era una orden suya que tenía que cumplir. ¡Si general¡. – No regrese sin ellos, hoy más que nunca la patria los necesita. ¡Si general¡. ¡Necesito mis títulos de propiedad para cualquier emergencia.




Santa Anna encerrado dentro del cuartel militar del Palacio Nacional, pensó una y mil cosas; mexicanos cobardes y traidores, soldados imbéciles, un tesoro escondido y custodiado quizás por soldados y gavilleros, muertos de asfixia, enterrados vivos, en lo que llamaban “La boca del diablo”; ¿Ahora qué?. Ante cualquier llegada del ejército americano a la Ciudad de México, debía de garantizarse santa Ana su subsistencia para fugarse del país, de la ciudad o de donde fuera; adquirir una casa y efectuar mayores inversiones para posteriormente regresar; debía de recuperar sus títulos de propiedad, porque eso le representaba mayor dinero a su empobrecido patrimonio. Si era necesario, se los pediría a Amparo Magdalena de rodillas, se abstendría de sus proposiciones y amenazas de poseerla, a cambio de recibir esos documentos que con su dinero y servicio a la patria, los había comprado y que ahora, más que nunca los necesitaba.

Jorge Enrique Salcedo y Salmorán se dispuso abandonar la Ciudad de México y salir con una pequeña escolta de cinco soldados, al  rumbo de tizapan, para entrevistarse como Amparo Magdalena y solicitarle a esta, la entrega de los títulos de propiedad. ¡Era una orden que día de cumplirse, de quien en esos momentos, le pesara a quien le pesara, representaba no nada mas al Supremo Gobierno, sino a la patria entera.

Tenía que hacerlo. Porque de no cumplir con dicho mandato; Jorge Enrique incurriría, en el peor acto de deslealtad a quien había sido su jefe, su mentor, su padre político, su héroe nacional.


sábado, 15 de octubre de 2016

CAPITULO 65


Tres horas de espera para que finalmente el cadete desertor Jesús Melgar, pudiera ser recibido por alguna autoridad del Colegio Militar. No era propiamente el director de la Institución el general Mariano Monterde quien para esas horas, se encontraba cumpliendo estrictamente las instrucciones del general Santa Anna consistentes en iniciar las obras de fortificación del castillo de Chapultepetl y vías aledañas de Tacubaya, misión que debía de efectuar de la manera mas disimulada para que no se diera cuenta el invasor; tres horas y quizás algunos minutos más, para que finalmente la audiencia solicitada fuera otorgada, por conducto del subdirector del plantel, el Teniente Coronel Manuel Azpilcueta.

Luego de recibir el saludo y de haberle concedido recibirlo en su oficina. El funcionario déspota, al ver al cadete desertor de pies a cabeza, solicitó a éste le diera su nombre.

-      Jesús Melgar. – respondió en actitud de firmes.
-       ¿Nombre completo?. – Pregunto el Subdirector en forma enérgica.
-      Agustín María José Francisco de Jesús de los Ángeles Melgar Sevilla.

El Subdirector luego de escuchar su nombre, abrió aquel expediente del ex cadete Agustín Melgar; verificó que ese fuera su nombre completo, originario de Chihuahua, apenas de dieciocho años de edad; desertor desde el mes de febrero de la institución.

-      ¿Y ahora quiere regresar al Colegio?.

Pregunto el Subdirector un poco extrañado, ahora en esos momentos, en que muchos padres se acababan de presentar a recoger a sus hijos, para que estos no fueran enlistados en la guerra, mas ahora, que los americanos estaban en Coyoacán, a punto de ganar la guerra. …  ¡Si¡

-      Teniente Coronel. – dijo Jesús Melgar - Solicitó de ser posible, si no existiera inconveniente alguno a cargo de esta noble institución, mi reincorporación al Colegio; haciéndome merecedor de todas las sanciones que pudiera responsabilizármele, así como de mis errores y de mi mala actuación que no tiene justificación; pero ruego a usted Señoría, interceda ante el General Monterde, para que pueda ser de nueva cuenta admitida a esta Institución, a la que me encuentro en deuda. ¡El deber de servir a la patria me llama¡.

El deber de la patria, joven idiota, pensó en si el Teniente Coronel. ¿Cuál deber?, ¿Cuál patria?. A estas horas, lo que quedaba de patria, estaba próximo a desaparecerse, para desintegrarse en pedazos, sobre cada uno de los cañonazos ha recibirse. ¿de que patria hablaba ese joven iluso?. ¿De la que a nadie le interesa?, ¿de la que dicen defender nuestros generales, diputados, periodistas y sacerdotes?. A leguas se veía, que se necesitaba ser muy iluso o muy pendejo, para querer tener mayor compromiso con la patria, que la de ser un joven inmaduro de dieciocho años, capaz de creer aún en la patria, la bandera, los héroes de la nación, de la independencia nacional.

 
El Colegio Militar había pasado por momentos muy difíciles desde su fundación; en febrero de 1847 el expresidente Valentín Gómez Farías había decidido disolver la joven institución, acusado de haberse sumado a la revuelta de los polkos; acusación falsa, pues era de todos conocidos que dichos batallones, estaban compuestos en su mayoría por jóvenes estudiantes de las carreras de Jurisprudencia y Medicina de la Universidad de México; ningún cadete se había sumado a esa revuelta juvenil, porque era conocido por todos los círculos militares, que los cadetes del Colegio Militar se dedicaban precisamente a estudiar. ¡Claro¡. ¡Si habían soldados y cadetes identificados con ese movimiento¡. ¡Por supuesto que sí¡. Pero eso a suponer que toda el Colegio Militar se sumara a la rebelión que azotó a la ciudad de México, era algo falso; si participaron cadetes en los batallones de los polkos, fue siempre a titulo particular y jamás a nombre de la Institución. ¡Entendido¡.

-      Pero entonces, ¿Usted desertó mucho antes?. – pregunto el Teniente Azpilcueta.
-      Si teniente Coronel. Mucho antes de que ocurriera todo lo que me acaba de decir y que os juro desconocía.

El Teniente Coronel sonrió burlonamente por lo que acaba de escuchar. ¡Ya de muy jóvenes, los futuros militares aprendían a mentir¡. Finalmente que importaba, una deserción de estudiantes se había dado con motivo de esa revuelta, pues aún cuando la escuela volvió abrir al mes siguiente, ya jamás volvió a continuar con su habitual ritmo. La escuela era un desorden, maestros faltistas que no daban clases, alumnos rebeldes expulsados de la institución acusados de robo y sedición, padres de familia que se presentaban a recoger a sus hijos para que estos no fueran enviados como soldados de carne de cañón para la guerra; ¿que más era el Colegio Militar?, más que un reducto de futuros militares educados para servir tarde o temprano, las mejores causas del futuro de la nación.  Pero mientras eso ocurría, no había clases en la institución. No hasta en tanto, los americanos fueran expulsados del Valle de México, o se firmara de una vez la paz.

No importa si hubiera o no clases. Si en esos días, el director del plantel cumplía más con sus deberes y su total subordinación a las ordenes de Santa Anna, que el estar atento a los problemas del Colegio Militar. Esa treintena de cadetes que aún seguían en la institución, eran fiel ejemplo de vocación por las armas, de espíritu nacional, de valentía y honorabilidad. Claro que el Subdirector del plantel aceptó la reincorporación del excadete a la Institución, lo haría a titulo de “agregado”, hasta en tanto, el Colegio no reanudara sus labores en forma cotidiana, tan pronto se largaran los yanquis del Valle de México, cuando eso ocurriera, entonces la Comisión de Honor y Justicia podía valorar la situación del ex cadete y aceptar su reingreso acondicionado. Después de todo, era justo aceptar un reingreso por cada diez deserciones.



Jesús Melgar, más conocidos por sus compañeros por el primero de sus nombres, Agustín, aceptó gustosamente la aceptación que hiciera el Subdirector de su reingreso, aunque este fuera con el título de “agregado”, sabía que eso le daba derecho a regresar a su vieja casa, a sus viejo dormitorio y comedor, a sus salones de clase; a seguirse preparando en sus estudios de ingeniera para tener agallas y enfrentar tarde o temprano, el destino que le esperaba: la muerte. La cual no le tenía miedo alguno, la buscaría hasta encontrarla.

¡No hay clases¡. Reiteró el Subdirector. El curso lectivo está suspendido hasta nuevo aviso. Su permanencia en la escuela, es y será bajo su estricta responsabilidad. 


Jesús Melgar asumió su responsabilidad de su propia vida y para con la patria.

jueves, 13 de octubre de 2016

CAPITULO 64


Los infrascritos nombrados respectivamente, los dos primeros por el Excemo. Sr. Presidente de la Republica Mexicana, general en jefe de su ejército, D. Antonio López de Santa Anna, y los tres segundos nombrados por S.E. el mayor general de los Estados Unidos de América, y en jefe d sus ejércitos Winfield Scott, reunidos en Tacubaya el dìa 22 de agosto de 1847, después de haberse mostrado sus plenos poderes para celebrar un armisticio entre ambos ejércitos, con el objeto de dar lugar al gobierno mexicano para tomar en consideración las proposiciones que tienen que hacerle el comisionado por parte del Excmo. Presidente de los Estados Unidos de America, han convenido los artículos siguientes:

1. Cesarán al instante y en lo absoluto las hostilidades entre los ejércitos de los Estados Unidos Mexicanos y Estados Unidos del Norte América, en la comprensión de treinta leguas de la capital de los primeros, para dar tiempo à que traten los comisionados nombrados por la Republica de los Estados Unidos, y los que se nombren por parte de México.

2. Continuará este armisticio todo el tiempo que los comisionados e ambos gobiernos estén ocupados en las negociaciones o hasta que el jefe de alguno de los dos ejércitos avise formalmente al otro de la cesación de aquél, y con cuarenta y ocho horas de anticipación al rompimiento.

3. En el entretanto del armisticio, ninguno de los dos ejércitos comenzará en el distrito expresado de treinta leguas de la ciudad de México, ninguna fortificación ni obra militar de ofensa o defensa, ni hará nada para agrandar o reforzar las obras o fortificaciones existentes dentro de lo expresados límites.

4. Ninguno de los ejércitos será reforzado. Cualquier refuerzo de tropas o municiones de guerra, exceptuándose los víveres que estén ahora, en el camino para alguno de los dos ejércitos, será detenido a la distancia de veintiocho leguas de la Ciudad de México.

5. Ninguno de los dos ejércitos o destacamento de ellos podrá avanzar en la línea que actualmente ocupan.

6. Ninguno de los dos ejércitos o destacamento o individuo que tenga carácter militar, pasará los limites neutrales establecidos por el artículo anterior, exceptuándose a los que lleven la correspondencia entre ambos ejércitos, o que vayan a negocios autorizados por el artículo siguiente, yendo bajo una bandera de parlamento: los individuos de ambos ejércitos que por casualidad se extravíen dentro de los limites neutrales se les avisara bondadosamente por la parte contraria, o se les devolverá à su ejecito con la bandera de parlamento.

7. El ejército americano no impedirá con violencia el paso del campo á la ciudad de México para los abastos ordinarios de alimentos necesarios para el consumo de sus habitantes  ó del ejército mexicano que se halle dentro de la ciudad, ni las autoridades mexicanas civiles ó militares harán nada que obstruya el paso de víveres a la ciudad ó de campo, que necesite el ejército americano.

8. Todos los prisioneros de guerra americanos que se encuentren en el poder del ejército mexicano, y que no se hayan canjeado hasta la fecha, se canjearán lo más pronto posible, uno por uno, considerando las clases de prisionero de guerra mexicanos hechos por el ejército americano.

9. A todos los ciudadanos americanos que estaban establecidos en la ciudad de México antes de la guerra actual, y que después han sido desterrados de dicha ciudad, se les permitirá que vuelvan a sus respectivos negocios ó familias en dicha ciudad, sin dilación y sin causar molestia.

10.   Para facilitar mejor á los ejércitos beligerante la ejecución de estos artículos, y para favorecer el grande objeto de la paz, se conviene además que cualquiera correo que alguno de los ejércitos quiera enviar por la línea de la Ciudad de México o de sus cercanías a Veracruz, ó de ésta á aquella, recibirá un pasaporte firmado por el jefe de su ejército y con el salvoconducto del jefe contrario, cuyo pasaporte protegerá á dicho correo y sus pliegos, e cualquiera interrupción ó perdida por parte de las tropas americanas o mexicanas por dicha línea.

11.   En los pueblos ocupados por las fuerzas americanas, no se embarazará de modo alguno, respecto de las mexicanas, el ejercicio de la justicia, en los términos señalados por las leyes, por la constitución general o particular de los Estados a que pertenezcan.

12.   En las poblaciones o lugares ocupados por el ejército o la fuerza de los Estados Unidos dentro del límite señalado, serán respetadas las propiedades, y todos los individuos mexicanos no serán embargados de manera alguna en el ejercicio de su profesión, no se les obligara ejecutar servicio de ninguna clase, si no los quieren prestar voluntariamente, y para ello, pagándolo por su justo precio. El tráfico no se alterara por ningún modo.

13.   Los prisioneros que estuvieron heridos no se les embarazará de manera alguna el que cuando quieran pueda trasladarse para su curación al lugar que les sea más cómodo, permaneciendo en su cualidad de prisioneros.

14.   Los oficiales de salud del ejército mexicano, podrán asistirlos si así les conviniere.

15.   Para el exacto cumplimiento de este convenio, se nombrarán dos comisionados, uno por cada parte, y en caso de discordia, elegirán ellos mismos un tercero.

16.   Este convenio no tendrá fuerza hasta que no sea aprobado respectivamente por los Excmos. Sres. Generales en jefe de cada uno de los ejércitos, en el término de veinticuatro horas, contadas desde las seis de la mañana del 23.- Ignacio de Mora y Villamil.- Benito Quijano.- J:A: Quitman, mayor general del ejército de los Estados Unidos.- Persifor J. Smith, brigadier general de los Estados Unidos.
Cuartel general del ejército de los Estados Unidos de América.- Tacubaya, Agosto 23 de 1847.- Tomado en consideración, aprobado y ratificado con la expresa inteligencia de que la palabra “supplies” como usada la segunda vez y sin calificación en el artículo 7 de este convenio militar, texto ó copia americana, debe tomarse en el sentido ó que significa, como en ambos ejércitos, inglés y americano, armas, municiones, ropa, equipos, víveres para hombres, forraje, dinero y en general todo lo que pueda necesitar un ejército. Esta palabra “supplies” en la copia mexicana está traducida con error “víveres” en lugar de recursos.- Winfield Scott, general en jefe del ejército de los Estados Unidos.
Palacio Nacional de México, agosto 21 de 1847.
Ratificado suprimiéndose el artículo 9ª y con explicación del4ª en el sentido de que la paz temporal de este armisticio se observará en la capital y veintiocho leguas alrededor: convenio en que la palabra supplies se traduzca recursos, y que en ella se comprenda lo que pueda haber menester el ejército, excepto armas y municiones.
(Signed).- Antonio López de Santa Anna.


martes, 11 de octubre de 2016

CAPITULO 63


No pudo descansar el general Antonio López de Santa Anna; su mente seguía aún desconcertada por todo lo que acababa de presenciar; no era posible, el tesoro de la Nación o su tesoro, escondido en centenares de piedras, arbustos, lodo, custodiado por doce bandoleros cuya honorabilidad no era del todo confiable, en una loma que seguramente, a esas horas, ya estaba bajo el control de los americanos. ¿Y él?. ¿Qué diablos hacía él?. Más que recordar lo que días antes había presenciado con sus ojos. ¡Un tesoro¡. Un tesoro de cuyas joyas, desconocía saber quienes eran o habían sido sus propietarios; cofres y más cofres de oro, documentos y pergaminos, telas y dos gigantescas piedras al parecer de oro, con escritos jeroglíficos de los aztecas; un esqueleto y posiblemente, otros doce esqueletos se quedarían también ahí enterrados por toda la eternidad hasta el fin de todos los tiempos, a no ser que los muy bandidos pudieran salir de su entierro o encontrar quizás un camino secreto que los sacará del escondite.

Pero era muy tarde en el pensar en el “hubiera”, las cosas ocurrieron como tenían que ocurrir, imposible cambiar el destino; quizás así el creador había dispuesto que el combate de la Padierna tenía que perderse; si hubiera actuado como en algún instante lo llego a pensar, hubiera seguramente caído en la trampa; sin duda alguna hubiera ocasionado muchas bajas, pero más de la mitad del ejército mexicano hubiera quedado destrozado por la poderosa artillería americana. Hizo lo mejor, no le quedaba duda alguna al benemérito, no tenía otra opción, lo mejor que pudo haber hecho fue no sumarse al plan improvisado de su subordinado Gabriel Valencia, de no haber atacado a esos perros gringos; pagaría su deslealtad e insubordinación el muy ladino, le abriría consejo de guerra y lo condenaría a muerte por traición a la patria, por haber desobedecido sus órdenes. Le dijo que se quedara en San Ángel, para reforzar la línea de contención e impedir el avance americano, pero el muy imbécil desobedeciendo sus órdenes, se bajó más allá de San Ángel y “atacó” a los gringos, creyendo que lo iba apoyar en su grave falta, dicha medida estúpida le había ocasionado a la nación la perdía de una cuarta parte de su estado de fuerza, había debilitado las líneas defensivas y ahora, los americanos fácilmente podían entrar ya fuera por Churubusco o por Chapultepetl; ¡pendejo¡…¿Por qué tuvo que desobedecer las órdenes ese patán hacía el mando supremo encargado de defender a la nación?. ¿Por qué el muy imbécil pensó más en sus intereses personales y olvido por completo, el sentido de unidad y subordinación que debió de haber tenido en el plan estratégico de la defensa de la nación. ¡Era un traidor jijo de puta¡. Debía de haber sido alcanzado por un proyectil de los americanos o apresado por estos, era preferible que muriera por los invasores y no por la furia incontenible del benemérito, quien no le daría perdón alguno a su desacato.

La lluvia había cesado pero aún era incomoda, pasando el poblado de San Ángel, el general Joaquín Rangel se reportó inmediatamente con el benemérito Santa Anna, quien le mostró a diez soldados mexicanos desertores; sólo eso bastaba, liderar a un ejército de traidores y cobardes, no bastaba ya la insubordinación y las faltas graves en las que había incurrido el patán de Valencia, sino también entre la tropa, los soldados no eran más que unas gallinas cobardes; con todo el coraje del mundo, Santa Anna recordó la fortificación del peñón que rehuyó Scott y ¿Por qué habría sido?. Seguramente por soldados de la tropa traidores que informaron respecto al plan de defensa y ataque que les tenía planeado a esos invasores; esa es la tragedia del ejército mexicano, soldados traidores y desertores, liderados por generales insubordinados; como seguramente había ocurrido en Cerro Gordo, en la Angostura, o en San Jacinto; era el colmo de la insolencia, de la deslealtad, de la falta de patriotismo; Santa Anna con toda su ira reprimida, ordenó al general Joaquín Rangel, le prestara su fuete y también le fueran presentados esos diez soldados desertores, quien al tenerlos frente, les exigió mostrara su espalda desnuda, la cual recibió cada uno de ellos, frente a la presencia de los batallones que lo acompañaban, veinte latigazos cada uno, como queriendo desquitar en cada golpe, toda su coraje, su frustración, su impotencia de dirigir un ejército inservible, de muchos soldados, pero ninguno de ellos con agallas, con profesionalismo, viles imbéciles jugando a ser infantes de un ejército, más acostumbrado a los pronunciamientos políticos,  que a enfrentar una guerra de a de veras; con ese coraje, con ese enojo al grado del encabronamiento total, el generalísimo pego una y otra vez más, hasta ver sangre, hasta sentir el fuete como era apretado por sus puños, como lo azotaba y como escuchaba el lamento de esos soldados traidores a la patria, debían de seguir sufriendo, aprender a ser infantes en serio y no maricones huyendo a los cañonazos; tengan jijos de la chingada, sientan cabrones, a ver si así aprenden a ser hombrecitos.

El general cansado y sudado por los golpes que acababa de dar, recibió frente a la tropa que dirigía otra noticia fatal, toda la artillería de la Padierna perdida, incluyendo los tres cañones americanos que había capturado en la angostura, también las banderas mexicanas en manos del invasor, más de mil prisioneros mexicanos, deserciones sin control alguno, un caos, una anarquía; el generalísimo no quería escuchar más, recordando aquellos momentos en que tuvo conocimiento como su pierna fue ultrajada en el panteón de San Paula, en que todo el mundo sospechaba de su patriotismo, en que el insubordinado de Valencia lo desobedeció, al carajo pinche México, pinches soldados mierdas y pendejos; una cuarta parte del ejército perdido y seguramente, a esos pasos, el día de la mañana desaparecería la otra mitad del ejército que le quedaba.

Santa Anna trato de guardar calma, pensar que lo que estaba viviendo no era tan grave, ya había vivido situaciones parecidas a esta y había salido triunfante, así que no tenía de que preocuparse, tenía las agallas y la experiencia para salir avante, así que respiro, vio que ya no estaba lloviendo, que el camino estaba lleno de lodo y retardaría mucho cualquier desplazamiento, así que ganando tiempo al tiempo, tomo la decisión más acertada; romper la línea defensiva de la ciudad de México y reforzar Churubusco, replegándose a San Antonio Abad y Calendaria; ese era el presentimiento que tenía, los americanos atacarían Churubusco para ganar la guerra, para poder someter a México  y lograr lo que su plan ambiciosos y despojador les motivaba. El robo del siglo.

Al carajo las líneas defensivas de la Ciudad de México, al carajo los días en que se fortificaron, en que se hicieron trincheras y colocaron piezas de artillería, no habría combate en San Antonio, había que desmantelar lo más pronto posible, desplazarse inmediatamente y dirigir todo el estado de fuerza en Churubusco, para que desde ahí, se sostuviera el próximo combate con los invasores.

Inmediatamente los soldados mexicanos empezaron a evacuar la zona, a colocar las piezas de artillería sobre cada uno de los carros y a punta de latigazos, hacer que los caballos también colaboraran en el desplazamiento de la tropa; no quedaba mucho tiempo, esos americanos eran verdaderos conejos, brincaban de un lugar a otro, podían ser sorprendidos por estos, así que para que esto no ocurriera, debía de evacuarse la línea defensiva lo más pronto posible. De tal forma, que le general Nicolás Bravo abandono la Hacienda de San Antonio, con tres mil soldados que defendían la plaza. Tropas que debían de dividirse en varias legiones, algunas para reforzar las garitas de Niño Perdido y Belén;  por si el el zorro de Scott logrará vencer en Churubusco.  Mientras eso ocurrió, el generalísimo corrió a todo galope rumbo a Churubusco, exponiendo que cualquier escaramuza lo detuviera y lo asesinara; ya que importaba, con pendejos como Valencia y desertores como los pinches soldados del ejército mexicano, que importaba ya si un comboy americano lo interceptara y lo llevaran a la horca, ya que diablos importaba seguir sosteniendo esta guerra perdida, para que tanto planear una línea defensiva, si uno no podía confiar hasta en el más indio de todos los soldados rasos, para que pelear en una guerra con oficiales igual de traidores que los soldados que se sentían más generales que su Excelentísima,… ¡México estaba perdido¡,… al diablo su guerra de la independencia y todos sus problemas financieros, al diablo el banco del Avio, las reformas liberales en contra de la iglesia, al diablo formar la legión de Guadalupe, al diablo liberar a Cuba, al diablo, mil veces al diablo todo proyecto para el engrandecimiento de la patria; no habría escapatoria, la patria se desmoronaba entre sus manos y no habría soldados valientes que la defendieran.

El generalísimo llegó al Convento de Churubusco, debidamente fortificado como lo esperaba; estaban los cañones apuntando, las trincheras detrás del puente, las milpas bien crecidas, sirviendo como escondites para los soldados; con su caballo, el benemérito recorrió el área, sólido edificio con bóvedas fuertes ubicado a más de quinientas varas del suroeste del puente, al mismo tiempo que inspeccionaba las trincheras de adobe improvisadas,  presenciaba también como varios de sus oficiales comenzaron a saludarlo y a escuchar como existían aun soldados valientes que lo vitoreaban cuando lo veían pasar.

Fue ahí cuando el sostuvo el encuentro con los generales Rincón y Pedro María Anaya; tenía que ser tolerantes con sus enemigos, olvidar cualquier resilla pasada y parecía que así estaba ocurriendo; los oficiales responsables de la defensa de la plaza, estaban en toda la disposición de sostener el combate que se avecinaba, el generalísimo apenado por haber dudado de la existencia del creador y de haber inclusive invocado, al mismísimo Satanás,  se retiró un momento del centro de mando y se dirigió a la capilla principal del convento, donde le pidió a dios lo perdonara de sus pecados y le diera las bendiciones a todos sus soldados para salir triunfantes de estas horas decisivas.

Los frailes observaban desde sus habitaciones todo el ajetreo de los soldados; como estos iban tomando posición desde las azoteas y desde las naves de las torres del convento, para ver desde lejos, si existía alguna pista del avance americano; los frailes al igual que Santa Anna también rezaban pidiendo a dios que el próximo combate no fuera tan sangriento como los anteriores; de igual forma, los sacerdotes del convento empezaron a repartir rosarios, a persignar y a confesar a todo soldado que así lo solicitara; todos en comunión con dios, incluyendo el hijo de Anahuac, quien con los ojos cerrados e hincado frente a la virgen invocaba una y otra vez más, que su tesoro tampoco fuera descubierto.

-      Sólo nos falta parque general. Municiones, no tenemos municiones, más que para tres horas de combate.
-      No se preocupen, oficiales, el parque viene en camino.

Ahí en ese lugar, Santa Anna observó que el convento estaba custodiado por los batallones Hidalgo y Victoria,  los mismos soldaditos polkos que meses antes, habrían destituido al doctor Gómez Farías en los mismos días en que el ejército mexicana casí obtenía el triunfo militar arrollador frente a los americanos en los llanos de la Angostura; “chamaquitos babosos, este si va ser un combate de a de veras y no una kermes”, “escuincles pendejos”; los jóvenes polkos, sonrientes, como creyéndose aún en una fiesta nacional se quitaban el gorro para saludar desde lejos al generalísimo que se sumaba a la resistencia. Santa Anna únicamente cabeceaba en forma asertiva, respondiendo dichas muestras de júbilo.

-      General – dijo Rincón, al mismo presentaba a un oficial de apariencia americano – le presento al Coronel John Riley, jefe del batallón de San Patricio.

El Coronel Rilley con total respeto y subordinación a la investidura de Santa Anna, se puso en posición de firmes y lo saludo con gallardía;  el general respondió de igual forma. Ahí fue informado sobre las acciones heroicas del batallón de San Patricio a lo largo de toda la campaña militar, un agrupamiento de soldados irlandeses desertores del ejército de los Estados Unidos que se habían sumado a la causa mexicana; “como no hay más hombres de esto”, pensó Santa Anna, al estrechar el fuerte saludo a su regimiento de honor. 

El generalísimo todavía tuvo tiempo para entrar al cuarto de guerra y observar los planos que le mostraban a lo largo de esa mesa; desde ahí, con una vara, mostró a los concurrentes los puntos que había que proteger, así como también sobre los regimientos que iban a defender el sitio; el generalísimo ya con la mente fría, como si fuera una actividad cotidiana para él, empezó hablar de artillería, municiones, rifles, tácticas y estrategias ha seguir, los generales presentes únicamente lo escuchaban, como por momentos aceptando lisa y llanamente lo que el general Santa Anna decía, inclusive hasta indignándose por la traición en que había incurrido el general Valencia.  Ya para esas horas, había sido informado que el enemigo se encontraba en Coyoacán dispuesto a enfrentar el combate; no había tiempo que perder, estaba obligado abandonar el convento de Churubusco, no si antes de instruir a sus subalternos, que defendieran la plaza hasta con la última bala y a falta de esta, con las bayonetas y la lucha de cuerpo a cuerpo; ¡a pelear por México y su independencia¡. En caso de emprender una retirada – instruyo Santa Anna a Pedro María Anaya – deberán dirigirse con lo que resten de las tropas, a los pueblecillos de la Ladrillera y Nativitas y desde ahí, esperar mis instrucciones.



Sin embargo cuando acababa de dar estas instrucciones, fue informado que el ejército americano, se encontraba dividido en dos columnas, al lado poniente por el general Worth quien se encontraba con su tropa en la Calzada de Tlalpan, formando una línea horizontal a la espera de iniciar el ataque por el lado izquierdo del convento, la otra columna, al mando del general Twiggs, quien seguramente intentaría asaltar el puente y la entrada principal del convento.

Santa Anna, tomo la decisión importante. ¡Abandonar el convento¡.  El general Rincón y Pedro María Anaya¡ coincidieron en que el generalísimo debía de estar tomando posiciones en la hacienda de los Portales, para que desde ese franco, atacara al ejército enemigo, mientras ellos resistían en Churubusco. Sabía decisión estratégica, pues también eso les garantizaba, que en esa posición, fácilmente llegaría el tan anhelado parque que necesitaban para resistir por más de tres horas a los invasores. .-  ¡Confió en su sagacidad¡ en la protección de nuestra santísima Virgen de Guadalupe; sé que saldrán delante de este compromiso ante la patria. - General no se le olvide el parque. - No se preocupen. Estaré con ustedes desde afuera acompañándolos, esperando al cobarde invasor.

El generalísimo procedió a retirarse del lugar,  aún pese a la insistencia de algunos soldados polkos; que invitaban a su máximo líder a esperar la batalla; entre ellos, los estudiantes de Jurisprudencia liderados por el capitán licenciado Alatriste y otros más por la Escuela de Medicina, a las ordenes el doctor Miguel Jiménez. Soldados que horas antes se encontraban en la Hacienda de San Antonio. Sonriente a ellos, respondió en silencio diciéndoles. “jovencitos pendejos”, “ojala tengan huevos para enfrentar a esos pinches gringos”.

El general Santa Anna abandono la plaza de Churubusco y tomo posición en la hacienda de los Portales, donde ya era notorio que la batalla había comenzado; escuchándose desde ese lugar las balas y el intenso cañoneo, tanto del ejército americano como del mexicano; tan solo siete cañones defendiendo Churubusco, siete cañones nada más, casi nada, simbólica las armas que tenía el ejército mexicano para defenderse; con parque únicamente para tres horas, pero con muchas ganas de recibir al enemigo y enfrentarlo en un combate de cuerpo a cuerpo, a batirse como verdaderos hombres de honor.

Del Palacio Nacional salieron aproximadamente cuatro carruajes que llevaban consigo, al menos treinta cajas con las municiones que requerían los defensores de Churubusco; nunca como antes, la sede del poder Ejecutivo había tenido la apariencia de un cuartel militar, debidamente fortificado y con una cantidad de armas, que nunca antes se había visto; cuatro carretas y nada más que las necesarias para racionalizar el parque y poderles hacer entrega del general Rincón, que por esas horas, resistían con todo en Churubusco.



Scott desde su tienda de campaña en Coyoacán pudo definir el resultado de esa batalla, de salir triunfante como en todos sus batallas, la siguiente plaza a ocupar, sería la Plaza de Armas en la ciudad de México, es decir, el corazón de la República Mexicana, con ello se resolvería la guerra, con la conquista consumada. Estados Unidos podría conseguir por la vía de la fuerza y del derecho de conquista, más o quizás, la totalidad del territorio mexicano. ¿No había duda. Ese combate, lo tenía que ganar, como un trampolín, para su siguiente confronta. Pero al parecer, le costaría mucho trabajo conseguirlo; sus informantes, le comunicaron que la Hacienda de Portales estaba siendo protegida por el general Santa Anna, quien a su vez, a través de una línea defensiva abastecía de parque el Convento de Churubusco. No había duda que esto significaba que dicho lugar se encontraba debidamente fortificado y que podrían resistir esa plaza, quizás todo el día y la noche, o posiblemente más de dos o tres días intensos, pues a los soldados recluidos en el convento, se sumaban ahora parque para responder por más tiempo el plan de ataque; Scott no tenía mayor opción que continuar con el cañoneo e ir instruyendo tanto a Worth como a Twiggs avanzaran al sitio para ocuparlo a punta de bayoneta; pues las armas habían llegado a Churubusco y estas, en un ambiente de júbilo por las tropas de la resistencia, fueron recibidas personalmente por el general Anaya.

Informado Santa Anna de que las municiones habían llegado a su destino el Convento de Churubusco, consideró que la línea de reforzamiento en la Hacienda de los Portales estaba de más quedarse en ese lugar, pues dicha posición podía desviar la atención de Scott para desistir su pretensión de tomar Churubusco y encauzar la confrontación en la hacienda, por lo que no había que caer en la trampa. Finalmente Churubusco estaba robustecida, así que no había que perder más hombres en esta guerra, las bajas debían de ser las del ejército de los Estados Unidos comandados por el general Scott, en su plan erróneo de ocupar Churubusco, idea que desde luego fracasaría, por no visualizar  la capacidad de resistencia de los soldados mexicanos.

Santa Anna y parte del ejército mexicano que se encontraba escoltándolo en la Hacienda de los Portales, abandonaron el sitio y se dirigieron a la Piedad, donde se quedaron acampar parte de la tropa, otras más se estacionaron en las Garitas de San Antonio Abad y del Niño Perdido, así como del cuartel de la Ciudadela y sólo un pequeña escolta, se dirigió a la sede del poder ejecutivo: el Palacio Nacional. Una vez llegando, el generalísimo bajo de su caballo; pero cosa rara, noto un ambiente de hostilidad, incredulidad entre las tropas que se encontraban escoltando la sede del gobierno federal; a lo lejos, dejaron de escucharse los cañonazos provenientes del sur del Valle de México. Seguramente los americanos, habían desistido de ocupar Churubusco y lo harían quizás, para el día siguiente. El generalísimo por un momento se sintió contento de pensar sobre esa posibilidad, pero su rostro cambio repentinamente, cuando le informaron lo contrario.

-      ¡Churubusco fue entregada a los americanos¡.

¿Cómo?. ¿Qué?. ¿Quién fue el traidor que desobedeciendo nuevamente al general Santa Anna, tuvo el atrevimiento de rendirse, sin haber enfrentado con agallas al invasor?. El general solicito fuera confirmada esa noticia, a lo que un oficial le informó que así era; tras ocho intensas horas de tiroteo, los generales Rincón y Pedro María Anaya habían decidido rendirse al enemigo, ¡cómo era posible¡. Esa rendición en ningún momento fue pactada, no había ninguna razón para claudicar, los soldados mexicanos se rajaron como viles maricas, gallinas, perros traidores; Santa Anna eufórico empezó a insultar a sus oficiales, diciéndoles cobardes, indios, imbéciles; inmediatamente había recibido otra traición en su tropa, al igual que Gabriel Valencia, ahora Pedro María Anaya y sus muchachitos polkos, habían decidido ceder esa plaza, sin resistir heroicamente a los americanos. ¡Malditos mexicanos¡. Ni los texanos y esa pandilla de filibusteros habían sido tan cobardes en aquellos días de 1836, cuando resistieron El Alamo, como se habían comportado ahora los mexicanos en Churubusco; pero ahora ese Pedro María Anaya y el general Rincón, debían de responder a la nación  y a la historia por los cargos de traición a la patria. Ahora por culpa de ellos y sólo de ellos, la guerra estaba perdida; no había escapatoria, el siguiente objetivo sería La Ciudadela y después la Plaza de Armas y todo, por la culpa de Valencia, después la de Pedro María Anaya y de los cientos de oficiales cobardes que encabezando a las hordas de soldados infantes, indios maricas y cobardes, habían decidido rendirse sin honor alguno, para convertirse ahora en prisioneros de guerra.



¡No puede ser posible¡. Mil prisioneros de guerra por lo menos, siete cañones perdidos, una plaza más ocupada, tres banderas mexicanas arrebatadas, una batalla más perdida, como todas las anteriores, pobre país y que maldito destino para la historia de la patria; hombres que no defendieron la hazaña de los insurgentes de la independencia, individuos sin identidad ni patriotismo alguno.   Triste verdad lo que ocurrió aquel 21 de agosto de 1847; la tropa mexicana, incluyendo aquellos jóvenes universitarios que meses antes conformaron los batallones de los “polkos”, habían resistido a los invasores; todos ellos lo hicieron, al igual que los doscientos soldados del Batallón de San Patricio; pero entonces que había pasado. Porque el general Anaya había optado por rendirse y no resistir hasta el último minuto. Donde diablos dejó el plan de Santa Anna de resistir hasta el final y a punta de bayoneta, inclusive hasta de emprender la retirada a los poblados de Nativitas y la Ladrillera. 



Todo por culpa de un acertado cañonzazo que cayó al centro del Convento y que había provocado un incendio del cual por cierto casi mata al general Anaya; ¡que buen tino¡; que agallas del general Anaya para continuar con la batalla, aún casi ciego y con la cara quemada; que injusta derrota para los mexicanos; haber recibido tan ansiosamente las armas y las municiones que tanto esperaban y para darse cuenta, que las malditas balas no entraban a los rifles. ¿Si¿. Las malditas balas, no eran del calibre de los rifles. ¡Pobre México¡. ¡Qué dios tan cruel que hace una guerra a favor de los invasores¡. ¿De que sirvió tanta escolta en la Hacienda de los Portales, para esos cuatro carretas de parque, que contenía por lo menos treinta cajas de parque?, ¡De nada¡, absolutamente nada sirvieron para resistir a los americanos, por ese día más y por los que vinieren durante el mes de agosto y de septiembre.  ¿Qué cuentas le daría el general Anaya no al jefe supremo Santa Anna, cuando le pidiera cuentas de su rendición,  sino a su captor a quien le entregaría el convento, con todo su ejército vencido?.  Había que rendirse con honor. Ante la falta de municiones, no había necesidad del combate de cuerpo a cuerpo, una guerra debe ser lo más humana posible, evitando el mayor derramamiento de sangre. Habiendo optado por esa decisión difícil: rendirse; entonces el general Pedro María Anaya ordenó a su tropa a formarse en el patio central del Convento, donde se quedarían a esperar el invasor para saludarlos cortes y marcialmente y responder a la pregunta, del “parque y las armas” que le formulara el general Twiggs, para responderle con toda honorabilidad y gallardía: Si hubiera habido parque, no estaría aquí.

Si hubiera habido parque; y si también hubiera habido planeación; si el parque adquirido hubiera sido acorde a los rifles de los soldados mexicanos, ¿Qué acaso nadie había planeado eso?. Se compraron armas a diestra y siniestra y nunca se previó, si ese armamento adquirido a bajo costo por los mercenarios americanos, era realmente el que necesitaba nuestra tropa; de que servía ahora que el Palacio Nacional fuera el cuartel más equiparado de toda la República Mexicana, si las cientos de cajas que contenía, no servían absolutamente de nada. ¡Fraude¡ … ¡Mil veces fraude¡, ¡vil y cruel engaño¡. ¿Imbécil el mexicano que hiciera esa compra millonaria, creyendo, haber engañado a tipos como Thompson. ¿Imbécil o mexicanos valemadristas que subieron esas cajas en las carretas y las condujeron al convento, sin haber previsto si esas municiones eran acordes al calibre de los rifles de los soldados mexicanos. Ahora por culpa de esa grave irresponsabilidad, los planes de la defensa de la Ciudad se venían abajo, como en La Padierna, ahora en Churubusco, el mismo y eterno perdedor de esta guerra: ¡México¡. De toda esta irresponsabilidad, de esta guerra perdida, sólo había un solo culpable con nombre y apellido: Antonio López de Santa Anna.

México debía de rendirse. Al menos que sucediera un milagro. Todo estaba perdido. Casi  la mitad del ejército mexicano y más de la mitad de su artillería; con cientos de cajas de municiones inservibles, con soldados que día a día desertaban; quien podía salvar a México, más que el ministro de Inglaterra Mackintosh, quien se ofreció a ser intermediario entre el gobierno de México y el de los Estados Unidos y quien tuvo la ocurrencia de proponer un armisticio. Pero el general Santa Anna recluido en su oficina de Palacio Nacional, no cesaba de recriminar a los traidores de Valencia y Pedro María Anaya de haberle estropeado sus planes; de los soldados y oficiales del ejército mexicano imbéciles, quienes habían traslado esa decena de cajas con municiones inservibles para los rifles del ejército mexicano.  Ahora resultaba que él, el gran defensor de la patria, el héroe nacional por excelencia, el benemérito de la patria, no era más que el responsable de la peor crisis de la historia política de nuestro país. Y para colmo de todas las tragedias nacionales, aquella tarde como en todas las demás, el cielo estalló en un mar de lágrimas. Otra torrencial lluvia, que quizás enlodaría el camino a la ciudad y ayudaría a los mexicanos esta vez, para evitar el avance que consumara la segunda conquista.

En su infinita soledad, escuchando los truenos de la lluvia, el general Santa Anna se quedó sentado en su escritorio, pensando en la forma en que redactaría su discurso de rendición; era una decisión difícil, la otra opción, sería, reorganizar quizás por última vez, el ejército que defendería lo más sagrado de la república mexicana: Su ciudad capital.  Para ello contaba aun con nueve mil soldados según los informes más pesimistas; nueve mil efectivos que podrían repartirse en las garitas de San Antonio Abad, Niño Perdido, Belén y San Cosme y que podrían enfrentar a los ocho mil soldados americanos comandados por Scott. ¡Claro que aún había esperanzas de seguir luchando¡. Siempre y cuando en sus filas no anduvieran traidores de la calaña de Valencia o Anaya. ¡Claro que existían esperanzas de defender la soberanía del territorio nacional, más aún cuando recibió aquella carta, proveniente del general en jefe del ejército de los Estados Unidos Winfield Scott.

Demasiada sangre se ha vertido ya en esta guerra desnaturalizada, entre las dos grandes republicas de este continente. Es tiempo de que las diferencias entre ellas sean amigable y honrosamente arregladas, y saben V.E. que un comisionado por parte de los Estados Unidos investido con pleno poderes para este fin, está con este ejército. Para facilitar que las dos republicas entren en negociaciones, deseo firmar en términos razonables un corto armisticio. Quedo con impaciencia esperando hasta mañana por la mañana una respuesta directa á esta comunicación; pero entretanto tomaré y ocupare afuera de la capital las posiciones que juzgue necesarias al abrigo y comodidad de este ejército.

¡El milagro llegó junto con esa tormenta¡. Scott no solamente se había desistido de pedir su dimisión, sino que proponía un armisticio para celebrar la paz. ¡Tiempo¡. ¡más tiempo para recuperar fuerzas¡. ¡para reorganizar el ejército mexicano.  Pero no había congreso que avalara el armisticio, los diputados cobardes se habían escondido de la ciudad y el único que debía tomar esa decisión, también tenía nombre y apellido. Y entonces este personaje decidió.

¡Aceptar el armisticio¡.