sábado, 13 de agosto de 2016

CAPITULO 10


Es difícil asumir una vida de la cual, uno tiene que representar ciertos personajes. Ser funcionario del Supremo Gobierno o profesor interino de la Academia de Jurisprudencia no era suficiente para distraerse de las ocupaciones diarias. La vida de Jorge Enrique Salcedo Salmorán, necesitaba experimentar algo diferente, vivir quizás otra vida distinta a la que con cada día se despertaba, dándose cuenta que seguía siendo la misma persona, el mismo burócrata, académico y muy dentro de su profunda e intima soledad, la persona más vil, por momentos tediosa, amargado quizás al grado de sentirse infeliz, al extremo que por mucho que estudiara Jorge Enrique, no podía dejar de sentir esos momentos, en que cada instante de su existencia, le era larga, hueca, lenta, sumamente aburrida y cada vez más melancólica.

Tenía que sentar cabeza. La inmensa soledad en la que se encontraba viviendo, le obligaba encontrar a una mujer que lo quisiera, que viera por él, que no solamente le sirviera la comida de cada día o le preparara la ropa con la que debía de vestirse para ejercer sus múltiples ocupaciones, sino más que una criada a su servicio, necesitaba tener a su lado una mujer. No para satisfacer sus deseos carnales, simplemente, para encontrar aquella parte del alma que le hacía falta.

Quien iba a pensar que dentro de aquella taberna, en la que se iban a emborracharse, los militares, inclusive sus propios compañeros de la oficina; Jorge Enrique podía encontrar a la mujer de sus sueños. ¡Qué pena que en la Academia no estudien las mujeres¡. Si ellas estudiaran Jurisprudencia, seguramente yo me enamoraría de cada una de mis alumnas, podría enseñarles no solamente las leyes que gobiernan la republica, sino también, aquella parte del corazón, por la cual viven y mueren todos los hombres. ¡Que lastima que esa mujer, la hija del escribano no estudie Derecho, si así fuera, podría estar cerca de ella por lo menos una hora diaria, la suficiente para poderla contemplar, sentirla cerca de mi, recordar cada minuto de su invalorable presencia y pedirle, en aquellos momentos en que los alumnos vacían el salón de clases, fuera mi novia.

Al verla todas las mañanas pasar caminando por la Academia, Jorge Enrique se enamoró de la musa que le inspiraba, la muchacha fina, alta, de buenos vestidos, que en compañía de su nana, caminaba como reina. La hija del escribano, ella era la hija de tan abominable tipo, ¡ojala no haya heredado la maldad del padre¡, no sea el ángel Luzbel quien detrás de esa indescriptible belleza, esconda una ángel de maldad. Fernanda, ese era su nombre, podía ser sin duda alguna, una reina, una autentica dama de la cual, nadie absolutamente en la plaza, en la misa, en la alameda, en cualquier parte que la siguiera, podía ver la alfombra roja que pisaba, ni las campanas que repicaban su dignísima persona: ¡Ah Fernanda, si fuera poeta te diría lo que inspiras; si fuera escritor, te escribiría una novela inspirada en ti, para decirte lo tanto que te amo.



Fernanda como cada mañana se disponía a dirigirse a la Catedral Metropolitana. Niña adolescente digna de presentarse a sociedad para que cualquier hombre pudiera cortejarle y pedirle que fuera su prometida. ¡Ese podría ser yo¡. ¿Por qué no?. Después de todo, un hombre como yo, profesionista con un buen empleo y un cierto prestigio en la sociedad, podía aspirar a convertirme en el dueño de su vida. ¡Era de buena familia¡ Una reina como ella, bien podía aspirar a éste humilde siervo, quien podía entregarle su vida entera, para olvidar sus tardes melancólicas, y dedicarse a pensar en ella.

¡Dignísima, ilustrísima, excelsa, honorable, princesa de los hombres terrenales, Emperatriz de la Nueva Tenochtitlán, primer ministra del parlamento, heroína, hija de escribano, lúcida e instruida de los protocolos de Roma, soberana de Aragón, infanta de Madrid, descendiente de la familia Borbón por gracia de Dios y de todos los ángeles, ciudadana honorable y distinguida de las provincias de Guadalajara, Zacatecas, Veracruz y Cuernavaca; colegiala, bachiller, pasante y por que no, futura mujer letrada en leyes, honoris causa por la Real Pontífice Universidad de México¡, - podía decirle eso a su Ilustrísima; podía decirle que le amaba, que dentro de mi inmensa soledad, cada vez que la veía caminando rumbo a la catedral, ilusionaba que fuera alumna de la academia; sería mi estudiante adorada, estimada, predilecta del doctorante en leyes; ¿sería porque no?; la primera mujer abogada, Su Alteza Serenísima, le diría en cada clase Su Señoría; ¡Ah Fernanda¡. ¡En que época nos toco vivir¡. A lo mejor, dentro unos cien años, las mujeres como tu, puedan liberarse de ésta sociedad patriarcal; logren su emancipación total y puedan convertirse en lo que son; auténticas reinas que hagan de éste mundo, más sensible, más humano, mas llorón, más tierno y amoroso; ¡Ah Fernanda¡. Quizás en otra vida, vuelva a conocerte e identificarte como la mujer que amo, a la que sería capaz de entregarle mi vida entera.

Y cada vez que la veía, Fernanda sólo volteaba disimuladamente a verme; en esas horas en que Jorge Enrique ni católico era, tenía que fingir persignarse e inclusive rezar, para estar lo mas cerca posible de su bella amada. ¡Fíjate Fernanda¡. ¡Aquí estoy¡. ¡No quiero inventar la mínima excusa para buscar a tu padre a pedirle una escritura con la única finalidad de poderte ver, tan cerca como ahora estoy de ti, a tan sólo tres bancas de tu hermoso cuerpo, tan intocable, de cristal que cualquier brazo repugnante, podía ensuciar.



Si fueras alumna, si tan sólo la Academia permitiera que mujeres como tu ingresaran a las escuelas; ¡Ah Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana¡. ¡Ahora entiendo esa pasión por el conocimiento¡ que hizo convertirte en monja; si Fernanda fuera como tú, le diría cada una de estas palabras; le diría lo hermoso que eres Sor Juana Inés de la Cruz, aunque fuera el amante que deja ingrata, al que ingrato te deja amante; al que de mi amor maltrata deja constante, al que constante de mi amor maltrata. ¡Fernanda¡, ¡Fernanda¡. Eres tan bella, como lo fue Sor Juana, concédeme la dicha, de escuchar cada una de mis palabras.

Todas las mañanas la misma rutina, caminar por la misma calle, para encontrarte, buscar el mínimo pretexto para que voltearas a verme, aunque fuera un segundo, un pequeño instante en que tu mirada y la mía pudiera cruzarse. ¿Sabrás que existo?. ¿Acaso podrás pensar aunque fuera un breve espacio, que existe un hombre en la tierra que pueda amarte más que yo?. No dudaría que más de uno como yo, pudiera quererte, inclusive ser capaz de sacrificarse a sí mismo para estar contigo, pero te aseguro Fernanda, que nunca nadie como yo.

El domingo pasado, observe desde lejos, como aquel cadete te atestaba, como queriéndote obstruir el paso, me pareció que discutías con él, como si no quisieras cruzar la mínima palabra con él, entonces me vi tentado a intervenir, a pedirle a ese uniformado que te dejara en paz, que no era de hombres, ni mucho menos de aquellos que presumían el honor, acosar a una mujer como el venía haciéndote. Pude haberlo retado a duelo, olvidarme de su investidura de militar y yo de un simple civil; pude haber retado a golpes como cualquier rufián; pude haber hecho cualquier cosa, para salvar tu honra, en manos de tan indigno centinela.

Aquella mañana, al iniciar la semana, luego de disertar en el salón de clases, sobre las distintas teorías de la soberanía, de haber expuesto el concepto aristotélico de la autarquía, que no era más que una categoría ética con la que debía contar la polis, para ser autosuficiente y no depender de nadie;  y que decir, de la majestad o potestad del derecho romano, supremacía del imperio romano sobre cualquier otro reinado; ¡Ah Fernanda¡, quien diablos piensa en las discusiones de Hugo Groccio o de Juan Bodino; o las ideas contractualistas que sintetizaba Rousseau, si el soberano era atributo del monarca, o era una cualidad del pueblo. Para mi, podías ser una reina soberana y hacer que todo el pueblo te venerara a ti; yo sería tu profesor exclusivo y te aprobaría en las cátedras de escribanía y derecho público, acreditándote para ejercer el leal oficio de la Jurisprudencia; te protegería del claustro de docentes, serías cortejada  en cada minuto por algún distinguido catedrático que en todas horas pensara en ti; te nombraría procuradora del rió consulado, pretora de vuestra vida, amparada por sus excelencias los Reyes de España y los al tlatoanis de Nezahualcoyotl y Texcoco; te vería como la mujer benevolente de los plebeyos, reverenda, venerable de los románticos, jerarca de las normas como si fueras la Constitución misma; serías la mejor cortesana del imperio, aprendiz de magíster, doctus de la compulsa y certificación en la notaria de tu señor padre; serías por siempre la musa de todos los poetas, monarca de todas las ilusiones, vanagloriada del poeta anónimo y desconocido, modelo hermoso de todos los retratos y cuadros aún jamás pintados, amante de los deseos prohibidos, dueña de este día de la vida de su servidor y quizás el de mañana; asilada de su dama de compañía; serías por siempre la mujer hermosa hada de los señoríos de Chapultepetl, nieta de los coroneles de la Independiente Mexicana e hija de ninguno de los tenientes de la revolución Francesa, súbdita de Dios y de su señor padre, obediente de su pater familis; mujer amada y acosada por los magisters de la Academia y por algún cadete del Colegio Militar con el quien podría retarme a duelo; imaginarte en la intimidad de tu cuerpo y decirte al oído que eres agradable a la vista de los mortales e inmortales; deleitable, sensual, erótica, fascinante de los bajos instintos, grande entre las grandes, diva entre las divas, vehemente, intensa y vigorosa en el juego de la pelota; amable, gloriosa, enaltecida, ponderada, famosa, eminente, bienaventurada, presuntuosa, lactosa, esplendorosa, apreciada, orgullosa, vanidosa, cortes, encantadora, alegre, complacida, mil veces maravillosa, elogiada, ensalzada, bien apreciada, dama, majestuosa, alteza, serenísima, Reyna: Fernanda.

Podía darte más de ochenta títulos y hacerte reina de algún feudo imaginario; podía convertirme en poeta, dibujante, músico y hasta en escritor, con tan sólo recordarte y escribirte estas líneas;  tenía que decirte en alguna carta lo tanto que me inspirabas, mis pretensiones serias con tuyas, las ganas de iniciar este cortejo tan serio y respetuoso, hasta donde tú mismo lo orientaras. Aquella mañana, luego de haber discutido en la clase, las funciones del Estado, conforme a la teoría de la división de poderes de Montesquieu, de las facultades legislativas, administrativas y jurisdiccionales de los órganos de gobierno; de haber conversado con el alumno Villarejo, sobre la posibilidad de tribunales administrativos; aquella mañana corrí hasta la iglesia para decirte frente a tu cara, lo tanto que te amaba. Que no me importaba si alguna vez había sostenido algún amorío con aquel cadete del Colegio Militar; no me importaba tu pasado, ni los hombres que por ti pensaban; tenía que decirte a ti y sólo a ti, que en mi encontrarías, sino al mejor hombre, si por lo menos, a una persona que día con día trataría de serlo.

Aquella vez, hable con tu nana primero, la convencí insistentemente que te hiciera entrega de esa carta, la cual, la curiosidad te mato para leerla dentro de la misa, no sin antes haberte esperado en la discrecionalidad de tu casa y leer esa declaración de amor por ti.

Señorita Fernanda:
Permítome decirle que de un tiempo a la fecha, he venido siguiendo sus pasos; sabiendo de su existencia; que el día de hoy os la quiero mucho, como el día y de ayer y si me concede gracia, la amare por siempre; perdone mi locura y mis delirios de grandeza a vuestra excelencia, al tomarme el atrevimiento de invocarle cada uno de los títulos que se ha hecho merecedora, las cuales espero oportunidad alguna para recitárselos en su oído; y también dispénseme por cuando el día que me otorgue dicha gracia, no pueda decírselos todos; pero es que no habría folios para poderle decir, lo que representa a su humilde servidor; justificome de la presente carta a causa de mi inmenso cariño, respeto y admiración hacía su digna persona, excúlpeme por siempre de todo crimen que pudo haber cometido, por el sólo grato y bendito hecho de considerarla eternamente:

¡Mi Reyna: Fernanda

Quedo de Vos, su vasallo, súbdito, consejero magíster y futuro doctorante en Leyes: Licenciado en Derecho Jorge Enrique Salcedo Salmorán, su leal amigo y eterno servidor, por los siglos de los siglos. ¡Amen¡

Cuando Fernanda termino de leer la carta, se sonrojo, se sintió muy halagada, había tenido un feliz momento, que ya había dejado de tener desde que su novio Jesús la había abandonado. Discretamente volteó a las bancas de atrás y encontró a Jorge Enrique, totalmente ansioso, curioso de esperar, cual sería la respuesta a tan importante declaración de amor.

Cuando termino la misa, Jorge Enrique corrió al atrio de la Iglesia, esperando pasar a su mujer amada. Al mismo tiempo que Fernanda sacara de su bolsa aquel pañuelo blanco, preparándolo en cualquier momento para dar la señal de que el amor que le profesaba aquel abogado, le sería correspondido. Ya sabía de él, lo reconoció también desde la tarde en que junto con la compañía de un militar, habían preguntado por su señor padre. Sabía que era un hombre de letras quien prestaba sus servicios en el Gobierno; un hombre, sino muy guapo, si por lo menos de una educación notoriamente superior al que podía tener cualquier otra persona en toda la Ciudad. Después de todo no era un mal candidato para reiniciar con el, su vida. Podía quererlo como en su momento lo hizo con Jesús; después de todo, que importaba sus fantasías de conocer hombres más guapos que su pretendiente admirador, si ahora podía encontrar en él, lo que ningún hombre podía ofrecerle.



En el atrio de la Iglesia, se encontraba esperando Jorge Enrique Salcedo, viendo o pasar a todos los asistentes a la misa; viendo desde lejos a los pelados, a los limosneros, a los comerciantes, a las damas en luto, y desde lo más lejos de los pasillos de la iglesia, la silueta de Fernanda, a quien esperaba en los minutos más largos de su vida, en la tan anhelada respuesta que podía enviarle. Si se mostraba indiferente a la carta que le había enviado, lo había ignorado, simplemente le había dicho que no, tendría que hacerse de la idea, que no sería esa mujer con la cual podía reiniciar su vida; sería muy maravilloso que ella hiciera una señal de reciprocidad, pero nada peor podría recibir aquella mañana, que su total indiferencia.

Cuando Fernanda se encontraba a unos pasos de él, quería abrazarla, obstruirle el paso, pararse frente a ella y entablar la primera conversación; era quizás una fantasía muy atrevida, pero que otra señal podía recibir de su amada, que le dijera si a su propuesta de cortejarla.

Entonces cuando Fernanda se disponía a cruzar su camino con Jorge Enrique, saco de su bolsa aquel pañuelo blanco y lo aventó al piso. El pañuelo cayó en señal de que podía existir posibilidades de iniciar un noviazgo con la hija del escribano, Fernanda sólo rió y fingió indiferencia y siguió caminando en compañía de su nana, al mismo tiempo que Jorge Enriquece se disponía a recoger ese pañuelo para besarlo como una importante prenda que le daba la señal de que sería correspondido.

Ya para ese momento, ya no veía el frente de Fernanda, sino su espalda, la cual se iba alejando, al mismo tiempo, que Jorge Enrique sostenía aquel pañuelo, pensando cual sería el siguiente paso.

Sin duda alguna, tenía que hablar con el escribano. Pediría permiso para cortejar a su hija. Fernanda seria su esposa.


viernes, 12 de agosto de 2016

CAPITULO 9


Fernanda era una mujer atractiva, joven, jovial, de complexión alta y una clase especial, que desde lejos podía verse su fineza, sus buenos tratos y ademanes, aunada a esa belleza celestial, que los ángeles no pueden ocultar.

Siempre a las diez de la mañana cruzaba la calle en compañía de su nana para dirigirse directamente a la Catedral Metropolitana, sin haberse percatado, que desde lejos, en el primer piso de la Academia de Jurisprudencia, los observaba aquel maestro de leyes, que tanto se deleitaba de mirarla y de fantasear con ella, historias, que jamás en su vida, experimentaría, ni contaría, ni a lo mejor escribiría.

-      Maestro, me escucha.

El licenciado Salcedo y Salmorán, escucho la voz de su alumno Armando Villarejo, quien había interrumpido aquellos breves minutos placenteros que desde la ventana del primer piso, veía a su mujer amada, sin saber si realmente, la amaba.

-      Lo escucho bachiller, en que puedo servirle.
-      Maestro, quiero decirle que sus explicaciones de Derecho Público, me son muy interesantes y me gustaría adentrarme más en el tema; pero desconozco, que libros son los que pudiera leer para profundizar más en el tema que usted, tan gentilmente nos enseña.
-      Los libros que le podría recomendar, además de ser de difícil adquisición, son también, de difícil comprensión; más en estos tiempos en que las ideas políticas se encuentran tan discutidas y a la vez tan ignoradas; que no quisiera que aprendiera de mi parte, la desilusión que a veces implica conocer la verdad.
-      ¿No creo que sea desilusionante, saber lo que Usted conoce?.
-      Desde luego que no, pero si vivirlo.

Jorge Enrique seguía observando la ventana, viendo como aquella silueta se iba disminuyendo poco a poco. Para ello la clase apenas iba a comenzar y los demás alumnos de la Academia, iban llegando al salón; al mismo tiempo, en que esperaban que el profesor iniciara en cualquier momento la clase.

-      ¿Qué está leyendo?.- Pregunto nuevamente el alumno Villarejo.
-      Thomas Hobbes, El Leviathán. Por cierto, ahora que me solicita usted algún libro recomendable para conocer cuestiones de política y de Derecho Público, no estaría nada mal que lo leyera. Sólo que le advierto que tiene que ser muy discreto en su lectura, puede ocasionarle algunos problemas.
-      No lo creo Maestro, viniendo de Vos su autorización y la concesión que me permita de su lectura, así como de su atenta recomendación, no creo que  pueda generarme problema alguno.

El maestro, sonrió a su alumno y le entrego el libro.

-      ¡Gracias maestro¡.
-      No tienes porque; en esta vida, hay que robarle tiempo al tiempo, y verdad a la verdad. No le hará daño saber, lo que es el gobierno de Dios y el gobierno civil.

Para esos momentos, el aula ya se encontraba la totalidad de los estudiantes, quienes sentados en sus respectivas bancas, con pluma en mano se disponían asentar las notas más importantes de la clase.

-      ¡Buenos días distinguidos bachilleres¡.

El grupo en su totalidad callado, se disponía escuchar la cátedra de su maestro.

-      Continuamos con la evolución de las ideas políticas del Derecho Público. Las cuales, recordando lo visto en la clase pasada, dijimos que estas tienen sus antecedentes en el Derecho Romano, pero que fueron tomando forma poco a poco, a partir de los estudios de los glosadores en la Universidad de Bolonia.

Hablar de la Universidad de Bolonia, sin hacer mención siquiera, que alguna vez en México, existió la Real Universidad Pontifica de México, creada por decreto de su majestad el Rey de España por cédula real del año de 1551. ¡Que tiempos aquellos¡, en que las universidades eran claustros del conocimiento, antes de que los mismos se contaminaran de la pedantería de pseudos doctores que disertaban el cuestiones dogmáticas tan absurdas, como la pureza de la Virgen María o el misterio de la Santísima Trinidad. ¡Válgame Dios¡. Tantos asuntos que tratar en este país, como la propiedad eclesiástica, su reciente independencia política o la construcción de sus instituciones jurídicas, el fomento a la agricultura, a la minería, la necesidad de construir vías ferroviarias, caminos, en pocas palabras, alcanzar la prosperidad, sino como la que decían que ya se vivía en Inglaterra o en Francia, si por lo menos tratar de alcanzar el nivel de vida político, cultural y hasta democrático de los Estados Unidos de América. ¡Pero no¡, nuestra distinguida Universidad, había sido un vestigio de la época medieval, y no propiamente, de las Universidades de Bolonia o de la Soborna, sino de un rezago cultural, académico, científico, artístico, propia de este oscurantismo que todavía nos gobierna. ¡Diablos¡. ¿Cuántos siglos de retraso en éste país?. Quizás hizo bien, el doctor Valentín Gómez Farías, al haber cerrado para siempre, esa institución tan grande, como lo fue la Universidad de México. 



-      El derecho público es un cúmulo de conocimientos, que sintetizan una serie de principios filosóficos respecto al ejercicio del poder político sobre un determinado territorio que conforma al Estado. Cabe señalar que dentro de esta teoría que contiene nuestra materia, se encuentran las opiniones de los jurisconsultos, de los filósofos y teólogos, los cuales algunos de ellos constituyen ratio scripta, misma que se encuentran insertados tanto en el Corpus Iuris Civiles como en las Sagradas Escrituras.

¡Vaya¡ ¡Vaya¡. Mira que citar como fuentes del conocimiento político, a las Sagradas Escrituras, o inclusive, aquella obra monumental de la historia del Derecho, como lo es el Corpus Iuris Civiles; sin poderles decir a mis alumnos, que en Europa, lo último novedoso dentro de la cultura jurídica, es precisamente, el “Código de Napoleón”, “los ideales de igualdad, libertad y fraternidad de la Revolución Francesa”. ¿Cómo decirles a estos muchachos que en el derecho Público, antes que explicar teorías constitucionalistas poco estudiadas, había que entender el pensamiento de Hobbes, Locke, Rousseau, Montesquieu, Tocqueville; mil veces ellos, que citar a Santo Tomas de Aquino o San Agustín, o inclusive hasta Pablo de Tarso o Moisés; ¡peor tantito¡, las citas de nuestros altos y distinguidos políticos, que sin entender el espíritu de los insurgentes de la revolución de 1810, son ahora los que nos gobiernan y conducen a éste país, cada vez más a la anarquía total.

Sin embargo, la academia no debe revolverse con los asuntos políticos, menos aún, de asuntos rutinarios tan temporales como los que se viven todos los días. Había que enseñarles a los alumnos, cual era la verdad, introducirles el amor al conocimiento, a la búsqueda y lucha constante, aunque fuera por momentos demasiada idealista o inclusive irracional, de poder construir una sociedad mejor, un país libre, justo, igualitario. ¿Cómo poder transmitir a este grupo de estudiantes, esa pasión por el conocimiento, por la Jurisprudencia?, ¿cómo enseñarles otra forma distinta de asimilar la realidad.

-      Sin embargo, las leyes eternas que rigen la forma en que el pueblo debe ser gobernado, no solamente las podemos encontrar en la raptio scripta; pues existen otras fuentes de conocimiento jurídico, ¡Cierto¡ con severas críticas, inclusive algunas de ellas censuradas por la Santa Iglesia Católica, con la pena de excomunión de quien se atreva leerlas; obras políticas que si bien es cierto no forman parte del legado y de la inspiración divina,  contienen algunas propuestas suficientes dignas para la discusión académica, que obligan a los juristas de hoy en día, a colocarse en la disyuntiva de averiguar, cual es la naturaleza y el objeto de estudio del Derecho Público. ¡Concretamente¡, el status de la cuestión que estudia el derecho público hoy en día, que podemos inferir tanto de la raptio scripta, así como de las obras políticas escritas en Europa y en la federación americana, se limitan a reflexionar sobre la unidad del Estado, la organización jurídica de la misma a través de una ley fundamental a la que llamaremos Constitución Política, así como también, la determinación del imperium de la autoridad gobernante, frente a sus gobernados.

Dentro de esa aula, iluminada por aquellas ventanas grandes, cada alumno de los ahí presentes, seguían escuchando con atención la cátedra impartida. ¡Después de todo¡, lo que dijera el maestro, era verdad sabida, era creíble cada una de sus palabras por el simple hecho, de que él era el maestro y en consecuencia, el único que sabía respecto a esos temas.

-      Esta tripartía entre Estado, Constitución y Persona, es lo más importante de nuestra materia Derecho Público. Es en sí, la sustancia de nuestra asignatura, lo que debe de estudiarse, criticarse y conocerse; pero siempre con la imparcialidad y objetividad que la verdad puede diluirnos. Sin entrar a los dogmatismos, apasionamientos y a las posturas políticas personales de cada uno de vosotros. Estudiar simplemente, la naturaleza jurídica del Estado, de lo que es y debe ser una ley fundamental como lo es la Constitución Política y el significado, no solamente teológico religioso de la dignidad de la persona humana, sino también, su connotación jurídica, brillantemente expresada en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadana promulgada en Francia, o bien, en la Carta de Virginia colonia de Norteamérica.

Aunque no debía de decir ningún nombre, ni una referencia espacial o temporal; era inevitable, casi imposible, citar algunos ejemplos mundiales, de lo que había ocurrido en Francia o en la revolución americana de las trece colonias. ¿Cómo no decirles cual era la situación política de esos países en comparación con la nuestra. Sin embargo, no hacía falta que el profesor se auto cuestionara dichas interrogantes, para ello, existía el alumno Villarejo, quien desafiando en forma respetuosa la autoridad del maestro, alzo la mano para preguntar.

- Maestro, como dice Vos acertadamente, que el Derecho Público, es el conocimiento que estudia al Estado, a la Constitución Política y a los individuos. Sin embargo, quisiera preguntarle, si a los países a los que hizo referencia, que son la republica francesa y los Estados Unidos de América, existe en sus respectivos mandatos legales, algún cambio social e inclusive político, que los haga totalmente diferentes en comparación a nuestra patria?.




Realmente Villarejo, quiso entrar a una discusión política, en la cual su profesor se pronunciara sobre la situación política y jurídica del país. Decirle cual era su postura, respecto al joven Estado Mexicano, sobre el ordenamiento legal que regía o debía regir a la nación y quizás lo más delicado de la pregunta, saber si los mexicanos de este suelo patrio, tenían garantizada una vida digna, libre e igualitaria, como posiblemente lo tenían los ciudadanos franceses o americanos. Pero como podía responder esa preguntar el maestro, como saber si el reciente Estado Mexicano, nacido el 27 de septiembre de 1821, es decir, ¡Hace veintiséis años¡, era realmente un Estado o una caricatura grotesca de ese concepto, una simple parodia de Francia o de Estados Unidos; quizás un reinado huérfano sin rey; una nación sin posibilidad alguna de desarrollo, más que de cumplir su trágico destino condenado a desintegrarse totalmente, hasta hundirse entre balas, fiestas, alcohol y peleas de gallos; entre los sermones de los curas y las bayonetas de los militares; condenado a soportar la demagogia de sus ocurrentes y corruptos gobernantes.  ¿Cómo podía responder a esa pregunta, si ultimadamente, el maestro, nunca en su vida había pisado Norteamérica ni tampoco a Francia. Nunca en su vida, se había trepado en un buque de vapor, cruzando el mar rumbo a Europa, ya ni mucho menos, haber visto en toda su vida un ferrocarril corriendo sobre aquellas vías y echando humo en todo su camino. ¿Cómo podía hablar el maestro del mundo?, sin siquiera, en toda su existencia, había pisado Oaxaca o Veracruz. Si lo más lejos que su pequeño universo le había permitido conocer, eran los pueblos de  Xochimilco y Tlalpan.

-      No existe ninguna diferencia entre Francia, Estados Unidos  y México. Dichas naciones son republicas, que tienen distintas formas de pensar y de organizarse jurídicamente por el bienestar de sus ciudadanos.

-      ¿Pero entonces maestro?  Que importancia tiene conocer si en dichas naciones, saben lo que es un Estado, hablar de sus respetivas constituciones e inclusive, hasta de los derechos de los ciudadanos; si dichos países, salvo que Vos me diga lo contrario, son mejor o peor que el nuestro.

-      Dichas naciones, no son mejores ni peores que el nuestro. Cada una de ellas, al igual que en nuestro suelo patrio, tienen problemas sociales a los cuales, ni la política y mucho menos el derecho, puede todavía resolverlos. Por ejemplo, en Estados Unidos existe todavía la esclavitud y  en Francia, existen inconformidades sociales de las clases proletarias hacía su gobierno.

Villarejo dentro de si, se pregunto, que eran las “clases proletarias”; interrogante que solamente el mismo se formulo, porque sus demás compañeros del grupo, desconocedores del tema que se disertaba en el salón de clases, estaban más interesados en que la clase terminara de una vez.

-      Somos una nación joven. No tenemos ni tres décadas como país independiente; no podemos compararnos todavía con Norteamérica o Francia, inclusive, hasta con la propia España. Nuestra patria, busca una identidad jurídica, política y social, que le está costando trabajo, pero que tan pronto tenga, saldrá adelante como una nación que establezca y aporte el mundo, una forma distinta de pensar de la que respetablemente, tienen los franceses, los americanos, los españoles o ingleses.

Realmente, en cada clase que Jorge Enrique impartía, encontraba también sus propias respuestas. ¡Efectivamente¡. México buscaba su identidad propia, su forma de ser, ir descubriendo o construyendo en todo caso, su propio pensamiento político y jurídico, el cual fuera acorde a su historia y a la idiosincrasia de su gente.

Había que decirles tanto a sus alumnos. Mencionarles lo importante que era el Derecho Público, en una nación independiente como México, que sin tener todavía, una edad madura; podía aspirar a ser un país prospero. Una republica como la que concibió el Insurgente José María Morelos, donde las leyes que emitiera el Congreso fueran tan justas, que moderaran la riqueza y la opulencia, para aumentar el jornal al pobre.

Pero Villarejo observándose en comparación de sus propios compañeros de clase, estaba perfectamente consciente, que nadie de los ahí presentes, les interesaba conocer la profundidad de esa disertación académica; inclusive, podía tener la sospecha, que dicha materia les podía ser tan aburridas e incomprensibles; ¿A quién le podía importar el problema del Estado, de la Constitución Política, de los derechos del hombre?. Pareciera que los compañeros del salón de clases, estaban más interesados, en conocer las reglas de los contratos, la forma en que se llevan los juicios, los testamentos, las faltas, penas o castigos; o quizás los documentos con los que se enriquecen los comerciantes. Realmente, Villarejo pensaba que su posición respecto a la Jurisprudencia, no podía limitarse a una relación jurídica entre acreedores y deudores; entre jueces, fiscales y abogados; entre criminales y comerciantes; la inquietud que Villarejo le provocaba ese maestro, era saber más de lo que el maestro no decía en cada clase, de lo que se callaban de lo que el mismo se censuraba, quizás por miedo de la iglesia, de las autoridades de la academia o inclusive, hasta de sus propios compañeros de clase, quienes podían hacer mofa del maestro, al grado de que los rumores pudieran confundir al distinguido docto del derecho público, en un enemigo de la Santa Fe.

-      El derecho público, no solamente estudia la unidad del Estado, su Constitución o los derechos de los individuos; sino que también, discute algunos temas en relación a la forma en que debe de ejercerse el poder de los gobernantes. Tomar postura con fundamento en argumentos justos y naturales, a fin de saber si el poder de los políticos es descendente, es decir, emanado de la divina providencia, de Dios, de la Santa Iglesia Católica, quienes dotan a nuestros gobernantes de la virtud de la prudencia y de la sabiduría, para gobernar a los súbditos, y poderles mandar, en forma infalible e incuestionable, en miras de la prosperidad de todos los habitantes de la patria. Pensar simplemente en esa forma, de que el poder político es una gracia, que el Señor ha dotado a nuestros gobiernos; ¡oh bien¡, tomar postura, por la tesis contraria, aquella que se atreve a sostener, que todo el poder político, emana del pueblo en forma ascendente. Que son los hombres de la patria y nada más ellos, quienes tienen el poder político, de elegir, mandar e inclusive, hasta de desconocer a sus propios gobernantes, quienes se encuentran por siempre obligados, a servir al pueblo, a efecto de hacer posible, el bien de la patria, que mismo pueblo expresa en su carta fundamental, en su Constitución Política, o en su propia contrato social.
Esa es la esencia del derecho público, estudiar el gobierno, pero no los gobiernos temporales que vienen y van, los que cesan en forma civilizada o a través de las armas o del desconocimiento popular.  Lo que estudia el Derecho Público, es el Estado, como aquella entidad donde existe pueblo, territorio y Supremo Gobierno. Donde el pueblo, se integre en forma democrática por los artesanos, los agricultores, los citadinos, inclusive por los clérigos y los militares; donde el pueblo se encuentre organizado socialmente, por actividades económicas, por profesiones, donde todos tengan derecho a la educación, al libre acceso al conocimiento, a las artes, a ejercer en forma libre cada uno de sus derechos, con la única limitante de reconocer los derechos de los demás y de obedecer y en todo caso, de cumplir con las obligaciones, que por el bien de la patria, le imponga el Gobierno.  El derecho público estudia el pueblo, la forma en que cada uno de sus miembros, se vean respetados en la esfera de sus derechos y donde el gobierno no solamente permita, sino que también proteja, la libre empresa, el comercio, la iniciativa de sus ciudadanos. ¡Eso estudia el Derecho Público¡ – ya hablando con pasión el maestro, se soltó a expresarse en forma libre, en un monologo del cual cada uno de sus alumnos, fue poniendo atención a sus palabras – la forma, en como el Gobierno debe administrar sus provincias, aprovechar centímetro a centímetro su suelo patrio, su territorio, aprovechar sus recursos, la minería, la ganadería, la agricultura, la pesca, lo que la madre tierra le proporciona. Defender su suelo patrio de la amenaza exterior, de la mutilación, de la guerra, del intervencionismo militar de las potencias extranjeras, el Derecho Público, estudia la forma en que el gobierno debe autorizar la colonización de sus territorios, la explotación de sus recursos, la venta de los bienes raíces  ¿y porqué no?, ¡hasta la distribución de la riqueza¡. El derecho público, además de estudiar al pueblo y a su territorio, también debe hacerlo con uno de sus elementos constitutivos que lo representan a nivel nacional e internacional. Me refiero a su gobierno. El derecho público debe estudiar la forma en que se regule ese gobierno, de tal manera, que no solamente pueda limitar su intervención en la libertad de las personas en el ejercicio de sus derechos inalienables, sino que también sea capaz de erigirse en protector de todos, que sea capaz no solamente de imponer el orden en cada parte y rincón del territorio nacional, sino también, tenga la capacidad de gobernarse a si mismo, donde no solamente se respete los derechos de cada hombre, sino también, pueda también respetarse, los derechos que tiene el pueblo sobre sus gobernantes. Un gobierno, que bajo esa discusión disyuntiva de definirse con la virtud de la prudencia, la honestidad  y la sabiduría que Dios les otorga; oh bien, un gobierno que ante todo, tenga la obligación de desempeñarse justamente en cumplimiento de las obligaciones que el pueblo puede reclamar.

Para esos momentos, Jorge Enrique Salcedo y Salmorán volteaba hacía la ventana del salón del clases, mirando disimuladamente, el caminar de su admirada dama Fernanda, quien ya venía de regreso de la iglesia rumbo a su casa.

-      Eso estudia el derecho Público y eso es lo en forma detallada, iremos estudiando, cada una de sus clases consecuentes. Siendo todo por hoy.

Los alumnos cerraron sus carpetas, guardaron sus respectivas plumas y disponiéndose cada una de ellos de abandonar el salón de clases. Mientras que el profesor Salcedo, seguía observando a la lejana distancia que la ventana del salón de clases le permitía.

-      Maestro – acercándose de nueva cuenta Villarejo – ¿los temas actuales que discute el pueblo, los iremos a tratar en la clase?.
-      ¿A qué temas te refieres?. – Seguía observando el maestro, sin despegar su mirada de la ventana.
-      A las formas de gobierno que ha experimentado el país, si es mejor el federalismo que el centralismo, la monarquía que la república, la constitución actual que la de 1824.
-      Esos no son temas de Derecho Público, son meramente asuntos de la política cotidiana. Y sépalo distinguido bachiller, que en esta Academia de Leyes, se estudia la Jurisprudencia, no las tesis, los discursos y pronunciamientos de los políticos del momento.
-      ¿Pero entonces, como podemos entender un derecho público mexicano, sino tenemos un marco de referencia para reflexionar como usted dice, la aplicabilidad o no de las ideas de esta materia, a la realidad actual por la que cruza nuestra nación?.
-      Muy buena pregunta, hasta la fecha, yo mismo me lo sigo preguntando.

Para ese entonces, la silueta de Fernanda, se había desaparecido entre la multitud. Jorge Enrique sólo suspiro desde el salón de clases, teniendo que esperar hasta el día siguiente, para volver a ver, aunque fuera desde lejos, a su amada Dulcinea.


jueves, 11 de agosto de 2016

CAPITULO 8



El ilustre doctor Manuel de la Peña y Peña, Director de la Academia de Jurisprudencia, dio la cordial bienvenida al licenciado Jorge Enrique Salcedo y Salmorán, como su nuevo catedrático; lo sustituiría, hasta en tanto, el claustro de profesores ratificara su nombramiento o bien, buscara otro profesor, de mayores cualidades académicas, para impartir la clase de Derecho Público que su maestro, el insigne y inmemorable doctor Samuel Rodríguez había dejado vacante.

La noticia fue bien aceptada por el Coronel Yáñez, quien con sus pocos conocimientos en letras y en leyes, sabía que esa invitación, era para su amigo Enrique Salcedo, un gran honor, una distinción, que ni trabajando en el Palacio Nacional cerca de quien fuera el Presidente de la República, la podía igualar. Yáñez observaba a su amigo, tan raro, tan diferente, era un tipo anormal, rara vez bebía o se divertía con él y sus amigos en la taberna, viendo a las hermosas mujeres bailar, beber, cantar y haciendo otro tipo de actividades tan placenteras para los hombres. Pero Jorge Enrique no hacía nada de eso, se encerraba en su oficina y escribía como si nada ocurriera a su alrededor. Se entregaba tanto a su trabajo, pero también a sí mismo, que nada parecía ser tan importante en su vida, como esa ansiedad de saber cada día más. 

- Amo la docencia. Me gusta impartir clases. Es como escucharme a mí mismo, entrar a un monologo donde yo mismo me hablo, me escucho, me entiendo e interpelo. Dar clases, es formar a los alumnos y formarme a mí mismo. Yo también soy uno de ellos, un estudiante de mí mismo, también aprendo de mi como profesor, para reconocerme en cada clase, lo neófito que sigo siendo. 

Cada mañana, en la inmensa soledad en la que vivía Jorge Enrique, se levantaba de su cama, preparaba su ropa del día para irse derechito a la Academia. ¡Había que vestir bien¡. Uno era el profesor, quien debía poner el ejemplo a sus alumnos, para ello, había que lustrar los zapatos, ponerse bien los calcetines y lucir gallardamente ese moño acompañado de esos sacos tan intachables de arrugas, a los cuales debían tener sus botones completos. ¿Qué difícil era aparentar alguien quien realmente no era. Verse todas las mañanas en el espejo, asearse y cuidarse aquella barba, para conservar esa personalidad de hombre respetable. Ser ahora, un catedrático de la Academia de Jurisprudencia. Que mejor reconocimiento a mi sabiduría en el arte y técnica de las leyes. Soy académico, soy al igual de lo que fue el Doctor Rodríguez, un maestro en el aula, en la plantilla de la insigne Universidad de México, de la Academia de Jurisprudencia, véanme señores, puedo llegar a ser Juez, Magistrado de alguna Corte Marcial o bien, de la propia Suprema Corte;  puedo ser juez de Minería, de Rentas, de causas criminales; puedo llegar a ser, si yo quisiera, a ser el abogado defensor de cualquiera de estos legos que desconocen el arte de las leyes. Pero no me importa serlo; lo único que quiero en la vida, es estar frente a una aula de alumnos, impartirles clases, enseñarles nuevos conocimientos, leyes, criterios Jurisprudenciales; tener todas las horas del día, para escribir al igual que mi maestro, todo aquello que aún no está dicho. Saciar esta necesidad de decir mediante todas las formas, que este país, puede llegar a ser justo, libre, igualitario y feliz. Decirle a todos los políticos y a la sociedad entera, que las ideas no se guardan en las páginas de los libros, ni se empolvan en las bibliotecas; sino que las mismas perduran eternamente, que siguen ahí viviendo; que yo soy el hilo conductor que las hace revivir; que por mis labios habla Sócrates, Platón, Aristóteles, Polibio, Cicerón, Santo Tomás de Aquino, San Agustín; Maquiavelo, Hobbes, Locke, Rousseau, Kant; que algo de mi vive mi querido maestro el doctor Rodríguez, a quien siempre recordare por siempre, hasta el último día de mi vida. Que en mis oídos, escucho lo que aún no descubro, lo que aún el tiempo no me ha permitido leer; pero que leeré para contárselo y escribírselo para cada uno de mis alumnos. ¡Soy académico¡. ¡Soy profesor¡. Nací para dar clases y entregarme de lleno a la vida académica. Soy simplemente su alumno, doctor Rodríguez.

Los primeros días fueron difíciles, el guion que tenía para impartir la clase, se desvaneció en los primeros cinco minutos, después no tenía nada que decir, más que volver a repetir lo que ya había dicho. Tratando simular la mirada de mis alumnos, a los cuales, no me atrevería a leerles el pensamiento para no descubrir la verdad que yo quería esconder.

Las pocas horas en que me encontraba en la Academia, saludaba algunos ex maestros míos, los cuales, al ser ahora ya uno de ellos, no hacían el mínimo esfuerzo para felicitarme, simplemente me trataban igual que ellos, en otros casos, simplemente me ignoraban o a lo mejor, no recordaban de que yo había sido su alumno. No quedaba de otra que soportar la pedantería, la cual no solamente se encuentra en el gobierno, sino también en los pasillos y aulas de la  Academia, donde cada Magíster se siente el dueño de la verdad absoluta. Algunos de ellos tan respetables como el doctor Guerrero, el cual recuerdo años atrás como un profesor temible, pero que ahora, sólo es un viejo senil más cerca de la muerte que de su próxima clase. ¡Y qué decir, del doctor Paniagua, hombre tan fino y elegante, que increíble imaginar su aliento etílico de cada clase.

Cada vez que impartía clase, mis alumnos me escuchaban, observaba en ellos, una mirada de credibilidad como si lo que dijera, fuera una ficción mía. Por momentos llegue a pensar que así era; que Sócrates nunca había existido, ni había tenido esa discusión con Critón en el cual se resistía a fugarse de la cárcel para enfrentar la condena de muerte que el tribunal ateniense le había impuesto.  Había que defender la virtud de la justicia, ante la sumisión de los tribunales de la república,  de las leyes que la ciudad se había impuesto. Había que seguir por siempre el criterio de Sócrates en sus horas finales, defender la congruencia de uno mismo, de predicar con el ejemplo, aún en contra de uno mismo. ¡Pera esa concepción, parecía una interpretación mía, de la cual, yo hubiera sido el autor de esas líneas, el artífice de esa idea platónica, con el que mis alumnos, me escuchaban atentamente.

Quien de mis alumnos podría ser yo mismo. ¿Cuántos años tendría que esperar para encontrarme a mi mismo?. ¿A quién debía preparar para dejar el legado de mi maestro?. ¡Su congruencia, su rectitud, su pasión por el conocimiento. Debía de seguir su ejemplo y transformarme en cada clase y después de ella, en el hombre libre y crítico, al que debía de aspirar.

Pero para hacerlo, tenía que ordenar no solamente mis ideas, sino también mi vida. Tenía que dejar de pensar en seguir siendo el hombre soltero y solitario que cada mañana se despertaba, sin rendir cuentas más que a la casera de los actos de mi vida. Tenía que encontrar a una mujer a quien cortejare, que me aceptara como su marido, sentar cabeza y fundar porque no, una familia.

Tenía que renunciar a mi empleo en el Supremo Gobierno, mandar a volar a mis jefes los militares, los políticos que de un día para otro se convierten en presidentes de la república, para posteriormente, también de un día para otro, dejar de serlo. Tenía que renunciar a las rentas que el Gobierno me pagaba; no podía ya prostituirme, ser cómplice de fechorías tan indignantes, como los cuatro millones de pesos que el ejecutivo perdiera y terminara la mitad de ese dinero en una inmoral compraventa y la otra mitad, escondidos o enterrados en alguna cueva de las montañas del Valle de México. Tenía que dejar de ser vil empleado de esos sujetos, que no conocen más lealtad a la patria, que el valor del dinero, olvidándose del amor a la república y de sus leyes. Tenía que organizar mi vida, empezando primero, por dejar ese maldito empleo, que me hacía infeliz como persona. Tipo hipócrita, maestro falso, indigno de la Academia.

¿Pero cómo podía hacerlo?. ¿De que forma podría decirle a mi amigo el Coronel Yáñez, que ya nunca jamás seguiría trabajando al servicio del general Santa Anna, ni de ninguno otro que ostentara la primera magistratura del país?. Podría dedicarme a la docencia, ¿por qué no?, escribir artículos en la Voz del Pueblo, Siglo XIX, en el Diario de Gobierno o en Monitor Constitucional. Podría desde la prensa, denunciar la corrupción, la inmoralidad, la hipocresía de nuestros gobernantes. Sería más fácil combatir desde esa trinchera a los políticos que nos gobiernan, y no desde la investidura de un alto funcionario, lacayo de confianza. Artífice de las leyes, como diría mi maestro, las cuales manipulaba para legitimar la impunidad de los ladrones que han saqueado al país.

Con quien podía iniciar esta vida, enterrar lo pasado e iniciar otra nueva forma de ser, de vivir, de ser libre y no esclavo de las mentiras, las corruptelas y demagogias de nuestros gobernantes. Tenía que cambiar esto y el primer paso para hacerlo, era elegir a una mujer que me quisiera y me apoyara en esta nueva aventura por la conquista de la libertad, de mi felicidad.

Quien podía ser la mujer que me hiciera caso y aceptara mis proposiciones; de vivir con el hombre académico, libre de conciencia y de sus actos. A quien podría querer y entregarme de cuerpo entero.  Tenía que ser una mujer inteligente y no como la esposa del ilustre doctor Rodríguez, cuya sabiduría no pudo elegir lo más importante que uno debe hacer, y que es precisamente eso, elegir a una mujer.

Hay amada Dulcinea, ahora entiendo el Ilustre Quijote de la Mancha, aquel viejo loco idealista que vivía en algún lugar de la mancha, de cuyo nombre no quisiera recordar. Aquel que combatió con los molinos del viento; aquel que pregonaba frente a su caballerango Sancho Panza, diciendo que la libertad, era unos de los dones que los cielos habían dado a los hombres, que por la vida, así como por la libertad, se puede y se debe luchar.  Ese era el licenciado Salcedo, aquel caballerango que imitando al quijote se lanzaba a las calles de la Ciudad buscando quien podía ser la Dulcinea, del quien se podía enamorarse y entregar cada día de su vida, a la conquista de su amor.



Así que Salcedo cada vez que terminaba su clase, salía de la Academia rumbo a la sede del Palacio Nacional; ahí lo esperaba su amigo el Coronel Yáñez, para despachar aquellos asuntos que tanto el Ejecutivo como sus respectivos Ministerios tenían que atender. Había que caminar tan sólo unas calles, que es la distancia que separa la Academia de Jurisprudencia de la Catedral; había que pensar en tantas cosas, no solamente en su presente, sino también ir construyendo su futuro. Ver la gente pasar a su lado, no ensuciarse los zapatos con aquellas piedras que encontraba en el camino, toparse con algunos pelados y algunos vendedores ambulantes pasteleros y dulceros, que vendían fuera de la Plaza el Volador; había que seguir pensando antes que llegar a la oficina, quien era esa mujer a quien podía entregarle su vida entera y con la que podía sentar cabeza.

Entonces cuando Salcedo caminaba rumbo al Palacio Nacional, se encontró con ella. Ya la había visto con anterioridad, la conocía desde lejos, la noche del velorio, pero nunca había entablado conversación alguna con ella; sabía quien era, hermosa, jovial, alta, fina y distinguida; era una digna dama a quien bien valía la pena cortejarla. Esa mujer, era nada menos y nada más, que la hija del escribano. ¡Era Fernanda¡. 





miércoles, 10 de agosto de 2016

CAPITULO 7


¿Quién puede entender el dolor de un joven de dieciséis años?. Si su vida es tan corta, que inadmisible sería pensar, que ante una vida escasa de un adolescente, pueda uno morirse de amor?. ¿Cómo si en verdad conociera ese sentimiento tan puro?, ¿Como si fuera esa relación que tuviera Jesús con Fernanda, la única en toda su vida?. Jesús moriría no de amor, sino por Fernanda, ¿Quién podía pensar en ti Fernanda?. ¿Quién podía quererle, adorarla, suspirar y cada noche no dormir por ella, ¿Quién Fernanda?. ¿Quién de ti podía quererte y pedirle al Cielo, que también lo quisieras?.

Los grillos seguían cantando, los árboles, el bosque, el sonido del viento, la fría mañana y la salida del sol, que anunciaba una majestuosa belleza, que hacía lucir, aquella hermosa construcción que era el Castillo de Chapultepetl: - ¡Fernanda¡. Tenerte en la memoria y no olvidarte. – decía en su mente en todo momento Jesús, al mismo tiempo en que se encontraba en su clase de atletismo frente a las faldas del establecimiento militar - Recordarte en estos momentos en los cuales, debía estar poniendo atención en las ordenes del capitán, quien gritándonos a todos los presentes, nos ordenaba marchar, con el cuerpo derecho y el pecho en frente; aguantando el frió, más que la humillación, la pedantería de estos tipos que se creen perfectos, pero más que nada, seguir soportando esta maldita ansiedad, que es la de no estar contigo. La de morir por ti, en este eterno silencio que mata, con este recuerdo, que también aniquila cada momento en que pienso en ti.  – ¡Qué lejos está la Ciudad, de este maldito bosque¡, ¿cómo no desertar del Colegio para irte a buscar y pedirte que seas mi esposa?.



Haber sido admitido en las filas del Colegio Militar, había sido una distinción que el gobierno de la República había otorgado al Coronel Melgar Gutiérrez y Mendizábal; quizás, era también una señal de que el buen trato que exigía de sus altos mandos, fuera ya el acorde a los más de treinta y ocho años de servicio incondicionado que había prestado a la Corporación.  ¡Era un héroe de la patria¡. Cierto había prestado sus servicios en Veracruz, tiempo después su compañía se había trasladado a Cuautla, bajo las ordenes, de quien años después sería el Virrey de la Nueva España. El ilustrísimo y excelentísimo Félix María Calleja.  Como olvidar aquellos días de Cuautla, donde los insurgentes encabezados por el padre de Zitacuaro José María Morelos y otros ilustres señores como los hermanos Galeana, Nicolás Bravo, Juan Álvarez, Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria, se negaban a entregar la plaza.  ¿Qué hubiera pasado, si hubieran doblegado a la resistencia?. ¿Si hubieran capturado vivos o muertos a los heroicos insurgentes de Cuautla?. No hubiera llegado jamás a la presidencia del país, los generales Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero y Nicolás Bravo, ni tampoco hubiera gozado de esa pensión que sabiamente, el Congreso había decretado a favor de los soldados del Ejército Trigarante, quienes con Agustín de Iturbide, habían alcanzado, la consumación de la Independencia de México.

Combatió a los ilustres insurgentes de la independencia mexicana, pero no lo hizo por ser enemigo de la causa separatista, sino plenamente convencido de la honorabilidad de su majestad el Rey de España. Y también, por atención a sus jefes inmediatos, en especial del ilustre e inmemorable Félix María Calleja, hombre notable que bien pudo haber sido el verdadero padre de la patria de la independencia mexicana y que se negó hacerlo, porque ante sus ideas liberales, simpatizantes de las cortes de Cádiz, inclusive hasta de los sentimientos de la nación enarbolados por Morelos, seguía creyendo, en la lealtad que siempre juro a su Majestad el Rey de España.

 Las clases de atletismo de los cadetes del Colegio Militar, era complementada con la de tiro que se hacía, con aquellos rifles tan viejos y obsoletos que contaba la Institución. Las balas eran de salva y en algunos casos, el casquillo siempre se trababa con el rifle. No es que uno fuera torpe en el manejo de las armas, era simplemente, lo obsoleto de esos aparatos, que no permitía a sus alumnos, desarrollar las demás habilidades que debía contar los futuros soldados de la patria.

Pero esa forma de aprender la profesión de las armas, en nada se parecía a la forma, en que aprendió el padrino de Jesús, ahí en el campo de batalla, disparando con demasiado tacto el fusil para evitar que una bala enemiga lo hiriera. ¡Había que disparar el rifle, pero ya. ¡Hay que pegar, porque atrás vienen pegando¡. ¡Si no matas¡, ¡te matan¡, así que mata. Sigue disparando, cúbrete si puedes, escóndete, resiste y cuando sea el momento oportuno, dispara el gatillo, hiere, mata y corre, no dejes que nunca te alcancen, porque si lo hacen, son capaces de fusilarte, cortarte la cabeza y lo que es peor, no darte la cristiana sepultura.

¿En verdad, así había aprendido mi padre?. ¿Acaso él recibió clases de tiro en el bosque, con rifles obsoletos?. – Realmente, el Coronel Gutiérrez aprendió el oficio por la necesidad de sobrevivir en cada combate, dando gracias a Dios, de que en treinta y ocho años de servicio, ninguna bala enemiga, le atinara justamente en el corazón o en la cabeza.

Las clases eran también interesantes, después de todo, había que tomarle sabor a la carrera militar. Era interesante conocer la materia de Táctica y Estrategia, donde nos enseñaban historias de algunas batallas, algunas de ellas demasiado mitológicas, como las que se referían a los aqueos y los troyanos, en aquella guerra que culminaría, con el ingreso del caballo de Troya a la ciudad fortaleza. ¡Que imaginación¡. Las guerras médicas, púnicas, entre griegos y persas, las guerras de Peloponeso, y el famoso Atila, que estuvo a punto de someter al imperio Romano. ¿Cuánta gente murió en aquellos combates?. Había que reconocer que salvo uno que otro buen maestro que había en el Colegio Militar, los demás profesores eran nefastos, quizás habían tenido la suerte de que su adscripción fuera en el Colegio Militar y no en un campamento  al norte de la República, cuidando quizás el puerto de Veracruz de cualquier otra invasión de alguna potencia extranjera, o bien, los caminos que llevaban de la Ciudad de México a Puebla, evitando el vandalismo que ya estaba azotando el país.

Aprender la heráldica militar. Que significaba tantos listones, estrellitas y el sin número de medallas que el Ejército, el Congreso o el Presidente de la República, habían inventado para satisfacer el ego de los militares. – La legión de honor de la Virgen de Guadalupe – brillante distinción al que podía aspirar cualquier militar, por el sólo hecho de sus meritos en campaña.  Medalla de honor, que ni su padre, ni con treinta y ocho años de servicio había obtenido.

Algunos compañeros del Colegio eran sin duda alguna, hijos de muy buenas familias; que otros compañeros podía citar de aquella generación de cadetes; quienes divirtiéndonos en las faldas de castillo, seguíamos disparando o mejor dicho, jugando a ser los futuros soldados de la patria. ¿Acaso mi padre aprendió esta profesión divirtiéndose? Mataba a sus propios compañeros, sólo por el hecho de que fueran sus adversarios.

¿Y a todo eso, que diría Fernanda?. ¿Qué estaría haciendo ella en este momento?. ¿Estaría pensando en mi?. – Se preguntaba Jesús, mirando el cielo, sintiendo los árboles, la tierra y el pasto del bosque; - este seguramente fue el palacio de algún emperador azteca – le decía el cadete Miguel Miramón – mucho antes de que nuestros antepasados llegaran al Valle de Anáhuac, se internaron en Chapultepetl.  Me parece que aquí, el emperador Moctezuma venía a bañarse- ¿Pero quién diablos había metido a la conversación a ese pedante; que diablos me importa la historia de México, de lo que hicieron o dejaron de hacer los aztecas o ese tal Moctezuma; quería pensar en Fernanda, sólo en ella, recordar su gesto, su cabello, su inolvidable cuerpo; recordarla como paseaba junto a ella, en aquellas calles empedradas de la Ciudad de México; recorriendo la calle de plateros, la alameda, hasta llegar al Convento de San Francisco. ¡Maldito bosque¡. Tan lejos de ti y tan cerca de mi corazón Fernanda.

Los días del internado de hacerse largos, se fueron convirtiendo cada día, en más cortos. Como si el tiempo se fuera reduciendo, las horas dejaban de tener tantos minutos y el sol se escondía más rápido de lo que tardaba la primera semana, el primer mes o el primer año. ¡Qué eternos fueron los días en que pensaba en ti Fernanda¡. Podía morir de amor de sólo recordarte, quedarme en los últimos  segundos de mi vida, con una fijación tuya en mi mente, quizás recordándote con tu vestido blanco, largo, tus cabellos tan negros como de un metal tan precioso, que ni el oro ni la plata podía asemejarlo; Fernanda, Fernanda, Fernanda. ¡Escúchame que te hablo¡, ¡te imploro¡. He aquí sufriendo cada día del calendario en esta maldita escuela, donde los oficiales nos enseñan el orden interno y el externo; donde he aprendido a ponerme en firmes, a marchar y dar señales con la mano, los brazos; a sentarme y pararme derecho frente a cualquier mando militar; donde juego todos los días en los campos del bosque corro, cargando el rifle, la cantiflora, soportando el sol, el viento, el frió y el calor; conociendo los distintos tipos de pólvora y descubriendo que es mi ojo derecho, con el que apunto el fusil y disparo. Veme aquí Fernanda, preparándome todos los días, para ser el hombre por el que te respeten y por el que me acepte, tu respetable padre.

Y mientras tanto, las horas del día mataban el eterno aburrimiento de soportar esta tristeza, de pensar en Fernanda y nunca morirse. De sentir a lo lejos a Jesús, que había abandonado la ciudad para enlistarse al ejército, de la conducta honorable que bien podría reprocharle, gritándole en su cara al joven cadete, llorándole de furia, de resistir las ganas de rasguñarle su rostro, de abofetearlo, de  decirle que lo amaba, pero que también, lo odiaba.

Los días fueron solitarios; cuando Jesús se marcho al Colegio Militar, la vida de Fernanda había cambiado radicalmente. Si bien es cierto lo volvería a ver en un algunas ocasiones, dichas visitas además de clandestinas fueron esporádicas, el amor que le había tenido, se iba desvaneciendo como aquella distancia que entre kilómetros y el tiempo se estaba perfilando. Ya no quería a Jesús, lo llego a querer, es cierto, lo amaba intensamente cada vez que lo veía, tenía las inmensas ganas de abrazarlo, de cuidarlo como si fuera un niño, ¡pero ahora ya no¡; las horas de simpatía, en que Jesús y sus ocurrencias hacían reír a Fernanda sólo formaban parte del recuerdo; jamás volvería a encontrarse a un hombre igual que él, pero tampoco tenía ya la necesidad de buscarlo, simplemente había dejado de amarlo. Su cariño, si bien al principio en su ausencia lo mataba, poco a poco iba desapareciendo, al grado de formar parte de un bello recuerdo. La vida continuaba y ella no podía desaprovechar, la inmensa felicidad que le despertaba sentirse bella, verse de cuerpo completo en el espejo de su recamara, viendo como su madre la vestía y se sentía orgullosa de ella, apretando el corsé para marcarle aquella bella cintura y ese inocente busto, que podía llamar la atención hasta de los hombres más educados; ¡ésta soy yo caballeros¡; son linda, soy hermosa, soy Fernanda. Una mujer diferente, a la que le gusta los hombres, pero más aquellos que tengan clase, porte, distinción; que por mi muestren esa actitud galante de entregarse a mí por siempre. Soy Fernanda, hija del escribano y de mi amada madre Amparo; custodiada por cada minuto por mi nana Juanita, quien no se despega de mi por un instante y a quien confieso en secreto, cuales son mis pasiones y mis amoríos secretos, censurando obviamente, aquellas fantasías tan intimas y secretas  que ni dios padre debía saberlo.

¡Soy Fernanda de Martínez, la mujer más hermosa de toda la Ciudad¡ La hija del escribano.