viernes, 7 de octubre de 2016

CAPITULO 61


El general Gabriel Valencia recibió la instrucción del general Santa Anna de que trasladara su tropa de la Villa de Guadalupe hasta San Ángel, donde tendría que esperar a que llegara el enemigo. Obviamente era una orden incompleta, tibia y que mostraba cobardía del mando supremo de la defensa de la ciudad, pues no se le ordenaba en ningún momento emprender ataque alguno. ¡Era indignante¡. Esperar que fueran los americanos quienes tomaran la decisión y que el ejército mexicano asumiera una posición defensita, sin tomar la iniciativa esta de sorprender a los americanos y abatirlos en el camino.

Aun y con todo eso, Santa Anna era el jefe supremo de las fuerzas armadas y había que obedecer sus órdenes, aunque estas no fueran dignas de un estratega militar; inconforme con ellas, Gabriel Valencia ordeno a su tropa a efectuar el desplazamiento y dirigirse al sur de la ciudad, para “esperar” a los americanos. Aunque su razón o quizás su instinto le pedía al general, acatar de una vez a los gringos. Entonces Valencia pensó por algunos minutos lo que esa decisión significaría en su carrera militar, podría inclusive hasta convertirse en el héroe nacional que la patria tanto esperaba; ¿Por qué no?. Esperar a los americanos conforme a las instrucciones de Santa Anna no era una decisión militar acertada, atacarlo, in duda alguna, levantaría la moral de los mexicanos. ¿No acaso habían esperado los mexicanos tantos meses para que se librara este combate con los americanos?. La afrenta de Cerro Gordo, la de Veracruz, Monterrey, debía sanarse en las inmediaciones de la Ciudad de México, había que derrotar al enemigo en nuestros campos de batalla, destrozarlos, dejarles un mensaje a los invasores y al gobierno protestante de Polk, de que en México, la dignidad y la patria jamás se vendería.



Santa Anna, para esas horas, había logrado ingresar sobre aquellas lomas del Olivar de los carmelitas, unas pequeños montes cuya posición geográfica se encontraba arriba de los poblados de Tizapan y San Gerónimo; cerca de la iglesia de Tetelpan, en los terrenos propiedad de los sacerdotes carmelitas, montes de olivos y árboles, en las que se encontraban en sus subsuelos, muchas cuevas en las que el pueblo inventaba muchas leyendas, decían estas leyendas que al ingresar en aquellas pequeñas cuevas, uno entraba a las puertas del infierno, que jamás regresaría uno una vez entrado a esos escondites; Santa Anna se rió al escuchar esas leyendas, no eran más que las invenciones de los propios bandoleros que tenían que decir, para asegurar que ningún cristiano, tuviera el atrevimiento de pisar esas cuevas.

-      ¿y las cuevas?. ¿Dónde están esas cuevas?. – Santa Anna pregunto  a Ignacio cien fuegos, cuando observó que en el paisaje boscoso, no se apreciaba ninguna cueva.
-      ¡La cueva esta debajo de sus pies¡.

Santa Anna observó el piso y solamente encontró pasto, pero el bandolero se agacho y quitó la paja, luego unas piedras pesadas, que estaban encimadas una sobre la otra, hasta que finalmente para su sorpresa, encontró un pequeño agujero.

-      Aquí es general. Bienvenido a la boca del diablo.



Santa Anna observó aquel orificio, justo a la medida para que cupiera un cuerpo humano. Al parecer no era la única “puerta secreta”, había otras más, también escondidas con piedras y arbustos.

-      ¿Aquí?.

Pregunto desconfiado e incrédulo.

-      Si general aquí es. Por favor entre.

El bandolero se dio cuenta que Santa Anna por desconfiado no entraría, así que tomo la iniciativa, se agacho, metió sus pies y entro al orificio, como si la tierra se lo hubiera comido. Santa Anna incrédulo que sobre ese orifico estuviera una cueva, escucho a la altura de sus pies, que el bandolero Ignacio le dijera.

-      Pásele General.

Santa Anna, instruyo a Gaudencio que también se agachara y se introdujera por aquel agujero. Hecho lo anterior, entraron otros tres soldados, entonces Santa Anna confiado de que nada grave había allá abajo, se persigno y se dispuso a entrar al orificio.



Era sorprendente lo que estaba viendo. Quien iba a pensar que debajo de aquel agujero, se encontraba toda un cuarto pavimentado con paredes, no alcanzaba a ver porque estaba oscuro, así que el oficial  Gaudencio prendió un quinqué y lo que vió, era aún más que sorprendente. ¡Su tesoro¡. Una cueva construida por los mejores albañiles mexicanos, con la ayuda de la naturaleza, una cueva en lo más alto del pequeño monte, oculta entre piedras ya arbustos, ¿Quién lo imaginaría?. Debajo de esa pequeña cúspide, yacían en el subsuelo aproximadamente unos doscientos metros cuadrados, que incluía hasta calabozos y pequeños quinqués que alumbraban el interior del escondite. Muchos cofres saturados de dinero, Ignacio mostró uno de ellos, para mostrarle a Santa Anna lo que guardaba el escondite; o Santa Anna entonces, vió todo el dinero que tenía escondido; tomo una vara que recogió del piso y con ello, la enterró en alguno de los cofres para pisar al fondo del baúl, la movió y lo removió, con uno de sus puños tomo las monedas que en ella encontró y era oro, realmente era oro. Sonaba como oro, pesaba como era, parecía oro. ¡era oro¡.



Ignacio le explico al general Santa Anna, que ese lugar ya tenía años de haberse construido, aunque no sabía quién era el que había mandado a construir dicho escondite; parte de esa riqueza escondido, según el dicho del bandolero, a quien a su vez se lo había comentado el padre de éste en vida, había sido propiedad de uno de los últimos virreyes españoles, que inconforme de pagar tributo a la corona española, en los tiempos en que Napoleón había conquistado a España, decidió esconderlo.

-      ¿y después?.
-      Después estalló la revolución, el virrey se fue y el dinero se quedó.

Santa Anna no tenía ojos para seguir viendo aquellos cofres de oro; abrió otro de ellos para cerciorarse si eran ciertos; Gaudencio con el quinqué alumbro al general para que este acercara sus manos, su vista y su olfato y se percatara de que lo que estaba viendo era cierto.

-      Así que esto era el tesoro del Virrey.
-      Así es general. Mi padre me decía que el Virrey tenía este tesoro.  Pero que en la época de Napoleón Bonaparte, lo escondieron para no entregárselo a los franceses; después llegó la guerra de independencia, y se tuvieron que esconder para que el padre Hidalgo no los encontrara.
-      ¿Cuánto dinero habrá?.
-      No lo sé mi general. Mucho dinero; tan sólo con un cofre de esos, podría pagársele decorosamente a cinco mil hombres durante un mes; imagínese si eso hace un cofre de estos, que no haría los demás.
-      ¿Los demás?.
-      Si general, los demás cofres. Pase a ver por aquí
.
El bandolero se acercó a una de las paredes de aquel cuarto y abrió una puerta secreta; lo que en ella vió, también era sorprendente:

-      ¿Qué es eso?. – había mucho polvo en el lugar, no se podía apreciar lo que había en ese lugar, inmediatamente sacudieron el lugar, para poder ir ganando visibilidad; prendieron mas quinqués para ver lo que había en ese lugar.
-      No lo sé general. Mi abuelo le decía a mi padre, que eso era el tesoro de Moctezuma.



Había calaveras de cristal, de piedras relucientes de color verde, banco, gris; muchos monolitos, joyas y hasta un penacho; escudos, yelmos, corazas con planchas y adornos de oro puro embutidos, collares y brazaletes del mismo metal, sandalias, abanicos, penachos y cimeras de variadas plumas enlazadas con hilos de oro y plata, perlas y piedras preciosas, figuras de pájaros y animales, labradas o fundidas en oro y plata de exquisito trabajo, cortinajes, colchas y mantas de algodón tan finas como la seda, de variados colores entretejidos de plumajes que parecieran fines pinturas; unas dos planchas de oro, tan gigantes como dos o tres veces más grandes que las ruedas de una carreta, ese tesoro era aún más valioso que todos los tesoros antes descubiertos; Santa Anna demasiado asombrado por lo que estaba viendo, le quitó el quinqué al oficial Gaudencio para con ello acercarse aún más a ese cúmulo de joyas que estaba viendo. Eran muchas piedras, algunas de ellas no sabían si eran piedras verdaderas o prefabricadas por artesanos, sea lo que fuera, eran unos verdaderos diamantes, ¿Cuánto podría valer uno de esos?. Millones de pesos. Quien poseyera ese tesoro, sería el hombre más rico del planeta.



-      Mi abuelo – dijo el bandolero – le contaba a mi papa, que a su vez su abuelo, le decía que este tesoro era el de uno de los últimos emperadores aztecas. La leyenda dice que el conquistador Hernán Cortes lo busco por toda Tenochtitlán, que llegó inclusive a quemarle los pies a Cuauhtémoc para que revelara la ubicación de todo este tesoro, y sabe que… ¡Cuauhtémoc no dijo nada¡. Murió sin decir nada.



Santa Anna con el quinqué en la mano, acaricio aquellos telares, toco esas joyas, esos collares y finos escudos de armas; había mucho polvo, se sentía la humedad del lugar, pero era increíble lo que estaba presenciado, no era muy letrado en la historia de las culturas primitivas de México, pero lo que estaba viendo, era algo inusual; era cosa de otro mundo, de otro México, de una civilización totalmente distinta a la que estaba acostumbrado a vivir;  el generalísimo con su pie y con la otra pata de palo que lo acompañaba, siguió recorriendo el lugar y vio en ella, hasta arcos con flechas, otros penachos, muchas telas con escritos jeroglíficos, no sabía lo que decían, pero había otras cosas que le llamaban más la atención.

-      ¿Que es eso?. – señalo unos barriles.
-      Eso al parecer es pólvora.


Santa Anna ordenó al oficial Gaudencio procediera abrir uno de esos barriles, al destapar dicho barril, salió mucho polvo, todos tosieron, sintieron una pequeña molestia en la garganta, pero después se fue pasando, con la luz del quinqué trataron de ver que era.

-      ¿Que es?.
-      ¡Mas oro mi general¡. Son muchas piezas de oro, no sé cuántas, pero son muchas piezas de oro. Millares quizás; no son propiamente monedas de oro, son monolitos de símbolos aztecas. Pero oro al fin. Con esto hasta podrían fundir cañones con balas de oro.

Santa Anna rió de júbilo por lo que está viendo, ese era su tesoro; sabía de su existencia, siempre se lo había dicho el Coronel Yáñez, pensaba que era una mentira, se lo juraban y perjuraban ante la virgen de Guadalupe que existía ese lugar y el, pese que tenía fe de que ese tesoro era cierto, siempre guardó una pequeña duda sobre la veracidad del mismo, ahora no había duda, el tesoro de Moctezuma, del Virrey o de quien fuera, existía; claro que existía.



El oficial Gaudencio se vio tentado a tomar un puño de aquellos monolitos de oro y esconderlo en la bolsa de su chaqueta, pero el generalísimo prohibió ese atraco; - ¡de aquí nada se mueve¡. – El general ordenó a sus soldados, volvieran a dejar las cosas como estaban antes; con los quinqués siguieron alumbrando aún más puertas secretas que guardaba ese lugar pero el bandolero le explico al general, que aún muchos de esos lugares, permanecían intactos, sin saber realmente lo que había en ellos. Santa Anna incrédulo por la explicación del bandolero no le creyó, pero tampoco quizá exponerse abrir esas puertas, cabía la posibilidad de que ese lugar fuera una trampa y quedara ahí enterrado vivo; así que trato de ordenas sus ideas y ubicarse en el momento histórico que vivía; su misión en esa guerra quizás no era defender el territorio nacional, sino el tesoro del último emperador azteca; quizás era el verdadero sentido de la existencia de su vida, o quizás no, a lo mejor, dios, la virgen de Guadalupe  y la divina providencia le había dado ese regalo, para sacarlo a la venta, en estos momentos en que la segunda conquista de México, amenazaba la independencia de su patria. ¿Que había que hacer?. Santa Anna busco la salida del lugar; así que habiéndolo encontrado, pidió que lo apoyaran para poder salir del escondite; primero salió Gaudencio, por aquel orifico por donde entraron,  ya Gaudencio arriba estiro las manos y el generalísimo, como si fuera los mejores años de su juventud, subió al techo del escondite y pudo salir  de ese mágico lugar.



Seguido de él, salió Ignacio y también los cuatro soldados que acompañaban al general; ahora ya en el monte, los guardias volvieron a tapar el orificio, colocaron esas piedras y después las taparon con orificios, con algunos pastizales y robustos; Santa Anna observó el comportamiento de sus soldados y automáticamente desconfió de ellos, nada le garantizaba que aquellos testigos, fueran de chismosos y revelaran lo que acababan de ver, que tal si volvieran con otros y decidieran robarle a la nación; así que el generalísimo, siempre cauteloso y previniendo el bandidaje que azota a la zona, con la simple  mirada ordeno a Gaudencio y a Ignacio a que con sus respectivas armas de fuego, procedieran a dispararles en la cien, a cada uno de su escoltas, los soldados sorprendidos por el ataque traicionero, trataron de responder pero era demasiado tarde, entre Gaudencio e Ignacio, dispararon a los cuatro soldados, uno seguido del otro y estos murieron. Era preferible matarlos y prevenir cualquier riesgo que significara fuga de información o tentativa de robo al tesoro de la nación.

El generalísimo Santa Anna ordenó que lo cadáveres de esos hombres fueran colgados en cada árbol, como si estos militares hubieran sido ejecutados acusados de desertores; Gaudencio siempre obediente, cumplió la orden, al igual que el bandolero Ignacio Cien Fuegos, cada uno de su respectivo caballos, sacaron las cuerdas, con las cuales hicieron los respectivos nudos al cuello y a las manos de aquellos soldados difuntos, después los colgaron en cada uno de los árboles; entonces el generalísimo, ya más tranquilo, se dispuso a observar la posición en que se encontraba, no debía de olvidarlo, el tesoro estaba en el punto intermedio de esos cuatro árboles, cuya referencia era, donde estaban los cuatro soldados colgados, en frente de la barranca del moral, en el mirador de aquellos pequeños montes del Olivar de las Carmelitas.

-      Necesito a todos tus hombres. – ordeno el general Al bandolero Ignacio.
-      Como usted ordene mi general.
-      Todos tus hombres. ¿Lo entendiste?. Necesito a todos tus hombres, porque son hombres de fiar en quienes si puedo confiar.
-      Si mi general.

Santa Anna desde lo más alto de aquel pequeño monte, observo que aquel mirador controlaba todos los puntos de la Ciudad, podía ver, sin necesidad de telescopio alguno, el cerro de Guadalupe, el de Chapultepetl, el de Iztapalapa, los volcanes Popocatepetl y la Mujer Dormida; podía ver ese paisaje tan hermoso; el cielo azul y soleado las nubes tan blancas como el algodón; desde su posición veía la zona arbolada del Valle de México, las torres de la catedral de México y de la basílica de nuestra señora de Guadalupe; veía también otras torres, podía observar, las iglesias de San Francisco y Teresa la Antigua, la de san Ángel y Churubusco; era un excelente mirador para observar lo que debía de observar, incluyendo desde lo mas lejano, el avance de aquel grupúsculo de hombres al parecer soldados.

Entonces Santa Anna se espantó. ¿Qué estaba viendo?. Pidió al oficial Gaudencio un catalejo para poder cerciorarse si su sospecha era cierta o no, o sino era víctima de aquel espejismo, producido a causa de haber visto lo que minutos antes había visto.

-      ¡Maldición¡.

Gaudencio e Ignacio, le preguntaron al generalísimo, quienes eran esos hombres que desde lo lejos se veían:

-      Son los americanos. ¡Los pinches gringos vienen llegando¡.  



Santa Anna colérico cambió de posición y observó para su mayor tranquilidad, otro regimiento de soldados, presididos seguramente por el general Gabriel Valencia.

Respiro un poco de tranquilidad, trato de no perder la cabeza y guardar compostura y serenidad, así que le esperaría una noche de arduo trabajo; debía de asegurar que su tesoro no fuera descubierto, por lo que debería aún más que esconderlo; para evitar que los americanos lo pudieran oler como perros de caza.

Ignacio mientras tanto, le juro lealtad al general Santa Anna, por lo que se comprometió a traer a todos sus hombres para ponerse a disposición del general. Empezando por su atenta orden de traer el erario público y el archivo de la nación y esconderlo en ese insospechado lugar.

Santa Anna, ya más tranquilo, agradeció el valor y patriotismo de su nuevo sirviente. Tratando de simular la ambición que le brotaba, ordeno a Gaudencio lo acompañara de regreso a la casona de Tizapan, sugiriéndole en su carácter de superior jerárquico, observara la posición en la que se encontraba y no olvidara, cada legua ni pie, de los terrenos que pisaban.

Gaudencio e Ignacio obedecieron, ambos partieron para diferentes caminos; al igual que los miles de soldados mexicanos que acababan de llegar a San Ángel y de los otros miles de soldados americanos, que avanzaban por Tlalpan, ingresando después de varios meses de guerra, al tan anhelado Valle de México.


miércoles, 5 de octubre de 2016

CAPITULO 60


A las dos de la tarde del nueve de agosto de 1847, estalló el primer cañonazo de alarma, anunciando a todos los capitalinos la proximidad del enemigo y haciendo recordar a todo mexicano mayor de 16 y menor de 50 años, a presentarse con las armas o sin ellas, a los distintos puntos de fortificación de la Ciudad de México. Mientras eso ocurría y la circular del ministro de Guerra Lino Alcorta  era circulada por el general en jefe del ejército del oriente Manuel María Lombardini, aquella tarde, una vez que Santa Anna tuvo conocimiento del desplazamiento de la tropa de Winfield Scott a la Ciudad de México, inmediatamente decidió en compañía del diputado Crescencio Rejón, del abogado Salcedo y Salmorán, del coronel Melgar Gutiérrez y Mendizábal y del oficial Gaudencio, a dejar el Palacio Nacional y trasladarse inmediatamente a la casona de Tizapan, con una escolta de aproximadamente de cien soldados, trayendo consigo treinta carretas que contenía cajas con documentos, barriles y cofres que contenían barras de oro, rifles y pólvora, para salvaguardar con ello, los pocos recursos que aún quedaban del erario público y también desde luego, el archivo de la Nación.

Las carretas zarparon y salieron del Palacio Nacional, cruzaron la Alameda, Paseo de Bucareli, Arcos de Belén y tomaron el camino rumbo al Colegio Militar en Chapultepetl, cruzaron el río Consulado, después tomaron el viejo camino a Tacubaya, luego la Villa de San Ángel, para finalmente llegar a la casa de Tizapan, donde se encontraba Amparo Magdalena, viuda del viejo escribano don Alfonso Martínez del Valle. Ese fue el trayecto que tomo la escolta del general Santa Anna, así como cada una de las treinta carretas, que guardaban tan importante tesoro; ahí, el oficial Gaudencio contactaría con el bandolero de nombre Ignacio Cien Fuegos, quien además de ser ladrón del rumbo, era fugitivo de la policía, acusado de haber robado inmensas fortunas y de haber cometido homicidios; dicho bandido, conocía cada pulgada de las montañas del poniente de la Ciudad, sabía de todos los escondites de las barrancas, inclusive las leyendas decían que conocía paso a paso los interiores de las distintas cuevas que yacían escondidas en el rumbo, cubiertas con la vegetación, los arbustos, olivos y sino, con la simple paja o piedra de volcán.

Era importante esa visita a la casa de Tizapan, pues con ella, Jorge Enrique comunicaría a doña Amparo el lamentable fallecimiento de su hija Fernanda; de igual forma, el general Santa Anna tendría la oportunidad valiosa de recuperar los títulos de propiedad de la compraventa realizada a los indios cherokes y los señores Juan Zambrano, don Joaquín de Arrendondo, Joseph Vehlein Arthur Wavell, James Wilkison, James Long  y  Sthepen F. Austin, que le habían vendido a Su Alteza serenísima, grandes porciones de tierra, ubicadas todos ellas al norte de la república. Por vez primera Santa Anna recobraba confianza al enterarse que en rumbo existía un bandolero que lo llevaría al escondido lugar del que tanto le hablaban, iría a recuperar su tesoro y a conocer físicamente el lugar donde este se encontraba. El que tanto le platicaba el desaparecido Coronel Yañez. Ahora el generalísimo era ungido como el último emperador azteca después de la muerte de Cuauhtémoc, viviría el una experiencia muy parecida, con la que hace más de trescientos años Hernán Cortes había sometido a los aztecas; Santa Anna era el nuevo Tlatoani de la resistencia mexica; el nuevo guerrero que tendría la oportunidad de reivindicar la defensa del territorio nacional y con ello, frustrar cualquier ataque o conquista de sus enemigos, los invasores americanos.



Mientras cabalgaba, el general Santa Anna con el control absoluto de la Ciudad, más de veinte mil soldados defendiendo la ciudad, la cual se encontraba asegurada con las fortalezas del Cerro del Peñón, el Convento de Churubusco, el Castillo de Chapultepetl y en todo caso, hasta con el Cuartel de la Ciudadela y el Palacio Nacional; una ciudad protegida por los soldados del ejército mexicano y por los voluntarios civiles que próximamente se alistarían para impedir que  la triste historia de Veracruz, se volviera a repetir.  Tenía entre sus planes, que el primer combate con los americanos se libraría en el Cerro del Peñon, donde los americanos se verían sorprendidos en su extremo derecho por la caballería de los regimientos de los generales Valencia y Juan Álvarez, esa batalla de salir como lo planeaba, frenaría la invasión yanqui, además de posponer cualquier otra invasión quizás en otra campaña militar y mínimo retrasaría la determinación de la guerra por un año mas; Santa Anna tenía la firme esperanza de que si los americanos perdieran ese combate, podrían ser sitiados desde Veracruz y Puebla, para tenerlos acorralados y con ello, obligar su rendición; por supuesto que ese combate victorioso se tenía que dar y debía de darse en el cerró del peñón; pero si así no fuera, si las cosas no ocurrieran de esa forma como lo planeaba, si los americanos entraban por otro punto distinto de la ciudad, como pudiera ser Tlalpan o Churubusco; entonces debía de adelantarse a la partida y poner en un lugar seguro, tanto al erario público, como también el archivo de la nación, que no debía por ningún motivo, caer en las manos del enemigo, ningún instrumento, documento, códice o libro, que comprometiera y pusiera en riesgo, a la soberanía nacional.



¿Porque cuidar esos documentos?, ¿Cuál era el valor de dichos instrumentos?. ¿Qué tanto había que cuidar en esos legajos de papel que decía tener datos muy importantes?. – el diputado Manuel Crescencio Rejón explicó a Salcedo que en dichos documentos, se encontraban muchos secretos que jamás debían caer en manos de los americanos; pues en su aire sensacionalista y ambicioso, utilizaría dichos documentos, para descubrir ciudades perdidas o nuevos yacimientos de oro y plata; Rejón explicaba a Salcedo, que en los tiempos de la independencia, el varón Humbold había donado al entonces Virrey Iturrigaray, diversos libros que había conseguido los antepasados de éste de los reyes de España, códices que a su vez, el conquistador Hernán Cortes rescató de su barbarie destructiva y que había entregado a los reyes españoles para dejar constancia de las cultura retrograda que aparentemente destrozaba y evangelizaba; ah decir verdad, los códices de Humboldt describían en sus jeroglíficos, una serie de rituales  de los antecedentes primitivos de los aztecas, de los príncipes de Texcoco, Tacuba y Tezozomoc, así como de un príncipe poeta de nombre Nezahualcoyotl; dichos códices describía un calendario en que según se predecía los próximos eclipses solares y lunares, así como los acontecimientos más importantes del mundo, incluyendo la caída de los aztecas por la conquista de los españoles y de la aparición de un nuevo imperio que gobernaría a todo el mundo; Salcedo no podía creer lo que decían esos códices que tanto custodiaba Rejón en su carreta, decía también que había una manual de herbolaria, en el que se describía una serie de conjuros con algunas determinadas plantas y hongos con propiedades curativas, fuera pasa sanar e inclusive hasta enfermar a la gente; plantas que también servían para entablar contactos con el “mundo de los muertos” o al “más allá”, una especie de inframundo que según permitía a los seres humanos, comunicarse con sus dioses; esos códices como otros más, se encontraban bajo el resguardo del Supremo Gobierno, otros más estaban escondidos por la iglesia católica, la cual en principio muchos de ellos destruyó, otros los conservo pero negando su existencia, como alguna vez lo hiciera y lo sigue haciendo, con algunos libros de Pitágoras, Aristóteles y Platón.



Habían pasado el pueblo de San Ángel, donde se encontraba una pequeña escolta en custodia del poblado, ahí se encontraba entre los oficiales el bandolero Ignacio Cienfuegos quien se reportó con el oficial Gaudencio, estrechándole un caluroso abrazo como si estos si conocieran de tiempo; acto seguido se traslado a la carreta donde se encontraba el general Santa Anna, para quintarse frente a este su sombrero y acercársele para informarle quizás el parte de novedades; mientras Salcedo contemplaba la escena, lo cual se le hacía demasiado raro, el hecho de que un bandolero malhechor, se acercara con tanto respeto y subordinación, al jefe del estado mexicano, quien representaba ante todo la legalidad y el orden, y que nada hiciera por detenerlo, juzgarlo y castigarlo como delincuente, sino únicamente darle ordenes como si se tratara de un soldado más.



Mientras Salcedo contemplaba esa escena, alcanzó escuchar como Rejón le platicaba sobre las antiguas culturas primitivas que habitaron el Valle de México; le platicaba que muchas de estas civilizaciones eran objeto de estudio de muchos historiadores y arqueólogos americanos; uno de ellos y el más conocido por citar sólo uno de ellos, era William H. Prescott, quien había escrito un libro  que relataba la historia de los aztecas antes y después de la conquista de Hernán Cortes; así, mientras Salcedo seguía escuchando la conversación, observó que el bandolero dejara el gabán y el sombrero que lo distinguía, poniéndose en su lugar una casaca y el sombrero de soldado del ejército mexicano; no era posible que hiciera eso frente a los ojos del primer jefe del ejército mexicano, de quien representaba el orden, de quien había jurado días antes, como siempre estaba acostumbrado hacerlo, observar y cumplir fielmente la constitución y las leyes que de esta emanaban; no había duda con lo que acababa de ver, Santa Anna, era el jefe de todos los gavilleros y bandoleros de la región.

Llegaron a las inmediaciones de la casona de Tizapán, ahí le fue informado al general Santa Anna, que los americanos no habían decidido atacar el cerro de peñón, no se había suscitado el combate que tanto esperaban; Santa Anna por momentos se sintió disgustado por esa noticia; habían fortificado el cerro y metalizándose con su tropa sobre la importancia de ganar ese combate, de haber invertido horas y horas de estudio y en haber mandado a elaborar en forma detallada la cartografía de la región, para que finalmente los americanos, como si se hubieran enterado de los preparativos de la defensa, decidieran esquivar ese punto y entrar por otro punto distinto a la ciudad de México. Eso no era más que espionaje, era claro que dentro de las filas del ejército mexicano, operaban los orejas al servicio de las fuerzas americanas.



Los criados de la casona de Amparo Magdalena, le anunciaron que desde lejos se observaba el avance de un centenar de soldados;  Amparo inmediatamente se dispuso a mantenerse alerta sobre esa insospechada visita; no sabía de lo que se trataba, se mantenía totalmente apartada de cualquier noticia referente a la guerra, únicamente dedicaba las horas del día la mantenimiento de la casa, pero poco sabía de lo que ocurría a la Ciudad de México, lo último que supo fue de la victoria de Santa Anna en la angostura, pero no estaba más enterada de lo que había ocurrido en Veracruz, en Puebla y sobre la posible ocupación de la ciudad de México, la cual seguramente ahora con los últimos cambios tácticos emprendidos por Scott, dicha conquista sería por Tlalpan y Coyoacán.

Amparo se dispuso a recibir la comitiva que en forma imprevista visitaba su casa, no espero que volviera a ver, a ese detestable hombre, entonces bajo del carruaje su viejo amigo, don Antonio López de Santa Anna.



El generalísimo en forma burlona y retadora, había llegado nuevamente a esa Casona de su propiedad; saludo a doña Amparo, haciéndole un gesto falso de caballerosidad inclino su cuerpo hacía ella y le informó que dado el estado de sitio en que se encontraba la ciudad, se vería en la penosa necesidad de acampar en ese lugar, para establecer de forma provisional un pequeño cuartel militar, en ese orden de ideas, anunció verse en la penosa necesidad de tomar el agua y los alimentos que su tropa requería y de exigir obviamente, posada en la casona.

Amparo se mostró disgustada por dicho intromisión, no solamente a su casa sino también a su vida privada; la visita de Santa Anna por esa región, no siempre le era del todo agradable; soportar un tipo ególatra y vanidoso no es confortable, mas tratándose de un tipo como Santa Anna, quien con su actuar soberbio y prepotente, ponía en riesgo su persona como había sido la última vez, en donde había fallecido su marido. Así Amparo con el ímpetu reprimido de quererlo correr de su casa, suavizo su gesto de  coraje, cuando también observó bajarse del otro carruaje, al diputado Manuel Crescencio Rejón, acompañado del abogado Jorge Enrique Salcedo Salmorán.

Cuando Jorge Enrique miro a los ojos de Amparo, la encontró demacrada de su cara, angustiada como siempre, ahí estaba ella y sintió que su mirada era correspondida de una tenue sonrisa y de un gesto que mostraba gusto, como si ambos olvidaran lo que había pasado la última vez en que se vieron. Salcedo se acercó ante la mujer que meses antes había sido su suegra y la que ahora, era y seguiría siendo por siempre, el amor prohibido de su vida; se acercó ante ella, se quitó el sombrero y le beso la mano, con tanto respeto y con un pequeña insinuación erótica de acariciar toda su piel.

Santa Anna acompañado del bandolero – ya vestido de militar – Ignacio Cien Fuegos, se dispuso a señalarle a este lo que contenía cada una de las treinta carretas que acompañaron su viaje; le mostró que en algunas de ellas había barriles de pólvora, en otros rifles, en otras más cofres con monedas de oro que era lo que quedaba del erario público y en otra carreta, una serie de libros, documentos y legajos, que eran según Rejón, el archivo de la nación. Asimismo y ya frente Amparo, le dijo al bandolero que la señora de la casa le haría entrega también, de algunos títulos de propiedad de algunas fincas de su propiedad, a lo que Amparo le respondió:

-      No se de lo que me habla Alteza.



Santa Anna se quedo mirando a esa mujer con un aire de petulancia, como queriéndole decir “no te hagas pendeja”; pero el gesto de Amparo era igual de altanero, envalentonada de sostener una mentira por dignidad, quizás por berrinche y rebeldía, de mera adversión a ese hombre. Así que lo único que hizo el general ante la respuesta retadora de esa mujer, fue sonreírle e instruirle a Ignacio Cien Fuegos, lo esperara, el personalmente quería conocer esa cueva misteriosa, donde se guardaba su tesoro. No si antes, de manera disimulada, se acercó a Jorge Enrique y le dio en voz baja una instrucción.

-      No sé cómo le haga abogado, pero quiero esos títulos de propiedad.

Jorge Enrique, también con ganas de responderle a que títulos se refería, no soportó su asombró de que su pensamiento fuera inmediatamente leído por el general, quien seguido le manifestó:

-      No me vaya a decir también “a que títulos me refiero”. Usted sabe a cuales me refiero licenciado.

Jorge Enrique entonces no pudo disimular más y le respondió.

-      Si general no se preocupe.

Santa Anna entonces sonrío y le toco al hombre a su fiel abogado, procediéndose a retirar del lugar, no si antes de acercarse nuevamente a Amparo, para decirle personalmente.

-      Tenemos un asunto pendiente señora; … ¿Lo recuerda?.
-      ¡Si general¡ ,… claro que lo recuerdo.
-      Qué bueno que lo recuerda, porque esta noche lo trataremos.

Santa Anna con esa risa burlona se dispuso a montar personalmente su caballo, en compañía de una pequeña escolta de once soldados armados con sus respectivos sables y rifles. Cuando entonces, desde lejos observó, a un mensajero cabalgando a todo galope, seguramente con un correo urgente de última hora.

-      General creo que le tienen alguna noticia para Vos.
-      Si ya lo veo; seguramente informaran el cambio de estrategia de Scott para entrar a México.

Santa Anna espero a que el jinete llegara  con él, para entregarle de mutuo propio, la noticia que esperaba: confirmado Scott no había atacado el peñón; el muy infeliz desvió su trayectoria y estaba recorriendo el camino de San Agustín, seguramente para entrar por Tlalpan. Santa Anna se molestó por lo ocurrido. Pero intuía que así iba a ocurrir; bien o mal, antes de que entraran los americanos por Tlalpan, él ya se encontraba en una posición estratégica para conocer el avance del enemigo. Santa Anna entonces ordenó al mensajero, que el general Gabriel Valencia dejara su posición en la Villa de Guadalupe y se trasladara inmediatamente a San Ángel, a fin de poner una barrera de contención en dicho punto y seguir con ello, bloqueando cualquier punto de acceso a la ciudad, inclusive de servir de refuerzo en caso de Scott decidiera asaltar el Convento de Churubusco - ¡Por ningún motivo, dígale al general, Valencia, que se mueva de ese punto¡ ¡Que se quede ahí quieto¡..


El mensajero en señal de subordinación, dio la media vuelta y solicito al mando supremo, un caballo más descansado para girar la orden que acababa de dar. Solicitud que fue debidamente atendida.

Santa Anna pronto entendió que los americanos estaban cerca. Así que le pidió al bandolero que lo acompañaba, lo llevara inmediatamente sobre aquel mirador que le permitía dominar todos los puntos del Valle de México; y también que de una vez le mostrara esa misteriosa cueva que guardaba su tesoro.

El bandolero con su sonrisa asquerosa, carente de varios dientes, le respondió a su jefe.

-      ¡Lo que ordene general¡

Santa Anna se procedió a retirar, para palpar con sus manos, ya fuera viéndolo con sus propios ojos u oliéndolo con su nariz, el tesoro que ese bandolero custodiaba; al que se iba a sumar en su resguardo, aquel nuevo cargamento que guardaba también, la riqueza de la nación. ¡Su tesoro¡. Nada menos y nada más que su tesoro, o mejor, otro tesoro de Santa Anna.
 


lunes, 3 de octubre de 2016

CAPITULO 59


Antonio López de Santa Anna se encontraba molestó por lo que había leído del manifiesto de Scott;  - ¡es un mentiroso¡. ..pinche viejo. Con que vuevos se atreve a decir que los soldados mexicanos son valientes y tienen honorabilidad, si los muy maricones corrieron de Cerro Gordo como verdaderas gallinas. El generalísimo no podía ocultar su frustración por sentir que la patria se le venía abajo; por reprimir sus deseos de mandar todo a la chingada, incluyéndose a si mismo, ir muy lejos, a tomar el primer buque de vapor e irse a Cuba o a Jamaica, o a Colombia o a cualquier parte del mundo, donde no existiera gringos tan culeros como Scott.

Estoy admirado de la apatía y el egoísmo de nuestros conciudadanos en las actuales circunstancias; y juzgo necesario que para salvar al país, que los supremos poderes de la nación dicten severas y ejecutivas providencias para que cada uno cumpla con los deberes que la sociedad y las leyes imponen; por eso, estimo necesario que el reducido grupo de ciudadanos ilustrados y patriotas, verían con buenos ojos, que Su Servidor, imponga la voluntad de nuestros hijos, para ocupar esa masa ignorante y desmoralizada por cuarenta años de guerra civil, de agricultores y comerciantes expoliados, de artesanos y obreros sin salario, de indígenas aislados y miserables, de que todos esos mexicanos iletrados sin identidad de patria, sean todos cogidos por la leva, para el servicio de las armas, que hoy la patria necesita; - repetía eso una vez mas Santa Anna a su escribano – que la gran masa de mexicanos ignorantes, borrachos y léperos, vende patrias y mojigatos, respondan con sus vidas a las buenas familias, letradas y distinguidas de la sociedad mexicana. – ¿También anoto eso?, pregunto el escribano - ¡No eso ultimo quítelo¡



Lo cierto era que al ánimo en la nación estaba por los suelos; esa batalla de Cerro Gordo había sido decisiva en esta guerra y su lamentable perdida, más en las condiciones en que se dio, daba por hecho que los americanos eran invencibles, un ejército triunfador y arrollador, predestinado a conquistar a México, quizás durante más tiempo en que los españoles alguna vez lo hicieron. ¿Trescientos?, ¿quinientos?, ¿mil años?, ¿Sola santísima Virgen de Guadalupe, sabría por cuantos años irían esos americanos a conquistar a los mexicanos.

En la Ciudad de México daba nota de que como el general Worth había ingresado a la Ciudad de puebla, sin haber hecho ningún disparo. Claro, la prensa también habló de un intento frustrado en Amozoc, un combate que presidió el anónimo de Santa Anna, que fue simbólico, porque nada le hizo a los americanos, quienes siguieron avanzando de Jalapa a la capital poblana. De esa forma, en los momentos en los cuales, el comandante americano solicitaba conferenciar con los ciudadanos civiles para tomar las medidas pertinentes que garantizaran las propiedades de estos, así como la libre profesión de su credo religioso, Santa Anna se encontraba una vez mas, maldiciendo a sus subalternos, sus grados de imbecilidad y cobardía por no haber frenado a los enemigos; -  ¡Que estúpidos y brutos son¡. Al regresar a la capital, se harán los juicios militares que se tengan que hacer, para deslindar responsabilidad y consignar por traición a la patria, a quienes se sublevaron a mis órdenes y huyeron como cobardes, en los momentos más difíciles de la historia de la patria. -  ¡Traición¡. - Gritaba la prensa una y mil veces más, al general Santa Anna, acusado de haber recibido en Cuba a un representante del gobierno americano de Polk, para negociar la paz; acusado el diputado Rejón de vender el territorio nacional por tres millones de pesos, acusados todos ellos, de fingir un federalismo y un nuevo régimen constitucional, cuando era sabido ya por todos, que Santa Anna jugaba el papel de mariscal de una guerra simulada.



Y mientras el obispo de Puebla de Francisco Pablo Velázquez conferenciaba con el general Worth que la ciudad no sufriría invasión a la propiedad privada, ni culto a la profesión de la religión católica; los soldados americanos ocupaban las calles de Puebla, ante la mirada curiosa de los habitantes, que sin ovacionar ni menos aún insultar, vieron el desfile de los soldados americanos por las calles de puebla y el ingreso de algunos de sus comandantes, a la catedral de puebla, donde con honores de jefe de Estado, le fueron dados al Obispo de Puebla, ignorando de todo las disposiciones que días antes el cabildo de Puebla había hecho a los ciudadanos; ignorando de igual forma, cualquier ataque que el general Santa Anna pudiera haberle hecho, ignorando los sentimientos de algunos de los patriotas mexicanos, que no olvidaban los que desde hace más de un mes, habían hecho los invasores a los veracruzanos; pero fuera de eso, la intervención de la iglesia católica poblana en la invasión americana fue vista por algunas familias poblanas, como un gran acierto de su talento político, porque la evangelizadora y cristiana participación del clero en la política nacional y sobre todo, en la guerra entre México y Estados Unidos, no había tomado partido por la confrontación política que los gobiernos de ambas naciones vivían, sino por el contrario, intervenía como una iglesia cristiana, conciliadora, pacifista, que garantizaba ante todo la no agresión de los poblanos y el respeto a la propiedad privada y al culto católico. Cerrando con ello la posibilidad de la amenaza protestante. 



En atención a que la autoridad política de puebla había huido del Estado, dejando en la capital al obispo de Puebla, los americanos se dispusieron a dictar una serie de leyes benévolas que ayudarían por vez primera en la historia, a vivir los poblanos en un régimen de libertades, como si se tratara de una colonia americana. Entre estas disposiciones, para sorpresa de muchos, se ordenó respetar la propiedad del clero y el culto de sus ministros, imponiendo severos castigos a quienes contravinieran esas leyes, disposición que fue elogiada por los más fervientes críticos de los gobiernos masones y liberales que gobernaban la capital, que meses antes, habían pretendido so pretexto de la falta de recursos y de la guerra, robarle las sagradas propiedades de la verdadera y santa religión católica. Otras leyes que dictaron los invasores, fue la de llamar a todos los generales, jefes, oficiales, militares del ejército mexicano a jurar no tomar las armas en contra suya, debiendo salir de la ciudad aquellos militares que decidieran no cumplir con la ley, de ser juzgados como espías y castigados conforme a las leyes de la guerra; de esa forma, el cuartel general de los Estados Unidos de América con residencia en Puebla, se dispuso también a ordenar que en ese territorio, como todos aquellos que fueran ocupados por el ejército libertador de los Estados Unidos, no se obedecieran las leyes mexicanas, ni se les diera a las autoridades nacionales reconocimiento alguno, pues las plazas ocupadas por el ejército invasor, serian consideradas bajo la protección del ejército norteamericano y por consiguiente quedaban libres de estancos, alcabalas, y toda clase de exacciones.

De esa forma, los Estados Unidos habían llegado a Puebla, poniendo en jaque a la ciudad de México, capital de la República Mexicana. Lo que se vivía en Puebla, sería un ensayo seguramente, de lo que los americanos harían de ocupar la Ciudad de México y nada de eso habría ocurrido, de no ser por la negligencia de Santa Anna de no haber defendido de manera oportuna y eficaz, Cerro Gordo Veracruz.



Por eso, en aquellos días en la capital, el general Gabriel Valencia, quien un año antes había participado en el golpe de Estado incitado por el general Mariano paredes Arrillaga en contra del ex presidente José Joaquín Herrera, hablaba de la necesidad de remover en el mando de las fuerzas armadas nacionales al general Santa Anna, quien no había respondido conforme a las expectativas que la nación se había hecho de éste, acusado de traición y si no, con la imagen deteriorada y sospechosa de haberlo hecho; ¿Quién podría ser jefe de las fuerzas armadas en estos momentos cruciales de la historia de México?. ¡más que el propio general Valencia que se autoproponía¡.



El general Nicolás Bravo insurgente de la independencia de México, garantizaba esa unidad que los mexicanos necesitaban ese momento; quien mejor que ocupar el mando supremo, que un veterano militar que había ofrecido ante el Siervo de la nación José Maria y Morelos su lealtad y patriotismo, para consumar años después, la independencia de México ante los españoles. Bravo y solamente Bravo, podía ser ese general que sustituyera del mando a Santa Anna y ahora defendiera esa patria independiente de los conquistadores los americanos.

Las maquilaciones políticas en la Ciudad de México eran frecuentes, renuncias de ministros y nuevos nombramientos eran tema de todos los días, quizás reflejo del pánico que empezaba a experimentarse de saberse que la guerra estaba por decidirse, ya a unas cuantas leguas, los americanos eran dueños del norte de la Republica, de Veracruz y Puebla, quedando pendiente de ocupar la insigne y leal Ciudad de México; quien podría garantizar esa heroica defensa si el libertador de la patria Santa Anna había fallado en Cerro Gordo; quien podía garantizar esa seguridad de que los mexicanos no se vieran humillados en la derrota y pudiera conseguir quizás, una paz digna en caso de que la guerra la perdiera. Por ello, Nicolás Bravo asumía el cargo de general en jefe de la ciudad y Valencia, se le asignaba cuatro mil hombres y doce piezas de artillería.

Santa Anna nuevamente despotricó en contra de sus subalternos, les volvió a llamar imbéciles y cobardes, cuando se enteró de los nombramientos realizados; la desconfianza que se vivía en las fuerzas armadas era el principal enemigo de la defensa nacional; harto de esa situación el generalísimo vociferaba una vez más en decir en voz alta, que esa supuesta entrevista que había sostenido, era una falacia de sus adversarios, pues si alguna vez se dio, no podía tachársele absurdamente como un “encuentro decisivo”, más el, que como representante de todos los mexicanos, estaba acostumbrada a tratar con mucha gente, así fuera francés, inglés, cubano, español o americano. Santa Anna harto de las críticas, manifestó su entera disposición de renunciar al cargo, pero no sin antes de hacerse escuchar y poner a cada quien en su lugar, si era posible y la prudencia lo ameritaba, ocuparía de la ciudad de México y derrocaría a sus enemigos, para mostrarle a la nación entera, pero sobre todo a la historia del país, su firme compromiso y patriotismo en esta guerra. Y fue entonces cuando Santa Anna, al mando de 2500 soldados que había reclutado desde su derrota en Cerro Gordo se dispuso a la dar su orden.

-      ¡A la Ciudad de México¡.



La prensa en la capital de la república se estremeció, cuando se enteraron de nueva cuenta que Santa Anna volvía a resurgir como un Ave Fénix, luego de su estrepitosa derrota; ahora con cinco mil soldados, Santa Anna se dirigiría a la Ciudad de México para volver a tomar las riendas del país; maldición o no, el hijo de Anahuac resurgía en la política nacional, colocándose nuevamente como objeto central de la crítica, del elogio y del desprestigio, las tropas de Santa Anna encaminadas a la Ciudad de México, amenazaba a los círculos políticos del país, del gobierno dictatorial que este impondría; disolvería el congreso, convocaría a una nueva constitución, pronunciamientos armados en todo el país y un nuevo orden que resolviera ya en forma definitiva, los problemas que tanto acogía el país; la amenaza del caos, de la anarquía, sería un factor importante para que los americanos con su potente artillería, colocaran sus piezas en los cerros de la ciudad, para desde ahí, bombardear la ciudad como lo habían hecho en Veracruz. ¡Maldito sea la suerte de México¡. Morir en el bombardeo como ocurrió en Veracruz o ceder como lo hizo puebla, ese era el dilema que Santa Anna y sus enemigos tenían que resolver, en forma civilizada, sin poner en riesgo el orden público de la capital, por esas razones, una comitiva de funcionarios y diputados, Baranda, Trigueros y José Fernando Ramírez, se dispusieron a sostener un encuentro con el general Santa Anna, en su avance a la Ciudad de México, para hacerle entender la tensa situación política que se vivía en la ciudad. Habiéndose efectuado dicha reunión, en el poblado de Ayotla.

No soy el responsable de este caos que vive el país – replicaba Santa Anna – la defensa nacional debe estar encaminada hacia el ejército invasor y no a Su Servidor, escuchad mis razones, confiad en mi lealtad y patriotismo, en mi discurso franco. – Era una oportunidad más que pedía el hijo de la patria; el generalísimo Santa Anna imploraba nuevamente a las conciencias mexicanas, un voto de confianza para escucharlo en sus razones y darle a éste, la responsabilidad de seguir defendiendo el suelo nacional. – Respetare los designios de la junta militar y por eso, protesto ante todos, no mi engrandecimiento personal, ni menos aún mi ambición; pues siempre he demostrado desde mi regreso al país, que buscó la campaña militar y no así, el Poder Supremo de la nación. 

La comitiva de diputados escucha las razones de Santa Anna y redactan el documento que en breve circularía por la Ciudad de México, en el, él benemérito sostiene sobre su lealtad a la patria, sus sacrificios y los obstáculos que ha enfrentado, la causa de sus derrotas militares, a quien imputa no a las armas del invasor sino al repudio de sus propios compatriotas; dice también: “Ni esta abnegación tan completa, ni tantos ni patentes sacrificios como los impedidos, han bastado para destruir antiguas prevenciones: la calumnia y la sospecha han venido á añadir nuevo ajenjo en la ya demasiada amarga copa de mi vida, ¿y en que circunstancias?... cuando conducía á la capital para su defensa un cuerpo del ejército sacado de entre sus escombros, y cuando no venía á pedir á la patria otra gracia que la de morir en defensa de su causa”.



La comitiva de diputados pretende tratar de calmar al generalísimo Santa Anna, quien en un ataque de sensibilidad, reprime e llanto que parece brotarle, para recriminar la ingratitud de muchos de sus críticos, quienes sospechaban de él infundadamente: “Mi deber de primer magistrado de la nación, hoy atrozmente vejado e indignamente sospechado por injustos o artificios detractores, exige que remueva el pretexto inventado por la perfidica y por la pusilanimidad para nulificar los numerosos esfuerzos que están dispuestos á hacer los buenos ciudadanos para salvar su independencia y su honor”. - Santa Anna propone su plan de gobierno, en su calidad de comandante en jefe de las fuerzas armadas, así como de presidente de la república, de continuar la guerra y de salvar la capital, propuestas que refrendan su vocación patriótica y militar, que deja sin sospecha alguna, las infundadas acusaciones de su supuesta traición; guerra y mas guerra, propone Santa Anna, defender ante todo y contra cualquier ataque del ejército invasor, a la capital de la república, cuna de los supremos poderes constitucionales de nuestro país, capital de la república, corazón político de nuestra patria: - “Estando resuelto a no transigir sobre ninguno de estos puntos, manifiesto a Vuestras Excelencias para que lo ponga de conocimiento del Excelentísimo Señor Presidente, que si resolviere en contra, desde luego se tenga por formalizada mi dimisión del mando en jefe del ejército y de la primera magistratura de la Republica, expidiéndome el correspondiente pasaporte para retirarme a donde me convenga”.

La comitiva de diputados respondió con un contundente no al generalísimo Santa Anna, quien con su uniforme sucio, reflejo de la intensa campaña militar en la que vivía, inspirado en su discurso siguió dictándole a los escribanos de los diputados:

Podrá suceder que, sin embargo de que haya absoluta conformidad con mis ideas, se crea que yo mismo soy un obstáculo para llevarla á su debido efecto. Ya he dicho que las circunstancias serían para mi propicias para salir de la situación comprometida á que he llegado, de una manera fácil y honrosa, con una pronta dimisión; pero tengo una alta idea de mis deberes. Sé los compromisos que contraje con la nación cuando me colocó al frente de ella, confiándome su preciosa defensa, jamás haré traición a estos deberes, y una separación voluntaria de los negocios me hace creer implicado en una deserción infamante. Mi patria me tiene á su lado, estoy resuelto a desempeñar la misión a que me ha llamado hasta su último extremo y mis más caros intereses y mi propia existencia están colocados en el altar de la libertad de independencia de mi patria. Mas como yo deseo escuchar y acatar la sana opinión, quisiera que hablándome con lealtad y con franqueza se me manifestara por el supremo gobierno si se cree que debo separarme de mis cargos que se me ha confiado y no titubeare un momento en dejarlos. Habré así cedido á votos respetables, y no á los cálculos del interés individual ni de facción. Me retirare tranquilo haciendo el ultimo sacrificio, cual es el de mi propia opinión, y el de satisfacer mis propios deseos de derramar mi sangre por mi patria, y estar á su lado en los momentos de su aflicción.

Los diputados presentes extienden un calurosos abrazo al general Santa Anna para reiterarle su voto de confianza y disculpándose también, de las injustas críticas que ha recibido; uno de esos diputados, tomo la palabra eufórico, quien le respondió que la salvación de la Republica y la seguridad personal del generalísimo Santa Anna, eran importantes para el futuro de la patria, demeritando a los críticos del generalísimo, que eran cuatro o cinco nada más, pues la inmensa mayoría de los habitantes de la capital, aclamaban su retorno para la defensa de la Ciudad.

Santa Anna asumió una postura modesta ante los sinceros elogios de los diputados, quienes en forma insistente le suplicaron no renunciara al mando supremo de las fuerzas armadas nacionales, pues solamente él, era el único militar con probada experiencia, prestigio y experiencia, con la capacidad de defender a la nación; Santa Anna obviamente agradeció dichas palabras, al mismo tiempo que revisaba sus palabras, escritas por el escribano, para agregarle un matiz mas patriótico, corrigiendo de nueva cuenta el escrito para poderlo firmar y ratificarlo en todo y en cada una de sus partes.



La comitiva de diputados regreso a la Ciudad de México y dio a conocer las palabras tan sinceras y patrióticas del generalísimo Antonio López de Santa Anna, víctima de una campaña de desprestigio tendiente a desmoralizar la conciencia cívica de los mexicanos; había que creerle, porque después de su estrepitosa derrota, había resurgido de la nada, para formar un ejército y esa cualidad, no era distintiva de ningún militar en la historia del país, ni del mundo entero, más que de un hombre sincero, con los dotes de un gran estadística y genio militar, de la talla de don Antonio López de Santa Anna, los diputados pidieron el beneficio de la duda y que no le fueran retirados los cargos y comisiones políticas y militares, que dignamente en otro momento le otorgaron, pues ahora, habría que ver el futuro y no el pasado, había que ver que lo mas importante era la defensa de la Ciudad de México y olvidar por siempre lo ocurrido en la Angostura y Cerro Gordo; la verdadera amenaza eran los americanos que estaban en puebla y no el hijo y benemérito de la patria, que estaría dispuesto, a dar la vida por los mexicanos.

Los diputados del Congreso Nacional, en los momentos más difíciles de la historia del país, aprobaron la ley fundamental que regiría los destinos de la nación; la ley constitucional denominada el Acta de Reformas a la Constitución de 1824, norma jurídica que refrendaba el liberalismo mexicano, como a su principio rector de gobierno democrático y federal, con la división de poderes de una república moderna y la introducción de un recurso legal, denominado juicio de amparo, que protegería a cualquier ciudadano, de las arbitrariedades que pudieran incurrir los poderes públicos. Con ello, México iniciaba un nuevo orden constitucional y con ello, el presidente de la Cámara de Diputados, quien en algún momento ocupo la primera magistratura del país, don José Joaquín Herrera, en tono conciliador, olvidando las anteriores revueltas militares, elogiaba el patriotismo de Santa Anna y del nuevo orden constitucional que se daba México en el concierto de las naciones civilizadas del mundo; entre aplausos los diputados del Congreso, recibieron al general Antonio López de Santa Anna, quien juro lealtad a la nueva constitución y juro desempeñar una vez más, el cargo de presidente de la Republica.

Nuevamente el general Antonio López de Santa Anna, el hombre fuerte de toda la nación, el mejor mexicano, el mejor militar, el mejor soldado, el mejor presidente; nuevamente el en la presidencia para ocupar el papel más importante que no solamente la vida le dio a él, sino también el que la vida de una nación, confió en otorgarle: defender la soberanía nacional.

Santa Anna advierte en el congreso, que no aspira al poder, que él hubiera dimitido en el cargo, de no ser por la situación de peligro en que vivía el país, así como también, para no ser acusado de traidor y desertor; Santa Anna reprocha la falta de patriotismo de sus compatriotas los poblanos que nada hicieron frente el avance yanqui; solicita el apoyo de todas las clases sociales del país, del clero también quien se vería amenazado por la iglesia protestante impuesta por el conquistador; pide la unión de todos los mexicanos y el fin de todas las discordias políticas que dividen al país.

Entonces, el generalísimo convoca a una junta de militares para planear la defensa de la Ciudad; donde declara la amnistía de otros militares como Arista, Ampudia, Almonte, Garcia Conde, Requena y otros más, acusados de no haber actuado con diligencia en los anteriores combates, sus juicios son sobreseídos y se incorporan al ejército; perdonando los errores de estos militares, como si también Santa Anna hubiera sido perdonado de los suyos; de esa forma el benemérito expone ante la junta militar el plan de defensa de la Ciudad de México, ahí frente un mapa diseñado en forma improvisada, Santa Anna toma una vara metálica, para ir señalando los puntos que había que defender; el primero de ellos, debía de fortificarse el cerro de Peñón, donde seguramente se libraría la primera batalla con los americanos provenientes estos de Puebla; consiente de la posición geográfica del cerro, encomienda al ingeniero Manuel Robles llevar a cabo dicha fortificación, al igual que a las faldas de dicho cerro, ubicadas en Tepeapulco, Morelos y Moctezuma; de esa forma se protegería el oriente de la ciudad; del lado sur, se instruye realizar trabajos de fortificación en Mexicalcingo, Hacienda de San Antonio, Convento y Puente de Churubusco; al sureste de la Ciudad se aprovecharía las instalaciones del Colegio Militar en Chapultepetl, donde  se colocaría la artillería para dominar los caminos de que vienen del oeste a las garitas de Belén y San Cosme, de igual forma se fortalecería Santo Thomas, al norte de la ciudad, se previó fortificar los cerros de Zacoalco y Guerrero, o bien, en todo caso, dejar los refuerzos necesarios en las puertas de Nonoalco, Vallejo y Peralvillo; en lo referente al parque militar, se armarían fusiles y se fundarían nuevos cañones, adicional a los veintidós cañones con los que contaba el ejército mexicano, incluyendo los dos cañones que le fueron comisados a los americanos en las batallas de la Angostura; de igual forman, llegarían soldados de todas partes de la republica a reforzar la Ciudad, comenzando con el regimiento de San Luis Potosí, estimando un aproximado de veinte mil soldados mexicanos;  de igual forma, se incorporaría en las filas defensivas del ejército mexicano, al general Juan Álvarez, importante veterano de la guerra de independencia quien también luchara en sus años de juventud con el insurgente José María y Morelos; sumándose también en la defensa de la ciudad, el general Gabriel Valencia, encargado de la plaza de la Villa de Guadalupe y para sorpresa de todos, los batallones de Guadalupe e Independencia, los que conformaban aquellos jóvenes universitarios apodados los “polkos”..

El plano de la defensa era alentador, para ello y evitar cualquier fuga de información, nadie objeto la prohibición de circulación de periódicos, panfletos, debía de suprimirse la libertad de prensa hasta en tanto, cesara la amenaza de la ocupación yanqui; eran momentos de mucha tensión pero también de ganas de luchar y de defender el corazón de la república; se emitirían convocatorias para reclutar a nuevos soldados; a fomentar el entusiasmo de los jóvenes ciudadanos indignados por esta guerra; así también, se haría la cordial invitación a que los irlandeses se sumaran también a las filas del ejército nacional, para alistarse en el Batallón de San Patricio, a cambio de ellos se les pagaría un salario decoroso y al final de la guerra, se les otorgaría hasta 20 acres de tierras; con esto, el enemigo, con una fuerza estimada de aproximadamente catorce mil soldados, encontrarían resistencia, en cada legua de la ciudad de México.




Momentos decisivos cuando el general Scott a través de sus informantes y la red de bandoleros a su servicios, tuvo conocimiento del entusiasmo que se vivía en la capital; debía de planear el general americano el ataque final de su campaña militar, aun con la adversidad que eso le representaba; dos mil soldados enfermos por la fiebre amarilla desatada a causa de los climas inhumanos de Veracruz; así como de tres mil soldados americanos voluntarios, cuyo contrato de enganche había terminado y retornaban a Veracruz para regresar a la Unión Americana a sus respectivas casas;  de esa manera, su estado de fuerza se limitaba a nueve mil soldados dispuestos a luchar por la libertad del destino manifiesto.

Santa Anna por su parte se encuentra eufórico, de la segunda oportunidad y del voto de confianza que ha recibido en esta guerra; se encuentra maniaco en sus planes, no duerme, todos los días, tardes y noches piensa en los momentos de gloria que le esperan; desde el Palacio Nacional busca un mirador que le permita tener un control total de la ciudad; piensa y consulta con los ingenieros donde puede estar ese mirador; le dicen que en el cerro de Guadalupe, otros dicen que en cerro de Iztapalapa, otros en cambio, le proponen los montes de la barraca del moral, arriba del poblado de San Ángel; desde ahí podía tener un buen punto de referencia para observar el avance del enemigo; Santa Anna le parece bien este punto, tiene muchas cosas pendientes en ese lugar, un tesoro de millones de pesos, títulos de propiedad y una mujer recatada que lo rechazó; Santa Anna se observa en el espejo y encuentra después de todo, que la falta de un pie le da presencia, gallardía y mucha distinción; decide portar un uniforme limpio con sus respectivos hilos de oro y una pechera terciopelada; sus bota reluciente, sus escapularios y su amuleto de la buena suerte que le obsequiara alguna vez un brujo cubano; Santa Anna decide emprender la defensa de la ciudad, cuando piensa en el tesoro que dejo escondido en las cuevas de la barranca del Moral; defenderá a su patria, pero también dinero, que le garantiza seguirse defendiendo asimismo y con ello defender a la patria que no le comprende; todo eso se dice Santa Anna en el espejo, cuando escucha desde lo lejos, los vítores de tambores, anunciando que los americanos se dirigen a la Ciudad de México.  Scott se encontraba en Chalco, Entonces Santa Anna sabe que … 

¡La resistencia ha comenzado¡.