jueves, 29 de septiembre de 2016

CAPITULO 55


En la ciudad de México, el rumor fue cierto. La revuelta popular, patrocinada por el clero estalló. ¡Abajo el mal gobierno¡. ¡Religión y Fueros¡. Por una parte los denominados “puros” presididos por el masón de Valentín Gómez Farias, quien ostentaba ideas liberales que atentaban contra la santa fe y la iglesia de Dios nuestro señor y por la otra parte, los jóvenes Polkos, defensores de los principios del evangelio y de nuestra madre la patrona de América, santísima Guadalupe.



De nada habían servido las intensas discusiones que desde un mes antes habían sostenido los representantes del pueblo, enterrados quedaron las disputas de los diputados y los proyectos financieros de a cuanto podía ascender el monto de lo “prestado”, nada absolutamente de nada sirvió la Ley del 11 de enero de 1847, ni los estudios doctrinarios de inminentes juristas  provenientes del Fuero de Castilla que ya autorizaba a los soberanos españoles, la ocupación de los bienes del clero en “manos muertas” por causa de utilidad pública. De nada tampoco sirvieron los estudios de ilustres juristas canónigos como el de Berardi quien también consideraba que el clero podía vender sus bienes para salvar a la nación; las excepciones que la Novísima Recopilación decía que en tiempos de guerra la plata y los bienes de la iglesia, podían ser tomados por el rey; nadie absolutamente nadie defendió las leyes españolas que legitimaban a sus soberanos a ocupar los bienes de la iglesia católica, sin el riesgo o la amenaza de ser excomulgados, como ahora lo estaba haciendo el clero mexicano. Inclusive mucho se hablaba en los círculos intelectuales, que Su Majestad Carlos IV ingreso a las arcas públicas los bienes de la iglesia, sin que mediara guerra alguna, sino únicamente por su propia voluntad de soberano; pero la situación que vivía el país, no lo permitía, lo censuraba, México había más católicos que en la propia España; el clero mexicano tenía mayor poder, que ni el propio papa en la mismísima Roma o en Madrid. Esa era la verdad; de nada sirvieron las leyes que alguna vez dictaron las cortes españolas respecto a los bienes eclesiásticos de la península ibérica, leyes que fueron aprobadas y sancionadas por sus respectivos monarcas y que no por eso, habían recibido la excomunión, como ya la había recibido el encargado de la presidencia, Valentín Gómez Farías y toda su comitiva de ayudantes, quienes por haber apoyado dicha ley, habían sufrido, el peor castigo de la religión católica: la excomunión.

Aquella mañana, mientras el ejército mexicano capitaneado por el general Santa Anna se batía en armas con las tropas del invasor, sufriendo hambre, sed, desolación, resistiendo a las tempestades del clima, defendido con decoro y dignidad el avance yanqui sobre cada centímetro del territorio nacional; aquella mañana, los batallones Independencia y Victoria, se levantaron en armas, desconociendo al gobierno puro de Valentín Gómez Farías y ocupando las instalaciones de la Universidad de México como su cuartel.

Ahí donde se reúne la gente supuestamente pensante, la que discute y se difunde el conocimiento, donde se encuentran las cabezas pensantes de la nación entera, la triste Universidad de México, actuaba como siempre lo había hecho en ocasiones anteriores, para vergüenza de muchos universitarios, como un centro donde se organizaban las fuerzas conservadoras, supuestamente inteligentes, enemigos de cualquier idea liberal que representaba cambio. Ahí, en sus paredes de sus recintos,  se encontraban los jóvenes más radicales, preparando la pólvora y las municiones de sus obsoletos rifles, implorando las consignas de “abajo el mal gobierno”, “en defensa de la fe de dios”, “religión y fueros”; los cientos de jóvenes estudiantes universitarios, hijos de las buenas familias aristócratas de la Ciudad de México, “soldados de la fe”, portando orgullosamente sus amuletos y escapularios, manipulados por las fuerzas conservadoras del clero, una vez mas presentes en la historia de la joven república,  para descalificar al “liberal”, “puro”, “masón”, “hijo del diablo”, “traidor” y cualquier otro calificativo, que mereciera en esos momentos al presidente de México.



Los jóvenes aristócratas, distinguidos universitarios, futuros abogados, con su uniforme limpio, habían tomado las calles de la Ciudad de México para defender a la verdadera fe, “ a su santa Religión católica” y de sus “humildes ministros”, de la “santísima e inmaculada madre de dios la Virgen de Guadalupe”; recibían las muestras de apoyo popular que ningún otro grupo social había recibido antes, hasta las monjas de los conventos de la ciudad de México, suspiraban mundanamente y olvidando sus votos religiosos, al verlos pasar tan gallardos y joviales; de esa forma y ahí reunidos los batallones de jóvenes estudiantes, con el apoyo popular de muchos de los líderes de opinión de los principales periódicos del país, como el Republicano y el Siglo XIX, mostraban una vez mas al mundo, su patriotismo y su fe, en la religión católica. El presidente de la Republica al enterarse sobre los primeros motines ocurridos en la Universidad, ordenó a ocupar las instalaciones de la Universidad de México, lo que generó sin haberlo pensado, en aumentar el disgusto de los jóvenes universitarios, legitimando más la causa de los batallones cívicos “los polkos”, que se lanzaban en armas para desconocer al mal y traidor gobierno. 

Pero además, muchos eran los rumores que se decían del alzamiento del batallón Independencia, uno de ellos, había sido la orden de trasladarse a Tuxpan y a Veracruz, en virtud de la amenaza del ejército americano de iniciar un desembarco por esas costas; obviamente, muchos de los padres de los jóvenes universitarios aristócratas se habían opuesto a tal instrucción, pues para eso estaba Santa Anna quien defendía con su leva y sus soldados al territorio nacional, no había necesidad de molestar a los jóvenes universitarios de los batallones cívicos para sacrificar su vida en una guerra, que no la habían iniciado ellos.



Aunado la prensa y la “opinión pública”, consideraba que las leyes de desamortización de los bienes eclesiásticos, eran solamente pretextos para desviar la atención y cumplir con un plan perverso que los masones habían planeado implementar en México, desde su independencia: “vender a México”, “sacrilegar a la santa iglesia católica”, “mancillar a nuestra Virgen Morena”, “enajenar los bienes propiedad de dios, para cedérselos a los herejes protestantes y masones”, ese el plan secreto que el Supremo Gobierno tenía y obviamente, ningún joven universitario, con su preparación académica, iba permitir dicha ofensa. “¡Entiende Gobierno¡ ¡La iglesia no se vende, se defiende¡”. “¡Abajo Gómez Farias y su gobierno de ateos anticristianos¡”.



La noche del 26 de febrero de 1847, jamás será olvidada. Los batallones Independencia, Hidalgo, Victoria y parte de los cuerpos de Mina, enalteciendo el nombre de los insurgentes de la independencia, auténticos y verdaderos católicos, pues se levantaban en armas en contra del mal Gobierno, aclamando ante la opinión pública, la verdadera revolución que pondría finalmente en el sentido correcto y verdadero al futuro de nuestro país: la restauración de los verdaderos principios federativos. 

Gómez Farías no era un liberal puro y menos federalista, era un masón que aprovechando la confianza que le otorgaba el protector de Anahuac, había pretendido apoderarse de los bienes propiedad de los hijos de dios, para cedérselos a los americanos protestantes; el presidente espurio, era un ateo, masón, que ni era federalista, ni republicano, ni santaannista, ni mucho menos le interesaba defender a la patria de la guerra contra los americanos. Como se atrevía el muy cínico a vender lo que no era suyo, para luego después, regalárselos a los invasores.

El general en Jefe Matías de la Peña Barragán, había podido por fin, conglomerar a la gente más inteligente del país, para dar por terminada una vez por siempre, este caos. Contando con el apoyo del general Valentín Canalizo Jefe de la Guardia Nacional, se sumaban nuevamente las proclamas, para instaurar de una vez por siempre, los verdaderos principios de la federación: que cesen por lo mientras en funciones de los poderes legislativo y ejecutivo, por no representar los intereses de la nación, pero que no cese obviamente, la vigencia de la Constitución de 1824, por ser el único pacto que nos une a los mexicanos. Que cesen el presidente y mientras tanto, sea el ministro presidente de la Suprema Corte quien dirija los destinos de la nación, en tanto se convoque a elecciones libres y limpias para elegir nuevamente a los diputados; que cese lo que se tenga que cesar, incluyendo los decretos de la ocupación de los bienes eclesiásticos de manos muertas, por ser esta disposición legal, la causante de una guerra civil que dividió a los mexicanos, en vez de unificarlos en contra del enemigo exterior; que cese lo que no sirva, menos la jefatura del ejército mexicano y presidente interino de la Republica, el benemérito de la patria y general de división don Antonio López de Santa Anna.



Y mientras eso ocurría, mientras al norte del país, sangre y destrucción se respiraba en los llanos, miles de soldados morían de frío, hambre, sed o de las balas del enemigo en una guerra sin sentido; una estúpida confrontación destinada a perderse, donde los únicos patriotas que si sabían lo que había que hacer, eran precisamente los americanos, ahora comandados desde un buque de vapor por el general Wilfried Scott.

Cerca de las costas de Tampico y Veracruz, navega una flotilla de buques de vapor que nunca antes había navegado por nuestras costas, pues ni en los tiempos de Cortes ni en la época de los piratas ingleses, habían desfilado en nuestro territorio marítimo, aquellas imponentes fortalezas de hierro que ondeando la bandera de las barras y las estrellas, trasladaban a trece mil soldados enganchados por la Secretaria de Guerra del Gobierno de los Estados Unidos de América, en espera de iniciar el primer desembarco infante marino en la historia moderna del mundo.



El general Scott había terminado de leer nuevamente su libro favorito, “Historia de la Conquista de México”, escrita por el historiador William H. Prescott, un autentica crónica que describía la vida y obra de Hernán Cortes, cuando hace más de trescientos años, piso el suelo mexicano para derrotar contra toda la adversidad, al imperio azteca. La historia vuelve a repetirse. El nuevo Hernán Cortes que acecha las costas mexicanas, es un anglosajón, un militar veterano de buena familia y buenas costumbres, un buen ciudadano americano que además de sus dotes militares y de su lealtad al Presidente James Polk, se sabe ahora, ser la figura principal de esta guerra seguida por los corresponsales americanos de New York, Chicago, Louisiana, Bostón y de otras colonias americanas, que quizás no durarían, de salir avante en esta importante misión, en promoverlo en su carrera política y de influir a través de sus crónicas periodísticas en las legislaturas estatales para que estas a su vez le pudieran darle los votos necesarios para alcanzar la presidencia de la República.



De esa forma, el general Scott tenía conocimiento de cada uno de los movimientos armados y de defensa que emprendía el ejército mexicano, sabía por ejemplo, que el puerto de Veracruz contaba con cinco mil efectivos mal armados y que en el fuerte de San Juan de Ulua construida en la época virreinal, se guardaban doscientos cañones obsoletos e inservibles, que nada podrían hacer frente a sus poderosos buques de vapor; también sabía que la naval mexicana tenía únicamente dos buques de vapor llamados el “Moctezuma” y “Guadalupe”, que el gobierno de Paredes Arrillaga, había vendido a Cuba, para que estos no fueran destruidos por la potente naval americana. Sabía también que los únicos barcos mexicanos que estaban disponibles para defender las costas mexicanas, los bergantines Mexicano, Veracruzano Libre y Zempoalteca; las goletas Águila y Libertad, el pailebot Morelos y las cañoneras de Guerrero, Queretana y Victoria, todos ellos de navegación a vela; se encontraban escondidos en el río Alvarado, precisamente para que tampoco la naval americana les hiciera el menor daño. Sin embargo, el comodoro Conner, cumpliendo las instrucciones de Scott,  se encargó de efectuar dos misiones con la encomienda de destruir dichos navíos. Lo que logro hacer, pese a la resistente, heroica y anónima defensa del almirante mexicano Tomas Marín.

De esa forma, mientras en la Ciudad de México los batallones cívicos “Independencia” y “Victoria”, integrado por los jóvenes católicos universitarios, apodados “polkos”, celebraban con júbilo la renuncia del presidente Gómez Farías, así como la restauración de los verdaderos principios de la federación; y los sobrevivientes de las batallas de la Angostura regresaban a México, cansados y algunos de ellos heridos, luego de haber casi vencido los americanos; el general Scott seguía en su camarote con la vista en las costas mexicanas, a la espera de iniciar en cualquier momento el desembarco. ¿Y que con el tesoro de Moctezuma?. – se preguntó asimismo el general Scott - ¿Cuánto vale el tesoro de Moctezuma o mejor dicho, cual es el verdadero valor de esa reliquia?. ¿Podría cotizarse en castellanos, pesos, libras o dólares?. ¿o quizás su verdadero valor, sería inconmensurable?.  La leyenda decía que el tesoro lo había encontrado Hernán Cortes y que le fue arrebatada en aquella noche donde fue su ejército fue destruido por los guerreros aztecas; posteriormente cuando Cortes se repuso de esa derrota y logro vencer a los aztecas, torturaron a Cuauhtemoc para que este revelara el lugar donde se encontraba escondido dicho tesoro, pero nunca dijo dónde estaba, negó su existencia, no dio referencia alguna donde encontrarlo, entonces el último emperador azteca Cuauhtemoc, se llevó a la muerte ese secreto, que al parecer, él mismo Scott lo iba a revelar en los meses próximos.

La vida sigue mientras el mundo continúa cambiando; Fernanda y Jesús Melgar llevaban más de un mes en el puerto de Veracruz y las cosas no salían como pensaron; Fernanda pronto se dio cuenta que Jesús Melgar era un hombre que no podía ofrecerle nada, después de todo la vida en risa por momentos se vuelve tediosa y más cuando el nivel socioeconómico de aquella niña consentida, no era sostenida por aquel joven desertor de la academia militar, que de comercio no sabía absolutamente nada. El hambre llega, la necesidad material de seguir sosteniendo el mismo nivel de vida se hace presente y las excusas que manifiesta Jesús respecto al bloqueo americano, no parece ser entendidas por Fernanda quien día tras día, se desilusiona de la incapacidad y posca solvencia económica de quien considero ser el amor de su vida.  Fernanda se mira al espejo y por momentos, se ve reflejada en su madre, entiende entonces el motivo por el cual, ella vivió sobajada tantos años al lado de su padre.

La vida en el puerto se vuelve cada día más tensa. Jesús Melgar siente por vez primera la necesidad de olvidarse de su nueva profesión de comerciante y siente ahora si, la vocación por las armas. Sabe perfectamente que se encuentra ante un verdadero ejército, altamente capacitado en las artes militares, con batallones de auténticos soldados remunerados por sus servicios y no, harapientos enganchados como lo eran los soldados mexicanos. Los rumores que le llegan a Jesús Melgar, es que los americanos ya estaba en posesión de los puertos de San Francisco y que habían desembarcado meses antes en san Juan Bautista Tabasco, habiendo sido estos rechazados por el jefe de armas de apellido Traconis. No obstante de eso, lo que veía Jesús Melgar, es que su vida en Veracruz no iba a ser tan sencilla como parecía; ilusamente pensó que la guerra contra los Estados Unidos se libraba en el norte del país, pero no pensó, que lo fuera alcanzar en Veracruz, donde iniciaba una nueva vida con su mujer amada.



Mientras Gutiérrez piensa en cómo sobrevivir a ese bloqueo militar que imposibilita el comercio en Veracruz, el general Winfield Scott al mando de 163 buques de vapor que concentraba a 13 000 mil soldados americanos y centenares de cañones paixhans, miles de costales de carbón, de raciones de víveres y de municiones, se dispone a efectuar el primer desembarco marítimo en la historia de los Estados Unidos de América. Frente a las costas mexicanos, en Veracruz. Los miles de soldados americanos bajan de sus buques en unas lanchas diseñadas para el desembarco y pisan las playas mexicanas, sin encontrar resistencia alguna; si que hubiera ni siquiera un americano muerto.

El general Scott pisa el territorio veracruzano y decide establecer su centro de mando, “campo washigton”, ordena hacer inspecciones de reconocimiento al lugar, trabajar durante toda la noche en las trincheras y con sus ingenieros militares, decide colocar su artillería para preveer en los días próximo un posible bombardeo. Su informante en México James Thompson le hace de su conocimiento, en una carta confidencial sobre la adquisición de treinta mil rifles y treinta millones de municiones que serían adquiridos por el gobierno de Santa Anna; a cambio del pago de un millón de pesos, pero todavía, de algo mucho más importante.

¡Del tesoro de Moctezuma¡.


 Winfield Scott ansioso de haber leído el informe de su agente especial, vuelve a leer el libro de William H. Prescott “Historia de la Conquista de México”, lo hojea una y otra vez, hasta buscar el pasaje del famoso tesoro. ¿Qué secretos guardaba el emperador azteca?. 

Los primeros informes que recibió Scott fue que el ejército mexicano, comandado por un tal Morales,  tenía a lo mas 4900 efectivos, integrados por los batallones de Puebla, Jamiltepec, Tampico, Tuxpan, Alvarado, Oaxaca; un ejército obviamente hambriento y mal pagado, los nueve meses de bloqueo comercial se hacían sentir sobre la tierra veracruzana; los recursos del gobierno central no llegaban, más que el préstamo que el administrador de la aduana don Manuel María Pérez había hecho para sostener a la guarnición, pues el gobierno central había centrado sus esfuerzos en frenar el avance de Taylor, pero descuidado su ingreso por Veracruz y no conforme con eso, los pocos soldados de la Ciudad de México que se enfrentarían contra los americanos, los llamados polkos, habían desperdiciado su ímpetu guerrero en desconocer nuevamente otro gobierno nacional.

Así que lo que supo Scott en esa primera misión de reconocimiento no le causo conflicto alguno, incluso se rió cuando se enteró que las tropas mexicanas se habían concentrado en San Juan de Ulua, dirigiendo toda su defensa en el ataque marítimo, cuando nunca se imaginaron, que pisaría terreno veracruzano, sin haberles hecho batalla alguna.



El ataque había comenzado. Scott tuvo que reaccionar inmediatamente, porque por cada día que dejaba pasar, la plaza de Veracruz se iba fortificando en soldados voluntarios, víveres, inclusive hasta de dinero que el gobernador de Veracruz había dado para defender el sitio; como nunca antes, Scott se percató que lo que estaba pasando en Veracruz era algo fuera de lo normal, por vez primera tenía conocimiento de la solidaridad de los mexicanos, de que el Ayuntamiento de Veracruz y las mejores familias de éste, se unían con el brazo, con los nuevos reclutas mexicanos que se sumaban a la resistencia.

Algunos de los pequeños comerciantes como Jesús Melgar, había cedido su tienda para que ahí se alimentara con raciones de comida a la tropa mexicana; fue entonces cuando Jesús Melgar comprendió lo que era vivir una guerra realmente; supo por fin, por qué había estudiado una carrera militar, lo era para ese momento, para poner sus conocimientos al servicio de la patria. Fernanda su mujer, no lo entendió. Habían huido de la guerra que no existía en México, a una provincia supuestamente prospera, pero realmente no era así, se había ido a vivir en un territorio belicoso que desencadenaría en las próximas horas y días, en una de las peores batallas de la historia.



Scott no podía permitir ni por un minuto más que los mexicanos se organizaran para resistir con heroísmo, tenía que actuar de inmediato y así lo hizo, con su potente artillería ordeno el ataque, a todos los puntos del puerto, no solamente a la fortaleza de San Juan de Ulua, sino también a las casas, los hospitales, conventos, escuelas, iglesias; calle por calle, kiosco por kiosco, árbol por árbol, casa por casa, Scott no tuvo miramiento alguno para frenar el ataque.  Aun pese a las misivas que les envió el cónsul de España en Veracruz el señor Escalante, en el que le pidió al ejército americano, garantías para las propiedades de los súbditos españoles residentes en el puerto; pero el general, soberbio, cauteloso y demasiado ansioso, no se limitó en su ofensiva; únicamente se comprometió a ofrecer dichas garantías en la medida de lo posible; y sin honor alguno, ni respeto a las vidas civiles, no detuvo su orden de ataque despiadado hacía la población civil.



Aquel 22 de marzo de 1847, tronaron las bombas en la plaza de Armas y el Correo, el fuego mexicano contesto desde Ulua y desde otros sitios que nada lamentablemente pudo hacer ante la embestida criminal de Scott, quien atacaba también el convento de San Agustín, a los cuarteles, a los hospitales de caridad, a las casas con chimeneas donde presumía se encontraban las panaderías, algunas casas particulares; las calles de Veracruz se volvieron desiertas, algunas casas se incendiaron y el fuego seguía cayendo una y otra vez, el ruido de las balas de los cañones seguía sin cesar, una y otra vez más, recordando Scott la furia de Cortes en Cholula, de demostrar ante la opinión pública americana, su firme convicción de terminar esta guerra de una vez por todas, de manera enérgica triunfante y no titubeante como lo había hecho su compañero de armas Zacary Taylor. Eso quería demostrar Scott, su firme convicción y frialdad, de ver desde el campo Washigton, la muerte y desolación, en esa provincia mexicana convertida ante la soberbia de Scott, en una Sodoma y Gomorra de mexicanos borrachos, holgazanes y harapientos.

Los hospitales y las iglesias de Veracruz se llenaron muy pronto de heridos, pues las balas de los cañones seguían demostrando al orgullo mexicano, la soberbia destructiva de sus armas de fuego; Jesús Melgar, pidió a sus vecinos sabanas, vendas, telas, improviso un pequeño hospital donde Fernanda angustiada por lo que vivía, se sumó a la noble tarea de auxiliar a los desvalidos, a las mujeres y niños.  Era necesario atender a la población civil, pues la naval americana había atacado también los hospitales de Belén y Loreto, más de dicienueve personas, no militares, habían muerto tan sólo de un solo proyectil; cientos más seguían heridos, detrás de los escombros, apagando incendios, cargando moribundos, buscando agua y víveres para seguir sobreviviendo en las horas siguientes. Toda la ciudad de Veracruz fue atacada sin piedad alguna, inclusive la residencia del general Morelos había sido destruida con los atinados cañonazos de los americanos.



Scott esperaba que fuera el propio Jefe de armas quien pidiera la rendición incondicional, mientras no lo hiciera, continuarían los ataques hasta doblegar el orgullo mexicano. No se frenaría ante el ambiente hostil y tenso que vivía la población, la ciudad desolada, abandonada, en ruinas; los americanos desde sus cañones seguían disparando, más aún, cuando tuvo conocimiento que cientos de los soldados americanos de extracción irlandesa, habían traicionado a Norteamérica para pasarse al lado mexicano; ahora con mayor razón, Scott no permitiría dicha ofensa A Norte América y por ende, daría nuevamente a México, una lección de poderío militar.

Los militares mexicanos nunca esperaron un bombardeo de esa magnitud, ni cuando años antes los Franceses habían hecho lo mismo con un bombardeo, no de esa magnitud, en donde le había costado casi la muerte a Santa Anna, donde éste finalmente había perdido el pie; ahora este nuevo ataque, no venía de la tierra, sino el cielo, los mexicanos esperaron atacar a los americanos de frente y sostener con ellos un combate de cuerpo a cuerpo para dispararles en su pecho y agujerarlos con sus bayonetas y machetes; pero realmente no fue así, frente las balas que caían al cielo, no había otra más que correr y esconderse, cuidarse de esquivar las bolas de fuego y rezar a dios de que el techo de la casa o la construcción no se viniera bajo; había que pedirle a dios que cuidara a cada familia veracruzana, porque la ira de Scott era la mismísima reencarnación de Hernán Cortes, sin malinche alguna que lo apaciguara en sus ansias de ver reducida el pueblo de Veracruz a una montaña de escombros, fuego y malos olores.

El incendio al cuartel donde se guardaba la pólvora, seguía sin apagarse; como también seguía uno a uno los proyectiles, que derribaba las casas y convertía las calles, en escombros dejando a multitud de familias, en habitaciones arruinadas por completos, resguardándose ya no en los techos, sino en las paderes agrietadas que también caían al sonor de los cañones; fue en ese instante, en ese cañón que cayo al cielo, cuando Jesús Melgar vio a su mujer morirse.



Le grito cuando trato de auxiliar aquel niño que lloraba por su madre difunta, cuando trato de cargarlo y llevarlo a un pequeño nicho improvisado, donde se encontraban otros niños que constantemente lloraban de angustia al verse abandonados por sus padres que no aparecían; en ese instante tan eterno, inolvidable, inmutable; la bala del proyectil cayó a los pies de Fernanda y exploto esa luz, que dejo a la pobre mujer, muerta automáticamente, sin darse cuenta, sin saber si en verdad había sufrido o no por lo menos la impresión de haber sentido el impacto de la luz y del golpe que la había fulminado y tirado al suelo. Jesús Melgar corrió a su lado y vio su cuerpo lleno de sangre, sin responderle, sin reaccionar con movimiento alguno; llorando también como los demás niños, Jesús cargo en sus brazos el cuerpo de su amada, olvidándose de aquel pobre niño que también había muerto por el impacto del cañonazo. Corrió y siguió corriendo como un niño de cinco años, viendo a su madre morir, Jesús Melgar llegó al pequeño nicho y dejo caer el cuerpo de su amada, para tratar de despertarla de lo que podía ser un desmayo, pero no lo era; no podía creerlo porque le estaba pasando eso en ese momento, porque mientras las balas de los proyectiles de la potente naval americano, seguían derribando techos, casas, plazas, kioscos, la vida de su novia, su mujer, su amor, su eterna amada, había dejado de existir. ¡Y entonces Jesús Melgar lloró lo que era irreversible¡. ¡La muerte de Fernanda¡.



Wiliam Scott en su tienda de campaña no cedía ante su propia crueldad. No le ocasionaba remordimiento alguno saber que miles de niños quedaban huérfanos, que matrimonios se disolvieran a causa de la muerte de sus parejas; no le generaba de ninguna forma la angustia, ni sentía culpa alguna por el hambre y la escasez que los habitantes de la noble provincia vivía.

Cientos de heridos, sepultados vivos en los escombros y otros no, muertos en las calles; incendios sin apagarse; las bombas seguían cayendo una y otra vez más, hasta volverse ordinarias a los oídos de los pocos valientes que seguían resistiendo y rescatando la vida de sus semejantes;  eran ya más de diez días y los bombardeos no cedían; una comisión de cónsules  de los gobiernos de Inglaterra, Francia, España y Prusia, dirigida por los señores T. Gifford, A. Gloux, F. de Escalante y Enrique d’Oleire, solicitaron al general Scott cesara los bombardeos y permitiera la salida de mujeres y niños; pero Scott no acepto el ofrecimiento, insistía nuevamente que el general Morales, se rindiera incondicionalmente e hiciera entrega del parque y las armas que tuviera, así como también de la fortaleza de San Juan de Ulua, que militarmente no le representaba nada, pero si moral y políticamente, porque en ese viejo castillo español, se izaría la bandera americana. El embajador francés ante la negativa del general Scott amenazo con pedir ayuda a los barcos extranjeros anclados en el puerto y así poder salir del puerto; trato de hacerlo, inclusivo algunos voluntarios mexicanos salieron al campo con la bandera de Francia para efectuar el éxodo de familias mexicanas, pero el general Scott tampoco lo permitió, inclusive hasta amenazo con detonar fuego sobre dichas incursiones, sin responder por la vida de los comisionados extranjeros.

Para el 7 de marzo, los informes militares del general Scott, calculaban en mil el número de muertos y heridos en la plaza, cuatro o cinco millones de pesos las pérdidas materiales de edificios y mercancías, entre seis mil setecientos proyectiles y los mexicanos orgullosos, seguían sin rendirse. Solamente el hambre y la falta de municiones los doblego. Una comisión presidida por el general Landero acompañado de los coroneles don José Gutiérrez Villanueva y don Pedro Miguel de Herrera, auxiliados por el intérprete Joaquín de Castillo y Cos, solicitaron al general Scott, les diera éste las bases de su capitulación.



Fue entonces cuando Winfield Scott ordeno el cese de las hostilidades. Inmediatamente instruyo a los generales Worth, Pillow y al coronel Totten se entrevistara con dicha comitiva mexicana a efecto de imponerles las bases de la capitulación. El día 28 de marzo Veracruz se rindió heroicamente y el dia 29, en el castillo de San Juan de Ulua, se izó la bandera americana acompañada de una bandera blanca que representaba la paz, la cual fue saludada cortésmente con lo poco que quedaba de la artillería mexicana; inmediatamente, los sobrevivientes de la defensa de Veracruz hicieron la entrega de las armas al general Worth, conservando los oficiales mexicanos sus espadas y pertenencias personales, emprendiendo la huida honrosa en el término de cinco días que concedían los americanos, debiendo evacuar la plaza por otra ruta que no fuera la ocupada por los invasores. Del mismo modo, se declaraba como propiedad de los Estados Unidos de América el Castillo de San Juan de Ulua, incluyendo las armas que este poseía, las cuales podían ser devueltas, previo tratado de paz.

Como muestra de buena voluntad, Winfield Scott nombró como nuevo gobernador de Veracruz, al general Worth; asimismo ordeno se distribuyera diez mil raciones de comida para las familias que quedaron desvalidas a causa del bombardeo, así como también, se comprometió a respetar la absoluta libertad en el culto y a las ceremonias religiosas. Hecho lo anterior, Scott solicitó a sus cartógrafos, lo llevaran a Manga de Clavo hacienda del general Antonio López de Santa Anna, donde también ocuparía por estrategia política y militar dicha plaza y también por supuesto, para quedarse de ver con su informante James Thompson y un coronel del ejército mexicano, Mario Yáñez, para hacerle entrega de treinta y mil rifles y treinta millones de municiones.

Las noticias obviamente le llegaron a Santa Anna, cuando este estaba próximo a llegar a la Ciudad de México. Las banderas americanas que había obtenido en la Angostura, no provocaron el impacto social que quería producir; los rumores de su derrota, eran más creíbles que la supuesta victoria que había obtenido. El puerto de Veracruz mientras era destruido por los proyectiles del enemigo, la ciudad de México, era el caos por la revuelta de los polkos. Santa Anna algo molesto e indignado por lo ocurrido, llegó a la Villa de Guadalupe, donde una comitiva de diputados, presidida por Mariano Otero, le tomo el juramento como presidente de la Republica. Después se trasladó a la Ciudad de México, acudió a la catedral metropolitana, después de entonarse el teu deum en la catedral, el generalísimo recibió muestras de apoyo y de felicitación, implorando a su Alteza, acudiera urgentemente a Veracruz a pelear en nuestras costas mexicanas, con los invasores yanquis.



Fue entonces cuando Santa Anna, se enteró de manera pormenorizada de lo que había ocurrido en Veracruz. Mientras su junta de asesores y burócratas militares le informaba los planes para retirar las trincheras de la Ciudad de México y los arreglos conciliatorios entre las rencillas que aún seguían sosteniendo los polkos y los puros, el generalísimo se enteró de la furia incontenible de Scott, que en menos de diez días, había destruido por completo a Veracruz. ¡Santa Anna no podía creerlo¡. Sabía de la tecnología militar de los americanos, pero nunca pensó, que la misma sería utilizada sobre Veracruz, su tierra.

Santa Anna sintió algo de tristeza, de consternación, muy en el fondo lloró y pidió a dios, le concediera la dicha de vengarse de dicha afrenta. Podían hacerle a él lo que quisiera, inclusive, hasta quitarle el otro pie que le quedaba, pero no podía permitir, que lo ocurrido en Veracruz, volviera a pasarle a su tierra nuevamente, ni a otro rincón del país que se estaba mutilando. ¡Claro que lloró Santa Anna¡, lo hizo en secreto, sin que nadie lo viera afligirse, guardo hasta el último minuto su comportamiento seguro y arrogante, por momentos demasiado sobreactuado, debía seguir fingido gallardía, seguridad, decoro, orgullo, soberbia; no debían verlo sus enemigos vencido, debía instruir a los diputados del Congreso, cesaran por siempre el cargo de vicepresidente de la Republica, para que nunca volviera al poder, el doctor Gómez Farías, así mismo instruyo que se hiciera cargo de la presidencia de México, a un notable líder la revuelta de los polkos, de nombre Pedro María Anaya, para con ello, demostrar unidad y conciliación.

La Ciudad de México volvió a la paz y al júbilo, de que su líder máximo, Antonio López de Santa Anna, consiguiera la reconciliación entre los mexicanos. La iglesia jubilosa, presto dos millones de pesos, para demostrar también, su disposición de solidarizarse con el gobierno. Todo lo que se decía de Santa Anna y también de lo ocurrido en Veracruz, eran mitos, mentiras de los periodistas y corresponsales de guerra, no era para tanto, era puro chisme, mera fantasía de novelas americanas; no debía la patria mexicana de que preocuparse, haya ocurrido lo que ocurrió, nada absolutamente nada, quebrantaría la fe del pueblo de México en la Virgen de Guadalupe y en su máximo líder, el protector de Anahuac, en su hijo prodigo, eternamente el Benemérito de la Patria, don Antonio López de Santa Anna.

Que nadie olvide el patriotismo de los jóvenes polkos y del heroísmo de los batallones cívicos Guadalupe y Victoria, en los días y horas más difíciles de la historia de la patria.

¡Viva México¡.



miércoles, 28 de septiembre de 2016

CAPITULO 54



Nulas había sido la defensa del ejército mexicano para detener el avance incontenible de los americanos. Derrotados en Palo Alto, Rasaca de la Palma, Matamoros y Monterrey, ocupados los puertos de Santa Bárbara, San Diego y Tampico, ahora los americanos ocupaban las plazas de California, Chihuahua y Nuevo México. Al mando de los generales Fremont, Kearnay y Doniphan, los invasores ganaban terreno y las pocas milicias mexicanas, mal organizabas, intentaban resistir  la defensa del territorio nacional. Pero para esas alturas, los americanos levantaron el fuerte El Sacramento para resistir cualquier embestida mexicana y habían ocupado la hacienda del Sauz, esperando cualquier ataque mexicano. Para ello los generales del ejército mexicano: García Conde, Heredia y Trias,  lograron reclutar víveres, municiones y más de dos mil hombres, que fueron rápidamente dispersos, ante la efectiva artillería americana.  Para el mes de marzo de 1847, la bandera de la barra y las estrellas, ondeaba en el suelo mexicano de las provincias de Chihuahua y Santa Fe Nuevo México, donde a pesar de la resistencia de algunos habitantes mexicanos como Diego Archuleta y Tomas Ortiz, el gobernador usurpador de Santa Fe, había aplastado la legitima insurrección de los nacionales que trataron de defender su territorio. Similar hecho ocurrió en Los Ángeles, donde el comandante Flores con quinientos mexicanos voluntarios logró recuperar temporalmente los puertos de San Diego y Santa Bárbara, pero posteriormente fue abatido en Los Ángeles, por el capitán Fremont y el coronel Mason.     



Esas eran las noticias que recibía el general Antonio López de Santa Anna en el campo de batalla, los partes de guerra no eran nada alentadores, pues mientras en la Ciudad de México se discutía sobre la nacionalización de los bienes eclesiásticos, inclusive hasta se rumoraba de una nueva revuelta que destituyera al presidente Gómez Farías,  las plazas del norte del país, ya se encontraban ocupadas por los invasores;  tal parecía que a nadie le importaba los muertos en el campo de batalla, los héroes anónimos que defendieron cada legua del territorio nacional, quedaron en el olvido de la historia, sus nombres y sus hazañas, fueron olvidados e ignorados en las páginas de los libros de historia.

Santa Anna, le urgía un triunfo militar. Era vital para la resistencia mexicana. Las constantes noticias que se recibían eran decepcionantes, batallas heroicas que estuvieron a punto de ser ganadas por los mexicanos, terminaron en convertirse en estrepitosas derrotas.  Ahora le tocaba participar en esta guerra, en la cual, ya existía la leyenda y el rumor, de que ya había pactado su derrota. Difícil de creer, pero quizás con algo de probabilidad, ese gallardo general, más preocupado en los botones de su casaca militar y de verse en el espejo con sus hombreras, se encontraba ahora simulando a ser el estratega militar. ¡Difícil de creer¡. Muchos lo supondrán, pero sólo dios sabe la verdad de esa sospecha.



El ejército mexicano seguía avanzando. Presidido por el generalísimo Antonio López de Santa Anna, detrás de él se encontraban los carros de mulas, cargando los pocos víveres con los que se abastecía la tropa mexicana, así como también con las once piezas de artillería y los veinte mil soldados reclutados en la leva, que por cada día que pasaban, iban desertando hasta llegar a ser catorce mil elementos.

Antes de iniciar la gran batalla, las tropas mexicanas lograron capturar al Capitán Heady, quien luego de ser torturado, habló respecto a otra expedición americana que partiría al mando del general Winfield Scott quien en breve llegaría a Veracruz, con las órdenes del presidente Polk de ocupar la Ciudad de México y negociar de una vez por todas la paz. Para ello, se había instruido a las tropas de Taylor, disgregarse y reforzar a Scott. Esa noticia podía significar una buena o mala noticia, podía ser una buena noticia, porque eso implicaba que Taylor se encontraba debilitado, lo que provocaba sin duda alguna posibilidades de éxito; también podría significar algo malo, la apertura de otro frente de ataque, del cual el ejército mexicano aún no estaba preparado para defenderse. Al recibir esa noticia y meditarla con optimismo, el general Santa Anna ordeno el fusilamiento del teniente americano junto con todos sus acompañantes.

La tropa mexicana seguía avanzando y resistiendo ese frío que también provocaba bajas. Llegan a Encarnación donde pasan lista y la noticia desde luego trata de ser  negada, los reportes no eran nada alentadores, al menos una decena de muertos de frio que bien, ayudaban a contribuir a seguir sosteniendo por más tiempo las raciones de comida para cada soldado: Un pedazo de carne asada, una libra de harina y una modesta provisión de agua. ¡Maldita hambre¡. ¡Maldito frio¡. Los soldados sino huyen como gallinas, mueren de frío o de hambre. La situación era insostenible, de haber sido un ejército de veinte mil soldados, este se reducía a doce mil y de seguir la misma tendencia, en un mes más, las bajas serían hasta nueve mil hombres. Obviamente Santa Anna no podía permitir eso. Ordeno continuara la avanzada y permitió a sus hombres prender fogatas  en la noche para atenuar el frío, aun pese el riesgo que eso significaba.

El tiempo pasa y el hambre aumenta. Los víveres no son los suficientes, la vegetación tampoco ayuda para alimentar a los soldados. Santa Anna ordena de un día para otro a reducir las raciones de comida a sola la mitad; dos días después, decide que ahora sea la sola cuarta parte de ración. Los soldados se molestan, quien se atreva a manifestar su inconformidad será inmediatamente fusilado. Sólo así, la disciplina se conserva. O la tropa resiste la sed y el hambre, o bien, muere fusilada.



Al ocupar la hacienda de Agua Nueva, el ejército mexicano no encontró ningún vestigio de americano vivo. Había huido el cobarde de Taylor con su tropa de maricas, teniendo éste miedo de enfrentar de una vez por todas a un general de a de veras.  Lo peor de todo, era que no solamente había huido el gringo, sino que las posibilidades de encontrar víveres en la hacienda, habían sido nulas, pues el invasor había quemado la hacienda, saqueado los graneros y matado los animales. Con esto desmoralizaba la tropa mexicana, ahora sabría que el invasor se encontraba resguardado en la hacienda de Buena Vista y en el puerto de la Angostura.



Quizás una buena noticia recibió Santa Anna por parte de su tropa, en su trayecto de Agua Nueva a Buena Vista, un regimiento de soldados americanos, habían encontrado carros abandonados. Esto significaba que el adversario había huido estrepitosa y desmoralizadamente; las armas podrían estar también escondidas en esos terruños. Santa Anna sin dudarlo, ordeno a la tropa a realizar las excavaciones necesarias que permitieran encontrar el parque. El resultado fue alentador, la Virgen de Guadalupe ayudaba al ejército mexicano y a su dignísimo hijo, el libertador de México; cajas de municiones eran la evidencia de que los americanos habían estado en ese lugar y que al saber de su llegada, habían emprendido la huida. ¡Alentador¡. Por vez primera, eran los americanos quienes huían ante la embestida del ejército mexicano.



Santa Anna envió una misiva al general Taylor ordenando su rendición. Le dijo que tenía un ejército de veinte mil hombres, en contra de un regimiento de ocho mil doscientos efectivos. Taylor pensó que la amenaza era tonta. Podían ser menos que los mexicanos, pero su potente artillería de veinte cañones al mando de sus ingenieros militares, podrían destruir esa cantidad y más de mexicanos bravucones. Taylor desde luego rechazo la oferta de que se rindiera y decidió sostener el combate.



El combate inicia el día 22 de febrero de 1847, las tropas americanas trasladan su potente batería en las lomas de los cerros y desde ahí, inician el bombardeo. Es un regimiento disciplinado, los soldados americanos tienen seis meses descansando de cualquier combate; no padecen hambre, sus haberes son puntuales, su profesionalismo y estrategia militar sabe perfectamente, los hace conocer cada legua cuadrada del terreno de batalla; sus ingenieros, calculan la distancia que hay entre los boquetes de sus cañones y las filas del adversario, con cálculos matemáticos, hablan de senos, cósenos, tangentes y teoremas de Pitágoras, que les permiten predecir en forma exacta, donde caerían cada una de las balas de sus cañones. Los resultados son predecibles como lo planean sus ingenieros. Bala tras bala cae en el campo mexicano, provocando bajas.

El ejército mexicano huye ante el bombardeo, se reorganiza. Santa Anna desde su centro de operaciones, una pequeña tienda de campaña, observa los mapas improvisados que le presentan sus oficiales subalternos, aprovechando su intuición, improvisa un ataque que tenga como objetivo, defender y contraatacar a su enemigo. Su voz es segura, su experiencia no objetable, se percata que hay un cerro en el campo de batalla, si los enemigos lo ocupan, desde ahí subirían su artillería y la batalla entonces se perdería, porque sufrirían otro bombardeo que los aniquilaría, así que sin dudarlo, Santa Anna ordena la ocupación del cerro y de frenar ahí, la ocupación de los enemigos.  Jubilosos los oficiales mexicanos, lanzan la infantería a posesionarse del cerro para enfrentarse en valentía, con sus adversarios los infantes americanos. Como si fuera adivino, los americanos trataron de ocupar ese cerro, pero no pudieron, fueron frenados por los soldados mexicanos. Santa Anna ríe. Se reitera una vez más en el espejo, de que es un chingón.

Los oficiales mexicanos informan a Santa Anna el resultado del combate. Gallardo y soberbio, Santa Anna escucha el parte de novedades y en vez de expresar su congratulación por su acertada estrategia, lo primero que hace es regañar a los oficiales por no portar el uniforme correctamente. -  “¡Donde están los botones de su uniforme¡”. – incrédulos los oficiales mexicanos, no saben que responder ante tal comentario. – “¡No es posible que vistan como mamarrachos¡”, ¡que va a decir de nosotros Taylor”, ¡Que en México no tenemos soldados¡. - Santa Anna maximiza la presentación de sus soldados y ordena a otro de sus subalternos, la encomienda de revisar diariamente que los uniformes de su tropa sea la más idónea y presentable.  - ¡”Que a nadie le falte un botón¡. – Que va decir Polk y los de la casa Blanca cuando se enteren que en México no tenemos ni para uniformar a nuestros soldados.

La noche cae y los americanos vieron frustrado su ataque de ocupar el cerro. Santa Anna aparte de instruir que los uniformes de sus soldados luzcan impecablemente, ordena no encender ninguna fogata, aunque se mueran de frío; así también manda al regimiento a extender su posición en todo el cerro. Las hostilidades se frenan y en el campamento de Taylor se siente una derrota.



A la mañana siguiente, Santa Anna ordena que su tropa a levantarse temprano, sin darles el rancho respectivo, para ahorrar los alimentos del día, a fin de no desperdiciar comida con los futuros soldados muertos, la tropa forma una fila y al ritmo de la música, sin haber ingerido alimento alguno, inicie el avance. Como si fuera los soldados de Napoleón Bonaparte, el ejército mexicano muestra júbilo, la gallardía que tanto quiere mostrar Santa Anna los americanos. Que vean esos cabrones que en México si tenemos soldados. ¡Jijos de la chingada¡. ¡Pinches maricones¡. La tropa mexicana avanza jubilosamente y avanza yarda tras yarda, al ritmo de los tambores y las trompetas. Mientras eso ocurre, Taylor ordena a sus soldados, también efectuar la fila, pero no mostrando el cuerpo, sino resguardados en sus trincheras. Desde ahí, que disparen con sus potentes rifles; los americanos disparan escondidos en las fosas que la noche anterior habían excavado, fuego tras fuego salen de sus boquetes, al mismo tiempo en que la tropa mexicana muestra su pecho, como tratando de decir “¡Aquí si hay huevos cabrones¡”, al mismo tiempo que muchos de los nuestros van cayendo abatidos por las balas de la forma más imbécil.



 Santa Anna ordena que continúe el desfile. Los mexicanos siguen avanzando y reduciendo cada minuto, el espacio que hay entre sus hombres y los suyos. De esa forma, la artillería americana ya no les haría daño;  el enfrentamiento de cuerpo a cuerpo es inevitable. Santa Anna muestra su júbilo nuevamente.- “ ¡Les estamos partiendo la madre a esos cabrones¡”.-  Sale de su tienda de campaña y observa desde lejos, como el desfile de las tropas mexicanas continúa en avanzada, mientras que los soldados americanos, siguen escondidos en sus trincheras. Santa Anna monta su caballo y a todo galope se suma al contingente para que su ejército lo vea abatirse. A su lado, la caballería mexicana inicia su avanzada hacía las trincheras de los americanos. Ahora sí iban a saber esos güeritos lo que era un combate. La línea de infantería mexicana, se divide en el franco izquierdo y derecho, sin dejar nadie en el centro, lo que desconcierta la defensa americana.  El combate de cuerpo a cuerpo se suscita con varias bajas para los americanos, algunos de ellos huyen, otros más mueren; es el primer combate que va ganando el ejército mexicano, caen tres banderas americanas, y tres cañones del enemigo y un valiente jinete mexicano, logra con su cuerda atrapar a un oficial americano, quien enrollado en la cuerda, es arrastrado por todo el campo de batalla.



Taylor concentra sus tropas para fortalecer su defensa espera en cualquier momento que el combate de cuerpo a cuerpo también llegue a su campamento. Carga su pistola y también su sable, para defenderse en caso de que el ataque se extendiera. Taylor piensa en lo que informará al Presidente Polk si es que sale con vida. Por momentos piensa en su familia y en el final de su vida como soldado americano. Haber servido con honor y patriotismo a los Estados Unidos de Norteamérica.  Reza a dios de que ocurra un milagro y le permita seguir viviendo para contar por lo menos, esta experiencia de haber perdido con honor, con soldados valientes;  entonces inicia la llovizna, como si dios en ese momento hablara.  Santa Anna jubiloso por las bajas ocasionadas, el botín de las tres banderas americanas y los tres cañones confiscados al enemigo, ordena la retirada. El combate podría seguir, pero no. Los soldados mexicanos ya concentrados en el ataque, reciben la contraorden de parar las hostilidades y retroceder. La lluvia se suelta más, así que los mexicanos emprenden la retirada, contentos de haberles ganado por fin a los americanos.



La tropa mexicana deja en el olvido a más de 900  cadáveres que yacen en los campos de batalla, 600 de ellos mexicanos y 300 americanos, según los informes de Taylor.  Los heridos también son cuantiosos: 2300 en el combate, 1800 mexicanos y 500 americanos. Los datos podían interpretarse de distintas formas. ¿Quién había ganado el combate?. Taylor se desmoralizo por no haberle ganado a los mexicanos, por momentos pensó en como redactaría su carta para informarle al Presidente Polk sobre su derrota, pero los oficiales americanos, le informaron que no era así, que aún pese que los mexicanos parecían haberle ganado no era así, y prueba de ello, eran las cifras que le reportaban. Dos mexicanos muertos por cada uno de los soldados americanos. Tres mexicanos heridos también por cada americano herido. Los mexicanos habían perdido, pero Taylor no lo consideraba así, sabía bien que  la lluvia lo había salvado; Santa Anna le hubiera ganado fácilmente, porque su estrategia militar era precisamente esa, aprovechar las embestidas de la infantería mexicana que no le tenían miedo a la muerte y que podían sacrificar cientos de soldados para conseguir finalmente su triunfo. Así lo había hecho Santa Anna en el Álamo, perdió cientos de los suyos, pero consiguió el fuerte y eso, pese que en términos cuantitativos había sido una derrota, moral y políticamente, había sido un triunfo. Al menos, esa fue la percepción que había generado Santa Anna tanto en Texas, Estados Unidos y México. Esta batalla, la gano Santa Anna y el ejército de mexicanos harapientos, que sin haber ingerido alimentos y haber aguantado el invierno, habían por vez primera en esta guerra, haber ganado un combate. Reconózcanlo, los mexicanos nos ganaron en la Angostura. Sólo un milagro, salvaría al regimiento de Taylor de no ser aniquilado. Y ese milagro llegó aquella noche.



Luego de haber regresado a su tienda de campaña, Santa Anna fue informado de las bajas. Muchos mexicanos murieron, pero además, otros más estaban heridos, sin medico alguno que los curara. Los alimentos eran cada vez menos, sin pan y sin agua, no había que darles de comer a todo el batallón; Santa Anna reflexiono por algunos momentos que hubiera sido mejor, si continuar al día siguiente con la batalla y seguir sacrificando más hombres, inclusive su propia vida, para finalmente vencer a los enemigos, o bien, emprender la retirada por causas de falta de víveres; Santa Anna debía de tomar la mejor decisión, no solamente de la guerra, sino también de su vida. Pensó por unos momentos, las consecuencias que generaría dicha decisión. Si a la mañana siguiente continuaba con las hostilidades, correría el riesgo de perder la batalla; los americanos mejor alimentados, podían en la lucha de cuerpo a cuerpo vencer a los nuestros que llevan dos días sin comer; sería nefasto lo que dirían mis enemigos y los historiadores; dirán que me vendí como lo siguen diciendo; veinte mil soldados mexicanos contra ocho mil americanos y con todo eso, Santa Anna perdió. ¡De pendejo no me bajarían¡.  ¡Estúpidos e ingratos si dicen eso¡. La verdad es que son nueve mil mexicanos harapientos y hambrientos, contra siete mil americanos, bien pagados y comidos. Esa es la diferencia. Esta batalla, si continúa, seguramente la perdería, así que lo mejor, sería emprender la retirada y generar la percepción, de que el combate fue favorablemente a nuestra causa, el objetivo del combate ya se cumplió, debilitar a Taylor, el mismo general que ocupo Palo Alto, Rasaca de Palma, Matamoros, Monterrey, fue frenado en la Angostura, nada menos y nada más por Santa Anna. Esa si es una buena noticia, regresar a la Ciudad de México, con las tres banderas que capturamos del enemigo, y los tres potentes cañones que les confiscamos; es un triunfo para las armas nacionales, le pese a quien le pese; este combate lo gano México y no lo perdió, ni moral, ni militarmente; será una fecha recordada por siempre, mis enemigos me refutaran esta hazaña, preferirán acusarme de vendido que de héroe, pero no importa, los hechos son irrefutables, el ejército de Taylor quedo desmembrado, primero por los refuerzos que le mando a Scott y segundo, por la paliza que le dimos. ¡esta batalla la gano México, la gano Santa Anna.

Entonces cuando el general meditaba con sus oficiales sobre la situación en que se encontraba, el milagro tanto de Taylor como de Santa Anna lego; una carta proveniente de la Ciudad de México, en la que reportaba el cuartelazo militar ocurrido en contra del presidente Valentín Gómez Farías, a causa de las leyes de nacionalización de los bienes eclesiásticos.



El Batallón Independencia y Victoria desconocieron al Supremo Gobierno del doctor Valentín Gómez Farías, radicado en la Ciudad de México, la carta habla de que los alzados amenazaron al Arzobispo Irizarri de entregarles mas fondo para su causa y este accedió porque también era su causa; la causa de la revuelta, es no solamente desconocer al impuro gobierno de Gómez Farias, el títere de Santa Anna y dejar sin efectos, todas las leyes masónicas y ateas, que le robaban a la Santa Iglesia Católica. La revuelta la encabezan unos soldaditos compuestos por jovencitos apodados los “Polkos”, por sus constantes festines en la que bailan polkas y que se habían aglutinado en un ejército, cuyo objetivo, no era defender a la patria del invasor americano, sino en desconocer al gobierno revolucionario y patriota, que yacía en la Ciudad de México. La carta dice que hay caos en la ciudad, constantes bombardeos en la ciudad, una guerra civil entre los propios mexicanos, cuya única solución viable para la paz y la reconciliación, sería el inminente regreso de su Alteza Serenísima. Entonces Santa Anna decide:

-      ¡Nos regresamos a la Ciudad de México¡.

Junto a él, se encuentra el general Pedro Ampudia, quien acababa de ser perdonado por Santa Anna, por haber pactado con los invasores en Monterrey.

-      Su Alteza, estamos a un solo día de derrotar a los americanos. Podemos emprender la retirada para pasado mañana, si Vos ordena.
-      No general Ampudia. Nos vamos ahorita mismo. Dígale a la tropa que no acampe. Quiero que prenda una línea de antorchas para engañar al enemigo y piense que estamos en espera de que amanezca. Mientras vean nuestros adversarios las fogatas, emprenderemos la retirada esta noche. Así cuando amanezca ya no estaremos en la Angostura, sino muy lejos de aquí, descansando y comiendo.
-      General es muy respetable su instrucción pero creo …
-      Usted no crea en nada,. No le he autorizado a contradecir mis órdenes, no hay tiempo de armisticios como los que hizo vergonzosamente en Monterrey; los americanos están derrotados y eso es sabido por ellos, así que nuestra misión ya se cumplió. Ahora retirémonos. Hacemos más falta en la ciudad de México.

Los oficiales mexicanos no creían lo que en eso momento escuchaban. Santa Anna así lo percibió y entonces para justificar su retirada, saco la carta bendita.



-      Que acaso no se dan cuenta lo que está ocurriendo en el país. La Iglesia Católica está desconociendo el Supremo Gobierno que estamos encabezando para defender la patria y la soberanía nacional. No es el momento señores de tomar partido a favor de una casta o clase social en México, es momento de la reunificación, de la conciliación, a la patria no le conviene que estemos divididos en este momento.
-      General Santa Anna, estamos totalmente de acuerdo con Vos, pero la retirada la podemos emprender para mañana mismo, tan pronto derrotemos a Taylor.
-      ¡No¡… - grito Santa Anna – y con qué armas y municiones derrotaremos totalmente a nuestro enemigo general . No hay raciones para todo el regimiento.
-      No hemos hecho aún el censo para determinar cuántos soldados somos, recuerde que hay bajas, por lo que los víveres pueden redistribuirse. Además, nuestra posición es favorable, la tropa está motivada y en cambio, nuestro rival se encuentra desmoralizado.
-      Nuestra tropa esta hambrienta y muy cansada; y en cambio la de Taylor, esta comida y bien descansada, esa es la diferencia entre ellos y nosotros. Pero además, Taylor esta derrotado, ya no avanzara más a la ciudad de México, no podemos desperdiciar más hombres, porque la amenaza a la patria, ya no es Taylor, sino Winfield Scott que entrará a México por Veracruz; ese es el próximo objetivo de la defensa nacional, ya no combatir ni desperdiciar ni una gota de sangre en un americano vencido y humillado; nuestro objetivo es regresar a la ciudad de México para buscar la reconciliación y reagruparnos para defender Veracruz de los yankis.
-      Pero eso mismo lo podemos hacer, después de haber vencido totalmente a Taylor general, no se da cuenta que si usted ordena la retirada de nuestro ejército, aparentara una derrota, dirán que huyo, inclusive mi señor, lo acusaran de traidor.
-      Más acusado y desprestigiado de lo que estoy señores… que importa lo que digan mis enemigos, no desperdiciaremos la vida de ningún soldado mexicano, en un combate que ganamos. Así que ordeno inmediatamente la evacuación de nuestra posición y nuestra inmediata retirada.
-      ¡General …¡
-      ¡He dicho¡.

Santa Anna sale del campamento observando afuera del mismo, la ejecución de su mandato. La tropa, ya preparada para ingerir el cuarto de ración del rancho por su recompensa de haber lidiado con valor, oye desconcertadamente la instrucción de sus oficiales:

-      ¡Prendan fogatas por toda la línea y prepárense para la retirada¡.

¿Ahora mismo?, ¿Es cierto?, ¿Apoco?, ¿No lo creo’, ¿Qué no vamos a dormir?. ¿Eso es una mentira?. ¿No entiendo?, ¿de que se trata?. Los soldados mexicanos interrumpen sus alimentos y van encendiendo las fogatas que le piden sus superiores. Siguen desconcertados, porque en vez de descansar y sostener el combate del día de mañana, la instrucción es contraria, como si realmente hubieran o estuvieran perdiendo la batalla, había que retirarse y emprender la caminata durante toda la noche. ¿No puede ser cierto?.

Los caballos son alimentados y dotados de agua, al menos para remolcar las treinta carretas con los que cuenta el ejército mexicano y que contienen, los pocos víveres que sobran, además de la artillería, cañones y una que otra caja con municiones.

Los soldados mexicanos desconcertados se van sumando a la fila al mismo tiempo que escuchan los clarines que instruyen su agrupación y retirada; ya para esos momentos, las antorchas están prendidas y desde lejos, el general Taylor, observa las posiciones del enemigo, a quien no le quedara de otra, que pactar la paz para disimular su rendición.



Taylor no duerme aquella noche, pensando en las mil formas que tendrá que hacer frente la peor crisis militar que hasta ese momento le había tocado enfrentar: su rendición. Taylor pide un puro que fumar, piensa al mismo tiempo que desde su tienda de campaña, ve desde lejos las antorchas mexicanas y esos ruidos de clarinete, que si bien, parecieran de retirada, seguramente eran de jubilo por haber triunfado en la batalla. Taylor estaba derrotado. Recordó como ocupo Palo Alto, Resaca de Palma, como tomo posesión de Matamoros y su peor momento, que había sido Monterrey, había sido triunfante; eran días de gloria en que informaba al presidente Polk sobre su racha de triunfos. Pero ahora lamentablemente, había perdido.

Taylor cansado del combate, decide dormir pidiendo a dios un milagro y que ese momento, no fuera realmente, lo que percibía.

Zacary Taylor entro a su tienda de campaña y durmió súbitamente, esperando la mañana siguiente.

En lo mas profundo de su sueño, escucho una voz - ¡Walk Up¡, ¡Walk Up¡. Taylor despertó en el crepúsculo del amanecer; lo que le informaban no era creíble, era simplemente un milagro; desde lejos y de forma sorprendente, veía algo cierto que no podía aun creerlo. ¡El ejército mexicano había abandonado la posición¡.  Los soldados y oficiales americanos gritaron de júbilo, aquel milagro que la Divina Providencia había otorgado. Taylor sonreía de felicidad por vivir en ese instante, el mejor momento de su vida. Su mejor triunfo como estratega y militar. ¡Que dios bendiga a los mexicanos, por la valentía de sus soldados inmortales¡…pero que dios bendiga América, por ser una nación destinada a ser grande.

¡Viva Estados Unidos¡.