miércoles, 17 de agosto de 2016

CAPITULO 14


Cuando el licenciado Enrique Salcedo y Salmorán recibió la foja de servicios del Coronel Melgar Gutiérrez y Mendizábal, no podía dar crédito, sobre el tipo de persona que era el susodicho.

La carrera militar del Coronel, era una muestra de deslealtad, traición, hipocresía; mil veces debió haber sido fusilado, debió haber muerto como cualquier soldado desconocido y no haberse convertido en la amenaza que a la patria y a las instituciones, representaba ese oscuro militar.

Ingreso como caballero cadete en el Regimiento de Infantería en Veracruz en el año de 1808; bajo el mando del Coronel Joaquín Arredondo, posteriormente bajo las instrucciones directas del entonces Teniente Antonio López de Santa Anna, quien a su vez, lo convirtió en compadre suyo bajo el auspicio y el protectorado de su mentor, José García Dávila, gobernador y jefe militar en Veracruz.

Melgar Gutiérrez y Mendizábal se convirtió en el eterno amigo y soldado subordinado del hoy general Antonio López de Santa Anna. Solamente él podría ser testigo de la vida del ilustre general; solo él y nada más él, podía hacer una biografía en la que se describiera la vida del caudillo, sus años en el regimiento de infantería, su ascenso militar, político y social como un hombre respetable, no solamente en Veracruz, en el ejército o en la política, sino también, en la historia del país.



Melgar Gutiérrez y Mendizábal participó junto con Santa Anna en cada una de sus gestas heroicas, de cada uno de sus triunfos y derrotas; en el Plan de Iguala, donde se sumo al ejército trigarante de Iturbide para lograr la consumación de la independencia, posteriormente  en el Plan de Casa Mata, que destituyera al mismo Iturbide para proclamar la Republica Federal. Fue también militar combatiente en Tampico; posteriormente se sumo al Plan de Jalapa, al Plan de Cuernavaca; así como la triste expedición a Texas que culminaría en la derrota de San Jacinto y a la resistencia de Veracruz, cuando esta fue cañoneada por los buques marinos franceses en 1838.

Sobre la campaña militar a Texas, la hoja de servicios refería a más de trescientos fusilamientos sin juicio previo, de diversos rebeldes texanos acusados de piratas, los cuales fue directamente Gutiérrez y Mendizábal quien ejecutara cada uno de dichos fusilamientos. Si algún día los texanos hicieran justicia sobre los actos criminales ocurridos por el ejército mexicano en el suelo tejano, ese sería Gutiérrez y Mendizábal, quien debía de responsabilizarse de haber matado vilmente a personas inocentes, desecho familias, dejado viudas e hijos huérfanos y todo a causa de la lealtad, no a la patria ni a las instituciones, sino a su jefe inmediato, el general Santa Anna.

Sin embargo, durante su encarcelamiento en Texas, Melgar Gutiérrez y Mendizábal se salvo de la horca, pese a que las multitudes de los ofendidos texanos pedían dar muerte al general Santa Anna, nadie absolutamente nadie, reconoció en Gutiérrez y Mendizábal la responsabilidad directa de haber ordenado la ejecución de cada uno de esos texanos. Cuando Santa Anna salió libre de su encierro, partió éste rumbo a Washington D.C y el Coronel Gutiérrez a Monterrey, donde lo esperaba el general Cos.

No podía el licenciado Salcedo Salmorán reincorporar en el servicio al Coronel Melgar Gutiérrez y Mendizábal. Si actuaría con la ética, debería de denunciarlo ante el Supremo Gobierno para que al igual que su amigo, estuviera preso también en la cárcel de Perote Veracruz por haber disuelto el Congreso y no permanecer libre, como se encontraba hoy en día, esperando su reingreso a la milicia, bajo la presión política de un político caído en desgracia, pero nunca jamás aniquilado.

Podía perdonársele todo a Melgar Gutiérrez y Mendizábal, quizás haber asesinado a esos trescientos texanos sin juicio previo, podía perdonársele el que fuera amigo de Santa Anna, pero no su hipocresía, su deslealtad al gobierno, al Presidente, al Congreso, a la Suprema Corte. El día que el Congreso que fue destituido, éste se encontraba acompañando al general Santa Anna en Querétaro, posteriormente en Puebla, pero al ser capturado Santa Anna, éste escapo y regreso a la Ciudad de México, pidiendo impunemente y cínicamente su regreso al ejército. Como si éste nunca hubiera sido parte de alguna revuelta militar. A decir cierto, de una serie de mentiras del cual ni el mismo podía creérselas. “no soy enemigo, ni de la republica a la que tanto me he esforzado y servido con dignidad y honor; y tampoco soy enemigo del Supremo Gobierno a quien he prestado mis servicios”. ¡Bahh¡ ¡Puras mentiras¡. ¡El arte de convencer utilizando palabras huecas, como hacía su amigo y mentor político. Salcedo seguía sin olvidar el día que conoció Gutiérrez y Mendizábal vestido de civil y con un habla que por momentos parecía sincero, llego a creer en su honestidad, en que había sido acusado falazmente y destituido sin juicio previo, cuando el muy cínico, había desertado del ejército para huir del encarcelamiento, fingiendo ser una persona leal cuando realmente era un desleal, un traidor, un mentiroso, uno de esos militares de los cuales, deberían ser expulsados no solamente de las filas del ejército, sino también, del propio país.

¿Por qué había que ayudarlo?. ¿Por qué era amigo del general Santa Anna?  ¡Por esa razón¡. Por eso había que reincorporarlo al ejército, para seguirle otorgando su renta mensual y consintiendo que siguiera utilizando ese uniforme, el cual ni el mismo, por más que así lo decía, ni lo respetaba, y si por el contrario, lo ofendía con cada una de sus mentiras, de sus actos militares  reprochables, de falsos juramentos a la república y a la independencia; ayudar a un vil militar, cuando la única lealtad que tenía ese hombre, era hacía sus privilegios.



Era muy fácil reincorporar en el servicio a ese oscuro militar. Sólo había que preparar la hoja de alta y pasarlo a firma del Presidente; el cual entre otros tantos documentos, firmaría sin darse cuenta. Total, la instrucción de ayudarlo venía directamente de su amigo el Coronel Yáñez, así que sin tener mayor remordimiento, únicamente pregunto sobre la nueva adscripción del referido Coronel. El cual, también por una instrucción superior, sería directamente con el general Mariano Salas,  en el Cuartel de la Ciudadela.


Cuando Enrique Salcedo Salmorán preparo el oficio de alta del Coronel Melgar Gutiérrez y Mendizábal; observó sobre su escritorio otro expediente, era el del Coronel de Artillería Joaquín Rangel. Pero ese, ameritaba otro estudio minucioso. Salcedo estaba ya cansado de leer informes indignantes, había que premiar a los traidores, a los cínicos y ladrones. Así que Salcedo, no quiso seguir trabajando, sólo vió el reloj y pensó en la forma en que se entrevistaría con su futuro suegro, como pediría la mano de Fernanda.

Mientras Enrique Salcedo y Salmorán ideaba una y mil formas para pedir la mano de Fernanda; el Coronel Yáñez en la soledad de su oficina, orquestaba la forma en que ejecutaría el plan subversivo que terminaría desconociendo al gobierno constitucional del presidente José Joaquín Herrera.



Bastaría sólo contar con unos quinientos efectivos para ocupar el Palacio Nacional, más aparte, contar con el apoyo del cuartel militar de la Ciudadela, para emitir un pronunciamiento conjunto que proclamara a Santa Anna, en el supremo dictador y divino redentor que salvaría a la patria de la guerra que se avecinaba. Para ello, había que elaborar un plan secreto, una conspiración elaborada desde el corazón del Palacio Nacional, desde ahí, se apresaría al Presidente, se asaltaría al Congreso, saldrían los comandos dirigidos a encarcelar a cada uno de los magistrados, a los burócratas, a los periodistas y a todo opositor al gobierno. Había que buscar la bendición de los santos cardenales de la Iglesia Católica, para obtener del clero el apoyo económico, moral y religioso suficiente; posteriormente, luego de las santas bendiciones al nuevo gobierno revolucionario, se esperaría a que el regimiento militar de Veracruz se sumara a la revolución; luego se buscaría alguna potencia extranjera, Francia, Inglaterra, o porque no, España; para solicitarle a dichos país créditos, y con ello comprar armas y preparar un ejército para la defensa de la soberanía nacional.

Cuando Yáñez termino de fumar aquel puro, se percato también que la revuelta sería difícil. El Coronel Rangel sería el primero que daría el primer paso, al que se le tenía que sumar, con el apoyo de Melgar Gutiérrez y Mendizábal, pero sobre todo, con el aval decisivo del general Mariano Salas, encargado del cuartel de la Ciudadela. Así que Yáñez termino de fumar aquel puro y siguió pensando que su plan, no tendría posibilidades de éxito, no existía detonante alguno, ningún motivo que haría incendiar al populacho y proclamar una vez más, el regreso de su dictador. ¿De que forma podría apoyar al Coronel Rangel?. ¿Quiénes estaban detrás de él?. ¿Realmente el general Santa Anna estaba detrás de esa conspiración, o sencillamente, la conspiración únicamente trabajaría para que regresara una vez más el Napoleón del Oeste a dirigir la vida de los mexicanos. ¿Qué diablos debería de hacer Yáñez?, ¿A quién tenía que apoyar?, porque al parecer cada pensamiento suyo se esfumaba como el humo del tabaco, con ese aliento tan agradable que le daba un poco de paz y serenidad, pero que no le permitía tomar una decisión correcta. Quizás lo único cierto de todo aquello que pensaba, era que su amigo terminaría casándose con la hija del escribano, mejor garantía no podría tener de que el dinero escondido en la Casona de Tizapan se siguiera conservando por un buen tiempo, quizás el suficiente para que Santa Anna muriera fusilado y nadie en el país, absolutamente nadie, recordara el uso y destino de esos cuatro millones de pesos.

Cuando Yáñez termino de exhalar el tabaco, su amigo Jorge Enrique Salcedo se dispuso a viajar a Tizapán; luego de emprender el viaje y llegar a la Casona, tocó la puerta, pidiéndole a la criada, hablar con don Alfonso Martínez del Valle. La ama de llaves, no hizo más que dejar pasar al distinguido abogado, al interior de dicha casa era hermosa, digno de un palacio virreinal, después de todo, Salcedo no sabía si era el general Santa Anna o el escribano, quien podía tener esos bellos gustos en la decoración de la casa.

-      ¡Buenas tardes¡. – Saludo aquella mujer al mismo tiempo en que bajaba las escaleras. Cuando Salcedo le respondió el saludo, sospecho que se trataba de la esposa del escribano, al menos que fuera su hermana o porque no, quizás, una de sus hijas.
-      Buenas tardes.
-      Veo que espera a mi marido. Tiene acaso una cita con él.- efectivamente, esa elegante dama no podía ser la hermana del escribano, ni mucho menos su hija, era nada menos y nada más su esposa.
-      Si señora. Busco al señor Don Alfonso Martínez del Valle; yo soy …- interrumpió bruscamente el dialogo la Señora.
-      Si ya se quien es, usted es el licenciado Enrique Salcedo y Salmorán, ¿No es asi?.
-      Si .- obviamente se mostró sorprendido Enrique de que aquella Señora, supiera ya su nombre. – efectivamente, yo soy el licenciado Enrique Salcedo y Salmorán.
-      Conozco el motivo de su visita - Afirmo Amparo, sabedora del motivo que tenía Enrique para visitar la Casa – Vos busca a mi marido para celebrar negocios no de todos justos, ni morales ante los ojos de Dios .- ¿Qué decía esa Señora?, ¿Qué sabía ella?. – Lo he visto en varias ocasiones con mi marido, conozco su trayectoria, se quién es Usted, aunque Vos no me conozca.

Se mostró aturdido Enrique Salcedo cuando aquella señora hizo esas manifestaciones.

-      Señora, no son motivos de negocios los que me orillan hablar con su marido.
-      Eso ya lo sé, pero siéntese por favor, no he sido lo suficientemente amable con Vos, ¿Desea té, café, chocolate, que se le ofrece?.

Enrique Salcedo Salmorán antes de sentarse a la sala de aquella lujosa casona, hizo una pequeña reverencia a la distinguida dama; al sentarse ella en el sillón, Enrique hizo lo mismo.

-      Chocolate, abusando de su amabilidad.

La Señora llamo a la ama de laves, ordenándole preparara tres tazas de chocolate.

-      Espera a mi marido, ¿No es así?.
-      Así es, supongo que su esposo es el señor Alfonso Martínez del Valle.

Amparo guardo un penoso silencio, para luego contestar como si eso le doliera decirlo.

-      ¡Así es¡. Yo soy la esposa del escribano.

Cuando Amparo respondió a dicha pregunta, Enrique Salcedo deseo desde lo más profundo de su corazón que esa mujer fuera la hermana o la hija mayor del escribano, deseaba conocerla, saber cómo era ella, rápidamente imagino una situación de la cual, automáticamente rechazo la idea por parecer pecaminosa, censurable, inmoral.

-      ¿Vos es la esposa de escribano? – lo dijo otra vez con curiosidad, pero también con la esperanza de a que dicha pregunta recayera una aclaración, quizás una negativa, porque no una mentira.
-      Sí, soy la señora Amparo Magdalena Iturbe Adams, soy la madre de Fernanda.

Cuando la señora Amparo respondió a la pregunta, automáticamente Enrique se acordó del motivo de su visita. Sabía que la razón de su visita, no era celebrar negocios con su marido, sino pedir permiso para el cortejo de la hija de dicho matrimonio.

Mientras tanto, Amparo Magdalena sabía ya de la última travesura de su hija. Su nana Juanita le había informado que la otra vez, la niña al ir a misa a Catedral, había recibido una carta del dichoso licenciado que se encontraba frente a su ojos, pidiéndole a su hija noviazgo. La niña Fernanda emocionada por la propuesta, aventó el pañuelo a los pies del caballero como una muestra de que sería capaz de aceptar el cortejo de su nuevo pretendiente.  Esa era la razón del porque ese licenciado visitaba a su señor Marido.

-      Entiendo que Vos es licenciado.
-      Así es Señora. Soy abogado del Supremo Gobierno. Presto mis servicios para el Presidente de la República.
-      ¿A Santa Anna?.
-      No señora, el presidente actual es el general José Joaquín Herrera.
-      ¡Eso ya lo sé, pero que acaso el que no manda en éste país es Santa Anna.

Enrique Salcedo no sabía si la señora había dado un comentario personal, una apreciación, o dicho quizás una verdad. No sabía si con ello daba pie a una conversación, lo cierto era, que esa Señora, al mirarla le despertaba curiosidad.

Amparo anunció que su marido no tardaría en llegar, había realizado una diligencia en el Convento de San Fernando y que por lo tanto, no tardaría en llegar. Por lo que le pidió al licenciado Jorge Enrique que lo esperara.

El ama de llaves sirvió las dos tazas de chocolate y la conversación de aquella dama con el licenciado Salcedo continúo. Hablaron un poco de todo y a la vez de nada. Sobre política, literatura y el pasatiempo que tenía ella dentro de la casa, consistente en leer los contratos que redactaba su marido. Lo único interesante que tenía su señor, porque fuera de ahí, su carácter, su avaricia, o su forma despectiva con la que siempre lo trataba, no le era motivo suficiente para seguirlo soportando. Jorge Enrique sólo la escuchaba, como deseando que el tiempo de la conversación se extendiera, que nunca acabara, que jamás llegara el tipo repugnante que era su marido; que aquella platica continuara y no era para más, la señora Amparo, no solamente mostraba en su léxico ser una mujer culta, también podía observarse en su cuerpo, aquella silueta que denotaba una mujer hermosa, una escultora griega viviente, la geometría perfecta y estética en las líneas de sus curvas, de su cadera y busto, que bien combinaba con su cabello castaño y su rostro maltratado; pero quizás, lo que más observaba con detalle, era aquella mirada triste que ocultaba una mujer admirable, reservada, todavía bella y por siempre joven.

-      Vos es una mujer joven. – Fue una expresión involuntaria, fue un pensamiento en voz alta que si Jorge Enrique lo hubiera meditado dos veces, jamás lo hubiera dicho.  Sin embargo, ella sólo rió por el comentario.
-      En serio, veo en Vos una mujer joven. – esta vez, si lo hizo con toda intención.
-      Si lo dice en comparación a mi marido. Por supuesto que soy una mujer joven. Treinta años menor que él, ¿no le parece?. – sonrió como tratando de hacer un gesto coqueto de juventud - Sin embargo, licenciado, agradezco su gentil comentario por el gran favor que me distingue.
-      No es ningún favor Señora. Aprecio en Vos esa juventud que denota su persona. Le juro que cuando la vi por vez primera, llegue a pensar por momentos que se trataba de la hermana del escribano, inclusive llegue a confundirla con una de sus hijas.
-      ¡Yo, la hermana mayor de Fernanda¡. – contesto sorprendida Amparo.
-      Si señora, pensé que era su hermana; - rió sin querer Jorge Enrique y con ello, contagio de la misma risa a Amparo.
-      ¡Y Dijo Vos licenciado, vengo a pedirla a Usted Señora¡.- El comentario fue un autoelogio que obviamente merecía ser confirmado.
-      Así es mi distinguida Señora. Llegue a pensar que una mujer como Vos, bien valía la pena pedirla en matrimonio.

Amparo, termino de asimilar la grata sorpresa que de su juventud daba aquel joven señor; más aún, ese comentario picaresco que lejos de ofenderla le hacía sentir por un breve momento, una mujer todavía hermosa.

-      Créame jovencito que llego tarde a mi vida. Quizás con diez años de retraso; - respondió en un tono de resignación y decepción - si por lo menos hubiera nacido usted temprano y yo tarde, no hubiera dudado en aceptar sus proposiciones, por muy ofensivas que parezcan.
-      De ninguna forma sería mi intención ofenderla Señora.
-      Pues sígame ofendiendo caballero – contesto riéndose Amparo – tenía tiempo de no escuchar una voz y un elogio tan agradable como el suyo.



Cuando Amparo termino de decir esa frase, ambos guardaron un silencio profundo, el cual fue interrumpido con el ruido de la puerta de la casa que se abría, dando entrada al escribano Alfonso Martínez de Valle.

-      ¡Don Alfonso¡. – Se paro inmediatamente Jorge Enrique, como creyéndose sorprendido de una grave falta que estaba cometiendo.
-      Siéntese licenciado, disculpe usted mi demora, pero me salió una diligencia de último momento. 

Respondió el escribano en una forma fría y despectiva, como si quisiera cerrar un trato más. Al sentarse sólo observo en la mesa de centro dos tazas de chocolate, habiéndose percatado por el contenido de las tazas, que ya tenía tiempo en su casa el licenciado.

-      ¿Tenía mucho tiempo esperándome licenciado.
-      En verdad no don Alfonso, … en si no recuerdo.
-      ¿Qué motivo le trae por acá?.

La pregunta fue concreta al grano, hecha de mala gana, con una mirada inquisitiva, como si el viejo leyera la mente tanto de Amparo y de Jorge Enrique, al igual que también percibiera o por lo menos sospechara, de la agradable conversación que minutos antes se había celebrado sin su presencia.

-      Don Alfonso …

Trato de responder Jorge Enrique pero estaba nervioso, era una tontería lo que le estaba pasando por la mente, conocía más a la mamá de Fernanda que la propia Fernanda, con la cual, nunca había cruzado ni una sola palabra, más que aquella señal que le había hecho la vez que le aventó el pañuelo. Podía retractarse, podía cambiar el tema de conversación y decirle que lo mandaba el Coronel Yáñez para informarle que el general Santa Anna ya había remitido una epístola encargándole sus propiedades y los negocios que él ya conocía; podía decirle otra cosa, quizás otro negocio, visitarlo con otra excusa, pero no el pedir la mano de una mujer, al que por cierto, bien tenía que reconocer Jorge Enrique, que no la conocía.

Entonces porque no cambio de tema Jorge Enrique, porque no desistió de su intención, porque no había cambiado de opinión y enfrentado en forma inteligente, quizás cobarde, su intención de pedir el cortejo a su hija. ¡Que diablos estaba haciendo enfrente de don Alfonso y de la Señora Amparo¡.

-      ¿A que viene licenciado?.- Volvió a preguntar el escribano, estaba vez con un tono aún, mucho más despectivo.

Entonces Jorge Enrique tomo en unos segundos, la decisión que había asumido en días antes. Iniciar una vida, formalizar un noviazgo con la intención de contraer nupcias.

-      Don Alfonso, quiero… -  se encontraba nervioso Jorge Enrique y a la vez descubierto, quizás desnudado ante la mirada de Amparo – … manifestarle que le guardo a Vos y a su señora, todo mi aprecio y mi sincero reconocimiento.

Obviamente que el comentario no tenía nada que ver con la verdadera proposición que le había motivado a Jorge Enrique a estar aquella tarde en la casa del escribano.

-      Que nunca ha sido mi intención comportarme como cualquier lépero de esta Ciudad…que es tanto mi respeto que siempre os guardado que por ello, me he tomado el atrevimiento de pedirle a vosotros su consentimiento, para que pueda cortejar a su hija.

El escribano se quedo callado, quizás con todo el ánimo reprimido de gritarle a su hija que era una golfa igual que su madre. Una vil ramera que se exhibía en la calle para que el día de ahora, cualquier hombre le propusiera fornicar con ella. ¡Igual que la puta de su madre¡. Una mujer coqueta a la que seguramente, había dado pie para que el licenciado Salcedo quisiera emparentar con su familia y convertirse ahora en su sucesor.

Se quedo pensando el escribano, como si ya estuviera esperando el momento; guardo un profundo silencio, el suficiente para que Amparo viera en aquel muchacho un buen pretendiente para su hijo, digno para convertirse en sus yerno, al menos se veía un hombre bien portado, educado, correcto, nada que ver con la educación prepotente y soberbia de los militares o con la conducta altanera y ególatra de su marido. ¡Sería un buen marido¡. Pensó Amparo, al mismo tiempo que Jorge Enrique se quedo callado, como si fuera un niño ansioso, nervioso, esperando la aprobación o reprobación de su padre.

El señor don Alfonso Martínez del Valle, el famoso y oscuro escribano se quedo callado, pensando brevemente en el futuro que se le avecinaba.

-      Don Alfonso, créame que las intenciones que tengo con su hija son las de un hombre de honor. Quiero que os sepa que no he faltado de ninguna forma el respeto que le tengo a Vos y a su familia; es por ello, que mi intención la hago en forma respetuosa, sincera y con el ánimo de no vulnerar su autoridad como jefe de familia.

Esta vez, el tono de voz de Jorge Enrique fue más sincero, pero Don Alfonso siguió permaneciendo callado, observando como en la mesa de centro seguían aquellas dos tazas de chocolate, todavía aún sin consumirse.

-      Licenciado … - hablo el escribano sin perder su acento frió y despectivo – agradezco su gentil atención que hacía mi persona ha tenido, al manifestarse como hoy lo hace, en forma sincera y honesta respecto a las intenciones que tiene con mi hija.

El escribano se quedo callado, su respuesta fue seca, cortante, como si al seguir mirando aquella mesa de centro, estuviera maquilando la respuesta que todavía no terminaba de darse.

-      Por ello, le respondo a Vos que con el tiempo que tengo de conocerlo, sé de su calidad moral; sé del honor y decoro que Vos ofrece, del debido respeto, compromiso y de la lealtad con la que siempre se ha conducido, así como de la forma tan educada y correcta que de Usted siempre he recibido. Por ello licenciado, quiero que sepa que para mi es un honor y una gran distinción, el que Vos en esta noche pida iniciar una relación formal con mi única hija. Relación a la cual no objeto de ninguna forma, ni tampoco cuestiono, ni impongo mayores condiciones que las que no haría valer cualquier jefe de familia responsable e integro como su servidor. Me alaba su sana intención, me hace feliz como padre y por ello licenciado, en el nombre de mi familia y del linaje que tengo, le advierto a Vos que no aceptare de ninguna forma que se atreva iniciar un noviazgo con mi hija, sin antepone primero, la fecha de casamiento.

En ese momento, Jorge Enrique quedo pasmado ante la respuesta del escribano, no esperaba una reacción de esa forma. Amparo mientras tanto, quedo sorprendida con la aceptación que hacía su marido.

-      ¡Porque Usted¡ mi estimado licenciado – continúo el escribano hablando -  no solamente será el futuro esposo de mi hija o bien, el padre de mis nietos, sino que también, será mi hijo adoptivo, mi sucesor en la escribanía, en los negocios que llevo todos los días llevo; en la gran carga y responsabilidad, que implica sostener esta noble profesión, digna de un abogado como Vos.

Jorge Enrique se quedo callado, quería decirle a su futuro suegro, que solamente pretendía iniciar un cortejo y en todo caso, asumiría con respeto la decisión de su hija de contraer o no nupcias con él; sin embargo, don Alfonso, ya daba la plena autorización de un futuro casamiento, inclusive, pedía en forma autoritaria hasta la fecha de la boda.

-      Don Alfonso – esta vez, aumento más el nerviosismo de Jorge Enrique quien por un instante vio, la cara de sorpresa que tenía su esposa Amparo – yo sólo venía a pedirle su autorización para cortejar a su hija, no creo conveniente, salvo que usted diga lo contrario, que tengamos a bien planear la fecha de la boda con su hija.
-      Licenciado, no creo que sea necesario cortejo alguno, si van a llegar tarde o temprano a copular.

La expresión fue demasiada  cruda, lo que provoco la indignación de Amparo, misma que trato de intervenir en la conversación.

-      ¡Quieres callarte¡.- Nadie te ha pedido tu opinión. – grito el viejo.

Amparo guardo silencio, sin poder ocultar su indignación.

-      Lo que me refiero licenciado – dijo el escribano – es que no veo necesario cortejo alguno entre vos y mi hija, podemos pactar una fecha de la boda y con ello,  adelantar una serie de trabajo que me interesa ya encomendarle.

Jorge Enrique se quedo callado, quizás vencido, sorprendido, sin palabras; desde su lugar vio los ojos rojos de Amparo, que sólo escondían coraje y una resistencia al llanto.

El escribano, sin más animo que continuar con la conversación se paro bruscamente de su asiento y le dio la mano a su futuro yerno, como queriéndolo correr de su casa.

-      Así es licenciado, cuenta Usted con mi pleno consentimiento para que corteje a mi hija; sea bienvenido en esta casa y si me perdona el atrevimiento, abandone Vos mi casa, no tarda por anochecer, así que no me gustaría que el próximo padre de mis nietos tenga algún percance que le impidiera cumplir con su palabra. – don Alfonso extendió su mano, el cual fue correspondido por Jorge Enrique – En cuanto a la fecha de la boda, veámonos el próximo domingo al medio día, para afinar detalles.

El escribano acompaño a la puerta de la casa a su futuro yerno, quien todavía seguía sin comprender lo que estaba sucediendo.

A lo lejos, en el primer piso de la casa se encontraba escondida Fernanda, quien estaba escuchando la conversación en compañía de su nana.

-      ¿Qué dijo Nana?. – no alcance escuchar nana.
-      ¡Métase niña¡. La va a descubrir su papa. – grito preocupada la nana, como presagiando que se acercaba un mal.
-      Es que no alcance a escuchar lo último, que dijeron.
-      ¡Métase niña¡.

La nana metió a la niña Fernanda a su recamara, al mismo tiempo que Jorge Enrique abandonaba la casa y el escribano regresaba a la sala de su casa, viendo con coraje aquellas dos tazas de chocolate que se encontraba en la mesa de centro de la sala. Fernando quedo paralizada del miedo que le tenía a su marido, tiempo que resulto suficiente para que éste tomara una de las dos tazas y se la aventara al vestido a su esposa.

-      ¡Eres una maldita puta¡.

Amparo no supo qué hacer ante tal regaño. Era injustificada la reacción que podía tener su marido ante tal situación. El líquido café escurrió su pecho.


-      Lárgate de aquí puta, tú y tu pinché hija. ¡Malditas perras¡.

El escribano tomo su bastón y se dirigió a la biblioteca de su casa, al mismo tiempo que su hija Fernanda trataba de averiguar que era lo que estaba pasando en la sala de su casa. Entonces Amparo, no tuvo de otra que estallar en llanto, sintiendo por momentos lo mojado del vestido y oprimiendo en sus puños y  garganta, las ganas de llorar de coraje.

Pero al escribano, a Don Alfonso, aquel viejo senil, nadie absolutamente nadie entendía por lo que estaba pasando. Resistió a las ganas de tirar cada uno de los libros que se encontraban en la biblioteca, de romper los protocolos, los cristales o golpear intensamente su escritorio. Sólo aventó el bastón y al sentarse en la privacidad de su oficina, abrió su escritorio para sacar de uno de sus cajones, aquella pistola.

-      Maldito licenciado. Maldito Coronel.

El escribano había descubierto el móvil del matrimonio. La verdadera intención era quedarse con el dinero, con la casa, con la hija y también con la esposa.- ¡Malditos mierdas¡.- dijo el escribano con todo el coraje del mundo, con todas las ganas de sacar la pistola y buscar personalmente aquel licenciaducho y ese militarcillo de poco grado, para vaciar sobre ellos, cada una de las balas de la pistola.

Eran momentos de confusión, Fernanda sabía que algo estaba pasando, pero su nana Juanita no le permitía salir de su recamara; mientras que su madre Amparo, desde la alcoba de su casa, permanecía acostada llorando sin cesar; Jorge Enrique se regresaba a su casa, totalmente confundido; mientras que el Coronel Yáñez, desde la soledad de su oficina, acababa de fumar otro cigarro más, viendo como el humo y el agradable olor se diluía, en compañía de su ambiciosa idea.



martes, 16 de agosto de 2016

CAPITULO 13


-      ¡Que gusto verlo Coronel¡.-  Exclamo el Escribano al verse sentado frente al Coronel Martín Yáñez.

El Coronel Yáñez sólo hizo una mueca que denotaba, su aberración hacía ese tipo. Tenía que hacerle unas preguntas respecto a sus gestiones en la legalización de la escritura que días antes había firmado, del mismo modo, tenía que pedirle cuentas respecto a los títulos de propiedad y garantizar la discrecionalidad de los dos millones de pesos escondidos en las cuevas de la Barranca del Moral, pero lo más importante, tenía que tratar el asunto de su amigo Enrique Salcedo.

Cuando Yáñez se dispuso a preguntarle al escribano, el carruaje comenzó andar, siendo este escoltado por el oficial Gaudencio y dos soldados más.

-      ¿Qué razón me tiene respecto a la legalización del asunto de mi general Santa Anna.
-      Precisamente del juzgado vengo Coronel, estoy haciendo las gestiones conducentes únicamente para que la autoridad judicial convalide el acto con su respectiva intervención, y así, darle mayores seguridades al general Santa Anna sobre la autenticidad del acto.

Para esos momentos el carruaje estaba cruzando la calle de los Plateros, frente al Convento de San Francisco; entonces Yáñez pensó dentro de si, que aquel acto, realmente era una farsa, tenía razón Salcedo, no se necesitaba ser abogado para darse cuenta que todo era una farsa. Que el único que saldría ganando de ese negocio inmoral, sería el mismo escribano, cuyos principios le eran mucho más indignantes y desleales que los suyos propios.

-      Llevara a los más una semana Coronel – en forma demasiada segura aseveró el escribano – créame que si he tenido demora alguna, no ha sido por mi culpa; ha sido el juez suplente quien ha puesto algunas observaciones sobre este asunto en particular.
-      ¿Qué le ha dicho?.
-      ¡Nada¡. Pero con sus actos me ha demostrado que no está muy convencido de la legalización del acto; manifiesta una serie de argucias jurídicas para no intervenir en el contrato celebrado con el general Santa Anna, pero le hecho saber, que se trata de una orden de Su Alteza.
-      ¿Quién es ese juez?.
-      Es el licenciado Alfonso Villarejo; es un joven muchacho inexperto, realmente no es el titular del juzgado, el Juez es Su Señoría Pedro Manuel Vázquez Goroyteza, amigo mío de muchos años, pero ha de entender que el estado de salud en que se encuentra Su Señoría, no le ha permitido absorber en forma directa este asunto, por lo que se lo ha encomendado al señor Villarejo.

Ese informe obviamente le genero un instante de preocupación al Coronel Yáñez, nadie absolutamente nadie debía de saber sobre esa extraña compraventa. El escribano había cometido un error, al haberle depositado la confianza de legalizar ese acto en ese juzgado y más con ese Juez Vázquez Goroyteza, quien a su vez, se lo había encargado al tal Villarejo. Esto ocurría, cuando aquel carruaje paseaba por la Alameda, cerca de la casa del Hospicio y del Palacio de la Acordada.



-      Don Alfonso, nadie absolutamente nadie, debe saber sobre los actos de mi general Santa Anna, y menos en estos momentos en que se encuentra la situación política del país. Como entonces, pudo tener el atrevimiento o la absurda estupidez de encomendárselo a ese Juez.
-      No tiene por qué preocuparse Coronel, conozco mi trabajo y el del Juez Vázquez Goroyteza; no tiene por qué suponer que habrá una indiscreción de Su Señoría, respecto a ese negocio que vos y yo conocemos.
-      Pero no me acaba de decir que un tal Villarejo había objetado el contrato.
-      Si así es, pero eso no implica que aquel joven sea un traidor, puede ser un aliado nuestro; es un joven inteligente al cual si ayudamos, el también nos ayudara.

Yáñez se quedo sólo pensando, en la confiabilidad de aquel escribano, cuya desconfianza le seguía teniendo. Pero el que no podía, negarle su capacidad persuasiva y a veces, hasta manipuladora.

Aprovecho el momento para informarle también, que el general Antonio López de Santa Anna ya había entablado comunicación epistolar con él. Encargándole que los títulos de propiedad de los bienes raíces de su propiedad, pasaran bajo su custodia en la Casona de Tizapan, obviamente con la discrecionalidad que ameritaba el caso.

El Jinete del carruaje preguntó al Coronel Yañez, si se irían a Tacubaya, por el camino de Tacuba, para después tomar la Calzada de la Verónica y de ahí a Tacubaya; o bien, irse por el paseo de Bucareli, hasta desviarse por los Arcos de Belén. El Coronel Yañez, opto por la segunda vía.



-      De eso, no tenga la menor preocupación. Os garantizo la debida discrecionalidad que el general requiere. ¡Por cierto¡. Tiene noticia de cuando planea regresar el general a la Ciudad de México.
-      ¿Qué no sabe acaso que el general se encuentra preso en Perote Veracruz.
-      Si, tengo conocimiento de ello. Pero Vos sabe que el general Santa Anna, puede ser preso del mismísimo presidente de los Estados Unidos y regresar a la Ciudad, como lo que es, todo un héroe nacional.

Los dos sujetos, no hicieron más que reír de aquel chiste irónico, parte aduladora y además, de cierta.

-      Así es don Alfonso. Quizás en algunos meses, tengamos conocimiento de nuestro gran héroe nacional. – Suspiro el Coronel -. El dinero. ¿Alguien mas sabe donde esta el dinero?.- Pregunto Yáñez, alzando la voz en un tono prepotente.
-      Donde vos ya sabe. No tiene por qué preocuparse. Nadie absolutamente nadie sabe de esos cofres de oro que se encuentran escondidos en las cuevas de los olivares de los padres carmelitas. Usted mismo los enterró. ¿Lo recuerda?. Ni yo sè os juro, en donde los tiene escondidos.
-      Claro que yo fui el que enterró ese dinero, pero hubo una persona de su propia familia, que sospecha donde se encuentra escondido ese dinero.

El escribano se quedó pensando, quien podía ser.

-      ¡Su esposa¡.  – Afirmo el Coronel.
-      ¿Mi esposa?.
-      Supongo que es su esposa, una mujer alta, de cabellera castaña, de por lo menos, unos treinta años menor que vos. Por cierto, si me perdona el atrevimiento, una mujer todavía muy hermosa.
-      Si es mi esposa, pero no se preocupe Coronel, de ella me encargo yo. – respondió en un tono enfadado el escribano, en cierta forma, le incomodaba la exclamación que de la belleza hacía el Coronel a su esposa.
-      ¿Y no se ha puesto a pensar, que pasaría si faltara Usted?. – la pregunta del Coronel tenía un carácter intimidatorio – ¿sería confiable su mujer?
-      ¿No entiendo a que se refiere?.
-      Si don Alfonso, que pasaría si usted faltare y su esposa, se negara hacer entrega de lo que a mi general le pertenece.

¿A qué diablos se refería el escribano?. Que quería decir eso, si llegara a uno faltar. El escribano, no sabía si ese comentario constituía una amenaza. Después de todo, venía la boca de un militar, quien podía disponer de todos los recursos que su investidura le otorgaba, inclusive hasta de su propia vida.

-      Le reitero que de mi esposa me encargo yo.
-      Se encarga usted en vida, pero no muerto don Alfonso. Que pasaría entonces,. Si de repente, un día de estos, unos asaltantes le roban, le golpean, le quitan la vida. ¿No lo ha pensado?.
-      ¡No…¡. – la respuesta había conseguido en su forma de expresarla, el efecto que había querido el Coronel. ¡Miedo¡.
-      ¿Qué pasaría si el día menos pensado faltare vos a su familia. No lo digo tanto por el dinero y los negocios que tiene celebrados con mi general Santa Anna. Me refiero más que a nada, a su encantadora esposa, y qué decir de su hija.



El escribano comenzó a sentir un nervio que trataba de simular. Cuando se dio cuenta, habían pasado la Fuente de la Libertad ubicada en la pequeña glorieta de Bucareli y  el carruaje circulaba ya por los Arcos de Belén.

-      Mi esposa son herederas de toda mi fortuna. No pasarían penurias …No tendrían de por qué preocuparse, además…- interrumpió el Coronel en forma conciliadora.
-      No don Alfonso, no me refiero a la cuestión económica, del cual como buen hombre de negocios estoy seguro que ha sabido garantizar. Me refiero más a la cuestión del respeto. Vos entiende. Los hombres somos muy cabrones, apenas vemos una mujer sola y hacemos todo lo posible para conquistarla, porque no, somos capaces hasta de vejarlas. ¿Qué acaso no lo ha hecho usted?.

El comentario y la pregunta sobre todo, parecía mal intencionada.

-      ¿Que trata de hacerme entender?.
-      Que el día menos pensado, cualquier sujeto puede entrar a su casa, a realizar actos viles e inmorales, contra su esposa e hija. ¿Podrían fornicar con ellas?. Inclusive con su encantadora mujer.

El escribano cerró el puño, al volver escuchar esa expresión del Coronel a su hija.

-      Si, fornicar con su esposa. – acento más el Coronel. Mostrándole en su cinturón, su revólver. – Lo digo, porque existen muchos rufianes, que le faltarían el respeto a sus seres queridos. No creo que vos desearía la peor calaña a sus encantadoras mujeres, mucho menos a su distinguida esposa, mujer hermosa y respetable, del cual os aseguro que mas de uno, desearía cometer adulterio con ella.

Entonces, el escribano empezó a sentirse no solamente amenazado, sino también privado de su libertad. El tono de la conversación no era obviamente educado, era intimidante; más aun confirmo su sospecha de que estaba siendo amenazado, cuando noto que el carruaje circulaba por los arcos de Belén, temeroso de que su destino fuera el Bosque de Chapultepetl, donde pudiera ser asesinado en esa región desierta.

-      ¿A dónde me llevan Coronel?
-      A su casa don Alfonso. ¡A su casa¡. La hermosa Casona de Tizapan, propiedad de mi general Santa Anna, pero a nombre suyo. ¿No es así?.
-      Así es,…pero supongo que no nos vamos a desviar cuando lleguemos a Chapultepetl.
-      El camino lo decido yo don Alfonso, ¿o qué le desagrada mi persona?.
-      No mi Coronel, de ninguna forma.
-      Entonces, vaya pensando que necesita vos para garantizar el respeto que su amada esposa e hija merecen.
-      No se me ocurre nada.
-      ¿Vos tiene una hija?.
-      ¡Así es¡.
-      ¿Y no cree que tiene edad ya para contraer nupcias.

Quizás esa era la verdadera intención de esa conversación intimidante. El carruaje había llegado a Chapultepetl y estaba ahora, en las inmediaciones del cerro en donde se encontraba el castillo del Virrey don Bernardo de Gálvez, actualmente las instalaciones del Colegio Militar.



-      Si por supuesto. No me diga que vos se encuentra interesado en cortejar a mi hija Fernanda. Si así es Coronel, yo no tengo inconveniente alguno de que vos formalice alguna relación con mi pequeña hija. Creo que usted sería un buen partido para ella, además de que con Vos, podría garantizar esa estabilidad y seguridad que mi familia necesita.

El Coronel se quedo indignado con el ofrecimiento que le hacía el escribano, podía haber aceptado la proposición; pero antepuso primero la amistad.

-      Gracias don Alfonso. Qué más quisiera ser la persona afortunada, para sostener una relación matrimonial con su hija, la cual, admiro su belleza y merece mis atenciones. Pero no soy yo, quien pretende su hija; es un querido amigo, al que vos conoce y el cual, no dudo que ponga objeción alguna para consentir su noviazgo y futuro matrimonio con su hija.
-      ¿No se de quien me habla?.
-      Del licenciado Jorge Enrique Salcedo Salmorán.
-      ¡El licenciado Salcedo¡.
-      Así es don Alfonso. El licenciado Salcedo. ¿Qué le parece la propuesta?.
-      Viniendo de Vos no encuentro objeción alguna. Me parece un buen partido para mi hija, es abogado, además es hombre de confianza.
-      El licenciado Salcedo además de ser funcionario del Supremo Gobierno, se desempeña interinamente como Catedrático en la Academia de Jurisprudencia. Una buena recomendación y podría ser, escribano, juez o magistrado. Porque no, podía proponérsele como Ministro. ¿No lo cree?.
-      Así es Coronel. Si el licenciado Salcedo tiene intención alguna de cortejar a mi hija, tenga la plena seguridad que contará con todo mi aval.
-      Sobre todo don Alfonso, debe pensar en su inminente ausencia. – Nuevamente el Coronel volvió a utilizar un tono hostil de la voz. – No somos eternos, a todos tarde o temprano nos toca. Qué tal si tiene la mala fortuna de ya no regresar a su casa.
-      No creo que sea este el momento.
-      Quizás no, pero si podría ser mañana, dentro una semana, un mes. No lo sabemos don Alfonso. La muerte en cualquier momento nos toca. Qué tal si en este momento, nos cae un rayo, o en el peor de los casos….- El Coronel guardo un silencio pesado para luego sacar su revolver y apuntar hacía al escribano -  una bala perdida lo puede matar.
-      No entiendo esa agresión hacia mi persona.
-      No don Alfonso, no piense lo que no es. Después de todo mi pistola esta descargada. – el Coronel Yáñez abrió el casquillo y le mostró que la misma estaba vacía.- ¿No me diga que lo espante?.
-      Si Coronel. No pensé que fuera tan bromista.
-      Pues ya ve que lo soy.- Ambos soltaron la carcajada. Al terminar de reírse, el Coronel volvió a recalcar.
-      Le encargo mucho a mi amigo Salcedo. Seguramente lo ira a buscar en estos días.
-      No tenga cuidado Coronel.

Entonces el Coronel volteo hacia donde se dirigía el carruaje, el cual había dado vuelta a la izquierda transitando ya por el camino a Tacubaya. Rió silenciosamente el Coronel, el cual simuladamente hizo una señal al jinete del carruaje, para que este aumentara la velocidad de los caballos y pudiera llegar lo más pronto a la casa del escribano.



El Coronel continúo con aquella conversación hostil, intimidatoria y por momentos aburrida. Había matado dos pájaros de un solo tiro. Por una parte, le había hecho un gran favor a su amigo ayudándole en su futuro matrimonio con Fernanda, y por la otra, garantizaba que ese dinero, no solamente la Casona de Tizapan, sino también esos cuatro millones de pesos, siguieran en buenas manos. ¡Ese dinero sería suyo¡. Si era capaz de resistir a un grupúsculo de militares ambiciosos, ignorantes, estúpidos, bien valía la pena retirarse con la mejor de las recompensas. Con esa cantidad, podía irse a vivir a Europa o a Sudamérica. Adquirir otro nombre y nacionalidad. Cambiar de mujer e hijos. Podía ser una persona distinta que ese vil militar del que ya era. Bien valía la pena soportar cada día a todos sus jefes, inclusive al imbécil del general de Santa Anna, del cual, tenía razón su amigo Salcedo. ¡Es un verdadero idiota¡.

El carruaje finalmente llegó a su destino, pues se detuvo frente a la Casona de Tizapan, fue entonces cuando el escribano se sintió aliviado de llegar sano y salvo a su casa; bajo del carro, tomo su bastón y aquellos legajos que sostenía su brazo, procediendo en ese momento a despedirse del Coronel Yáñez.

Al verlo bajar del carruaje, el Coronel Yáñez se quedo mirando aquella lujosa casona del cual, la vida no podía serle ingrata y negarle el derecho de llegar a tener una mansión de ese tamaño y belleza. Podía tenerlo. Más aún, que había encontrado quizás la formula mediante el cual, podía disfrutar lo que ese maldito escribano tenía, sin poderlo concebir, ni gozar, ni esconder. Una bella casa, los títulos de propiedad de medio México, cuatro millones de pesos y una hermosa mujer.

-      ¡Salúdeme a su esposa¡. – Le dijo el Coronel al escribano, cuando éste se disponía entrar a su casa y el carruaje, a emprender la marcha.