domingo, 9 de octubre de 2016

CAPITULO 62


Es difícil dar noticias tan dolorosas como la que Jorge Enrique tendría que hacer a Amparo Magdalena; no encontraba el momento oportuno para hacerlo pero tendría que hacerlo; tenía que buscar lo más pronto posible el momento idóneo para informarle sobre la muerte lamentable de su hija.

Son noticias muy difíciles que uno tiene que escuchar, pero se tienen que hacer. Ante todo poner la verdad por muy dolorosa que fuera, informar las cosas como son, sin titubeos, sin medias tintas, decir las cosas como fueron y no decir más, ni una palabra más que fuera innecesaria, simplemente dejar respetar el llanto, la soledad, el reproche a dios, eso era lo más prudente que podía hacer Jorge Enrique y no tanto, informar sobre la encomienda que minutos antes le había ordenado el general, … indagar sobre los títulos de propiedad.

Aquella noche el general Santa Anna regreso a la casona de Tizapan, no a cumplir su compromiso con Amparo que ya desde la tarde había anunciado, eso era lo de menos, ahora su pendiente no era propiamente satisfacer una necesidad de carácter sexual o saciar su venganza de hombre omnipotente frente a la mujer que constantemente lo despreciaba, su nueva preocupación que lo distraería de esas pasiones humanas, sería el avance del ejército yanqui que ya por esas horas, se encontraba demasiado cerca; en espera quizás de lo que sería el primer combate en la Ciudad.



Aquella tarde el cielo se nublo, los viejos soldados siempre como buenos adivinos predecían que llovería, factor de que de hacerse realidad, influiría en el destino de la próxima batalla; el generalísimo sólo contemplo la noche, sintió el viento, por momentos pensaba en que los americanos estaban cerca de sus terrenos y por otros instantes, recordaba en la mente, aquel tesoro de incalculables joyas, cofres y demás utensilios, que se encontraba escondido, también a tan solo unos pasos de donde se encontraba. No descansaría el general toda la noche, ni tampoco los hombres del bandolero Ignacio Cien fuegos quien en compañía del oficial Gaudencio, se dispusieron únicamente ellos, en compañía de los hombres de confianza de estos, a trasladar treinta carretas que contenía también cofres con oro y documentos y legajos que conformaban según Rejón, el archivo de la nación, para llevarlos sobre aquel escondite en la cueva del diablo del monte más alto del Olivar de las Carmelitas.. No pudo dormir esa noche el general Santa Anna, a media noche, no debía de ser traicionado ni sorprendido de que otro más audaz que él, le robara su tesoro; tampoco podía permitir que por ningún motivo, ese valioso botín cayera en manos de los enemigos; así que cauteloso de lo que podría ocurrir en los próximos días, instruyó al Coronel Melgar Gutiérrez y Mendizábal para que se trasladara inmediatamente a la ciudad de México, y pidiera un regimiento de soldados para que este acudiera a donde se encontraba y así, reforzar con ello la línea defensiva entre la Villa de San Ángel, la plaza de Mexicalcingo, la Hacienda de San Antonio, el puente y el convento de Churubusco. Estaba seguro que esa línea defensiva estaba lista para resistir cualquier ataque. ¡Sin embargo no fue así¡. El general Gabriel Valencia envió un correo a Santa Anna informándole que había estudiado ampliamente el terreno y había tomado la decisión de ir al rancho la Padierna, para evitar el ataque yanqui a cualquiera de las dos fortificaciones de la ciudad, Churubusco y Chapultepetl. Con tal insolencia e iniciativa propia, el subordinado de Santa Anna había desobedecido las órdenes del mando supremo y decidido éste a  estacionar sus tropas, no en San Ángel donde se le ordenó que acampara, sino mucho más adelante, en el rancho la Padierna, un camino rocoso, con magueyes y demasiados árboles, no recomendable para sostener el primer combate con los americanos, aunado a que dicha posición pareciera ser una provocación para que los americanos atacaran primero en forma certera como siempre lo hacían, sin haber tenido el ejército mexicano la debida planeación para montar dicho operativo. ¡Era una estupidez lo que estaba haciendo Valencia¡. Había que sustituirlo inmediatamente del mando. Santa Anna respondió el correo ordenando la inmediata retirada de Valencia al poblado de San Ángel, pero el general Valencia, al mando de la División del norte y de seis mil soldados, respondió que no necesitaba consejos, sino la ayuda del general para derrotar ambos a los yanquis.



Pero ante estos actos de hostilidad entre las filas del ejército mexicano, que importa ya, pues la muerte de una hija es una perdida irrecuperable, Amparo lloró a su hija por lo que le había pasado, por su vida truncada a causa de la guerra que se libraba en los campos de batalla, quizás de esos poderosos cañones y obuses que cargaban en carretas los soldados americanos, entre aquel camino rocoso lleno de piedras volcánicas, llamado  el Pedregal.

Amaneció, el sol volvió a salir y la tarde no se aparecía ni una sola nube, cualquier presagio de luna era fallido, aun pese a que  algunos de los oficiales le informaba al generalísimo del movimiento de las hormigas, ¡patrañas¡ contesto el general. Predecir el estado del tiempo por el movimiento de las hormigas, era un absurdo. No había que observar aquellos minúsculos insectos, sino observar otros más repugnantes, aquellos que estaban tan cerca de unos metros de la primera línea defensiva del ejército mexicano, la que encabezaba el general Valencia el muy ladino se había atrevido a desobedecer y poner entredicho su autoridad de jefe supremo de las fuerzas armadas, motivado de enfrentar a los adversarios en sus intereses personales de ser el héroe de la guerra y no por el interés de la nación a al que representaba Santa Anna.  Entonces el generalísimo suscribió una carta diciéndole al general Valencia  que sin aprobar su conducta arbitraria, obrara bajo su responsabilidad como le pareciera. Una manera muy sutil de decirle, “chingue usted su madre”.



Ya en la mañana, sin que aún se librara el combate, el general Gabriel Valencia tuvo conocimiento, que muy cerca de él, se encontraba el general Santa Anna y que bien o mal, pese a su disgusto y aparente insubordinación, a la hora del combate tenía que apoyarlo; sabia también, porque así le fue informado por sus subalternos,  que el adversario se encontraba en una posición muy cercana a donde se encontraban sus tropas, era evidente que el ataque se libraría en cuestión de horas. Así lo sabía Scott que se encontraba en los mas alto del cerro de Zacatepec, viendo con sus catalejos la zona arbolada en que se encontraban escondidos los soldados mexicanos y presenciando también, el avance determinante de su tropa, así lo vio también el general Santa Anna, en compañía de un regimiento de soldados y de caballería, en los montes del Olivar de las Carmelitas, sitio precioso para tener también una vista panorámica del combate que se libraría.

Eran momentos de tensión los que se vivía en la casona de Tizapan, pues en el drama en que vivía el Amparo era del todo justificado; hubiera sido demasiado absurdo y fuera de toda lógica y de buena educación, preguntarle sobre esos títulos de propiedad, pertenecientes al generalísimo Santa Anna y que habían sido además escriturados por el difunto Alfonso Martínez del Valle; quien podía hacer determinadas preguntas y tomar esas decisiones improvisadas, fuera de toda planeación y motivadas por la ambición política, que las que tenía en esos momentos el general Valencia, que en compañía de los generales Salas y Torrejón, auguraba un combate glorioso en los anhelos de la historia de México, la victoria del 19 de agosto de 1847, de cómo el general Valencia y un puñado de hombres valientes, defendieron la soberanía nacional, ganándole la guerra a los Estados Unidos.



Las tropas del general Santa Ana llegaron a San Ángel, después se dirigieron al pueblo de Tizapan donde se estacionaron sus tropas, esperando la orden del general en jefe a subir a los montes del Olivar de las Carmelitas; mientras eso ocurría, cerca de donde se encontraban cuatro soldados colgados, el oficial Gaudencio le informo a Santa Anna que el trabajo ya estaba hecho, habían podido esconderse todos y cada uno de los cofres del erario publico, al igual que todos los documentos del famoso archivo de la Nación; el trabajo estaba efectuada, tomando además en cuenta, que el bandolero Ignacio Cien Fuegos y doce de sus hombres, estaban escoltando el sitio y poniéndose al servicio del general para lo que este ordenara.  Santa Anna ya más tranquilo por lo que acababa de escuchar, pregunto a Gaudencio si creía que Ignacio Cien fuegos era un bandolero de fiar; a lo que Gaudencio contesto riéndose que ningún bandido era gente de fiar. Santa Anna al escuchar esa opinión miro seriamente a Gaudencio como reprochándole su dicho; Gaudencio corrigió su dicho, en el sentido que solamente los hombres de honor eran de fiar, los que se ganaban la confianza con muestras de lealtad, pero por más que quiso decir Gaudencio, Santa Anna desconfiaría también de aquel humilde oficial.

Santa Anna decidió entonces apartarse del grupo de oficiales militares que lo acompañaban; ¡quédense ahí ahorita regreso¡. Los oficiales respondieron naturalmente que si, por momentos pensaron que esa retirada disimulada de Santa Anna obedecía a que este iba al monte, a buscar un arbusto para poder mear o cagar; era obvio que una diligencia personalísima de esa magnitud, obedecía discrecionalidad.

Santa Anna retirándose donde se encontraba su grupo se dirigió al monte más alto donde se encontraba ahí, Ignacio Cien Fuegos, el bandolero y diez de sus hombres, estaban a la orden del general; debajo de aquellas piedras, donde se encontraba la “boca del diablo”. El bandolero acompañado de toda su banda, diez delincuentes más, vestían uniforme militar, poniéndose a los servicios de Santa Anna para librar el combate que se avecinaba; Santa Anna agradeciendo el gesto de valor, respondió que lo más importante era custodiar la “boca del diablo”, montando una guardia permanente en lo que durara la batalla y después de haberse librado éste.



-      No se preocupe mi general, ahorita mesmo lo hacemos.
-      Don Ignacio – ordeno Santa Anna – la guardia tiene que hacerse dentro de la cueva y no por encima de éste; si los americanos toman el control de este cerro pueden descubrir el lugar, así que lo mejor, será que entren todos al escondite y desde ahí aguanten el tiempo que sea necesario.

El bandolero rió por la propuesta, una risa desconfiada, con miedo, pero fundada; efectivamente, si los yanquis avanzaban se corría el inminente riesgo de que encontraran ese lugar secreto; Santa Anna después de todo tenía razón.  Pero como entrar a la cueva, con que alimentos.

Santa Anna instruyo al oficial Gaudencio, les diera estos ración de alimentos para dos días; a lo que el oficial cumplió dicha instrucción; Ignacio un poco desconfiado le pregunto al general, ¿Quién lo sacaría del lugar?. - ¡Pues nosotros mismos¡. – indignado y en tono eufórico, el generalísimo cuestiono. - ¿Qué no confía en mi?. - ¡Si mi general. Usted dispense, no quise insinuar que desconfiaba de su palabra. – Mire soldado – manifestó Santa Anna en un tono de voz enérgico. – los americanos están aquí abajo; los muy cabroncitos brincan como conejos y nada me garantiza que se monten sobre este cerro; si eso llegara ocurrir, usted tiene la orden de defender este tesoro con su propia vida, ¿Entiende eso?. - ¡Si mi general¡. – la mejor manera de defender este tesoro, es estando escondido en la propia cueva y no afuera encima de este. ¿Lo entiende?.- ¡Si mi general¡. – ¡Entonces que chingados espera¡.

Para esos momentos el cielo empezó a nublarse, una razón de peso para que Ignacio y su pelotón, se metiera a la boca del diablo, para no mojarse en caso de que la lluvia estallara.  Temerosos de la orden, pero leales a la palabra de su jefe, Ignacio se metió a la cueva, con toda su banda; ya allá adentro, Santa Anna ordenó al Oficial Gaudencio, quien ese momento llegaba con las raciones de comida, ingresara también dentro del agujero.

-      Yo mi general.
-      ¡Claro que si pendejo¡. Usted también métase.

El oficial Gaudencio se metió a la boca del diablo, un poco temeroso como todos los demás, pero persignándose también y creyendo en que su general los rescataría; ya todos adentro Santa Anna se agacho al piso y alcanzo ver las cabezas de Ignacio y Gaudencio.

-      Por ningún motivo, se muevan del lugar, así escuchen lo que escuchen. ¡entienden¡.
-      Si general.
-      Me responden con su propia vida cabrones; que nadie entre jamás a este lugar; ¡maldito aquel que lo haga¡; que dios, el diablo y la santa muerte, proteja a este lugar y ustedes cabrones.
-      ¡Si mi general¡.



Santa Anna cogió una piedra y tapo el agujero; quedando ahí enterrados los hombres de su confianza.  Entonces desde lejos, uno de los oficiales de Santa Anna se le acerco, informándole que los americanos estaban avanzando hacía el bosque de San Gerónimo, para sorprender y atacar desde esa posición al general  Valencia; el generalísimo un poco nervioso por lo que acababa de hacer, instruyo a su oficial, para que diera la orden de que la tropa estacionada en Tizapan se trasladara inmediatamente a ese sitio, asimismo solicito el apoyo de unos soldados que lo acompañaran en formar un mirador, armando lo mas pronto posible una pirámide de piedras, troncos, arbustos, cualquier cosa que sirviera para formar una pequeña cúspide.

-      ¿En donde general?
-      Aquí donde estoy parado.

Algunos soldados se dispusieron ayudar a Santa Anna a cargar piedras a donde este se encontraba, para irlas amontonando una sobre la otra – traigan paja también – corten esos árboles, póngalos aquí también, mas piedras cabrones, quiero un mirador en esta posición.

Los soldados obedientes trajeron paja y más piedras para ir tapando ese lugar; Santa Anna observó entonces los cuatro cadáveres que yacían aun colgados en cada uno de los árboles que rodeaban la boca del diablo; viendo con tranquilidad como sus soldados iban cubriendo poco a poco ese lugar.

Mientras eso ocurría y la lluvia empezaba a caer, las tropas del general Valencia resistieron el ataque de los americanos; escondidos en los magueyes y en los árboles, respondieron a fuego el avance de los americanos que también empezaron a esconderse en los arbustos, para continuar su ataque. El general Gabriel Valencia estaba convencido en la victoria; siguió ordenando a sus hombres, fueran tomando posesión de los pequeños montes de la Padierna y asaltaran las casas que en ella se encontraban, para desde ahí, dispararle a los americanos. Fue así que estallo la primera batalla en el Valle de México; los americanos iban cayendo a consecuencia de las balas, al igual que los mexicanos; el combate era disparar y esconderse entre la maleza, avanzar y taparse en los troncos de los árboles; disparar y tirarse al suelo, seguir avanzando y seguir matando para que no lo mataran a uno.

La tropa del general Santa Anna llegaba al Olivar de las Carmelitas, desde ahí el generalísimo Santa Anna, se cercioraba de que ese mirador quedara hecho, sin mirar siquiera el combate que se estaba librando; cosa curiosa para muchos de sus oficiales, era ver que el general estuviera mas preocupado en seguir poniendo piedra sobre piedra sobre esa pequeña cúspide y no observar a detalle lo que estaba ocurriendo.



Sangre y mas sangre, fuego y mas fuego; los rifles disparaban una y otra vez mas; al mismo tiempo que los americanos intentaban tomar control del lugar; hacer uso de su artillería y atacar las posiciones donde se creían se encontraban escondidos los soldados mexicanos.  El rancho la padierna había sido ocupada por los soldados mexicanos y desde ahí libraban el tiroteo con los soldados americanos, muertos por ambos lados, pero el ejército del general Valencia ganaba terreno; era un momento de jubilo para el general Valencia; saber que en ese combate se estaba decidiendo no solamente la defensa de la Ciudad de México, sino la guerra y quizás, el territorio nacional y quizás, hasta la independencia de la república mexicana; aun con más entusiasmo, continuo dirigiendo el ataque contra los americanos; rogando a dios, que llegaran los refuerzos de Santa Anna, para obtener ambos, el triunfo militar.

Sin embargo, a cientos de metros, en la pendiente hacia arriba, en los montes del Olivar de las Carmelitas, Santa Anna montando en el mirador que acababa de improvisar, observó lo que estaba ocurriendo abajo; el muy imbécil de Valencia estaba resistiendo el ataque americano y seguramente el muy estúpido, deseaba su apoyo. El muy infeliz le gustara o no dependía de su voluntad; podía bajar y reforzarlo, pero no se lo merecía. ¡Aun no era el momento¡.



Las tropas del general Valencia siguieron resistiendo el avance yanqui; continuando disparando y acercándose al ejército enemigo, para hacer uso de las bayonetas; el combate se libraba, ya en momentos en los cuales, una lluvia empezaba a complicar mas las cosas; la lluvia de siempre, la misma lluvia de todos las batallas, la que hizo presencia en Palo Alto, en la Angostura y ahora, en la Padierna; agua, pinche agua, la que venía a favorecer como siempre a los americanos; como si el dios Tlaloc, maldiciera también a los mexicanos. Santa Anna presencio desde su mirador, como los americanos realizaban pequeñas escaramuzas en el bosque de San Gerónimo, como queriendo sorprender a Valencia por ese franco; era el momento para atacar, los americanos estaban rodeados por ambos lados; arriba por Santa Anna, abajo por Valencia, ellos en medio, la derrota era segura; Valencia se dio cuenta desde abajo lo que estaba ocurriendo; entusiasmado por el apoyo recibido, grito ¡Viva México¡. … ordeno a los músicos tocaran las dianas en señal de triunfo; los americanos habiéndose dado cuenta de su error táctico, dispararon para emprender la huida, era tarde, la ultima palabra la tenía Santa Anna.

-      ¡Avancen¡. Fue la orden que dio Santa Anna a toda su tropa; la que se no encontraba como espectador viendo la batalla, la que no había disparado, sino contemplado el combate desde arriba, como si fuera una función teatral, una representación militar de cómo se hacen, se ganan y se pierden las batallas; el generalísimo Santa Anna ordenó al Teniente coronel Michel Echeagaray avanzara con su batallón y se metiera al bosque, para desde ahí, acribillar a los americanos que estaban huyendo.

 Era el momento de la victoria; así lo sintieron los soldados de la división del norte del general Valencia, era el momento mas anhelado de la guerra México americana, la victoria tan anhelada que necesitaba la tropa mexicana, ese combate daría la oportunidad de capturar prisioneros de guerra y canjearlos si así fuera el caso, por prisioneros mexicanos y sino era así, si los mexicanos no valían tanto como los americanos, si por lo menos negociarlos para el caso de un tratado de paz; era el momento decisivo, así lo sintió Valencia desde las faldas de Padierna y Santa Anna desde la cúspide del monte del olivar, era el momento que tenía para decidir la guerra y ¿Para quién?. ¿para Valencia?. ¡héroe nacional¡. ¡Libertador de México¡. Un simple estúpido que había desobedecido al mando supremo; que había jugado a ser militar estratega, cuando no era mas que un imbécil que pretendía hacerle sombra, para que los honores y grados militares los recibiera a costa de su talento; si Valencia ganaba esa batalla, no era por el mismo, militar estúpido e engreído, sino lo haría por Santa Anna, pero lamentablemente, el muy infeliz diría a todos, que la victoria se debería a él y nada mas a el; no lo permitiría; en un momento de sensatez y olvidando su emoción castrense; Santa Anna dio la contraorden al Teniente Coronel.

-      ¡Deténgase¡.
-      ¿Qué?.
-      Detenga sus tropas. ¡no tiene caso¡. Mire como huyen los americanos, parecen maricones.
-      General, este es el momento para perseguirlos y capturarlos; están rodeados, abajo por Valencia y arriba por Vos. – replico el general don Francisco Pérez.
-      Que no entiende general. Este combate ya se ganó. Estamos ganando con nuestra pura presencia, sin necesidad de desperdiciar parque.
-      Pero ganaríamos más si disparáramos y entráramos al bosque a perseguirlos.
-      ¡No general¡ … el que da las ordenes aquí, soy yo. ¡entiende¡.
-      Si general.

Por momentos dudo el general Santa Anna, quizás tenía razón Francisco Pérez, pero como dejar la gloria de la batalla a su enemigo político, que diría la prensa nacional; que fue el heroísmo de Valencia quien había salvado a México y el donde quedaba; no era el artífice de la defensa de la ciudad, el comandante en jefe del ejército mexicano, el presidente de la república, el benemérito de la patria; porque diablos le iba a heredar su gloria y buen nombre, su prestigio y fama de buen militar, a un vil mequetrefe, oportunista; “que se chingue con su pendejadas, si me sumaba a su revuelta, entonces donde quedaría mi autoridad”.  – El comandante soy yo¡. ¡No ese pendejo¡. A mi me eligió al pueblo, a mi y nada mas a mi.

La noche cayo y el general Valencia estimo que su regimiento se encontraba debidamente protegido desde lo alto de los montes, por las tropas del general Santa Anna; sabia decisión del general de apoyarlo, de dejar a un lado sus posiciones personalistas y sumarse en serio a la defensa nacional; así los mexicanos unidos lográramos mejores cosas que con nuestras estúpidas divisiones, de esa forma Santa Anna ganaría el lugar en la historia de México que se había construido, un fiel soldado que combatió por la tropa y que apoyo al general Valencia, en la hora decisiva de la guerra México-americana.  “la batalla de Padierna”; fecha histórica en el calendario cívico militar de los mexicanos; el gran héroe de la patria: Gabriel Valencia, fue el que freno el avance los americanos, derrotándolos el 18 de agosto de 1847; logrando con ello, la salvación de la patria.



La lluvia se volvió intensa, era un fuerte aguacero; los soldados de Santa Anna dejaron la posición en que se encontraban y para sorpresa de muchos de ellos, se encaminaron rumbo a San Ángel; sin avanzar a San Gerónimo donde esperaban atacar al día siguiente no era para mas; el generalísimo no durmió aquella noche, pero según él en la penumbra, las tropas americanas estaban ocupando diversos cerros del lugar, San Bartolo, el Capulin y el Cerro del Judío; desde ahí colocarían su poderosa artillería, donde los bombardearía como estaban acostumbrados hacer; así al menos lo hicieron en Cerro Gordo, esa fue la lección que había aprendido y no volvería a caer en el mismo error de siempre; quedarse dormido y sufrir los bombardeos desde las alturas; así que decidió continuar con su plan; dejar que el pendejo de Valencia se rascara con sus propias uñas y emprender la retirada de sus tropas en  aquella noche.

Y en parte tenía razón; porque ni la lluvia y la oscuridad de la noche, había frenado a los soldados americanos, quienes en esa noche, habían logrado reubicarse en la plaza, colocando sus poderosos cañones y estacionando a sus tropas, en los puntos clave de la victoria; ya sin el ejército de Santa Anna, esperaría la luz del día, para dar la estocada final a la batalla de la Padierna.

Así a la mañana siguiente, Santa Anna, que tenía dos días de no dormir; pasaba por Tizapan y después a San Ángel, con su regimiento intacto de no haber participado en combate; no era aun el momento decía Santa Anna, no tenía porque desperdiciar recursos, debía conservar el ejército mexicano para los momentos decisivos y la noche de ayer, no era un momento crucial en la guerra, era un solo combate, de esos que estaba acostumbrado a perder como siempre el ejército mexicano. Y tenía mucha razón, porque a la mañana siguiente, bastaron treinta minutos, para que los cañones americanos que apuntaban a todas partes, destrozaran los árboles, provocaran incendios, derribara construcciones, sorprendiera a los soldados mexicanos, que como siempre, ahora eran estos los que huían, escondiéndose en la maleza, en las barrancas, huyendo como los ratones de siempre, sin responder con fuego, los rifles certeros de los soldados americanos. El general Valencia huyó entre la confusión, tomo su caballo y se perdió en el bosque, como hicieron también, mas de los cinco mil soldados mexicanos que componían supuestamente esa división, así de fácil, Estados Unidos y el comandante supremo de sus fuerzas armadas Winfield Scott se apuntaba otra batalla victoriosa; México perdía y Estados Unidos, como ya era costumbre volvía a ganar.

Esa fue la triste historia de la batalla de Padierna; mas triste fue, que en la boca del diablo, quedara sepultada entre piedras, pasto y el lodo provocado por la lluvia; que aquellos cuatro cadáveres quedaran tirados en el suelo, a consecuencia de los cañonazos de la artillería gringa que había derribado los árboles; era una tristeza lo que estaba ocurriendo para todos; debajo de la cueva, el oficial Gaudencio, el bandolero Ignacio Cien Fuegos y diez soldados mas, impacientes y temerosos de su destino, habían decidió prolongar la ración de comida para mas días, pues lo que habían escuchado horas antes, era sin duda alguna, un combate sangriento, donde seguramente los americanos habían pisado sus terrenos. Para todos los que estaban en la cueva del diablo, custodiando el tesoro de Moctezuma, ¡era sin duda alguna, el momento de esperar y rezar  dios, que Santa Anna no los olvidara y fuera éste a rescatarlos de la muerte.

Lejos de ahí; Santa Anna supuso la derrota de Valencia, lo mejor que le podría pasar a él y al país entero; sólo así, la opinión pública y la historia pondría a cada quien en su lugar; traidores e insubordinados como Valencia merecían eso y más; nadie debía de aprovecharse de la guerra para ganar sufragios y lugares inmortales en la historia de México, obtenidos a base de la traición, el oportunismo y la deslealtad.  Era doloroso lo que había ocurrido, pero mas doloroso hubiera sido el oportunismo político de un tipo ruin como Gabriel Valencia; quien en su momento debería de ser juzgado y responder en Consejo de Guerra por su falta grave de insubordinación.

¡Que importaba ya esta maldita guerra¡. ¡Al carajo México y la bandera nacional¡. ¡la soberanía me la paso por mis vuevos¡. Pero ese tesoro, esas joyitas y moneditas de oro, será mío y nada más mío. 

Y mientras Santa Anna pensaba en lo que haría con esa fortuna, después de terminada la guarra, a lo lejos, en la casona de Tizapan, Amparo Magdalena llora por la muerte de su hija.





viernes, 7 de octubre de 2016

CAPITULO 61


El general Gabriel Valencia recibió la instrucción del general Santa Anna de que trasladara su tropa de la Villa de Guadalupe hasta San Ángel, donde tendría que esperar a que llegara el enemigo. Obviamente era una orden incompleta, tibia y que mostraba cobardía del mando supremo de la defensa de la ciudad, pues no se le ordenaba en ningún momento emprender ataque alguno. ¡Era indignante¡. Esperar que fueran los americanos quienes tomaran la decisión y que el ejército mexicano asumiera una posición defensita, sin tomar la iniciativa esta de sorprender a los americanos y abatirlos en el camino.

Aun y con todo eso, Santa Anna era el jefe supremo de las fuerzas armadas y había que obedecer sus órdenes, aunque estas no fueran dignas de un estratega militar; inconforme con ellas, Gabriel Valencia ordeno a su tropa a efectuar el desplazamiento y dirigirse al sur de la ciudad, para “esperar” a los americanos. Aunque su razón o quizás su instinto le pedía al general, acatar de una vez a los gringos. Entonces Valencia pensó por algunos minutos lo que esa decisión significaría en su carrera militar, podría inclusive hasta convertirse en el héroe nacional que la patria tanto esperaba; ¿Por qué no?. Esperar a los americanos conforme a las instrucciones de Santa Anna no era una decisión militar acertada, atacarlo, in duda alguna, levantaría la moral de los mexicanos. ¿No acaso habían esperado los mexicanos tantos meses para que se librara este combate con los americanos?. La afrenta de Cerro Gordo, la de Veracruz, Monterrey, debía sanarse en las inmediaciones de la Ciudad de México, había que derrotar al enemigo en nuestros campos de batalla, destrozarlos, dejarles un mensaje a los invasores y al gobierno protestante de Polk, de que en México, la dignidad y la patria jamás se vendería.



Santa Anna, para esas horas, había logrado ingresar sobre aquellas lomas del Olivar de los carmelitas, unas pequeños montes cuya posición geográfica se encontraba arriba de los poblados de Tizapan y San Gerónimo; cerca de la iglesia de Tetelpan, en los terrenos propiedad de los sacerdotes carmelitas, montes de olivos y árboles, en las que se encontraban en sus subsuelos, muchas cuevas en las que el pueblo inventaba muchas leyendas, decían estas leyendas que al ingresar en aquellas pequeñas cuevas, uno entraba a las puertas del infierno, que jamás regresaría uno una vez entrado a esos escondites; Santa Anna se rió al escuchar esas leyendas, no eran más que las invenciones de los propios bandoleros que tenían que decir, para asegurar que ningún cristiano, tuviera el atrevimiento de pisar esas cuevas.

-      ¿y las cuevas?. ¿Dónde están esas cuevas?. – Santa Anna pregunto  a Ignacio cien fuegos, cuando observó que en el paisaje boscoso, no se apreciaba ninguna cueva.
-      ¡La cueva esta debajo de sus pies¡.

Santa Anna observó el piso y solamente encontró pasto, pero el bandolero se agacho y quitó la paja, luego unas piedras pesadas, que estaban encimadas una sobre la otra, hasta que finalmente para su sorpresa, encontró un pequeño agujero.

-      Aquí es general. Bienvenido a la boca del diablo.



Santa Anna observó aquel orificio, justo a la medida para que cupiera un cuerpo humano. Al parecer no era la única “puerta secreta”, había otras más, también escondidas con piedras y arbustos.

-      ¿Aquí?.

Pregunto desconfiado e incrédulo.

-      Si general aquí es. Por favor entre.

El bandolero se dio cuenta que Santa Anna por desconfiado no entraría, así que tomo la iniciativa, se agacho, metió sus pies y entro al orificio, como si la tierra se lo hubiera comido. Santa Anna incrédulo que sobre ese orifico estuviera una cueva, escucho a la altura de sus pies, que el bandolero Ignacio le dijera.

-      Pásele General.

Santa Anna, instruyo a Gaudencio que también se agachara y se introdujera por aquel agujero. Hecho lo anterior, entraron otros tres soldados, entonces Santa Anna confiado de que nada grave había allá abajo, se persigno y se dispuso a entrar al orificio.



Era sorprendente lo que estaba viendo. Quien iba a pensar que debajo de aquel agujero, se encontraba toda un cuarto pavimentado con paredes, no alcanzaba a ver porque estaba oscuro, así que el oficial  Gaudencio prendió un quinqué y lo que vió, era aún más que sorprendente. ¡Su tesoro¡. Una cueva construida por los mejores albañiles mexicanos, con la ayuda de la naturaleza, una cueva en lo más alto del pequeño monte, oculta entre piedras ya arbustos, ¿Quién lo imaginaría?. Debajo de esa pequeña cúspide, yacían en el subsuelo aproximadamente unos doscientos metros cuadrados, que incluía hasta calabozos y pequeños quinqués que alumbraban el interior del escondite. Muchos cofres saturados de dinero, Ignacio mostró uno de ellos, para mostrarle a Santa Anna lo que guardaba el escondite; o Santa Anna entonces, vió todo el dinero que tenía escondido; tomo una vara que recogió del piso y con ello, la enterró en alguno de los cofres para pisar al fondo del baúl, la movió y lo removió, con uno de sus puños tomo las monedas que en ella encontró y era oro, realmente era oro. Sonaba como oro, pesaba como era, parecía oro. ¡era oro¡.



Ignacio le explico al general Santa Anna, que ese lugar ya tenía años de haberse construido, aunque no sabía quién era el que había mandado a construir dicho escondite; parte de esa riqueza escondido, según el dicho del bandolero, a quien a su vez se lo había comentado el padre de éste en vida, había sido propiedad de uno de los últimos virreyes españoles, que inconforme de pagar tributo a la corona española, en los tiempos en que Napoleón había conquistado a España, decidió esconderlo.

-      ¿y después?.
-      Después estalló la revolución, el virrey se fue y el dinero se quedó.

Santa Anna no tenía ojos para seguir viendo aquellos cofres de oro; abrió otro de ellos para cerciorarse si eran ciertos; Gaudencio con el quinqué alumbro al general para que este acercara sus manos, su vista y su olfato y se percatara de que lo que estaba viendo era cierto.

-      Así que esto era el tesoro del Virrey.
-      Así es general. Mi padre me decía que el Virrey tenía este tesoro.  Pero que en la época de Napoleón Bonaparte, lo escondieron para no entregárselo a los franceses; después llegó la guerra de independencia, y se tuvieron que esconder para que el padre Hidalgo no los encontrara.
-      ¿Cuánto dinero habrá?.
-      No lo sé mi general. Mucho dinero; tan sólo con un cofre de esos, podría pagársele decorosamente a cinco mil hombres durante un mes; imagínese si eso hace un cofre de estos, que no haría los demás.
-      ¿Los demás?.
-      Si general, los demás cofres. Pase a ver por aquí
.
El bandolero se acercó a una de las paredes de aquel cuarto y abrió una puerta secreta; lo que en ella vió, también era sorprendente:

-      ¿Qué es eso?. – había mucho polvo en el lugar, no se podía apreciar lo que había en ese lugar, inmediatamente sacudieron el lugar, para poder ir ganando visibilidad; prendieron mas quinqués para ver lo que había en ese lugar.
-      No lo sé general. Mi abuelo le decía a mi padre, que eso era el tesoro de Moctezuma.



Había calaveras de cristal, de piedras relucientes de color verde, banco, gris; muchos monolitos, joyas y hasta un penacho; escudos, yelmos, corazas con planchas y adornos de oro puro embutidos, collares y brazaletes del mismo metal, sandalias, abanicos, penachos y cimeras de variadas plumas enlazadas con hilos de oro y plata, perlas y piedras preciosas, figuras de pájaros y animales, labradas o fundidas en oro y plata de exquisito trabajo, cortinajes, colchas y mantas de algodón tan finas como la seda, de variados colores entretejidos de plumajes que parecieran fines pinturas; unas dos planchas de oro, tan gigantes como dos o tres veces más grandes que las ruedas de una carreta, ese tesoro era aún más valioso que todos los tesoros antes descubiertos; Santa Anna demasiado asombrado por lo que estaba viendo, le quitó el quinqué al oficial Gaudencio para con ello acercarse aún más a ese cúmulo de joyas que estaba viendo. Eran muchas piedras, algunas de ellas no sabían si eran piedras verdaderas o prefabricadas por artesanos, sea lo que fuera, eran unos verdaderos diamantes, ¿Cuánto podría valer uno de esos?. Millones de pesos. Quien poseyera ese tesoro, sería el hombre más rico del planeta.



-      Mi abuelo – dijo el bandolero – le contaba a mi papa, que a su vez su abuelo, le decía que este tesoro era el de uno de los últimos emperadores aztecas. La leyenda dice que el conquistador Hernán Cortes lo busco por toda Tenochtitlán, que llegó inclusive a quemarle los pies a Cuauhtémoc para que revelara la ubicación de todo este tesoro, y sabe que… ¡Cuauhtémoc no dijo nada¡. Murió sin decir nada.



Santa Anna con el quinqué en la mano, acaricio aquellos telares, toco esas joyas, esos collares y finos escudos de armas; había mucho polvo, se sentía la humedad del lugar, pero era increíble lo que estaba presenciado, no era muy letrado en la historia de las culturas primitivas de México, pero lo que estaba viendo, era algo inusual; era cosa de otro mundo, de otro México, de una civilización totalmente distinta a la que estaba acostumbrado a vivir;  el generalísimo con su pie y con la otra pata de palo que lo acompañaba, siguió recorriendo el lugar y vio en ella, hasta arcos con flechas, otros penachos, muchas telas con escritos jeroglíficos, no sabía lo que decían, pero había otras cosas que le llamaban más la atención.

-      ¿Que es eso?. – señalo unos barriles.
-      Eso al parecer es pólvora.


Santa Anna ordenó al oficial Gaudencio procediera abrir uno de esos barriles, al destapar dicho barril, salió mucho polvo, todos tosieron, sintieron una pequeña molestia en la garganta, pero después se fue pasando, con la luz del quinqué trataron de ver que era.

-      ¿Que es?.
-      ¡Mas oro mi general¡. Son muchas piezas de oro, no sé cuántas, pero son muchas piezas de oro. Millares quizás; no son propiamente monedas de oro, son monolitos de símbolos aztecas. Pero oro al fin. Con esto hasta podrían fundir cañones con balas de oro.

Santa Anna rió de júbilo por lo que está viendo, ese era su tesoro; sabía de su existencia, siempre se lo había dicho el Coronel Yáñez, pensaba que era una mentira, se lo juraban y perjuraban ante la virgen de Guadalupe que existía ese lugar y el, pese que tenía fe de que ese tesoro era cierto, siempre guardó una pequeña duda sobre la veracidad del mismo, ahora no había duda, el tesoro de Moctezuma, del Virrey o de quien fuera, existía; claro que existía.



El oficial Gaudencio se vio tentado a tomar un puño de aquellos monolitos de oro y esconderlo en la bolsa de su chaqueta, pero el generalísimo prohibió ese atraco; - ¡de aquí nada se mueve¡. – El general ordenó a sus soldados, volvieran a dejar las cosas como estaban antes; con los quinqués siguieron alumbrando aún más puertas secretas que guardaba ese lugar pero el bandolero le explico al general, que aún muchos de esos lugares, permanecían intactos, sin saber realmente lo que había en ellos. Santa Anna incrédulo por la explicación del bandolero no le creyó, pero tampoco quizá exponerse abrir esas puertas, cabía la posibilidad de que ese lugar fuera una trampa y quedara ahí enterrado vivo; así que trato de ordenas sus ideas y ubicarse en el momento histórico que vivía; su misión en esa guerra quizás no era defender el territorio nacional, sino el tesoro del último emperador azteca; quizás era el verdadero sentido de la existencia de su vida, o quizás no, a lo mejor, dios, la virgen de Guadalupe  y la divina providencia le había dado ese regalo, para sacarlo a la venta, en estos momentos en que la segunda conquista de México, amenazaba la independencia de su patria. ¿Que había que hacer?. Santa Anna busco la salida del lugar; así que habiéndolo encontrado, pidió que lo apoyaran para poder salir del escondite; primero salió Gaudencio, por aquel orifico por donde entraron,  ya Gaudencio arriba estiro las manos y el generalísimo, como si fuera los mejores años de su juventud, subió al techo del escondite y pudo salir  de ese mágico lugar.



Seguido de él, salió Ignacio y también los cuatro soldados que acompañaban al general; ahora ya en el monte, los guardias volvieron a tapar el orificio, colocaron esas piedras y después las taparon con orificios, con algunos pastizales y robustos; Santa Anna observó el comportamiento de sus soldados y automáticamente desconfió de ellos, nada le garantizaba que aquellos testigos, fueran de chismosos y revelaran lo que acababan de ver, que tal si volvieran con otros y decidieran robarle a la nación; así que el generalísimo, siempre cauteloso y previniendo el bandidaje que azota a la zona, con la simple  mirada ordeno a Gaudencio y a Ignacio a que con sus respectivas armas de fuego, procedieran a dispararles en la cien, a cada uno de su escoltas, los soldados sorprendidos por el ataque traicionero, trataron de responder pero era demasiado tarde, entre Gaudencio e Ignacio, dispararon a los cuatro soldados, uno seguido del otro y estos murieron. Era preferible matarlos y prevenir cualquier riesgo que significara fuga de información o tentativa de robo al tesoro de la nación.

El generalísimo Santa Anna ordenó que lo cadáveres de esos hombres fueran colgados en cada árbol, como si estos militares hubieran sido ejecutados acusados de desertores; Gaudencio siempre obediente, cumplió la orden, al igual que el bandolero Ignacio Cien Fuegos, cada uno de su respectivo caballos, sacaron las cuerdas, con las cuales hicieron los respectivos nudos al cuello y a las manos de aquellos soldados difuntos, después los colgaron en cada uno de los árboles; entonces el generalísimo, ya más tranquilo, se dispuso a observar la posición en que se encontraba, no debía de olvidarlo, el tesoro estaba en el punto intermedio de esos cuatro árboles, cuya referencia era, donde estaban los cuatro soldados colgados, en frente de la barranca del moral, en el mirador de aquellos pequeños montes del Olivar de las Carmelitas.

-      Necesito a todos tus hombres. – ordeno el general Al bandolero Ignacio.
-      Como usted ordene mi general.
-      Todos tus hombres. ¿Lo entendiste?. Necesito a todos tus hombres, porque son hombres de fiar en quienes si puedo confiar.
-      Si mi general.

Santa Anna desde lo más alto de aquel pequeño monte, observo que aquel mirador controlaba todos los puntos de la Ciudad, podía ver, sin necesidad de telescopio alguno, el cerro de Guadalupe, el de Chapultepetl, el de Iztapalapa, los volcanes Popocatepetl y la Mujer Dormida; podía ver ese paisaje tan hermoso; el cielo azul y soleado las nubes tan blancas como el algodón; desde su posición veía la zona arbolada del Valle de México, las torres de la catedral de México y de la basílica de nuestra señora de Guadalupe; veía también otras torres, podía observar, las iglesias de San Francisco y Teresa la Antigua, la de san Ángel y Churubusco; era un excelente mirador para observar lo que debía de observar, incluyendo desde lo mas lejano, el avance de aquel grupúsculo de hombres al parecer soldados.

Entonces Santa Anna se espantó. ¿Qué estaba viendo?. Pidió al oficial Gaudencio un catalejo para poder cerciorarse si su sospecha era cierta o no, o sino era víctima de aquel espejismo, producido a causa de haber visto lo que minutos antes había visto.

-      ¡Maldición¡.

Gaudencio e Ignacio, le preguntaron al generalísimo, quienes eran esos hombres que desde lo lejos se veían:

-      Son los americanos. ¡Los pinches gringos vienen llegando¡.  



Santa Anna colérico cambió de posición y observó para su mayor tranquilidad, otro regimiento de soldados, presididos seguramente por el general Gabriel Valencia.

Respiro un poco de tranquilidad, trato de no perder la cabeza y guardar compostura y serenidad, así que le esperaría una noche de arduo trabajo; debía de asegurar que su tesoro no fuera descubierto, por lo que debería aún más que esconderlo; para evitar que los americanos lo pudieran oler como perros de caza.

Ignacio mientras tanto, le juro lealtad al general Santa Anna, por lo que se comprometió a traer a todos sus hombres para ponerse a disposición del general. Empezando por su atenta orden de traer el erario público y el archivo de la nación y esconderlo en ese insospechado lugar.

Santa Anna, ya más tranquilo, agradeció el valor y patriotismo de su nuevo sirviente. Tratando de simular la ambición que le brotaba, ordeno a Gaudencio lo acompañara de regreso a la casona de Tizapan, sugiriéndole en su carácter de superior jerárquico, observara la posición en la que se encontraba y no olvidara, cada legua ni pie, de los terrenos que pisaban.

Gaudencio e Ignacio obedecieron, ambos partieron para diferentes caminos; al igual que los miles de soldados mexicanos que acababan de llegar a San Ángel y de los otros miles de soldados americanos, que avanzaban por Tlalpan, ingresando después de varios meses de guerra, al tan anhelado Valle de México.


miércoles, 5 de octubre de 2016

CAPITULO 60


A las dos de la tarde del nueve de agosto de 1847, estalló el primer cañonazo de alarma, anunciando a todos los capitalinos la proximidad del enemigo y haciendo recordar a todo mexicano mayor de 16 y menor de 50 años, a presentarse con las armas o sin ellas, a los distintos puntos de fortificación de la Ciudad de México. Mientras eso ocurría y la circular del ministro de Guerra Lino Alcorta  era circulada por el general en jefe del ejército del oriente Manuel María Lombardini, aquella tarde, una vez que Santa Anna tuvo conocimiento del desplazamiento de la tropa de Winfield Scott a la Ciudad de México, inmediatamente decidió en compañía del diputado Crescencio Rejón, del abogado Salcedo y Salmorán, del coronel Melgar Gutiérrez y Mendizábal y del oficial Gaudencio, a dejar el Palacio Nacional y trasladarse inmediatamente a la casona de Tizapan, con una escolta de aproximadamente de cien soldados, trayendo consigo treinta carretas que contenía cajas con documentos, barriles y cofres que contenían barras de oro, rifles y pólvora, para salvaguardar con ello, los pocos recursos que aún quedaban del erario público y también desde luego, el archivo de la Nación.

Las carretas zarparon y salieron del Palacio Nacional, cruzaron la Alameda, Paseo de Bucareli, Arcos de Belén y tomaron el camino rumbo al Colegio Militar en Chapultepetl, cruzaron el río Consulado, después tomaron el viejo camino a Tacubaya, luego la Villa de San Ángel, para finalmente llegar a la casa de Tizapan, donde se encontraba Amparo Magdalena, viuda del viejo escribano don Alfonso Martínez del Valle. Ese fue el trayecto que tomo la escolta del general Santa Anna, así como cada una de las treinta carretas, que guardaban tan importante tesoro; ahí, el oficial Gaudencio contactaría con el bandolero de nombre Ignacio Cien Fuegos, quien además de ser ladrón del rumbo, era fugitivo de la policía, acusado de haber robado inmensas fortunas y de haber cometido homicidios; dicho bandido, conocía cada pulgada de las montañas del poniente de la Ciudad, sabía de todos los escondites de las barrancas, inclusive las leyendas decían que conocía paso a paso los interiores de las distintas cuevas que yacían escondidas en el rumbo, cubiertas con la vegetación, los arbustos, olivos y sino, con la simple paja o piedra de volcán.

Era importante esa visita a la casa de Tizapan, pues con ella, Jorge Enrique comunicaría a doña Amparo el lamentable fallecimiento de su hija Fernanda; de igual forma, el general Santa Anna tendría la oportunidad valiosa de recuperar los títulos de propiedad de la compraventa realizada a los indios cherokes y los señores Juan Zambrano, don Joaquín de Arrendondo, Joseph Vehlein Arthur Wavell, James Wilkison, James Long  y  Sthepen F. Austin, que le habían vendido a Su Alteza serenísima, grandes porciones de tierra, ubicadas todos ellas al norte de la república. Por vez primera Santa Anna recobraba confianza al enterarse que en rumbo existía un bandolero que lo llevaría al escondido lugar del que tanto le hablaban, iría a recuperar su tesoro y a conocer físicamente el lugar donde este se encontraba. El que tanto le platicaba el desaparecido Coronel Yañez. Ahora el generalísimo era ungido como el último emperador azteca después de la muerte de Cuauhtémoc, viviría el una experiencia muy parecida, con la que hace más de trescientos años Hernán Cortes había sometido a los aztecas; Santa Anna era el nuevo Tlatoani de la resistencia mexica; el nuevo guerrero que tendría la oportunidad de reivindicar la defensa del territorio nacional y con ello, frustrar cualquier ataque o conquista de sus enemigos, los invasores americanos.



Mientras cabalgaba, el general Santa Anna con el control absoluto de la Ciudad, más de veinte mil soldados defendiendo la ciudad, la cual se encontraba asegurada con las fortalezas del Cerro del Peñón, el Convento de Churubusco, el Castillo de Chapultepetl y en todo caso, hasta con el Cuartel de la Ciudadela y el Palacio Nacional; una ciudad protegida por los soldados del ejército mexicano y por los voluntarios civiles que próximamente se alistarían para impedir que  la triste historia de Veracruz, se volviera a repetir.  Tenía entre sus planes, que el primer combate con los americanos se libraría en el Cerro del Peñon, donde los americanos se verían sorprendidos en su extremo derecho por la caballería de los regimientos de los generales Valencia y Juan Álvarez, esa batalla de salir como lo planeaba, frenaría la invasión yanqui, además de posponer cualquier otra invasión quizás en otra campaña militar y mínimo retrasaría la determinación de la guerra por un año mas; Santa Anna tenía la firme esperanza de que si los americanos perdieran ese combate, podrían ser sitiados desde Veracruz y Puebla, para tenerlos acorralados y con ello, obligar su rendición; por supuesto que ese combate victorioso se tenía que dar y debía de darse en el cerró del peñón; pero si así no fuera, si las cosas no ocurrieran de esa forma como lo planeaba, si los americanos entraban por otro punto distinto de la ciudad, como pudiera ser Tlalpan o Churubusco; entonces debía de adelantarse a la partida y poner en un lugar seguro, tanto al erario público, como también el archivo de la nación, que no debía por ningún motivo, caer en las manos del enemigo, ningún instrumento, documento, códice o libro, que comprometiera y pusiera en riesgo, a la soberanía nacional.



¿Porque cuidar esos documentos?, ¿Cuál era el valor de dichos instrumentos?. ¿Qué tanto había que cuidar en esos legajos de papel que decía tener datos muy importantes?. – el diputado Manuel Crescencio Rejón explicó a Salcedo que en dichos documentos, se encontraban muchos secretos que jamás debían caer en manos de los americanos; pues en su aire sensacionalista y ambicioso, utilizaría dichos documentos, para descubrir ciudades perdidas o nuevos yacimientos de oro y plata; Rejón explicaba a Salcedo, que en los tiempos de la independencia, el varón Humbold había donado al entonces Virrey Iturrigaray, diversos libros que había conseguido los antepasados de éste de los reyes de España, códices que a su vez, el conquistador Hernán Cortes rescató de su barbarie destructiva y que había entregado a los reyes españoles para dejar constancia de las cultura retrograda que aparentemente destrozaba y evangelizaba; ah decir verdad, los códices de Humboldt describían en sus jeroglíficos, una serie de rituales  de los antecedentes primitivos de los aztecas, de los príncipes de Texcoco, Tacuba y Tezozomoc, así como de un príncipe poeta de nombre Nezahualcoyotl; dichos códices describía un calendario en que según se predecía los próximos eclipses solares y lunares, así como los acontecimientos más importantes del mundo, incluyendo la caída de los aztecas por la conquista de los españoles y de la aparición de un nuevo imperio que gobernaría a todo el mundo; Salcedo no podía creer lo que decían esos códices que tanto custodiaba Rejón en su carreta, decía también que había una manual de herbolaria, en el que se describía una serie de conjuros con algunas determinadas plantas y hongos con propiedades curativas, fuera pasa sanar e inclusive hasta enfermar a la gente; plantas que también servían para entablar contactos con el “mundo de los muertos” o al “más allá”, una especie de inframundo que según permitía a los seres humanos, comunicarse con sus dioses; esos códices como otros más, se encontraban bajo el resguardo del Supremo Gobierno, otros más estaban escondidos por la iglesia católica, la cual en principio muchos de ellos destruyó, otros los conservo pero negando su existencia, como alguna vez lo hiciera y lo sigue haciendo, con algunos libros de Pitágoras, Aristóteles y Platón.



Habían pasado el pueblo de San Ángel, donde se encontraba una pequeña escolta en custodia del poblado, ahí se encontraba entre los oficiales el bandolero Ignacio Cienfuegos quien se reportó con el oficial Gaudencio, estrechándole un caluroso abrazo como si estos si conocieran de tiempo; acto seguido se traslado a la carreta donde se encontraba el general Santa Anna, para quintarse frente a este su sombrero y acercársele para informarle quizás el parte de novedades; mientras Salcedo contemplaba la escena, lo cual se le hacía demasiado raro, el hecho de que un bandolero malhechor, se acercara con tanto respeto y subordinación, al jefe del estado mexicano, quien representaba ante todo la legalidad y el orden, y que nada hiciera por detenerlo, juzgarlo y castigarlo como delincuente, sino únicamente darle ordenes como si se tratara de un soldado más.



Mientras Salcedo contemplaba esa escena, alcanzó escuchar como Rejón le platicaba sobre las antiguas culturas primitivas que habitaron el Valle de México; le platicaba que muchas de estas civilizaciones eran objeto de estudio de muchos historiadores y arqueólogos americanos; uno de ellos y el más conocido por citar sólo uno de ellos, era William H. Prescott, quien había escrito un libro  que relataba la historia de los aztecas antes y después de la conquista de Hernán Cortes; así, mientras Salcedo seguía escuchando la conversación, observó que el bandolero dejara el gabán y el sombrero que lo distinguía, poniéndose en su lugar una casaca y el sombrero de soldado del ejército mexicano; no era posible que hiciera eso frente a los ojos del primer jefe del ejército mexicano, de quien representaba el orden, de quien había jurado días antes, como siempre estaba acostumbrado hacerlo, observar y cumplir fielmente la constitución y las leyes que de esta emanaban; no había duda con lo que acababa de ver, Santa Anna, era el jefe de todos los gavilleros y bandoleros de la región.

Llegaron a las inmediaciones de la casona de Tizapán, ahí le fue informado al general Santa Anna, que los americanos no habían decidido atacar el cerro de peñón, no se había suscitado el combate que tanto esperaban; Santa Anna por momentos se sintió disgustado por esa noticia; habían fortificado el cerro y metalizándose con su tropa sobre la importancia de ganar ese combate, de haber invertido horas y horas de estudio y en haber mandado a elaborar en forma detallada la cartografía de la región, para que finalmente los americanos, como si se hubieran enterado de los preparativos de la defensa, decidieran esquivar ese punto y entrar por otro punto distinto a la ciudad de México. Eso no era más que espionaje, era claro que dentro de las filas del ejército mexicano, operaban los orejas al servicio de las fuerzas americanas.



Los criados de la casona de Amparo Magdalena, le anunciaron que desde lejos se observaba el avance de un centenar de soldados;  Amparo inmediatamente se dispuso a mantenerse alerta sobre esa insospechada visita; no sabía de lo que se trataba, se mantenía totalmente apartada de cualquier noticia referente a la guerra, únicamente dedicaba las horas del día la mantenimiento de la casa, pero poco sabía de lo que ocurría a la Ciudad de México, lo último que supo fue de la victoria de Santa Anna en la angostura, pero no estaba más enterada de lo que había ocurrido en Veracruz, en Puebla y sobre la posible ocupación de la ciudad de México, la cual seguramente ahora con los últimos cambios tácticos emprendidos por Scott, dicha conquista sería por Tlalpan y Coyoacán.

Amparo se dispuso a recibir la comitiva que en forma imprevista visitaba su casa, no espero que volviera a ver, a ese detestable hombre, entonces bajo del carruaje su viejo amigo, don Antonio López de Santa Anna.



El generalísimo en forma burlona y retadora, había llegado nuevamente a esa Casona de su propiedad; saludo a doña Amparo, haciéndole un gesto falso de caballerosidad inclino su cuerpo hacía ella y le informó que dado el estado de sitio en que se encontraba la ciudad, se vería en la penosa necesidad de acampar en ese lugar, para establecer de forma provisional un pequeño cuartel militar, en ese orden de ideas, anunció verse en la penosa necesidad de tomar el agua y los alimentos que su tropa requería y de exigir obviamente, posada en la casona.

Amparo se mostró disgustada por dicho intromisión, no solamente a su casa sino también a su vida privada; la visita de Santa Anna por esa región, no siempre le era del todo agradable; soportar un tipo ególatra y vanidoso no es confortable, mas tratándose de un tipo como Santa Anna, quien con su actuar soberbio y prepotente, ponía en riesgo su persona como había sido la última vez, en donde había fallecido su marido. Así Amparo con el ímpetu reprimido de quererlo correr de su casa, suavizo su gesto de  coraje, cuando también observó bajarse del otro carruaje, al diputado Manuel Crescencio Rejón, acompañado del abogado Jorge Enrique Salcedo Salmorán.

Cuando Jorge Enrique miro a los ojos de Amparo, la encontró demacrada de su cara, angustiada como siempre, ahí estaba ella y sintió que su mirada era correspondida de una tenue sonrisa y de un gesto que mostraba gusto, como si ambos olvidaran lo que había pasado la última vez en que se vieron. Salcedo se acercó ante la mujer que meses antes había sido su suegra y la que ahora, era y seguiría siendo por siempre, el amor prohibido de su vida; se acercó ante ella, se quitó el sombrero y le beso la mano, con tanto respeto y con un pequeña insinuación erótica de acariciar toda su piel.

Santa Anna acompañado del bandolero – ya vestido de militar – Ignacio Cien Fuegos, se dispuso a señalarle a este lo que contenía cada una de las treinta carretas que acompañaron su viaje; le mostró que en algunas de ellas había barriles de pólvora, en otros rifles, en otras más cofres con monedas de oro que era lo que quedaba del erario público y en otra carreta, una serie de libros, documentos y legajos, que eran según Rejón, el archivo de la nación. Asimismo y ya frente Amparo, le dijo al bandolero que la señora de la casa le haría entrega también, de algunos títulos de propiedad de algunas fincas de su propiedad, a lo que Amparo le respondió:

-      No se de lo que me habla Alteza.



Santa Anna se quedo mirando a esa mujer con un aire de petulancia, como queriéndole decir “no te hagas pendeja”; pero el gesto de Amparo era igual de altanero, envalentonada de sostener una mentira por dignidad, quizás por berrinche y rebeldía, de mera adversión a ese hombre. Así que lo único que hizo el general ante la respuesta retadora de esa mujer, fue sonreírle e instruirle a Ignacio Cien Fuegos, lo esperara, el personalmente quería conocer esa cueva misteriosa, donde se guardaba su tesoro. No si antes, de manera disimulada, se acercó a Jorge Enrique y le dio en voz baja una instrucción.

-      No sé cómo le haga abogado, pero quiero esos títulos de propiedad.

Jorge Enrique, también con ganas de responderle a que títulos se refería, no soportó su asombró de que su pensamiento fuera inmediatamente leído por el general, quien seguido le manifestó:

-      No me vaya a decir también “a que títulos me refiero”. Usted sabe a cuales me refiero licenciado.

Jorge Enrique entonces no pudo disimular más y le respondió.

-      Si general no se preocupe.

Santa Anna entonces sonrío y le toco al hombre a su fiel abogado, procediéndose a retirar del lugar, no si antes de acercarse nuevamente a Amparo, para decirle personalmente.

-      Tenemos un asunto pendiente señora; … ¿Lo recuerda?.
-      ¡Si general¡ ,… claro que lo recuerdo.
-      Qué bueno que lo recuerda, porque esta noche lo trataremos.

Santa Anna con esa risa burlona se dispuso a montar personalmente su caballo, en compañía de una pequeña escolta de once soldados armados con sus respectivos sables y rifles. Cuando entonces, desde lejos observó, a un mensajero cabalgando a todo galope, seguramente con un correo urgente de última hora.

-      General creo que le tienen alguna noticia para Vos.
-      Si ya lo veo; seguramente informaran el cambio de estrategia de Scott para entrar a México.

Santa Anna espero a que el jinete llegara  con él, para entregarle de mutuo propio, la noticia que esperaba: confirmado Scott no había atacado el peñón; el muy infeliz desvió su trayectoria y estaba recorriendo el camino de San Agustín, seguramente para entrar por Tlalpan. Santa Anna se molestó por lo ocurrido. Pero intuía que así iba a ocurrir; bien o mal, antes de que entraran los americanos por Tlalpan, él ya se encontraba en una posición estratégica para conocer el avance del enemigo. Santa Anna entonces ordenó al mensajero, que el general Gabriel Valencia dejara su posición en la Villa de Guadalupe y se trasladara inmediatamente a San Ángel, a fin de poner una barrera de contención en dicho punto y seguir con ello, bloqueando cualquier punto de acceso a la ciudad, inclusive de servir de refuerzo en caso de Scott decidiera asaltar el Convento de Churubusco - ¡Por ningún motivo, dígale al general, Valencia, que se mueva de ese punto¡ ¡Que se quede ahí quieto¡..


El mensajero en señal de subordinación, dio la media vuelta y solicito al mando supremo, un caballo más descansado para girar la orden que acababa de dar. Solicitud que fue debidamente atendida.

Santa Anna pronto entendió que los americanos estaban cerca. Así que le pidió al bandolero que lo acompañaba, lo llevara inmediatamente sobre aquel mirador que le permitía dominar todos los puntos del Valle de México; y también que de una vez le mostrara esa misteriosa cueva que guardaba su tesoro.

El bandolero con su sonrisa asquerosa, carente de varios dientes, le respondió a su jefe.

-      ¡Lo que ordene general¡

Santa Anna se procedió a retirar, para palpar con sus manos, ya fuera viéndolo con sus propios ojos u oliéndolo con su nariz, el tesoro que ese bandolero custodiaba; al que se iba a sumar en su resguardo, aquel nuevo cargamento que guardaba también, la riqueza de la nación. ¡Su tesoro¡. Nada menos y nada más que su tesoro, o mejor, otro tesoro de Santa Anna.