miércoles, 21 de septiembre de 2016

CAPITULO 47


Era Obvio, que se podía esperar del pendejo de Pedro Ampudia, no solamente dejo que otro más pendejo que él, como Mariano Arista perdiera la plaza de Palo Alto y Rasaca de Palma, sino que el muy imbécil, abandono el poblado de Matamoros sin disparar una sola bala, y ahora, nada más y nada menos que ahora, el muy crétino huye de Monterrey como un cobarde, un traidor, una vil gallina, hombre de pocos huevos.

-      Tengo entendido que fue un combate sangriento, fueron más los americanos que murieron que soldados de los nuestros. – explico el Coronel Yáñez.
-      Eso no le quita lo pendejo – contesto el general Santa Anna – merece pasarlo a un Consejo de Guerra, para que de amplias explicaciones sobre su inexplicable rendición y entrega estúpida de la ciudad de Monterrey al ejército invasor.

Jorge Enrique no tuvo de otra que sonreír disimuladamente y pensar desde muy dentro de su alma, que el general que estaba frente a su vista, también se había rendido inexplicablemente y entregado estúpidamente Texas, a los americanos.

Santa Anna no podía disimular su enojo, así que le solicito a Yáñez le prendiera el puro que tenía en sus manos, para tratar de calmar su ansiedad.

-      ¿Me pregunto yo, como ganaremos esta guerra, con generales tan imbéciles como Mariano Arista o Pedro Ampudia?. Chingados indios, cobardes y vendidos.
-      Tengo entendido que el ejército americano esta mejor disciplinado.
-      ¡Claro que esta mejor disciplinado¡. Tienen lo que los mexicanos no tienen, mejor armamento, artillería, disciplina militar, ¡vaya hasta uniformes tienen¡. Lo único que les falta a esos pinches gringos, son guevos.



Treviño y Salcedo se rieron, ante el comentario irónico del generalísimo.

-      Debemos partir lo mas pronto a la Ciudad de México.
-      Lo espera una gran comitiva en la Ciudad, lo elegirán por novena vez en Presidente de la Republica.
-      Este país no necesita un Presidente, esos van y vienen, como las veces que he estado en la silla presidencial; lo que realmente necesita la nación, es un gran hombre, un gran líder, que los lleve a .la gloria, que sea capaz de transmitir a su pueblo, ese sentimiento de patria y bandera, que ninguno de estos pinches indios tienen.
-      Vos es ese hombre – afirmo Yáñez
-      Claro que soy ese hombre, el problema que tengo, es que ninguno de estos pinches indios se ha dado cuenta. El país es un verdadero desmadre, un caos, nadie le interesa esta guerra, en vez de pensar en como vamos a ganarles a esos americanos, saben en lo que piensan. ¡En que Santa Anna, yo, Antonio López de Santa Anna¡, soy un traidor…¡figúrense¡. Si en verdad os fuera un traidor, ninguna pinche comitiva de míseros y lambiscones me hubiera invitado a regresar nuevamente al país. Si en verdad os fuera lo que dijera, yo tampoco tendría necesidad de regresar a ese bendito suelo y lidiar con una bola de cabrones, de estúpidos y engreídos y de hombres tan pendejos como el general Ampudia que pierde la plaza de Monterrey.

El puro de Santa Anna, ya había prendido, así que un fuerte olor a tabaco empezó a respirarse.

El generalísimo empezó a pensar en tantas cosas, viendo aquel cielo azul tan tranquilo y esas nubes blancas que amenazaban en cualquier momento a llover, siguió cuestionándose ante la presencia de dos de sus hombres más allegados.



-      ¿Cómo la paso en Cuba general?. - pregunto Salcedo.
-      Muy bien abogado; el clima es muy parecido al de mi natal Veracruz, las mujeres, eso si, son mas calientes y fogosas, pero igual de efectivas, que la mejor de las putas mexicanas.
-      Ya extrañaba oír esos comentarios, - comento Yáñez.
-      Yo también extraño muchas cosas; no saben cuanto he pensado en la vieja del escribano.
-      En la señora Amparo. – pregunto Salcedo.
-      Amparo, nombre de prostituta persinada, si en esa chingada vieja; nada vez que me acuerdo de ella, se me para la verga.
-      Tiene muy buenos gustos general, lástima que se la coma todas las noches, el vejete que tiene como marido.

Era obvio que Jorge Enrique, no le gustaba escuchar ese tipo de comentarios, menos esa forma tan despectiva de referirse a una mujer tan respetada, como era la madre de su prometida.

-      Pero a que no sabe, quien emparentará con el escribano – cuestiono Yáñez.
-      No se quién.
-      El abogado Salcedo. El mi general, se casara en los próximos días con Fernanda, su hija.
-      Con la hija de Amparo, ah pinche abogadito, que bien escondido te lo tenías. – le dio una fuerte palmada a Salcedo.
-      Gracias mi general. De hecho todavía no hemos contraído nupcias, porque hemos estado esperándolo para que personalmente nos apadrinara la boda.
-      Muchas gracias Enriquito, pero ahorita como están las cosas, veo muy difícil aventarme un compromiso de ese tipo, aunque pensándolo bien, no estaría mal, visitar a mi compadre don Alfonso, a preguntarle: ¡Como vamos?.

Un silencio profundo se suscitó, cuando Santa Anna hizo énfasis a esa pregunta:

-      ¡Vamos bien general. Su dinero esta asegurado, en un lugar tan secreto que nadie conoce ni imagina.
-      Y los títulos de propiedad.
-      También están resguardados – Yáñez miro en forma inquisitoria a su fiel amigo Salcedo.
-      Qué bueno Mario, me da gusto saber que en vosotros puedas confiar mejor, que a los pendejos que tengo como asesores.
-      Porque lo dice general.
-      Porque la gente que está a mi lado, son una bola de lambiscones. Ya me tienen hasta la madre. El Doctor Gómez Farías, no hace más que hablarme de confiscar los bienes a la iglesia, según él, tendríamos dieciséis millones de pesos.
-      Muy buena cantidad – exclamo Salcedo.
-      Si muy buena cantidad, más de lo que tenemos guardado. Con ese dinero haríamos muchas cosas, pero a decir verdad, ya me tiene hasta la madre Farías, con ese tipo de proposiciones pendejas. ¿sabe qué pasaría si Santa Anna confisca los bienes a la iglesia?.
-      No general.
-      Una pinche guerra civil estallaría. El primero en salir derrocado sería yo mismo, además de ser excomulgado y condenado a quemarme por la eternidad, en los infiernos.
-      Habría que reflexionar esa iniciativa – dijo Salcedo.
-      Si habría que reflexionarlo concienzudamente, pero por lo mientras, no quiero tocar el tema, hasta en tanto lleguemos a la capital.
-      ¿Y don Crescencio Rejón?.
-      ¡Otro pendejo¡. Ese nomás pide pendejadas, insiste mucho en que restablezcamos la constitución de 1824 y habla constantemente de una pendejada que le llama juicio de hambearo
-      ¡Amparo¡ .- Exclamo Salcedo.
-      Si amparo, juicio de amparo, un recursillo legal que quiere se implemente en nuestro país.
-      Tengo conocimiento de dicha propuesta, la vez pasada la escuche del licenciado Mariano Otero. – comento Salcedo.
-      Otero…el diputadito tapatío, el de Jalisco.
-      Así es mi general. Es un  recurso legal que cualquier ciudadano avalada en la Constitución, podría interponer, en contra de cualquier acto arbitrario del Supremo Gobierno.
-      ¡Esas son pendejadas Salcedo. Primero tengamos Constitución y ya después, inventemos las pendejadas que queramos. ¡Oh mejor dicho¡. Primero tengamos patria que defender, antes de andar reformando leyes y pensar en quitarles los bienes a la santa Iglesia.
-      El general Nepomuceno Almonte.
-      Una fina persona, pero otro vendido. Hace dos años éramos enemigos, hoy muy amigos. No me extrañaría que hoy fuera republicano y mañana monárquico. ¡Total¡. De un hombre como él se puede esperar cualquier cosa. ¡Nada que ver con su difunto padre¡. El día de ayer me fue a buscar a Cuba a pedirme que fuera Presidente de México, no me extrañaría que el día de mañana, busque a los príncipes de Francia, para ofrecerles la Corona Virreinal.



Salcedo y Yáñez, no hicieron más que reír.

-      General tiene un gran paquete. La gente espera mucho de Vos. – comento Salcedo.
-      Si lo sé. ¿Qué os dicen de mi?. Díganme la verdad, no me mientan.
-      Quiere escuchar la verdad. – Pregunto Salcedo, pero recibió otra mirada inquisitoria de su amigo el coronel Yáñez.
-      De vos dicen que es el mejor mexicano para defendernos de esos americanos. El único nacional que puede garantizarnos unidad. El hombre más patriota que ha tenido México. Un Napoleón hispano.

Santa Anna, soltó una carcajada estruendosa

-      ¡No puede ser que sean tan pendejos¡ - Siguió riéndose el generalísimo.
-      En serio general – reitero Yáñez – todos en la Ciudad de México, lo esperan como su gran redentor. Miles de jóvenes acudirían a su llamado de enlistarse al ejército y defendernos del invasor; la Santa Iglesia, le prestaría el dinero que vos solicitaría, sin necesidad de confiscar sus bienes; todas las familias aristócratas tampoco durarían en financiar la guerra; todos le tienen fe mi general, saben que Vos defenderá nuestra patria, hasta con su propia vida.

Santa Anna sólo se quedó callado, dejando que su sonrisa, se esfumara gradualmente, al mismo tiempo que el humo del puro que fumaba.

-      Muchas gracias por esas palabras Yáñez, pero no nos engañemos, vosotros saben qué tipo de persona soy. Solamente ustedes y no el pendejo de Almonte, ni de Gómez Farías, ni de Crescencio Rejón, conocen al verdadero Antonio López de Santa Anna.
-      Muchas gracias por esa confianza general. – dijo Salcedo – pero a decir verdad, así como hay gente que se exclama muy bien de Vos, también lo es que tiene muchos enemigos, hay muchas habladurías de Vos, muchos rumores circulan sobre su persona. Algunos deseos comentarios son demasiado negativos, que no merecería escucharlos.
-      Díganme cuales, quiero saber.
-      No mi general, decírselos sería ofenderlos.
-      ¡Le ordeno que me los diga¡. – grito Santa Anna diendo una orden.
-      Bueno general – dijo Yáñez – para empezar, dicen que no es cierto esa leyenda de que haya perdido la pierna izquierda, dicen que todo eso es una pantomima suya.
-      ¡Qué¡. Como se atreve a decir el vulgo es infamia. – Santa Anna, se levantó el pantalón y mostró su pata de palo - ¡Esto chingado que es¡. ¡Una pantomima¡. Que piensan que soy un cobarde como todos los generaletes mexicanos.
-      No mi general, pero es que nadie cree en su valentía. Insisten que finge estar cojo, para esconder su cobardía.
-      ¡Nadie cree en mi valentía¡. Pendejos, quien defendió a México de la conquista de los españoles. ¡Yo¡ Antonio López de Santa Anna¡. ¿Quién defendió a México de los franceses, cuando estos vinieron a reclamar unos mendigos pasteles?. ¡Yo Antonio López de Santa Anna¡. Díganme imbéciles. ¿Quién vengo la muerte de don Vicente Guerrero?, quien corrió al último reducto de conquistadores, quien puso a su lugar a esos mercenarios texanos en  el Alamo?. ¡Yo nada más yo¡. Antonio López de Santa Anna.
-      Discúlpeme general,. No quisimos ofuscarlo; Vos sabe que merece nuestro respeto.
-      Muchas gracias por sus palabras, pero estos pinches mexicanos no me merecen. Uno pensando en su porvenir, en su honra, en su bandera, y vosotros dudando de mi honorabilidad, de mi valentía. Seguramente han de pensar también, que esos pinches americanos ya me compraron.
-      Así es mi general, dicen que Vos pacto con los americanos, que ha regresado a México, para vendernos y entregar la mitad de territorio nacional.
-      Esas son patrañas. Ataques infundados hacía mi digna personal. No saben de lo que Antonio López de Santa Anna es capaz. Yo pondré en su lugar a cada uno de esos gueritos invasores y colgare de los huevos, a todos esos infames traidores, que no hacen más que hablar pestes de mi personal.  Pero dígame general, como diablos le vamos hacer. ¡Insisto¡. Sin dinero, sin tropa, sin patriotismo; somos el franco perfecto de esos piltrafas mercenarios, no tenemos unidad, no tenemos identidad, no nos sentimos mexicanos; vaya nada más a Tabasco y los pinches indios de allá se sienten de otra patria; vaya más arriba a Yucatán y también se sienten yucatecos; otros más se sienten campechanos, guatemaltecos, hondureños;  ninguno de estos míseros indios, tiene conciencia nacional; para ellos, nuestro lábaro patrio, no es más que una trapo de tres colores. No son patriotas, no son los soldados de Napoleón.
-      General – comento Yáñez – de acuerdo a sus bienes, cuenta con la cantidad liquida de trescientos mil pesos; pero no olvide que tiene también los siete millones de pesos, que tenemos escondidos en la casa del escribano.
-      Y también los títulos de propiedad de esas tierras que le compramos a los indios.
-      Si general, cuenta también con los títulos, más aparte pueda recabar cálculo yo, unos dos millones de pesos más, que pueden pagarle de impuestos, sin omitir desde luego, quinientos mil pesos que le puede prestar la Iglesia católica.
-      ¿Cuánto dice Gómez Farías que me puede prestar el clero?.
-      Dieciséis millones de pesos.
-      Es mucho dinero, pero no estaría mal esa posibilidad; de todos modos con las cuentas que saca, me refiere aproximadamente unos diez millones de pesos. Los suficientes para resistir y vencer a los americanos.
-      Me parece que el ejército mexicano está mal
-      No le parece Coronel, el ejército mexicano está mal. No tienen uniformes, armamento, caballos, disciplina, no tienen nada mis paisanos, más que sus guevos; fuera de eso, no tienen ni madres de idea, de porque pelear una guerra. ¡esta difícil Coronel¡. Sin dinero, no podemos hacer mucho.
-      ¿Qué instruye general? – pregunto Salcedo.
-      Primero antes que nada, hay que buscar un contacto americano, uno de esos mercenarios gringos que se dediquen a vendernos armas, necesitamos municiones de distintos calibres y rifles mas modernos, por lo menos. Luego hay que buscar unos talleres textiles, para que hagan uniformes para la tropa, necesitamos aparentar que somos un ejército nacional y no una manada de chingados indios pendejos; también tenemos que convocar elecciones y todas esas pendejadas que le gustan los políticos, para lucir sus dotes e histrionismos mesiánicos y se pongan a legislar una nueva Constitución y la introducción de ese recursillo legal llamado juicio de mambaro.
-      Querrá decir juicio de amparo – corrigió Salcedo.
-      ¡Eso¡…juicio de amparo o como se llame. El caso es que hay que organizar el país y tenerlo distraído, para que podamos actuar libremente. No quiero una prensa problemática que me este constantemente chingando, así que no estaría mal, designar una partida de los recursos que obtengamos para sobornar a los periodistas.
-      Si vos lo considera, nos saldría mas barato, encarcelar todos esos expendios de panfletos y encarcelar a los periodistas.
-      No ahorita no es el momento, si hacemos eso, habrá otro general ocupando mi lugar; así que aguantémonos, hay que darle al país la apariencia de tranquilidad; ya bastantes problemas tendremos con esos americanos y la guerra que tenemos encima, para pelearnos con la prensa.
-      Y con la Iglesia.
-      Y con uno que otro político del partido conservador. Así que tenemos mucho trabajo. La vida es corta y la existencia de este país aspira a ser eterna, así que mas vale, vayamos sacando provecho del momento para hacer historia.
-      Cuando partimos a México – pregunto Yáñez
-      Mañana lo haremos, pero no pasaremos a la ciudad, ni aceptare desde luego la Presidencia.
-      ¿Entonces que piensa hacer general?. – pregunto Salcedo.
-      ¡Ir a tu boda cabrón¡. ….hospedarme en la Casona de Tizapan para tomarme otras vacaciones e inspirarme, sobre tácticas y estrategias militares
-      En el arte de la guerra.
-      No en el arte del amor. Tengo que cogerme a esa vieja. No me refiero a tu prometida abogado, sino a su madre, la tal Amparo. La última vez que vi a esa vieja, la bese a la fuerza y la muy maldita me puso una cachetada que casi me vuela los dientes. ¡Todavía me duele¡.
-      Ah que general. Usted consigue lo que se propone.
-      También su amigo Yáñez, quien diría, que este emparentaría con la hija de ese mísero escribano. Además resulta importante llegar a Tacubaya, tengo que recoger lo que me pertenece y partir al norte, lo más pronto posible.
-      A pelearse con los americanos.
-      Así es, pero no sin antes, de apadrinar la boda de Enrique. De cogerme a la vieja y cobrarme unas deudas. ¡Todo por esta guerra¡. Por el amor a México.

Santa Anna observó su puro, hecho de tabaco puro de la Habana, lo olió y se dispuso a fumarlo.



martes, 20 de septiembre de 2016

CAPITULO 46


Términos de la capitulación de la ciudad de Monterrey, capital de Nuevo León, convenidos por los infrascritos comisionados, a saber: El Sr. General Worth del ejército de los Estados Unidos, el Sr general Henderson de los voluntarios de Texas, y coronel Davis, de los rifleros del Mississippi, de parte del Sr. Mayor general Taylor, comandante en jefe de las fuerzas de los Estados Unidos; y los señores generales D. Tomas Requena, D. José María Ortega, y el Sr. Manuel María del Llano, de parte del Sr. General D. Pedro de Ampudia, general en jefe del ejército del Norte.

ARTICULO PRIMERO. Como legitimo resultado de las operaciones sobre este lugar, y la posición presente de los ejércitos beligerantes, se ha convenido que la ciudad, las fortificaciones, las fuerzas de artillería, las municiones de guerra y toda otra cualquiera otra propiedad pública, con las excepciones abajo estipuladas, seran entregadas al general en jefe de las fuerzas de los Estados Unidos que se halla al presente en Monterrey.

ARTICULO SEGUNDO. Las fuerzas mexicanas les será permitido retener las armas siguientes: los oficiales sus espadas, la infantería sus armas y equipo, la caballería sus armas y equipo, la artillería una batería de campaña que no exceda de seis piezas con veintiún tiros.

ARTICULO TERCERO. Que las fuerzas mexicanas se retiraran dentro de siete días contados desde esta fecha, mas allá de la línea formada, paso de la Rinconada, la Ciudad de Linares y San Fernando Presas.

ARTICULO CUARTO. Que la catedral nueva, nombrada Ciudadela de Monterrey, será evacuada por los mexicanos y ocupada por las fuerzas americanas, maña a la diez de ella.

ARTICULO QUINTO. Con objeto de evitar encuentros desagradables y por conveniencia mutua, las tropas de los Estados Unidos no evacuaran la ciudad hasta la evacuación de ella de las fuerzas mexicanas, exceptuándose para ello las casas necesarias para hospital y para almacenes.

ARTICULO SEXTO. Que las fuerzas de los Estados Unidos no avanzaran más allá de la línea especificada en el segundo artículo, antes de ocho semanas o el tiempo que se juzgue necesario para recibir las ordenes o instrucciones de los gobiernos respectivos.

ARTICULO SEPTIMO. Que la propiedad del gobierno general será entregada  y recibida por oficiales nombrados por los generales en jefe de ambos ejércitos.

ARTICULO OCTAVO. Cualquier duda que ocurra sobre la inteligencia de los procedentes artículos, se resolverá de la manera mas equitativa y sobre los principios de liberalidad para el ejército que se retira.

ARTICULO NOVENO. Se hará un saludo por la misma batería de la catedral nueva, nombrada Ciudadela, al tiempo de bajar la bandera mexicana.

Monterrey, Septiembre 24 de 1846. T. Requena.- J. María de Ortega.- Manuel María del Llano.- W.J. Worth, general del ejército de los Estados Unidos.- J.Pinkney Henderson, general de los voluntarios de Texas.- Jefferson Davis, coronel de los rifleros de Mississippi.- Pedro de Ampudia.- Z. Taylor, mayor general de los comandante de las fuerzas de los Estados Unidos.

Nota. En el artículo 6° se halla citado el 2° parece una notoria equivocación, pues no debió haberse hecho mención de dicho artículo, sino del 3°, que es el relativo; pero se ha dejado en esta copia como se encuentra en el original.



lunes, 19 de septiembre de 2016

CAPITULO 45


Cuando el general Antonio López de Santa Anna llegó a México, había muchas cosas pendientes que tratar. Muchas de ellas eran importantes, para poder enfrentar en forma eficaz, la injusta invasión de la que la patria era objeto. Entre los temas pendientes había que hablar de los recursos económicos que necesitaba el ejército para detener la invasión el Norte, al menos el doctor Valentín Gómez Farías tenía que tratar la fecha, en que se le autorizara promover la iniciativa al Congreso para confiscar de una vez por siempre, los bienes inmuebles propiedad del clero y con ello obtener, el dinero suficiente que permitiera abastecer el ejército de uniformes, parque y  sueldos para pagarle a los soldados en forma puntual y así recompensarlos por sus servicios. Otro tema pendiente, era la instauración de un nuevo congreso constituyente, que promulgara de nueva cuenta, la constitución federalista de 1824, al menos, don Manuel Crescencio Rejón tenía un proyecto de ley, de agregar a la constitución, una figura jurídica en el que se reconocieran los derechos civiles de los ciudadanos mexicanos y la protección de los mismos, a través de un recurso jurídico, denominado “juicio de amparo”. Era un tema que a don Manuel le apasionaba hablar y que el general Santa Anna ya había tenido oportunidad de escucharlo durante su viaje en la fragata, el cual aún sin entender con precisión la propuesta, le había dado su visto bueno para que la misma fuera legislada y reconocida en forma constitucional. Se trataba de una propuesta innovadora, que haría a México, elevarse a la altura de las naciones más importantes del mundo, pues al menos estaba convencido que en la guerra contra los Estados Unidos, México tenía que imitar las instituciones de la república vecina para vencerlo. También había otros asuntos que tratar y que eran de vital interés para el general de Santa Anna, uno de ellos, era convocar a todos los músicos del país, para componer una melodía musical que levantara el ego, la valentía y la gallardía de los mexicanos, una marcha solemne, una canción popular, ¡un himno nacional¡. Tendrá que sonar estribante, glorioso, potente, con solo oír la melodía, los mexicanos se sentirían orgullosos de ser mexicanos, levantaría su nacionalismo para ir a morir por la patria en esta guerra injusta. Un himno nacional, como la marsellesa que entonaron los franceses durante los días de la revolución francesa y en las campañas expeditivas de Napoleón Bonaparte. Este himno nacional, acompañaría a Santa Anna en su guerra contra los americanos.

-              General Santa Anna, tenemos varios asuntos que tratar. – Por favor no molesten a su Alteza, déjenlo descansar, viene de un viaje largo para que lo molesten con cuestiones triviales, que en su momento resolverán, ¡déjenlo en paz¡, está pensando. Él sabe cómo hacerlo. Pero es que los americanos se dirigen a Monterrey el general pedro Ampudia solicita refuerzos. – que no entienden, no molesten a mi general. ¿Sucede algo?. – ¡Nada su Alteza, absolutamente nada¡.

El general Mariano Salas anunciaba su renuncia como encargado del Poder Ejecutivo, pero Santa Anna negó en todo momento hacerse cargo de esa alta responsabilidad. - ¡Que no entienden, no lo molesten¡. - ¡Vámonos a la capital mi general. - ¡por favor, insisto en que no le molesté a su Señoría,  en que cabeza suponen que el Benemérito aceptará sus proposiciones, su Alteza viene demasiado cansado, antes que pasar a la ciudad de México, irá a su hacienda El Encero, junto con su bella esposa, para desde ahí, en la tranquilidad de su casa y viendo a sus gallos pelear, poder pensar en su estrategia contra los americanos.



Me encuentro profundamente agradecido con los cargos que Vuestras Excelencias han servido distinguirme, así como de la noble invitación de acompañarlos a la capital; pues no he tenido mejor testimonio de su gratitud, más que suplicarles que se adelanten a manifestar a nuestros compañeros de armas y a todo el generoso pueblo de la capital, que la senda que me he marcado, es dirigirme a la capital y de ahí al norte del país, para frenar el avance yanqui. ¡Pero os lamento informarles¡ que no podré acompañarles por el momento, en virtud del estado de la herida de mi pierna, así como de las intensas emociones de la que he sido objeto. ¡Ruego su comprensión¡.

No se preocupe Su Señoría, entendemos su situación y acatamos sus instrucciones al pie de la letra, discúlpenos nuestro atrevimiento de molestarlo, con las suplicas que cada mexicano hace de su investidura. Partiremos a la ciudad, con las reservas de esta pequeña escolta que lo protegerá y estará a sus más directas órdenes. Los asuntos que resultan de interés nacional, sabrán esperar conforme a su atenta pericia y más atinada estrategia militar.

Muchas gracias caballeros. Os diga al pueblo, que celebren asambleas populares con todos los ciudadanos de los distritos parroquiales, para que puedan expresar libremente sus opiniones y discutir los asuntos públicos; ordeno que se publiquen en todos los periódicos las resoluciones que se adopten en dichas asambleas y que instrumenten todos los mecanismos, conformes a las leyes y a los mandatos de nuestras autoridades, para que dichas determinaciones se cumplan. Que los conservadores sepan la señal de alarma que produjeron en el pueblo mexicano para defender la patria de sus enemigos; que los asesinos de don Vicente Guerrero paguen por sus culpas, que don Lucas Alamán y sus ideas monarquistas, no tengan más cabida en la opinión de la oligarquía; que se discuta de una vez por siempre, la posibilidad de ocupar los bienes eclesiásticos y la supresión de los derechos de estola, que se clausuren los noviciados por la corrupción y prostitución de algunos de sus frailes; que se establezca el matrimonio civil dejando en libertad a las personas, su objeción de conciencia y su autónoma determinación de recibir la bendición de la Iglesia; que se excluya a todos los jerarcas eclesiásticos que tengan ideas contrarias a esta revolución, que acepten de una vez por siempre, que se toleraran los cultos; que el Estado no dudará en prohibir el sacramento de la confesión, por la indebida violación en que han incurrido algunos de sus ministros religiosos que valiéndose de ella, han revelado secretos para denunciar supuestas conspiraciones, desintegrar familias y utilizar el aparato inquisitorio para cometer todo tipo de arbitrariedades. Informen al pueblo de México, que esta revolución será autentica, que los empleados públicos mayores de cuarenta años de edad, deberán renunciar a sus cargos, para os entregar las riendas de la administración, a los jóvenes de hoy. Hagan saber que convocaremos a un congreso constituyente y adoptaremos, para siempre, la Constitución federalista de 1824, con la inserción de la defensa de los derechos civiles, tutelados por el juicio de amparo.

Si mi general. Acatáremos sus instrucciones, marcharemos a la Ciudad de México. Nos abasteceremos y nos enfrentaremos al enemigo en Monterrey o en Saltillo, para desde ahí vencerlo. Diremos al pueblo, que nuestro gran hombre ha regresado, para imponer el orden y la paz, para defendernos de esta afrenta y poner en alto para siempre, el nombre de México.

Doctor Valentín Gómez Farías, don Manuel Crescencio Rejón puede ser un excelente Secretario de Relaciones; en la cartera de Guerra, contamos con el ilustre general Juan Nepomuceno Almonte, hombre congruente con sus ideas, que siempre ha peleado por el bienestar del país y que tuvo el decoro, de renunciar a su investidura de embajador en Francia, al percatarse de la traición de Paredes Arrillaga; mi amigo don Ramón Pacheco puede auxiliarlo en Justicia  y usted, hasta en tanto, el Congreso no haga el nombramiento formal, puede abocarse a la Hacienda Pública, a fin de estudiar y proponer al órgano soberano, la forma en que financiaremos esta guerra.



Partiremos a la Ciudad de México y tan pronto llegue Su Alteza, lo designaremos Presidente de México. Si Su Señoría no pisara la Ciudad, sería un mal entendido y daría pauta a confirmar suspicacias consistentes en comprobar de que su ingreso al país, fue por acuerdo de los Estados Unidos y con el único objeto de pactar la paz y vender la mitad del territorio nacional; entiendan, es necesario que se haga cargo del Ejecutivo.  ¡Tranquilícense¡. El sentir de Su Alteza, es demostrar que no ambiciona el poder, ni traicionar la confianza del pueblo de México. El único cargo que mi general aceptará, será la de General en Jefe de las fuerzas Armadas. Pero mientras tanto, déjenlo descansar. Necesita reponerse el generalísimo de todos sus achaques, démosle tiempo para que reflexione y planteé la táctica y estrategia militar de la defensa nacional.

Aquella tarde, gran parte de los acompañantes que fueron recibir al general Santa Anna se retiraron, dirigiéndose a la Ciudad de México. Sólo se quedaron el Coronel Yáñez, Jorge Enrique Salcedo Salmorán y algunos de sus amigos más allegados; para escoltar y esperar las nuevas instrucciones que se sirviera dictar su Excelencia. También estaba dentro de las personas hospedadas en la hacienda del Encero, don Manuel Crescencio Rejón, quien lo primero que hizo al llegar a su habitación, fue redactar una carta al Secretario de Estado Americano M. James Buchanan. Cabe mencionar que dicha carta, la recibió personalmente el general Santa Anna a su ingreso el día que llegó a Veracruz, el Comodoro Conner hizo entrega de dicha misiva y en razón de ella, el generalísimo pudo entrar tranquilamente al país. “El pasado pertenece a la historia, el futuro sujeto a la providencia, está a nuestro alcance”. Santa Anna sólo se rió. Había que contestar al ministro americano, que su retorno al país, no era para pactar algún arreglo de paz, ni existía mucho menos algún convenio secreto entre él y James Polk presidente de los Estados Unidos. Crescencio Rejón contesto la oferta de paz con un contundente: No. Pobres americanos ilusos que creyeron haber convencido a Santa Anna de cederles la mitad del territorio nacional. Primero tendrán que arrebatarnos nuestro suelo a la mala, antes que rendirnos. – Dígales que no, don Manuel. Esos güeritos americanos creen que me compraron, imagínense que aceptara en estos momentos la paz, que dirían nuestros adversarios, dirían que ese cúmulo de mentiras y rumores propagados, son ciertos, que yo, don Antonio López de Santa Anna, pacte con los americanos. Dígales que no don Manuel, como Vos sabe hacerlo; dígales que defenderé el territorio nacional y que encontraran en cada mexicano, a un verdadero guerrero. ¡No está tratando con apaches¡. Somos mexicanos y muy cabrones. ¡Pinches gringos¡.

El Coronel Gutiérrez y Mendizábal, quien también estaba en la escolta cercana de su Alteza, fue el encargado de recibir la contestación y darla a conocer a toda la prensa nacional. Publíquese en todos los periódicos y tradúzcase al inglés, para que sepan de una vez por siempre, que no existe tal arreglo. Que el regreso del general Santa Anna es para defender la patria y no, como suponen sus adversarios, para pactar la paz. El Coronel Melgar Gutiérrez y Mendizábal acepta la comisión y cabalgando del Encero a la Ciudad de México, hace entrega de dicha carta a los periódicos nacionales; también, entrega un ejemplar de la misa, al Comodoro Conner quien seguía estacionado en el puerto de Veracruz, a fin de que por su conducto, se oficializara la respuesta de Su Alteza, al ofrecimiento de paz de los Estados Unidos.



Mientras eso ocurre, al norte del país, la plaza de Monterrey los soldados mexicanos trabajan día y noche, haciendo fortificaciones. El general Mejía llega con mil ochocientos hombres a reforzar la plaza y a ponerse a las órdenes, del general Pedro Ampudia, quien para ese momento, con sus cinco mil soldados y treinta y dos cañones, era el comandante de la zona, luego de la deshonrosa destitución de Mariano Arista, quien días antes, había perdido Palo Alto, Rasaca de la Palma y entregado Matamoros, sin disparar una sola bala.

El general Pedro Ampudia ordeno hacer un mapa de la ciudad, para detectar cuales eran sus puntos débiles. Hizo también un inventario de sus tropas en el cual, término por convencerse que aquel grupo de irlandeses, serían leales a México y que su experiencia, tanto en el ejército británico como en el americano, podría ser bien utilizada. Tuvo entonces la ocurrencia de entrevistarse con el sargento John Riley, a quien después de escucharlo y conocer su experiencia militar, le otorgo el reconocimiento de teniente y a su gente de batallón.

Aquellos irlandeses, alemanes, escoceses, conocidos como los “rojos”, por la caballera pelirroja de algunos de sus elementos, tenían la costumbre, todas las mañanas de marchar y hacer muestras de su disciplina militar, para ser aceptados por los jefes mexicanos, como soldados a favor de la causa nacional. Eran desertores de las filas del ejército de los Estados Unidos y posibles aliados a la causa mexicana. John Riley, quien apenas tenía cinco meses de haber sido detenido por una patrulla mexicana, huésped sospechoso en el campamento de Linares, entendía un poco de español, comprendió claramente la oferta del general Pedro Ampudia. ¡Pelear al lado de los mexicanos y os concederemos grandes porciones de tierra, les daremos también la nacionalidad mexicana y una pensión vitalicia, por adherirse a nuestras filas¡.¡También somos católicos¡. Irlanda es a Inglaterra, como México a Estados Unidos¡. La causa es justa, defendamos a México, como lo haríamos con Irlanda. Somos naciones hermanas, que nos une la fe en nuestra Santa religión. ¡Sabemos todas las tácticas de la artillería¡. Nuestros maestros oficiales de la Academia West Point, nos enseñaron a como dispararles a ustedes los mexicanos. Lo que nunca imaginaron, es que ese conocimiento que adquirimos, lo emplearemos ahora contra ellos. Somos el Batallón de San Patricio, hagamos una bandera tricolor con el arpa de Irlanda y el nombre de nuestro Santo Patrón, para protegernos en Monterrey de nuestro enemigo. ¡Viva México¡, ¡Viva Irlanda¡. ¡Viva nuestra Religión¡. ¡Batallón de San Patricio Presente¡.



Reforzaremos la plaza. Contamos con el fuerte de la Ciudadela y también con el fortin de la Federación; cubrimos el suroeste y la zona donde la Sierra Madre desemboca en el valle. Nuestros ingenieros y soldados mexicanos reforzaran los fortines de la Tenería, Rincón del Diablo y Puente la Purísima; reforzaremos las calles de la Sultana del Norte, con barricadas y trasladaremos la artillería al Cerro del Obispado, donde atacará el batallón de San Patricio. Esa será nuestra estrategia general Mejía. ¡Así defenderemos Monterrey¡. – General Ampudia, difiero de su posición, esta usted mal; que confianza le merece a esos rojos, son traidores de los americanos, viles mercenarios que cuando no les llegue su salario, lo desconocerán; sus soldados los “bocas de palo” y los “polkos”, correrán nuevamente, como lo hicieron en Rasaca de la Palma y en Matamoros. ¡No tienen la convicción y el patriotismo para defender la plaza¡. – General Mejía, absténgase de ese tipo de comentarios, sus soldados, no son los redentores. – ¡Si no lo son, absténgase de entonces girar instrucciones sobre mi tropa, no nos prestaremos, a sus erróneos planes militares para ocasionar un desgaste inútil de vidas humanas., ¡Es Usted un traidor, si desconoce el mando supremo de esta plaza, que soy yo. - ¡De ninguna forma general, pero su gente está mal; su Inspector de Obras Simeón Ramírez, no dudo su conocimiento en táctica y servicio, pero es un sumo ignorante en fortificación. Esta demoliendo el Fortín de la Tenería; la ubicación de las reservas y la  caballería que comanda el general Romero y Torejón está mal situada: - ¡En mi plaza mando yo general¡. - ¡Con mi gente no se meta general¡. -¡No acepto su falta de subordinación¡.-  ¡Acato sus instrucciones como superior jerárquico, mas tengo la obligación y el deber patriótico de hacerle notar sus errores. - ¡El mando supremo del ejército del norte, no acepta sus recomendaciones y le solicita se abstenga de hacer todo tipo de comentario, tendiente a bajar la moral de nuestros soldados¡.  – ¡Vaya Usted a chingar a su madre¡. – Es usted un pendejo, cuando quiere nos madriamos.- - ¡Pues órale cabrón¡. - ¡Tranquilo general¡.




El general Taylor sólo observa la maqueta de la ciudad, especula los movimientos de su adversario, sabe que después de haber ocupado Reynosa, Mier y Camargo, se encuentra ahora a veinticinco millas de Monterrey. Sabe que algunos de sus soldados, fueron sorprendidos por patrullas mexicanas, así que el combate ha iniciado. Disparen la Ciudadela, general Worth avance con una brigada de infantería y tres carros, hacía la espalda del cerro del Obispado. Los mexicanos quieren sorprendernos con su caballería.



Ese diecinueve de septiembre de mil ochocientos cuarenta y seis, inició una de las peores batallas que la historia de la guerra entre México y Estados Unidos, jama había registrado. Iniciaron los combates, el estruendo de los cañones, el sonoro de las balas y el avance americano, hacía la plaza de Monterrey.

¡General no sea usted un pendejo¡. Reconstruyan el fortín de la tenería, pero para hoy en la noche. – La tropa necesita descansar general. - Descansaran en paz y para siempre, si esos malditos gringos los matan a cada uno de ellos, así que a chingarle cabrones, a levantar ese fuerte, para la noche. A cargar sacos de tierra, ¡pero ya¡. ¡Apúrense huevones¡. …¡Hay que seguir cavando, que el foso esta sin terminar¡..



Y la lluvia. ¡Está lloviendo general¡. La pinche tierra se enlodara, maldito clima. Ah seguir defendiendo la plaza. Habrá sangre para cada pinche americano que quiera entrar a Monterrey. Sangre y muerte, destrucción y peste; nadie saldrá vivo de esta plaza. ¡Morir o vencer¡. Pero esta maldita guerra terminara en Monterrey.

Los batallones mexicanos entran a las casas de las calles principales de Monterrey, en donde esperan el cruzar de los americanos. Entre los campos de maíz, de árboles, magueyes y nopales, el avance americano seguía sin cesar, disparando en doble fila y en forma inmediata, causando bajas a los soldados mexicanos. Su artillería era eficiente y destructiva, a comparación de los cañones mexicanos, que mucho ruido hacían, con poca o nula puntería. ¡Malditas piezas de artillería¡. ¡Sigan disparando cabrones¡. ¡ahí vienen los pinches gringos¡.



La noche cayó y las posiciones de las tropas enemigas se encontraban perfectamente definidas. El general Worth no pudo ser frenado por la caballería mexicana y encontró posición detrás del cerro del obispado, haciendo con esa maniobra, evitar cualquier retiro de las tropas mexicanas. Ahora la plaza, se encontraba sitiada, sin puerta de escape para el general Ampudia. No había más remedio, que ganar ese combate.



La noche cayo, una que otra bala esporádica alcanzo escucharse entre las patrullas tanto mexicanas como americanas que se dedicaron a custodiar el sueño de sus compañeros. Otro grupo de soldados no durmió, siguió trabajando para reforzar las fortificaciones que habían sufrido la embestida de los cañones americanos, otros mas seguían cavando hoyos, cargar entre el lodo, los costales de tierra y construir de la noche a la mañana, los jacales donde se escondería la tropa mexicana.

A las siete de la mañana del veinte de septiembre, iniciaron nuevamente las hostilidades; la tropa americana avanzo hacía la Tenería, quien volvió a presentar resistencia, al mismo tiempo que los americanos, avanzaban hacía las arboledas, donde con mejor ángulo de ataque se disponían a dispararle a los mexicanos. Los cañones volvían a sonar y ocasionar mayores destrozos que los ocasionados el día anterior, una lluvia intensa, ya no de agua, sino de bolas de fuego, bombardeaban la plaza, al mismo tiempo que las familias mexicanas protegidas por los soldados mexicanos, no habían mas que rezar de que una bala, no les cayera del cielo. Al menos, que el hambre, los matara.



Un retroceso de los soldados americanos. El júbilo en los mandos oficiales del ejército mexicano, celebraba, lo que parecía ser la derrota de los enemigos. – esta fecha será recordada, como el día en que las armas nacionales se cubrieron de gloria.- Informaremos al general Santa Anna, que el ejército norteamericano, fue heroicamente detenido en Monterrey, celebremos esa retirada de los americanos, todavía hay comida, tenemos hambre mi oficiales, comamos y pensemos la forma en que haremos de conocimiento publico esta noticia. ¿Quiero un trago de mezcal para celebrar¡.


Un cañonazo, un fuerte cañonazo, derribo el techo donde estaba el general Ampudia. La suerte o la mano de dios, salvo la vida, a los oficiales mexicanos.- ¡Pinches gringos, casi nos matan¡.



Los americanos no retrocedían, por el contrario, movían sus efectivos, ahora acompañados de caballería y de su artillería, para ir ocupando poco a poco, el fuerte de la Teneria. Los mexicanos respondieron con un regimiento de lanceros, pero que poco hizo, ante las municiones del enemigo. El fuego comenzó a propagarse y los jacales de la tenería, empezaron a incendiarse, de donde salían algunos nacionales, ardiendo en fuego, gritando desesperadamente el dolor de consumirse en fuego, pidiendo a dios, el alivio de una bala que los matara.

-      ¡Parque¡. ¿Dónde chingados está el parque?. - ¡Agua¡. ¡necesitamos agua general¡. – Los soldados mexicanos, con la cabeza negra de la pólvora, el uniformo lodoso y fatigados de no haber dormido, por fortificar la plaza, empezaron a sentir la fatiga. Habían resistido en dos ocasiones, el avance americano, pero no pudieron hacerlo por una tercera vez. En esta ocasión, los americanos, pudieron ingresar al fortin y con el grito de ¡Hurra¡, la bandera americana, piso por vez primera, la plaza de Monterrey.

Rincón del diablo y el puente la Purísima siguieron resistiendo; la tarde caía y para el día siguiente, podría definirse el combate.


A las siete de la mañana del día veintiuno de septiembre, volvieron a sonar las dianas y las trompetas de guerra, que acompañadas del sonor de los cañones y del ruido de las municiones, emprendían por tercer día consecutivo, la toma de Monterrey. Las tropas americanas estaban desmoralizadas y por momentos el general Taylor, le cruzo el pensamiento, de ordenar la retirada.



Sin embargo, los americanos, pese a su desmoralizadas victorias pírricas,  habían ocupado ya el fortín de la tenería, ahora les quedaba el fortín de la federación, tras ocupar el primero de los fortines, aprehendieron a varios soldados artilleros, quienes fueron trasladados a las posiciones enemigas en calidad de prisioneros de guerra; mientras eso ocurría, las hostilidades continuaban, sin encontrar para cuando cesarían. Gritos y mas gritos se escuchaban, la fatiga de los soldados, era quizás por no dormir, o por no comer, o quizás, por disparar tanto el fusil. Paralelamente el ejército americano seguía escondiendo en un tupido bosquecillo y rocoso, donde tomaron posición, para hacer uso de sus potentes carabinas Harpers Ferry, modelo 1844, calibre 0.54 de pulgada, que les permitía hacer un disparo seguro, cada minuto.

Para la tarde, los americanos habían ocupado a sangre y a fuego, el fortín de la federación, al igual que el cerro del Obispado. La plaza estaba casi ocupada; los soldados mexicanos, atrincherados y escondidos en las casas de la ciudad, se disponían, a esperar el enemigo; ya sin agua, sin alimentos y luego de haber resistido, tres intensos días de combate. La victoria americana, era inminente. Sólo quedaba el fuerte de la Ciudadela, donde faltaba definirse, la caída total de Monterrey.



El día veintitrés de septiembre, el ejército americano, ingreso a las calles de la plaza; muchos de los soldados, murieron sorprendidos, por la atinada puntería, de uno que otro soldado o civil mexicano, que se disponía a darle su bienvenida a los invasores. Aunque los rumores en ambos bandos, parecían ciertos. El general mexicano capitularía la entrega de la plaza, Taylor mientras tanto, apostaba a que ya fueran las salvas de las municiones, la potente artillería, o la falta de víveres, haría que esa plaza, tarde o temprano caería.

Los oficiales mexicanos atrincherados en la Ciudadela, seguían deliberando entre si la necesidad de rendirse. Unos sostenían el caso de Cuautla, donde el insurgente José María Morelos resistió por mas de cuarenta días a los realistas encabezados por Félix María Calleja; pudiendo demostrar al mundo entero, falso el dicho de que “plaza sitiada, plaza ocupada”. La situación de ahora, era algo parecida, aunque bien, no faltaron los oficiales que en voz baja, dijeron que Ampudia no era el generalísimo Morelos y que mucho menos, los americanos, eran de igual de pendejos que los realistas. Ah decir verdad, Calleja nunca entro a sangre y a fuego a Cuautla; Taylor si lo estaba haciendo.



Fue así como aquel día veintitrés de septiembre, los soldados americanos, decidieron ocupar con todo y contra todo, el ultimo fuerte de la resistencia mexicana; para ello, las tropas invasoras encontraron resistencia, de algunos civiles que de último minuto, ante la inminente necesidad de encontrar alimentos o cansados del estruendoso ruido de las balas, decidieron también resistir a los americanos, con todo aquello que tuvieran a la mano. Casa por casa, los americanos fueron ocupando posiciones y matando o dejándose matar, de aquel que ofrecía la mínima resistencia. Sangre y mas sangre, las trincheras desechas, muertos y un olor pestilente insoportable, que por momentos, el coraje o la angustia de morir, hacía desaparecer.



El general Pedro Ampudia tomo la sabía decisión de comprender que el esfuerzo que habían realizado tanto las tropas mexicanas y la población civil de Monterrey, había sido gloriosa pero no lo suficiente para garantizar la victoria de la mortal batalla. Estaba plenamente consciente que lo que pudo haber sido una victoria y el freno al avance americano, termino por convertirse en una derrota más para el ejército mexicano.

“Después de una defensa brillante, en que el enemigo fue rechazado con pérdida de mil quinientos hombres en varios puestos, logro posesionarse de los puntos dominantes del Obispado y otro al sur de él, como asimismo de un baluarte destacado que se llamaba la Teneria, y llevando sus ataques por entre las casas que horadó con dirección del centro de la ciudad, consiguió situarse á medio tiro de fusil de la plaza principal, en cuya ultima línea estaban nuestras tropas, que recibían daño de sus proyectiles huecos. En estas circunstancias fui invitado para tratar de un acomodamiento que evitase perdidas, pues de abrirse paso a la bayoneta, hallándonos cercados  nosotros de enemigos atrincherados, era consiguiente se dispersase la tropa y nada quedase del material. Pesadas por mi estas consideraciones, también tuve presente que padecía la ciudad con los ataques comenzados y los que se emprendiesen horadando las casas, no menos que con el estrago de las bombas, la escasez que comenzaba a sentirse de parque, los víveres perdidos conforme se adelantaban las líneas del enemigo hacia el centro, lo distante de los recursos, y, por último, que la prolongación por dos o tres días, si acaso era posible, de tal estado de cosas, no podían producir mi triunfo, consentí abrir proposiciones que dieran por resultado el convenio de capitulación adjunto…”


Aquella carta viajo de Monterrey a la Ciudad de México, de ésta a la Hacienda del Encero, donde finalmente luego de leerla Jorge Enrique Salcedo Salmorán, comprendió lo que había pasado. Los americanos habían ocupado Monterrey.



Jorge Enrique Salcedo Salmorán comunico de la noticia al coronel Martin Yáñez, que para aquella noche, se encontraba durmiendo en espera de la noticia.

-      ¿Se perdió Monterrey?
-      ¡Si¡. Tenemos que informarle al general Santa Anna, sobre la última batalla librada.
-      Ahora no es el momento, esperemos que amanezca, mañana le informaremos a Su Alteza, sobre el resultado de la batalla.

Aquella noche, en su alcoba matrimonial, el generalísimo Santa Anna tuvo insomnio, no pudo ni siquiera cumplir con sus obligaciones carnales, de responder satisfactoriamente, sobre aquellas enormes caderas de su esposa Dolores, que dormía plácidamente, sin importarle en nada, si México perdía o ganaba la guerra.

Santa Anna se levantó de la cama, disponiéndose a colocarse la prótesis que sustituía por siempre su pierna mutilada, entonces agarro aquel hule y se la puso en la boca para masticarla y con ello, tratar de ordenar sus ideas; en aquella noche silenciosa, en la que solamente los grillos cantaban y el suspiro de su esposa escuchaba.

Santa Anna, pensó una y otra vez mas lo que el futuro le depararía; observo las paredes de su casa, sus cortinas, sus muebles lujosos y aquella ventana que mostraba como el cielo amanecía, escuchando a los lejos, a sus gallos, cuando comenzaron a cacarear, anunciando un nuevo día.

A la hora del desayuno, Santa Anna seguía pensando en tantas cosas, se bañó y sacó de su ropero, aquel imponente traje militar,, cuyos botones dorados de oro de veinticuatro quilates, tenían la insigne del águila devorando la serpiente. ¿Qué hacer?. Ser preguntaba un y otra vez, al mismo tiempo que se puso sus lujosas botas negras, poniéndose aun aquella bote, sobre la pata de palo que tenía; cuando le fue anunciado por un sirviente, que el oficial Martín Yáñez, tenía algo urgente que comunicarle.

La sirvienta de la casa, ya había preparado unos ricos chilaquiles verdes, acompañado de un suculento jugo de naranja, ahí lo esperarían, su esposa Dolores y su hombre de confianza, don Manuel Crescencio Rejón, para informarle a Su Alteza, lo que ya todo el país sabía.

Antes de llegar al comedor, fue abordado por el Coronel Yáñez, quien le informó a Santa Anna, sobre la ocupación americana de la plaza de Monterrey.

El generalísimo, respondió con un ademán que denotaba indiferencia a la noticia, entonces respondió.

-      ¿Y mi dinero Coronel?.

Yáñez se quedó desconcertado, supo a que el dinero se refería, instruiría a su amigo Jorge Enrique Salcedo para que trasladará inmediatamente a la Ciudad de México y contactará con su futuro suegro, el viejo escribano, Martínez del Valle, a fin de hacerle entrega lo mas pronto posible, de los títulos de propiedad que acreditaban la compraventa de los territorios del norte de México.

-      No se preocupe general. Sus títulos de propiedad están seguros y por lo que se refiere al  dinero, el mismo está en un lugar secreto que nadie conoce ni imagina.

El general Santa Anna, sintió un poco de tranquilidad, al saber que podía contar con aquellos recursos económicos, para sus planes personales; entonces respondió riéndose.

-      ¡Se los encargo Coronel¡.

Santa Anna, le dio una palmada a Yáñez y se dispuso a dirigirse a su comedor, donde desayunaría unos ricos chilaquiles con aquel suculento jugo de naranja. Entonces ahí sentado en el comedor de su casa, se dispuso ordenar.

-      ¡Vámonos a México¡.









domingo, 18 de septiembre de 2016

TERCERA PARTE


Los montes de Tizapan se encuentran más allá de Chapultepetl, entre el Pedregal y el río Mixcoac, arriba de Coyoacán; fue en ese lugar aislado, de rocas y cuevas secretas, donde el guerrero Ixcoatl escondió el tan anhelado tesoro que Hernán Cortes buscó incesantemente sin encontrarlo.

Los años pasaron y aquellas extensas terrenos fueron cedidos por su Majestad el Rey de España a título de encomienda a los españoles conquistadores, posteriormente fueron adquiridos por el cacique de Coyoacán, don Felipe de Guzmán Itzolinque, quien a su vez, decidió donar parte de esos terrenos a la orden religiosa de los carmelitas descalzos.


Los años pasaron y  los guerreros aztecas guardianes de ese tesoro, dejaron de profesar sus creencias religiosas, para convertirse al cristianismo, no sin antes de conservar muchas de sus costumbres, algunas de ellas, ya tan inexplicables como guardar el secreto de aquellos tesoros escondidos que carecían de dueño, pero que paradójicamente pertenecían a solo unos cuantos hombres que no deseaban que nadie los descubriera. Estos guardianes, siempre desconfiados de las autoridades virreinales, conservaron también durante muchos años su record en contra de los españoles, no así de los monjes carmelitas a quienes supieron otorgar su confianza.



A más de cien años de haberse escondido el tesoro de Moctezuma, sobre los montes de Tizapan, los terrenos fueron propiedad de la orden religiosa de los carmelitas, quienes delimitando sus extensas territorios, construyeron dos iglesias, uno de ellos abajo en la planicie en el poblado de San Jacinto Tenanitli, llamándole después San Angel y otro más arriba, cerca del poblado de  Cuajimalpa, donde edificaron un Convento en un lugar llamado Santo Desierto de Nuestra Señora del Carmen de los Montes de Santa Fe. Más conocido como el Desierto de los Leones, en honor a una familia de abogados de apellido León, defensores de la orden religiosa.



La orden de los carmelitas con el apoyo de los guardianes del tesoro, fueron construyendo durante generaciones de años, una red de caminos secretos, aprovechando las condiciones geográficas de los montes, barrancos, ríos, peñascos, cuevas, cavernas; logrando conectar tanto la Iglesia del Carmen en San Ángel, como al Convento del Desierto de los Leones. En dichos caminos secretos, no solamente se siguió guardando el tesoro de Moctezuma, sino que también, sirvió como bodegas ocultas, donde la orden religiosa de los Carmelitas custodiaba las riquezas que sus feligreses que en compra de indulgencias les obsequiaban o se los dejaban en depósito. Los tesoros acumulados, fueron siempre vigilados ya no por los guardianes, sino por los hijos de estos, una generación de hombres valientes desobedientes de la autoridad y cómplices de la misma, en sus actos inmorales y corruptos.



A inicios del siglo XIX y con las noticias provenientes del reino España, referentes a la detención del Rey Fernando VII y del usurpador de la Corona José Bonaparte; las autoridades virreinales encabezadas primero por el Virrey José de Iturrigaray y después por Pedro Garibay, temieron la ocupación francesa de la Nueva España, así que decidieron trasladar todo el oro y la plata acumulada de la hacienda pública del virreinato, inclusive hasta cargamentos de pólvora y parque, a la orden religiosa de los carmelitas de los descalzos, para que éstos las custodiaran por siempre, en los lugares secretos que sólo éstos conocían.





La revolución de 1810 culminó en 1821 con la independencia de México. Mientras que los tesoros acumulados de los carmelitas permanecieron ocultos y ahora censurados ante la posibilidad de que los mismos, fueran descubiertos por los gobernantes corruptos del México Independiente. Por gente enferma de poder y de ambición, como don Antonio López de Santa Anna.