martes, 13 de septiembre de 2016

CAPITULO 40


El Colegio Militar se confirma lo que ya no era un rumor, era cierto. La guerra entre México y Estados Unidos había estallado, ahora los adversarios tratarían de ocupar Monterrey. Lo estaban haciendo con Tampico y Veracruz. El puerto de California ya había sido también ocupado. Los cadetes del ejército eran entrenados, para enfrentar si ellos a así lo decidían, la inminente invasión ante los Estados Unidos.

Jesús Melgar sintió la derrota nacional. Sus propios profesores le hacían conciencia de que México no contaba con las suficientes armas para defender el territorio nacional. Los americanos eran muy superiores. Solamente un milagro podía salvarnos de este desastre. Un hombre superior, un gran líder, un mexicano a la altura de Napoleón Bonaparte, que pusiera esos descendientes de los ingleses en su lugar. Ese hombre, era el que necesitaba el país. No era suficiente la valentía del general Paredes Arrillaga quien se disponía abandonar la ciudad para buscar combate al enemigo; se necesitaba a un autentico y verdadero patriota. Alguien que nos salvara, que devolviera el orgullo nacional.

Muchos de los padres de familia, recogieron a sus hijos del Colegio Militar. Uno de ellos, era el cadete Leandro Valle, quien en contra de su voluntad, tuvo que abandonar el Colegio, bajo el argumento de que su madre enferma, agonizaba y quería ante todo ver a su hijo por ultima vez; aunque ah decir verdad, lo que querían los padres del cadete Leandro Valle, era tener a su hijo, cerca de cualquier amenaza del invasor.



Mientras tanto la Ciudad de Puebla se estremecía con la muerte de su inminencia el cardenal Manuel Posada; misas en su honor y un cortejo fúnebre, por la pérdida de tan distinguido ministro del Señor. No así el préstamo de la Santa Iglesia católica al Supremo Gobierno Mexicano daba alivio a las finanzas nacionales. Con ello se pudieron reclutar más de tres mil soldados, que partirían a Tlanepantla, con parque, artillería, caballería y una que otra mula. Sin embargo, dios no quiso augurarle buena suerte a dicha expedición, una fuerte lluvia freno la salida del ejército nacional; el agua presagio que en los próximos días, quizás, en los próximos años, una oleada de desgracias terminarían por acabar el país. – No nos desalentemos, sigamos marchando.- Pero el agua cayo tan fuerte, que muchas carretas quedaron atascadas en el lodo, el cargamento era cada vez mas pesado y muchos de los soldados levantados en la leva, aprovecharon el momento para huir. Era incontrolable la situación, los caballos, relinchaban y el agua hacia imposible el avance de la tropa. Luego de seis horas de marchar contra el agua, la tropa llega al cuartel de Tlanepantla. Las noticias no eran nada alentadoras; habían renunciado los ministros castillo Lanzas, Iturbe y Tornel. El general Nicolás Bravo, nuevo presidente de la Republica, en carácter de interino por la ausencia del presidente constitucional Mariano Paredes Arrillaga, se dispuso a nombrar a José Joaquín Pesado como Secretario de Relaciones, don José María Jiménez en el Ministerio de Justicia, don Antonio de Garay en Hacienda y a don Ignacio Mora y Villamil como ministro de Guerra. La apariencia era que el general Paredes Arrillaga escapaba de la ciudad, que dejaba de ser presidente, que no debía de abandonar la ciudad, porque tan pronto lo hiciera, un nuevo cuartelazo lo destituiría del mando.



El general Pares Arrillaga no dejaba la ciudad por ese miedo de ser en cualquier momento desconocido. Para hacer acto de presencia, ordeno al presidente del Congreso general Anastasio Bustamante y al presidente interino, el general Nicolás bravo, circulara un nuevo manifiesto a la nación, en la cual desistía de sus principios monarquistas y ordenaba la restauración de las Bases Orgánicas, nuevas elecciones para enero de 1847. – Ordeno al general Nicolás Bravo, que el nuevo gobierno se establecerá el 1 de enero de 1847 con fundamento en las Bases Orgánicas. También diga, que aseguraremos la paz interior de la República, que concederemos indultos y amnistía por todos los delitos políticos, que dictaremos leyes en beneficio de la agricultura y de las artes, que aprehenderemos a todos los malhechores.

Pero resulta tarde dicho manifiesto. La revolución de Mazatlán, se había extendido a Jalisco y ahora en Veracruz. El general Paredes Arrillaga desde su cuartel en Tlanepantla, no sabe si regresar a la Ciudad de México o dirigirse al Norte para combatir a Taylor. No se siente apoyado, quizás ahora el destino le juega lo mismo que en su momento hizo con Mariano Arista. Necesita el apoyo de toda la tropa, de todo el dinero, de todo el Gobierno; necesito ir tranquilamente al norte para combatir a esos americanos; pero no sabe si realmente podrá partir. – Todo se paga general – No olvide que hace un año tenía esa importante misión que le encomendó el entonces presidente José Joaquín Herrera y no olvide tampoco, que en vez de dirigirse al norte para reforzar al general Arista, cambio de rumbo y se dirigió a la Ciudad de México. – Todo se paga general – Ahora obsérvese, con la tropa con la que podía reforzar las tropas del norte y frenar el avance o Yanqui, o con las que podría regresar a la Ciudad de México. ¿ Que chingados hacemos?. – Tome mezcal, un trago más. ¡Al carajo con estos pendejos.- Nuestros peores enemigos, somos nosotros.

Jorge Enrique Salcedo y Salmorán trata de buscar a su novia Fernanda,  le dice que el país está en pie, no solamente de la guerra, sino de la revolución. Fernanda se espanta e implora a dios, que su novio Jesús Melgar no le hagan daño. Ojala también se escape del Colegio Militar, que su padres vayan a recogerlo, como lo han hecho otros más; que el Colegio Militar se quede sin alumnos, sin mártires, sin un estudiante más; que dicten un bando y ordenen su inmediata clausura; huyamos del país, los americanos están sitiando Monterrey.

Las clases en el Colegio Militar se ven amenazas de ser suspendidas. El director del Colegio pide calma a todos los estudiantes. No detendrá a ningún estudiante, si quieren regresar con sus padres, podrán hacerlos muchachos; pero si quieren morir como héroes, también pueden hacerlo. - ¡Que estupidez¡ - dice Jesús Melgar. – morirme por estos imbeciles. Por esos traidores, que huyen como ratones ante un ejército dispuesto a responderle todos sus abusos.

El Coronel Mario Gutiérrez y Mendizábal aparece de nuevo. Luego de un año de no ser visto por el licenciado Salcedo, regresa para darle un fuerte abrazo a su amigo el licenciado Salcedo y Salmorán y anunciarle la nueva noticia. El regimiento militar de la plaza de Ciudadela se levantara en armas las próximas horas, desconociendo el manifiesto y la supuesta presidencia de Paredes Arrillaga y sus títeres, los generales Bravo y Bustamante – Mi muy estimadísimo amigo, el general Salas se alzara hoy en la tarde. Le he hablado bien de Usted, sabe bien que puede contar con usted. – le da un fuerte abrazo y le comunica, que en cualquier momento, Santa Anna regresa a México.

Salcedo y Salmorán huye de su oficina, nuevamente la presidencia de la republica esta en peligro. No sabe si recoger sus documentos e irse como todos los demás, o quedarse para recibir a quien dentro de unas horas, sería el próximo presidente de la república. Quisiera tener una forma de comunicarse con su amigo Yáñez, quisiera tener un oráculo o algún aparato que le permitiera comunicarse con Amparo; a que mensajero mandaría a decirle a su consejera que nueva acción emprender; observa al oficial Gaudencio que prepara los cartuchos de su pistola, celebrando para esas horas, la derrota de este presidente.

James Thompson sabe perfectamente que la caída del gobierno mexicano es inminente. Sabe también de algunos arreglos amistosos entre Santa Anna con algunos de sus homólogos en la Habana; no tiene duda, ni miedo alguno, de que su misión secreta triunfara. Acostado en la cama de su amante Lupita, Thompson fuma un puro, contraviniendo los mandatos de su religión mormona sigue suspirando el humo del tabaco; piensa y descansa un rato, luego fornica una vez más con su amante y recibe todos los informes que el congal de prostitutas comunica sobre los movimientos políticos y militares del gobierno mexicano. Sabe perfectamente, que a las seis de la tarde, el general Mariano Salas se levantara en armas; proclamando el retorno de Santa Anna.

A las dos de la tarde, el Coronel Gutiérrez y Mendizábal informa al general Mariano Salas que las oficinas del Palacio Nacional se encuentran abandonadas, el general Nicolás Bravo no ofrecerá resistencia. Se congratulan de la retirada del general Paredes Arrillaga – huye el muy señorito, pinche maricon, viejo ridículo, no tiene los tamaños de mi general Santa Anna. – cerca de ahí, el ilustre don Valentín Gómez Farias termina de redactar el nuevo manifiesto con el que se restaurara la Constitución de 1824. - Imprimase más de mil ejemplares, péguese en todas las casas, en todos los comercios, en todas plazas. El general Antonio López de Santa Anna regresa a México.

A unos cuantos kilómetros de la Ciudad, la plaza ocupada por el general Francisco Pérez, desconoce al gobierno de la ciudad de México; se suma a la revolución de Mazatlán, la misma de Jalisco, ahora en Veracruz y próximamente, la que estallara en la ciudad de México. – Que se invite al ilustre general Antonio López de Santa Anna para que venga inmediatamente a ponerse al frente del ejército sostenedor de la independencia y de las libertades nacionales. Fuera los espurios mexicanos, por querernos someter al peor y mas vergonzoso vasallaje, pretendiendo llamar a un príncipe extranjero con título de monarca; por querer traicionar la independencia y contravenir la soberanía del pueblo. 

 Todos están a la espera de lo que ocurrirá. Salcedo y Salmorán abandona la oficina del Palacio Nacional y se dirige a la Casona de Tizapan para ver a su novia. Ahí en la casa de ella, ve a Amparo y también a su suegro, que para esas horas, celebraba con un brindis la caída de este gobierno. – El regreso de Santa Anna es inminente. La patria será salvada. - Fernanda está preocupada, porque desde algún lugar del Colegio Militar, el director del mismo es informado también, que el presidente de la republica huyo del país y que una nueva asonada militar, restaurara un nuevo régimen presidencial.



A las seis de la tarde no pasó nada en la capital. Solamente, las ratas huyeron de ella. ¿Dónde esta el general Nicolás Bravo?. ¿Dónde está el general Anastasio Bustamante?. ¿Dónde está el comandante en jefe de la revolución de Jalisco que juró defendernos de los americanos?. Todos escondidos. En un cuartel de Tlanepantla, la deserción de soldados es evidente. Mariano Paredes Arrillaga quiere morirse. Una embarcación parte de Veracruz con destino a Cuba; desde lo lejos, la naval americana observa con vinculares la tripulación de dicha fragata. Una sonrisa del enemigo. El robo del siglo, del milenio, está por realizarse.

Aquella madrugada, el toque de corneta se escuchó en el cuartel de la Ciudadela. Centro del poder político de todo el país. No lo era el Palacio Nacional, no lo era la Catedral Metropolitana; no lo era tampoco el cuartel militar de Tlanepantla. A las seis de la mañana, los soldados fueron concentrados en la explanada del cuartel, para esperar las instrucciones de su nuevo comandante en jefe.



Las razones de la nueva revolución, debían darse a conocer:

1° Que desde que dejó de existir la Constitución que libre y espontáneamente se dio la Republica, las que posteriormente se han formado, no han sido conforme con las exigencias y deseos de la gran mayoría de la nación.
2° Que de aquí han venido las continuas oscilaciones que han afligido el país hasta el extremo de que despedazado éste y después de haber agravado con estudio sus males exteriores, se han creído autorizados algunos espurios mexicanos para quererlo someter al más vergonzoso vasallaje, pretendiendo llamar un príncipe extranjero que lo gobierne con el titulo de monarca.

Así iniciaba el manifiesto que era pegado en cada casa. En cada esquina, en cada plaza. La nueva revolución prometía ahora si, un verdadero cambio. Un llamado a la conciencia nacional para defender la independencia nacional.

3° Que para facilitar tan horrible traición a la independencia se han tenido la osadía de desconocer la soberanía del pueblo, nombrando un Congreso en el que se han reunido con especial cuidado los elementos mas extraños, pero los mas propios para consumar el oprobio de la nación.
4° Que siendo nulas todas las leyes que dicte el actual Congreso y los actos del gobierno, porque ni el uno ni el otro son legítimos, queda en consecuencia siempre existente un motivo justo para que la nación continúe reclamando el ejercicio de sus incontestables derechos usurpados por la presente administración.

Pero pocos son los que entienden el significado de estas palabras. Nadie sabe lo que es la patria, lo que es la independencia y la soberanía, mucho menos saben lo que es un Congreso. Los soldados de la Ciudadela, solamente están en posición de firmes, esperando las ordenes que se sirviera dictar su general Mariano Salas.

5° Que componiéndose ésta de hombres adictos, unos a la monarquía, otros al detestable centralismo y desafectos todos al ejército, cuya disolución meditan tiempo há, porque encuentran en él un obstáculo para realizar sus perversas miras.
6° Que si estas llegasen desgraciadamente a tener efecto, serían ilusorios los beneficios de la independencia, a la que sacrificamos nuestra sangre y nuestra fortuna para tener el derecho de regirnos conforme a nuestros deseos e intereses.
7° Que constituyéndonos con arreglo á la voluntad de la gran mayoría de la nación, tendremos al fin un código estable, y á su benéfica sombra se desarrollarán nuestros grandes elementos de poder y riqueza, terminando para siempre nuestras agitaciones interiores.
Hemos venido en proclamar y proclamamos el siguiente plan de verdadera regeneración de la República:

La promesa de apoyar a la revolución, era el aumento de sus haberes, el otorgamiento de grados y la concesión de tierras para todos aquellos que podían reclutar, mayores soldados a la causa. La tropa escucha esta nueva promesa. El nuevo caudillo revolucionario, pasa lista a los presentes. El silencio absoluto espera la nueva proclama del movimiento regenerador de la República.

- Estimados soldados. Hijos de la patria. No soy hombre de palabras. No se hablar en público. Quizás tampoco sea el líder que necesita el país en esta guerra contra los Estados Unidos de Norte América. – Dijo el general Salas, ante el regimiento de mil soldados que callaba ante su superioridad. - Lo único que si puedo decirles con toda seguridad, es que si se, lo que le conviene a mi país, y lo que no le conviene. También se quién puede ser un traidor y quien puede ser un héroe. Al menos la experiencia me ha dicho, que si existe un traidor, ese ha sido el que ostenta el cargo de Presidente, a quien responde al nombre de Paredes Arrillaga y quien se ha dedicado vender la patria, no solamente ante los americanos; sino que ahora, mancilla nuestra independencia para que México vuelva a ser una colonia de los Españoles.

ARTÍCULO 1° En lugar del Congreso que actualmente existe, se reunirá otro compuesto de representantes nombrados popularmente según las leyes electorales que sirvieron para el nombramiento del de 1824, el cual se encargará así de constituir á la nación adoptando la forma de gobierno que le parezca conforme a la voluntad nacional, como también de todo lo relativo a la guerra con los Estados Unidos y á la cuestión de Texas y demás departamentos fronterizos, queda excluida la forma de gobierno monárquico que la nación detesta evidentemente.



Son varios los liberales que atraídos por la revolución, acuden a la casa del doctor Valentín Gómez Farias para manifestarle toda su solidaridad. La razón había llegado a los gobernantes de ese país con el movimiento regenerador. Hombres ilustres como el doctor Farias y el liderazgo del general Santa Anna, otorgaban mayores garantías de seguridad para la defensa del país, en éstos, sus momentos más difíciles de vida independiente; que las ideas conservadores y monarquistas, del peor grupúsculo político que había tenido el país; sean por siempre aniquiladas. El pueblo de México y sus mejores hijos, han decidido defender ante todo a la Republica.

ARTÍCULO 2” Todos los mexicanos fieles a su país, inclusos los que están fuera de él, son llamados á prestar sus servicios en el actual movimiento nacional, para el cual se invita muy especialmente al Excelenticisimo Señor General, Benemérito de la Patria, don Antonio López de Santa Anna, reconociéndolo desde luego como general en jefe de todas las fuerzas comprometidas y resueltas á combatir porque la nación recobre sus derechos, asegure su libertad y se gobierne por si misma.

Reconozcámoslo todos. Santa Anna podrá tener todos los errores de cualquier ser humano. Puede ser mujeriego, apostador, voluble, soberbio, hasta por momentos demasiado hablador; pero su patriotismo y su valentía no esta en duda, su capacidad de arrastrar a las masas, de levantar ejércitos de la nada; se liderar al país hasta al final, es indiscutible. ¡Ese es Santa Anna¡. ¡Que regrese a México¡. ¡La patria entera lo espera¡ . La tropa de la ciudadela vuelve a dar otro grita de efervescencia a la voz de : ¡Viva Santa Anna¡. Cuando el general Mariano Salas, promete a la tropa, que el no será el hombre que defienda a la patria de la invasión yanqui; él no es quien se pondrá a frente de los mejores soldados de la patria para ir a combatir el enemigo; él únicamente proclama la nueva revolución, para la defensa de la soberanía nacional y también para que regresara Santa Anna; para que con él, se estableciera de una vez por siempre, orden, la prosperidad, la defensa de cada centímetro del territorio nacional.

ARTICULO 3° Ínterin se reúne el soberano Congreso y decreta todo lo que fuera conveniente para la guerra, será precisa obligación del Ejecutivo el dictar cuantas medidas sean urgentes y necesarias para sostener con decoro el pabellón nacional y cumplir con este deber sagrado sin pérdida ni de un solo momento.

Que todos sepan la gravedad de las cosas. San Francisco California fue ocupada. Nuevo México esta siendo sitiada; Texas ya es propiedad de los americanos; Matamoros ha caído; Tampico y Veracruz han sido bloqueadas navalmente. Más de cinco mil soldados americanos, entran al territorio nacional, para despojarnos de nuestra independencia. - El traidor no es aquel que huye de la capital como el general Paredes Arrillaga, quien nunca se dirigió al norte para frenar el avance americano; quien nunca tuvo el menor interés para la defensa del territorio; quien sólo se dedicó a gastar recursos para una campaña propagandística para convertirnos en vil colonia de los Españoles; quién miente y huye a escondidas, con argumentos supuestamente patriotas, pero a todas luces, cobardes como lo ha sido él y todo su nefasto gobierno. Quien ahora escapa de la capital, tras siete meses de prometer el decoro nacional y salir corriendo, como el peor de los hombres afeminados. - ¡Muera Paredes Arrillaga¡. ¡Muera la monarquía¡. ¡Viva Santa Anna¡. ¡Viva la Republica¡.

ARTICULO 4° A los cuatro meses de haber ocupado las fuerzas libertadoras la capital de la Republica, deberá estar reunido el Congreso de que habla el artículo primero, para lo cual será obligación del general en jefe expedir la convocatoria en los términos insinuados, y cuidar de que las elecciones se hagan con la mayor libertad posible.

Nuevas elecciones, fue lo primero que pensó el abogado Mariano Otero, luego de haber leído la convocatoria. Una nueva oportunidad se daba el país. El golpe militar era racional, era un acto, que si bien no era apegado conforme a la ley, si lo era justo políticamente bien acertada. Un gobierno racional con una democracia autentica. Un cambio de rumbo. ¡La salvación nacional¡.

ARTÍCULO 5° Se garantiza la existencia del ejército, asegurándole que será atendido y protegido como corresponde á la benemérita clase militar de un pueblo libre.

La tropa callada sabía por lo menos que Santa Anna era un buen militar. Un verdadero líder. Las promesas de mejores haberes eran reales. Los altos oficiales así también lo sabían; nadie sabe cómo, pero Santa Anna consigue dinero hasta por debajo de las piedras. Todos lo quieren. Todos lo odian. Pero son mas los que lo aman, lo temen, lo respetan, lo siguen; le son capaces hasta de morirse por él. ¡Ese es nuestro Napoleón, el es el salvador de la patria. ¿Qué dios bendiga por siempre a don Antonio López de Santa Anna¡.

El Colegio Militar declara su total imparcialidad a la revolución santa annista, pero no se declara su enemigo. Están todos de acuerdo, que ese hombre fuerte que necesita el país, es precisamente el general Santa Anna. El héroe de Tampico, el Protector de Anahuac; el por siempre Benemérito de la Patria.

ARTÍCULO 6° Se declara traidor á la nación cualquiera que procure retardar la reunión del citado Congreso, atente contra él, poniendo obstáculos á la libertad de sus miembros, disolviéndolo ó suspendiendo sus sesiones o pretenda oponerse á la constitución que establezca ó á las leyes que expida con arreglo al presente plan.

La nueva revolución iniciaría. La esperanza de una patria nueva estaba por llegar. El ejército acuartelado en la Ciudadela, la espera la orden de ocupación del Palacio Nacional; al mismo tiempo que el distinguidísimo doctor Valentín Gómez Farias recibe en su casa, a cientos de connotadas personas, que le ratificaban su lealtad, su total subordinación a sus ideas liberales, anticlericales y nacionalistas. Abrazos y más abrazos recibía el doctor, en forma paralela mientras los soldados de la Ciudadela, salen del cuartel, para ocupar posiciones, cerca del Palacio Nacional. Todo esto ocurre; abrazos al doctor Farias, tropa que se moviliza y una pequeña embarcación que parte de Veracruz, con destino a Cuba. Tarde o temprano se reunirían los dos hombres mas ilustres del país. La mente mas pensante en todo el país: Valentín Gómez Farias; y el mexicano mas valiente: Antonio López de Santa Anna.

El presidente provisional don Nicolás Bravo, proclama otro manifiesto en el que condena la revolución. Advierte que esta revolución implora a Santa Anna, quien no solucionara el problema, sino por lo contrario, burlara con desprecio las esperanzas de los mexicanos. Pero nadie le hace caso. Asegura el todavía gobierno del general Paredes Arrillaga puede regresar a la capital; pero nadie cree semejante mentira. El cobarde general que tanto prometió defender la soberanía nacional, huyo de la ciudad, huyo de Tlanepantla, su ejército disuelto y posteriormente capturado. - ¡El que hierro mata a hierro muere. – Hace dos años Santa Anna siendo presidente salió de la capital para recuperar Texas, siendo este desconocido como presidente para posteriromenet ser capturado. ¡No lo olviden¡. - México no aprende. – I don’t learn people’s mexican. What easy forgett.  – Todo se paga. Paredes y Arrillaga corre ahora la misma suerte.

El jefe político aunque sea moral y no político, es Nicolás Bravo, el gran insurgente de la independencia. Alumno de José María de Morelos; luchador social, dirigente político y héroe nacional; no puede hacer nada para evitar este golpe militar. Uno más desde que México se hizo independiente. Once años duro la lucha de la independencia y otros veintiséis años más, para que México siguiera buscando su forma de gobierno.

Otro militar, de nombre Benito Quijano, cuenta con amplias facultades para pactar con los subversivos, entonces se dispone quizá a tratar la entrega del Palacio Nacional. Pero el general Mariano Salas desestima su autoridad, cuenta con todo el poder militar para avanzar tranquilamente al Palacio Nacional; sus soldados solamente esperan la orden de ataque.  Benito Quijano trata de parlamentar con el general Mariano Salas sobre la forma en que se entregara el poder, acepta adherirse al plan de la Ciudadela en todos y en cada uno de sus términos; y también a sujetarse a las órdenes del excelentísimo general Mariano Salas. Consiente en sumar sus tropas para ocupar el Palacio Nacional en el momento en que éste disponga. Promete no emprender ningún ataque contra personas armadas en defensa del Gobierno revolucionario. Sólo así, la ocupación del Palacio Nacional sería de manera pacífica y civilizada. Sin derramar una gota de sangre.

A las tres de la tarde del seis de agosto, el repique de las campanas, las dianas y el cántico sonoro de las bandas militares, anuncian la llegada del caudillo del Plan de la Ciudadela.   Los cohetes y las salvas de veintiún cañonazos, se alcanzaban a escuchar desde el cerro de Chapultepetl, donde Jesús Melgar, sólo en su dormitorio, maquila la decisión mas importante de su vida.

El nuevo jefe político del país, es el general Mariano Salas. La puerta está abierta para que regrese Santa Anna.




lunes, 12 de septiembre de 2016

CAPITULO 39


Tener la representación de la Universidad de México para presentarse como Secretario del Sínodo Profesional, es una distinción que no cualquier profesionista, ni mucho jurisprudente, puede tener. Ahora, que si hablamos, de compartir el sínodo profesional con quien fuera diputado y Alcalde del Ayuntamiento de la Municipalidad de México, así como también con el Ministro Presidente de la Suprema Corte de Justicia Nación, es desde luego, otra distinción, que no cualquier otro burócrata del Supremo Gobierno puede tener. Había que sentirse orgulloso, pues ahí en las aulas de la Academia de Jurisprudencia, frente ahí, en la sala de jurados profesionales, Jorge Enrique Salcedo, acompañado de don Manuel de la Peña y Peña y Mariano Otero; estaban en espera del examen profesional de Armando Villarejo.



Salcedo desde cuando quería conocer al abogado Mariano Otero. Un fuerte apretón de manos se dieron estos dos al verse frente a frente, así como también con el presidente de la Suprema Corte; desde temprano se habían reunido en el atrio de la Iglesia de Santo Domingo, donde acudieron a la misa de acción de gracias; en compañía del sustentante, de su familia y amigos. Posteriormente,  a la conclusión de la misa, los tres sinodales, el párroco de la iglesia y el sustentante encabezaron la peregrinación rumbo al edificio de la Academia de Jurisprudencia, cada uno vestía con su respetiva toga, transitaron por todas las calles del centro del Ayuntamiento de la Ciudad de México, hasta llegar a la honorable academia, para luego ocupar el Aula Magna; ya  para esas horas, todos estaban listos y en la expectativa  para iniciar la réplica correspondiente al examen profesional que presentara el sustentante para obtener el título de Licenciado en Jurisprudencia.

- Que cuenta don Manuel – obviamente por la dignidad del cargo, el maestro más importante, era nada menos y nada más, quien presidía el jurado profesional.  El distinguido Presidente Ministro de nuestro más alto Tribunal, el honorable profesor de la Academia, el funcionario judicial del todo conocido por los abogados de la joven República. – conversaciones corteses, no tan profundas, frente a esas dos bestias del conocimiento jurídico. Ahí estaba don Mariano Otero, distinguido joven que por sus ideas avanzadas, propugnaba, por reformar la Constitución Política; haciendo énfasis a los derechos del hombre.



El examen profesional inicio. Con la debida solemnidad y las togas para cada uno de los sinodales; la sala del jurado quedo en total silencio, en espera de las preguntas que sobre Derecho Público, versaría el examen.

Armando Villarejo lucia tranquilo. Quizás controlando el nerviosismo, ante el embate de preguntas que le podrían formular sus sínodos. Era sin duda alguna, el mejor momento de su vida, el más importante, el más esperado. Obteniendo el título profesional, podría aspirar ya a no ser un Juez de primera Instancia, sino inclusive, su carrera en la judicatura podría prometerle, una magistratura en el Supremo Tribunal Mexicano.

Nadie en ese recinto universitario sabe lo que ocurre en el país. Nadie conoce que la provincia de Nuevo México se encuentra sitiada por el general Kerry; que más de tres mil voluntarios mexicanos se han alistado para defender la plaza de Santa Fe, que el Gobernador Armijo sostiene conversaciones secretas con el ejército americano; que los soldados invasores han ocupado Tampico, sin encontrar en ese lugar, resistencia alguna, en virtud de la retirada que también hiciera las tropas del batallón mexicano. ¿De que se trata esto?. La naval americana flota sobre las costas del Golfo de México; Tampico, la provincia que alguna vez defendiera Santa Anna en contra del “segundo Hernán Cortes”, Barradas, se encuentra ahora ocupada por los Yanquis. Dónde están esos huracanes que expulsaron a los españoles. El viento únicamente sopla para ver ondear la bandera americana, que luce hermosamente en las costas mexicanas. Los infantes americanos, lucen su uniforme verde, tranquilamente cobran sus haberes y mandan su correspondencia a sus familiares, narrando los pormenores de esta guerra, que aún no libra sus peores combates. 

Y mientras tanto, la Sala de Jurados es el recinto por el cual, los estudiantes de Jurisprudencia, tienen que alguna vez transitar, para que desde su banquillo, puedan replicar con el arte y la técnica de la Jurisprudencia, las preguntas que formulen sus sinodales. Armando Villarejo, se ha preparado toda su vida para este momento. Defenderá su tesis, porque en ella, están las ideas liberales del difunto doctor Samuel Rodríguez y también por supuesto, del maestro que más admira. Jorge Enrique Salcedo y Salmorán. Sin embargo, cuando hace uso de la voz, expone lo que ya todos saben. El pecado original hizo que dios castigara el hombre condenándolo a vivir siempre en el trabajo. Que el hombre derivado de los errores de sus padres Adán y Eva, está condenado a vivir dentro de la maldad. Que el fin del Estado, es controlar la maldad de los seres humanos, teniéndolo por siempre alejado de sus pasiones humanas; que ni aún con el sacramento del bautismo, el hombre se convierte bueno, ni mucho menos en un ser libre. ¡Esa es la verdad de los seres humanos¡ por eso fue la voluntad del Señor, crear siervos y príncipes; para que los primeros obedecieran fielmente a los segundos, y estos últimos tuvieran la misión de inculcar a través del terror,  vivir en la rectitud. 

Obvio que esa justificación del Estado no encuadraba dentro de las ideas de Salcedo y Salmorán; tampoco en las de Mariano Otero, aunque bien, para el presidente del sínodo profesional, don Manuel de la Peña y Peña, era más importante verificar si el sustentante, conocía con exactitud, el contenido de las Siete Partidas o de la Novísima Compilación. Hablar sobre derecho público era un tema escabroso. Porque inmediatamente hacía encender las pasiones humanas, con las discusiones bizantinas respecto al papel de la Santa Iglesia. México es una nación donde sus habitantes son malos, donde su pasado azteca idolatra y su tarde evangelización, no había podido ser capaz todavía, de encontrar la Justicia en su forma de gobierno. Que el papel de la Santa Iglesia Católica, era precisamente iluminar las almas de los mexicanos, a través del evangelio; de las obras buenas, manifestadas por siempre en las leyes. Que mientras tanto, no existiera un sometimiento a esas leyes divinas, las instituciones jurídicas del derecho público mexicano, no podían fortalecerse.

Salcedo y Salmorán reprocho esa forma de pensar; sin querer entrar a una discusión política, censuro esa forma medieval de pensar del sustentante. Nuestro país, no puede civilizarse, si seguimos pensando que los mexicanos nacimos malos, que no podemos vivir en libertad, que seamos por siempre incapaces de gobernarnos, que necesitemos por siempre la bendición de una clase noble, como lo era el clero, para que el país pudiera ser perdonado por Dios. Si el sustentante seguía pensando en eso, debería serle negada su licencia de abogado, aunque para ser cierto, lo que acababa de decir su alumno, era cierto, el mismo se lo había enseñado.

Urge a la nación, un Soberano, esa summa potestas que permitiera imponer a través de la fuerza suprema, el estricto orden que exigía el país. Urge un soberano, como afirmaba Juan Bodino, un líder monárquico, justo, sabio, como el que pregonaba Platón; un líder que tuviera poderes omnipotentes para someter al pueblo. Que su palabra, fuera la ley misma. Que gobernara por siempre el destino de los mexicanos.



Un líder soberano, con el poder perpetuo y absoluto. Que no respondiera ante los hombres, sino ante Dios. – Entonces la iglesia es esa representante del Señor. Es la Iglesia quien vela por el bien de los súbditos y quien puede ser capaz, de frenar los actos caprichosos del soberano. La iglesia es la más poderosa de todas las instituciones humanas. Es la soberana de todas las soberanas. Rindámosle culto a ella; porque sólo ella, puede tener tranquilo el país. – ese gran Soberano, limitado solamente ante Dios manifestado en la Santa Iglesia Católica, en los misterios de las Santas Escrituras; démosle todos los poderes absolutos para dictar las leyes sabias y justas que permitan gobernar a los súbditos. Sólo así la función del soberano, es su subordinación en el reino de dios y su supremacía ante los humanos, para poder dictar las leyes constitucionales.

Que bien, las ideas de Villarejo adquirían poco a poco forma; su exposición verbal hacía más rica sus aportaciones al conocimiento jurídico. Hablar sobre el soberano, implicaba hacerlo también con el príncipe.   De aquel libro tan escondido que pocos lo habían leído, por su contenido altamente pecaminoso. – Hablemos del Príncipe – Apliquemos las enseñanzas de Maquiavelo a esta realidad. Digamos que los Estados o son republicas o principados; pero que en cualquiera de esas dos formas de gobierno; el príncipe, llega al poder, ya sea por honorabilidad, por suerte, por su propia maldad o por el consenso de los ciudadanos. ¡No era eso cierto¡. ¿Qué acaso no todos los militares que ocupaban la presidencia en México, habían llegado por sus propios medios malévolos. ¡Que nadie trate de engañarnos, que nadie diga que los militares en México son honorables; ni menos aún, los hombres del clero¡. Los príncipes mexicanos son malos príncipes, porque ni siquiera siguen las leyes de Maquiavelo. Son malos gobernantes, porque tampoco, tienen la summa potestas de sus actos, no tienen súbditos y si en cambio, se encuentran subordinados, ante la institución eclesiástica, quien en el nombre de dios; rompe cualquier acto de justicia.   No nos hagamos tontos señores. México no ha adquirido su independencia, ni ha llegado a convertirse ni siquiera por un instante, en un autentica república. La verdad que nadie dice porque es verdadera, es que México, sigue siendo un principado del Vaticano.

Don Manuel de la Peña y Peña intervino en el debate. En forma brusca indico que esos temas, no eran jurídicos y que por lo tanto, se limitara uno hablar de Jurisprudencia; no de doctrinas filosóficas esotéricas, condenadas por esta Academia. Sin embargo Salcedo abordó sutilmente, que la discusión no era política, que si bien, el momento actual por el que atravesaba el país era de una efervescencia política, también lo era que como hombres de letras, debían observar fielmente la letra de la ley.



La nueva República, debía de levantarse en base a un contrato social. Tal como aseguraba Hobbes,  era tiempo de que los mexicanos se reencontraran a si mismo y firmaran un nuevo pacto por el que decidieran regir sus vidas.  Para ello era importante, como afirmaba el maestro Mariano Otero, que el Supremo Gobierno observara las garantías individuales, que se respetara a partir de ese pacto, los derechos fundamentales de todos los individuos en el territorio patrio; garanticemos pues, la libertad de pensamiento, de asociación, de tránsito, de expresión; hagamos los cambios que requiere el país, sin alteración ni destrucción alguna.

La réplica del maestro Salcedo y Salmorán había terminado; ahora comenzaba la del distinguidísimo abogado Mariano Otero; el joven jurista sonrío antes de iniciar su respectivo interrogatorio; la sala del jurado seguía callada, en forma solemne testificando lo que minutos mas tarde, sería una discusión acalorada. – Hablemos pues de las leyes -  olvidémonos pues, que en Santa Fe, los soldados americanos están por conquistar y arrebatarnos por siempre, el territorio de nuevo México; olvidemos también, que California será cedida por siempre a los invasores; olvidémonos de todos esos rumores que aseguran que la naval americana entrara por Tampico y Veracruz y que en el concierto mundial de las naciones civilizadas; ni Inglaterra, ni España, ni mucho menos Francia, meterá las manos por México. Dejemos pues, que el sustentante exponga la teoría de las leyes.



Diría Montesquieu que el hombre debe descubrir las leyes que gobiernan  el movimiento y la forma de las sociedades humanas. El cosmos está gobernado por las leyes, inclusive dios mismo obedece a las leyes; el ser humano en su mundo natural y gobernado por hombres, acata las leyes positivas, que son creadas por la razón. En consecuencia, los hombres que gobiernan mediante las leyes, instauran gobiernos que pueden ser republicanos, monárquicos o despóticos. El primero de ellos, es el gobierno del pueblo, el segundo, el del monarca que se sujeta a las leyes; pero el tercero y último, es el gobierno de los déspotas, el de uno sólo, pero sin leyes y sin frenos, el que arrastra a todos a su voluntad y caprichos.

Estados Unidos de América es una república. Por favor nadie lo diga. Que nadie en la sala de jurados, ni mucho menos el sustentante se atreva a decir que la nación invasora, es una república que representa un pueblo ambicioso; menos aún, que nadie diga, que México, el país que está siendo invadido, es un gobierno despótico, una monarquía sin frenos ni leyes, donde la suma voluntad que rige los destinos de la patria, se encuentra escondida en algún lugar de la catedral metropolitana. Ese gobierno despótico, que por momentos es de uno sólo y en algunos instantes, es el despotismo de todos los léperos y los indios, de la vulgar la tropa; ese gobierno incivilizado que no conoce de la virtud política, del honor que debe tener toda republica, del amor a la patria; menos aún de la división de poderes.

El poder debe ser dividido; solo así el poder político, podrá ser frenado por otro poder político. Cada cuerpo de ese gobierno, atenderá sus funciones en apego a la ley; el poder legislativo creará las leyes, el ejecutivo las aplicara, mientras que el judicial, competerá juzgarlas. El éxito de toda república, es precisamente, su apego a la ley positiva, producto de la razón, así como al honor que de la patria, todos deben tener. Nuestro país carece de eso, no hay honor, más que la ambición, a un poder político desmedido, sin límite alguno, ni moral, ni menos aún religioso. Un poder corrupto y nefasto, que no gobierna, pero si lo hace con sus propios intereses en perjuicio de los habitantes de la patria. Ese gobierno, no hemos podido encontrarlo; desde que México se independizo, jamás ha sido regido por estas leyes fundamentales; jamás, ha sido la ley quien frene las pasiones de sus miserables gobernantes; jamás, ningún mexicano ha tenido ese amor, a su patria.



México algún día será una auténtica democracia. Un gobierno, donde sus gobernantes se regirán en forma inteligente por lo que dispongan las leyes positivas. El maestro Mariano Otero de eso estaba convencido. La forma en que eso debía de ocurrir, era a través de la promulgación de una nueva Constitución, así como de la incorporación de un nuevo instrumento jurídico que permitiera a cualquier compatriota defenderse en contra de los abusos del poder.

Ahí el público expectante de la réplica del examen profesional, tenía conocimiento de que por aquellos días, el licenciado Mariano Otero había vuelto ser motivo de noticia en los periódicos de la ciudad, quienes daban seguimiento al juicio militar que el exministro de Hacienda Ignacio Trigueros enfrentaba; acusado este de conspirar contra el Supremo Gobierno. En una república regida por las leyes, el ministro debía de ser juzgado por la Suprema Corte de Justicia y no como era caso, por un tribunal castrense. El distinguido sinodal representaba a la esposa del reo, doña Petra Barrera de los Trigueros; quien desde el día 20 de mayo había presentado un escrito a la Suprema Corte, pidió  el “amparo” de las leyes. A un lado del sinodal, el presidente, don Manuel de la Peña sabía perfectamente bien del caso, pues en su calidad de ministro presidente de nuestro más alto tribunal, pudo haberse pronunciado, concediendo esa protección requerida; dejando sin efecto la coercibilidad del tribunal militar para conocer de un asunto, que como bien decía Otero, no era de su competencia. Sin embargo, el reo detenido en forma ilegal y privado de su libertad, también en forma injustificada, saldría de la prisión no por la intervención del poder judicial a través del otorgamiento de un “amparo” como solicitaba su abogado, sino que lo haría en base, a que el tribunal militar ya no encontraría mayores elementos para intimidar a dicho exfuncionario; concediéndole este por un acto de benevolencia, o mejor dicho, a través del pago de un soborno, en absoluta libertad. El Poder Judicial, nuestro honorable poder en vez de haber enfrentado en forma digna, el Poder Militar, cedió ante este, resolviendo a la demanda de amparo, que no podía conocer, en virtud de que la Suprema Corte sólo conocía de las causas criminales de los funcionarios públicos, previa declaración del Congreso, pero como en este caso, el exministro de hacienda, no estaba siendo acusado de una causa criminal, sino de una cuestión militar, luego entonces, el Tribunal Militar si podía juzgar su responsabilidad “oficial”.



¿Qué burla era esa?, pregunto en si Otero, cuando nuestro máximo Tribunal, presidida por el sínodo presidente de este examen profesional, no había tenido el valor de resolver el asunto conforme a las leyes de la razón; con que derecho se paraba a presidir este examen y darle o no la calificativa al sustentante de que era apto para obtener el titulo de Licenciado en Jurisprudencia. ¡Claro¡. Había que respetar las formas, no había porque ofender la investidura del alto funcionario, que ni el mismo representaba con dignidad. No había que utilizar la tribuna del examen profesional, para acusar al presidente del jurado, como un funcionario servil, del poder despótico. Dejémosle entonces, como un burócrata más, como alguien que percibe sus altas percepciones, a causa de las rentas que obtiene el Supremo Gobierno.

El maestro Mariano Otero termino su réplica, haciendo notar que lo más importante en toda forma de gobierno, era la obediencia de las leyes, más aun, de las leyes que garantizaban el respeto a la libertad de los individuos


El siguiente en la réplica el examen profesional, corrió a cargo del ilustre licenciado, don Manuel de la Peña y Peña, ministro Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nació  y en algunos momentos de la vida política de nuestro país, el ministro plenipotenciario de Relaciones Exteriores. Ahí estaba el ilustre Director de la Escuela de Jurisprudencia, el juez más alto de todos los jueces, el abogado más ilustre de todos los abogados, el maestro más maestro de todos los maestros; don Manuel, el distinguidísimo don Manuel de la Peña y Peña.

Su réplica inició dándole una felicitación, por haber terminado sus estudios y exhortarle a que en su vida profesional, se condujera en apego a la libertad y a la justicia, a su total sumisión de las leyes; pero con qué derecho decía eso, quien era él para dar lecciones de moralidad, cuando en su investidura del juez de la nación, no había sido capaz de acordar la demanda de amparo, que el otro sinodal Mariano Otero, días antes le había pedido; quien podía ser él para exhortar al sustentante de que se condujera en apego a la legalidad y a la justicia, si él, nunca lo había hecho eso. Había que admitir entonces, que el distinguido don Manuel de la Peña y Peña, era solo un burócrata más, una persona del cual, el país no sufriría una perdida si él mismo decidiera borrarse de la faz de la tierra, un jurista sin pena y sin gloria, cuyo cargo de presidente de la Suprema Corte, quedaría por siempre en el olvido; al igual, que el de haber sido, Director de la Academia de Jurisprudencia. Nada relevante podía ser ese maestro, cuya replica fue una serie de preguntas absurdas, tontas, que nada tenían que ver con el nivel de los maestros sinodales que le precedieron.

¿Cuáles fueron las leyes que compusieron el Corpus Iuris Civilis?, ¿Las partes en que se divide el Fuero Juzgo y las Siete Partidas de Alfonso el Sabio?. ¿Qué dice el artículo 39 de las Bases Orgánicas de la República Mexicana?. … ¡Por favor como preguntar eso¡. … como en un examen profesional donde se abordaron las tesis de Platón, Santo Tomas de Aquino, Bodino, Maquiavelo, Hobbes, Montesquieu; el ilustre maestro, preguntaba una serie de tonterías que no tenían absolutamente nada que ver con la sustancia del trabajo. ¡Era evidente¡. Don Manuel de la Peña y Peña, desconocía esos temas; y sin embargo, era capaz de censurar lo que no sabía.

Después de soportar al ilustre presidente del sínodo profesional, don Manuel de la Peña y Peña dio por concluida su intervención, luego de demostrar al joven sustentante, lo ignorante que era en cuanto al conocimiento de las disposiciones jurídicas que obraban en las leyes viejas; así era don Manuel, podía recitar en latín, cualquier pasaje del Digesto, inclusive, podía mostrar cualidades de buen abogado revolucionario francés, al enumerar algunos principios del código civil de Napoleón Bonaparte; podía hacer eso y más, pero sin entenderlo; después de todo su intervención dentro del examen profesional fue muy pobre.

Al declararse el receso, los tres maestros deliberaron si el pasante Armando Villanueva merecía o no, obtener el grado de licenciado en Jurisprudencia. Si el susodicho, podía ser apto para ejercer el cargo de la abogacía; había que valorar su conocimiento de las leyes, para que entonces, fuera el presidente de la Suprema corte de Justicia, el Director de la Academia de Jurisprudencia y el célebre presidente del Sínodo profesional, quien diera a conocer el resultado de la evaluación-

-      Tenía tiempo de no verlo doctor – comento don Mariano Otero, como queriendo desviar la atención del examen.
-      Igualmente don Mariano, lo imaginaba de regreso a su tierra Guadalajara.
-      Vera que no, me gusta mucho la Ciudad de México.

Salcedo y Salmoran empezó a redactar el acta de examen, al mismo tiempo que don Manuel de la Peña y don Mariano Otero, conversaban sobre la situación política del país.

-      Será posible que los americanos lleguen a la Ciudad de México, que nuestra querida patria se encuentre en riesgo; ¿Qué ocurrirá? – preguntaba don Manuel.
-      ¿No sabe usted del regreso del general Santa Anna – pregunto don Mariano Otero a Salcedo.
-      ¡No lo sé licenciado¡.
-      ¿Se rumora que el Gobierno del general Paredes Arrillaga está en cualquier momento por caer; inclusive, alguna muy buena fuente, dice que Santa Anna ya se encuentra en México de regreso – comento Otero.
-      Eso no es cierto, eso ya lo hubiera sabido – respondió Salcedo; se hubiera enterado, su amigo Yáñez se hubiera puesto en contacto con él.
-      También lo creo don Mariano, leyendo el periódico, dicen que el puerto de Veracruz está bloqueado y que los americanos impedirían la entrada de Santa Anna. – comento don Manuel de la Peña y Peña.
-      Bloqueado Veracruz, …¿No era Tampico? – respondió Salcedo.
-      Y ¿San Francisco?. – completo Otero – ¡San Francisco California¡.
-      ¡No Veracruz¡. Cuenta el periódico que los americanos impedirán la entrada de Santa Anna.

Salcedo siguió redactando el acta de examen profesional, al mismo tiempo que fueran en el corredor de la Facultad, el joven Armando esperaba con su familia el resultado del examen, eran horas de angustia para el momento mas importante de la vida del sustentante; y sin embargo, dentro del aula magna, los tres sinodales del examen profesional, seguían conversando sobre el tema de interés.

-      La derrota del ejército mexicano en Palo Alto y Rasaca de Palma ha sido drástica para nuestra moral; asegura la prensa, que más de la mitad del ejército mexicano quedo aniquilado y que ahora, los invasores tienen el camino abierto para llegar al corazón de la república. ¿Usted lo cree Salcedo? – pregunto atinadamente don Manuel de la Peña, como sabiendo perfectamente que de los tres sinodales, el único con el que contaba esa información privilegiada, era Salcedo.
-      No don Manuel, eso es una mentira, esas fueron batallas que se perdieron; los americanos si bien es cierto ganaron esas dos plazas, falta que la suerte se decida en Monterrey; no creó que ocupen esa ciudad, el ejército mexicano se encuentra bien fortificado.
-      Además don Enrique – comento Otero – es cierto que el presidente, ira a reforzar la fortificación del norte, cuenta que se ira a Monterrey.
-      No creo que mi jefe se aventure y salga de la ciudad; más ahora como están las cosas.
-      A lo mejor un pronunciamiento militar; un general se inserrucciona.
-      Y proclama el regreso de Santa Anna. – exclamo don Manuel.
-      ¡Santa Anna de regreso¡. No distinguidos, eso todavía no ocurre.
-      Porque no don Enrique – que acaso no cree que Santa Anna sea capaz de entrar a México, encabezando la revuelta y sus días de gloria.
-      Si Napoleón Bonaparte, lo hizo;  no evadió a los ingleses de la isla de Santa Elena y regreso a Francia para levantar un ejército.
-      ¡Asi es¡. – opino don Mariano – gobernó por cien días, hasta que perdió la batalla más importante de su vida. …¡Waterloo¡. Nada menos y nada más, que la batalla que debió de haber deseado ganar para cambiar el destino de su vida, de la república francesa y de todo el mundo.
-      ¿Cree que sucederá lo mismo? – pregunto don Manuel – que sea que el generalísimo Santa Anna, logre escapar de la Isla de Cuba y burle la escolta americana; que regrese al suelo mexicano y se ponga enfrente de un ejército de nacionales, dispuesto a enfrentar la guerra con los americanos-
-      Si lo creo posible; lo creo posible, que Santa Anna entre a México, burle la escolta americana que bloquea Veracruz y se erija en el presidente de todos los mexicanos.
-      En el sumo Dictador.
-      En emperador, si el pueblo de México así lo proclama. ¡En emperador de todos los mexicanos. – exclamo Salcedo – creo que no es descabellado, que Santa Anna presida a un ejército de la nada, y que gobierne cien días.
-      ¡Hasta tener su Waterloo¡ - pregunto don Mariano Otero.

Don Enrique Salcedo se quedó callado, había terminado de redactar el acta, sólo esperaba que el presidente del sínodo profesional, le confirmará si el sustentante había aprobado. Una señal de éste le dio entender que así era, entonces, don Enrique Salcedo en su calidad de secretario del sínodo profesional, asentó en el acta, que el sustentante pasante en Jurisprudencia Armando Villarejo, había obtenido el grado de Licenciado en Jurisprudencia luego de la réplica correspondiente y de la deliberación que hiciera el examen.

-      Esperemos que no pase ninguna desgracia en el país. – dijo don Manuel de la Peña y Peña.
-      ¡Ojala así sea don Manuel¡. – exclamo don Mariano Otero – nunca como antes el país había estado en una situación al borde de su total aniquilación.
-      ¡Sobreviviremos¡ - suspiro don Manuel de la Peña y Peña, como si esa hubiera sido el comentario más asertivo y reflexivo de todo su día.

Enrique Salcedo llamó a la concurrencia que se encontraba en los corredores de la Academia de Jurisprudencia, para informarles que el jurado había llegado a un resultado; acto seguido, ocurrió una gran expectación, sobre todo para el pasante Armando Villarejo que esperaba ansiosamente, lo que sería hasta en ese momento, los minutos más lentos de su vida.  El sínodo volvió a ocupar su posición y con toda la solemnidad que ameritaba el evento, cada uno de los asistentes del examen fue entrando al aula magna, guardando un repleto silencio.

Fue entonces, cuando el Secretario del Sínodo empezó a leer el acta:

-      En la Leal e Insigne Ciudad de México, siendo los nueve días del mes de julio de mil ochocientos cuarenta y seis;  reunidos en el Aula Magna de la Academia de Jurisprudencia de la Universidad de México,  el ilustre don Manuel de la Peña y Peña, ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, así como Director de esta Academia de Jurisprudencia; don Mariano Otero, profesor de esta Universidad y el de la voz, Jorge Enrique Salcedo y Salmorán; en su carácter de Presidente, Vocal y Secretario respectivamente; procedieron a efectuar el examen profesional para la obtención del grado de Licenciado en Jurisprudencia, que sustenta en Pasante en Leyes, don Armando Villarejo Domínguez, quien ha puesto a consideración de este honorable sínodo profesional, un trabajo intitulado: “Evolución y Análisis de la Constitución Mexicana”; quien luego de la replica correspondiente y de la deliberación de este sínodo profesional, decidieron:

Un silencio, un total silencio, para escuchar, la palabra más importante de esa ceremonia:

-      ¡Aprobarlo¡ - dijo don Manuel de la Peña y Peña, lo que dio origen a una alegría reprimida de cada uno de los concurrentes, al mismo tiempo que el joven Armando Villarejo, suspirara de alivio, al haber terminado el instante más angustioso de su vida.

-      Acto seguido, se da uso de la voz, al presidente de este Sínodo Profesional, Su Señoría don Manuel de la Peña y Peña, a efecto de tomar el juramento del licenciado en Jurisprudencia don Armando Villarejo González.

El aula permaneció en un profundo silencio, para escuchar con solemnidad, la toma del juramento.

-      Licenciado Armando Villarejo González; hijo de los señores Armando Villarejo Castrejón y doña Refugia de los Remedios Domínguez; y estudiante de nuestra noble Academia de Jurisprudencia de la Universidad de México; habiéndonos reunidos todos los presentes para llevar a cabo  la réplica y deliberación correspondiente de su examen profesional; y considerando para esta autoridad, que es merecedor del titulo de Licenciado en Jurisprudencia. No olvide que en el desempeño de su noble profesión, deberá renunciar a sus pasiones, para defender con esmero y virtud, la honra, el patrimonio, la libertad e inclusive la vida; de aquellos que buscaran su asertivo consejo, su pericia en el conocimiento de las leyes y pondrán en Vos la confianza de su digna representación e investidura de jurisprudente.  No olvidando callar de todo aquello que supiera, que oyera o viera;  para impedir a toda costa, el flagelo del pecado y la injusticia.  Si es asi:¡ Jura ante Dios, ante los Santos Evangelios y la Virgen de Guadalupe; desempeñar lealmente la profesión de Abogado, que esta Academia ha decidido distinguirlo, mirando siempre por el bien de la Justicia¡:
-      ¡Si lo juro¡.
-      Si así lo hiciera que Dios y la patria lo bendiga; y si no, que Os lo reprochen.

Entonces, el público asistente pudo ya aplaudir.

Armando Villarejo, ya era el licenciado Armando Villarejo. El momento más importante de su vida había transcurrido; recibió entonces el fraternal abrazo de los miembros del jurado; frente a él, su maestro Enrique Salcedo y Salmorán, quien después de haberle estrechado la mano, no tendría jamás idea, de que el momento más culminante de su profesión y también de su vida, estaría por ocurrir dentro de un año.

Después de ello, don Manuel de la Peña y Peña. Le informo a Enrique Salcedo que no tendría grupo para el siguiente año escolar. Que la Academia esperaría a que se juntara un grupo de por lo menos diez aprendices de jurisprudencia, para entonces, contemplarlo en la planta docente. Después de haber dado la noticia, don Manuel de la Peña, se retiró del recinto en forma fría y despectiva, como si tratara de simular su coraje por destrozar la vida académica de un profesor. Enrique Salcedo, se quedó sólo en el salón, sintiendo aún esa noticia tan lastimera. Comprendió entonces, que no volvería a dar clases.