lunes, 12 de septiembre de 2016

CAPITULO 39


Tener la representación de la Universidad de México para presentarse como Secretario del Sínodo Profesional, es una distinción que no cualquier profesionista, ni mucho jurisprudente, puede tener. Ahora, que si hablamos, de compartir el sínodo profesional con quien fuera diputado y Alcalde del Ayuntamiento de la Municipalidad de México, así como también con el Ministro Presidente de la Suprema Corte de Justicia Nación, es desde luego, otra distinción, que no cualquier otro burócrata del Supremo Gobierno puede tener. Había que sentirse orgulloso, pues ahí en las aulas de la Academia de Jurisprudencia, frente ahí, en la sala de jurados profesionales, Jorge Enrique Salcedo, acompañado de don Manuel de la Peña y Peña y Mariano Otero; estaban en espera del examen profesional de Armando Villarejo.



Salcedo desde cuando quería conocer al abogado Mariano Otero. Un fuerte apretón de manos se dieron estos dos al verse frente a frente, así como también con el presidente de la Suprema Corte; desde temprano se habían reunido en el atrio de la Iglesia de Santo Domingo, donde acudieron a la misa de acción de gracias; en compañía del sustentante, de su familia y amigos. Posteriormente,  a la conclusión de la misa, los tres sinodales, el párroco de la iglesia y el sustentante encabezaron la peregrinación rumbo al edificio de la Academia de Jurisprudencia, cada uno vestía con su respetiva toga, transitaron por todas las calles del centro del Ayuntamiento de la Ciudad de México, hasta llegar a la honorable academia, para luego ocupar el Aula Magna; ya  para esas horas, todos estaban listos y en la expectativa  para iniciar la réplica correspondiente al examen profesional que presentara el sustentante para obtener el título de Licenciado en Jurisprudencia.

- Que cuenta don Manuel – obviamente por la dignidad del cargo, el maestro más importante, era nada menos y nada más, quien presidía el jurado profesional.  El distinguido Presidente Ministro de nuestro más alto Tribunal, el honorable profesor de la Academia, el funcionario judicial del todo conocido por los abogados de la joven República. – conversaciones corteses, no tan profundas, frente a esas dos bestias del conocimiento jurídico. Ahí estaba don Mariano Otero, distinguido joven que por sus ideas avanzadas, propugnaba, por reformar la Constitución Política; haciendo énfasis a los derechos del hombre.



El examen profesional inicio. Con la debida solemnidad y las togas para cada uno de los sinodales; la sala del jurado quedo en total silencio, en espera de las preguntas que sobre Derecho Público, versaría el examen.

Armando Villarejo lucia tranquilo. Quizás controlando el nerviosismo, ante el embate de preguntas que le podrían formular sus sínodos. Era sin duda alguna, el mejor momento de su vida, el más importante, el más esperado. Obteniendo el título profesional, podría aspirar ya a no ser un Juez de primera Instancia, sino inclusive, su carrera en la judicatura podría prometerle, una magistratura en el Supremo Tribunal Mexicano.

Nadie en ese recinto universitario sabe lo que ocurre en el país. Nadie conoce que la provincia de Nuevo México se encuentra sitiada por el general Kerry; que más de tres mil voluntarios mexicanos se han alistado para defender la plaza de Santa Fe, que el Gobernador Armijo sostiene conversaciones secretas con el ejército americano; que los soldados invasores han ocupado Tampico, sin encontrar en ese lugar, resistencia alguna, en virtud de la retirada que también hiciera las tropas del batallón mexicano. ¿De que se trata esto?. La naval americana flota sobre las costas del Golfo de México; Tampico, la provincia que alguna vez defendiera Santa Anna en contra del “segundo Hernán Cortes”, Barradas, se encuentra ahora ocupada por los Yanquis. Dónde están esos huracanes que expulsaron a los españoles. El viento únicamente sopla para ver ondear la bandera americana, que luce hermosamente en las costas mexicanas. Los infantes americanos, lucen su uniforme verde, tranquilamente cobran sus haberes y mandan su correspondencia a sus familiares, narrando los pormenores de esta guerra, que aún no libra sus peores combates. 

Y mientras tanto, la Sala de Jurados es el recinto por el cual, los estudiantes de Jurisprudencia, tienen que alguna vez transitar, para que desde su banquillo, puedan replicar con el arte y la técnica de la Jurisprudencia, las preguntas que formulen sus sinodales. Armando Villarejo, se ha preparado toda su vida para este momento. Defenderá su tesis, porque en ella, están las ideas liberales del difunto doctor Samuel Rodríguez y también por supuesto, del maestro que más admira. Jorge Enrique Salcedo y Salmorán. Sin embargo, cuando hace uso de la voz, expone lo que ya todos saben. El pecado original hizo que dios castigara el hombre condenándolo a vivir siempre en el trabajo. Que el hombre derivado de los errores de sus padres Adán y Eva, está condenado a vivir dentro de la maldad. Que el fin del Estado, es controlar la maldad de los seres humanos, teniéndolo por siempre alejado de sus pasiones humanas; que ni aún con el sacramento del bautismo, el hombre se convierte bueno, ni mucho menos en un ser libre. ¡Esa es la verdad de los seres humanos¡ por eso fue la voluntad del Señor, crear siervos y príncipes; para que los primeros obedecieran fielmente a los segundos, y estos últimos tuvieran la misión de inculcar a través del terror,  vivir en la rectitud. 

Obvio que esa justificación del Estado no encuadraba dentro de las ideas de Salcedo y Salmorán; tampoco en las de Mariano Otero, aunque bien, para el presidente del sínodo profesional, don Manuel de la Peña y Peña, era más importante verificar si el sustentante, conocía con exactitud, el contenido de las Siete Partidas o de la Novísima Compilación. Hablar sobre derecho público era un tema escabroso. Porque inmediatamente hacía encender las pasiones humanas, con las discusiones bizantinas respecto al papel de la Santa Iglesia. México es una nación donde sus habitantes son malos, donde su pasado azteca idolatra y su tarde evangelización, no había podido ser capaz todavía, de encontrar la Justicia en su forma de gobierno. Que el papel de la Santa Iglesia Católica, era precisamente iluminar las almas de los mexicanos, a través del evangelio; de las obras buenas, manifestadas por siempre en las leyes. Que mientras tanto, no existiera un sometimiento a esas leyes divinas, las instituciones jurídicas del derecho público mexicano, no podían fortalecerse.

Salcedo y Salmorán reprocho esa forma de pensar; sin querer entrar a una discusión política, censuro esa forma medieval de pensar del sustentante. Nuestro país, no puede civilizarse, si seguimos pensando que los mexicanos nacimos malos, que no podemos vivir en libertad, que seamos por siempre incapaces de gobernarnos, que necesitemos por siempre la bendición de una clase noble, como lo era el clero, para que el país pudiera ser perdonado por Dios. Si el sustentante seguía pensando en eso, debería serle negada su licencia de abogado, aunque para ser cierto, lo que acababa de decir su alumno, era cierto, el mismo se lo había enseñado.

Urge a la nación, un Soberano, esa summa potestas que permitiera imponer a través de la fuerza suprema, el estricto orden que exigía el país. Urge un soberano, como afirmaba Juan Bodino, un líder monárquico, justo, sabio, como el que pregonaba Platón; un líder que tuviera poderes omnipotentes para someter al pueblo. Que su palabra, fuera la ley misma. Que gobernara por siempre el destino de los mexicanos.



Un líder soberano, con el poder perpetuo y absoluto. Que no respondiera ante los hombres, sino ante Dios. – Entonces la iglesia es esa representante del Señor. Es la Iglesia quien vela por el bien de los súbditos y quien puede ser capaz, de frenar los actos caprichosos del soberano. La iglesia es la más poderosa de todas las instituciones humanas. Es la soberana de todas las soberanas. Rindámosle culto a ella; porque sólo ella, puede tener tranquilo el país. – ese gran Soberano, limitado solamente ante Dios manifestado en la Santa Iglesia Católica, en los misterios de las Santas Escrituras; démosle todos los poderes absolutos para dictar las leyes sabias y justas que permitan gobernar a los súbditos. Sólo así la función del soberano, es su subordinación en el reino de dios y su supremacía ante los humanos, para poder dictar las leyes constitucionales.

Que bien, las ideas de Villarejo adquirían poco a poco forma; su exposición verbal hacía más rica sus aportaciones al conocimiento jurídico. Hablar sobre el soberano, implicaba hacerlo también con el príncipe.   De aquel libro tan escondido que pocos lo habían leído, por su contenido altamente pecaminoso. – Hablemos del Príncipe – Apliquemos las enseñanzas de Maquiavelo a esta realidad. Digamos que los Estados o son republicas o principados; pero que en cualquiera de esas dos formas de gobierno; el príncipe, llega al poder, ya sea por honorabilidad, por suerte, por su propia maldad o por el consenso de los ciudadanos. ¡No era eso cierto¡. ¿Qué acaso no todos los militares que ocupaban la presidencia en México, habían llegado por sus propios medios malévolos. ¡Que nadie trate de engañarnos, que nadie diga que los militares en México son honorables; ni menos aún, los hombres del clero¡. Los príncipes mexicanos son malos príncipes, porque ni siquiera siguen las leyes de Maquiavelo. Son malos gobernantes, porque tampoco, tienen la summa potestas de sus actos, no tienen súbditos y si en cambio, se encuentran subordinados, ante la institución eclesiástica, quien en el nombre de dios; rompe cualquier acto de justicia.   No nos hagamos tontos señores. México no ha adquirido su independencia, ni ha llegado a convertirse ni siquiera por un instante, en un autentica república. La verdad que nadie dice porque es verdadera, es que México, sigue siendo un principado del Vaticano.

Don Manuel de la Peña y Peña intervino en el debate. En forma brusca indico que esos temas, no eran jurídicos y que por lo tanto, se limitara uno hablar de Jurisprudencia; no de doctrinas filosóficas esotéricas, condenadas por esta Academia. Sin embargo Salcedo abordó sutilmente, que la discusión no era política, que si bien, el momento actual por el que atravesaba el país era de una efervescencia política, también lo era que como hombres de letras, debían observar fielmente la letra de la ley.



La nueva República, debía de levantarse en base a un contrato social. Tal como aseguraba Hobbes,  era tiempo de que los mexicanos se reencontraran a si mismo y firmaran un nuevo pacto por el que decidieran regir sus vidas.  Para ello era importante, como afirmaba el maestro Mariano Otero, que el Supremo Gobierno observara las garantías individuales, que se respetara a partir de ese pacto, los derechos fundamentales de todos los individuos en el territorio patrio; garanticemos pues, la libertad de pensamiento, de asociación, de tránsito, de expresión; hagamos los cambios que requiere el país, sin alteración ni destrucción alguna.

La réplica del maestro Salcedo y Salmorán había terminado; ahora comenzaba la del distinguidísimo abogado Mariano Otero; el joven jurista sonrío antes de iniciar su respectivo interrogatorio; la sala del jurado seguía callada, en forma solemne testificando lo que minutos mas tarde, sería una discusión acalorada. – Hablemos pues de las leyes -  olvidémonos pues, que en Santa Fe, los soldados americanos están por conquistar y arrebatarnos por siempre, el territorio de nuevo México; olvidemos también, que California será cedida por siempre a los invasores; olvidémonos de todos esos rumores que aseguran que la naval americana entrara por Tampico y Veracruz y que en el concierto mundial de las naciones civilizadas; ni Inglaterra, ni España, ni mucho menos Francia, meterá las manos por México. Dejemos pues, que el sustentante exponga la teoría de las leyes.



Diría Montesquieu que el hombre debe descubrir las leyes que gobiernan  el movimiento y la forma de las sociedades humanas. El cosmos está gobernado por las leyes, inclusive dios mismo obedece a las leyes; el ser humano en su mundo natural y gobernado por hombres, acata las leyes positivas, que son creadas por la razón. En consecuencia, los hombres que gobiernan mediante las leyes, instauran gobiernos que pueden ser republicanos, monárquicos o despóticos. El primero de ellos, es el gobierno del pueblo, el segundo, el del monarca que se sujeta a las leyes; pero el tercero y último, es el gobierno de los déspotas, el de uno sólo, pero sin leyes y sin frenos, el que arrastra a todos a su voluntad y caprichos.

Estados Unidos de América es una república. Por favor nadie lo diga. Que nadie en la sala de jurados, ni mucho menos el sustentante se atreva a decir que la nación invasora, es una república que representa un pueblo ambicioso; menos aún, que nadie diga, que México, el país que está siendo invadido, es un gobierno despótico, una monarquía sin frenos ni leyes, donde la suma voluntad que rige los destinos de la patria, se encuentra escondida en algún lugar de la catedral metropolitana. Ese gobierno despótico, que por momentos es de uno sólo y en algunos instantes, es el despotismo de todos los léperos y los indios, de la vulgar la tropa; ese gobierno incivilizado que no conoce de la virtud política, del honor que debe tener toda republica, del amor a la patria; menos aún de la división de poderes.

El poder debe ser dividido; solo así el poder político, podrá ser frenado por otro poder político. Cada cuerpo de ese gobierno, atenderá sus funciones en apego a la ley; el poder legislativo creará las leyes, el ejecutivo las aplicara, mientras que el judicial, competerá juzgarlas. El éxito de toda república, es precisamente, su apego a la ley positiva, producto de la razón, así como al honor que de la patria, todos deben tener. Nuestro país carece de eso, no hay honor, más que la ambición, a un poder político desmedido, sin límite alguno, ni moral, ni menos aún religioso. Un poder corrupto y nefasto, que no gobierna, pero si lo hace con sus propios intereses en perjuicio de los habitantes de la patria. Ese gobierno, no hemos podido encontrarlo; desde que México se independizo, jamás ha sido regido por estas leyes fundamentales; jamás, ha sido la ley quien frene las pasiones de sus miserables gobernantes; jamás, ningún mexicano ha tenido ese amor, a su patria.



México algún día será una auténtica democracia. Un gobierno, donde sus gobernantes se regirán en forma inteligente por lo que dispongan las leyes positivas. El maestro Mariano Otero de eso estaba convencido. La forma en que eso debía de ocurrir, era a través de la promulgación de una nueva Constitución, así como de la incorporación de un nuevo instrumento jurídico que permitiera a cualquier compatriota defenderse en contra de los abusos del poder.

Ahí el público expectante de la réplica del examen profesional, tenía conocimiento de que por aquellos días, el licenciado Mariano Otero había vuelto ser motivo de noticia en los periódicos de la ciudad, quienes daban seguimiento al juicio militar que el exministro de Hacienda Ignacio Trigueros enfrentaba; acusado este de conspirar contra el Supremo Gobierno. En una república regida por las leyes, el ministro debía de ser juzgado por la Suprema Corte de Justicia y no como era caso, por un tribunal castrense. El distinguido sinodal representaba a la esposa del reo, doña Petra Barrera de los Trigueros; quien desde el día 20 de mayo había presentado un escrito a la Suprema Corte, pidió  el “amparo” de las leyes. A un lado del sinodal, el presidente, don Manuel de la Peña sabía perfectamente bien del caso, pues en su calidad de ministro presidente de nuestro más alto tribunal, pudo haberse pronunciado, concediendo esa protección requerida; dejando sin efecto la coercibilidad del tribunal militar para conocer de un asunto, que como bien decía Otero, no era de su competencia. Sin embargo, el reo detenido en forma ilegal y privado de su libertad, también en forma injustificada, saldría de la prisión no por la intervención del poder judicial a través del otorgamiento de un “amparo” como solicitaba su abogado, sino que lo haría en base, a que el tribunal militar ya no encontraría mayores elementos para intimidar a dicho exfuncionario; concediéndole este por un acto de benevolencia, o mejor dicho, a través del pago de un soborno, en absoluta libertad. El Poder Judicial, nuestro honorable poder en vez de haber enfrentado en forma digna, el Poder Militar, cedió ante este, resolviendo a la demanda de amparo, que no podía conocer, en virtud de que la Suprema Corte sólo conocía de las causas criminales de los funcionarios públicos, previa declaración del Congreso, pero como en este caso, el exministro de hacienda, no estaba siendo acusado de una causa criminal, sino de una cuestión militar, luego entonces, el Tribunal Militar si podía juzgar su responsabilidad “oficial”.



¿Qué burla era esa?, pregunto en si Otero, cuando nuestro máximo Tribunal, presidida por el sínodo presidente de este examen profesional, no había tenido el valor de resolver el asunto conforme a las leyes de la razón; con que derecho se paraba a presidir este examen y darle o no la calificativa al sustentante de que era apto para obtener el titulo de Licenciado en Jurisprudencia. ¡Claro¡. Había que respetar las formas, no había porque ofender la investidura del alto funcionario, que ni el mismo representaba con dignidad. No había que utilizar la tribuna del examen profesional, para acusar al presidente del jurado, como un funcionario servil, del poder despótico. Dejémosle entonces, como un burócrata más, como alguien que percibe sus altas percepciones, a causa de las rentas que obtiene el Supremo Gobierno.

El maestro Mariano Otero termino su réplica, haciendo notar que lo más importante en toda forma de gobierno, era la obediencia de las leyes, más aun, de las leyes que garantizaban el respeto a la libertad de los individuos


El siguiente en la réplica el examen profesional, corrió a cargo del ilustre licenciado, don Manuel de la Peña y Peña, ministro Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nació  y en algunos momentos de la vida política de nuestro país, el ministro plenipotenciario de Relaciones Exteriores. Ahí estaba el ilustre Director de la Escuela de Jurisprudencia, el juez más alto de todos los jueces, el abogado más ilustre de todos los abogados, el maestro más maestro de todos los maestros; don Manuel, el distinguidísimo don Manuel de la Peña y Peña.

Su réplica inició dándole una felicitación, por haber terminado sus estudios y exhortarle a que en su vida profesional, se condujera en apego a la libertad y a la justicia, a su total sumisión de las leyes; pero con qué derecho decía eso, quien era él para dar lecciones de moralidad, cuando en su investidura del juez de la nación, no había sido capaz de acordar la demanda de amparo, que el otro sinodal Mariano Otero, días antes le había pedido; quien podía ser él para exhortar al sustentante de que se condujera en apego a la legalidad y a la justicia, si él, nunca lo había hecho eso. Había que admitir entonces, que el distinguido don Manuel de la Peña y Peña, era solo un burócrata más, una persona del cual, el país no sufriría una perdida si él mismo decidiera borrarse de la faz de la tierra, un jurista sin pena y sin gloria, cuyo cargo de presidente de la Suprema Corte, quedaría por siempre en el olvido; al igual, que el de haber sido, Director de la Academia de Jurisprudencia. Nada relevante podía ser ese maestro, cuya replica fue una serie de preguntas absurdas, tontas, que nada tenían que ver con el nivel de los maestros sinodales que le precedieron.

¿Cuáles fueron las leyes que compusieron el Corpus Iuris Civilis?, ¿Las partes en que se divide el Fuero Juzgo y las Siete Partidas de Alfonso el Sabio?. ¿Qué dice el artículo 39 de las Bases Orgánicas de la República Mexicana?. … ¡Por favor como preguntar eso¡. … como en un examen profesional donde se abordaron las tesis de Platón, Santo Tomas de Aquino, Bodino, Maquiavelo, Hobbes, Montesquieu; el ilustre maestro, preguntaba una serie de tonterías que no tenían absolutamente nada que ver con la sustancia del trabajo. ¡Era evidente¡. Don Manuel de la Peña y Peña, desconocía esos temas; y sin embargo, era capaz de censurar lo que no sabía.

Después de soportar al ilustre presidente del sínodo profesional, don Manuel de la Peña y Peña dio por concluida su intervención, luego de demostrar al joven sustentante, lo ignorante que era en cuanto al conocimiento de las disposiciones jurídicas que obraban en las leyes viejas; así era don Manuel, podía recitar en latín, cualquier pasaje del Digesto, inclusive, podía mostrar cualidades de buen abogado revolucionario francés, al enumerar algunos principios del código civil de Napoleón Bonaparte; podía hacer eso y más, pero sin entenderlo; después de todo su intervención dentro del examen profesional fue muy pobre.

Al declararse el receso, los tres maestros deliberaron si el pasante Armando Villanueva merecía o no, obtener el grado de licenciado en Jurisprudencia. Si el susodicho, podía ser apto para ejercer el cargo de la abogacía; había que valorar su conocimiento de las leyes, para que entonces, fuera el presidente de la Suprema corte de Justicia, el Director de la Academia de Jurisprudencia y el célebre presidente del Sínodo profesional, quien diera a conocer el resultado de la evaluación-

-      Tenía tiempo de no verlo doctor – comento don Mariano Otero, como queriendo desviar la atención del examen.
-      Igualmente don Mariano, lo imaginaba de regreso a su tierra Guadalajara.
-      Vera que no, me gusta mucho la Ciudad de México.

Salcedo y Salmoran empezó a redactar el acta de examen, al mismo tiempo que don Manuel de la Peña y don Mariano Otero, conversaban sobre la situación política del país.

-      Será posible que los americanos lleguen a la Ciudad de México, que nuestra querida patria se encuentre en riesgo; ¿Qué ocurrirá? – preguntaba don Manuel.
-      ¿No sabe usted del regreso del general Santa Anna – pregunto don Mariano Otero a Salcedo.
-      ¡No lo sé licenciado¡.
-      ¿Se rumora que el Gobierno del general Paredes Arrillaga está en cualquier momento por caer; inclusive, alguna muy buena fuente, dice que Santa Anna ya se encuentra en México de regreso – comento Otero.
-      Eso no es cierto, eso ya lo hubiera sabido – respondió Salcedo; se hubiera enterado, su amigo Yáñez se hubiera puesto en contacto con él.
-      También lo creo don Mariano, leyendo el periódico, dicen que el puerto de Veracruz está bloqueado y que los americanos impedirían la entrada de Santa Anna. – comento don Manuel de la Peña y Peña.
-      Bloqueado Veracruz, …¿No era Tampico? – respondió Salcedo.
-      Y ¿San Francisco?. – completo Otero – ¡San Francisco California¡.
-      ¡No Veracruz¡. Cuenta el periódico que los americanos impedirán la entrada de Santa Anna.

Salcedo siguió redactando el acta de examen profesional, al mismo tiempo que fueran en el corredor de la Facultad, el joven Armando esperaba con su familia el resultado del examen, eran horas de angustia para el momento mas importante de la vida del sustentante; y sin embargo, dentro del aula magna, los tres sinodales del examen profesional, seguían conversando sobre el tema de interés.

-      La derrota del ejército mexicano en Palo Alto y Rasaca de Palma ha sido drástica para nuestra moral; asegura la prensa, que más de la mitad del ejército mexicano quedo aniquilado y que ahora, los invasores tienen el camino abierto para llegar al corazón de la república. ¿Usted lo cree Salcedo? – pregunto atinadamente don Manuel de la Peña, como sabiendo perfectamente que de los tres sinodales, el único con el que contaba esa información privilegiada, era Salcedo.
-      No don Manuel, eso es una mentira, esas fueron batallas que se perdieron; los americanos si bien es cierto ganaron esas dos plazas, falta que la suerte se decida en Monterrey; no creó que ocupen esa ciudad, el ejército mexicano se encuentra bien fortificado.
-      Además don Enrique – comento Otero – es cierto que el presidente, ira a reforzar la fortificación del norte, cuenta que se ira a Monterrey.
-      No creo que mi jefe se aventure y salga de la ciudad; más ahora como están las cosas.
-      A lo mejor un pronunciamiento militar; un general se inserrucciona.
-      Y proclama el regreso de Santa Anna. – exclamo don Manuel.
-      ¡Santa Anna de regreso¡. No distinguidos, eso todavía no ocurre.
-      Porque no don Enrique – que acaso no cree que Santa Anna sea capaz de entrar a México, encabezando la revuelta y sus días de gloria.
-      Si Napoleón Bonaparte, lo hizo;  no evadió a los ingleses de la isla de Santa Elena y regreso a Francia para levantar un ejército.
-      ¡Asi es¡. – opino don Mariano – gobernó por cien días, hasta que perdió la batalla más importante de su vida. …¡Waterloo¡. Nada menos y nada más, que la batalla que debió de haber deseado ganar para cambiar el destino de su vida, de la república francesa y de todo el mundo.
-      ¿Cree que sucederá lo mismo? – pregunto don Manuel – que sea que el generalísimo Santa Anna, logre escapar de la Isla de Cuba y burle la escolta americana; que regrese al suelo mexicano y se ponga enfrente de un ejército de nacionales, dispuesto a enfrentar la guerra con los americanos-
-      Si lo creo posible; lo creo posible, que Santa Anna entre a México, burle la escolta americana que bloquea Veracruz y se erija en el presidente de todos los mexicanos.
-      En el sumo Dictador.
-      En emperador, si el pueblo de México así lo proclama. ¡En emperador de todos los mexicanos. – exclamo Salcedo – creo que no es descabellado, que Santa Anna presida a un ejército de la nada, y que gobierne cien días.
-      ¡Hasta tener su Waterloo¡ - pregunto don Mariano Otero.

Don Enrique Salcedo se quedó callado, había terminado de redactar el acta, sólo esperaba que el presidente del sínodo profesional, le confirmará si el sustentante había aprobado. Una señal de éste le dio entender que así era, entonces, don Enrique Salcedo en su calidad de secretario del sínodo profesional, asentó en el acta, que el sustentante pasante en Jurisprudencia Armando Villarejo, había obtenido el grado de Licenciado en Jurisprudencia luego de la réplica correspondiente y de la deliberación que hiciera el examen.

-      Esperemos que no pase ninguna desgracia en el país. – dijo don Manuel de la Peña y Peña.
-      ¡Ojala así sea don Manuel¡. – exclamo don Mariano Otero – nunca como antes el país había estado en una situación al borde de su total aniquilación.
-      ¡Sobreviviremos¡ - suspiro don Manuel de la Peña y Peña, como si esa hubiera sido el comentario más asertivo y reflexivo de todo su día.

Enrique Salcedo llamó a la concurrencia que se encontraba en los corredores de la Academia de Jurisprudencia, para informarles que el jurado había llegado a un resultado; acto seguido, ocurrió una gran expectación, sobre todo para el pasante Armando Villarejo que esperaba ansiosamente, lo que sería hasta en ese momento, los minutos más lentos de su vida.  El sínodo volvió a ocupar su posición y con toda la solemnidad que ameritaba el evento, cada uno de los asistentes del examen fue entrando al aula magna, guardando un repleto silencio.

Fue entonces, cuando el Secretario del Sínodo empezó a leer el acta:

-      En la Leal e Insigne Ciudad de México, siendo los nueve días del mes de julio de mil ochocientos cuarenta y seis;  reunidos en el Aula Magna de la Academia de Jurisprudencia de la Universidad de México,  el ilustre don Manuel de la Peña y Peña, ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, así como Director de esta Academia de Jurisprudencia; don Mariano Otero, profesor de esta Universidad y el de la voz, Jorge Enrique Salcedo y Salmorán; en su carácter de Presidente, Vocal y Secretario respectivamente; procedieron a efectuar el examen profesional para la obtención del grado de Licenciado en Jurisprudencia, que sustenta en Pasante en Leyes, don Armando Villarejo Domínguez, quien ha puesto a consideración de este honorable sínodo profesional, un trabajo intitulado: “Evolución y Análisis de la Constitución Mexicana”; quien luego de la replica correspondiente y de la deliberación de este sínodo profesional, decidieron:

Un silencio, un total silencio, para escuchar, la palabra más importante de esa ceremonia:

-      ¡Aprobarlo¡ - dijo don Manuel de la Peña y Peña, lo que dio origen a una alegría reprimida de cada uno de los concurrentes, al mismo tiempo que el joven Armando Villarejo, suspirara de alivio, al haber terminado el instante más angustioso de su vida.

-      Acto seguido, se da uso de la voz, al presidente de este Sínodo Profesional, Su Señoría don Manuel de la Peña y Peña, a efecto de tomar el juramento del licenciado en Jurisprudencia don Armando Villarejo González.

El aula permaneció en un profundo silencio, para escuchar con solemnidad, la toma del juramento.

-      Licenciado Armando Villarejo González; hijo de los señores Armando Villarejo Castrejón y doña Refugia de los Remedios Domínguez; y estudiante de nuestra noble Academia de Jurisprudencia de la Universidad de México; habiéndonos reunidos todos los presentes para llevar a cabo  la réplica y deliberación correspondiente de su examen profesional; y considerando para esta autoridad, que es merecedor del titulo de Licenciado en Jurisprudencia. No olvide que en el desempeño de su noble profesión, deberá renunciar a sus pasiones, para defender con esmero y virtud, la honra, el patrimonio, la libertad e inclusive la vida; de aquellos que buscaran su asertivo consejo, su pericia en el conocimiento de las leyes y pondrán en Vos la confianza de su digna representación e investidura de jurisprudente.  No olvidando callar de todo aquello que supiera, que oyera o viera;  para impedir a toda costa, el flagelo del pecado y la injusticia.  Si es asi:¡ Jura ante Dios, ante los Santos Evangelios y la Virgen de Guadalupe; desempeñar lealmente la profesión de Abogado, que esta Academia ha decidido distinguirlo, mirando siempre por el bien de la Justicia¡:
-      ¡Si lo juro¡.
-      Si así lo hiciera que Dios y la patria lo bendiga; y si no, que Os lo reprochen.

Entonces, el público asistente pudo ya aplaudir.

Armando Villarejo, ya era el licenciado Armando Villarejo. El momento más importante de su vida había transcurrido; recibió entonces el fraternal abrazo de los miembros del jurado; frente a él, su maestro Enrique Salcedo y Salmorán, quien después de haberle estrechado la mano, no tendría jamás idea, de que el momento más culminante de su profesión y también de su vida, estaría por ocurrir dentro de un año.

Después de ello, don Manuel de la Peña y Peña. Le informo a Enrique Salcedo que no tendría grupo para el siguiente año escolar. Que la Academia esperaría a que se juntara un grupo de por lo menos diez aprendices de jurisprudencia, para entonces, contemplarlo en la planta docente. Después de haber dado la noticia, don Manuel de la Peña, se retiró del recinto en forma fría y despectiva, como si tratara de simular su coraje por destrozar la vida académica de un profesor. Enrique Salcedo, se quedó sólo en el salón, sintiendo aún esa noticia tan lastimera. Comprendió entonces, que no volvería a dar clases.


domingo, 11 de septiembre de 2016

CAPITULO 38


La fuerza naval americana tiene las órdenes de ocupar los puertos de Tampico y Veracruz. Sin embargo la tripulación del Comodoro John D. Sloat, navega en las costas del pacifico, cuando escucha el rumor de que la guerra entre Estados Unidos y México había sido declarada. Entonces analiza la posibilidad de ocupar  el puerto de Monterrey en San Francisco, para declarar esos territorios, propiedad de los Estados Unidos. Mientras eso ocurre, algunas escaramuzas encabezadas por el Coronel Fremont y un regimiento de soldados de dios, todos ellos mormones, buscan la tierra prometida en América. Al mismo tiempo, cientos de millas, otro militar “iluminado”, el Teniente Coronel Stephen K. Kearny recluta a más de 1700 soldados, para sitiar al jefe de Departamento de Nuevo México Manuel Armijo y declarar a través de la fuerza y de todas las leyes de la guerra. la independencia de Nuevo México.  ¡La victoria americana era inminente¡. La siguiente plaza a ocupar era Matamoros; después sería California y Nuevo México.

No había excusa entre los generales mexicanos Pedro Ampudia y Mariano Arista; ambos se responsabilizaban de la estrepitosa derrota que habían sufrido días antes; de nada servía valorar otro tipo de cuestiones que influyeron la derrota, de nada sirvieron los justificantes de que el ejército mexicano no contaba con ningún médico, de que se carecía completamente de ambulancias y de víveres, que no había ni siquiera un botiquín para atender a los heridos; la derrota había sido culpa de Mariano Arista y solamente suya, por no haber tomado las debidas precauciones. ¡No era cuestión de razas¡, no se perdió porque el ejército mexicano fuera compuesto de indios mayas reclutados en la leva, no era la superioridad de la raza blanca ante la indígena o mestiza; no era porque los invasores fueran más altos y tuvieran mejor artillería; realmente se había perdido por hambre, por falta de municiones, por la obsoleta artillería, por la falta de estrategia militar; por la sencilla razón de que nuestros militares quedaron solos, porque su misión de defender centímetro a centímetro el territorio nacional, había dejado de ser importante desde que el presidente había optado por restablecer la monarquía.



Luego de la derrota de Palo Alto y Rasaca de Palma, se dio una deserción masiva de mil hombres. Los caballos desaparecieron, faltaba agua y víveres, la comida era robada; los aparatos y utensilios militares eran vendidos y hasta revendidos por la propia tropa a cambio de comida, o de algunas vendas o medicamentos conseguidos desesperadamente para dar alivio a los enfermos. Que nadie informe al general sobre los últimos decesos, soldados y caballos mueren por fiebres que pudieron haber sido controladas oportunamente; que nadie diga, que la tropa sigue desertando; que nadie diga respecto a los movimientos del general Zacary Taylor, quien se dispone atacar en cualquier momento y sin piedad alguna, la plaza de Matamoros.

El general Mariano Arista concentra en Matamoros lo que le restaba de tropa. Hace un mes, eran cinco mil efectivos y el día de hoy, solo unos dos mil seiscientos treinta y ocho según los informes de sus oficiales; según sus cálculos visuales, unos mil quinientos. ¿Dónde diablos estaban los demás?. ¿Y la caballería?. ¿Los médicos?. ¿La artillería?. Donde diablos estaban los soldados que alguna vez le sirvieron, aquellos que pelearon bajo el mando de su colega el general Pedro Ampudia; las bajas no podían ser todas; no era cierto que se hubieran muerto de fiebre, de gripa o de cualquier otra epidemia; tampoco era creíble que habían muerto de hambre junto con aquellos caballos flacos, que más convenía sacrificarlos que darles de comer. Nada de eso era cierto, pese a que las apariencias confirmaban más allá de la verdad.

Los generales García y Torrejón se encontraban igual de enfermos que la tropa; mientras que el general Pedro Ampudia en una actitud de total insubordinación; pues nadie asumía el error de haber perdido esas dos batallas, más que el propio Mariano Arista. No hay dinero para la tropa, sólo hay víveres para catorce días, parque de cañón para sólo cuatro horas de combate, el enemigo apreso a los generales Díaz de la Vega y a los tenientes Vélez y Prada. Hay que negociar con ello, el canje de presos. O mejor dicho, la devolución de nuestros oficiales, a cambio de entregarles Matamoros.  - Discúlpeme mi general¡. Mejor hay que resistir, hay que fortalecer nuestras trincheras sobre el río Bravo, porque el enemigo, en cualquier momento puede cruzar el río. - ¿Y con qué parque?.

El general Taylor obediente de las reglas más civilizadas de la guerra, pide la liberación de sus prisioneros de guerra, a cambio, habla de liberar a veintidós soldados mexicanos presos; en reunión de trabajo, los generales Morlet, Jauregui, García y Torrejón y el coronel López Uraga analizan la situación.

-      ¿Qué hacemos general?.

El avance del ejército americano era inminente. Los invasores podían darse el lujo de restablecer el Fuerte Brown y desde ahí, continuar con sus trabajos de artillería para bombardear Matamoros; podían inclusive cómodamente cruzar el rio Bravo, sin tener un solo ahogado. Consciente de ello, ante su debilidad y evidente superioridad del enemigo, el general Arista tomo una decisión:

-      Abandonemos la plaza.

Los demás militares no sabían si esa decisión tomarla con gusto o con indignación. Dudaron si en ese momento arrestar al general Arista para acusarlo de traición a la patria, o bien, cumplir estrictamente al pie de la letra sus instrucciones. No hicieron otra cosa, los demás oficiales mexicanos que quedarse callados y mirarse todos a los ojos, siendo testigos de la tercera derrota militar en esta guerra; una batalla perdida más, en la que ni siquiera, se había disparado una bala de fusil, ni mucho menos un cañón. Se había perdido Palo Alto en la batalla, Rasaca de la Palma en una emboscada y ahora Matamoros, en una vergonzosa retirada.



No será mejor suspender hostilidades. Hagamos una comisión y visitemos al general Taylor, ofrezcámosle la tregua y entrega de prisioneros; para hacer tiempo y reforzar la plaza con los regimientos de San Luis Potosí y Tampico. ¿Por qué no lo hacemos general?.

El 17 de julio de el general Tomas Requena cruza el rio Bravo con una pequeña escolta y la bandera blanca de la paz. Vienen para pactar la tregua; inclusive la entrega pacifica de la plaza, no atacaran al enemigo, hasta en tanto, no se pacten las nuevas condiciones de la guerra. Requena, una vez llegando al campamento de sus adversarios, alcanza a sentir la alta moral de sus adversarios. No da crédito, de que efectivamente, el ejército invasor es mil veces mejor que el propio. Una vez llegando a la tienda campaña, pide hablar con su homólogo el general Taylor.  Después de tenerlo esperando por horas; en compañía de sus traductores, Taylor responde al ofrecimiento, con su total negativa. – El general Taylor responde que cruzara el rio Bravo en la tarde – No acepta la tregua, es capaz de sostener otro enfrentamiento más. Requena regresa a Matamoros cabizbajo, con la moral abajo, al haber realizado la comparación entre los soldados americanos mejor equipados, que la bola de indios hambrientos con los que contaba el ejército mexicano. Comunica al general Arista que los americanos cruzaran el Rio Bravo por la tarde y que si en la noche, los mexicanos ofrecen resistencia, el atacara hasta destrozar al último de nuestros compatriotas. El dilema entonces es, o enfrentar heroicamente a Taylor en una batalla inútil que se perderá; o bien, retirarse, para reagruparse y volver a enfrentar al enemigo. ¿Qué hacemos general?.  

-      Escondan el parque y ordene la retirada. Quemen todo lo que hay. No dejemos ni una pizca de comida a esos invasores. Retrocedamos y concentrémonos en Monterrey.
-      ¿No sería mejor irnos a San Luis Potosí?

Mariano Arista lo pensó dos veces. Irse a San Luis Potosí significaba ceder más territorio al enemigo; aunque bien era cierto, tenía por lo menos la seguridad de que desde ese lugar, podía concentrar mayores soldados para la defensa del territorio nacional; no así, si decidía desplazarse hasta Monterrey, donde la lejanía del centro le sería más adverso replantear la estrategia para allegarse de refuerzos, aunque bien simbólicamente, el avance enemigo podía verse frenado inmediatamente.

Los oficiales mexicanos se quedaron pensando fijamente, si la retirada debía ser hasta Monterrey o a San Luis Potosí; hubo argumentos en pro y contra, al parecer la tendencia favorable era agruparse a Monterrey, aunque el general Pedro Ampudia sugirió que lo mejor para la defensa patria, sería dejar un regimiento en San Luis Potosí, para estar a la “espera” de lo que ocurriera en Monterrey.



 Una vez acordado la retirada de la tropa mexicana; se dio la orden de retirada; había que marcharse lo más pronto posible de ese lugar, llevarse lo más que se pudiere, o mejor dicho, lo que pudieran soportar aquellos caballos flacos y enfermizos; con esas carretas cada vez inservibles. – Carguen lo que puedan. ¡No dejen nada en manos del enemigo. – Los soldados cargaron unos pocos costales, que no eran más que los alimentos de la tropa; hojuelas de maíz y de frijol para darle de comer al regimiento. Semillas de frijol y maíz que ni aún dividiéndolo en mil porciones, garantizaba la estancia del ejército mexicano por más de quince días. - ¡Que esperan, carguen lo que se pueda, a pelarnos cabrones.- ¡No dejen huella para esos malditos güeritos, que vienen apoderarse dentro de unas horas, de la heroica plaza de Matamoros; del inmortal insurgente de la guerra de independencia Mariano Matamoros.

- Carguen lo que se pueda. – Pero las carretas no sirven, sus llantas en vez de ser redondas, se van convirtiendo en cuadradas, pierden su covartura; alguna inclusive, la madera yacía podrida. – Pobres caballos, maldita sea mi patrias – Los enfermos abordaron algunas de las carretas, sin médicos ni enfermeras, más valía matarlos a quemarropa, para no cargar estorbos. – Son menos bocas general, ¿Nos los echamos?. - ¡Espérate, no hay que gastar parque¡. – A ir emprendiendo la vergonzosa retirada, a bajar de lo más alto la bandera tricolor, sin ceremonia oficial, sin toque de bandera, marcharse lo más pronto posible, porque de un momento a otro, llegaban los invasores, con su uniforme verdecito, cantando canciones estúpidas y con esa bandera llamativa de estrellitas y franjas rojas.



El general Taylor es informado de la retirada mexicana; junto con sus demás compañeros celebran la tercera victoria militar, que lo llevara próximamente a su candidatura presidencial. No hacía falta planear golpecitos de Estado, no era necesario en Norteamérica proclamar un manifiesto a la nación y establecer a punta de balazos, una Junta Militar, ni tampoco un Congreso Constituyente. Seamos reales, en países civilizados como Norteamérica, las reglas de la democracia si funcionan. La convención de los Partidos Republicano o Demócrata postulan al próximo presidente y cada Estado de la Unión, organiza elecciones libres, para constituir los poderes de la unión. No estamos en México, donde inventan figuras como el “habeas corpus amparo” o instituciones jurídicas incomprensibles para la práctica del Derecho.

No señores, estamos en América, somos la raza predilecta, Dios bendice a los Estados Unidos, y para ello la libertad y la democracia tiene que llegar a todos los rincones del mundo, empezando por nuestra republica hermana, víctimas de la opresión de los sacerdotes y de los falsos militares. – Comand generaly Taylor – ordenemos la avanzada para mañana en la mañana, al mismo tiempo que los soldados mexicanos huyen en la noche como gallinas.

Los cohetes son lanzados desde el piso; al mismo que la tropa americana observa el espectáculo de las luces de bengala, las trompetas y tambores de la banda de guerra llama a todos los efectivos a ponerse en posición de marcha, con el uniforme intocable y con esos rifles de última tecnología. – Son más veloces para disparar. Algún día desarrollaremos un rifle mas rápido, donde no haya necesidad de recargarlo, donde con sólo pisar el gatillo, puedan salir disparados al mismo tiempo, decenas de balas. Nuestros cañones serán mas certeros, su potencia y lejanía, será la clave de nuestros triunfos militares. – _ Congratulations brothers, the War we’ll win. -  Del otro lado del escenario, los soldados cavan hoyos para esconder todo el parque que se pueda. - ¡Apúrense cabrones¡. Que en cualquier momento llegan – ah seguir cavando para esconder todas esas cajas de municiones, que no serán utilizados para matar a soldados invasores . A seguir excavando lo más que se pueda, echen la tierra de una vez, tapen lo más que pueda, que los americanos les cueste más encontrar el parque. ¡Quemen lo que puedan – ¡Y los enfermos coronel¡. ¿Qué hacemos con ellos?. - ¡Mátalos de una vez¡. ¡Que ya no sufran los cabrones. – Se escuchan los disparos, la propia tropa mexicana se aniquila a sí misma; se esconde sus propias armas, huye lo más que puede.

La retirada inicia. Sin trompetas ni cornetas que tocan, uno a uno de los mexicanos va retirándose del lugar. Dejando atrás, a sus muertos. A sus heridos, el parque inútil que no sería usado en contra del enemigo. A esconder lo más que se pueda, municiones, carabinas; a desarmar cada uno de los cañones y si no, tírenlos al rio; llevarse toda la comida, toda el agua; a matar al último moribundo; a emprender la marcha lo más pronto posible, la plaza de Matamoros debe de estar vacía para cuando entre el primer soldado yanqui.

- Congratulations my friends – El ejército mexicano ha vuelto a perder esta batalla. Las bajas del ejército de ocupación son mínimas, - ¡comand brothers¡. – los contingentes avanzan y junto con ello, la banda de guerra que ejecuta el himno nacional -  Happy day general, América win a México – la bandera de las barras de las estrellas, oscila en lo más alto en la plaza de Matamoros. – Nada dejaron los mexicanos, más que su vergüenza.  Lárguense con sus pinches generales.



En Palacio Nacional llega la noticia. El presidente de la republica pega un grito en el aire y califica al general Mariano Arista de un traidor, un desleal, un imbécil, solamente él es responsable de la peor crisis militar que vive en el país. ¡Al diablo el plan de Mazatlán y el de Jalisco, que importa si Santa Anna regresa o no para encabezar la revolución, Arista es el peor de los traidores, un desleal, carece de ética y de principios para seguir colaborando en mi gobierno, gírese una carta y ordene su inmediata destitución; convoque a todos los miembros del gabinete, a mis altos oficiales, llame al señor Arzobispo, necesito tomar lo más pronto posible una sabia decisión para contener esta crisis.

El ambiente político se estremece. La prensa habla no solamente de un litigio promovido por el abogado Mariano Otero ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación ante la detención ilegal y arbitraria de quien fuera Ministro de Hacienda don Manuel de los Trigueros; ahora la prensa habla sobre las derrotas militares por el ejército nacional ante el invasor yanqui. Se perdió Palo Alto, después Rasaca de la Palma; ahora el ejército abandona Matamoros sin la mínima resistencia. Arista es un traidor. Es el peor general del ejército mexicano, traiciono la confianza que el presidente le había depositado, sirve a los intereses más ocultos, esta no a favor de los mexicanos, sino de su mentor político, el despreciable y por siempre indigno, Antonio López de Santa Anna.

La orden de destitución de Mariano Arista llega, - entregue el mando al general Francisco Mejía – con ello, el general Arista suspende cualquier obra de fortificación tendiente a detener el avance enemigo sobre Monterrey. Sin embargo el general Mejía enferma, y es ocupado su lugar por Tomas Requena; la marcha aun no llega hasta Monterrey, cuando un regimiento de más de mil ochocientos hombres se desvía del camino para irse directamente a Tampico. - ¡Que no había que ir a Monterrey¡. - ¿Qué acaso no se había discutido, que el viaje tenía que ser directamente a San Luis Potosí?. ¿De dónde chingados sacan que hay que dirigirse a Tampico?.  – El general Morlet con dos regimientos ocupa el puerto de Tampico, porque dice que desde ahí, puedan entrar los americanos. - ¿Qué no entraran por Monterrey?. ¿No será acaso que desde Tampico, esperen que entre Antonio López de Santa Anna para destituir al próximo gobierno?. 

La ciudad lo sabe, en la Academia de Jurisprudencia, próximo a realizarse el examen profesional de Armando Villarejo, la noticia llega en forma sensacionalista; auguran que los americanos próximamente llegaran a Monterrey y que muy pronto, una excursión marítima llegara a los puertos de Tampico y Veracruz. Se habla inclusive de la segunda conquista de América. ¿Quién será el nuevo Hernán Cortes que nos derrote?. ¿Quién denigrara a nuestras mujeres y nos robara nuestras propiedades?. ¿Quién atentara contra la santa fe, nuestra religión, nuestra madre santísima de Guadalupe?. - ¡No tengan miedo señores – la Santa Iglesia Católica defenderá con todo patriotismo nuestra religión, no llegaran los metodistas, ni los presbiterianos, ni tampoco esos fanáticos mormones; cada sacerdote desde el pulpito, convocara a la resistencia. En la plaza del volador, se leen los primeros panfletos de que la revuelta militar de Mazatlán y la de Jalisco, será la que ponga fin a este nefasto gobierno. Que en cualquier momento, el protector de la patria entrara por Tampico.

- Señores – dice el presidente de la Republica, en esa mesa rectangular, donde un año atrás había hablado el ex presidente José Joaquín Herrera con la gente de su gabinete, ahora las caras eran diferentes, salvo Salcedo y Salmorán que detrás de la silla presidencial, toma nota de lo que en ella se discute, ahora ya no cuenta con la presencia de su amigo el Coronel Yáñez, y sin embargo es testigo nuevamente de esa segunda junta de salvación nacional. Hace un año, recordó que la reunión se realizo por la declaración de independencia que hiciera Texas junto con el reconocimiento del Congreso americano a su anexión; hoy después de un año; ni Texas, ni California, ni Nuevo México, ni tampoco Matamoros pertenecen a México. El enemigo se aproxima a Monterrey y planea en cualquier momento, ocupar Tampico y Veracruz. Escuchemos todos, que algo importante dirá el presidente de la republica, guardemos silencio.

-      Distinguidos ministros y oficiales de nuestro glorioso ejército mexicano. La defensa del territorio nacional ha sido uno de los pilares fundamentales de mi administración. La revolución de San Luis Potosí que dignamente me distinguió como su general en jefe, tuvo su razón de ser en la defensa de la patria, no de los americanos que por su propia lengua y religión sabemos distinguir como apostatas mercenarios, sino de nuestros propios hermanos que como Caín, son capaces de traicionarnos, matarnos y tratar de engañar inocente y estúpidamente a dios. Ese es el ejemplo que os ha dado el general Mariano Arista, a quien deposite toda mi confianza, y que con un regimiento de cuatro mil hombres, decidió desocupar cobardemente la plaza de Matamoros, contraviniendo las órdenes de resistir, atacar y vencer al enemigo que yo mismo le ordene. Por ello, me he prevenido a destituir a ese traidor y exigirle su presencia en esta capital, para que responda de sus cargos ante el Consejo de Guerra que sabrá sancionarlo.

Los demás seguíamos escuchando al presidente de la república, en espera de que en cualquier momento, diera a conocer algún mensaje importante.

-      Asimismo, los jefes de Departamento de Tamaulipas y Veracruz, me han informado que sus puertos han sido bloqueados por escuadrillas presumiblemente americanos; bloqueando con ello, todo nuestro comercio marítimo. La situación no lo dudamos, es grave y exige desde luego, toda la lealtad a su servidor. La unión de todos para defender la soberanía nacional, la guerra ante todo, el llamado de todos nuestros hijos para resistir, defender, atacar y derrotar por siempre a esos invasores que vienen a robarnos, no solamente nuestro territorio, sino también, nuestra santa religión.

Pero a decir verdad, su discurso parece despedida. Nada dice respecto a las rebeliones de Mazatlán y Jalisco. No pronuncia el nombre que todos saben esta próximo a regresar. Demerita cualquier acción política; la verdadera salvación a la patria es él.

-      Siendo el presidente constitucional, jure ante Dios ya los santos evangelios, desempeñar fiel y lealmente el poder que la nación me deposito; jure ante el Congreso mirar por el bien y la prosperidad de mi patria, procurar y conservar la integridad del territorio nacional, guardar y hacer guardar las leyes; es por ello, que en cumplimiento a mis altos deberes de patriota, es por lo que solicitare al Supremo Congreso se sirva declarar la guerra a los Estados Unidos de Norte América; así como también, se me faculte para proporcionarme los recursos que fueran necesarios para hacer uso de todas las rentas nacionales, a fin de atender los gastos urgentes de loa guerra. Yo mismo presidiré la defensa del territorio nacional. Yo mismo enfrentare a esos americanos, como el mejor hijo de la patria. No traicionare la confianza que ustedes en mi me han depositado, defenderé a mi país por sobre todas las cosas.

-      General. Usted no nos puede dejar. ¡No exponga su vida por favor. - ¡Nadie como usted puede gobernar a este país. - ¡No señores por favor no insistan, irá a combatir a esos mercenarios.- - No lo permitiremos general.- Usted es el mejor presidente del país.- No olvide que próximamente llegaran los príncipes de España y el panorama cambiara radicalmente. – Por favor no nos deje. - ¡Viva el general Paredes Arrillaga¡. Mueran los yanquis. Esta guerra será recordara por siempre, por la heroica defensa de nuestro gran hombre, el presidente de la republica, generalísimo Mariano Paredes Arrillaga.

El general se levantó de su oficina y acto después, cada uno de sus miembros del gabinete le extendió un cordial saludo y un abrazo solidario en muestra de lealtad y total subordinación. – Saldremos adelante. – Peores momentos hemos tenido. – No permitiremos, que llegue ese maldito de Santa Anna a quitarnos, lo que usted con tanto sacrificio ha podido obtener. – Jóvenes, saquen el dinero de todas las arcas, que nos iremos al norte a combatir a esos americanos.- Escucharon bien a mi general, saquen todo el dinero y ponga en marcha todas las carretas, el presidente de la republica abandona la Ciudad, para dirigirse al norte y enfrentar ese tal Zacarías Taylor y ponerlo en su lugar. – Por favor señor presidente, quien como usted podrá salvarnos del enemigo. ¡No se vaya por favor¡. – ¡regrese¡, ¡regrese¡ lo mas pronto posible. No nos deje a nosotros solos. - ¡ya sacaron el dinero¡. Falta el fondo de ahorro, está en la caja fuerte de mi oficina, llévense todo el oro, no dejen nada, absolutamente nada. Si es que otro llegare  a ocupar mi lugar, no le den dinero, ni una moneda, ni una limosna. Su inminencia, otórgueme su bendición, quiero salvar ante todo, mi vida. – Que dios y la santísima virgen de Guadalupe, lo bendizca a Usted mi general.

Un regimiento de más de mil soldados acompaña al presidente de Republica, en su partida al norte para enfrentar a Zacarías Taylor. Las bandas sonoras de los militares anuncian la despedida del general en jefe que abandona la ciudad. La impresión de que todos tienen; es que Paredes Arrillaga abandona el poder. Su excusa de irse a combatir a los americanos, no es más que la renuncia a su puesto de presidente, hecho de la forma aparentemente mas digna, pero a fin y a cabo, renuncia. El país siendo invadido y ante un caos de la ingobernabilidad que él mismo género. El pueblo ve partir a quien siete meses antes, había jurado salvar a la patria de la amenaza yanqui. Los papeleros anuncian que con la huida del presidente, la ciudad queda indefensa, en espera de que cualquier caudillo se subleve, adhiriéndose a las revueltas de Mazatlán, Jalisco y Veracruz. El nombre de ese nuevo caudillo, unificaría todas las revueltas populares y haría posible el retorno de su Excelencia, el generalísimo Santa Anna. Ese caudillo revolucionario, al parecer tiene nombre. Se encuentra en el cuartel de la Ciudadela, es el general Mariano Salas.



En otro lugar, el 7 de julio de 1846 después del bombardeo marítimo y la poca resistencia de cincuenta guardacostas mexicanos, el Comodoro John D. Sloat y sus más de trescientos cincuenta marinos, ocuparon el puerto de Monterrey en San Francisco California, derrotando con ello a la poca resistencia de la tropa nacional que la defendía; de esa manera, las banderas americanas posarían por siempre sobre las costas de California. Un simple oficial de la marina americana, rompía las reglas del derecho internacional, actuando por su propia cuenta y en contravención a sus altos oficiales, se convertiría para la historia, el nuevo padre de la patria, de la California americana. – ¡Que Dios bendiga América.




sábado, 10 de septiembre de 2016

CAPITULO 37




James Thompson había despertado de su cama aquella mañana, acompañada de aquella joven prostituta que le había hecho la noche placentera. Desde ahí, envuelta en las cobijas y con la luz del día que entraba a la habitación, Thompson escuchaba el canto de los pájaros, al mismo tiempo que observaba el cuerpo de esa mujer desnuda de cabellos negros y largos, miraba su hermoso cuerpo, sus líneas perfectamente contorneadas, sus piernas, brazos,  sus infinita cadena y senos que lo hizo perderse apasionadamente en medio de la oscuridad, haciéndolo sentir más joven de lo que ya no era. De no ser por el color de su piel o su cabello negro, esa mujer podría ser Amparo, su amada esposa, a la que había abandonada con su hija y que nunca la había conocido.

Lupita despertó al sentirse observada, se había dado cuenta que la luz del día había entrado a esa habitación y que por lo tanto, sus servicios sexuales habían sido proporcionados para darle placer a un viejo gringo, que hablaba excelentemente el español, que seguramente era de dinero y que una razón muy importante, lo había hecho visitar México.

¡Amparo¡. Su amada Amparo, que un día para otro, lo abandono para irse a vivir con un  tipo igual de mezquino que él. Un tipo asqueroso, engreído, mal nacido, de esos que no merecían haber nacido, que hubiera sido mil veces preferible para la humanidad, que ese tipo hubiera muerto de cualquier epidemia, que haber sobrepasado los cincuenta años, para podrirse poco a poco en vida.



La misión que le había encargado el Secretario de Estado había sido perfectamente cumplida al pie de la letra. Ahora sus informes le confirmaban, que en menos de cuarenta y ocho horas, el mejor regimiento del ejército mexicano, había sido aniquilado por el general Zacary Taylor. La valiosa misión de defender la soberanía nacional encomendada a esos indios mexicanos, fracaso. ¡Fiesta nacional en los Estados Unidos¡. Bastaron dos días, para que después de haber perdido el ejército mexicano en Palo Alto y Rasaca de la Palma, también se perdiera moralmente; los informes de Thompson aseguraba que de la noche a la luz del día, una oleada de soldados desertores, abandonaran el ejército; las tiendas de campaña lucían vacíos, se fueron los soldados mexicanos, escondiendo la vergüenza de la patria, ¿Dónde diablos se fueron estos malditos indios?. Sin rastro alguno, el general Mariano Arista no podía ocultar el coraje de haber perdido de la forma tan mas pendeja; había que desquitarse con los malditos desertores, ir detrás de ellos y fusilarlos, ahorcarlos, arrancarles las uñas, quemarlos en leña verde; decirle a toda la estúpida tropa, que ese sería el destino si un soldado más decidiera desertar.

Pero que importa si esos hechos ocurren tan lejos de la ciudad; de nada vale las noticias en un país desinformado, donde en las oficinas del Palacio Nacional, los soldados siguen portando sus mejores trajes, con casacas terciopeladas y botones inclusive de oro, con medallas y cascos hechos con los mejores metales del mundo  y con el aumento considerable de sus haberes; con un gobierno fuerte como el del general Mariano Paredes Arrillaga presidente de la republica por la revolución de Jalisco, que una y otra vez más, exponía ante la comunidad intelectual, ante el santo clero y los militares del país, las bondades del sistema monárquico. ¡Viva México¡.  ¡Viva la gloria nacional¡. Que suenen los cohetes, las campanas de todas las iglesias, gritemos de júbilo, haciendo caso omiso, de que en menos de veinticuatro horas, más de dos mil soldados americanas cruzaran el Rio Bravo.  ¡Remember the Alamo¡. Celebremos que en México, son más importantes los manifiestos políticos que lo que realmente ocurre.



A lo lejos, en Mazatlán Sinaloa el insurgente general Juan Álvarez, se levanta en armas, desconociendo como Presidente de la Republica al general Mariano Paredes y Arrillaga, invocando a toda la ciudadanía, a restablecer las instituciones federales y con ello, el regreso del generalísimo Antonio López de Santa Anna.  La nueva revolución aparecería en la misma medida en que los soldados americanos ocuparan poco a poco mejores posiciones, en que aquella bandera de las barras y las estrellas, con aquellos soldados que con música y desfilando jubilosamente, iban penetrando poco a poco el territorio nacional, hasta llegar en los próximos meses al corazón de la república. La nueva revolución no escucha de tambores, no sabe nada de la derrota estrepitosa de Mariano Arista, ignora por completo los nombres de todos los soldados mexicanos que murieron a causa de la artillería yanqui o en el peor de los casos, ahogados en el Río Bravo. La nueva revolución no sabe de eso, lo único de lo que esta convencido, es que este gobierno ha traicionado la Constitución, ha violado la soberanía popular, le ha mentido el pueblo, ha puesto en riesgo la soberanía del territorio nacional; la nueva revolución no cuenta todavía con suficientes recursos pero está convencido que al llamarle para su dirección al padre de la patria Santa Anna, inmediatamente otros bandos se sumarian a la revuelta. La noticia no tarda en llegar, antes de que se enteraran de las derrotas de Arista en Palo Alto y Rasaca de la Palma, la guarnición de Guadalajara, aquella que estaba dentro de los dominios del Departamento de Jalisco, aquellos que meses antes habían apoyado a su caudillo, decidieron desconocerlo sin piedad alguno. El nuevo manifiesto se solidariza con la revuelta de Mazatlán, sólo que ahora además de pedir el retorno del general Santa Anna, promete convocar a un nuevo Congreso Constituyente conforme a las leyes electorales de 1824 y garantizar de una vez por todas, la existencia del Ejército.

Thompson seguía escribiendo esos reportes a su destinatario el Secretario de Estado, a fin de que este mismo informara al Presidente Polk de los primeros síntomas alentadores del triunfo inminente de Norteamérica sobre México. Podía seguir informando aun con mayor detalle, el resultado de sus entrevistas con los cardenales de Puebla y de la Ciudad de México, el éxito de su negociación consistiría en que ningún sacerdote católico llamaría a la guerra a sus feligreses contra los americanos, a cambio de que Estados Unidos siguiera respetando la santa fe del catolicismo mexicano. – No atentaremos contra el dogma, no destruiremos ninguna iglesia – repetía una y mil veces Thompson a cada uno de los clérigos que visitaba, hasta convencerlos de que en esta guerra, se respetaría cada lugar sacro de la fe del pueblo mexicano. Que no sería nunca la intención de Norteamérica, de sustituir el catolicismo por el protestantismo.

Qué lejos estaban esos días cuando Thompson disfrazado de mormón, emprendió la persecución en contra del profeta Joseph Smith y de sus apóstoles, para impedir que este y toda su cofradía, ascendiera a la presidencia de los Estados Unidos de América.



Ahora los tiempos habían cambiado, ya no se dedicaba espiar a los mormones, ni a tampoco a creerse esos cuentos de que el Ángel Moroni se le había revelado al profeta Smith respecto al contenido de esas planchas de oro, que describían la historia de la tribu de los “Jereditas”, descendientes de Henoc y provenientes de Babilonia, dispersos éstos por la confusión de las lenguas en la torre de Babel; ya no se dedicaba a buscar el libro de oro que contenía la doctrina religiosa de esa secta, ni a verificar si en verdad era cierto, de que al falso profeta se le habían aparecido Juan el Bautista, San Pedro, Santiago y San Juan; todo eso era falso, pero muy bonito de creerlo, ahora lo que se dedicaba era espiar a los jerarcas católicos mexicanos, a sus gobernantes, a contribuir con sus informes para que esta guerra fuera ganada por América. Ya no importaba ahora el crecimiento desmesurado de la secta mormona, que habían llegado a Nueva York, Ohio, Missouri y Nauvoo; que lejos estaban los días cuando el profeta Smith fue detenido por los delitos de sedición, poligamia, fraude y pederastia.

Se rió ahora Thompson, no daba crédito de que como el destino da tantas vueltas; tanto perseguir a los mormones que se convirtió en Mormón; tanto hablar con los jerarcas católicos mexicanos, que prefirió una vez más, adoptar a los reverendos mormones como sus verdaderos líderes religiosos. Era mil veces mejor tratar con Brigham Young que con Monseñor Labastida, era preferible una vez más, creer que el pueblo hebreo había emigrado a Norteamérica, a que la “virgencita de Guadalupe” fuera la madre de dios y protectora de los indios mexicanos. No cabe duda que los pueblos necesitaban columnas de fe donde sostenerse; pero al menos la columna mormona, aun pese a todos sus errores, era más acorde con la forma de pensar del pueblo americano; eran ellos el pueblo elegido, el destino manifiesto de su liderazgo y predominancia en el mundo, eran ideas que afianzaban el patriotismo americano, frente a esa visión maternal de la virgen Guadalupana protectora de los indios esclavos y abnegados de sus opresores los españoles.



Ahora Thompson, recordaba cómo había muerto Joseph Smith, después de la persecución, de su encarcelamiento, del linchamiento del que fue víctima, de aquellos balazos disparados entre la muchedumbre enardecida que le dieron fin a la vida del falso profeta; de esos Mormones místicos, de la falsa iglesia que ostentaba predicar el verdadero evangelio, eran ahora ellos, ya no perseguidos por su poligamia, ni por sus fraudes y mentiras; ya no eran delincuentes, sino eran sus aliados en contra de los mexicanos; nunca el Gobierno de los Estados Unidos pudo desaparecer la secta con la muerte de su profeta; al contrario, la iglesia había crecido tanto, que ahora constituía un gran motor de apoyo político, económico y militar a favor del Gobierno que años antes los había perseguido. ¿Quién lo iba a pensar?.


Quien iba a imaginar que la pipa de la paz entre el gobierno americano y de la iglesia mormona iba ser firmada, gracias a esta guerra con México. ¿Quién iba a suponer, que a dos años de la muerte del profeta Smith, decenas, cientos y porque no, miles de feligreses mormones, se alistaban al ejército de los Estados Unidos para apoyar esta guerra. ¡Celebremos pues ese patriotismo¡. Esa religión es bendita, sea cierto o no el contenido de las tablas de oro, de que haya o no aparecido Juan el Bautista y el ángel Moroni, de que Jesucristo piso América, que importa, lo trascendente ahora, es que el batallón mormón se suma al ejército americano en clara muestra de su subordinación al Presidente de los Estados Unidos, a norteamérica, al destino manifiesto.



Thompson había sido informado de que el comandante militar de extracción mormona John Fremont, atravesaba Nevada, Arizona, Nevada, Utah, para dirigirse a California. Quizás seguramente para implementar el estado teocrático mormón, pero que importaba cual fuera la motivación de éste, lo importante de esa misión patriota, era que los mormones ya no eran unos delincuentes, sino eran aliados en esta guerra y que los mismos contribuían, a invadir los territorios mexicanos que pronto le serían arrebatados por la guerra.

De esa manera California sería sitiada por el comandante mormón Fremont, así como por el Comodoro John D. Sloat, quien en unos días, tomaría el puerto de Monterrey en California,  para vencer a los guardacostas mexicanos.

Thompson había visto y vivido  tanto; nadie podía engañarlo. Solamente ese maldito escribano mexicano que resulto tener mayor dinero que él, el suficiente precio para haberse casado con quien fuera su mujer, nada menos y nada más que Amparo.

Ahora regresaría a México para vencer a esos indios descalzos, a ese país de sacerdotes de faldas negras, hipócritas y más corruptos que los lideres mormones; más polígamos que el mismísimo Joseph Smith, borrachos, perezosos; Thompson regresaría a México Para pedirle perdón a su esposa y regresar con ella a New York a tratar de reconquistarla. A pasar con ella, quizás, los últimos días de su vida.

Mientras tanto Lupita seguía desnuda, levantándose de la cama, luego de haber pasado la noche con ese americano, quien para ese momento, había cambiado radicalmente de actitud, ya no era el viejo agradable, interesante, gracioso, que hablaba perfectamente el español; en esos momentos, James Thompson había cambiado bruscamente de personalidad, ahora era déspota, soberbio, olvidando de sus labios pronunciar cualquier palabra de español; comportándose en una actitud insolente, le ordeno a Lupita que se largara. Sin embargo, la joven prostituta, sólo se rió de él,  con la sabana se tapo el cuerpo y en tono burlón le dijo:

-      Guerito, no hagas como el que no me entiendes.
-      I don’t speak spanish, I don’t understand, you go aut.
-      No se que quieras decirme, pero a ti te hace falta hablar.

Thompson se sintió descubierto, descubrió entonces que efectivamente necesitaba alguien con quien hablar.  Una persona que lo escuchara sin reprocharle, que le tuviera toda la paciencia y sabiduría para soportarlo como persona, que le pudiera contestar a cada una de sus pregunta. Efectivamente, el silencio de Thompson tenía que romperse y hablar de una vez por todas.

-      You are intelligent. How do you say name.
-      No te entiendo güerito. Que quieres decirme.
-      ¿Cómo te llamas?
-      Yo me llamo como quieras llamarme.

Thompson había olvidado que esa mujer había respondido al nombre de Lupita, ahora que la veía sentada en la cama, había recordado sus años de vida marital,  esa mujer podía ser Amparo.

-      Te llamare Amparo.
-      Llámame como quieres cariño. ¿Qué te pasa?.



A veces una prostituta sirve de confesionario, no solamente es una mujer que otorga los placeres sexuales a quien tenga hambre de ellas, es también una pared, una estatua digna de una virgen, una persona con quien cualquier hombre no solamente puede desnudarse en cuerpo, sino también el alma. Sin embargo Thompson, no dijo nada, se quedo callado; no fue capaz de decirle a esa mujer, que hombres como él, son indignos, asquerosos, sucios; que su afición al juego lo había hecho perder tanto, incluyendo a la mujer que alguna vez amo; que no por nada, prestaban sus servicios ruines para los intereses mezquinos del país invasor. Automáticamente, como si hubiera tenido una revelación, Thompson supuso que esa mujer no solamente podía tener las cualidades de una bruja capaz de adivinar el pensamiento a cualquier espía de Norteamérica; ahora sabía perfectamente que esa mujer, podía contactarlo quizás con las esferas más altas del Gobierno Mexicano. Tenía todo para hacerlo. Era alta, morena, de cabello largo sedoso, un impresionante busto y una cadera exquisita que se meneaba al caminar, tan impresionante era su andar y su sensualidad, que cualquier hombre no podía resistirse a los encantos de esa mujer. Ni el más honesto de todos los mexicanos.

Lupita entonces sintió que sería utilizada por ese hombre. Supo perfectamente que esa noche en la que había prestado sus servicios le pronosticaba un cambio radical en su vida; dejaría de ser una prostituta más, para convertirse quizás, sino en una dama de sociedad, si por lo menos en una “madam” de casas de citas; podía ser la patrona de su propio tugurio y prestar los servicios de espionaje a favor de los americanos. Thompson tenía todo para invertir en esa empresa, contaba con los miles de dólares para levantar un establecimiento digno, cómodo, elegante, un lugar que fuera frecuentado por altas clases sociales de la república mexicana; que fuera visitado por todos los generales del invencible ejercito mexicano y porque no, hasta por los falsos clérigos quien detrás de la sotana, no podían esconder los instintos de sus penes erectos ante la presencia de una mujer hermosa. Ambos imaginaron que podían utilizarse uno al otro. Ella podía sacarle todo el dinero a su nuevo mentor, él mientras tanto, podía sacarle toda la Información.

Que gran acierto, pensó Thompson al ver ese cuerpo semidesnudo, esa mirada profunda de un ser felino, lo supo muy bien desde que escogió entre todas las rameras de la ciudad a esa mujer. Había encontrado en ella a una importante socia, una leal colaboradora al ejército americano y porque no, quizás, a una excelente confesora.

-      Amparo, o como te llames. Creo que necesitare hablar contigo por muchas horas.



Lupita se paró de la cama con su cuerpo escultural, dejo caer al suelo la sabana que le cubría su cuerpo y caminando desnuda, tomo su vestido para ponérselo. Era bella, sus hermosos pezones traspasaban la tela, en una dimensión de claroscuros que incitaba nuevamente a cometer el acto carnal.

-      Güerito, no sé en que pueda servirte. Pero te aseguro, que no te arrepentirás. Seré tu mujer en todo momento, seré tu amante, tu empleada, si quieres, hasta tu propia sicaria. Estaré por servirte a ti, mientras sepas corresponderme cariño.

Lupita camino suavemente hasta estar de frente a Thompson, estiro sus brazos al cuello de este para acercar sus labios y besarlo. Éste la tomo de su cintura, devolviéndole el beso apasionado, formando con ello a la luz del día, la silueta de una sombra sobre ese gran ventanal.  ¡El pacto había sido suscrito¡.