miércoles, 24 de agosto de 2016

CAPITULO 21


El Supremo Gobierno mexicano había logrado contactar a la embajada Británica, para pedir su mediación en el conflicto que existía entre Estados Unidos en relación al problema tejano. El argumento que sostenía el gobierno era muy fácil de creer. México estaría dispuesto aceptar el reconocimiento de Texas como republica independiente, después de todo, el territorio tejano era tan grande como la Republica Francesa y por lo tanto, una era prospera le deparaba si decidía permanecer como nación independiente, no así, si presionado por la política expansionista de los americanos, decidieran estos sobajar su soberanía, al incorporarse a los Estados Unidos. Lo que implicaba obviamente la desaparición de Texas en el contexto internacional.

La Comisión negociadora entre México y Texas continuaron en pláticas secretas para tratar de solucionar este problema. Había que encontrar la paz, aceptar los errores de ambas naciones y sobre todo, defender la soberanía e independencia a la que tanto Texas como México tenían derecho. ¡Pero eso si¡ sin aceptar obviamente el chantaje, la presión, o inclusive la amenaza hostil de los americanos.

La Comisión texana reitero que la decisión de anexarse o no a los Estados Unidos de América, era única y exclusivamente de los texanos, la cual a través de su Congreso, decidirían si agregarse o no a la federación americana. Asimismo enfatizo que los texanos se sentían agraviados por los ataques que en si momento, la expedición punitiva de Santa Anna había hecho sobre la población de Goliat y el Álamo en el año de 1836, a la cual, aún a la fecha, mucho de los texanos se sentían todavía con miedo de que el ejército mexicano en cualquier momento volviera invadir el suelo de Texas. ¡Obvio que la comisión del Supremo Gobierno Mexicano desistió reivindicar su postura política y decirle a la comisión, de que Texas era y había sido parte del territorio mexicano y que por lo tanto, lo ocurrido en el año de 1836, fue una revuelta patrocinada por mercenarios, piratas, filibusteros, que siguiendo un afán mercantilista, habían desconocida las autoridades del gobierno mexicano, al grado de comportarse como simples y viles delincuentes¡. Pero después de todo, había que reservarse ese tipo de comentarios para no herir la sensibilidad de los texanos, pues cualquier resultado obtenido en la Comisión, sería un triunfo en la diplomacia mexicana.

Sabía perfectamente la comisión mexicana, que contaría en todo momento con el apoyo del gobierno de Gran Bretaña. Días antes, la delegación mexicana había sido informada de la entrevista que en su momento tuvieron el embajador Elliot de Gran Bretaña con el supuesto Presidente de la Republica de Texas Jones, consistente en convencerlo de las bondades que tendría Texas si se mantuviera como república independiente. Todas sus riquezas naturales le serían suficientes para convertirse en una prospera nación, a diferencia de la postura de anexarse, la cual implicaría que todos los frutos económicos de Texas, serían absorbidos por los intereses del gobierno americano. El presidente Jones se quedo pensando en analizar, los pros y contras que implicaba la anexión de Texas a los Estados Unidos, escucho atentamente el embajador británico por lo que decidió responder al diplomático, utilizando el discurso retórico de que la decisión final, estaría en manos de los propios texanos representados éstos en su congreso.



Un Congreso que estaría representado por cuarenta y seis diputados, de los cuales, cuarenta y cinco de ellos eran de origen angloamericano y solo uno, de extracción mexicana. ¡Lo ve Ministro Cuevas¡. De los cuarenta y cinco diputados texanos, dieciocho son de Tuenese, ocho de Virginia, siete de Georgia, seis de Kentucky y cinco de Carolina del Norte. ¡Solamente uno, es mexicano¡ Ah decir verdad, Texas es más de América que de México, por lo que lo único que nos une a ellos, es la historia de haber nacido al mismo tiempo, pero había que aceptar aunque nos doliera, que Texas tendría el mismo destino de las Provincias Unidas de Centroamérica que terminaron por separarse de México. Al igual que Guatemala, que Salvador, que Honduras. Pronto lo hará Yucatán, así por que defender patrióticamente a Texas, si en el sur, ya habíamos tenido la experiencia de perder territorio.

Pero no era tanto el perder más territorio, Chiapas se había unificado a México y pronto podría ocurrir lo mismo con Cuba cuando este se independizara; el problema de reconocer o no la anexión de Texas a los Estados Unidos era una cuestión de principios.  Ninguna república de Centroamérica se había separado o querido separarse de México como lo hicieron los texanos. No era justo que ante la hospitalidad que se les había hecho a los supuestos “texanos” de colonizar el norte de México, estos habían respondido con desconocer la autoridad y supremacía del gobierno mexicano que había consentido su estancia en el territorio mexicano. ¡No era justo¡. Porque lo que Texas pretendía hacer, era ofender la sensibilidad, la hospitalidad y generosidad del gobierno mexicano; no era justo, porque les traicionaba más la ambición de hacer dinero, que de sentirse mexicanos; pero más aún, que podía esperarse de un grupúsculo de protestantes, que no creían en la Santa Iglesia Católica ni en las aspiraciones milagrosas de la virgen de Guadalupe. ¡Que podía esperarse de esos mercenarios?, que de un día para otro, justificaron sus ambiciones con el discurso de los grandes hombres de la ilustración. ¡Patrañas¡, ¡Eran patrañas¡. Texas no debía de anexarse a los Estados Unidos, en todo caso, México estaría dispuesto a reconocerlo como una republica independiente, pero nunca, consentiría que aquellos delincuentes texanos, robaran el territorio nacional.



El Ministro Jesús G. Cuevas en compañía del licenciado Salcedo se dispusieron a informar al Presidente José Joaquín Herrera sobre el avance de las negociaciones. Era 16 de junio de 1845 y muy pronto, el ministro mexicano debía informar al Congreso, sobre el resultado de las conversaciones sostenidas entre la delegación mexicana y la texana.

-      La postura señor Presidente se en concentra en cinco puntos. Primero. México consiente el reconocimiento de la Republica de Texas. Esto implica que Texas no nació en 1836 con los Tratados de Velasco como argumentan ellos, sino que su independencia será a partir de éste momento, cuando México consienta, es decir, autorice o permita, la separación de Texas de la Republica Mexicana y por ende, su personalidad jurídica como nación independiente. El segundo punto que se trato señor Presidente, es que los texanos se comprometen a no agregarse a los Estados Unidos ni a cualquier otra potencia; ¡Lo ve General¡. Con ello excluimos de la negociación política a los Estados Unidos. Lo que digan ellos o dejen de hacer ellos, no debe de importar ni a los mexicanos ni a los texanos. El tercer punto que fue tratado, es que México se compromete a indemnizar a los texanos de los daños que hayan resentido de autoridades mexicanas, yo sé que puede ser una cláusula incomoda a nuestra dignidad nacional, pero resulta oportuna hacerlo como una forma de externar nuestro reconocimiento oficial a Texas como país independiente. El cuarto punto que se trato señor Presidente, es también de gran trascendencia. México y Texas se deciden someter al arbitraje internacional para decidir sus límites territoriales. ¿Qué le parece señor Presidente?.

El general José Joaquín Herrera sentado en su escritorio y detrás de ésta, la ventana que mostraba la plaza de la Constitución, se quedo meditando seriamente a lo que el señor ministro le informaba.

-      ¡Bien señor ministro¡. Me parece que los acuerdos a lo que puede llegar con la delegación texana resultan beneficiosos para los intereses de la patria; sin embargo, hay algo que me preocupa. ¿Qué pasara si Texas incumple con lo acordado y de buenas a primeras, decide anexarse a los Estados Unidos.
-      Pasara que el gobierno mexicano desconocerá dicha anexión en forma inmediata y categórica, teniendo lamentablemente como destino fatal la guerra con los Estados Unidos.
-      Muy bien señor presidente, pero no ha pensado, ¿Qué también a nosotros nos puede desconocer?.

Un profundo silencio se origino con esa afirmación externada en forma depresiva por el Presidente.

-      Tengo la impresión de que Francia y la gran Bretaña no han querido apoyar a México en su conflicto con los Estados Unidos, por la sencilla razón de que no somos una nación seria y responsable. Somos republica, pero parecemos una sociedad que vive en un estado de naturaleza, una nación que no es nación por que ninguno de sus habitantes se sienten mexicanos. ¿Lo ve ministro?. México es un país en caos, en anarquía, sin orden y progreso, dividido y sin proyecto común. ¿Cómo vamos a pedir ayuda internacional, si mi gobierno se sostiene con alfileres?. El día de ayer hubo una intentona militar en contra mía, afortunadamente fracaso, pero ya tengo informes de que el general Filisola esta organizando una sonada militar y que muy pronto, el general Paredes Arrillaga ocupara la Ciudad de México. ¿Se da cuenta señor Ministro?. Los mexicanos somos nuestros propios enemigos?. ¡Nadie se da cuenta de que el problema es Texas y los Estados Unidos¡. Y nosotros, matándonos en divisiones tan estupidas.

El ministro se quedo callado, tratando de animar la postura catastrófica del Presidente.

-      Señor Presidente, México es un país joven que le falta identidad. ¡Es cierto¡. Pero somos una nación digna, independiente, que nació bajo principios y en que forma tan peculiar que ninguna nación de Sudamérica tiene. Debemos apostar a la fuerza de los argumentos y no al argumento de la fuerza. La delegación texana será la mas perjudicada si decidiera anexarse a los Estados Unidos.

El Presidente sólo rió de escuchar lo que acababa de decir su Ministro.

-      No diga eso señor ministro. ¡Eso es falso¡. Texas es una nación de mentalidad americana. En su mayoría son protestantes, viles comerciantes y partidarios de la esclavitud. Tienen mas parecido a los americanos que a nosotros los mexicanos. No creo que la comisión obtenga resultados satisfactorios, pues la decisión final de anexarse o no a la Unión Americana será el día cuatro de julio, cuando el Congreso de la Republica de Texas decida agregarse a los Estados Unidos.

Quizás en ese momento, el Ministro Jesús G. Cuevas se sintió pisoteado por una gran verdad. Quizás había parlamentado una cuestión ya decidida, había perdido su tiempo y la fe, que la diplomacia ofrecía. No pudo resistir a la simple idea de que el Presidente tenía razón; de que sus argumentos vertidos, eran realmente verdaderos. Pero lo que iba a escuchar del presidente, bajo todo su estado de ánimo.



-      La prensa americana informa que Estados Unidos presiona a Texas para su anexión; diciendo que si los texanos no deciden agregarse a los Estados Unidos en forma pacífica, ellos mismos lo harán a nombre de ellos. ¿Se da cuenta señor ministro?. No conforme con eso, el mejor Buque de guerra de los Estados Unidos, el Princeston, ancló en el Puerto de Galveston y junto a éste, llegaron otros buques americanos a las costas texanas; ¿Cómo debemos interpretar esto?. ¿Qué tal, si esos buques que ahora invaden las costas texanas, de un momento a otro lo hacen en Veracruz?. Mientras eso ocurre, un estúpido Coronel de nombre Rangel intenta desconocerme como presidente de México. ¿Cree que de esa forma, Gran Bretaña ayudara a México?. Mientras nuestras fuerzas armadas están mas interesadas en derrocarme como su legitimo presidente constitucional, el general Zachary  Taylor tiene reclutado a más de la mitad del ejército americano para resguardar el territorio tejano, en contra de un inminente ataque de nuestras ropas.
-      ¿Pero es que acaso ha pensado en atacar a Texas?.
-      De ninguna manera señor Ministro. La verdad de las cosas, es que Taylor tiene las órdenes precisas de ocupar lo mas pronto posible el suelo tejano, después bajarse al río bravo y ocupar Matamoros, para evitar que no los ataquemos primero. ¿Se da cuenta?. Piensa atacarnos para que no los ataquemos. Brillante defensa de los americanos ante la amenaza de ésta triste e insignificante republica mexicana.

El general Herrera se quedo mirando fijamente el escritorio, como tratando de ordenar sus ideas.

-      Señor ministro, este país se lo llevara el carajo. Tengo informes de que también los americanos están armando milicias para ocupar los territorios de Nuevo México y la Alta California. Que también lo harían con los territorios de Sonora, Chihuahua y que inclusive, piensan también apoderarse de Yucatán. ¡Tanta miseria no puede ser¡. Estados Unidos es una amenaza mundial y ese estúpido de Rangel me desconoce a mi como Presidente de la República.

Aquel día el Congreso reanudaría sus sesiones y el Ministro Jesús G. Cuevas daría cuenta de ello. No sabía si los acuerdos sostenidos con la delegación texana habían sido idóneos y alentadores ante el pesimismo del Presidente de la República.

-      Licenciado Salcedo
-      Si señor Presidente
-      Redacte una iniciativa de ley para pedirle al Congreso recursos. Necesitamos atacar todos los frentes. Si la vía diplomática fracasa, intentaremos por la opción militar. Pero para ello, necesitamos dinero. Asimismo, debemos mostrarnos al mundo como una republica seria y estable. Convocaremos a elecciones presidenciales para que todo aquel que me deponga en el poder, lo haga en forma democrática y no como estamos acostumbrados a punta de balazos.
-      ¿Elecciones presidenciales?.
-      Así es licenciado. No debemos olvidar el espíritu de la revuelta popular del año pasado. Fue una lucha por la legalidad en defensa de la constitución. Quizás no sea un jurista letrado, pero tengo el espíritu republicano, si alguien quiere ocupar la presidencia del país, que sea acudiendo los cauces democráticos; o bien, si lo que quieren es desconocerme como su Presidente, que también lo hagan conforme a los lineamientos que marca la Constitución.
-      Lo que usted ordene señor Presidente.
-      Asimismo redácteme diversos oficios dirigidos a los jefes militares, ordenándoles se dirijan al norte de la republica para apoyar al comandante en jefe del territorio nacional.
-      ¿Quién general?.
-      El general Mariano Arista partirá al norte, si el tal Taylor lo hace supuestamente para defender a su Texas, hagamos nosotros lo mismo con nuestra Texas mexicana.

Aquella reunión fue de lo más pesimista que pudo haberse dado. Quizás el Presidente no estaba triste y melancólico, sino sumamente enojado, molesto, inconforme; pareciera que ya no quería ser el presidente, ni defender la Constitución ni a la republica mexicana. ¡Que el país se lo llevara al carajo¡. ¡A la chingada si fuera posible¡.



El día 4 de julio de 1845 sucedió lo que ya se esperaba. Texas aceptaba unificarse a los Estados Unidos. El júbilo en el país vecino del norte no pudo ser ma´s grande al coincidir la fecha de la decisión soberana de Texas, con el natalicio de su independencia. Así las cosas, ¡Texas¡. ¡Nuestra querida Texas¡, dejaría de ser por siempre mexicana para convertirse ahora en territorio americano. Que mayor fiesta del presidente Polk quien ordenó, agregar una estrella más a la bandera de los Estados Unidos.

Mientras eso ocurría, como reacción a lo ocurrido el día 21 de julio el Congreso mexicano recibiría dos propuestas trascendentales, la primera de ellas por el Ministro de Gobernación, Relaciones Exteriores y Policía que decía lo siguiente:

1.  Desde el momento en que el Gobierno supiere que el Departamento de texas se ha agregado a la Unión Americana, ó que tropas de ella lo han invadido, declarará hallarse la nación en guerra con los Estados Unidos del Norte América.
2.  Esta guerra se dirigirá a salvar la integridad del territorio mexicano bajo sus antiguos límites, reconocidos por los Estados Unidos en los tratados del año de 1828 hasta 1836, y para asegurar la independencia nacional amenazada.

Posteriormente se recibió la iniciativa de don Jesús de la Rosa Ministro de Hacienda.

1.  Se autoriza al Gobierno para contratar un préstamo nacional o extranjero, que proporcione al erario un ingreso efectivo de quince millones de pesos.
2.  Para la amortización de éste préstamo y para el pago de sus intereses, hipotecará el Gobierno todas las rentas de la nación que por ley no estén hipotecadas a otro crédito.
3.  El Gobierno dará cuenta al Congreso, para su conocimiento, de cada préstamo que contraiga a virtud de esta autorización,. Y una noticia de los objetos en que se haya invertido el producto mismo del préstamo.

Sin embargo estas dos iniciativas de ley lejos de provocar el apoyo nacional, fueron objeto de muy severas críticas. El gobierno era responsable de la crisis en que se había metido, al haberse dejado engañar por una comisión de texanos rebeldes, que con mentiras y supuestas proposiciones para celebrar un convenio de amistad, se había perdido un tiempo precioso para iniciar ya la guerra. El gobierno y el presidente José Joaquín Herrera eran los responsables de la peor crisis política e internacional en que se encontraba México desde su independencia; críticos mordaces que lejos estaban de pensar, que ninguna guerra por muy justa que fuera, dejara de ser costosa; que el fracaso de la comisión negociadora evito adelantar los tiempos, así como la guerra inevitable con los Estados Unidos.



Con este clima de hostilidad, el primero de agosto de mil ochocientos cuarenta y cinco, se constituirían las asambleas departamentales de la Republica Mexicana para elegir Presidente de la Nación. Después de todo, había que demostrarle a los vecinos del norte, de que México era igual de democrático y republicano que los americanos, que los mexicanos podían tener un cambio de poderes de manera pacifica, sin acudir desde luego a los cuartelazos militares que tanto agobiaban al joven país. Quizás este cambio de poderes mostraba también a Francia y Gran Bretaña la seriedad de las jóvenes instituciones republicanas de México, en su anhelo de ser sujeto de crédito para poder enfrentar con dignidad la guerra que se avecinaba.

El día 11 de agosto se recibió el voto de la asamblea departamental del Departamento de Durango, completo la mayoría absoluta conforme a las Bases Orgánicas para elegir presidente constitucional, de esta forma, el general José Joaquín Herrera dejaría de ser presidente interino, para convertirse formalmente en presidente constitucional. Sin embargo, los cuatro ministros del Presidente, don Jesús G. Cuevas, don Mariano Riva Palacio, don Jesús de la Rosa y don Pedro García Conde, presentaron su renuncia al cargo, para atenuar las constantes críticas incesantes que ya venía recibiendo el presidente.

Cuando el general Mariano Paredes Arrillaga se entero de los actos que estaban ocurriendo en la capital, no pudo ocultar en público sus convicciones políticas. ¡El Supremo Gobierno era inepto e imbécil¡. ¡Ya basta de chingaderas¡. ¡Lo que falta es una pinche revolución que ponga fin a tanto pendejo en el gobierno¡. Las tropas del general se encontraban en espera de la ordenanza que diera su jefe militar, las cuales no se dejaron intimidar ante el avance que hacía el ejército comandado por el general Vicente Filisola, quien tenía la orden secreta de detener a Paredes en caso de que éste se insubordinara.

¡Nada de eso¡. Los regimientos del general Paredes y Filisola se alistaran al norte de la republica para apoyar al general Mariano Arista en su campaña para defender el territorio tejano. No nos preocupemos; los rumores sólo generan miedo, confusión y este espíritu hostil que en nada beneficia a la institucionalidad de nuestro Supremo Gobierno. El general Mariano Paredes Arrillaga es patriota, es un buen mexicano y antepondrá sus pasiones políticas, por las causas justas de la soberanía nacional en latente riesgo. ¡No se preocupen caballeros¡. La ciudad de México y todo el país vivirán en calma porque México cuenta con el mejor ejército, no por sus armas y su artillería, no porque carezca de una marina consolidada; sino porque tiene un ejército, en los conviven los mejores hombres, patriotas, católicos, dignos y valientes. Porque en ellos está el futuro de alcanzar la paz que tanto añora nuestra República.

Dentro de éste ambiente de paz, el día 15 de septiembre de 1845 el general José Joaquín Herrera protestaba el cargo como presidente constitucional de la República Mexicana.





martes, 23 de agosto de 2016

CAPITULO 20


El destierro del general Antonio López de Santa Anna, significaba que el hombre fuerte dejaba al país, fuera de su influencia política; el Presidente Herrera había optado por una decisión prudente, posiblemente la orden de fusilamiento que culminaría con la muerte del generalísimo hubiera generado una revuelta en la Ciudad de México o en Veracruz; había que reconocerle que aún existían muchos hombres leales al benemérito. Haberlo mandado a fusilar hubiera generado una revuelta incontenible. Sin embargo, el Coronel Yáñez cuando se enteró de la disposición, se maldijo asimismo, maldijo a Santa Anna y también a su jefe el Presidente; por lo que desbordado en una ira totalmente oprimida, desde su escritorio aventó una copa de vino, preocupándose de que su dinero guardado y escondido, y próximamente custodiado por su amigo,  llegare a ser recuperado por su verdadero dueño.

No obstante, los “servicios de inteligencia” del Presidente José Joaquín Herrera le mostraron una lista de quienes eran los simpatizantes del régimen santaannista, sin duda alguna, quienes mayor sorpresa causaba al Presidente que figurara en dicha relación, era el Coronel Martín Yáñez y el licenciado Enrique Salcedo. Había que desconfiar de ellos poniendo a prueba su honestidad, no solo a su persona, sino a la Institución del titular del Poder Ejecutivo. Saber si realmente le eran más leales a su anterior mentor el “protector de Anáhuac” o bien, a su investidura como el Jefe de la Nación.

Para esos días, el licenciado Salcedo seguía molesto de que Santa Anna no fuera fusilado. Una vez más, el hombre fuerte del país burlaba a la justicia, a la muerte, inclusive hasta la propia historia. Se había escapado de nueva cuenta, como cuando fue rehén de los texanos hace nueve años y regresara al país como un héroe nacional, habiéndose salvado de las balas de la campaña, de la horca de los texanos o de la orden de fusilamiento de sus colegas los militares.

Santa Anna era desterrado del país, pero no los santaannistas que seguirían trabajando en la clandestinidad para hacer volver a la presidencia del país, al Benemérito de la patria. Sin embargo, esa tarea persecutoria de expulsar, encarcelar o inclusive, asesinar a los simpatizantes del general desterrado era demasiado desgastante; lo más importante para el país, no solamente era el problema texano, sino también, construir un país cimentado en instituciones y no en caudillos. Por eso, lo prioritario no era hacer una ley antisantaannista que legitimara la persecución política, sino más bien, ir sentando las bases de la normalidad democrática, que permitiera el país prosperar en el futuro. Uno de los objetivos a realizarse, serían las futuras elecciones presidenciales en el país.

Los días transcurrieron y el día seis de junio de mil ochocientos cuarenta y cinco, el presidente José Joaquín Herrera, perfilándose como el único candidato a la presidencia, cito a su oficina al Coronel Yáñez, para solicitarle su lealtad absoluta al gobierno de la república; no obstante de las buenas referencias que ya tenía, de su lealtad al general Santa Anna. Así que utilizando un discurso de doble sentido, el presidente Herrera comunicó al Coronel, que lo mandaría comisionado al norte de la república, para reforzar la frontera en Texas.

Yáñez se quedó desconcertado con la orden del presidente, pues mandarlo a Texas al servicio del general Mariano Arista, Jefe de Operaciones de la región, implicaba sacarlo del Palacio Nacional. Lo que significaba, que lo mandaría como carne de cañón para morir en los primeros combates de la guerra que se avecinaba.

-      ¿No entiendo esta orden señor Presidente?. – respondió sumamente desconcertado Yáñez.
-      ¿Por qué no Coronel?. El general Mariano Arista será el jefe militar que defienda el territorio nacional de cualquier intervención que hagan los americanos en el territorio tejano. Así que yo le pido que coadyuve con la República, por eso considero que Vos cuenta con el perfil profesional para prestar eficazmente sus servicios.
-      ¿Pero no entiendo que voy hacer al norte?.
-      Lo mismo que hace conmigo Coronel, asesorar al general Arista en cuestiones de letras que bien maneja Vos.
-      Señor Presidente agradezco su confianza en mis capacidades como militar que soy; pero quiero comunicarle salvo su mejor opinión, que le soy más útil aquí con usted al servicio de los fines de la administración,  que en el campo de batalla defendiendo a la soberanía nacional.

Entonces el Presidente Herrera miro a los ojos al Coronel, poniendo a prueba su lealtad a él y al legítimo gobierno constitucional.

-      ¿Por qué dice eso Coronel?. Aquí en la Ciudad de México las cosas están tranquilas, hace más falta al Norte, donde deben reclutarse nuestras fuerzas armadas para defender los territorios del norte. He recibido un comunicado del general Mariano Arista y exige apresuradamente, refuerzos ante la inminente invasión de los americanos.
-      ¿Pero qué acaso, no hay negociaciones con la delegación texana?.
-      Así es Coronel, pero también los americanos, están moviendo sus tropas para esperar en cualquier momento la declaración de guerra. Por eso Coronel, hoy la republica  le exige su alistamiento a las filas de las brigadas del norte, donde su conocimiento al servicio de la disciplina y administración militar, será más útil, de los servicios que yo pueda requerirle.

Yáñez no podía dar crédito a la orden de su jefe, no quería dejar la Ciudad, irse al norte implicaba dejar una posición política de poder que le permitía estar cerca del corazón de la república. Además tenía una razón importante para no dejar la Ciudad. ¡Era su dinero escondido¡. ¡su futuro asegurado¡, la posibilidad de cambiar una vida de necesidades y envidias por una de gratos placeres. Entonces Martín Yáñez sin vacilar ni dudarlo por ningún momento, denunció lo que meses antes ya sabía.

-      General Herrera como comandante de las fuerzas armadas de nuestro ejército, acato sus órdenes sin discutirlas. Pero como Presidente de la República, mi deber es protegerlo de cualquier intento de rebelión que en contra de su legítimo gobierno pretenda hacerse.
-      ¿Ah que se refiere Coronel?.
-      Me refiero que he descubierto una conspiración para deponerlo en el poder y llamar nuevamente al general Santa Anna para ocupar el puesto que actualmente tiene, generalísimo a quien no niego mi agradecimiento hacia su persona, pero que como funcionario de un gobierno popular y constitucional como el que preside, me niego aceptar a formar parte de la revuelta.

El general José Joaquín Herrera se quedó pensando en cada una de las palabras que acababa de escuchar.

-      ¿De qué revuelta se refiere?.
-      Una conspiración que en su contra se está realizando y del cual, me encuentro actualmente investigando para deponer a sus participantes; sin embargo si Vos me ordena dirigirme al norte, me vera en la penosa necesidad de interrumpir mi investigación.

El general Herrera se quedó observando al Coronel con incredibilidad, dándose cuenta de que hasta donde podía llegar la supuesta lealtad de ese hombre, o quizás su traición. Los informes que había recibido, era que efectivamente había una conspiración en su contra para derrocarlo y que en dicho complot, participaba Yáñez; el mismo militar que tenía enfrente de su escritorio; por eso cuando en sus labios oyó decir su disposición a entregar a sus propios compañeros,  Herrera se dio cuenta de que Yáñez podía traicionar a los conspiradores.

-      Coronel Yáñez. Si tiene conocimiento de algún complot que atente contra éste legitimo gobierno, yo lo exhorto a que denuncie a dichos maleantes y en su caso, los deponga ante el fuero de guerra para su enjuiciamiento. Pero si no es así, yo le ruego que se abstenga de continuar con un juego de rumores que nada bueno llevan a la nación.
-      General, de ninguna manera. Hay un Coronel de Artillería de nombre Joaquín Rangel al cual me comprometo entregarlo a la autoridad correspondiente, mismo que acuso de incitar la Guardia encargada de los Supremos Poderes para desconocerlo.
-      Si en verdad es así, actué de inmediato general. Quiero resultados de su lealtad al gobierno del Presidente.
-      Lo que Vos ordene mi general.

El Coronel Yáñez dio la media vuelta y abandono la oficina del Presidente. En ese momento, trago saliva y el corazón le palpito de miedo, al sentirse casi desterrado de la capital. Ahora tenía que hacer algo para convencer al  Presidente Herrera de su lealtad y evitar con ello, su destierro de la ciudad.



Yáñez tomo su caballo y se dirigió a todo galope a una casa ubicada en el pueblo de Tacuba para contactar de inmediato a Ignacio Cienfuegos y comunicarle que la conspiración había sido descubierta. Contaban solo los golpistas con unas cuantas horas de la noche, para que mañana a primera hora, el Palacio Nacional tuviera un nuevo presidente, y con ello se aclamara el regreso de Santa Anna. Ignacio Cienfuegos al estar enterado de la noticia, corrió de igual forma en su caballo para informar al Coronel Rangel de que el golpe tendría que hacerse antes del amanecer,  sino los encarcelaría uno a uno. Después Yáñez a eso de las dos de la mañana, en compañía del Oficial Gaudencio y de una escolta de treinta soldados, interrumpieron en una casa de citas de muy mala reputación ubicada en Santa María la Redonda, donde aprehendieron a varios léperos, borrachos, clientes y prostitutas; dando un total aproximado de cincuenta detenidos. Conduciéndolos todos ellos, a la cárcel.

Mientras eso ocurría a las tres de la mañana el Coronel Rangel fue avisado por Ignacio Cienfuegos de que la revuelta había sido descubierta; así que éste partió de su aposento para dirigirse a la casa del Capitán Othon y pedir su pronto adhesión al golpe que llevarían dentro unas horas.  A las cinco de la mañana, ya en el Palacio Nacional sin haber dormido toda la noche, el Coronel Martín Yáñez saco varias armas, municiones y pólvora de las bodegas del Palacio Nacional, en una carreta, la cual cubrió con paja. Después a eso de las ocho de la mañana, informó a su homologo el Coronel Uraga, de que habría un levantamiento armado en las próximas horas; por lo que urgía tomara precauciones en la defensa del Palacio.

De esta manera, Yáñez hacía dos cosas a la vez. Quedaba bien con dios y con el diablo. Si la revuelta de Rangel triunfaba, sería gracias a él por haberles advertido con horas de anticipación; en cambio, si la intentona fallaba, sería también gracias a él, por haberla denunciado a tiempo.



Cerca de las tres de la tarde, el Coronel Rangel y el Capitán Othon ingresaron al Palacio Nacional aparentemente indefenso y sin el número de escoltas necesarios para su resguardo. Rangel y el centenar de oficiales debidamente pertrechados, al ingresar al recinto, aprovecharon el momento de euforia para gritar “¡Viva Santa Anna¡, ¡Viva la Federación¡.  Grito por demás estúpido que provoco que en forma sorpresiva, se suscitara una balacera, entre los oficiales golpistas y la tropa del Coronel Uranga que se encontraba escondida en las oficinas del palacio.

El capitán Othon respondió a la sorpresiva agresión. No espero en ningún momento, ser golpeado de esa forma tan traicionera, más aún, que la sorpresa la iba a originar éste y no a revés. Sin embargo, con una puntería debidamente atinada, recibió un impacto en la cabeza, que lo haría caerse del caballo. A la muerte instantánea del capitán, los demás integrantes de la tropa alzaron las manos en señal de rendición, no sin antes, aprovechando el desconcierto el Coronel Rangel decidió escaparse.

El Coronel Joaquín Rangel al ver fracasado su intento, salió del Palacio Nacional, al mando de una media docena de sus hombres, sin darse cuenta que militares vestidos de simples comerciantes y léperos, lo fueron siguiendo hasta dar con su escondite, en una casa de la calle de Talavera. Horas después, el Coronel Martín Yáñez al mando de su escolta y de una carreta cargada de paja, ingresaron a la fuerza a dicha casa, capturando al militar golpista y asesinando a quemarropa a cada uno de los acompañantes del Coronel Rangel, poniéndolo en forma inmediata a disposición del Consejo de Guerra en el cuartel de La Ciudadela.

El golpe militar o el supuesto golpe militar había resultado un fracaso. Un intento ridículo porque fue más escándalo chusco lo que género, que las expectativas de que al mismo pudieran significar o motivar en el ánimo de otros militares; los cuales por cierto, muchos ni se enteraron de lo que había ocurrido.

El parte de guerra redactado por el Coronel Yáñez hacía el Presidente de la Republica fue debidamente exagerado por éste; decía que desde hace un mes, el Coronel José Joaquín Rangel había intentado sobornarlo para sumarse a la revolución que destituyera al gobierno legitimo constitucional. Que actuó como si se fuera otro conspirador más, lo que le permitió conocer los verdaderos planes políticos de éste, así como el número de efectivos decididos a sumarse a la revolución, el parque con el que contaban, así como el manifiesto político que iban aclamar para el regreso de Santa Anna. Que sabía perfectamente que la revuelta estallaría para mediados del mes de julio pero que siguiendo las instrucciones del ciudadano Presidente, a la madrugada del día sábado siete de junio, él y su escolta se dirigió al pueblo de Tacuba donde iban a detener a uno de los cabecillas, teniendo sorpresivamente un enfrentamiento militar con elementos del ejército mexicano aliados del Coronel Rangel. Que habiendo enfrentado un combate del que afortunadamente salvaron la vida él y su gente, los golpistas huyeron, siéndole imposible dada las condiciones que había tendido en la balacera, el perseguirlos y capturarlos cada uno de ellos. Sin embargo, en forma precautoria se dirigió inmediatamente al Palacio Nacional donde a las cinco de la mañana pidió el auxilio del Coronel Uranga, así como de elementos del Cuartel de la Ciudadela para que de igual forma, tomaran precauciones en contra de la revuelta. Que a las tres de la tarde, más de un centenar de oficiales pertenecientes a la Guardia de los Supremos Poderes entraron a la fuerza en el Palacio Nacional,  los cuales dispararon e hirieron a dos centinelas, pero que sin embargo, gracias a las precauciones que ya habían tomado desde la mañana, el Coronel Uraga pudo someter la revuelta y darle muerte a uno de los instigadores del Supremo Gobierno. Que en coadyuvancia de las tropas leales al gobierno de la Republica, partió con un pelotón a perseguir al Coronel Rangel, quien se atrinchero en una casa ubicada en la calle de Talavera, donde resistió un par de horas, hasta que finalmente pudo ser derrotado por la tropa bajo su mando. Descubriendo que en dicho escondite, había un arsenal de armas consistente en cincuenta rifles, diez cajas de municiones, así como dos barriles de pólvora.

En el parte se hizo referencia que murió el Capitán Othón y unos tres soldados oficiales en la toma del Palacio Nacional, así como también la aprehensión del Coronel Joaquín Rangel y seis soldados muertos que resistieron la detención. De igual forma, se hizo referencia que en el intento fallido escaparon más de sesenta oficiales pero que durante la captura, fueron detenidos más de cincuenta soldados, así como mujeres espías que vestidas de monjas que traficaban y escondían las armas con los cuales se armaron los golpistas. 

Cuando el Presidente Herrera termino de leer el parte, se quedo sorprendido de la eficiencia del Coronel Yáñez, así como la forma en la cual pudo prevenir el golpe de estado que estuvo a punto de destituirlo. Entonces el Presidente reconsidero, cuando supo que la amenaza seguía latente, en virtud de que tenía informes muy veraces, de que era por lo menos, un centenar de oficiales quienes se les había escapado, pero que en cualquier momento podían recluir tropa para volver intentar otro golpe de Estado.

El Presidente quedo satisfecho con esa muestra de lealtad y ya no le dijo nada a Yáñez de que partiría al norte para reforzar al general Mariano Arista. Así que Yáñez, jubiloso de su gran existo como orquestador de problemas y solucionador de los mismos, entro a la oficina para decirle a su amigo Salcedo.

-      Eres un chingón Salcedo, tu parte de guerra te quedo cabrón.. las cosas salieron como las planeaste. 

Salcedo sólo sonrió, tratando disimular, su verdadera vergüenza y compartiendo el júbilo de su gran amigo.



lunes, 22 de agosto de 2016

CAPITULO 19


Los rumores que circulaban en la ciudad de México tenían algo de cierto. Los días del general Antonio López de Santa Anna estaban contados, tarde o temprano seria fusilado en la cárcel de Perote por traición a la forma de gobierno republicana  y constitucional que en su momento juraría en su última revolución. Esta vez sería fusilado, sin más ni menos, pasado por las armas como el pillo y traidor a la patria que era, olvidando el pueblo, sus jueces y verdugos, todos los grandes aciertos y méritos de éste ser humano lleno de errores y virtudes, por los cuales una vez el Congreso lo vanaglorió como héroe nacional y le otorgará dignamente el título de “Benemérito de la Patria”. ¡Así es la vida¡ el pueblo de México, el populacho, los léperos, los militares, clérigos y las mejores familias de esta sociedad tan católica, por momentos gente ingrata que no perdona los errores. … ¡Pobre general¡. … ¡Pobre país¡….¡Pobre de México¡.   ¿Y si le perdonaran la vida?.



Tan pronto se rompieran las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y México, el embajador Shannon tuvo que abandonar el país. Se le había ofrecido a México la oliva de la paz, se le había manifestado su sincero deseo de arreglar todas las cuestiones que afrontaban ambas naciones de manera amistosa y bajo principios justos y honrosos; pero el gobierno mexicano opto por romper la paz, violando los tratados de amistad que tantos años habían observado las dos naciones, era tanto el estúpido orgullo del gobierno mexicano, que no podía aceptar ni mucho menos respetar la decisión soberana de Texas de anexarse a los Estados Unidos. El embajador norteamericano intentaría comunicarse con el Ministro de Relaciones para tratar de salvar la guerra que se avecinaba, pero parecía demasiado tarde; los mexicanos estaban más interesados en discutir si salvarle la vida de Santa Anna, que en resolver el conflicto internacional que existía entre las dos repúblicas.

Don Jesús G. Cuevas el Ministro de Policía, Gobernación y Relaciones Exteriores, respondió al embajador americano que la decisión del Gobierno mexicano era irrevocable, la anexión de Texas a los Estados Unidos, era para los mexicanos una ofensa a la integridad del territorio nacional.  Por lo tanto, atendiendo a las reglas de cortesía le ofreció una escolta para acompañarlo a desembarcar en el puerto de  Veracruz y regresara a su país, para informar a su gobierno, la postura oficial de México respecto a la anexión de Texas. Si eso implicaba la guerra, ésta estallaría inevitablemente.



Amparo al terminar de leer el periódico Siglo XIX se persigno; era casi un hecho que en cuestión de meses la ciudad sería conquistada por los americanos, como alguna vez lo hiciera trescientos años atrás Hernán Cortes cuando sometiera a los aztecas y a su emperador Moctezuma; ésta vez, ya no serian los españoles, sino los americanos; no sería el catolicismo, sino el protestantismo quien se apoderaría de México. ¡Pobre país¡. Qué futuro le depararía a la patria, esta ansiedad de no poder leer el futuro para saber si Santa Anna moriría fusilado en la cárcel de Perote o si la guerra inminente estallaría en cualquier momento; no había más que presagiar catastróficamente y preguntarle a dios si la república mexicana desaparecería para siempre.



Aquella tarde del cuatro de abril de mil ochocientos cuarenta y cinco, un fuerte temblor sacudió a la Ciudad de México, provocando algunos derrumbes, quizás el más notorio de ellos, fue el Convento de Monjas de Santa Teresa la Antigua.  Estas eran las respuestas a los días que se avecinaban. La señal que la Divina Providencia daba al pueblo de México no era nada alentador, mucho se rumoraba que antes de la conquista de México a cargo de los españoles, existió una estrella luminosa llamado “cometa” que presagiaba el fin del mundo, al menos de los mexicas; señales divinas nada alentadores que fueron acompañados con los quejidos y sollozos de una mujer que gritaba en las noches al que identificaban como “La llorona”, y el que muchos decía, que seguía apareciendo por las calles de la Ciudad.

Ahora la historia parecía repetirse. El temblor que sacudió a la Ciudad de México, era quizás la señal que Dios daba al pueblo de México, profetizando su pronta muerte, su fin en la esfera de las naciones del mundo, su ocaso y exterminio a cargo de los americanos. Bien lo decían los sacerdotes desde los púlpitos de sus iglesias, en cada una de sus misas, que nuestros gobernantes se dejaban conquistar cada día más a cargo de ideas exóticas, creadas por el mismo Satán, en perjuicio de los creyentes. Había que hacer algo, porque los herejes de nuestros políticos estaban conspirando para acabar de una vez por siempre, con la fe del pueblo, con la Santa Iglesia y su mensaje redentor.

Los temblores volvieron a repetirse una y otra vez, aumentando el desastre y la calamidad, generando mayor caos y miedo para todos; ataques de histeria entre los habitantes de la ciudad; el pueblo aterrorizado saturaba las iglesias en cada misa para pedirle a dios que los dejara de castigar, sospechando de la conjura que un dios malvado estaba planeando en contra de México: ya lo había hecho con los aztecas. ¡Pobre país¡. La tierra los había castigado con un temblor de imborrable memoria que muchas vidas había costado.

Amparo, su hija Fernanda y la nana Juanita, terminaran de rezar el rosario. Fernanda no podía reponerse de la impresión de haber visto la tierra sacudirse, por momentos sentía que aquel temblor seguía repitiéndose, al menos en su cabeza, imaginaba que los calendabros se movían, que las paredes crujían y hasta alguna vez, recordó con miedo el sueño de su madre, cuando le dijo que vio la tierra partirse y ver la gente caerse al fondo. Mientras tanto, Amparo leía la Biblia, quedando totalmente impresionada de aquel pasaje del evangelio de Mateo capítulo 24 que profetizaba, que las naciones se levantarían en armas, que habría terremoto y que la gente sufriría. Esa era la situación que tanto le preocupaba a ella y de la que alguno que otro sacerdote, predicaba en sus sermones para aumentar aún, la psicosis que ya se vivía.

Ante esas circunstancias, el Gobierno de la Republica enfrentaba tres problemas, el primero de ellos tranquilizar a la población y convencer a todos, de que dios no estaba enojado con los mexicanos, que no habría diluvio universal, ni la ciudad de México era Sodoma y Gomorra, nada de eso era cierto, éramos un pueblo creyente fielmente católico al que dios, no le haría daño. El Ministerio de Justicia e Instrucción ordenó procesiones y actos religiosos públicos, rogaciones al todopoderosos y traer a la ciudad, a la Virgen de los Remedios, quien nos daría a todos, la debida protección.

El segundo problema que también enfrentaba el país, era decidir el destino de Santa Anna, ¿Qué hacer con ese hombre?. Las malas lenguas decían que desde la cárcel de Perote, había ordenado transferir su dinero a una cuenta bancaria de Inglaterra, y que también exigía desde la prisión el trato de Alteza y Presidente al que merecidamente, decía habérselo ganado; aunado a que las autoridades del presidió, reproducían las palabras del benemérito cuando éste manifestaba que si su destino era morir como Hidalgo, Morelos e Iturbide, él asumiría con decoro, esa distinción al que solamente los buenos hijos de la patria tenían. 

El Presidente José Joaquín Herrera dudaba que hacer con ese hombre. Sabía perfectamente que en el país, existían muchos seguidores de caudillo, empezando por el Coronel Yáñez y el licenciado Salcedo, quienes trabajaban en Palacio Nacional, muy cerca de él.  ¿Cómo tomar una decisión justa?. Fusilar al hombre más importante del país, quien meses antes había traicionado a la Constitución al desconocer al Congreso;  o bien, dejarlo en libertad, para garantizar la concordia y reconciliación entre todas las facciones de poder, pero lo más importante, la unidad entre los mexicanos. ¿Qué hacer?. ¿Qué malditos hacer?.



El tercer problema que todavía no podía resolverse, era el reconocimiento de que Texas ya no pertenecería nunca más a México y que el deseo de la misma, era anexarse para siempre a los Estados Unidos de América.  Este asunto, quizás era demasiado incomodo, debería de ignorársele como si no existiera, borrar de la agenda política a Texas, porque su solo atención, angustiaba al Presidente. Para ello el ministro de Gobernación, Relaciones Exteriores y Policía don Jesús G. Cuevas, mostraba al Presidente de la República, un plan secreto que le permitiría encontrar una salida decorosa al problema tejano. Era sencilla, había que recibir aquella comisión negociadora de la Republica de Texas y alcanzar con ellos, ciertos acuerdos que permitieran no solamente evitar la guerra con los Estados Unidos, sino también, dignificar la postura del país en no ceder la mutilación de su territorio nacional.  La propuesta era decorosa. México reconocería la independencia de Texas de la República Mexicana, con la única condición de que los texanos no se anexaran nunca a los Estados Unidos.



El Secretario de Estado Mr James Buchanan, ya había respondido al ex embajador de México en Estados Unidos, Juan Nepomuceno Almonte, que la anexión de Texas a Estados Unidos era un asunto definitivo y que la única forma de que Texas no decidiera anexarse a la Unión Americana, sería solamente la negativa del congreso texano. Esto significaba, que existían aun posibilidades para entablar conversaciones con los disidentes texanos y hacerles notar, de que México si reconocería su independencia, pero también tratar de convencerlos, de que podían existir otro tipo de relaciones diplomáticas entre México  y Texas, que no implicara obviamente, la desaparición de los propios texanos. 



Cuando el embajador de México en Estados Unidos Juan Nepomuceno Almonte, a quien era un secreto a voces, era el hijo ilegitimo del insurgente José María Morelos, arribaba al puerto de Veracruz luego de su residencia en la ciudad de Washington D.C., no pudo disimular su inconformidad, al observar cuatro buques de guerra anclados en el puerto, portando cada uno de éstos la bandera americana de las barras y las estrellas. ¿De qué se trataba?. ¿Quería exigir explicaciones, las únicas que recibió, fue que esperaban a su homologo el embajador Shannon quien en cualquier momento abandonaría el país. ¡Maldita republica¡. ¿Por qué la admiran tanto¡. No es más que un gobierno hipócrita, hereje, mercenario, que lo único que hace es ambicionar conquistar el mundo. No tienen principios, no tienen religión más que el dinero. Su supuesta institucionalidad en leyes, congreso, presidente y suprema corte, no es más que la máscara que los cubre, de su ambición desmedida por esclavizar a negros, exterminar a los indios, someter si fuera posible, al continente americano. ¿Cómo podían existir admiradores de éste sistema farsante?. ¡Traidores¡, ¡ingenuos¡. Mi padre peleo por un México independiente, católico, libre y soberano. Y su esfuerzo sería en vano, hasta en tanto, no nos preparáramos para desenmascarar a la comunidad internacional, para exhibir las verdaderas intenciones de la falaz republica “más democrática” del mundo.

El embajador Shannon abandono México. En medio de esos cuatro buques de guerra, regresaría a su país, para informar al Presidente de los Estados Unidos James Polk, de que México no aceptaría de ninguna forma, la anexión de Texas a la federación americana. Con la ida de Shannon, México cerraba la opción diplomática con los Estados Unidos, pero abriría otra, con una comisión de delegados de la psudeorepublica de Texas.

El Senado de la Republica, creo una comisión para solucionar este conflicto internacional entre la provincia de Texas y la república Mexicana. Figurarían en dicho órgano colegiado, el insurgente Andrés Quintana Roo y Manuel de la Peña y Peña, ambos distinguidos Magistrados de la Suprema Corte; así como también el Senador Manuel Gómez Pedraza ex presidente de México y los diputados Becerra, Aguirre, Liceaga, Elorriaga y Álvarez. Lo primero que exigiría esta comisión, fue la no intromisión de los Estados Unidos, en un asunto del cual, era competencia únicamente de los mexicanos el tratar de resolverlo. De igual forma, la comisión presidida por el Ministro de Relaciones Exteriores Jesús G. Cuevas se dispuso a escuchar, la propuesta que haría la delegación Texana.

Quedaba pendiente, ¿Qué hacer con Santa Anna?. Fusilarlo o desterrarlo de la República Mexicana.  El presidente Herrera desde lo más intimo de su soledad, reflexiono este asunto y tomo, lo que para él, fue su mejor decisión. El día 24 de mayo de 1845, decretó la amnistía, con la cual se sobreseía el juicio ventilado en contra del generalísimo Antonio López de Santa Anna, liberándolo de su encarcelamiento de Perote Veracruz y ordenando su destierro para la República de Venezuela. No obstante de la disposición dictada por el gobierno, era conciliadora, nada revanchista en contra de los vencidos. Dispondría que tanto el benemérito como los cómplices de la tentativa del golpe de Estado de 1844, conservaría su grado militar y la pensión anual vitalicia consistente en la mitad de sus últimos salarios que habían percibido en el desempeño del cargo. En el caso de los ex ministros Manuel Crescencio Rejón, Baranda y Haro y Tamariz, prófugos de la justicia, se les condeno ausentarse de la república por el espacio de diez años. ¡Para muchos, este perdón era una burla¡. Una medida titubeante del gobierno constitucional.

Con estas disposiciones – creía el presidente Herrera - el país iniciaba una búsqueda a la reconciliación. Dejar fuera del territorio nacional a los enemigos de la república y enfocar toda la atención al problema del reconocimiento de la independencia de Texas, a través de la vía diplomática sin incurrir en las armas. La respuesta final se recibiría de la comisión negociadora entre los delegados Mexicanos y la de los texanos. ¡Última esperanza de evitar la guerra y la pérdida de la dignidad nacional¡.