lunes, 22 de agosto de 2016

CAPITULO 19


Los rumores que circulaban en la ciudad de México tenían algo de cierto. Los días del general Antonio López de Santa Anna estaban contados, tarde o temprano seria fusilado en la cárcel de Perote por traición a la forma de gobierno republicana  y constitucional que en su momento juraría en su última revolución. Esta vez sería fusilado, sin más ni menos, pasado por las armas como el pillo y traidor a la patria que era, olvidando el pueblo, sus jueces y verdugos, todos los grandes aciertos y méritos de éste ser humano lleno de errores y virtudes, por los cuales una vez el Congreso lo vanaglorió como héroe nacional y le otorgará dignamente el título de “Benemérito de la Patria”. ¡Así es la vida¡ el pueblo de México, el populacho, los léperos, los militares, clérigos y las mejores familias de esta sociedad tan católica, por momentos gente ingrata que no perdona los errores. … ¡Pobre general¡. … ¡Pobre país¡….¡Pobre de México¡.   ¿Y si le perdonaran la vida?.



Tan pronto se rompieran las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y México, el embajador Shannon tuvo que abandonar el país. Se le había ofrecido a México la oliva de la paz, se le había manifestado su sincero deseo de arreglar todas las cuestiones que afrontaban ambas naciones de manera amistosa y bajo principios justos y honrosos; pero el gobierno mexicano opto por romper la paz, violando los tratados de amistad que tantos años habían observado las dos naciones, era tanto el estúpido orgullo del gobierno mexicano, que no podía aceptar ni mucho menos respetar la decisión soberana de Texas de anexarse a los Estados Unidos. El embajador norteamericano intentaría comunicarse con el Ministro de Relaciones para tratar de salvar la guerra que se avecinaba, pero parecía demasiado tarde; los mexicanos estaban más interesados en discutir si salvarle la vida de Santa Anna, que en resolver el conflicto internacional que existía entre las dos repúblicas.

Don Jesús G. Cuevas el Ministro de Policía, Gobernación y Relaciones Exteriores, respondió al embajador americano que la decisión del Gobierno mexicano era irrevocable, la anexión de Texas a los Estados Unidos, era para los mexicanos una ofensa a la integridad del territorio nacional.  Por lo tanto, atendiendo a las reglas de cortesía le ofreció una escolta para acompañarlo a desembarcar en el puerto de  Veracruz y regresara a su país, para informar a su gobierno, la postura oficial de México respecto a la anexión de Texas. Si eso implicaba la guerra, ésta estallaría inevitablemente.



Amparo al terminar de leer el periódico Siglo XIX se persigno; era casi un hecho que en cuestión de meses la ciudad sería conquistada por los americanos, como alguna vez lo hiciera trescientos años atrás Hernán Cortes cuando sometiera a los aztecas y a su emperador Moctezuma; ésta vez, ya no serian los españoles, sino los americanos; no sería el catolicismo, sino el protestantismo quien se apoderaría de México. ¡Pobre país¡. Qué futuro le depararía a la patria, esta ansiedad de no poder leer el futuro para saber si Santa Anna moriría fusilado en la cárcel de Perote o si la guerra inminente estallaría en cualquier momento; no había más que presagiar catastróficamente y preguntarle a dios si la república mexicana desaparecería para siempre.



Aquella tarde del cuatro de abril de mil ochocientos cuarenta y cinco, un fuerte temblor sacudió a la Ciudad de México, provocando algunos derrumbes, quizás el más notorio de ellos, fue el Convento de Monjas de Santa Teresa la Antigua.  Estas eran las respuestas a los días que se avecinaban. La señal que la Divina Providencia daba al pueblo de México no era nada alentador, mucho se rumoraba que antes de la conquista de México a cargo de los españoles, existió una estrella luminosa llamado “cometa” que presagiaba el fin del mundo, al menos de los mexicas; señales divinas nada alentadores que fueron acompañados con los quejidos y sollozos de una mujer que gritaba en las noches al que identificaban como “La llorona”, y el que muchos decía, que seguía apareciendo por las calles de la Ciudad.

Ahora la historia parecía repetirse. El temblor que sacudió a la Ciudad de México, era quizás la señal que Dios daba al pueblo de México, profetizando su pronta muerte, su fin en la esfera de las naciones del mundo, su ocaso y exterminio a cargo de los americanos. Bien lo decían los sacerdotes desde los púlpitos de sus iglesias, en cada una de sus misas, que nuestros gobernantes se dejaban conquistar cada día más a cargo de ideas exóticas, creadas por el mismo Satán, en perjuicio de los creyentes. Había que hacer algo, porque los herejes de nuestros políticos estaban conspirando para acabar de una vez por siempre, con la fe del pueblo, con la Santa Iglesia y su mensaje redentor.

Los temblores volvieron a repetirse una y otra vez, aumentando el desastre y la calamidad, generando mayor caos y miedo para todos; ataques de histeria entre los habitantes de la ciudad; el pueblo aterrorizado saturaba las iglesias en cada misa para pedirle a dios que los dejara de castigar, sospechando de la conjura que un dios malvado estaba planeando en contra de México: ya lo había hecho con los aztecas. ¡Pobre país¡. La tierra los había castigado con un temblor de imborrable memoria que muchas vidas había costado.

Amparo, su hija Fernanda y la nana Juanita, terminaran de rezar el rosario. Fernanda no podía reponerse de la impresión de haber visto la tierra sacudirse, por momentos sentía que aquel temblor seguía repitiéndose, al menos en su cabeza, imaginaba que los calendabros se movían, que las paredes crujían y hasta alguna vez, recordó con miedo el sueño de su madre, cuando le dijo que vio la tierra partirse y ver la gente caerse al fondo. Mientras tanto, Amparo leía la Biblia, quedando totalmente impresionada de aquel pasaje del evangelio de Mateo capítulo 24 que profetizaba, que las naciones se levantarían en armas, que habría terremoto y que la gente sufriría. Esa era la situación que tanto le preocupaba a ella y de la que alguno que otro sacerdote, predicaba en sus sermones para aumentar aún, la psicosis que ya se vivía.

Ante esas circunstancias, el Gobierno de la Republica enfrentaba tres problemas, el primero de ellos tranquilizar a la población y convencer a todos, de que dios no estaba enojado con los mexicanos, que no habría diluvio universal, ni la ciudad de México era Sodoma y Gomorra, nada de eso era cierto, éramos un pueblo creyente fielmente católico al que dios, no le haría daño. El Ministerio de Justicia e Instrucción ordenó procesiones y actos religiosos públicos, rogaciones al todopoderosos y traer a la ciudad, a la Virgen de los Remedios, quien nos daría a todos, la debida protección.

El segundo problema que también enfrentaba el país, era decidir el destino de Santa Anna, ¿Qué hacer con ese hombre?. Las malas lenguas decían que desde la cárcel de Perote, había ordenado transferir su dinero a una cuenta bancaria de Inglaterra, y que también exigía desde la prisión el trato de Alteza y Presidente al que merecidamente, decía habérselo ganado; aunado a que las autoridades del presidió, reproducían las palabras del benemérito cuando éste manifestaba que si su destino era morir como Hidalgo, Morelos e Iturbide, él asumiría con decoro, esa distinción al que solamente los buenos hijos de la patria tenían. 

El Presidente José Joaquín Herrera dudaba que hacer con ese hombre. Sabía perfectamente que en el país, existían muchos seguidores de caudillo, empezando por el Coronel Yáñez y el licenciado Salcedo, quienes trabajaban en Palacio Nacional, muy cerca de él.  ¿Cómo tomar una decisión justa?. Fusilar al hombre más importante del país, quien meses antes había traicionado a la Constitución al desconocer al Congreso;  o bien, dejarlo en libertad, para garantizar la concordia y reconciliación entre todas las facciones de poder, pero lo más importante, la unidad entre los mexicanos. ¿Qué hacer?. ¿Qué malditos hacer?.



El tercer problema que todavía no podía resolverse, era el reconocimiento de que Texas ya no pertenecería nunca más a México y que el deseo de la misma, era anexarse para siempre a los Estados Unidos de América.  Este asunto, quizás era demasiado incomodo, debería de ignorársele como si no existiera, borrar de la agenda política a Texas, porque su solo atención, angustiaba al Presidente. Para ello el ministro de Gobernación, Relaciones Exteriores y Policía don Jesús G. Cuevas, mostraba al Presidente de la República, un plan secreto que le permitiría encontrar una salida decorosa al problema tejano. Era sencilla, había que recibir aquella comisión negociadora de la Republica de Texas y alcanzar con ellos, ciertos acuerdos que permitieran no solamente evitar la guerra con los Estados Unidos, sino también, dignificar la postura del país en no ceder la mutilación de su territorio nacional.  La propuesta era decorosa. México reconocería la independencia de Texas de la República Mexicana, con la única condición de que los texanos no se anexaran nunca a los Estados Unidos.



El Secretario de Estado Mr James Buchanan, ya había respondido al ex embajador de México en Estados Unidos, Juan Nepomuceno Almonte, que la anexión de Texas a Estados Unidos era un asunto definitivo y que la única forma de que Texas no decidiera anexarse a la Unión Americana, sería solamente la negativa del congreso texano. Esto significaba, que existían aun posibilidades para entablar conversaciones con los disidentes texanos y hacerles notar, de que México si reconocería su independencia, pero también tratar de convencerlos, de que podían existir otro tipo de relaciones diplomáticas entre México  y Texas, que no implicara obviamente, la desaparición de los propios texanos. 



Cuando el embajador de México en Estados Unidos Juan Nepomuceno Almonte, a quien era un secreto a voces, era el hijo ilegitimo del insurgente José María Morelos, arribaba al puerto de Veracruz luego de su residencia en la ciudad de Washington D.C., no pudo disimular su inconformidad, al observar cuatro buques de guerra anclados en el puerto, portando cada uno de éstos la bandera americana de las barras y las estrellas. ¿De qué se trataba?. ¿Quería exigir explicaciones, las únicas que recibió, fue que esperaban a su homologo el embajador Shannon quien en cualquier momento abandonaría el país. ¡Maldita republica¡. ¿Por qué la admiran tanto¡. No es más que un gobierno hipócrita, hereje, mercenario, que lo único que hace es ambicionar conquistar el mundo. No tienen principios, no tienen religión más que el dinero. Su supuesta institucionalidad en leyes, congreso, presidente y suprema corte, no es más que la máscara que los cubre, de su ambición desmedida por esclavizar a negros, exterminar a los indios, someter si fuera posible, al continente americano. ¿Cómo podían existir admiradores de éste sistema farsante?. ¡Traidores¡, ¡ingenuos¡. Mi padre peleo por un México independiente, católico, libre y soberano. Y su esfuerzo sería en vano, hasta en tanto, no nos preparáramos para desenmascarar a la comunidad internacional, para exhibir las verdaderas intenciones de la falaz republica “más democrática” del mundo.

El embajador Shannon abandono México. En medio de esos cuatro buques de guerra, regresaría a su país, para informar al Presidente de los Estados Unidos James Polk, de que México no aceptaría de ninguna forma, la anexión de Texas a la federación americana. Con la ida de Shannon, México cerraba la opción diplomática con los Estados Unidos, pero abriría otra, con una comisión de delegados de la psudeorepublica de Texas.

El Senado de la Republica, creo una comisión para solucionar este conflicto internacional entre la provincia de Texas y la república Mexicana. Figurarían en dicho órgano colegiado, el insurgente Andrés Quintana Roo y Manuel de la Peña y Peña, ambos distinguidos Magistrados de la Suprema Corte; así como también el Senador Manuel Gómez Pedraza ex presidente de México y los diputados Becerra, Aguirre, Liceaga, Elorriaga y Álvarez. Lo primero que exigiría esta comisión, fue la no intromisión de los Estados Unidos, en un asunto del cual, era competencia únicamente de los mexicanos el tratar de resolverlo. De igual forma, la comisión presidida por el Ministro de Relaciones Exteriores Jesús G. Cuevas se dispuso a escuchar, la propuesta que haría la delegación Texana.

Quedaba pendiente, ¿Qué hacer con Santa Anna?. Fusilarlo o desterrarlo de la República Mexicana.  El presidente Herrera desde lo más intimo de su soledad, reflexiono este asunto y tomo, lo que para él, fue su mejor decisión. El día 24 de mayo de 1845, decretó la amnistía, con la cual se sobreseía el juicio ventilado en contra del generalísimo Antonio López de Santa Anna, liberándolo de su encarcelamiento de Perote Veracruz y ordenando su destierro para la República de Venezuela. No obstante de la disposición dictada por el gobierno, era conciliadora, nada revanchista en contra de los vencidos. Dispondría que tanto el benemérito como los cómplices de la tentativa del golpe de Estado de 1844, conservaría su grado militar y la pensión anual vitalicia consistente en la mitad de sus últimos salarios que habían percibido en el desempeño del cargo. En el caso de los ex ministros Manuel Crescencio Rejón, Baranda y Haro y Tamariz, prófugos de la justicia, se les condeno ausentarse de la república por el espacio de diez años. ¡Para muchos, este perdón era una burla¡. Una medida titubeante del gobierno constitucional.

Con estas disposiciones – creía el presidente Herrera - el país iniciaba una búsqueda a la reconciliación. Dejar fuera del territorio nacional a los enemigos de la república y enfocar toda la atención al problema del reconocimiento de la independencia de Texas, a través de la vía diplomática sin incurrir en las armas. La respuesta final se recibiría de la comisión negociadora entre los delegados Mexicanos y la de los texanos. ¡Última esperanza de evitar la guerra y la pérdida de la dignidad nacional¡.



domingo, 21 de agosto de 2016

CAPITULO 18


Aquella tarde, se sentía en el Palacio Nacional aquella tensión que produce los días y las horas difíciles. Las noticias de la prensa mexicana, Siglo XIX y el Tiempo, confirmaban los que los rumores ya habían señalado. Tras una acalorada discusión, el Congreso de los Estados Unidos de América, había ratificado la anexión de la pseudorepublica de Texas a la Unión Americana. Lo que significaba obviamente, un triunfo político del presidente Taylor, quien en tan sólo unos cuantos días, dejaría la batuta del poder, al candidato electo, James Knox Polk. Cuyas pretensiones anexistas, eran también de todas conocidas.

Ese cambio de poderes en el relevo presidencial de Taylor a Polk, no significaba de ninguna forma, la solución del problema. Contrariamente a lo que ocurre en el país, donde la forma de gobierno de Santa Anna era totalmente distinta a la de Herrera, no se podría decir lo mismo en la Unión Americana, donde todos y cada uno de sus presidentes, parecían estar hechos del mismo barro. Madison, Adams, Bury, Jackson, Taylor y ahora Polk; todos y cada uno de los presidentes norteamericanos eran la misma forma de pensar, sentirse diferente a las demás naciones del mundo, los paladines de la libertad y la democracia, de la forma de gobierno mas perfecta, que ni los propios griegos pudieron haber diseñado. Los lideres políticos americanos, aspiraban a construir de los Estados Unidos de América, la nación más poderosa del mundo.- ¡Maldito destino manifiesto¡.- porque no existía en Norteamérica un Santa Anna, un Bustamante, un Paredes Arrillaga, un Duran o de perdida, un Mariano Arista. ¿Por qué no podían existir en ese país, los militares mexicanos y los hombres de las sotanas negras que pudieran proteger a su patria, en vez de esas “instituciones republicanas”, al que denominaban Congreso, Suprema Corte, Presidencia de la República?.; ¿Porque esa nación que tanto presumía de libertad, democracia, federalismo y liberalismo, ahora de la noche a la mañana, había adquirido esa hostilidad en contra del gobierno mexicano?.



¿Pero cuál gobierno?. ¿Hostilidad en contra de quien y de quienes?. Porque ahora los rumores de la futura guerra, se veían evidentes; que el Presidente Herrera había fracasado en sus intenciones de negociar la salida política al conflicto que evitara a toda costa la predecible guerra.

-      Distinguidos caballeros, el día de hoy La República mexicana se encuentra en una situación difícil. Hoy más que nunca, debemos estar unidos para afrontar con valentía y la merecida dignidad patriótica, que siempre ha distinguido a nuestro país; cualquier agresión política y militar que pudiera hacer los Estados Unidos en contra del pueblo mexicano..

Era quizás la primera junta política del año, que sostenía el presidente de México con los miembros del gabinete y los principales jefes militares de la República. Ahí estaban todos sentados en el salón presidencial, frente a esa mesa rectangular presidida por el Ejecutivo de la Nación y acompañado por los CC. Don Luís G. Cuevas Ministro de Relaciones, don Mariano Riva Palacio Ministro de Justicia, don Luís de la Rosa Ministro de Hacienda y Don Pedro García Conde Ministro de Guerra; así como cada uno de los militares, quienes lucían sus pecheras rojas, esas hombreras vistosas y esas medallas tan gallardas, que seguramente, la valentía en el campo de batalla se las había dado. Había que escuchar las palabras del Presidente de la Republica.  En estas horas difíciles, la nación tenía que estar unido, olvidar los rencores que existía entre la clase política militar y afrontar en forma inteligente, la guerra que podía estallar, ante la provocación americana y la ceguera de algunos políticos mexicanos.

-      ¡No podemos sostener una guerra con los Estados Unidos¡. ¡No tenemos dinero para pagar a un Ejército¡ y si bien es cierto, podemos tener mayor números de elementos de infantería que las filas del ejército americano, lamento decirles, que no tenemos los recursos para pagarles a la tropa, menos aún, para abastecerlos de armas y emprender una cruzada al norte del país, para reconquistar el territorio tejano. ¡Entiendan señores¡, distinguidos generales, no es que el gobierno de la Republica dude de sus capacidades militares, no es que tampoco desvalorice sus meritos como los hombres mas patriotas de la nación entera; ¡Os juro¡ que no es esa la imposibilidad que tenemos para reconquistar el territorio tejano, simplemente, es la falta de recursos, de dinero, de armas, de contar con el equipo militar suficientemente digno al que debe tener cualquier ejército del mundo, para afrontar una guerra como la que se avecina.  Quiero que entiendan, que el gobierno mexicano no caerá en la trampa de intervenir militarmente en Texas, no entraremos al juego que desean los americanos, de iniciar una guerra, que los legitime a ellos, para ocupar no solamente Texas, sino también los territorios de Coahuila, Nuevo México, California, San Francisco. Quiero que sepan distinguidos generales, que mi gobierno ha tratado de buscar el apoyo diplomático de Gran Bretaña y Francia, hemos tratado de que estas potencias extranjeras puedan mediar el conflicto que vivimos con las autoridades texanas y el gobierno que represento, sin dejar que los americanos se entrometan en este asunto, al que únicamente incumbe a nosotros los mexicanos. Sin embargo, lamento decirles, que no hemos recibido respuesta satisfactoria, nos encontramos en este momento ¡solos¡, ante las pretensiones más perversas de una pandilla de comerciantes, que no entienden de conceptos de patria, soberanía, dignidad nacional; cuya única ambición que tienen, es la conquista de México.

Esas eran las palabras del Presidente Constitucional de la Republica Mexicana, era no propiamente un discurso político, pero si un informe en el que se rendía cuentas a la clase política militar sobre la imposibilidad de afrontar una guerra. No era falta de valor, no era que los militares mexicanos fueran menos astutos y valientes, que sus homólogos los militares americanos. No era una pelea de gallos, no era una situación de igualdad, entre un ejército y otro, entre un gobierno y el otro; era una cuestión de sentido común, era la falta de dinero; entiendan que la patria es pobre en todos los sentidos; pobre en dinero, pobre en ideas, pobre en armas, municiones, cañones, flota marina; pobre también de un autentico nacionalismo que hiciera posible entender, ese orgullo que tanto caracterizaba a los mexicanos en los palenques, pero que nada servía, para afrontar la estrategia económica, financiera e inclusive ideológica, del país vecino.

Los militares seguían escuchando cada palabra del Presidente de México, a quien sus palabras parecían a la de un cobarde. ¡En balde había sido también militar¡. El famosísimo “Presidente sin mancha”, convocaba a una reunión de militares, únicamente para decirles que la nación se rendía incondicionalmente, sin haber disparado una sola bala, sin haber peleado, sin haber defendido con la fuerza de las bayonetas, la pólvora, los cañones, el orgullo nacional mancillado por una pandilla de piratas mercenarios, filibusteros; comerciantes sin escrúpulos, cuya religión era el dinero y solamente el dinero; a ellos había que darles una lección ante la historia, mostrarles que en cualquier guerra, no la ganan aquellos que presumen el dinero y la mejor forma de gobierno; sino que la guerra, la triunfa quien tiene el honor y la razón, la justicia, la verdad; y en ese caso, México tenía miles de motivos para afrontar una guerra con orgullo, con patriotismo, una guerra que no nos denigrara el orgullo nacional como bien proponía el presidente de la Republica, al aceptar la separación de Texas a cambio de una cantidad pecuniaria de unos cuantos millones de pesos.

-      ¡Entiendan no hay dinero¡.- ¡Maldito dinero¡, ¿donde estaban los cuatro millones de pesos que el Congreso había otorgado al gobierno de Santa Anna para iniciar la reconquista de Texas?. Cierto, se pedían diez millones y el congreso únicamente dio cuatro, pero al fin y a cabo, ¿dónde diablos estaba ese dinero?, si el ejército mexicano seguía igual de pobre, sosteniendo una burocracia militar excesiva de mas oficiales y generales que personal de tropa, sin tener la garantía alguna, de que todas esas rentas que se pagaban para mantener a un ejército traidor, fuera suficientemente confiable para ganar una guerra.

Podríamos juntar las tropas de Jalisco y Monterrey, para hacer una expedición al territorio tejano. No era nada descabellado, de hecho el Coronel Yáñez, días antes se lo había propuesto al Presidente, pero este de forma categórica, negó esa posibilidad. Los militares en su terquedad irracional, seguían sin entender que volver a iniciar otra expedición militar al territorio tejano, lo único que provocaría, sería darle argumentos políticos americanos, para ocupar en el menor tiempo posible, los territorios de California, San Francisco, Nuevo México; que en cualquier momento podrían ocupar Monterrey, Saltillo, San Luís Potosí, Zacatecas, Querétaro y la Ciudad de México; que podían bombardear con su flota naval los puertos de Tampico y Veracruz, sitiar Puebla, para finalmente llegar también a la Ciudad de México. ¿Que no entendían esos militares, que la guerra estaba predestinada a perderse?. ¡Véanlo¡, ¿Qué van entender vosotros, si de sus pronunciamientos militares no salen, sino tienen mayor merito militar que derrocar un presidente de otro, convocar a elecciones y a legislar una nueva Constitución. No sean ingenuos distinguidos colegas, la guerra con Estados Unidos, será el peor error histórico que como Nación enfrentemos. Aceptemos una negociación, que nos ofrezcan cinco o diez millones de pesos, que nos de ese dinero y reconoceremos la independencia de Texas, después, pediremos la intervención de Gran Bretaña y Francia, para evitar que los Estados Unidos se anexe los territorios Texanos, hagamos eso, en lo que con el dinero que obtengamos, emprendamos una serie de reformas políticas y económicas necesarias, para construir este país para el futuro, introduzcamos los ferrocarriles, los telégrafos, arreglemos nuestros puertos, construyamos caminos, hagamos escuelas, universidades; aceptemos la inversión extranjera; después de todo, las ideas de Saint Simón y Sismondi no eran descabelladas, permitamos Falansterios, colonias de obreros, donde el país comience a producir dinero, algodón, textiles; hagámosles caso a Lucas Alamán y al Doctor Valentín Gómez Farías, después de todo, aunque sus ideas sean controvertidas, sus propuestas parecen ser viables para el bienestar de la patria. Hagamos un país fuerte, prospero, olvidemos esos falsos orgullos que no sirven para nada, más que para dividirnos entre mexicanos; no nos arriesguemos a emprender, las aventuras más absurdas en el nombre de la defensa nacional.

Pero esos militares sólo escuchaban a su presidente, reservándose sus opiniones. Como iban hablar en público, si para empezar, no tenían la suficiente cultura y la facilidad de palabra, para expresar sus ideas, como iban a decirle a su Presidente, “me huele mal”, “parece traición”, “que pocos guevos de este pinche Presidente”, “pa´mi que esta diciendo un montonal de pendejadas”, “no nos hagamos bueyes señores, este pinche catrín ya nos vendió, hagamos otra revuelta militar y derroquémoslo y mandémoslo al paredón, o bien que se vaya muy a la chingada con mister Polk.



El Presidente Herrera exponía que continuaría en la medida de sus posibilidades con la negociación diplomática, buscaría a toda costa que el Congreso tejano no aceptara la anexión con los Estados Unidos. Había que solicitar urgentemente el apoyo a Francia y Gran Bretaña para que interviniera en el conflicto y pudieran disuadir a los americanos en sus pretensiones expansionistas. Después de todo, había que actuar inteligentemente, la dignidad nacional no se mancillaba por no aceptar el reto militar, sino por actuar en forma estúpida y pasional; había que hacerlo en forma inteligente, manifestar que el gobierno de México vería con buenos ojos el reconocimiento de la independencia de Texas, pero que de ninguna forma, estaría dispuesta, a convalidar la farsa americana, de anexarse la republica separatista mexicana; habiendo simulado una convención democrática y soberana, habiendo financiado a un ejército de mercenarios para que de la noche a la mañana, decidieran sentirse americanos.

-      Coronel Yáñez – ordenaba al Presidente – ayúdele a redactarle al Ministerio de Relaciones, la carta diplomática de protesta. Este hecho de que el Congreso americano se anexe a la provincia de Texas, constituye una grave falta a la relación amistosa que ya había caracterizado entre el pueblo de mexicano y la nación americana.- Le instruyo que redacte una carta que sea suficientemente cortes pero también enérgica, un documento histórico que deje constar que la dignidad nacional, no se vio en ningún momento amenazada ante la prepotencia del vecino del norte.
-      Inmediatamente la pondré a consideración de su Excelentísimo Señor Luís Cuevas, para mostrársela y hacerla circular en todo el territorio nacional y si fuera posible, dentro de la unión americana.


Yáñez dejo el salón presidencial y se dirigió a su oficina, donde ya lo esperaba el licenciado Salcedo.- Ahí estaba el ilustre abogado, quizás pensando en el federalismo americano o en la republica democrática, o cualquiera de esas pendejadas, menos en defender la dignidad nacional. ¡Tenía razón¡. Su propuesta era la mas viable, parecía que esa era el proyecto que quería escuchar el Presidente Herrera, había que reconocerle que la gente que parece sensata, dice cosas sensatas. ¡Definitivamente había que negociar antes que entrar a una guerra¡.

-      Licenciado Salmerón, deje de hacer lo que vos este realizando y prepare la carta de protesta a consideración de firma del Ministro de Relaciones con el cual, México rompa relaciones diplomáticas con los Estados Unidos.
-      ¿No entiendo, ya existe la declaración formal de guerra¡.
-      Aún no, pero ya es un hecho. El Congreso Americano voto a favor de la anexión de la provincia de Texas a la Unión Americana,. En ese tenor, dicha provocación amerita la guerra.
-      Coronel, ¿pero que caso no le explico al Presidente sobre las consecuencias de una intervención militar?.
-      Licenciado Salcedo, conozco bien mi trabajo, que le informo y que no al ciudadano Presidente; por el momento, le instruyo a Vos a que me prepare a la brevedad posible, el proyecto de carta diplomática con el que rompamos todo vinculo de amistad con el gobierno de los Estados Unidos de América.

Yáñez no podía disimular su nerviosismo, inmediatamente abrió el cajón de su escritorio y tomo un puro, para fumarlo desesperadamente, pensando en su futuro inmediato. ¿Qué pasaría si llegaran los americanos a México, a ocupar su propia oficina?. ¡No, pensar en eso, era descabellado¡. Los mexicanos no permitirían de ninguna forma una invasión militar. Herrera podía tener razón, si México aceptaba la independencia de Texas, seguramente no habría necesidad de una guerra con los Estados Unidos, pero si no fuera así; si realmente, lo que el presidente y el mismo licenciado Salcedo le habían manifestado tenían razón, si la guerra le convenía más a los Estados Unidos que a México. ¿Qué diablos iba hacer?.

Salcedo de sentó en su oficina y olvidándose de Fernanda, de Amparo, de su suegro el escribano, del cadete Jesús Melgar y de otros tantas personas, dejo su cabeza en blanco, para concentrarse y escribir la misiva.



A su Excelentísimo el Sr. Wilson Shannon, enviado extraordinario y Ministro Plenipotenciario de los Estados Unidos de América.
El infrascrito, ministro de Relaciones Exteriores, al dirigirse por última vez a su Excelentísimo, el Sr. Wilson Shannon, ministro plenipotenciario de los Estados Unidos de América, experimenta una profunda pena al declararle que a consecuencia de la adopción del proyecto de ley del congreso de los Estados Unidos de América, que decreta la unión de Texas al territorio americano, y habiendo cesado en sus funciones el ministro de México en Washington, después de haber protestado contra la decisión del congreso y del gobierno de los Estados Unidos de América, las relaciones diplomáticas entre los dos países han dejado de existir.
¿Qué podría agregar el suscrito a todo lo que su gobierno ha dicho ya sobre la grave ofensa que los Estados Unidos de América han inferido a México al apoderarse de una porción del territorio de este país y al violar los tratados que este mismo país ha tenido  tanto empeño en respetar por su parte durante el largo tiempo en que ha podido conciliar  su honor con el deseo de evitar una ruptura?. Nada. No puede hacer más que deplorar que pueblos libres y republicanos, vecinos y dignos de vivir en una unión fraternal basada en los intereses comunes y en una noble y reciproca lealtad, lleguen a romper todas las relaciones de amistad que los unen a causa de un hecho que México ha tratado de evitar, al mismo tiempo que los EE.UU han tratado de realizarlo; hecho tan injurioso para nosotros como indigno del alto renombre de la Unión Americana.
El suscrito renueva a su Ex. El Sr. Shannon la protesta que le ha dirigido ya contra la anexión; y agrega que la republica mexicana se opondrá a ella con la resolución que conviene a su honor y que le exige su derecho de soberanía; hace votos porque el gobierno de los EE.UU pueda reconocer que la laltad y el respeto a la justicia son consideraciones que deben tener en su espíritu mas peso que las ventajas de una extensión de territorio adquirido en detrimento de una republica amiga, la cual en medio de sus desgracias quiere conservar un nombre sin mancha y merecer también el lugar a que le llama su destino.
El suscrito tiene el honor de ofrecer a su Ex. El Sr. Shannon la expresión de su respeto personal y al seguridad de su consideración más distinguida.

Palacio Nacional, México, 28 de marzo de 1845.
Jesús G. Cuevas.



Quizás la carta nunca seria firmada por el Secretario de Relaciones, seguramente el Coronel Yáñez o inclusive el Excelentísimo Luís G. Cuevas, le haría las modificaciones necesarias previo a estampar su respectiva firma y envió al todavía embajador americano en México Wilson Shannon; fuera cualquier cosa que ocurriera, el destino ya estaba escrito. La ruptura era inminente, días antes el Embajador de México en Estados Unidos, don Juan Nepomuceno Almonte, protesto de igual forma, dejando vacante la embajada de México en Washington D.C.. Por lo que ahora se pedía reciprocidad en el trato internacional, que el Ilustrísimo Mr. Shannon hiciera también lo mismo, abandonando en el menor tiempo posible, el territorio mexicano. No sin antes haberle hecho de su conocimiento, la inconformidad del gobierno mexicano por el ultraje que pretendía hacer el gobierno americano.

José Joaquín Herrera Presidente de la Republica Mexicana seguía convenciendo a los militares reunidos en aquel salón, de que la única salida inteligente al conflicto político internacional que se vivía con los Estados Unidos, era desde luego la opción diplomática. Solución que obviamente muchos no simpatizaban, pero que en cierta forma, podía concebirla uno de esos militares que se encontraba en aquella reunión con el Presidente. El General Mariano Paredes Arrillaga, Jefe de Armas en el Estado de Jalisco, quien en su valiente nacionalismo, consideraba al Presidente Herrera, un hombre tibio, de muy pocos vuevos para no sostener con hombría y gallardía, la defensa del territorio mexicano.

El general Paredes Arrillaga, un año antes había desconocido al Presidente Antonio López de Santa Anna, con el pretexto de que el Benemérito de la Patria, habría traicionado las Bases de Tacubaya. Cuando el cojo de las quince uñas salió rumbo a Jalisco a combatir el rebelde, luego de haber disuelto el Congreso, la Suprema Corte decidió desconocer de la presidencia a Santa Anna y nombrar en su lugar, al general José Joaquín Herrera. Definitivamente era hábil el general Herrera, mira que haberme madrugado a mi; haber salido ganador de esa revuelta que encabece para que al final y cabo, ni el maldito cojo, ni su servidor, fuéramos el Presidente de la República, más en este momento difícil, en que había que sacar la casta de guerreros aztecas. Pero ese Santa Anna, definitivamente es mucho más peligroso que en todo el cúmulo de excusas pendejas que dice ahora el general Herrera en su investidura de Presidente de la República.

En verdad, Paredes Arrillaga había aprendido a conocer al hombre fuerte de México, sabía que era un político audaz que en cualquier momento, podía conseguir inclusive el apoyo de los Estados Unidos para regresar al país; había que hacer algo, aceptar el plan que formulaba el Presidente José Joaquín Herrera o bien, organizar una asonada militar que depusiera al Presidente y establecer de una vez por todas, un gobierno monárquico, donde nada había que pedirle apoyo a los británicos o franceses, sino solicitar directamente el apoyo militar a España, Austria, Prusia o Rusia, a buscar otro reinado, invitar por qué no, a un digno representante de la nobleza europea, para encabezar un gobierno fuerte, que contrarrestara, la amenaza americana.

¿Y la legalidad?. ¿La Constitución?.- ¡Al diablo esas malditas leyes, que solamente lo único que hacen, es entorpecer el trabajo de nosotros los militares. ¿Qué no entienden esos licenciaduchos que el Derecho no puede existir en este país, lleno de indios patarrajadas, incapaces de gobernarse, que acaso, de las personas que estamos aquí presentes, existe algún hombre inteligente, digo de gobernar a la patria. Ni el distinguido Lucas Alamán podría ser presidente de México, el mismo así lo ha reconocido, se necesitaba definitivamente la intervención militar, pero no de los Estados Unidos, sino de cualquier principado europeo. Al diablo el Presidente Herrera y sus malditas excusas de bajarnos los calzones para que esos pinches americanos nos la metan. Al diablo esas excusas de que no hay dinero, de negociar políticamente con esos güeritos que lo único que saben hacer, es hacer dinero. Podemos derrocar a este pinche Presidente y mandarlo muy a la chingada, a Cuba si quiere para que le lame los huevos a Santa Anna, o que se vaya a los Estados Unidos a besarle el trasero al Míster Polk. En menos de tres horas su gobierno puede valer madre, es mas si quisiera en este momento pudiera sacar la pistola y por mis propios pantalones, lo arresto, con el apoyo de quienes me quieren unirme a mi causa, y si no, también a chingar a su madre malditos maricones; este país, necesita un hombre de plano muy cabrón como su servidor y a la vez, un hombre de letras, culto, que tenga el poderío económico de los países fuertes; dejarnos de chingaderas de gobierno republicanos centralistas o federalistas, dejarnos de esas estupideces que en nada entiendo, para que de una vez por todas, en forma definitiva y perpetua, gobierne en nuestro país, un príncipe noble. Regresar al Virreinato, ¿Que acaso hubo problemas en esa época, como los que ahora vivimos?. No nos hagamos pendejos señores, José Joaquín Herrera nos ha traicionado, no es el hombre sobrio, frió y conciliador que dice ser, no tiene tamaños para ser Presidente, ni mucho menos para hacerle la guerra a esos americanos, hay que destituirlo, perseguirlo, encarcelarlo, mandarlo muy lejos y ponerme en su lugar, con todos los honores que exige un Presidente, para evitar de ese modo, la desgracia nacional.

Pero el Presidente Herrera seguía viendo a sus compañeros de armas, quizás podía leerles su desconfianza, pero tenía que convencerles que por el bien de la republica, lo mejor era negociar. Sacarle porque no a los Estados Unidos una indemnización de diez millones de pesos, si el mismísimo Napoleón Bonaparte el gran genio militar lo hizo al venderle a los americanos la Luisiana, él porque no había que hacerlo. ¡Entiendan es sentido común¡. Me temo que ninguna potencia extranjera se aventurara a defender a México en contar de esos americanos. ¡Estamos solos¡ y la única solución inteligente, es negociar. Sin embargo, a efecto de no mostrar a los americanos, miedo alguno que en los engrandezca y los haga sentirse superiores, ordenare al general Paredes Arrillaga se haga cargo de la defensa del territorio nacional, irá al norte apoyar al general Mariano Arista, para resguardar la frontera de México con Texas y de esa forma, disuadir a los americanos de que no ingresen al territorio Texano. Que entiendan de una vez por todas, que México estará dispuesto aceptar la separación de Texas como en su momento lo hicimos de Guatemala, pero que de ninguna forma, vamos a ceder la farsa americana, de que dicha provincia forme parte de la Unión Americana.

Acepta Vos esa encomienda general.- Acepta excelentísimo Jefe de Armas Mariano Paredes Arrillaga, a defender la patria mexicana en contra de cualquier amenaza, invasión o ataque que pudieran hacer los invasores americanos. Acepta y jura lealtad a la bandera, a la República, a la Constitución y a su Señoría, el Presidente de la Republica.  – Si, acepto y juro, defender a la República, a la Constitución y a México. Acepto la encomienda que el gobierno de la república me ha distinguido, os juro que daré mi vida, para evitar que esos americanos ocupen el territorio mexicano, ni un centímetro, os juro, ni un centímetro lograran esos bastardos americanos profanar el suelo patrio. ¡Os juro¡.

-      General Herrera – interrumpió el Coronel Yáñez – muestro a Vos el proyecto de carta de protesta de la ruptura de las relaciones diplomáticas, entre México y los Estados Unidos, para su digna consideración y firma del Ministro de Relaciones.

En ese momento, otro militar de nombre Mariano Salas, sólo sonrió.




sábado, 20 de agosto de 2016

CAPITULO 17


¿Cómo vivir en esas circunstancias?. Se preguntaba Fernanda cuando supo en la voz de su madre, que el licenciado Salcedo, no sería nada mas su novio, sino que próximamente su futuro esposo. ¿Cómo vivir así?. Cuando el escribano Martínez del Valle tenía que seguir actuando de la forma más natural para que nadie pudiera descubrir sus verdaderos planes. ¿Cómo vivir en esta vida que es un circo?. Un teatro en el que el público, es decir la Divina Providencia, veía, escuchaba, juzgada y en su momento, reía con cada uno de nuestros parlamentos. Como sostener una vida rutinaria, cuando Enrique Salcedo descubrió en una profunda soledad, que su deseo de enderezar su vida, no sería nunca jamás con Fernanda.

Jorge Enrique Salcedo y Salmorán busco a Fernanda, aunque el ya no tenía ganas de volverla a ver, tenía que enfrentar su responsabilidad de no fallar a su palabra, de cortejarla para convencerla que sería un esposo amoroso, que podía ganarse su confianza, su respeto, admiración y porque no, su amor.

Cuando entraba a la bella Casona de Tizapan, no podía dejar de observar  su jardín o aquella biblioteca. Suponía que ahí se escondían, entre los libreros u otros muebles, el tesoro de la nación. ¿Acaso lo sabía Fernanda o su madre Amparo?.

Cuando Enrique se topo por vez primera con Fernanda, luego de su señal que le había hecho cuando le tiro el pañuelo luego de la misa en Catedral, le sonrojo al verlo. Parecía coquetearle, pero también había momentos que lo veía con curiosidad, como si Salcedo fuera un bicho extraño. Enrique al verla bajar por sus escaleras le correspondió la sonrisa y le extendió su brazo, para acompañar al suyo y pudiera ella, bajar el último escalón.



¿Qué había que decirle a esa mujer tan fina y delicada?. ¿Cómo iniciar un dialogo en el cual, Fernanda debiera de estar consciente de que aquel joven abogado, sería su futuro esposo. Que nunca jamás en su vida, volvería a tener noticias de su antiguo novio, un joven cadete que para ese momento, se encontraba estudiando Matemáticas para sus próximos exámenes. Enrique podía hablar frente a sus alumnos en la Academia de Jurisprudencia, podía inclusive sostener una conversación con el Presidente de la República, o con el general Santa Anna, si es que éste saliera libre de su encarcelamiento; pero no podía iniciar una plática con aquella mujer de complexión alta, delgada, de buen porte que era Fernanda. No podía iniciar una conversación con ella, porque le era totalmente desconocida.

Entonces Fernanda le volvió a sonreír y le pidió que la acompañara a dar una vuelta. Tenía ganas de pasear, de recorrer las calles y no precisamente en el carruaje de su papá, sino visitar la Iglesia del Carmen. Entonces le tomo el brazo y se dispusieron ambos a pasear rumbo a la Villa de San Ángel. 

Enrique parecía que quería darle una explicación, hacer una presentación introductoria hacía su persona, pero ella no lo dejo, con su dedo, le hizo la señal para que se callara, que no dijera nada, ella sólo quería caminar acompañada de él y hacerle unas cuantas preguntas, para que fuera Fernanda quien lo conociera a él y no él a ella.

Entonces se dispusieron a subir en el carruaje para dirigirse al pueblo de San Angel; entonces ella le pregunto quién era, porque la había seguido con tanta insistencia, si en verdad era profesor de leyes, si trabajaba para el Supremo Gobierno, si era cierto que tenía algún contacto con Santa Anna, si le llevaba asuntos a su papá. Entonces Jorge Enrique empezó a responderle y Fernanda atenta escuchaba lo que éste le decía. No sabía cómo comportarse con ella, sus manos le sudaban y una ansiedad le empezó atacar, el cual trataba de simular, pero Fernanda sólo lo observaba y le causaba risa y por momentos una cierta ternura, al ver el hombre que sería su futuro esposo.



La carreta circulo y bajo a la Villa de San Ángel; donde visitaron la iglesia el Carmen; después caminaron por los callejones de San Jacinto, hasta que finalmente, Fernanda pidió regresarse a su casa, entonces ya para esos momentos Jorge Enrique no quería despegarse de ella, estaba apenas adquiriendo seguridad con ella, pero cuando él no quería ya separarse de tan gran agradable compañía, la distancia a la casona se iba reduciendo cada vez más, hasta llegar el momento de haberse topado con la puerta principal de la Casona y Fernanda en forma tajante lo corto, pidiéndole que fuera la próxima semana a visitarlo. En esos instantes Jorge Enrique pensó que debía darle un beso, pero no lo hizo. Los segundos que fueron tan incómodos y a la vez tan eternos, pasaron en forma pronta, que cuando reacciono o trato de hacerlo, Fernanda volvió a sonreírle nuevamente, para con su mano, hacer la señal de despedirlo.

Jorge Enrique no sabía cómo sentirse, si igual de tonto o cada vez más estúpido de lo que pensaba que ya era. No sabía porque había hecho eso, no sabía si Fernanda era su novia o podía ser su novia. Quizás se sintió marioneta de esa astuta mujer, a la cual, como una loca niña, subió de nueva cuenta las escaleras de su casa, riéndose de su hazaña, quizás un poco entusiasmada de que aquel hombre parecía ser un buen esposo.

Corrió y le contó a su madre de su primera cita, Amparo sólo rió en silencio, como agradeciendo a Dios que aquel hombre, su futuro yerno, fuera un buen esposo, con el cual, no haría sufrir a su hija.

Pero este noviazgo que apenas comenzaba, ignoraba los dados del destino. Este juego de vidas paralelas en el que las líneas rectas aún no hacían intersección para conocerse. Mientras Fernanda le contaba a su mamá sobre su primera cita con Enrique, en las faldas del Colegio Militar, Jesús Melgar ansiaba que fuera domingo, para poder salir y buscar a la que fuera su novia. ¡Pobre tonto que pensaba el que la novia le fuera eterna¡, que lo esperaría nueve años, para que él podía salir con un grado superior de Coronel y convertirse en Ingeniero de Artillería egresado del Colegio Castrense.

La vida en el Colegio ya era habitual, había sido aceptada por Jesús, quien poco a poco, luego de cinco meses de internado empezó a tener gusto por la carrera militar que había elegido. Cada mañana el oficial de guardia tocaba los tambores a las 5:30 de la mañana para despertar a todos los alumnos de la nueva jornada que se avecinaba. Jesús Melgar como todos sus compañeros se disponía a levantarse, tender su cama, asearse, ir a misa y después a desayunar. Para eso de las siete de la mañana, se incorporaba sus clases, mismas que durarían hasta la una de la tarde, cuando se aproximara la hora de la comida y del receso.



Entones Jesús en su infinita soledad veía desde las ventanas del castillo, aquel bosque y más lejos aún, las torres de catedral, donde cerca de ahí vivía su amada. ¿Qué estaría haciendo ella?. ¿En verdad pensaría en él?. Fernanda ya no lo trataba igual, sus ultimas visitas en los días domingo, ella se mostraba demasiado distante e inclusive tenía la sensación, de que quizás, otro hombre la visitara. ¿Sería capaz de hacerlo eso a él?. Jesús experimentaba un poquito de coraje, no sabía como enfocar esa inseguridad, cuando hasta antes de regresar a clases a las cinco de la tarde, se disponía con sus compañeros a jugar pelota, la cuerda, los saltos horizontales y verticales y en las tardes mas relajadas, jugar el trompo con sus compañeros.

A las cinco de la tarde las clases continuaban,  cuando apenas empezaba a oscurecer a las 6:45 de la tarde, iniciaba la clase de dibujo y entonces Jesús empezaba a retraerse del mundo que le rodeaba, para empezar a plasmar esas líneas.  Necesitaba una modelo, una mujer hermosa que la viera el cabello, sus labios, su nariz y sus bellos ojos, una mujer que fuera como Fernanda para que pudiera materializarla en aquel papel en blanco que nada era, sin el alma de su novia.



A las ocho de la noche, Jesús volvía al comedor, a ocupar el lugar que le pertenecía en esa sacra ceremonia de ingerir los alimentos nocturnos. Ahí estaban sentados los altos directivos del Colegio, los tenientes y oficiales, los profesores y sus propios compañeros. Ingerir el chocolate caliente y seguir pensando en aquel nombre que no se le borraba de la mente, Fernanda¡. ¿Qué estarás haciendo Fernanda?. ¿Estarás pensando en mi, Fernanda en mi?.  Al terminar el refrigerio, quedaba una sola hora para hacer las tareas que dejaban los maestros. Había que dejar de pensar en la novia distante y concentrarse en aquellos problemas de matemáticas que exigían comprensión. Si quería convertirse en militar, no sería cualquier soldado sino un ingeniero en artillería. Tenía que aprender algebra y trigonometría, además de conocer los distintos tipos de pólvora. Tenía que ser ingeniero, ya no abogado, ni sacerdote, ni cualquier tipo de militar. El sería ingeniero, un militar distinto a sus demás compañeros. El no conocería la infantería, ni montaría caballo para rodear las fuerzas del enemigo; él sería ingeniero militar, dispondría sobre el número de cañones y diseñaría otros más para transportarlos en el campo de batalla. Diseñar su alcance, el ángulo en que debían de colocarse, su posición en la táctica militar y calcular mediante esas formular, el alcance de sus balas.

La noche marcaba las veintidós horas y las luces del Colegio se apagaban. Cada una de las bombillas cesaba de la luz que ofrecía, para disponerse cada uno de los cadetes a dormirse. Pobre Jesús, querer soñar con Fernanda y no lograrlo como deseaba; era preso de su deseo de superarse, de su ganas de aprender y de ser alguien en la vida, pero también era esclavo, de su obsesión de tener a la mujer amada que no tenía.

¡Fernanda¡, Fernanda¡. ¿Dónde estás Fernanda? . A las nueve y media de la mañana luego de la misa dominical, la orden de salida para los cadetes era un premio a la buena conducta; no tenia reportes, ni faltas a la disciplina. Había hecho sus tareas y respetado a sus compañeros. Tenía todo el día hasta antes de que cayera la noche para buscar a su amada novia.

Al llegar a su casa, Jesús saludaba a su madrina y a su padrino el Coronel Mario Melgar Gutiérrez y Mendizábal, quien recientemente se reincorporaba al Ejército, en el cuartel de la Ciudadela, habiéndole respetado su grado y los emolumentos que éste percibía hasta antes de la crisis política que le costó el destierro a Santa Anna. Era increíble, pensaba Jesús Melgar, que el nombre del gran amigo de su padrino, siguiera pesando tanto en el ambiente castrense, para que con su sola recomendación le permitiera regresar nuevamente a las filas del ejército.

Portar el uniforme obviamente era un orgullo, los zapatos lustrados, aquel pantalón y esa chaqueta había que mostrarla con orgullo y dignidad, aunque bien, mientras Jesús Melgar lo hacía porque le era una imposición dentro de las filas del Colegio Militar, un requisito para sus calificaciones académicas, su padre lo hacía, para seguir conservando las prerrogativas que tenía por formar parte del Ejército mexicano. Portar el uniforme, era su investidura, su seguridad, como si su personalidad cambiara de forma radical y fuera otro.

Ese domingo, Jesús Melgar tan pronto desayuno en compañía de sus padres, se dispuso a buscar a su amada novia, para saciar en su visita, toda la ansiedad que había acumulado en la semana. Ya no vestía con aquel traje gris que siempre portaba, ahora era ese gallardo uniforme militar con el que el cadete esperaba en la puerta de la Casona de Tizapan a la mujer querida, que pensaba, seguía siendo su novia.  La nana Juanita al percatarse que alguien esperaba a la calle, le informo a la niña Fernanda, que su ex novio Jesús Melgar se encontraba afuera en la calle, esperándola ansiosamente. Fernanda se preocupo y no supo qué hacer, ella era una mujer comprometida y tenía que romper esa relación con su antiguo novio.

Fernanda salió de su casa, otra vez acompañada de su nana. Al observarla Jesús, se dispuso a caminar detrás de ella, para esperar a que a una sana distancia donde nadie los viera, pudiera éste acercarse y entablar comunicación con ella. ¡Ah Fernanda¡. Me da felicidad verte, aunque tu gesto sea de preocupación, no sabes lo tanto que pienso en ti.

Fernanda y Jesús se vieron, cuando Jesús trato de besarla, ella evito el beso, y en forma cortante le pidió, o mejor dicho le rogó, que ya nunca jamás lo buscara. Jesús extrañado le pidió una explicación, a lo que ella respondió en forma altanera y tajante, que ya tenía novio, que era una mujer comprometida y que muy pronto se casaría para ser la mujer del licenciado Jorge Enrique Salcedo y Salmorán. Entonces Jesús, tomo esa noticia como si fuera una mentira, era demasiado cruda para ser verdad. Tenía que ser una mentira, una broma, Fernanda no podía traicionarlo; pero cuando ambos guardaron ese silencio y Jesús la vio detalladamente a sus ojos, se dio cuenta que tenía razón. Fernanda era amada por otra persona, al que nunca jamás, ese intruso podría amarle con la misma intensidad y sentimiento con el que él lo hacía.

Jesús se desconcertó y no pudo evitar llorar. No pudo ocultar esa gallardía que había aprendido en el Colegio. Se estaba comportando como una mujer porque no podía tolerar que su novia, la que había sido su musa, su inspiración divina en el dibujo, fuera a convertirse en la mujer de otro hombre.

-      ¿Quién es ese?.
-      Eso no debe de importarte, sólo te pido que no me busques, esta relación entre nosotros no puede continuar.

Y Jesús quedo pasmado con la noticia. No podía vivir ese instante cruel que lo convertía en el hombre más ridícula del mundo. Tenía que ser una pesadilla, una maldita mentira, porque para ser verdad, era muy crudo.

Fernanda le deseo lo mejor para él, se lo dijo sinceramente como si nunca se quisiera despedir de él, después se dio la media vuelta y se hizo la sorda, al no voltear ante las suplicas de quien meses antes, era todo para ella.

La nana Juanita acompaño a su patrona y se dispusieron a regresar a la casona como si nada hubiera pasado. Como si aquel noviazgo y esos días en que Jesús y Fernanda se visitaban en la calle, jamás hubieran ocurrido. Cuando Fernanda llego a su recamara, cerró la puerta y sin que nadie la viera y la escuchara, se puso a llorar.