sábado, 20 de agosto de 2016

CAPITULO 17


¿Cómo vivir en esas circunstancias?. Se preguntaba Fernanda cuando supo en la voz de su madre, que el licenciado Salcedo, no sería nada mas su novio, sino que próximamente su futuro esposo. ¿Cómo vivir así?. Cuando el escribano Martínez del Valle tenía que seguir actuando de la forma más natural para que nadie pudiera descubrir sus verdaderos planes. ¿Cómo vivir en esta vida que es un circo?. Un teatro en el que el público, es decir la Divina Providencia, veía, escuchaba, juzgada y en su momento, reía con cada uno de nuestros parlamentos. Como sostener una vida rutinaria, cuando Enrique Salcedo descubrió en una profunda soledad, que su deseo de enderezar su vida, no sería nunca jamás con Fernanda.

Jorge Enrique Salcedo y Salmorán busco a Fernanda, aunque el ya no tenía ganas de volverla a ver, tenía que enfrentar su responsabilidad de no fallar a su palabra, de cortejarla para convencerla que sería un esposo amoroso, que podía ganarse su confianza, su respeto, admiración y porque no, su amor.

Cuando entraba a la bella Casona de Tizapan, no podía dejar de observar  su jardín o aquella biblioteca. Suponía que ahí se escondían, entre los libreros u otros muebles, el tesoro de la nación. ¿Acaso lo sabía Fernanda o su madre Amparo?.

Cuando Enrique se topo por vez primera con Fernanda, luego de su señal que le había hecho cuando le tiro el pañuelo luego de la misa en Catedral, le sonrojo al verlo. Parecía coquetearle, pero también había momentos que lo veía con curiosidad, como si Salcedo fuera un bicho extraño. Enrique al verla bajar por sus escaleras le correspondió la sonrisa y le extendió su brazo, para acompañar al suyo y pudiera ella, bajar el último escalón.



¿Qué había que decirle a esa mujer tan fina y delicada?. ¿Cómo iniciar un dialogo en el cual, Fernanda debiera de estar consciente de que aquel joven abogado, sería su futuro esposo. Que nunca jamás en su vida, volvería a tener noticias de su antiguo novio, un joven cadete que para ese momento, se encontraba estudiando Matemáticas para sus próximos exámenes. Enrique podía hablar frente a sus alumnos en la Academia de Jurisprudencia, podía inclusive sostener una conversación con el Presidente de la República, o con el general Santa Anna, si es que éste saliera libre de su encarcelamiento; pero no podía iniciar una plática con aquella mujer de complexión alta, delgada, de buen porte que era Fernanda. No podía iniciar una conversación con ella, porque le era totalmente desconocida.

Entonces Fernanda le volvió a sonreír y le pidió que la acompañara a dar una vuelta. Tenía ganas de pasear, de recorrer las calles y no precisamente en el carruaje de su papá, sino visitar la Iglesia del Carmen. Entonces le tomo el brazo y se dispusieron ambos a pasear rumbo a la Villa de San Ángel. 

Enrique parecía que quería darle una explicación, hacer una presentación introductoria hacía su persona, pero ella no lo dejo, con su dedo, le hizo la señal para que se callara, que no dijera nada, ella sólo quería caminar acompañada de él y hacerle unas cuantas preguntas, para que fuera Fernanda quien lo conociera a él y no él a ella.

Entonces se dispusieron a subir en el carruaje para dirigirse al pueblo de San Angel; entonces ella le pregunto quién era, porque la había seguido con tanta insistencia, si en verdad era profesor de leyes, si trabajaba para el Supremo Gobierno, si era cierto que tenía algún contacto con Santa Anna, si le llevaba asuntos a su papá. Entonces Jorge Enrique empezó a responderle y Fernanda atenta escuchaba lo que éste le decía. No sabía cómo comportarse con ella, sus manos le sudaban y una ansiedad le empezó atacar, el cual trataba de simular, pero Fernanda sólo lo observaba y le causaba risa y por momentos una cierta ternura, al ver el hombre que sería su futuro esposo.



La carreta circulo y bajo a la Villa de San Ángel; donde visitaron la iglesia el Carmen; después caminaron por los callejones de San Jacinto, hasta que finalmente, Fernanda pidió regresarse a su casa, entonces ya para esos momentos Jorge Enrique no quería despegarse de ella, estaba apenas adquiriendo seguridad con ella, pero cuando él no quería ya separarse de tan gran agradable compañía, la distancia a la casona se iba reduciendo cada vez más, hasta llegar el momento de haberse topado con la puerta principal de la Casona y Fernanda en forma tajante lo corto, pidiéndole que fuera la próxima semana a visitarlo. En esos instantes Jorge Enrique pensó que debía darle un beso, pero no lo hizo. Los segundos que fueron tan incómodos y a la vez tan eternos, pasaron en forma pronta, que cuando reacciono o trato de hacerlo, Fernanda volvió a sonreírle nuevamente, para con su mano, hacer la señal de despedirlo.

Jorge Enrique no sabía cómo sentirse, si igual de tonto o cada vez más estúpido de lo que pensaba que ya era. No sabía porque había hecho eso, no sabía si Fernanda era su novia o podía ser su novia. Quizás se sintió marioneta de esa astuta mujer, a la cual, como una loca niña, subió de nueva cuenta las escaleras de su casa, riéndose de su hazaña, quizás un poco entusiasmada de que aquel hombre parecía ser un buen esposo.

Corrió y le contó a su madre de su primera cita, Amparo sólo rió en silencio, como agradeciendo a Dios que aquel hombre, su futuro yerno, fuera un buen esposo, con el cual, no haría sufrir a su hija.

Pero este noviazgo que apenas comenzaba, ignoraba los dados del destino. Este juego de vidas paralelas en el que las líneas rectas aún no hacían intersección para conocerse. Mientras Fernanda le contaba a su mamá sobre su primera cita con Enrique, en las faldas del Colegio Militar, Jesús Melgar ansiaba que fuera domingo, para poder salir y buscar a la que fuera su novia. ¡Pobre tonto que pensaba el que la novia le fuera eterna¡, que lo esperaría nueve años, para que él podía salir con un grado superior de Coronel y convertirse en Ingeniero de Artillería egresado del Colegio Castrense.

La vida en el Colegio ya era habitual, había sido aceptada por Jesús, quien poco a poco, luego de cinco meses de internado empezó a tener gusto por la carrera militar que había elegido. Cada mañana el oficial de guardia tocaba los tambores a las 5:30 de la mañana para despertar a todos los alumnos de la nueva jornada que se avecinaba. Jesús Melgar como todos sus compañeros se disponía a levantarse, tender su cama, asearse, ir a misa y después a desayunar. Para eso de las siete de la mañana, se incorporaba sus clases, mismas que durarían hasta la una de la tarde, cuando se aproximara la hora de la comida y del receso.



Entones Jesús en su infinita soledad veía desde las ventanas del castillo, aquel bosque y más lejos aún, las torres de catedral, donde cerca de ahí vivía su amada. ¿Qué estaría haciendo ella?. ¿En verdad pensaría en él?. Fernanda ya no lo trataba igual, sus ultimas visitas en los días domingo, ella se mostraba demasiado distante e inclusive tenía la sensación, de que quizás, otro hombre la visitara. ¿Sería capaz de hacerlo eso a él?. Jesús experimentaba un poquito de coraje, no sabía como enfocar esa inseguridad, cuando hasta antes de regresar a clases a las cinco de la tarde, se disponía con sus compañeros a jugar pelota, la cuerda, los saltos horizontales y verticales y en las tardes mas relajadas, jugar el trompo con sus compañeros.

A las cinco de la tarde las clases continuaban,  cuando apenas empezaba a oscurecer a las 6:45 de la tarde, iniciaba la clase de dibujo y entonces Jesús empezaba a retraerse del mundo que le rodeaba, para empezar a plasmar esas líneas.  Necesitaba una modelo, una mujer hermosa que la viera el cabello, sus labios, su nariz y sus bellos ojos, una mujer que fuera como Fernanda para que pudiera materializarla en aquel papel en blanco que nada era, sin el alma de su novia.



A las ocho de la noche, Jesús volvía al comedor, a ocupar el lugar que le pertenecía en esa sacra ceremonia de ingerir los alimentos nocturnos. Ahí estaban sentados los altos directivos del Colegio, los tenientes y oficiales, los profesores y sus propios compañeros. Ingerir el chocolate caliente y seguir pensando en aquel nombre que no se le borraba de la mente, Fernanda¡. ¿Qué estarás haciendo Fernanda?. ¿Estarás pensando en mi, Fernanda en mi?.  Al terminar el refrigerio, quedaba una sola hora para hacer las tareas que dejaban los maestros. Había que dejar de pensar en la novia distante y concentrarse en aquellos problemas de matemáticas que exigían comprensión. Si quería convertirse en militar, no sería cualquier soldado sino un ingeniero en artillería. Tenía que aprender algebra y trigonometría, además de conocer los distintos tipos de pólvora. Tenía que ser ingeniero, ya no abogado, ni sacerdote, ni cualquier tipo de militar. El sería ingeniero, un militar distinto a sus demás compañeros. El no conocería la infantería, ni montaría caballo para rodear las fuerzas del enemigo; él sería ingeniero militar, dispondría sobre el número de cañones y diseñaría otros más para transportarlos en el campo de batalla. Diseñar su alcance, el ángulo en que debían de colocarse, su posición en la táctica militar y calcular mediante esas formular, el alcance de sus balas.

La noche marcaba las veintidós horas y las luces del Colegio se apagaban. Cada una de las bombillas cesaba de la luz que ofrecía, para disponerse cada uno de los cadetes a dormirse. Pobre Jesús, querer soñar con Fernanda y no lograrlo como deseaba; era preso de su deseo de superarse, de su ganas de aprender y de ser alguien en la vida, pero también era esclavo, de su obsesión de tener a la mujer amada que no tenía.

¡Fernanda¡, Fernanda¡. ¿Dónde estás Fernanda? . A las nueve y media de la mañana luego de la misa dominical, la orden de salida para los cadetes era un premio a la buena conducta; no tenia reportes, ni faltas a la disciplina. Había hecho sus tareas y respetado a sus compañeros. Tenía todo el día hasta antes de que cayera la noche para buscar a su amada novia.

Al llegar a su casa, Jesús saludaba a su madrina y a su padrino el Coronel Mario Melgar Gutiérrez y Mendizábal, quien recientemente se reincorporaba al Ejército, en el cuartel de la Ciudadela, habiéndole respetado su grado y los emolumentos que éste percibía hasta antes de la crisis política que le costó el destierro a Santa Anna. Era increíble, pensaba Jesús Melgar, que el nombre del gran amigo de su padrino, siguiera pesando tanto en el ambiente castrense, para que con su sola recomendación le permitiera regresar nuevamente a las filas del ejército.

Portar el uniforme obviamente era un orgullo, los zapatos lustrados, aquel pantalón y esa chaqueta había que mostrarla con orgullo y dignidad, aunque bien, mientras Jesús Melgar lo hacía porque le era una imposición dentro de las filas del Colegio Militar, un requisito para sus calificaciones académicas, su padre lo hacía, para seguir conservando las prerrogativas que tenía por formar parte del Ejército mexicano. Portar el uniforme, era su investidura, su seguridad, como si su personalidad cambiara de forma radical y fuera otro.

Ese domingo, Jesús Melgar tan pronto desayuno en compañía de sus padres, se dispuso a buscar a su amada novia, para saciar en su visita, toda la ansiedad que había acumulado en la semana. Ya no vestía con aquel traje gris que siempre portaba, ahora era ese gallardo uniforme militar con el que el cadete esperaba en la puerta de la Casona de Tizapan a la mujer querida, que pensaba, seguía siendo su novia.  La nana Juanita al percatarse que alguien esperaba a la calle, le informo a la niña Fernanda, que su ex novio Jesús Melgar se encontraba afuera en la calle, esperándola ansiosamente. Fernanda se preocupo y no supo qué hacer, ella era una mujer comprometida y tenía que romper esa relación con su antiguo novio.

Fernanda salió de su casa, otra vez acompañada de su nana. Al observarla Jesús, se dispuso a caminar detrás de ella, para esperar a que a una sana distancia donde nadie los viera, pudiera éste acercarse y entablar comunicación con ella. ¡Ah Fernanda¡. Me da felicidad verte, aunque tu gesto sea de preocupación, no sabes lo tanto que pienso en ti.

Fernanda y Jesús se vieron, cuando Jesús trato de besarla, ella evito el beso, y en forma cortante le pidió, o mejor dicho le rogó, que ya nunca jamás lo buscara. Jesús extrañado le pidió una explicación, a lo que ella respondió en forma altanera y tajante, que ya tenía novio, que era una mujer comprometida y que muy pronto se casaría para ser la mujer del licenciado Jorge Enrique Salcedo y Salmorán. Entonces Jesús, tomo esa noticia como si fuera una mentira, era demasiado cruda para ser verdad. Tenía que ser una mentira, una broma, Fernanda no podía traicionarlo; pero cuando ambos guardaron ese silencio y Jesús la vio detalladamente a sus ojos, se dio cuenta que tenía razón. Fernanda era amada por otra persona, al que nunca jamás, ese intruso podría amarle con la misma intensidad y sentimiento con el que él lo hacía.

Jesús se desconcertó y no pudo evitar llorar. No pudo ocultar esa gallardía que había aprendido en el Colegio. Se estaba comportando como una mujer porque no podía tolerar que su novia, la que había sido su musa, su inspiración divina en el dibujo, fuera a convertirse en la mujer de otro hombre.

-      ¿Quién es ese?.
-      Eso no debe de importarte, sólo te pido que no me busques, esta relación entre nosotros no puede continuar.

Y Jesús quedo pasmado con la noticia. No podía vivir ese instante cruel que lo convertía en el hombre más ridícula del mundo. Tenía que ser una pesadilla, una maldita mentira, porque para ser verdad, era muy crudo.

Fernanda le deseo lo mejor para él, se lo dijo sinceramente como si nunca se quisiera despedir de él, después se dio la media vuelta y se hizo la sorda, al no voltear ante las suplicas de quien meses antes, era todo para ella.

La nana Juanita acompaño a su patrona y se dispusieron a regresar a la casona como si nada hubiera pasado. Como si aquel noviazgo y esos días en que Jesús y Fernanda se visitaban en la calle, jamás hubieran ocurrido. Cuando Fernanda llego a su recamara, cerró la puerta y sin que nadie la viera y la escuchara, se puso a llorar.



viernes, 19 de agosto de 2016

CAPITULO 16


Amparo frente al espejo de su recamara, peinaba su cabello largo y rubio, ya del todo descuidado, amenazado por la orzuela y por el aparecimiento de una que otra cana que no podía obviamente disimular, aunado a esas arrugas en su bello rostro, que mostraban su verdadera edad.

Pensaba Amparo en tantas cosas, primero antes que nada, pensaba en si, luego en si y finalmente, seguía pensando en si; sin encontrar todavía en el interior de su alma, alguna respuesta que le permitiera encontrar algún verdadero sentido de su vida.

Casada pero sin ejercer vida de mujer feliz, se encontraba abandonada, mirándose frente al espejo, como los años de su vida se le iban, sin haber hecho nada aún de su propia existencia; quizás la educación de su hija Fernanda, haber servido bien o mal, como la esposa del ilustre escribano Alfonso Martínez del Valle y seguir ejerciendo la noble profesión de ser ama de casa. Olvidada por el marido, también por la hija, pero lo peor de todo, olvida o mejor dicho, ignorada por una parte del mundo, que desconocía de su persona, de sus sentimientos, de sus anhelos.

Aún no perdía de vista, la memoria del pretendiente de su hija, el ilustre profesor universitario Salcedo y Salmorán, se veía además de un caballero, todo un hombre culto, de buenos sentimientos, no tan feo como muchos otros, de una cierta personalidad agradable, que muy en el fondo, hubiera deseado quizás de joven haberse encontrado así a un caballero y no el patán de su marido, quien con su soberbia y actitud autoritaria, le amargaba la vida todos los días.

Pero al verse al espejo, peinando aquella cabellera larga, descuidada, con alguna que otra cana; se había dado cuenta, que no era una señorita como el caso de su hija; era una señora de casi cincuenta años, que constituía todo un pecado mortal y una verdadera falta, reprochable moralmente, siquiera imaginar, que ella podía sostener, algún tipo de relación extramatrimonial con el ilustre abogado.

Tan guapo, tan inteligente, tan agradable; definitivamente Fernanda no erró al escoger a un prospecto como el licenciado Salcedo; distinguido profesor de la escuela de leyes y funcionario del Supremo Gobierno, con una cierta posición social y una promisoria carrera política.

Y mientras ella pensaba en cosas que nunca jamás en su vida podían ocurrir, Amparo renunciaba a soñar, a fantasear; a disimular y si era posible, reprimir aquellas sensaciones que la hacían sentirse mojada y pesada en sus senos. Ah tratar de suspirar y persignarse, por todos aquellos pecados auto censurables, que no negaba, le despertara una sonrisa, pero que al reaccionar sobre el verdadero sentido de sus actos, terminaba tajantemente a renunciar cualquier fantasía, reprochándose lo vieja que ya era.

¿Por qué se caso con el ilustre y distinguidísimo escribano Alfonso Martínez del Valle?. Mejor dicho, ella no se caso, sino fueron sus padres, quienes la obligaron a contraer nupcias. Tras un breve noviazgo de apenas seis meses, se había casado hace treinta años, justo, cuando aquel joven abogado pretendiente de su hija, tenía unos dos años de edad. El era un niño, casi un bebe, cuando Amparo, era toda una señorita. ¡Mayor razón todavía para reprocharse silenciosamente¡.

El escribano Alfonso Martínez del Valle, había sido orgullosamente egresado de la Academia de Aspirantes y Pasantes de Escribanos, era orgullosamente miembro, de la que alguna fuera el Real Colegio de Escribanos de México; conocía la técnica del escribano público y de diligencias, contaba además de su certificado que le acreditaba su calidad de escribano, lo que lo hacía valorar su profesión para no renunciar a ella, ni mucho menos ponerlo a venta. Además de prestar sus servicios como escribano publico independiente, autorizando diversos contratos y registrando hipotecas, prestaba también sus servicios para la Suprema Corte de Justicia.



Hombre de casi setenta años de edad, además de contar con su esposa y una hermosa hija; tenía el prestigio que la escribanía le otorgaba; lo que le permitía celebrar diversos contratos que le retribuían provechosamente sus honorarios, además de contar con muy buenas relaciones con miembros del clero y del ejército; lo que le permitía hacer gala de su influyentismo.

Su actitud prepotente y soberbia con sus criados era algo característico de él; su pedantería ante su propia esposa también lo era; quizás pensaba él que con las joyas que le obsequiaba a su esposa, podía indemnizar de sus constantes e injustificados celos, gritos, golpes e inclusive, de todas aquellas noches en que la forzaba a tener relaciones sexuales, las cuales siempre culminaba, con el coraje y el llanto de Amparo en su alcoba matrimonial.  

Por eso Amparo no deseaba lo mismo para su hija, al menos, ella había tenido la oportunidad de escoger a su futuro marido, al quien se veía, de buenos modales y sentimientos; nada comparable con su esposo, más que la formación profesional de juristas, uno como escribano y el otro como asesor en el Gobierno, pero fuera de ahí, el pretendiente de su hija, era ante un todo, un caballero que deslumbraba una inteligencia descomunal, su personalidad fiel a sus convicciones, podía llegar a ser escribano como su marido, juez o magistrado, inclusive aunque fuera exagerado suponer que así fuera, podía llegar a ser Presidente de la República. Pero no uno de esos presidentes del montón, que sólo llegan al poder para enriquecerse, prometer y defraudar al pueblo, robando las arcas nacionales para gastarlas en sus haciendas en la costa veracruzana, en alguna isla caribeña o inclusive en Sudamérica. ¡No, ese tipo de hombre, no podía ser el licenciado Salcedo, el se veía, un hombre honesto, un buen patriota, un estadista, una personalidad que dejaría historia en la joven república. ¿será masón?. ¿en verdad, será personal fiel al general Santa Anna?.

-      ¿En que piensas?. – pregunto con la voz seca, el señor Martínez del Valle. Cuando ingreso a la recamara matrimonial.
-      ¡Nada¡, simplemente en nada.
-      Me choca ese tipo de contestaciones tuyas, sospecho que en algo aberrante y monstruoso estas pensando; ¿Qué acaso piensas, que no logro leer tus miradas?, ¿ que no puedo interpretar tu silencio?.
-      Pensaba en nuestro futuro yerno.
-      El licenciado Salcedo. ¿Cómo lo ves?.
-      ¿Creo que primero debiste de haberme consultado, mi opinión.
-      Mira mujer, tu opinión, es lo que menos importa para el bienestar de mi hija.
-      Aún así, quiero que sepas, que no te equivocaste en haber aceptado la propuesta del joven licenciado, para pretender a nuestra hija.
-      ¡Lo ves¡. Estas totalmente de acuerdo conmigo, ves como tu opinión en nada importa.

Amparo sólo dio una mueca, como queriendo decir o mejor dicho diciendo en su pensamiento. ¡Imbécil¡.

-      Has de saber mujer, que el licenciado Salcedo, es un brillante abogado al servicio del Gobierno de la República. Además de ser un profesor de leyes en la Academia de Jurisprudencia, es también un asesor del Presidente de la República.
-      ¿Cuál de todos los presidentes de la república, porque en este país, son muchos los que gobiernan. El ejército quita y pone presidentes cuando se les da su gana.
-      ¡Cállate mujer¡. Sino sabes de política, es preferible que te calles mil veces. Dedícate mejor abordar y tejer, que es lo único que deben hacer todas las mujeres.
-      ¡Perdón, por mis expresiones políticas¡, lo que quise decir, es que desconozco en éste momento, quien es el actual Presidente de la República, con las últimas revueltas militares que derrocaron a tu admirado y respetado general Santa Anna, desconozco si quien gobierna en el país, es el general Mariano Paredes Arrillaga o el otro general José Joaquín Herrera.
-      Quien gobierna el país, es el general Antonio López de Santa Anna; se encuentre éste sentado o no en el Palacio Nacional; pero en tu elemental y más pobre y estúpida lógica, quien en éste momento es el presidente oficial, es el general José Joaquín Herrera.
-      Creó que el Presidente Herrera, no quiere ir a la guerra con los Estados Unidos.
-      ¡Efectivamente¡. Es un traidor. Un títere del Congreso. Un estúpido vestido de oficial, quizás contaminado de ideas exóticas de esos malditos masones, que sueñan, con algún día parecernos a los Estados Unidos.
-      No creo que sea un títere. La prensa dice que tiene razón, al decir, que una futura guerra con los Estados Unidos estaríamos condenados a perderla.
-      ¿Quién te dijo eso?.
-      Lo leí en el periódico Siglo XIX.
-      Debo tener más cuidado con lo que leas, ¡Maldita la hora en que te conocí¡. Las mujeres como tú no deben saber leer ni escribir. – Amparo sólo se rió en silencio.
-      Efectivamente, la prensa de ese periodicucho se ha atrevido a sostener, que la futura guerra con los Estados Unidos, estaríamos condenados a perderla. Inclusive, se atreven a decir, que perderíamos la mitad del territorio nacional, si bien nos va;
-      ¿Y no lo crees?.
-      Resulta ser una visión catastrófica. Nada alentadora para el honor y prestigio de nuestros militares.
-      ¿Tú crees que nuestros militares, tienen honor y dignidad. – casi riéndose – empezando poro tu admirado, respetado y buen amigo, el general Santa Anna. - ¡Maldito cojo, pensó entre si Amparo.
-      ¡Vieras como me encanta tu ironía. Por momentos he llegado a pensar, que me case con otro hombre. No crea que en tus cabellitos dorados, puedas tener destellos de inteligencia. Efectivamente, aunque no lo creas, nuestros militares tienen el honor y la dignidad de defender la Santa Fe. 

En esos momentos, Alfonso se sentó en la cama, se quito las botas, disponiéndose a quitarse la ropa.

-      El general López de Santa Anna va a regresar a México. Es un rumor a todas luces. ¡Todo el ejército lo sabe¡. ¡La iglesia Católica también lo sabe¡. ¡Vaya, hasta el populacho también lo sabe¡. El es el único hombre capaz en este país, para triunfar en la guerra que se avecina.
-      Nuestro héroe de Tampico. ¡Él es el que nos va salvar. - Enfatizando nuevamente el tono irónico.

Alfonso, se quedo mirando extrañamente el reflejo de su esposa en el espejo.

-      ¿No entiendo porque odias a ese hombre?
-      ¿Será porque es uno de tus amigos?

Amparo veía en el reflejo de su esposo, el cuerpo senil de su marido. Su personalidad pedante, déspota, “viejo decrepito”.

-      No creo que regrese Santa Anna al país. ¡Perdón¡. Quise decir, el ilustrísimo y excelentísimo, benemérito de la patria y protector de la América mexicana, tu admirado y respetadísimo general Antonio López de Santa Anna.
-      Y Napoleón del Oeste, aunque te pese decirlo.

Amparo solo oprimió el puño, como queriendo dar un golpe sobre el buró.

-      No creo que regrese. Acuérdate de la última revuelta. No salió el pueblo a derrumbar su estatua que se encontraba en la plaza El Volador. – entonces rió Amparo – No decía el sable que gallardamente sostenía, apuntaba al norte, como dando entender que se dirigía a Texas. A recuperar nuestro territorio perdido.
-      Texas, no es un territorio perdido.
-      Eso no parece creerlo ni los mismos texanos. Al parecer, el Congreso americano está discutiendo, si dicha república se anexa a su federación.
-      Cada vez me sorprendes lo estúpida que eres. Esa facilidad que tienes de decir cosas que ni tú misma comprendes.
-      Quizás no las comprendo, pero no olvido, que hace unos meses, el “populacho como tú le llamas”, no solamente derribo su estatua, sino que también saqueo del panteón su pierna.
-      Esa fue una maldita pantomima de los malditos masones y de esos licenciaduchos leguleyos, que lo único que hacen, es inventar formas de gobierno, que nada tiene que ver, con la realidad y las necesidades de nuestro pueblo.
-      Pantomima o no, pero el pueblo saco del país a tu distinguido amigo, condenándolo a su encarcelamiento a Perote, donde esperemos que nunca vuelva.
-      Volverá Amparo y verás, que cuando menos te lo imagines, lo tendremos nuevamente en casa, comiendo de tus majares.

Amparo, no pudo resistir el impulso de gritar sobre el buro.

-      ¡Perdón sucede algo¡.
-      Nada cariño, simplemente se me cayo la peineta.

En ese momento, ya semiacostado, Alfonso contemplaba la todavía belleza de su esposa.

-      ¡Sabes¡. Eres una mujer horrible. Una ramera. ¿Cómo me pude haber casado contigo?.

Amparo se quedo callada, cambiando el gesto de su rostro y de su mirada. Haciendo caso omiso de ese tipo  de expresiones, tan comunes, de los labios de su marido.

-      Te decía Amparo, que el licenciado Salcedo es un buen prospecto para nuestra hija. El podrá darme los hijos varones, que tú no pudiste darme, ni con tu cuerpo de prostituta.
-      Ah si, quieres casar a nuestra hija, con ese fulano, sólo para tener hijos.
-      Por supuesto mamita. Veo que efectivamente, que con tu largo cabello, puedes tener destellos de inteligencia. Efectivamente, la cosa que tú me diste como hija, lo único que pude darme es un nieto, que sea lo suficientemente astuto e inteligente como yo, para que pueda heredarle la escribanía.
-      Si, algo me sospechaba, tenías que escoger como yerno a un abogado, quizás con mayores conocimientos que tú en el arte de la Jurisprudencia y en la técnica de la escribanía, para que pudieras donarle tu escribanía y preservar  tu buen nombre y prestigio.
-      ¡Cada noche, me sorprendes lo tonta que eres¡. Pero efectivamente, tienes razón. El licenciado Salcedo, nuestro futuro yerno, es un hombre que aunque no lo creas, se encuentra bien relacionado, ¿aunque no sabes con quien?.
-      No me digas, que de tu querido y honorable amigo.
-      Así es, de nuestro querido y respetado amigo, el generalísimo Antonio López de Santa Anna. ¡El hombre fuerte de éste país¡.
-      ¡Vaya que sorpresa¡. No podía esperar algo más de ti.
-      Y también sabes de quien más.
-      ¡No¡. Acuérdate que soy una tonta y que no lo sé todo.

En tono irónico, ante la confesión honesta de su esposa, Alfonso exclamo.

-      Del ilustrísimo y excelentísimo Don Manuel de la Peña y Peña.  ¿Sabes quién es él?.
-      No.
-      ¡Claro¡, ya era mucho pedir a Dios que tus destellos de inteligencia, te permitiera conocer más temas, que de tus recetas de cocina.
-      No, no sé quien sea ese fulano, no lo conozco, ni siquiera he oído hablar de él.
-      Don Manuel de la Peña y Peña, es el Rector de la Academia de Jurisprudencia y también, el Presidente del Ilustrísimo Nacional Colegio de Abogados.
-      Pensé que el ámbito de tus relaciones políticas, únicamente, lo eran, con generales y tipejos como ese tal Santa Anna.
-      Pues sigues pensando mal mamita. Don Manuel de la Peña y Peña, no solamente es Rector de la Academia de Jurisprudencia y Presidente del Ilustrísimo Colegio Nacional de Abogados; sino que también destaca ser el Magistrado Presidente de la Suprema Corte de Justicia.
-      ¡Vaya¡. Y que tiene que ver, que nuestro futuro yerno, sea amigo, conocido o recomendado, de ese tal Santa Anna o de ése último que me acabas  de mencionar.
-      ¿Qué no te das cuenta?. ¿Sigues siendo cada día más estúpida, que el día en que te conocí?. ¡Que no ves, que con esas relaciones, puede llegar a ser Fiscal de hacienda o de asuntos criminales; ¡Imagínate si el general Santa Anna le propusiera el cargo de fiscal de hacienda o le diera un fuero mercantil o de hacienda pública. ¿Te imaginas la cantidad de negocios que podríamos hacer?. ¡Claro que no te lo imaginas¡. ¡Tus destellos de inteligencia no llegan a tanto¡. Pero los míos si. Tendría asegurado en el futuro, hacer muy buenos negocios.

Amparo solo rió, ver que aquel viejo de setenta años que era su marido, todavía imaginaba hacer negocios.

Alfonso, luego de acostarse, le ordeno a su esposa.

-      Vente para acá. – saco su brazo, pegando la parte de la cama que le corresponde.

Con el vestido largo, Amparo se acerco a la cama y se dispuso acostarse. Para ello, ya había apagado, el candelero de velas que iluminaba la habitación.

¿Qué cosas pensaba Amparo?. Su futuro yerno, tan guapo, elegante, inteligente; no podía ser igual de barbaján que su esposa. El no se prestaría a ser un hombre más, de esos que roban, prostituyen y son capaces hasta de matar. Ese hombre, que iba a ser su yerno, se veía bueno, de nobles sentimientos, no podía llevarse bien con su futuro suegro.

Pero en eso que Amparo pensaba sintió la mano de su marido en el seno izquierdo. Su otra asquerosa mano en su cintura; y después, ante la oscuridad de la alcoba, vio aquella mancha oscura, decrepita, repugnante, en forma humana, montándose sobre ella, para después sentir la cochina y babosa lengua que le llenaba de saliva sus senos.

Amparo cerró los ojos, sintiendo como su cuerpo era acariciado como si se tratara de una cosa, un animal, un objeto; entonces quiso dejar en blanco su mente, pensar que efectivamente era eso, una simple cosa, un simple objeto de placeres sexuales de aquel viejo decrepito que decía ser su marido. Que no tenía ni siquiera el miembro erecto, sino unas manos asquerosas y una lengua repugnante, propia de un animal como si fuera, un simple cerdo.

Amparo sólo alcanzo pedirle a Dios, que su hija no viviera, lo que en ese momento, ella estaba experimentando.