jueves, 13 de octubre de 2016

CAPITULO 64


Los infrascritos nombrados respectivamente, los dos primeros por el Excemo. Sr. Presidente de la Republica Mexicana, general en jefe de su ejército, D. Antonio López de Santa Anna, y los tres segundos nombrados por S.E. el mayor general de los Estados Unidos de América, y en jefe d sus ejércitos Winfield Scott, reunidos en Tacubaya el dìa 22 de agosto de 1847, después de haberse mostrado sus plenos poderes para celebrar un armisticio entre ambos ejércitos, con el objeto de dar lugar al gobierno mexicano para tomar en consideración las proposiciones que tienen que hacerle el comisionado por parte del Excmo. Presidente de los Estados Unidos de America, han convenido los artículos siguientes:

1. Cesarán al instante y en lo absoluto las hostilidades entre los ejércitos de los Estados Unidos Mexicanos y Estados Unidos del Norte América, en la comprensión de treinta leguas de la capital de los primeros, para dar tiempo à que traten los comisionados nombrados por la Republica de los Estados Unidos, y los que se nombren por parte de México.

2. Continuará este armisticio todo el tiempo que los comisionados e ambos gobiernos estén ocupados en las negociaciones o hasta que el jefe de alguno de los dos ejércitos avise formalmente al otro de la cesación de aquél, y con cuarenta y ocho horas de anticipación al rompimiento.

3. En el entretanto del armisticio, ninguno de los dos ejércitos comenzará en el distrito expresado de treinta leguas de la ciudad de México, ninguna fortificación ni obra militar de ofensa o defensa, ni hará nada para agrandar o reforzar las obras o fortificaciones existentes dentro de lo expresados límites.

4. Ninguno de los ejércitos será reforzado. Cualquier refuerzo de tropas o municiones de guerra, exceptuándose los víveres que estén ahora, en el camino para alguno de los dos ejércitos, será detenido a la distancia de veintiocho leguas de la Ciudad de México.

5. Ninguno de los dos ejércitos o destacamento de ellos podrá avanzar en la línea que actualmente ocupan.

6. Ninguno de los dos ejércitos o destacamento o individuo que tenga carácter militar, pasará los limites neutrales establecidos por el artículo anterior, exceptuándose a los que lleven la correspondencia entre ambos ejércitos, o que vayan a negocios autorizados por el artículo siguiente, yendo bajo una bandera de parlamento: los individuos de ambos ejércitos que por casualidad se extravíen dentro de los limites neutrales se les avisara bondadosamente por la parte contraria, o se les devolverá à su ejecito con la bandera de parlamento.

7. El ejército americano no impedirá con violencia el paso del campo á la ciudad de México para los abastos ordinarios de alimentos necesarios para el consumo de sus habitantes  ó del ejército mexicano que se halle dentro de la ciudad, ni las autoridades mexicanas civiles ó militares harán nada que obstruya el paso de víveres a la ciudad ó de campo, que necesite el ejército americano.

8. Todos los prisioneros de guerra americanos que se encuentren en el poder del ejército mexicano, y que no se hayan canjeado hasta la fecha, se canjearán lo más pronto posible, uno por uno, considerando las clases de prisionero de guerra mexicanos hechos por el ejército americano.

9. A todos los ciudadanos americanos que estaban establecidos en la ciudad de México antes de la guerra actual, y que después han sido desterrados de dicha ciudad, se les permitirá que vuelvan a sus respectivos negocios ó familias en dicha ciudad, sin dilación y sin causar molestia.

10.   Para facilitar mejor á los ejércitos beligerante la ejecución de estos artículos, y para favorecer el grande objeto de la paz, se conviene además que cualquiera correo que alguno de los ejércitos quiera enviar por la línea de la Ciudad de México o de sus cercanías a Veracruz, ó de ésta á aquella, recibirá un pasaporte firmado por el jefe de su ejército y con el salvoconducto del jefe contrario, cuyo pasaporte protegerá á dicho correo y sus pliegos, e cualquiera interrupción ó perdida por parte de las tropas americanas o mexicanas por dicha línea.

11.   En los pueblos ocupados por las fuerzas americanas, no se embarazará de modo alguno, respecto de las mexicanas, el ejercicio de la justicia, en los términos señalados por las leyes, por la constitución general o particular de los Estados a que pertenezcan.

12.   En las poblaciones o lugares ocupados por el ejército o la fuerza de los Estados Unidos dentro del límite señalado, serán respetadas las propiedades, y todos los individuos mexicanos no serán embargados de manera alguna en el ejercicio de su profesión, no se les obligara ejecutar servicio de ninguna clase, si no los quieren prestar voluntariamente, y para ello, pagándolo por su justo precio. El tráfico no se alterara por ningún modo.

13.   Los prisioneros que estuvieron heridos no se les embarazará de manera alguna el que cuando quieran pueda trasladarse para su curación al lugar que les sea más cómodo, permaneciendo en su cualidad de prisioneros.

14.   Los oficiales de salud del ejército mexicano, podrán asistirlos si así les conviniere.

15.   Para el exacto cumplimiento de este convenio, se nombrarán dos comisionados, uno por cada parte, y en caso de discordia, elegirán ellos mismos un tercero.

16.   Este convenio no tendrá fuerza hasta que no sea aprobado respectivamente por los Excmos. Sres. Generales en jefe de cada uno de los ejércitos, en el término de veinticuatro horas, contadas desde las seis de la mañana del 23.- Ignacio de Mora y Villamil.- Benito Quijano.- J:A: Quitman, mayor general del ejército de los Estados Unidos.- Persifor J. Smith, brigadier general de los Estados Unidos.
Cuartel general del ejército de los Estados Unidos de América.- Tacubaya, Agosto 23 de 1847.- Tomado en consideración, aprobado y ratificado con la expresa inteligencia de que la palabra “supplies” como usada la segunda vez y sin calificación en el artículo 7 de este convenio militar, texto ó copia americana, debe tomarse en el sentido ó que significa, como en ambos ejércitos, inglés y americano, armas, municiones, ropa, equipos, víveres para hombres, forraje, dinero y en general todo lo que pueda necesitar un ejército. Esta palabra “supplies” en la copia mexicana está traducida con error “víveres” en lugar de recursos.- Winfield Scott, general en jefe del ejército de los Estados Unidos.
Palacio Nacional de México, agosto 21 de 1847.
Ratificado suprimiéndose el artículo 9ª y con explicación del4ª en el sentido de que la paz temporal de este armisticio se observará en la capital y veintiocho leguas alrededor: convenio en que la palabra supplies se traduzca recursos, y que en ella se comprenda lo que pueda haber menester el ejército, excepto armas y municiones.
(Signed).- Antonio López de Santa Anna.


martes, 11 de octubre de 2016

CAPITULO 63


No pudo descansar el general Antonio López de Santa Anna; su mente seguía aún desconcertada por todo lo que acababa de presenciar; no era posible, el tesoro de la Nación o su tesoro, escondido en centenares de piedras, arbustos, lodo, custodiado por doce bandoleros cuya honorabilidad no era del todo confiable, en una loma que seguramente, a esas horas, ya estaba bajo el control de los americanos. ¿Y él?. ¿Qué diablos hacía él?. Más que recordar lo que días antes había presenciado con sus ojos. ¡Un tesoro¡. Un tesoro de cuyas joyas, desconocía saber quienes eran o habían sido sus propietarios; cofres y más cofres de oro, documentos y pergaminos, telas y dos gigantescas piedras al parecer de oro, con escritos jeroglíficos de los aztecas; un esqueleto y posiblemente, otros doce esqueletos se quedarían también ahí enterrados por toda la eternidad hasta el fin de todos los tiempos, a no ser que los muy bandidos pudieran salir de su entierro o encontrar quizás un camino secreto que los sacará del escondite.

Pero era muy tarde en el pensar en el “hubiera”, las cosas ocurrieron como tenían que ocurrir, imposible cambiar el destino; quizás así el creador había dispuesto que el combate de la Padierna tenía que perderse; si hubiera actuado como en algún instante lo llego a pensar, hubiera seguramente caído en la trampa; sin duda alguna hubiera ocasionado muchas bajas, pero más de la mitad del ejército mexicano hubiera quedado destrozado por la poderosa artillería americana. Hizo lo mejor, no le quedaba duda alguna al benemérito, no tenía otra opción, lo mejor que pudo haber hecho fue no sumarse al plan improvisado de su subordinado Gabriel Valencia, de no haber atacado a esos perros gringos; pagaría su deslealtad e insubordinación el muy ladino, le abriría consejo de guerra y lo condenaría a muerte por traición a la patria, por haber desobedecido sus órdenes. Le dijo que se quedara en San Ángel, para reforzar la línea de contención e impedir el avance americano, pero el muy imbécil desobedeciendo sus órdenes, se bajó más allá de San Ángel y “atacó” a los gringos, creyendo que lo iba apoyar en su grave falta, dicha medida estúpida le había ocasionado a la nación la perdía de una cuarta parte de su estado de fuerza, había debilitado las líneas defensivas y ahora, los americanos fácilmente podían entrar ya fuera por Churubusco o por Chapultepetl; ¡pendejo¡…¿Por qué tuvo que desobedecer las órdenes ese patán hacía el mando supremo encargado de defender a la nación?. ¿Por qué el muy imbécil pensó más en sus intereses personales y olvido por completo, el sentido de unidad y subordinación que debió de haber tenido en el plan estratégico de la defensa de la nación. ¡Era un traidor jijo de puta¡. Debía de haber sido alcanzado por un proyectil de los americanos o apresado por estos, era preferible que muriera por los invasores y no por la furia incontenible del benemérito, quien no le daría perdón alguno a su desacato.

La lluvia había cesado pero aún era incomoda, pasando el poblado de San Ángel, el general Joaquín Rangel se reportó inmediatamente con el benemérito Santa Anna, quien le mostró a diez soldados mexicanos desertores; sólo eso bastaba, liderar a un ejército de traidores y cobardes, no bastaba ya la insubordinación y las faltas graves en las que había incurrido el patán de Valencia, sino también entre la tropa, los soldados no eran más que unas gallinas cobardes; con todo el coraje del mundo, Santa Anna recordó la fortificación del peñón que rehuyó Scott y ¿Por qué habría sido?. Seguramente por soldados de la tropa traidores que informaron respecto al plan de defensa y ataque que les tenía planeado a esos invasores; esa es la tragedia del ejército mexicano, soldados traidores y desertores, liderados por generales insubordinados; como seguramente había ocurrido en Cerro Gordo, en la Angostura, o en San Jacinto; era el colmo de la insolencia, de la deslealtad, de la falta de patriotismo; Santa Anna con toda su ira reprimida, ordenó al general Joaquín Rangel, le prestara su fuete y también le fueran presentados esos diez soldados desertores, quien al tenerlos frente, les exigió mostrara su espalda desnuda, la cual recibió cada uno de ellos, frente a la presencia de los batallones que lo acompañaban, veinte latigazos cada uno, como queriendo desquitar en cada golpe, toda su coraje, su frustración, su impotencia de dirigir un ejército inservible, de muchos soldados, pero ninguno de ellos con agallas, con profesionalismo, viles imbéciles jugando a ser infantes de un ejército, más acostumbrado a los pronunciamientos políticos,  que a enfrentar una guerra de a de veras; con ese coraje, con ese enojo al grado del encabronamiento total, el generalísimo pego una y otra vez más, hasta ver sangre, hasta sentir el fuete como era apretado por sus puños, como lo azotaba y como escuchaba el lamento de esos soldados traidores a la patria, debían de seguir sufriendo, aprender a ser infantes en serio y no maricones huyendo a los cañonazos; tengan jijos de la chingada, sientan cabrones, a ver si así aprenden a ser hombrecitos.

El general cansado y sudado por los golpes que acababa de dar, recibió frente a la tropa que dirigía otra noticia fatal, toda la artillería de la Padierna perdida, incluyendo los tres cañones americanos que había capturado en la angostura, también las banderas mexicanas en manos del invasor, más de mil prisioneros mexicanos, deserciones sin control alguno, un caos, una anarquía; el generalísimo no quería escuchar más, recordando aquellos momentos en que tuvo conocimiento como su pierna fue ultrajada en el panteón de San Paula, en que todo el mundo sospechaba de su patriotismo, en que el insubordinado de Valencia lo desobedeció, al carajo pinche México, pinches soldados mierdas y pendejos; una cuarta parte del ejército perdido y seguramente, a esos pasos, el día de la mañana desaparecería la otra mitad del ejército que le quedaba.

Santa Anna trato de guardar calma, pensar que lo que estaba viviendo no era tan grave, ya había vivido situaciones parecidas a esta y había salido triunfante, así que no tenía de que preocuparse, tenía las agallas y la experiencia para salir avante, así que respiro, vio que ya no estaba lloviendo, que el camino estaba lleno de lodo y retardaría mucho cualquier desplazamiento, así que ganando tiempo al tiempo, tomo la decisión más acertada; romper la línea defensiva de la ciudad de México y reforzar Churubusco, replegándose a San Antonio Abad y Calendaria; ese era el presentimiento que tenía, los americanos atacarían Churubusco para ganar la guerra, para poder someter a México  y lograr lo que su plan ambiciosos y despojador les motivaba. El robo del siglo.

Al carajo las líneas defensivas de la Ciudad de México, al carajo los días en que se fortificaron, en que se hicieron trincheras y colocaron piezas de artillería, no habría combate en San Antonio, había que desmantelar lo más pronto posible, desplazarse inmediatamente y dirigir todo el estado de fuerza en Churubusco, para que desde ahí, se sostuviera el próximo combate con los invasores.

Inmediatamente los soldados mexicanos empezaron a evacuar la zona, a colocar las piezas de artillería sobre cada uno de los carros y a punta de latigazos, hacer que los caballos también colaboraran en el desplazamiento de la tropa; no quedaba mucho tiempo, esos americanos eran verdaderos conejos, brincaban de un lugar a otro, podían ser sorprendidos por estos, así que para que esto no ocurriera, debía de evacuarse la línea defensiva lo más pronto posible. De tal forma, que le general Nicolás Bravo abandono la Hacienda de San Antonio, con tres mil soldados que defendían la plaza. Tropas que debían de dividirse en varias legiones, algunas para reforzar las garitas de Niño Perdido y Belén;  por si el el zorro de Scott logrará vencer en Churubusco.  Mientras eso ocurrió, el generalísimo corrió a todo galope rumbo a Churubusco, exponiendo que cualquier escaramuza lo detuviera y lo asesinara; ya que importaba, con pendejos como Valencia y desertores como los pinches soldados del ejército mexicano, que importaba ya si un comboy americano lo interceptara y lo llevaran a la horca, ya que diablos importaba seguir sosteniendo esta guerra perdida, para que tanto planear una línea defensiva, si uno no podía confiar hasta en el más indio de todos los soldados rasos, para que pelear en una guerra con oficiales igual de traidores que los soldados que se sentían más generales que su Excelentísima,… ¡México estaba perdido¡,… al diablo su guerra de la independencia y todos sus problemas financieros, al diablo el banco del Avio, las reformas liberales en contra de la iglesia, al diablo formar la legión de Guadalupe, al diablo liberar a Cuba, al diablo, mil veces al diablo todo proyecto para el engrandecimiento de la patria; no habría escapatoria, la patria se desmoronaba entre sus manos y no habría soldados valientes que la defendieran.

El generalísimo llegó al Convento de Churubusco, debidamente fortificado como lo esperaba; estaban los cañones apuntando, las trincheras detrás del puente, las milpas bien crecidas, sirviendo como escondites para los soldados; con su caballo, el benemérito recorrió el área, sólido edificio con bóvedas fuertes ubicado a más de quinientas varas del suroeste del puente, al mismo tiempo que inspeccionaba las trincheras de adobe improvisadas,  presenciaba también como varios de sus oficiales comenzaron a saludarlo y a escuchar como existían aun soldados valientes que lo vitoreaban cuando lo veían pasar.

Fue ahí cuando el sostuvo el encuentro con los generales Rincón y Pedro María Anaya; tenía que ser tolerantes con sus enemigos, olvidar cualquier resilla pasada y parecía que así estaba ocurriendo; los oficiales responsables de la defensa de la plaza, estaban en toda la disposición de sostener el combate que se avecinaba, el generalísimo apenado por haber dudado de la existencia del creador y de haber inclusive invocado, al mismísimo Satanás,  se retiró un momento del centro de mando y se dirigió a la capilla principal del convento, donde le pidió a dios lo perdonara de sus pecados y le diera las bendiciones a todos sus soldados para salir triunfantes de estas horas decisivas.

Los frailes observaban desde sus habitaciones todo el ajetreo de los soldados; como estos iban tomando posición desde las azoteas y desde las naves de las torres del convento, para ver desde lejos, si existía alguna pista del avance americano; los frailes al igual que Santa Anna también rezaban pidiendo a dios que el próximo combate no fuera tan sangriento como los anteriores; de igual forma, los sacerdotes del convento empezaron a repartir rosarios, a persignar y a confesar a todo soldado que así lo solicitara; todos en comunión con dios, incluyendo el hijo de Anahuac, quien con los ojos cerrados e hincado frente a la virgen invocaba una y otra vez más, que su tesoro tampoco fuera descubierto.

-      Sólo nos falta parque general. Municiones, no tenemos municiones, más que para tres horas de combate.
-      No se preocupen, oficiales, el parque viene en camino.

Ahí en ese lugar, Santa Anna observó que el convento estaba custodiado por los batallones Hidalgo y Victoria,  los mismos soldaditos polkos que meses antes, habrían destituido al doctor Gómez Farías en los mismos días en que el ejército mexicana casí obtenía el triunfo militar arrollador frente a los americanos en los llanos de la Angostura; “chamaquitos babosos, este si va ser un combate de a de veras y no una kermes”, “escuincles pendejos”; los jóvenes polkos, sonrientes, como creyéndose aún en una fiesta nacional se quitaban el gorro para saludar desde lejos al generalísimo que se sumaba a la resistencia. Santa Anna únicamente cabeceaba en forma asertiva, respondiendo dichas muestras de júbilo.

-      General – dijo Rincón, al mismo presentaba a un oficial de apariencia americano – le presento al Coronel John Riley, jefe del batallón de San Patricio.

El Coronel Rilley con total respeto y subordinación a la investidura de Santa Anna, se puso en posición de firmes y lo saludo con gallardía;  el general respondió de igual forma. Ahí fue informado sobre las acciones heroicas del batallón de San Patricio a lo largo de toda la campaña militar, un agrupamiento de soldados irlandeses desertores del ejército de los Estados Unidos que se habían sumado a la causa mexicana; “como no hay más hombres de esto”, pensó Santa Anna, al estrechar el fuerte saludo a su regimiento de honor. 

El generalísimo todavía tuvo tiempo para entrar al cuarto de guerra y observar los planos que le mostraban a lo largo de esa mesa; desde ahí, con una vara, mostró a los concurrentes los puntos que había que proteger, así como también sobre los regimientos que iban a defender el sitio; el generalísimo ya con la mente fría, como si fuera una actividad cotidiana para él, empezó hablar de artillería, municiones, rifles, tácticas y estrategias ha seguir, los generales presentes únicamente lo escuchaban, como por momentos aceptando lisa y llanamente lo que el general Santa Anna decía, inclusive hasta indignándose por la traición en que había incurrido el general Valencia.  Ya para esas horas, había sido informado que el enemigo se encontraba en Coyoacán dispuesto a enfrentar el combate; no había tiempo que perder, estaba obligado abandonar el convento de Churubusco, no si antes de instruir a sus subalternos, que defendieran la plaza hasta con la última bala y a falta de esta, con las bayonetas y la lucha de cuerpo a cuerpo; ¡a pelear por México y su independencia¡. En caso de emprender una retirada – instruyo Santa Anna a Pedro María Anaya – deberán dirigirse con lo que resten de las tropas, a los pueblecillos de la Ladrillera y Nativitas y desde ahí, esperar mis instrucciones.



Sin embargo cuando acababa de dar estas instrucciones, fue informado que el ejército americano, se encontraba dividido en dos columnas, al lado poniente por el general Worth quien se encontraba con su tropa en la Calzada de Tlalpan, formando una línea horizontal a la espera de iniciar el ataque por el lado izquierdo del convento, la otra columna, al mando del general Twiggs, quien seguramente intentaría asaltar el puente y la entrada principal del convento.

Santa Anna, tomo la decisión importante. ¡Abandonar el convento¡.  El general Rincón y Pedro María Anaya¡ coincidieron en que el generalísimo debía de estar tomando posiciones en la hacienda de los Portales, para que desde ese franco, atacara al ejército enemigo, mientras ellos resistían en Churubusco. Sabía decisión estratégica, pues también eso les garantizaba, que en esa posición, fácilmente llegaría el tan anhelado parque que necesitaban para resistir por más de tres horas a los invasores. .-  ¡Confió en su sagacidad¡ en la protección de nuestra santísima Virgen de Guadalupe; sé que saldrán delante de este compromiso ante la patria. - General no se le olvide el parque. - No se preocupen. Estaré con ustedes desde afuera acompañándolos, esperando al cobarde invasor.

El generalísimo procedió a retirarse del lugar,  aún pese a la insistencia de algunos soldados polkos; que invitaban a su máximo líder a esperar la batalla; entre ellos, los estudiantes de Jurisprudencia liderados por el capitán licenciado Alatriste y otros más por la Escuela de Medicina, a las ordenes el doctor Miguel Jiménez. Soldados que horas antes se encontraban en la Hacienda de San Antonio. Sonriente a ellos, respondió en silencio diciéndoles. “jovencitos pendejos”, “ojala tengan huevos para enfrentar a esos pinches gringos”.

El general Santa Anna abandono la plaza de Churubusco y tomo posición en la hacienda de los Portales, donde ya era notorio que la batalla había comenzado; escuchándose desde ese lugar las balas y el intenso cañoneo, tanto del ejército americano como del mexicano; tan solo siete cañones defendiendo Churubusco, siete cañones nada más, casi nada, simbólica las armas que tenía el ejército mexicano para defenderse; con parque únicamente para tres horas, pero con muchas ganas de recibir al enemigo y enfrentarlo en un combate de cuerpo a cuerpo, a batirse como verdaderos hombres de honor.

Del Palacio Nacional salieron aproximadamente cuatro carruajes que llevaban consigo, al menos treinta cajas con las municiones que requerían los defensores de Churubusco; nunca como antes, la sede del poder Ejecutivo había tenido la apariencia de un cuartel militar, debidamente fortificado y con una cantidad de armas, que nunca antes se había visto; cuatro carretas y nada más que las necesarias para racionalizar el parque y poderles hacer entrega del general Rincón, que por esas horas, resistían con todo en Churubusco.



Scott desde su tienda de campaña en Coyoacán pudo definir el resultado de esa batalla, de salir triunfante como en todos sus batallas, la siguiente plaza a ocupar, sería la Plaza de Armas en la ciudad de México, es decir, el corazón de la República Mexicana, con ello se resolvería la guerra, con la conquista consumada. Estados Unidos podría conseguir por la vía de la fuerza y del derecho de conquista, más o quizás, la totalidad del territorio mexicano. ¿No había duda. Ese combate, lo tenía que ganar, como un trampolín, para su siguiente confronta. Pero al parecer, le costaría mucho trabajo conseguirlo; sus informantes, le comunicaron que la Hacienda de Portales estaba siendo protegida por el general Santa Anna, quien a su vez, a través de una línea defensiva abastecía de parque el Convento de Churubusco. No había duda que esto significaba que dicho lugar se encontraba debidamente fortificado y que podrían resistir esa plaza, quizás todo el día y la noche, o posiblemente más de dos o tres días intensos, pues a los soldados recluidos en el convento, se sumaban ahora parque para responder por más tiempo el plan de ataque; Scott no tenía mayor opción que continuar con el cañoneo e ir instruyendo tanto a Worth como a Twiggs avanzaran al sitio para ocuparlo a punta de bayoneta; pues las armas habían llegado a Churubusco y estas, en un ambiente de júbilo por las tropas de la resistencia, fueron recibidas personalmente por el general Anaya.

Informado Santa Anna de que las municiones habían llegado a su destino el Convento de Churubusco, consideró que la línea de reforzamiento en la Hacienda de los Portales estaba de más quedarse en ese lugar, pues dicha posición podía desviar la atención de Scott para desistir su pretensión de tomar Churubusco y encauzar la confrontación en la hacienda, por lo que no había que caer en la trampa. Finalmente Churubusco estaba robustecida, así que no había que perder más hombres en esta guerra, las bajas debían de ser las del ejército de los Estados Unidos comandados por el general Scott, en su plan erróneo de ocupar Churubusco, idea que desde luego fracasaría, por no visualizar  la capacidad de resistencia de los soldados mexicanos.

Santa Anna y parte del ejército mexicano que se encontraba escoltándolo en la Hacienda de los Portales, abandonaron el sitio y se dirigieron a la Piedad, donde se quedaron acampar parte de la tropa, otras más se estacionaron en las Garitas de San Antonio Abad y del Niño Perdido, así como del cuartel de la Ciudadela y sólo un pequeña escolta, se dirigió a la sede del poder ejecutivo: el Palacio Nacional. Una vez llegando, el generalísimo bajo de su caballo; pero cosa rara, noto un ambiente de hostilidad, incredulidad entre las tropas que se encontraban escoltando la sede del gobierno federal; a lo lejos, dejaron de escucharse los cañonazos provenientes del sur del Valle de México. Seguramente los americanos, habían desistido de ocupar Churubusco y lo harían quizás, para el día siguiente. El generalísimo por un momento se sintió contento de pensar sobre esa posibilidad, pero su rostro cambio repentinamente, cuando le informaron lo contrario.

-      ¡Churubusco fue entregada a los americanos¡.

¿Cómo?. ¿Qué?. ¿Quién fue el traidor que desobedeciendo nuevamente al general Santa Anna, tuvo el atrevimiento de rendirse, sin haber enfrentado con agallas al invasor?. El general solicito fuera confirmada esa noticia, a lo que un oficial le informó que así era; tras ocho intensas horas de tiroteo, los generales Rincón y Pedro María Anaya habían decidido rendirse al enemigo, ¡cómo era posible¡. Esa rendición en ningún momento fue pactada, no había ninguna razón para claudicar, los soldados mexicanos se rajaron como viles maricas, gallinas, perros traidores; Santa Anna eufórico empezó a insultar a sus oficiales, diciéndoles cobardes, indios, imbéciles; inmediatamente había recibido otra traición en su tropa, al igual que Gabriel Valencia, ahora Pedro María Anaya y sus muchachitos polkos, habían decidido ceder esa plaza, sin resistir heroicamente a los americanos. ¡Malditos mexicanos¡. Ni los texanos y esa pandilla de filibusteros habían sido tan cobardes en aquellos días de 1836, cuando resistieron El Alamo, como se habían comportado ahora los mexicanos en Churubusco; pero ahora ese Pedro María Anaya y el general Rincón, debían de responder a la nación  y a la historia por los cargos de traición a la patria. Ahora por culpa de ellos y sólo de ellos, la guerra estaba perdida; no había escapatoria, el siguiente objetivo sería La Ciudadela y después la Plaza de Armas y todo, por la culpa de Valencia, después la de Pedro María Anaya y de los cientos de oficiales cobardes que encabezando a las hordas de soldados infantes, indios maricas y cobardes, habían decidido rendirse sin honor alguno, para convertirse ahora en prisioneros de guerra.



¡No puede ser posible¡. Mil prisioneros de guerra por lo menos, siete cañones perdidos, una plaza más ocupada, tres banderas mexicanas arrebatadas, una batalla más perdida, como todas las anteriores, pobre país y que maldito destino para la historia de la patria; hombres que no defendieron la hazaña de los insurgentes de la independencia, individuos sin identidad ni patriotismo alguno.   Triste verdad lo que ocurrió aquel 21 de agosto de 1847; la tropa mexicana, incluyendo aquellos jóvenes universitarios que meses antes conformaron los batallones de los “polkos”, habían resistido a los invasores; todos ellos lo hicieron, al igual que los doscientos soldados del Batallón de San Patricio; pero entonces que había pasado. Porque el general Anaya había optado por rendirse y no resistir hasta el último minuto. Donde diablos dejó el plan de Santa Anna de resistir hasta el final y a punta de bayoneta, inclusive hasta de emprender la retirada a los poblados de Nativitas y la Ladrillera. 



Todo por culpa de un acertado cañonzazo que cayó al centro del Convento y que había provocado un incendio del cual por cierto casi mata al general Anaya; ¡que buen tino¡; que agallas del general Anaya para continuar con la batalla, aún casi ciego y con la cara quemada; que injusta derrota para los mexicanos; haber recibido tan ansiosamente las armas y las municiones que tanto esperaban y para darse cuenta, que las malditas balas no entraban a los rifles. ¿Si¿. Las malditas balas, no eran del calibre de los rifles. ¡Pobre México¡. ¡Qué dios tan cruel que hace una guerra a favor de los invasores¡. ¿De que sirvió tanta escolta en la Hacienda de los Portales, para esos cuatro carretas de parque, que contenía por lo menos treinta cajas de parque?, ¡De nada¡, absolutamente nada sirvieron para resistir a los americanos, por ese día más y por los que vinieren durante el mes de agosto y de septiembre.  ¿Qué cuentas le daría el general Anaya no al jefe supremo Santa Anna, cuando le pidiera cuentas de su rendición,  sino a su captor a quien le entregaría el convento, con todo su ejército vencido?.  Había que rendirse con honor. Ante la falta de municiones, no había necesidad del combate de cuerpo a cuerpo, una guerra debe ser lo más humana posible, evitando el mayor derramamiento de sangre. Habiendo optado por esa decisión difícil: rendirse; entonces el general Pedro María Anaya ordenó a su tropa a formarse en el patio central del Convento, donde se quedarían a esperar el invasor para saludarlos cortes y marcialmente y responder a la pregunta, del “parque y las armas” que le formulara el general Twiggs, para responderle con toda honorabilidad y gallardía: Si hubiera habido parque, no estaría aquí.

Si hubiera habido parque; y si también hubiera habido planeación; si el parque adquirido hubiera sido acorde a los rifles de los soldados mexicanos, ¿Qué acaso nadie había planeado eso?. Se compraron armas a diestra y siniestra y nunca se previó, si ese armamento adquirido a bajo costo por los mercenarios americanos, era realmente el que necesitaba nuestra tropa; de que servía ahora que el Palacio Nacional fuera el cuartel más equiparado de toda la República Mexicana, si las cientos de cajas que contenía, no servían absolutamente de nada. ¡Fraude¡ … ¡Mil veces fraude¡, ¡vil y cruel engaño¡. ¿Imbécil el mexicano que hiciera esa compra millonaria, creyendo, haber engañado a tipos como Thompson. ¿Imbécil o mexicanos valemadristas que subieron esas cajas en las carretas y las condujeron al convento, sin haber previsto si esas municiones eran acordes al calibre de los rifles de los soldados mexicanos. Ahora por culpa de esa grave irresponsabilidad, los planes de la defensa de la Ciudad se venían abajo, como en La Padierna, ahora en Churubusco, el mismo y eterno perdedor de esta guerra: ¡México¡. De toda esta irresponsabilidad, de esta guerra perdida, sólo había un solo culpable con nombre y apellido: Antonio López de Santa Anna.

México debía de rendirse. Al menos que sucediera un milagro. Todo estaba perdido. Casi  la mitad del ejército mexicano y más de la mitad de su artillería; con cientos de cajas de municiones inservibles, con soldados que día a día desertaban; quien podía salvar a México, más que el ministro de Inglaterra Mackintosh, quien se ofreció a ser intermediario entre el gobierno de México y el de los Estados Unidos y quien tuvo la ocurrencia de proponer un armisticio. Pero el general Santa Anna recluido en su oficina de Palacio Nacional, no cesaba de recriminar a los traidores de Valencia y Pedro María Anaya de haberle estropeado sus planes; de los soldados y oficiales del ejército mexicano imbéciles, quienes habían traslado esa decena de cajas con municiones inservibles para los rifles del ejército mexicano.  Ahora resultaba que él, el gran defensor de la patria, el héroe nacional por excelencia, el benemérito de la patria, no era más que el responsable de la peor crisis de la historia política de nuestro país. Y para colmo de todas las tragedias nacionales, aquella tarde como en todas las demás, el cielo estalló en un mar de lágrimas. Otra torrencial lluvia, que quizás enlodaría el camino a la ciudad y ayudaría a los mexicanos esta vez, para evitar el avance que consumara la segunda conquista.

En su infinita soledad, escuchando los truenos de la lluvia, el general Santa Anna se quedó sentado en su escritorio, pensando en la forma en que redactaría su discurso de rendición; era una decisión difícil, la otra opción, sería, reorganizar quizás por última vez, el ejército que defendería lo más sagrado de la república mexicana: Su ciudad capital.  Para ello contaba aun con nueve mil soldados según los informes más pesimistas; nueve mil efectivos que podrían repartirse en las garitas de San Antonio Abad, Niño Perdido, Belén y San Cosme y que podrían enfrentar a los ocho mil soldados americanos comandados por Scott. ¡Claro que aún había esperanzas de seguir luchando¡. Siempre y cuando en sus filas no anduvieran traidores de la calaña de Valencia o Anaya. ¡Claro que existían esperanzas de defender la soberanía del territorio nacional, más aún cuando recibió aquella carta, proveniente del general en jefe del ejército de los Estados Unidos Winfield Scott.

Demasiada sangre se ha vertido ya en esta guerra desnaturalizada, entre las dos grandes republicas de este continente. Es tiempo de que las diferencias entre ellas sean amigable y honrosamente arregladas, y saben V.E. que un comisionado por parte de los Estados Unidos investido con pleno poderes para este fin, está con este ejército. Para facilitar que las dos republicas entren en negociaciones, deseo firmar en términos razonables un corto armisticio. Quedo con impaciencia esperando hasta mañana por la mañana una respuesta directa á esta comunicación; pero entretanto tomaré y ocupare afuera de la capital las posiciones que juzgue necesarias al abrigo y comodidad de este ejército.

¡El milagro llegó junto con esa tormenta¡. Scott no solamente se había desistido de pedir su dimisión, sino que proponía un armisticio para celebrar la paz. ¡Tiempo¡. ¡más tiempo para recuperar fuerzas¡. ¡para reorganizar el ejército mexicano.  Pero no había congreso que avalara el armisticio, los diputados cobardes se habían escondido de la ciudad y el único que debía tomar esa decisión, también tenía nombre y apellido. Y entonces este personaje decidió.

¡Aceptar el armisticio¡.

domingo, 9 de octubre de 2016

CAPITULO 62


Es difícil dar noticias tan dolorosas como la que Jorge Enrique tendría que hacer a Amparo Magdalena; no encontraba el momento oportuno para hacerlo pero tendría que hacerlo; tenía que buscar lo más pronto posible el momento idóneo para informarle sobre la muerte lamentable de su hija.

Son noticias muy difíciles que uno tiene que escuchar, pero se tienen que hacer. Ante todo poner la verdad por muy dolorosa que fuera, informar las cosas como son, sin titubeos, sin medias tintas, decir las cosas como fueron y no decir más, ni una palabra más que fuera innecesaria, simplemente dejar respetar el llanto, la soledad, el reproche a dios, eso era lo más prudente que podía hacer Jorge Enrique y no tanto, informar sobre la encomienda que minutos antes le había ordenado el general, … indagar sobre los títulos de propiedad.

Aquella noche el general Santa Anna regreso a la casona de Tizapan, no a cumplir su compromiso con Amparo que ya desde la tarde había anunciado, eso era lo de menos, ahora su pendiente no era propiamente satisfacer una necesidad de carácter sexual o saciar su venganza de hombre omnipotente frente a la mujer que constantemente lo despreciaba, su nueva preocupación que lo distraería de esas pasiones humanas, sería el avance del ejército yanqui que ya por esas horas, se encontraba demasiado cerca; en espera quizás de lo que sería el primer combate en la Ciudad.



Aquella tarde el cielo se nublo, los viejos soldados siempre como buenos adivinos predecían que llovería, factor de que de hacerse realidad, influiría en el destino de la próxima batalla; el generalísimo sólo contemplo la noche, sintió el viento, por momentos pensaba en que los americanos estaban cerca de sus terrenos y por otros instantes, recordaba en la mente, aquel tesoro de incalculables joyas, cofres y demás utensilios, que se encontraba escondido, también a tan solo unos pasos de donde se encontraba. No descansaría el general toda la noche, ni tampoco los hombres del bandolero Ignacio Cien fuegos quien en compañía del oficial Gaudencio, se dispusieron únicamente ellos, en compañía de los hombres de confianza de estos, a trasladar treinta carretas que contenía también cofres con oro y documentos y legajos que conformaban según Rejón, el archivo de la nación, para llevarlos sobre aquel escondite en la cueva del diablo del monte más alto del Olivar de las Carmelitas.. No pudo dormir esa noche el general Santa Anna, a media noche, no debía de ser traicionado ni sorprendido de que otro más audaz que él, le robara su tesoro; tampoco podía permitir que por ningún motivo, ese valioso botín cayera en manos de los enemigos; así que cauteloso de lo que podría ocurrir en los próximos días, instruyó al Coronel Melgar Gutiérrez y Mendizábal para que se trasladara inmediatamente a la ciudad de México, y pidiera un regimiento de soldados para que este acudiera a donde se encontraba y así, reforzar con ello la línea defensiva entre la Villa de San Ángel, la plaza de Mexicalcingo, la Hacienda de San Antonio, el puente y el convento de Churubusco. Estaba seguro que esa línea defensiva estaba lista para resistir cualquier ataque. ¡Sin embargo no fue así¡. El general Gabriel Valencia envió un correo a Santa Anna informándole que había estudiado ampliamente el terreno y había tomado la decisión de ir al rancho la Padierna, para evitar el ataque yanqui a cualquiera de las dos fortificaciones de la ciudad, Churubusco y Chapultepetl. Con tal insolencia e iniciativa propia, el subordinado de Santa Anna había desobedecido las órdenes del mando supremo y decidido éste a  estacionar sus tropas, no en San Ángel donde se le ordenó que acampara, sino mucho más adelante, en el rancho la Padierna, un camino rocoso, con magueyes y demasiados árboles, no recomendable para sostener el primer combate con los americanos, aunado a que dicha posición pareciera ser una provocación para que los americanos atacaran primero en forma certera como siempre lo hacían, sin haber tenido el ejército mexicano la debida planeación para montar dicho operativo. ¡Era una estupidez lo que estaba haciendo Valencia¡. Había que sustituirlo inmediatamente del mando. Santa Anna respondió el correo ordenando la inmediata retirada de Valencia al poblado de San Ángel, pero el general Valencia, al mando de la División del norte y de seis mil soldados, respondió que no necesitaba consejos, sino la ayuda del general para derrotar ambos a los yanquis.



Pero ante estos actos de hostilidad entre las filas del ejército mexicano, que importa ya, pues la muerte de una hija es una perdida irrecuperable, Amparo lloró a su hija por lo que le había pasado, por su vida truncada a causa de la guerra que se libraba en los campos de batalla, quizás de esos poderosos cañones y obuses que cargaban en carretas los soldados americanos, entre aquel camino rocoso lleno de piedras volcánicas, llamado  el Pedregal.

Amaneció, el sol volvió a salir y la tarde no se aparecía ni una sola nube, cualquier presagio de luna era fallido, aun pese a que  algunos de los oficiales le informaba al generalísimo del movimiento de las hormigas, ¡patrañas¡ contesto el general. Predecir el estado del tiempo por el movimiento de las hormigas, era un absurdo. No había que observar aquellos minúsculos insectos, sino observar otros más repugnantes, aquellos que estaban tan cerca de unos metros de la primera línea defensiva del ejército mexicano, la que encabezaba el general Valencia el muy ladino se había atrevido a desobedecer y poner entredicho su autoridad de jefe supremo de las fuerzas armadas, motivado de enfrentar a los adversarios en sus intereses personales de ser el héroe de la guerra y no por el interés de la nación a al que representaba Santa Anna.  Entonces el generalísimo suscribió una carta diciéndole al general Valencia  que sin aprobar su conducta arbitraria, obrara bajo su responsabilidad como le pareciera. Una manera muy sutil de decirle, “chingue usted su madre”.



Ya en la mañana, sin que aún se librara el combate, el general Gabriel Valencia tuvo conocimiento, que muy cerca de él, se encontraba el general Santa Anna y que bien o mal, pese a su disgusto y aparente insubordinación, a la hora del combate tenía que apoyarlo; sabia también, porque así le fue informado por sus subalternos,  que el adversario se encontraba en una posición muy cercana a donde se encontraban sus tropas, era evidente que el ataque se libraría en cuestión de horas. Así lo sabía Scott que se encontraba en los mas alto del cerro de Zacatepec, viendo con sus catalejos la zona arbolada en que se encontraban escondidos los soldados mexicanos y presenciando también, el avance determinante de su tropa, así lo vio también el general Santa Anna, en compañía de un regimiento de soldados y de caballería, en los montes del Olivar de las Carmelitas, sitio precioso para tener también una vista panorámica del combate que se libraría.

Eran momentos de tensión los que se vivía en la casona de Tizapan, pues en el drama en que vivía el Amparo era del todo justificado; hubiera sido demasiado absurdo y fuera de toda lógica y de buena educación, preguntarle sobre esos títulos de propiedad, pertenecientes al generalísimo Santa Anna y que habían sido además escriturados por el difunto Alfonso Martínez del Valle; quien podía hacer determinadas preguntas y tomar esas decisiones improvisadas, fuera de toda planeación y motivadas por la ambición política, que las que tenía en esos momentos el general Valencia, que en compañía de los generales Salas y Torrejón, auguraba un combate glorioso en los anhelos de la historia de México, la victoria del 19 de agosto de 1847, de cómo el general Valencia y un puñado de hombres valientes, defendieron la soberanía nacional, ganándole la guerra a los Estados Unidos.



Las tropas del general Santa Ana llegaron a San Ángel, después se dirigieron al pueblo de Tizapan donde se estacionaron sus tropas, esperando la orden del general en jefe a subir a los montes del Olivar de las Carmelitas; mientras eso ocurría, cerca de donde se encontraban cuatro soldados colgados, el oficial Gaudencio le informo a Santa Anna que el trabajo ya estaba hecho, habían podido esconderse todos y cada uno de los cofres del erario publico, al igual que todos los documentos del famoso archivo de la Nación; el trabajo estaba efectuada, tomando además en cuenta, que el bandolero Ignacio Cien Fuegos y doce de sus hombres, estaban escoltando el sitio y poniéndose al servicio del general para lo que este ordenara.  Santa Anna ya más tranquilo por lo que acababa de escuchar, pregunto a Gaudencio si creía que Ignacio Cien fuegos era un bandolero de fiar; a lo que Gaudencio contesto riéndose que ningún bandido era gente de fiar. Santa Anna al escuchar esa opinión miro seriamente a Gaudencio como reprochándole su dicho; Gaudencio corrigió su dicho, en el sentido que solamente los hombres de honor eran de fiar, los que se ganaban la confianza con muestras de lealtad, pero por más que quiso decir Gaudencio, Santa Anna desconfiaría también de aquel humilde oficial.

Santa Anna decidió entonces apartarse del grupo de oficiales militares que lo acompañaban; ¡quédense ahí ahorita regreso¡. Los oficiales respondieron naturalmente que si, por momentos pensaron que esa retirada disimulada de Santa Anna obedecía a que este iba al monte, a buscar un arbusto para poder mear o cagar; era obvio que una diligencia personalísima de esa magnitud, obedecía discrecionalidad.

Santa Anna retirándose donde se encontraba su grupo se dirigió al monte más alto donde se encontraba ahí, Ignacio Cien Fuegos, el bandolero y diez de sus hombres, estaban a la orden del general; debajo de aquellas piedras, donde se encontraba la “boca del diablo”. El bandolero acompañado de toda su banda, diez delincuentes más, vestían uniforme militar, poniéndose a los servicios de Santa Anna para librar el combate que se avecinaba; Santa Anna agradeciendo el gesto de valor, respondió que lo más importante era custodiar la “boca del diablo”, montando una guardia permanente en lo que durara la batalla y después de haberse librado éste.



-      No se preocupe mi general, ahorita mesmo lo hacemos.
-      Don Ignacio – ordeno Santa Anna – la guardia tiene que hacerse dentro de la cueva y no por encima de éste; si los americanos toman el control de este cerro pueden descubrir el lugar, así que lo mejor, será que entren todos al escondite y desde ahí aguanten el tiempo que sea necesario.

El bandolero rió por la propuesta, una risa desconfiada, con miedo, pero fundada; efectivamente, si los yanquis avanzaban se corría el inminente riesgo de que encontraran ese lugar secreto; Santa Anna después de todo tenía razón.  Pero como entrar a la cueva, con que alimentos.

Santa Anna instruyo al oficial Gaudencio, les diera estos ración de alimentos para dos días; a lo que el oficial cumplió dicha instrucción; Ignacio un poco desconfiado le pregunto al general, ¿Quién lo sacaría del lugar?. - ¡Pues nosotros mismos¡. – indignado y en tono eufórico, el generalísimo cuestiono. - ¿Qué no confía en mi?. - ¡Si mi general. Usted dispense, no quise insinuar que desconfiaba de su palabra. – Mire soldado – manifestó Santa Anna en un tono de voz enérgico. – los americanos están aquí abajo; los muy cabroncitos brincan como conejos y nada me garantiza que se monten sobre este cerro; si eso llegara ocurrir, usted tiene la orden de defender este tesoro con su propia vida, ¿Entiende eso?. - ¡Si mi general¡. – la mejor manera de defender este tesoro, es estando escondido en la propia cueva y no afuera encima de este. ¿Lo entiende?.- ¡Si mi general¡. – ¡Entonces que chingados espera¡.

Para esos momentos el cielo empezó a nublarse, una razón de peso para que Ignacio y su pelotón, se metiera a la boca del diablo, para no mojarse en caso de que la lluvia estallara.  Temerosos de la orden, pero leales a la palabra de su jefe, Ignacio se metió a la cueva, con toda su banda; ya allá adentro, Santa Anna ordenó al Oficial Gaudencio, quien ese momento llegaba con las raciones de comida, ingresara también dentro del agujero.

-      Yo mi general.
-      ¡Claro que si pendejo¡. Usted también métase.

El oficial Gaudencio se metió a la boca del diablo, un poco temeroso como todos los demás, pero persignándose también y creyendo en que su general los rescataría; ya todos adentro Santa Anna se agacho al piso y alcanzo ver las cabezas de Ignacio y Gaudencio.

-      Por ningún motivo, se muevan del lugar, así escuchen lo que escuchen. ¡entienden¡.
-      Si general.
-      Me responden con su propia vida cabrones; que nadie entre jamás a este lugar; ¡maldito aquel que lo haga¡; que dios, el diablo y la santa muerte, proteja a este lugar y ustedes cabrones.
-      ¡Si mi general¡.



Santa Anna cogió una piedra y tapo el agujero; quedando ahí enterrados los hombres de su confianza.  Entonces desde lejos, uno de los oficiales de Santa Anna se le acerco, informándole que los americanos estaban avanzando hacía el bosque de San Gerónimo, para sorprender y atacar desde esa posición al general  Valencia; el generalísimo un poco nervioso por lo que acababa de hacer, instruyo a su oficial, para que diera la orden de que la tropa estacionada en Tizapan se trasladara inmediatamente a ese sitio, asimismo solicito el apoyo de unos soldados que lo acompañaran en formar un mirador, armando lo mas pronto posible una pirámide de piedras, troncos, arbustos, cualquier cosa que sirviera para formar una pequeña cúspide.

-      ¿En donde general?
-      Aquí donde estoy parado.

Algunos soldados se dispusieron ayudar a Santa Anna a cargar piedras a donde este se encontraba, para irlas amontonando una sobre la otra – traigan paja también – corten esos árboles, póngalos aquí también, mas piedras cabrones, quiero un mirador en esta posición.

Los soldados obedientes trajeron paja y más piedras para ir tapando ese lugar; Santa Anna observó entonces los cuatro cadáveres que yacían aun colgados en cada uno de los árboles que rodeaban la boca del diablo; viendo con tranquilidad como sus soldados iban cubriendo poco a poco ese lugar.

Mientras eso ocurría y la lluvia empezaba a caer, las tropas del general Valencia resistieron el ataque de los americanos; escondidos en los magueyes y en los árboles, respondieron a fuego el avance de los americanos que también empezaron a esconderse en los arbustos, para continuar su ataque. El general Gabriel Valencia estaba convencido en la victoria; siguió ordenando a sus hombres, fueran tomando posesión de los pequeños montes de la Padierna y asaltaran las casas que en ella se encontraban, para desde ahí, dispararle a los americanos. Fue así que estallo la primera batalla en el Valle de México; los americanos iban cayendo a consecuencia de las balas, al igual que los mexicanos; el combate era disparar y esconderse entre la maleza, avanzar y taparse en los troncos de los árboles; disparar y tirarse al suelo, seguir avanzando y seguir matando para que no lo mataran a uno.

La tropa del general Santa Anna llegaba al Olivar de las Carmelitas, desde ahí el generalísimo Santa Anna, se cercioraba de que ese mirador quedara hecho, sin mirar siquiera el combate que se estaba librando; cosa curiosa para muchos de sus oficiales, era ver que el general estuviera mas preocupado en seguir poniendo piedra sobre piedra sobre esa pequeña cúspide y no observar a detalle lo que estaba ocurriendo.



Sangre y mas sangre, fuego y mas fuego; los rifles disparaban una y otra vez mas; al mismo tiempo que los americanos intentaban tomar control del lugar; hacer uso de su artillería y atacar las posiciones donde se creían se encontraban escondidos los soldados mexicanos.  El rancho la padierna había sido ocupada por los soldados mexicanos y desde ahí libraban el tiroteo con los soldados americanos, muertos por ambos lados, pero el ejército del general Valencia ganaba terreno; era un momento de jubilo para el general Valencia; saber que en ese combate se estaba decidiendo no solamente la defensa de la Ciudad de México, sino la guerra y quizás, el territorio nacional y quizás, hasta la independencia de la república mexicana; aun con más entusiasmo, continuo dirigiendo el ataque contra los americanos; rogando a dios, que llegaran los refuerzos de Santa Anna, para obtener ambos, el triunfo militar.

Sin embargo, a cientos de metros, en la pendiente hacia arriba, en los montes del Olivar de las Carmelitas, Santa Anna montando en el mirador que acababa de improvisar, observó lo que estaba ocurriendo abajo; el muy imbécil de Valencia estaba resistiendo el ataque americano y seguramente el muy estúpido, deseaba su apoyo. El muy infeliz le gustara o no dependía de su voluntad; podía bajar y reforzarlo, pero no se lo merecía. ¡Aun no era el momento¡.



Las tropas del general Valencia siguieron resistiendo el avance yanqui; continuando disparando y acercándose al ejército enemigo, para hacer uso de las bayonetas; el combate se libraba, ya en momentos en los cuales, una lluvia empezaba a complicar mas las cosas; la lluvia de siempre, la misma lluvia de todos las batallas, la que hizo presencia en Palo Alto, en la Angostura y ahora, en la Padierna; agua, pinche agua, la que venía a favorecer como siempre a los americanos; como si el dios Tlaloc, maldiciera también a los mexicanos. Santa Anna presencio desde su mirador, como los americanos realizaban pequeñas escaramuzas en el bosque de San Gerónimo, como queriendo sorprender a Valencia por ese franco; era el momento para atacar, los americanos estaban rodeados por ambos lados; arriba por Santa Anna, abajo por Valencia, ellos en medio, la derrota era segura; Valencia se dio cuenta desde abajo lo que estaba ocurriendo; entusiasmado por el apoyo recibido, grito ¡Viva México¡. … ordeno a los músicos tocaran las dianas en señal de triunfo; los americanos habiéndose dado cuenta de su error táctico, dispararon para emprender la huida, era tarde, la ultima palabra la tenía Santa Anna.

-      ¡Avancen¡. Fue la orden que dio Santa Anna a toda su tropa; la que se no encontraba como espectador viendo la batalla, la que no había disparado, sino contemplado el combate desde arriba, como si fuera una función teatral, una representación militar de cómo se hacen, se ganan y se pierden las batallas; el generalísimo Santa Anna ordenó al Teniente coronel Michel Echeagaray avanzara con su batallón y se metiera al bosque, para desde ahí, acribillar a los americanos que estaban huyendo.

 Era el momento de la victoria; así lo sintieron los soldados de la división del norte del general Valencia, era el momento mas anhelado de la guerra México americana, la victoria tan anhelada que necesitaba la tropa mexicana, ese combate daría la oportunidad de capturar prisioneros de guerra y canjearlos si así fuera el caso, por prisioneros mexicanos y sino era así, si los mexicanos no valían tanto como los americanos, si por lo menos negociarlos para el caso de un tratado de paz; era el momento decisivo, así lo sintió Valencia desde las faldas de Padierna y Santa Anna desde la cúspide del monte del olivar, era el momento que tenía para decidir la guerra y ¿Para quién?. ¿para Valencia?. ¡héroe nacional¡. ¡Libertador de México¡. Un simple estúpido que había desobedecido al mando supremo; que había jugado a ser militar estratega, cuando no era mas que un imbécil que pretendía hacerle sombra, para que los honores y grados militares los recibiera a costa de su talento; si Valencia ganaba esa batalla, no era por el mismo, militar estúpido e engreído, sino lo haría por Santa Anna, pero lamentablemente, el muy infeliz diría a todos, que la victoria se debería a él y nada mas a el; no lo permitiría; en un momento de sensatez y olvidando su emoción castrense; Santa Anna dio la contraorden al Teniente Coronel.

-      ¡Deténgase¡.
-      ¿Qué?.
-      Detenga sus tropas. ¡no tiene caso¡. Mire como huyen los americanos, parecen maricones.
-      General, este es el momento para perseguirlos y capturarlos; están rodeados, abajo por Valencia y arriba por Vos. – replico el general don Francisco Pérez.
-      Que no entiende general. Este combate ya se ganó. Estamos ganando con nuestra pura presencia, sin necesidad de desperdiciar parque.
-      Pero ganaríamos más si disparáramos y entráramos al bosque a perseguirlos.
-      ¡No general¡ … el que da las ordenes aquí, soy yo. ¡entiende¡.
-      Si general.

Por momentos dudo el general Santa Anna, quizás tenía razón Francisco Pérez, pero como dejar la gloria de la batalla a su enemigo político, que diría la prensa nacional; que fue el heroísmo de Valencia quien había salvado a México y el donde quedaba; no era el artífice de la defensa de la ciudad, el comandante en jefe del ejército mexicano, el presidente de la república, el benemérito de la patria; porque diablos le iba a heredar su gloria y buen nombre, su prestigio y fama de buen militar, a un vil mequetrefe, oportunista; “que se chingue con su pendejadas, si me sumaba a su revuelta, entonces donde quedaría mi autoridad”.  – El comandante soy yo¡. ¡No ese pendejo¡. A mi me eligió al pueblo, a mi y nada mas a mi.

La noche cayo y el general Valencia estimo que su regimiento se encontraba debidamente protegido desde lo alto de los montes, por las tropas del general Santa Anna; sabia decisión del general de apoyarlo, de dejar a un lado sus posiciones personalistas y sumarse en serio a la defensa nacional; así los mexicanos unidos lográramos mejores cosas que con nuestras estúpidas divisiones, de esa forma Santa Anna ganaría el lugar en la historia de México que se había construido, un fiel soldado que combatió por la tropa y que apoyo al general Valencia, en la hora decisiva de la guerra México-americana.  “la batalla de Padierna”; fecha histórica en el calendario cívico militar de los mexicanos; el gran héroe de la patria: Gabriel Valencia, fue el que freno el avance los americanos, derrotándolos el 18 de agosto de 1847; logrando con ello, la salvación de la patria.



La lluvia se volvió intensa, era un fuerte aguacero; los soldados de Santa Anna dejaron la posición en que se encontraban y para sorpresa de muchos de ellos, se encaminaron rumbo a San Ángel; sin avanzar a San Gerónimo donde esperaban atacar al día siguiente no era para mas; el generalísimo no durmió aquella noche, pero según él en la penumbra, las tropas americanas estaban ocupando diversos cerros del lugar, San Bartolo, el Capulin y el Cerro del Judío; desde ahí colocarían su poderosa artillería, donde los bombardearía como estaban acostumbrados hacer; así al menos lo hicieron en Cerro Gordo, esa fue la lección que había aprendido y no volvería a caer en el mismo error de siempre; quedarse dormido y sufrir los bombardeos desde las alturas; así que decidió continuar con su plan; dejar que el pendejo de Valencia se rascara con sus propias uñas y emprender la retirada de sus tropas en  aquella noche.

Y en parte tenía razón; porque ni la lluvia y la oscuridad de la noche, había frenado a los soldados americanos, quienes en esa noche, habían logrado reubicarse en la plaza, colocando sus poderosos cañones y estacionando a sus tropas, en los puntos clave de la victoria; ya sin el ejército de Santa Anna, esperaría la luz del día, para dar la estocada final a la batalla de la Padierna.

Así a la mañana siguiente, Santa Anna, que tenía dos días de no dormir; pasaba por Tizapan y después a San Ángel, con su regimiento intacto de no haber participado en combate; no era aun el momento decía Santa Anna, no tenía porque desperdiciar recursos, debía conservar el ejército mexicano para los momentos decisivos y la noche de ayer, no era un momento crucial en la guerra, era un solo combate, de esos que estaba acostumbrado a perder como siempre el ejército mexicano. Y tenía mucha razón, porque a la mañana siguiente, bastaron treinta minutos, para que los cañones americanos que apuntaban a todas partes, destrozaran los árboles, provocaran incendios, derribara construcciones, sorprendiera a los soldados mexicanos, que como siempre, ahora eran estos los que huían, escondiéndose en la maleza, en las barrancas, huyendo como los ratones de siempre, sin responder con fuego, los rifles certeros de los soldados americanos. El general Valencia huyó entre la confusión, tomo su caballo y se perdió en el bosque, como hicieron también, mas de los cinco mil soldados mexicanos que componían supuestamente esa división, así de fácil, Estados Unidos y el comandante supremo de sus fuerzas armadas Winfield Scott se apuntaba otra batalla victoriosa; México perdía y Estados Unidos, como ya era costumbre volvía a ganar.

Esa fue la triste historia de la batalla de Padierna; mas triste fue, que en la boca del diablo, quedara sepultada entre piedras, pasto y el lodo provocado por la lluvia; que aquellos cuatro cadáveres quedaran tirados en el suelo, a consecuencia de los cañonazos de la artillería gringa que había derribado los árboles; era una tristeza lo que estaba ocurriendo para todos; debajo de la cueva, el oficial Gaudencio, el bandolero Ignacio Cien Fuegos y diez soldados mas, impacientes y temerosos de su destino, habían decidió prolongar la ración de comida para mas días, pues lo que habían escuchado horas antes, era sin duda alguna, un combate sangriento, donde seguramente los americanos habían pisado sus terrenos. Para todos los que estaban en la cueva del diablo, custodiando el tesoro de Moctezuma, ¡era sin duda alguna, el momento de esperar y rezar  dios, que Santa Anna no los olvidara y fuera éste a rescatarlos de la muerte.

Lejos de ahí; Santa Anna supuso la derrota de Valencia, lo mejor que le podría pasar a él y al país entero; sólo así, la opinión pública y la historia pondría a cada quien en su lugar; traidores e insubordinados como Valencia merecían eso y más; nadie debía de aprovecharse de la guerra para ganar sufragios y lugares inmortales en la historia de México, obtenidos a base de la traición, el oportunismo y la deslealtad.  Era doloroso lo que había ocurrido, pero mas doloroso hubiera sido el oportunismo político de un tipo ruin como Gabriel Valencia; quien en su momento debería de ser juzgado y responder en Consejo de Guerra por su falta grave de insubordinación.

¡Que importaba ya esta maldita guerra¡. ¡Al carajo México y la bandera nacional¡. ¡la soberanía me la paso por mis vuevos¡. Pero ese tesoro, esas joyitas y moneditas de oro, será mío y nada más mío. 

Y mientras Santa Anna pensaba en lo que haría con esa fortuna, después de terminada la guarra, a lo lejos, en la casona de Tizapan, Amparo Magdalena llora por la muerte de su hija.