viernes, 19 de agosto de 2016

CAPITULO 16


Amparo frente al espejo de su recamara, peinaba su cabello largo y rubio, ya del todo descuidado, amenazado por la orzuela y por el aparecimiento de una que otra cana que no podía obviamente disimular, aunado a esas arrugas en su bello rostro, que mostraban su verdadera edad.

Pensaba Amparo en tantas cosas, primero antes que nada, pensaba en si, luego en si y finalmente, seguía pensando en si; sin encontrar todavía en el interior de su alma, alguna respuesta que le permitiera encontrar algún verdadero sentido de su vida.

Casada pero sin ejercer vida de mujer feliz, se encontraba abandonada, mirándose frente al espejo, como los años de su vida se le iban, sin haber hecho nada aún de su propia existencia; quizás la educación de su hija Fernanda, haber servido bien o mal, como la esposa del ilustre escribano Alfonso Martínez del Valle y seguir ejerciendo la noble profesión de ser ama de casa. Olvidada por el marido, también por la hija, pero lo peor de todo, olvida o mejor dicho, ignorada por una parte del mundo, que desconocía de su persona, de sus sentimientos, de sus anhelos.

Aún no perdía de vista, la memoria del pretendiente de su hija, el ilustre profesor universitario Salcedo y Salmorán, se veía además de un caballero, todo un hombre culto, de buenos sentimientos, no tan feo como muchos otros, de una cierta personalidad agradable, que muy en el fondo, hubiera deseado quizás de joven haberse encontrado así a un caballero y no el patán de su marido, quien con su soberbia y actitud autoritaria, le amargaba la vida todos los días.

Pero al verse al espejo, peinando aquella cabellera larga, descuidada, con alguna que otra cana; se había dado cuenta, que no era una señorita como el caso de su hija; era una señora de casi cincuenta años, que constituía todo un pecado mortal y una verdadera falta, reprochable moralmente, siquiera imaginar, que ella podía sostener, algún tipo de relación extramatrimonial con el ilustre abogado.

Tan guapo, tan inteligente, tan agradable; definitivamente Fernanda no erró al escoger a un prospecto como el licenciado Salcedo; distinguido profesor de la escuela de leyes y funcionario del Supremo Gobierno, con una cierta posición social y una promisoria carrera política.

Y mientras ella pensaba en cosas que nunca jamás en su vida podían ocurrir, Amparo renunciaba a soñar, a fantasear; a disimular y si era posible, reprimir aquellas sensaciones que la hacían sentirse mojada y pesada en sus senos. Ah tratar de suspirar y persignarse, por todos aquellos pecados auto censurables, que no negaba, le despertara una sonrisa, pero que al reaccionar sobre el verdadero sentido de sus actos, terminaba tajantemente a renunciar cualquier fantasía, reprochándose lo vieja que ya era.

¿Por qué se caso con el ilustre y distinguidísimo escribano Alfonso Martínez del Valle?. Mejor dicho, ella no se caso, sino fueron sus padres, quienes la obligaron a contraer nupcias. Tras un breve noviazgo de apenas seis meses, se había casado hace treinta años, justo, cuando aquel joven abogado pretendiente de su hija, tenía unos dos años de edad. El era un niño, casi un bebe, cuando Amparo, era toda una señorita. ¡Mayor razón todavía para reprocharse silenciosamente¡.

El escribano Alfonso Martínez del Valle, había sido orgullosamente egresado de la Academia de Aspirantes y Pasantes de Escribanos, era orgullosamente miembro, de la que alguna fuera el Real Colegio de Escribanos de México; conocía la técnica del escribano público y de diligencias, contaba además de su certificado que le acreditaba su calidad de escribano, lo que lo hacía valorar su profesión para no renunciar a ella, ni mucho menos ponerlo a venta. Además de prestar sus servicios como escribano publico independiente, autorizando diversos contratos y registrando hipotecas, prestaba también sus servicios para la Suprema Corte de Justicia.



Hombre de casi setenta años de edad, además de contar con su esposa y una hermosa hija; tenía el prestigio que la escribanía le otorgaba; lo que le permitía celebrar diversos contratos que le retribuían provechosamente sus honorarios, además de contar con muy buenas relaciones con miembros del clero y del ejército; lo que le permitía hacer gala de su influyentismo.

Su actitud prepotente y soberbia con sus criados era algo característico de él; su pedantería ante su propia esposa también lo era; quizás pensaba él que con las joyas que le obsequiaba a su esposa, podía indemnizar de sus constantes e injustificados celos, gritos, golpes e inclusive, de todas aquellas noches en que la forzaba a tener relaciones sexuales, las cuales siempre culminaba, con el coraje y el llanto de Amparo en su alcoba matrimonial.  

Por eso Amparo no deseaba lo mismo para su hija, al menos, ella había tenido la oportunidad de escoger a su futuro marido, al quien se veía, de buenos modales y sentimientos; nada comparable con su esposo, más que la formación profesional de juristas, uno como escribano y el otro como asesor en el Gobierno, pero fuera de ahí, el pretendiente de su hija, era ante un todo, un caballero que deslumbraba una inteligencia descomunal, su personalidad fiel a sus convicciones, podía llegar a ser escribano como su marido, juez o magistrado, inclusive aunque fuera exagerado suponer que así fuera, podía llegar a ser Presidente de la República. Pero no uno de esos presidentes del montón, que sólo llegan al poder para enriquecerse, prometer y defraudar al pueblo, robando las arcas nacionales para gastarlas en sus haciendas en la costa veracruzana, en alguna isla caribeña o inclusive en Sudamérica. ¡No, ese tipo de hombre, no podía ser el licenciado Salcedo, el se veía, un hombre honesto, un buen patriota, un estadista, una personalidad que dejaría historia en la joven república. ¿será masón?. ¿en verdad, será personal fiel al general Santa Anna?.

-      ¿En que piensas?. – pregunto con la voz seca, el señor Martínez del Valle. Cuando ingreso a la recamara matrimonial.
-      ¡Nada¡, simplemente en nada.
-      Me choca ese tipo de contestaciones tuyas, sospecho que en algo aberrante y monstruoso estas pensando; ¿Qué acaso piensas, que no logro leer tus miradas?, ¿ que no puedo interpretar tu silencio?.
-      Pensaba en nuestro futuro yerno.
-      El licenciado Salcedo. ¿Cómo lo ves?.
-      ¿Creo que primero debiste de haberme consultado, mi opinión.
-      Mira mujer, tu opinión, es lo que menos importa para el bienestar de mi hija.
-      Aún así, quiero que sepas, que no te equivocaste en haber aceptado la propuesta del joven licenciado, para pretender a nuestra hija.
-      ¡Lo ves¡. Estas totalmente de acuerdo conmigo, ves como tu opinión en nada importa.

Amparo sólo dio una mueca, como queriendo decir o mejor dicho diciendo en su pensamiento. ¡Imbécil¡.

-      Has de saber mujer, que el licenciado Salcedo, es un brillante abogado al servicio del Gobierno de la República. Además de ser un profesor de leyes en la Academia de Jurisprudencia, es también un asesor del Presidente de la República.
-      ¿Cuál de todos los presidentes de la república, porque en este país, son muchos los que gobiernan. El ejército quita y pone presidentes cuando se les da su gana.
-      ¡Cállate mujer¡. Sino sabes de política, es preferible que te calles mil veces. Dedícate mejor abordar y tejer, que es lo único que deben hacer todas las mujeres.
-      ¡Perdón, por mis expresiones políticas¡, lo que quise decir, es que desconozco en éste momento, quien es el actual Presidente de la República, con las últimas revueltas militares que derrocaron a tu admirado y respetado general Santa Anna, desconozco si quien gobierna en el país, es el general Mariano Paredes Arrillaga o el otro general José Joaquín Herrera.
-      Quien gobierna el país, es el general Antonio López de Santa Anna; se encuentre éste sentado o no en el Palacio Nacional; pero en tu elemental y más pobre y estúpida lógica, quien en éste momento es el presidente oficial, es el general José Joaquín Herrera.
-      Creó que el Presidente Herrera, no quiere ir a la guerra con los Estados Unidos.
-      ¡Efectivamente¡. Es un traidor. Un títere del Congreso. Un estúpido vestido de oficial, quizás contaminado de ideas exóticas de esos malditos masones, que sueñan, con algún día parecernos a los Estados Unidos.
-      No creo que sea un títere. La prensa dice que tiene razón, al decir, que una futura guerra con los Estados Unidos estaríamos condenados a perderla.
-      ¿Quién te dijo eso?.
-      Lo leí en el periódico Siglo XIX.
-      Debo tener más cuidado con lo que leas, ¡Maldita la hora en que te conocí¡. Las mujeres como tú no deben saber leer ni escribir. – Amparo sólo se rió en silencio.
-      Efectivamente, la prensa de ese periodicucho se ha atrevido a sostener, que la futura guerra con los Estados Unidos, estaríamos condenados a perderla. Inclusive, se atreven a decir, que perderíamos la mitad del territorio nacional, si bien nos va;
-      ¿Y no lo crees?.
-      Resulta ser una visión catastrófica. Nada alentadora para el honor y prestigio de nuestros militares.
-      ¿Tú crees que nuestros militares, tienen honor y dignidad. – casi riéndose – empezando poro tu admirado, respetado y buen amigo, el general Santa Anna. - ¡Maldito cojo, pensó entre si Amparo.
-      ¡Vieras como me encanta tu ironía. Por momentos he llegado a pensar, que me case con otro hombre. No crea que en tus cabellitos dorados, puedas tener destellos de inteligencia. Efectivamente, aunque no lo creas, nuestros militares tienen el honor y la dignidad de defender la Santa Fe. 

En esos momentos, Alfonso se sentó en la cama, se quito las botas, disponiéndose a quitarse la ropa.

-      El general López de Santa Anna va a regresar a México. Es un rumor a todas luces. ¡Todo el ejército lo sabe¡. ¡La iglesia Católica también lo sabe¡. ¡Vaya, hasta el populacho también lo sabe¡. El es el único hombre capaz en este país, para triunfar en la guerra que se avecina.
-      Nuestro héroe de Tampico. ¡Él es el que nos va salvar. - Enfatizando nuevamente el tono irónico.

Alfonso, se quedo mirando extrañamente el reflejo de su esposa en el espejo.

-      ¿No entiendo porque odias a ese hombre?
-      ¿Será porque es uno de tus amigos?

Amparo veía en el reflejo de su esposo, el cuerpo senil de su marido. Su personalidad pedante, déspota, “viejo decrepito”.

-      No creo que regrese Santa Anna al país. ¡Perdón¡. Quise decir, el ilustrísimo y excelentísimo, benemérito de la patria y protector de la América mexicana, tu admirado y respetadísimo general Antonio López de Santa Anna.
-      Y Napoleón del Oeste, aunque te pese decirlo.

Amparo solo oprimió el puño, como queriendo dar un golpe sobre el buró.

-      No creo que regrese. Acuérdate de la última revuelta. No salió el pueblo a derrumbar su estatua que se encontraba en la plaza El Volador. – entonces rió Amparo – No decía el sable que gallardamente sostenía, apuntaba al norte, como dando entender que se dirigía a Texas. A recuperar nuestro territorio perdido.
-      Texas, no es un territorio perdido.
-      Eso no parece creerlo ni los mismos texanos. Al parecer, el Congreso americano está discutiendo, si dicha república se anexa a su federación.
-      Cada vez me sorprendes lo estúpida que eres. Esa facilidad que tienes de decir cosas que ni tú misma comprendes.
-      Quizás no las comprendo, pero no olvido, que hace unos meses, el “populacho como tú le llamas”, no solamente derribo su estatua, sino que también saqueo del panteón su pierna.
-      Esa fue una maldita pantomima de los malditos masones y de esos licenciaduchos leguleyos, que lo único que hacen, es inventar formas de gobierno, que nada tiene que ver, con la realidad y las necesidades de nuestro pueblo.
-      Pantomima o no, pero el pueblo saco del país a tu distinguido amigo, condenándolo a su encarcelamiento a Perote, donde esperemos que nunca vuelva.
-      Volverá Amparo y verás, que cuando menos te lo imagines, lo tendremos nuevamente en casa, comiendo de tus majares.

Amparo, no pudo resistir el impulso de gritar sobre el buro.

-      ¡Perdón sucede algo¡.
-      Nada cariño, simplemente se me cayo la peineta.

En ese momento, ya semiacostado, Alfonso contemplaba la todavía belleza de su esposa.

-      ¡Sabes¡. Eres una mujer horrible. Una ramera. ¿Cómo me pude haber casado contigo?.

Amparo se quedo callada, cambiando el gesto de su rostro y de su mirada. Haciendo caso omiso de ese tipo  de expresiones, tan comunes, de los labios de su marido.

-      Te decía Amparo, que el licenciado Salcedo es un buen prospecto para nuestra hija. El podrá darme los hijos varones, que tú no pudiste darme, ni con tu cuerpo de prostituta.
-      Ah si, quieres casar a nuestra hija, con ese fulano, sólo para tener hijos.
-      Por supuesto mamita. Veo que efectivamente, que con tu largo cabello, puedes tener destellos de inteligencia. Efectivamente, la cosa que tú me diste como hija, lo único que pude darme es un nieto, que sea lo suficientemente astuto e inteligente como yo, para que pueda heredarle la escribanía.
-      Si, algo me sospechaba, tenías que escoger como yerno a un abogado, quizás con mayores conocimientos que tú en el arte de la Jurisprudencia y en la técnica de la escribanía, para que pudieras donarle tu escribanía y preservar  tu buen nombre y prestigio.
-      ¡Cada noche, me sorprendes lo tonta que eres¡. Pero efectivamente, tienes razón. El licenciado Salcedo, nuestro futuro yerno, es un hombre que aunque no lo creas, se encuentra bien relacionado, ¿aunque no sabes con quien?.
-      No me digas, que de tu querido y honorable amigo.
-      Así es, de nuestro querido y respetado amigo, el generalísimo Antonio López de Santa Anna. ¡El hombre fuerte de éste país¡.
-      ¡Vaya que sorpresa¡. No podía esperar algo más de ti.
-      Y también sabes de quien más.
-      ¡No¡. Acuérdate que soy una tonta y que no lo sé todo.

En tono irónico, ante la confesión honesta de su esposa, Alfonso exclamo.

-      Del ilustrísimo y excelentísimo Don Manuel de la Peña y Peña.  ¿Sabes quién es él?.
-      No.
-      ¡Claro¡, ya era mucho pedir a Dios que tus destellos de inteligencia, te permitiera conocer más temas, que de tus recetas de cocina.
-      No, no sé quien sea ese fulano, no lo conozco, ni siquiera he oído hablar de él.
-      Don Manuel de la Peña y Peña, es el Rector de la Academia de Jurisprudencia y también, el Presidente del Ilustrísimo Nacional Colegio de Abogados.
-      Pensé que el ámbito de tus relaciones políticas, únicamente, lo eran, con generales y tipejos como ese tal Santa Anna.
-      Pues sigues pensando mal mamita. Don Manuel de la Peña y Peña, no solamente es Rector de la Academia de Jurisprudencia y Presidente del Ilustrísimo Colegio Nacional de Abogados; sino que también destaca ser el Magistrado Presidente de la Suprema Corte de Justicia.
-      ¡Vaya¡. Y que tiene que ver, que nuestro futuro yerno, sea amigo, conocido o recomendado, de ese tal Santa Anna o de ése último que me acabas  de mencionar.
-      ¿Qué no te das cuenta?. ¿Sigues siendo cada día más estúpida, que el día en que te conocí?. ¡Que no ves, que con esas relaciones, puede llegar a ser Fiscal de hacienda o de asuntos criminales; ¡Imagínate si el general Santa Anna le propusiera el cargo de fiscal de hacienda o le diera un fuero mercantil o de hacienda pública. ¿Te imaginas la cantidad de negocios que podríamos hacer?. ¡Claro que no te lo imaginas¡. ¡Tus destellos de inteligencia no llegan a tanto¡. Pero los míos si. Tendría asegurado en el futuro, hacer muy buenos negocios.

Amparo solo rió, ver que aquel viejo de setenta años que era su marido, todavía imaginaba hacer negocios.

Alfonso, luego de acostarse, le ordeno a su esposa.

-      Vente para acá. – saco su brazo, pegando la parte de la cama que le corresponde.

Con el vestido largo, Amparo se acerco a la cama y se dispuso acostarse. Para ello, ya había apagado, el candelero de velas que iluminaba la habitación.

¿Qué cosas pensaba Amparo?. Su futuro yerno, tan guapo, elegante, inteligente; no podía ser igual de barbaján que su esposa. El no se prestaría a ser un hombre más, de esos que roban, prostituyen y son capaces hasta de matar. Ese hombre, que iba a ser su yerno, se veía bueno, de nobles sentimientos, no podía llevarse bien con su futuro suegro.

Pero en eso que Amparo pensaba sintió la mano de su marido en el seno izquierdo. Su otra asquerosa mano en su cintura; y después, ante la oscuridad de la alcoba, vio aquella mancha oscura, decrepita, repugnante, en forma humana, montándose sobre ella, para después sentir la cochina y babosa lengua que le llenaba de saliva sus senos.

Amparo cerró los ojos, sintiendo como su cuerpo era acariciado como si se tratara de una cosa, un animal, un objeto; entonces quiso dejar en blanco su mente, pensar que efectivamente era eso, una simple cosa, un simple objeto de placeres sexuales de aquel viejo decrepito que decía ser su marido. Que no tenía ni siquiera el miembro erecto, sino unas manos asquerosas y una lengua repugnante, propia de un animal como si fuera, un simple cerdo.

Amparo sólo alcanzo pedirle a Dios, que su hija no viviera, lo que en ese momento, ella estaba experimentando.


jueves, 18 de agosto de 2016

CAPITULO 15


¿Por qué no cambio de opinión y se quedó callado?. Y ahora, ¿cómo olvidarla?. Dentro de la inmensa soledad de aquel abogado, recordaba el cuerpo de esa mujer; sus hermosos senos semiredondos y voluptuosos y ese cuerpo alto, esas caderas y nalgas tan apetecibles, propia de una diosa griega escultórica; con aquella cabellera larga y radiante, que provocaba el impulso que de sólo recordarla, el despertar aquellos instintos placenteros, que por buenos modales y respeto a las buenas costumbres, debían disimularse. Obviamente Jorge Enrique Salcedo no estaba pensando en su prometida Fernanda, sino en su madre Amparo. ¿Por qué no cambio su decisión y desistió de pedirle la mano a su prometida desconocida?.

Inmediatamente reprocho su conducta, su inmoralidad, su fantasía enferma digo de cualquier loco y pecador. Pero entonces, su conciencia se preguntaba y se reclamaba, no haber sido dibujante, para poder sacar de sus manos, al menos sus líneas más placenteras, las más bellas y deleitables?; ¿Cómo no ser escultor, para tocar con los dedos, al menos esas formas que por trato y educación, no podía hacer de carne en carne.

Sentado en el escritorio, había que observar entre los tantos informes confidenciales, el número de elementos con los que contaba el ejército mexicano, para poder afrontar, la futura guerra con Texas. Se trataba de un trabajo minucioso, en la que había que sacar algún presupuesto, para que el Gobierno de la Republica, pudiera contraer futuros créditos, para emprender la cruzada que haría recuperar la afrenta histórica, de recuperar o mejor dicho, defender esa parte del territorio nacional, que los yanquis habían o pretendían mejor dicho, arrebatar.

Sin embargo, dentro de ese trabajo especial, no podía el joven abogado, tener aquel rato placentero de distraerse y pensar en otras cosas ajenas a su trabajo. ¿Por qué pensar en algún presupuesto, en alguna propuesta que a lo mejor no sería acatada?. ¿Cuánto costaría una guerra?. ¿Las arcas podían garantizar el sostenimiento de un ejército, ¿Por cuánto tiempo?. ¿Qué posibilidades reales existían para ganar la guerra?. ¡Tenía caso llenar el escritorio entre tantos papeles, sacando estadísticas y número de efectivos, cuando a lo mejor, sería un trabajo en vano, que tarde o temprano, terminaría en el mejor de los casos, archivado, o quizás, en el escritorio de los brillantes asesores militares del Presidente, quienes por su baja preparación académica, les sería inentendible. Porque pensar en una solución alterna al conflicto internacional que avecinaba a la Patria, cuando existían en la vida, otros tipo de placeres más agradables, como el sólo hecho de imaginar esa mujer en los brazos de uno. “¡Amparo, amada Amparo¡. … Resignarse que la vida, va y viene y que esos momentos de fantasía, sólo constituyen, meras especulaciones, sueños despiertos propios de la gente débil de carácter.

La guerra, de la que tanto se hablaba, era un rumor cierto. Confirmado por los oficiales del norte del país, quienes traían  consigo, “informes confidenciales” de los discursos pronunciados y publicados en la prensa de la Federación Americana. Entre ellos, las intenciones de su Presidente James K. Polk, quien se manifestaba abiertamente partidario de la anexión de Texas. Inclusive tenían el descaro de decir, que dicho territorio les había pertenecido a los Estados Unidos y que el mismo fue cedido a la Corona Española, en el Tratado de la Florida en 1819.


Asimismo, otro tipo de “informes confidenciales”, también señalaban que altos funcionarios del Gobierno de los Estados Unidos, se encontraban temerosos, de que tarde o temprano llegaran los ingleses a invadir Texas, recuperando con ellos su presencia política militar en América; frenando con ello los designios del destino Manifiesto y de la doctrina Monroe, que garantizaba a toda el Continente Americano, que ninguna potencia extranjera podía intervenir en suelo americano. Esa constituía la verdadera preocupación de los Estados Unidos sobre el asunto de Texas, se trataba simplemente de ganarle el tiempo a los ingleses, para impedir que estos conquistaran posiciones estratégicas. Por ello la verdadera amenaza del presidente Polk, no era el regreso del general Santa Anna, ni mucho menos sus bravatas ni sus discursos incendiarios de que regresaría a México a recuperar los territorios texanos, simplemente la verdadera amenaza, era el riesgo de que volvieran los británicos.

¿Cómo poder explicar esta situación al Presidente Herrera?. Decirle que lo mejor, era negociar antes de entrar a la guerra. Que la confrontación bélica entre México y Estados Unidos sería ganada por esta última y que las consecuencias tanto políticas como jurídicas, serían nefastas para las generaciones futuras. Definitivamente, lo mejor era hacer un buen negocio internacional, reconocer la independencia de Texas  y su anexión a los Estados Unidos y no comprometer, más de lo que ya estaba, la soberanía nacional.

-      ¿Licenciado como se atreve a proponerme esto?.
-      Coronel Yáñez, no encuentro en donde radica el error de la propuesta, me parece definitivamente, que sería lo mejor para dos naciones civilizadas.
-      Mire licenciado, entiendo toda su formación académica y sus buenas intenciones; pero México no es una nación todavía civilizada como los Estados Unidos, nos falta mucho para ser como ellos; así que no podemos buscar una solución conciliatoria que denigre los intereses patrios, al aceptar condiciones unilaterales y humillantes para los intereses nacionales; definitivamente no le puedo informar esto al Presidente, sabe lo que me diría, que no estamos preparados para este cargo, nos ordenó directamente, diéramos una propuesta de cómo enfrentar este problema tejano, que se avecina.
-      Coronel, con el respeto que me merece su más alta investidura, pero yo creo que las instrucciones del Presidente, no fueron precisamente, la de darle el plan secreto y estratégico de cómo ganar la futura guerra a los Estados Unidos. Tengo entendido, porque así me lo manifestó primero, que hiciéramos un estudio, para saber lo que en términos económicos, políticos y sociales le conviene más a nuestro país, si realizar una guerra con dicha potencia en la que tenemos un alto porcentaje de perder toda nuestra dignidad como nación, o bien, buscar una solución política, donde la Unión Americana pueda obtener lo que quiera, a cambio de una considerable indemnización pecuniaria que permitiría capitalizar a éste país.
-      Mire licenciado Salcedo, si yo voy a informarle esto al Presidente, definitivamente debo tener bases para  exponérselos. Qué razones me da para hacerlo.

El Coronel Yáñez, era uno de los militares más jóvenes del Ejército Mexicano, aunque sin ninguna victoria en el campo militar, bien podía decirse, que era un hombre de letras; tenía la habilidad de escribir y acordar asuntos delicados con el Presidente y los Secretarios de Despacho, aunado a su fiel servilismo y convicción política, de que lo que necesitaba la patria, era precisamente, un gobierno de militares, que diera de una vez por terminada, esas discusiones propias de los países civilizados, de las repúblicas democráticas.

Pero el licenciado Salcedo no era así, pese que existía una amistad con el Coronel Yáñez que databa de años, no coincidía en todas sus ideas; Salcedo creía en la democracia, en la necesidad urgente y prioritaria de que el gobierno pudiera, mas que defender territorios nacionales que nada beneficiaban al país, en lograr lo más pronto posible, la independencia del verdadero poder político que dominaba al país y que impedía por lo tanto, el progreso de la nación.

“El enemigo de México, es la Iglesia, no los Estados Unidos”. – Vaya frase que casi le costaba al licenciado Salcedo y Salmorán su expulsión de la Academia de Jurisprudencia y de su cargo burocrático en el Palacio Nacional. Como se atrevió a decírselo, frente a su Señoría el Cardenal; como también, atreverse a sostener en los banquetes oficiales, que el verdadero enemigo de la patria, era el mismísimo general Antonio López de Santa Anna, a quien de cierta forma, le debía agradecimiento y lealtad; y no las perversas pretensiones democráticas y leguleyos, del Presidente James Polk.

El Coronel Yáñez soportaba al licenciado Salcedo, no solamente por el pequeño y sincero aprecio que le tenía ya de años; sino también, por su inteligencia. Aunque Jorge Enrique Salcedo dijera cosas absurdas, fuera del contexto político, había que cuidarlo, de que no hiciera algún día, una estupidez, que le costara no solamente la pérdida de su empleo, sino también de su vida.

-      ¿Por qué dice que vamos a perder la guerra?. Puedo aceptar quizás que algunas de sus ideas políticas, sean bien intencionadas, aunque evidentemente incorrectas e incompatibles con la idiosincrasia del mexicano; pero no puedo asimilar en este caso, que su propuesta de negociar con los Estados Unidos, sea la mejor para la patria o como Vos expone, la única solución.
-      Coronel Yáñez, abusando de la confianza que siempre me ha otorgado y distinguido; le voy a decir, porque vamos a perder esa guerra.
-      Pues dígame, deme razones que lleguen a convencerme, pero sobre todo, convencer al Presidente.
-      México va perder esa guerra, por algo demasiado importante. ¡Porque no hay dinero¡ así de fácil, no hay dinero. ¡Si no hay dinero, no podremos pagar las rentar a los soldados, ni equipararlos de uniformes y municiones, ni pagar vivieres, ni sostener guarniciones, ni bases, ni emolumentos a los oficiales.
-      Licenciado Salcedo, esa no es una explicación suficientemente razonable para que yo le diga al Presidente; bien sabe que desde que se independizo este país, tampoco había dinero, y mire en estos últimos veinte años, puede el gobierno sostenerse e inclusive pagarle sus respectivas rentas.
-      Efectivamente Coronel, pero no es lo mismo pagar una renta a una masa burocrática de mil empleados; que sostener un ejército de por lo menos veinte mil efectivos, que logre contener una invasión al territorio nacional.
-      Licenciado, que no entiende, que lo que se trata, no es de que nos invadan, sino que nosotros, reiniciemos la expedición militar de Texas, tal como se hizo en la campaña militar de 1836.  ¡Nosotros somos los que debemos pegar primero¡.
-      Le recuerdo que esa campaña militar, termino en un verdadero fracaso. Acuérdese que se perdió.
-      No licenciando, no se perdió, fue el pendejo del general Filisola que no tuvo los suficientes huevos, para partirles la madre a esa bola de piratas mercenarios. Ese general tarado fue el responsable del fracaso de la campaña del 36, tan sólo con el numero de elementos que tenía, debió de haber aniquilado a ese tal Houston y sus secuaces..
-      Pero no lo hizo Coronel, recuerde que acato la instrucción del general Santa Anna. ¡Y no ataco¡.
-      ¡De todos modos licenciado, una nueva campaña militar a Texas, es lo que hay que proponer al Presidente Herrera. Necesitamos exponerle, cuanto costaría, con cuantos efectivos podríamos reconquistar el territorio perdido y sostener nuestras fuerzas armadas, el tiempo necesario para resistir, sorprender y esta vez, darles una lección a esos güeritos americanos.



Que fácil, imaginar que México iba ganar la guerra, porque los mexicanos, éramos muy machos y muy valientes. En pocas palabras, la línea era dar continuidad al proyecto de Santa Anna, emprender de nueva cuenta la cruzada a Texas, sin embargo, ya el Congreso había aprobado otorgarle al benemérito, cuatro de los diez millones solicitados, dinero que por cierto, el pueblo nunca se supo su destino.

-      Coronel, perdone que lo contradiga; pero si tenemos quince años, planeando la campaña militar para lograr la independencia de Cuba y no hemos podido hacerlo, por falta de dinero; no creo posible, que en poco tiempo, podamos organizar, una nueva campaña militar a Texas.
-      Mire licenciado, si no se ha hecho lo de Cuba, son muchas razones que nada tiene que ver con el asunto que estamos tratando y que son además secretos de los altos mandos militares del país; pero lo que sí le puedo garantizar, en el caso de planear una nueva campaña militar a Texas, es que ya contamos con la experiencia militar.
-      Perdone, que nuevamente lo contradiga. Pero si iniciamos una nueva campaña militar como la que propone; no debemos incurrir en los errores que se cometieron, al levantar leva de soldados que sin instrucción y disciplina militar, emprendieron jornadas de marchas forzadas, en temporada invernal y sin el mínimo equipamiento militar. Lo que conviene en todo caso, es el transporte de soldados del regimiento de Veracruz a las costas texanas, sería realmente la mejor solución para una nueva expedición militar; ¡definitivamente más costosa la inversión¡ pero de resultados más efectivos.
-      Licenciado admiro siempre sus buenas intenciones, pero definitivamente, no vive acorde con la realidad. Usted mismo me acabo de decir, que no hay dinero. Como se atreve entonces a proponer, la utilización de buques marinos para transportar la tropa al norte.
-      Pues por eso Coronel, porque no hay dinero, para ese plan, le insisto, que lo mejor es negociar.
-      ¡No licenciado¡.- - El Coronel dio un contundente no golpeando el escritorio – No le voy informar eso al Presidente. Usted no busque problemas, quiero escuchar soluciones. Tenemos que proponerle al Presidente, un proyecto militar que permita garantizar el triunfo de la guerra que se avecina, costo, tiempo y nombres de los futuros responsables.
-      Coronel, puedo ofrecerle las alternativas que Vos me sugiera, pero a mi leal y saber entender, lo único que haríamos, sería engañar al Presidente.
-      Licenciado, el Presidente en este país, es el que menos importa. ¡Que no se da cuenta, que es una cuestión de principios, de orgullo y dignidad¡. No vamos a permitir nosotros los militares, que el Presidente, de nuestra caricaturesca republica, se siente a negociar con esos diplomáticos americanos compradores de bienes raíces. Primero derrocamos al Presidente, antes de permitir cualquier negociación, que ponga en riesgo, nuestra integridad como país.

El licenciado Salcedo se quedo callado. ¡Negociaciones secretas¡. Vaya que el Coronel, no sabía de historia, ni de política, ni tenía la memoria, de recordar los celebres Tratados de Velasco, con los cuales, el Benemérito de la Patria, había reconocido la independencia de Texas.

-      Entonces, debo suponer, que la propuesta de negociación, definitivamente no va hacer puesta a consideración del ciudadano Presidente.
-      ¡No hay propuesta, que la que nosotros decidamos¡.- señalando con sus dos manos, la gallardía de su uniforme – la campaña a Texas, se hará y creó que ya sabemos quien la encabezara.
-      Perdone Coronel, pero dentro de nuestros distinguidos militares, tenemos que formular una propuesta que permita el consenso de todos los mexicanos.
-      Deme nombres, quiero escuchar nombres de altos oficiales militares, que tengan el tamaño, la capacidad, el conocimiento, pero sobre todo el liderazgo, de afrontar la guerra que se avecina.
-      Contamos con el general Nicolás Bravo. No coincido con sus ideas políticas, pero su historial de insurgente y de político, le puede permitir, encabezar el ejército nacional.
-      ¡No, no me convence¡. Además. No se le olvide, que no la llevamos del todo bien, con el general Bravo.
-      ¿Y el general Mariano Paredes Arrillaga?.
-      ¡Ese menos¡. Es un hombre de muchos huevos, al que respeto y le tengo mis consideraciones y reservas; pero creó que no sería el militar idóneo.
-      ¿Qué le parece el general Pedro García Anaya?. Es un militar leal, que no interviene en el juego político y que dará la debida lealtad y subordinación al Presidente.
-      El general Anaya es un pendejo.
-       ¡Bueno¡….Entonces, que le parece, el general Mariano Salas.
-      No está mal. El general Salas, es un buen patriota, que sería capaz de entregar su vida y sus aspiraciones y ambiciones políticas, a favor de la patria. Definitivamente, me parece acertada su propuesta, pero creo que a omitido, darme el nombre, del único militar, capaz de sostener esta travesía militar.
-      ¿Los generales Canalizo, …Arista?. …
-      No licenciado. ¡No se haga¡. Me refiero al Benemérito de la patria Antonio López de Santa Anna.
-      ¿Santa Anna?.
-      Si, el mismísimo general López de Santa Anna. ¿Qué le parece?.
-      Perdone Su Señoría, pero si critica la propuesta de que el Presidente Herrera convenga con su homologo James Polk el reconocimiento de Texas, no se le olvide, que quien hizo las primeras negociaciones, fue el mismísimo Santa Anna con los Tratados de Velasco.
-      Tiene razón, pero no se le olvide, que mi general Santa Anna se encontraba privado de su libertad, y tengo entendido, salvo que usted me corrija abogado, que los contratos que se obtienen por medio de la violencia, son nulos.
-      ¡Vos tiene la razón¡.
-      Entonces, en ese tenor los Tratados de Velasco, son nulos. No tienen ninguna validez, pues una persona privada de su libertad se encuentra coaccionada su voluntad y por lo tanto su consentimiento se encuentra viciado; además, los mismos tratados nunca fueron reconocidos por nuestros Congresos.
-      Efectivamente, Coronel. Dichos tratados no tienen validez alguna, ante la razón del derecho internacional y del derecho de gentes, esos tratados son evidentemente nulos.  Sin embargo, también le recuerdo, que el Congreso Americano si reconoció la validez de esos tratados y que se encuentra, según lo informado por la prensa americana, que obra en la Cámara de Representantes, la propuesta de ley y de reforma constitucional, de reconocer la anexión de Texas.
-      Lo que digan esos pendejos americanos y sus mentadas instituciones republicanas y democráticas, no tienen para mi, ninguna importancia.
-      Entonces usted propone, que le digamos al Presidente Herrera, que la mejor opción para solucionar el problema de Texas, consiste en organizar una campaña militar, presidida nuevamente, por el general Santa Anna.
-      ¡Así es¡.
-      ¿Pero que acaso no se da cuenta que el general Santa Anna se encuentra preso?. Si no es fusilado por traición a la patria, tenga por seguro que si será desterrado del país.
-      Eso no sucederá licenciado. Para el mes de junio, se espera un golpe político. Quizás una nueva revuelta que haga retornar en el poder al generalísimo López de Santa Anna.
-      ¿Y si no es así, si no le parece que estamos traicionando la confianza del ciudadano Presidente José Joaquín Herrera.
-      No existe inmoralidad alguna, el Presidente conoce las cualidades militares del Benemérito de la Patria. Sabe bien que es un hombre valiente, el único militar en todo el mundo capaz de hacer ejércitos de la nada.
-      ¿Pero con qué moral vamos a proponer que sea el enemigo de la republica, el mismo que defienda la soberanía nacional?
-      Con ninguna moral licenciado, Santa Anna será propuesto por el mismísimo Presidente, y si no es así, será el mismo pueblo que así lo aclame.
-      Muy bien, Coronel, entiendo lo que Vos propone.
-      Hágame la propuesta, para acordarla lo más pronto posible.

El licenciado Salcedo tomo aquellos documentos que integraban su propuesta original de negociación y se quedo pensando; en lo absurdo de la conversación, la estupidez, ignorancia y soberbia postura de su jefe inmediato, a quien sin escuchar ni leer, ni analizar los documentos puestos a su consideración, se había atrevido a rechazar su propuesta de negociar la salida diplomática al conflicto que se avecinaba.

Salcedo tomo el legajo de documentos y entro a su privado, donde se sentó y se quedo pensando. “Lidiar con esta bola de idiotas para que al final ellos resuelvan lo que quieran. Es preferible definitivamente, pensar en otro tipo de idioteces mas placenteras, como recordar a Amparo; su distinguida y fina persona, su carácter, su presencia, su inteligente conversación; las inmensas ganas que tenía en ese momento de estar con ella; y qué decir, de su hermoso y deleitable cuerpo. ¡Al diablo Santa Anna y la conquista de Texas¡. Si la expedición se acepta o se rechaza. Si el congreso americano acepta la adhesión de Texas o la rechaza; ¡Al diablo lo que venga¡. La persona más importante del mundo y de mí patria entera, es Amparo.