martes, 27 de septiembre de 2016

CAPITULO 53


El día que el general Antonio López de Santa Anna salió de la Casona de Tizapan para partir a saltillo, instruyó a su abogado Enrique Salcedo a ponerse en contacto inmediato con el Coronel Yáñez, para recibir el parque y hacer el pago del mismo.

Era obvio que para esas alturas, lo que más le importaba para Salcedo, era conocer el paradero de su prometida Fernanda, que días antes, de manera misteriosa había desaparecido de la casona, sin ni siquiera haberse parado al funeral de su padre, ni tampoco, haber esperado la fecha de las nupcias.

Fernanda entablo contacto con el cadete Jesús Melgar, desde días antes de aquella inesperada visita de Santa Anna a la Casona de Tizapan, ella fue quien le propuso a su novio, abandonar la ciudad de México e irse a radicar a una casona propiedad de su padre, que se encontraba en el puerto de Veracruz; ahí lejos de la autoridad de su padre y con el encubrimiento de su madre, podrían iniciar una vida, sin que nadie les prohibiera su unión matrimonial. Jesús Melgar respondió que si, aunque no le pareció bien la idea de habitar una casa que no era suya, consideró que lo importante era estar con su amada, que finalmente la carrera militar no era para él, que jamás podía tener la cabeza de los militares mexicanos, siempre farsantes y traidores a la patria.



Pero mientras eso ocurría, mientras Jesús Melgar había desertado del Colegio Militar, para fugarse con su novia e irse a Veracruz, tuvo que planear bien su fuga. Aprovechar el clima de incertidumbre que se vivía en el Colegio, los rumores del avance americano ya dejaban de ser especulaciones para ser hechos ciertos, muchos padres de familia habían acudido al Colegio a retirar a sus hijos, no querían que sus menores fueran enlistados a la guerra, no fue así en el caso de Jesús, quien su padrino el Coronel Mario Melgar Gutiérrez y Mendizábal le insistía una vez más a que terminara sus estudios, para que obtuviera el grado militar que merecía. Pero Jesús Melgar se dio cuenta que no bastaba en su patria, ser cadete del Colegio Militar para convertirse en general; bastaba ser amigo de Santa Anna, o de  cualquier otro general como Mariano Salas, Mariano Paredes Arrillaga o Anastasio Bustamante, o del jefe de armas en turno, para que pudiera ser designado como general y gozar de los emolumentos como si fuera uno conquistador. ¿Para que ir a la escuela en este país?. Si finalmente los que llegan a las posiciones políticas de poder, es gente que nunca paso por la salones de clase, para que perder mi tiempo en un Colegio donde mis maestros predican falsos valores, donde muestran sus personalidades falsas, hipócritas, que no son acordes con sus discursos, si ellos, son viles empleados de una clase soberbia y opulenta. En este país, México, no existían las academias militares de los Estados Unidos, nuestro Colegio Militar no tenía la honra para ser auténticamente, un semillero de futuros líderes militares, en sus filas jamás habría un Napoleón Bonaparte, ni un general de la talla del Duque de Winstón, quien derrotara al mismísimo Napoleón. En nuestro país, no basta saber trigonometría para ser artillero. De nada sirven las fórmulas matemáticas de los senos, cósenos y tangentes, de los catetos y la hipotenusa, para poder medir la velocidad, distancia y trayectoria de las balas de nuestros cañones, sólo basta cualquier hombre bragado, ignorante y malhecho, que se le enseñara disparar cañones. Sólo bastaba ser amigo de algún general y tener compromisos y ambiciones políticas, para convertirse en general. Jesús Melgar, abandono el Colegio Militar, pero no por cobardía a la guerra, si bien lo hizo por el amor de su novia, también lo hizo convencido de que cada día en chapultepetl, era un día de simulación, frustración y mentira. Esa patria querida, esa nación tricolor de pasado inmemorable, sería abatida no por los americanos invasores, sino traicionada por sus propios hijos. Jesús entendió que el peor enemigo de México, no era Estados Unidos, sino el propio México. 



Fernanda espero a su amado y olvidándose de las formas, de la moral y las buenas costumbres, decidió ser ella quien tomara la iniciativa de abandonar su seno familiar. No quería ser como su madre, no se visualizaba como una mujer que tejiera las horas y horas, detrás de las ventanas y viendo el cielo como convertirse en noche. Fernanda se asimilaba como una mujer libre para decidir, para volar, para viajar de un lugar a otro y quedarse por siempre, con el hombre que realmente amaba. No visualizaba su idea con Jorge enrique, un hombre intelectual como él, no entendería jamás el valor del dinero, del placer, de los viajes y del entretenimiento, no podría contemplar jamás la tarde y la noche, sentir el viento, la brisa, el canto de los grillos y de las estrellas, su vida con él, sería aburrida, viendo a su hombre vestirse siempre con esos trajes oscuros y formales, escribiendo textos y textos en manuscritos ilegibles, hablando de constituciones y de teorías aburridas que solamente los académicos podrían entender; su vida con él, sería desplazada con los otros amores que competiría: la filosofía, la política y la historia, pero jamás a ella como una mujer de carne y hueso.  Jesús en cambio, ofrecía la opción de un hombre de casa, un hombre que aunque fuera pobre y no de buena familia, le ofrecía estar con ella, para quererla, abrazarla, protegerla del frío, del calor, del día y de la noche; Jesús Melgar era el hombre ideal de Fernanda, podrían montar una tienda en Veracruz e iniciar una vida de comerciantes, en anteriores viajes al puerto, le constaba que Veracruz, debía de ser la capital del país, pues ahí circulaba el dinero, ahí embarcaban los barcos ingleses, americanos, franceses y de otras naciones cuyas banderas desconocía, pero que embarcaban al puerto con mercancía para comprar y vender; podía establecer un local en su casa y porque no, comprar curiosidades que se fabricaban en Europa, relojes, quinqués, vajillas, telescopios, o frutas y semillas desconocidas o bien, telas provenientes de otras partes del mundo, podía adquirir varios artículos y venderlas a Puebla o a México, con lo que ella vendiera, podría seguir conservando el nivel de vida a la que estaba acostumbrada vivir.



Jesús Melgar acepto ese plan. Para vergüenza de su padre anunció su deserción del Colegio Militar, el coronel frustrado trato de impedir esa decisión de su hijo, inclusive amenazo con desconocerlo y cerrarle todas las puertas de sus contactos en el gobierno, que le ofrecían desde luego, un mejor porvenir que ser un simple comerciante. - ¡No seas imbécil¡. – le reclamaba su padre, con el grado militar, podrías ser recaudador de rentas o de impuestos, podríamos conseguir una aduana en Tampico o en cualquier puerto marítimo y podrías vivir decorosamente del pago de las alcabalas y de los impuestos, podrías comprar un puesto en el gobierno que te garantizara tu estabilidad económica, vinieran los gobiernos y las revoluciones que vinieran. Jesús Melgar al querer ser comerciante, se cerraba la opción de una vida segura y bien remunerada. Renunciaba a los haberes semanales que pagaba el ejército y que además eran tan seguros, como el diezmo de los sacerdotes, a cambio de llevar una vida vil especulativa de comerciante, asumiendo actitudes de un asqueroso italiano o judío, traidor al cristianismo.

Pero Jesús Melgar renunció a su vida de militar, renunció a la guerra; renunció a repetir el mismo patrón de su padre. Un funcionario de grado medio militar, que se prestaba a servir las cúpulas corruptas del poder que empobrecían y amenazaban a destruir su país. Su padre, había que decirlo en todas sus palabras, ni siquiera era un militar que podía presumir de honorabilidad, caballerosidad, heroísmo y valentía militar en la guerra, su padre no era mas que uno de los tantos hombrecillos aludadores y servilistas de Santa Anna, inmiscuidos al igual que con traidores al gobierno, que con gente del gobierno, con los nacionales, que con los extranjeros, que con la policía que  con  la gavilla de salteadores y bandoleros escondidos en los parajes de México Veracruz. Su padre, no era un militar en el sentido estricto de la palabra, era aunque lo doliera reconocerlo, un bandido con permiso del Supremo Gobierno para atracar y asesinar a la gente sin juicio alguno; no tenía de él, ningún ejemplo de moralidad, lealtad y mucho menos de patriotismo.



Jesús Melgar y Fernanda abandonaron la Ciudad de México e iniciaron su nueva vida en el puerto de Veracruz; y mientras eso ocurría, Enrique Salcedo espero noticia alguna, para saber donde estaba su prometida, pero nadie le informaba, inclusive su futura suegra, Amparo Magdalena, quien no daba razón de su paradero, más que de aquella secreta noticia que aún no quería revelar. ¿Qué había pasado antes?.  Resulta que horas antes de que el general Santa Anna llegara a la Casa de Tizapan, Fernanda y su madre habían sostenido una fuerte discusión.

-      ¿De qué?.

Amparo se quedó callada, como queriendo evadir el tema. Pero entonces de manera pausada y serena, Amparo confeso.

-      Mi hija no te quiere. Nunca quiso casarse contigo.

Enrique no pudo responder a dicha afirmación, se quedó callado e inmóvil, sin decir palabra alguna.

-      Mi hija, está enamorada de un joven cadete del Colegio Militar. Jesús Melgar. ¡Huyó con él¡. Se fueron muy lejos de aquí, a iniciar una nueva vida.

Y hasta ahora me lo dice. Cuando estaba a unos días de contraer matrimonio; porque el día de hoy se me informa que su hija quería otro hombre, que acaso no merecía respeto alguno, era y creo seguir siendo, el prometido de su hija.



Amparo se quedó callada, haciendo una mirada reprochando quizás la ironía, el cinismo o la hipocresía de Enrique. Ah decir verdad, él tampoco quería a su hija. ¿Entonces que reprochaba?. Enrique se quedo pensando que no se casaría con su prometida, que Fernanda era su único camino, para estar lo mas cerca de Amparo, el quería a esa mujer y no a su hija, él tenía que casarse con su hija, pero para estar cerca de la mujer que realmente amaba. Ahora las cosas cambiaban, su suegro había fallecido, su prometida había sido raptada con su novio, bien o mal, su adversario Jesús Melgar había tenido el valor para quedarse con la mujer que él amaba y sin embargo, ahora la oportunidad era de él. Ese era el momento para plantear la relación de amantes que exigía tener con esa mujer, lamentablemente, mayor que él.

-      ¿Y nosotros?.
-      ¿Nosotros qué?. – respondió con otra pregunta Amparo.

¿Nuestra relación que és?. Discúlpeme señora, pero creo que la amo, me siento atraído por usted, temo confesarle que la amo, que quisiera cuidarla por siempre y nunca jamás abandonarla, quisiera decirle que usted es la persona más importante que hay en mi vida, que deseo por siempre estar a su lado, que no me importa lo que diga la sociedad, inclusive su propia hija. Señora, quiero estar con Usted. – habló con el todo el corazón, con toda su ansiedad reprimida, en un grito urgente y desesperado de escuchar la respuesta que le diera tranquilidad y seguridad, en los próximos años de su vida.

-      ¡No sigas más Enrique¡…

Pero porque no, porque esconder esta atracción. Ya no existe su marido. Ahora usted vive en esta casona, su hija acaba de ser raptada por su hija, yo no tengo compromiso con nadie, ¿Por qué no podemos comenzar una relación?.

-      ¿Porque nó?. …Soy una persona mayor, podría ser su madre. No será bien visto.
-      Pero su marido nunca la quiso, no le dio las debidas reglas de trato amoroso que una esposa como usted se merece. ¡Señora¡. Yo podría ser ese hombre que la amara y la respetara por siempre.
-      Usted no puede tener ningún respeto por mi, porque olvida que entro a esta casa por mi hija. Que es el prometido de ella, que mi marido en vida le dio la confianza que su futuro yerno merecía.
-      ¡Su marido era un patán¡.
-      ¡Era mi marido¡. … y exijo respeto para él.
-      ¡Perdone señora¡.
-      Haga el favor de retirarse de mi casa por siempre, jamás regrese. No solamente no respeta la relación que sostuvo con mi hija, sino también, no me respeta en mi luto.  - ¡váyase por favor¡. Imploraba en silencio Amparo, no quería volver a ver ese hombre en su vida. Joven tonto, iluso e inexperto, a quien el destino le condeno no haber nacido años mas tarde.

-      ¿Perdone señora?. Nunca fue mi intención faltarle el respeto.  

Ambos se quedaron mudos mirándose profundamente sus ojos, como si ambos se disculparan, como si se hablaran con la mente y dijeran que muy en el fondo de sus corazones, que se amaban apasionadamente. Si Enrique hubiera tomado la decisión, pudo haber cogido de la cintura a Magdalena y sacarle un beso por la fuerza, pero no lo hizo, Amparo espero esa reacción, pero tampoco Enrique tomó la decisión..

-      ¡Perdone señora¡. Nunca fue mi intención dañar la vida de su hija y la suya. Discúlpeme por siempre, pero no sé qué me paso.

Amparo le hubiera gustado haberle contestado a ese hombre y decirle, que era la mente mas brillante de todos los hombres que había conocido, que era un ejemplo se abogado, jurista y aun pese a sus errores, un buen hombre. Le hubiera gustado decirle que también lo amaba y que cada vez que estaba con él, le hacía olvidar la vida desdichada que tenía, su inmensa soledad y conformismo por aceptar seguir una vida lineal, donde lo único que tendría sería la muerte, tras varios días, meses, quizás años, de una espera tediosa.

Jorge Enrique Salcedo Campuzano tomo su sombrero y se despidió de ella, queriéndole decir lo que con palabras jamás podía expresar.  Así es la vida, existen parejas que toman la decisión de ser felices y otras que no. ¡Maldito sea el tiempo, la inseguridad y las circunstancias¡.

Y mientras tanto, las clases de inglés, se suspendieron.



lunes, 26 de septiembre de 2016

CAPITULO 52


En la Ciudad de México, inició el gran debate político que definiría el futuro del país. Los próximos diputados “puros” y “moderados”, iniciarían una de las principales discusiones que dividirían la opinión pública, los bandos militares, las clases sociales, obviamente a los políticos y por supuesto, a la patria entera.

Muy pronto volverían a suscitarse toda clase de escándalos por las noticias provenientes de los Estados Unidos. Decían que un periódico llamado el Heraldo de Nueva York se había atrevido a difamar al generalísimo Santa Anna, diciendo que éste ya había pactado la derrota del ejército mexicano en los campos de batalla, a cambio de cederles en forma gradual los territorios del norte, que sin la mínima o con simbólica resistencia, irían cediendo al invasor. ¡Era una mentira¡. – dijeron muchos de los defensores de Santa Anna, pero otros críticos de la política sostenían esta tesis y otras aún más descabelladas, como decir por ejemplo que Santa Anna perdería la guerra, a cambio de que el gobierno despojador de los Estados Unidos lo reconociera en la presidencia por uno diez años.

Para esas fechas, noviembre de 1846, el pueblo de México, esa masa uniforme, transitoria, cada vez más ignorante y populachera, había elegido a sus futuros representantes políticos. Los mismos de siempre, que importaban, si fueran liberales o conservadores, si eran federalistas o centralistas, católicos o masones; no había diferencia y cambio alguno, eran los mismos de siempre, los que iban y desaparecían para luego volver años después con otra casaca, con otras palabras y proclamas, pero siempre con los mismos hechos, las mismas palabras, las mismas mentiras y promesas que el pueblo siempre recordaba, pero que al mismo tiempo, también siempre olvidaba.

Tres años después ya nadie se acordaba de la rebelión que restauró la Constitución de 1843; nadie absolutamente nadie, recordaba los nombres de José Joaquín Herrera y de las tan mencionadas “Bases Orgánicas” que pretendieron supuestamente institucionalizar el país; ahora el discurso político era ser federalista y regenerar la patria; atrás había quedado la discusión negociadora para el reconocimiento de Texas y ahora en cambio, se decía que la próxima batalla con el ejército sería en Saltillo, donde estaría el mismísimo general Santa Anna, acusado de traidor, pero dispuesto a dar la cara frente a sus adversarios o detractores.



El Congreso Nacional presidido por el encargado del Poder Ejecutivo Mariano Salas, con un discurso soberbiamente humilde, daba la bienvenida a los diputados electos, que ahora si, resolverían todos los problemas políticos del país. Hacía alarde de la Revolución de la Ciudadela, de los principios de este movimiento armado, que finalmente se verían culminados, con la presencia de los diputados electos por el pueblo y para el pueblo.  México iniciaría una nueva etapa de su historia, en la que entre todas las naciones del mundo, sería la más democrática, respetable y admirable. El diputado presidente del Congreso, don Pedro de Zubieta, a nombre de todo el congreso, daba el fiel agradecimiento a su general mentor, un simple vasallo de Santa Anna, pero finalmente, a los ojos de todos, el gran militar mentor, que no dudo en desconocer de la presidencia, al traidor de don Paredes Arrillaga.



El estruendoso aplauso de los diputados hizo sembrar el recinto parlamentario,  como si todos los diputados ahí presentes, pertenecieran, no sólo  a un país de federal, sino a un sólo partido, donde no existieran discusiones bizantinas sobre religión y formas de gobierno.  Pero la verdad era otra, ese congreso que aplaudía en forma avasalladora las románticas palabras del general Salas y de la réplica, también cursi y romántica del diputado Zubieta, realmente era un auditorio de una sala de teatro frente a un escenario que presenciaba un guión de poesía y mera ficción literaria; la verdad y lamentablemente, la cruda realidad que en ese momento se vivía, es que el país entero, la Republica mexicana, por la que tanto había peleado Hidalgo, Morelos, los hermanos Bravo y hasta un español de nombre Francisco Javier Mina, era cruelmente aplastada por la potente artillería e infantería de la república vecina de los Estados Unidos, y también desintegrada en forma gradual, por el cúmulo de viejos caciques, de visión egoísta y traidora, que defendían primero sus intereses, antes que defender la soberanía nacional.

Nadie sabía que los llamados estados libres y soberanos de Tabasco y Yucatán, el primero de ellos había desconocido al gobierno federal y nombrado como Gobernador a un tal Juna B. Traconis, mientras que el segundo de ellos, habían proclamado su “neutralidad” en la guerra contra Estados Unidos.  Ingenuos los diputados mexicanos, siempre colaboradores y solidarios en los momentos de fiesta, pero hostiles en el momento del trabajo.



Acto seguido el Congreso se dio a la tarea de elegir a quien sería su Presidente y Vicepresidente de la Republica, no hubo muchas sorpresas como era de esperarse, pues el nombramiento recayó desde luego en los distinguidos ciudadanos don Antonio López de Santa Anna y a Valentín Gómez Farías, por la aclamación y para el disgusto e muchos conservadores. No así, una comitiva de diputados constituyentes, con el ánimo de siempre hacerse notar, redactó una misiva para hacerle de su entrega y conocimiento al general Santa Anna, sobre su nombramiento de Presidente de la República, que la nación le había conferido. – Honrosa distinción – respondió Santa Anna –  no vine a conquistar la presidencia de la república mexicana, sino solamente a combatir al osado extranjero que profana con su presencia al territorio sagrado de la patria.

Las palabras del padre de la patria, volvían a seducir a miles de sus seguidores, quienes se conmovían y reproducían íntegramente sus discursos en los panfletos que se distribuían en varias plazas  de la republica. “…he meditado mucho si admitiría el encargo que una vez más en el curso de mi vida se me confiere, pero al fin, venciendo mi natural repugnancia, ahogando dentro de mí mismo las razones de conveniencia privada, y convencido, sobre todo, de que mis conciudadanos no me harán injusticia de creer que regresé del ostracismo para rehacerme del poder, me he resuelto á este sacrificio porque no hay ninguno que no esté dispuesto á hacer en obsequio de mi cara patria … acepto el nombramiento, porque renunciarlo sería contradecir mis principios, y no acatar las resoluciones del Congreso constituyente que representa á la nación, ante la cual todos debemos inclinarnos sumisos, por residir en ella esencial y exclusivamente la soberanía”.

Santa Anna sería con el apoyo o no de los americanos, en el Presidente de México. ¿Cuál imposición de los invasores? ¿ Cuál pacto secreto?, No fue necesario que los americanos usurparan la soberanía mexicana para designar a quien presidiría el destino de la nación. Que quede claro, fue una designación libre y democrática. Ningún diputado fue obligado a votar a su favor. Pudo haber sido otro ciudadano,  pero a decir verdad, no existe otro hombre con el prestigio y la experiencia política y militar que representa Santa Anna.



Obviamente razones de Estado impedían que el generalísimo regresara a la Ciudad de México a tomar protesta del cargo. Lo haría en su momento, cuando cesaran las operaciones militares y fueran arrojados del seno a los injustos invasores, posiblemente hasta ese momento el generalísimo se presentaría al Congreso a tomar protesta como presidente de la república. Mientras tanto, el hijo de la patria, seguiría en su marcha a San Luis Potosí, con los escasos bienes que recaudaría para armar un ejército que enfrentaría penurias al invasor. El paso que tenía que darse en la guerra, no era necesariamente militar, sino político. Concretamente, debí tomarse una decisión política para recaudar fondos y con ello, estar en posibilidad de afrontar una guerra en forma exitosa. Ese peso político, implicaba obviamente mucho disenso en distintos grupos y castas de la sociedad mexicana, pero tenía que hacerse. Era el momento que la soberanía mexicana discutiera la nacionalización de los bienes de manos muertas. Es decir, la ocupación y venta  de los bienes propiedad del clero.

No era el momento oportuno, discutieron muchos diputados, algunos de ellos de tendencia liberal, don Mariano Otero, se había pronunciado en contra de la iniciativa que desde el palacio nacional, enviaba el encargado de la presidencia de México, don Valentín Gómez Farías. Había que hacerse, los diputados debían discutir las conveniencia no solamente política sino económica, de aprobar una iniciativa de esa magnitud, no solamente significaba ponerle limites a uno de los poderes políticos mas oscuros y retrógrados que tenía la joven nación, sino que significaba también, allegarse de recursos económicos suficientes  que permitieran financiar un ejército profesional que defendiera la soberanía nacional.



Pero los opositores a la propuesta argumentaron que de iniciar esa confiscación a los bienes, lo único que produciría en el país, sería un levantamiento armado, quizás una guerra civil. El país se destabilizaría y sería lo peor que pudiera ocurrir. No era lo más idóneo en esos momentos, de guerra y adversidad, había que serenarse y tomar medidas más objetivas y menos pasionales que no estuvieran viciadas de revanchas políticas como la que pretendía impulsar el doctor Gómez Farías.

Pero la resistencia, si bien fue polémica, no fue suficiente para desviar el tema a otra discusión; lo prioritario era la guerra contra los Estados Unidos, pero para ganar una guerra, se necesitaba el dinero; quien tenía el poder económico era el clero; luego entonces, había que despojarle al clero de su dinero, para utilizarlo contra la guerra que se vivía. ¡Esa es la razón fundamental de esta iniciativa¡. No son cuestiones ideológicas, no es porque odiemos a los curas traidores e hipócritas que fusilaron a Hidalgo y a Morelos, para luego hacerse pasar por seguidores de la causa insurgente de la independencia y coronar a un rufián como Iturbide; no es porque los consideremos los  partidarios de la monarquía y enemigos de la república, que en verdad si lo son, la verdadera razón de esta iniciativa, eran los quince millones que se podían recaudar del clero.

Los diputados y los periodistas podían polemizar horas y más hojas, sobre esta iniciativa. Podían escribirse libros y hasta novelas literarias que describieran las horas intensas de negociación política al mismo tiempo que los soldados mexicanos morían de frío y hambre por falta de dinero; era admirable lo que hacía Santa Anna seguir reclutando gente que con poca paga y mucha hambre, estuvieran obedeciendo las órdenes de un general que carecía de un ejército. De un regimiento militar sin militares, de parque sin municiones. De mexicanos harapientos y no soldados.



¡Confisquemos los bienes de la iglesia¡. Autoricemos al gobierno para que se proporcione de quince millones de pesos para los gastos de la guerra, para que puedan hipotecar o vender los bienes de manos muertas. Era el grito de los diputados más radicales, aquellos que si tenían algún pronunciamiento ideológico en contra de la iglesia. – Sensatez. Exigía el ala moderada a través de los diputados Muñoz Ledo y Mariano Otero. No somos partidarios de la Iglesia y también estamos en contra de ella, pero aprobar una iniciativa de esa magnitud, daría mayores perjuicios que beneficios. Podría quebrar la escasa agricultura que sostiene el país, así como arruinar a miles de familias. No es el medio estimados diputados, no es la solución a nuestros problemas.

Y mientras los diputados, iniciaban una discusión que tardaría tres días en aprobarse, las oficinas de los jerarcas católicos, responden al cúmulo de críticas que reciben.  No eran los fieles vasallos de Santa Anna los que discutían el bienestar de la patria, ni tampoco era cierto que la iglesia tuviera tanto dinero como lo decían los masones, adoradores del diablo; al pretender despojar de la iglesia de sus bienes, el mal no se lo hacían a dios nuestro señor, sino  a sus hijos que viven del trabajo y de las bendiciones que en escuelas, hospitales, orfanatos y conventos, los ministros de la santa iglesia proporciona a sus fieles. Debemos defender la fe de quienes hace años robaron el país sin dar cuentas de su riqueza inexplicable ni del despilfarro del dinero; de quienes llaman a una guerra que seguramente ya está pactada por la derrota. Quienes pretenden robarle a la iglesia, sólo legitiman a los traidores de la fe y de este suelo bendito, donde posa la madre de dios, la santísima virgen de Guadalupe. Excomulguemos a los herejes y quemémosle, no con la llama del fuego en el que ardieron los herejes, sino con sus propios medios que son la palabra ante la opinión pública. Que todas las iglesias toquen sus campanas e informen a sus fieles sobre la gran mentira de esos diputados que  siguen discutiendo. Unos hablan de la guerra y otras en cambio, mueren de gripe o de hambre, sin aún enfrentarla en los campos de batalla.

Sin perdida de momento y estrechando los sagrados deberes que les impone los cánones de la Iglesia, ha acordado se le dirija a V.E. esta comunicación, con el objeto de manifestar que no consiente en manera alguna por su parte en las medidas que contiene el citado proyecto, para no incurrir en las censuras y penas eclesiásticas que el Santo Concilio de Trento fulmina al fin del capitulo 11 fe la sesión 22 reiteradas por el tercero Mexicano; y en consecuencia formaliza desde ahora la más solemne protesta para el caso de que llegue á sancionarse, lo que es de esperarse d la religiosidad del Supremo Gobierno, sino que respetará la disposición citada del Santo Concilio de Trento, que comprende a todos, cualquiera que sea la dignidad de que se hallen investidos, por lo que toca á la censura de excomunión mayor en que incurren, obsequiando también las disposiciones de la ley fundamental que hoy rigen á la Republica, que garantizan la propiedad de las corporaciones eclesiásticas”.

Pero a quien importaba la advertencia del infierno entero al diputado, alcalde e inclusive presidente de la republica que tuviera el atrevimiento de aprobar esa ley. En momentos importantes en la historia del país, había que asumir y enfrentar los riesgos, así fuera la excomunión.



El Congreso emitiría la iniciativa de Ley, en el siguiente tenor:

ARTICULO PRIMERO.- Se autoriza al gobierno para proporcionarse hasta quince millones de pesos, a fin de continuar la guerra con los Estados Unidos del Norte, pudiendo hipotecar o vender en subasta pública, bienes de manos muertas al efecto indicado.

Inmediatamente el diputado Mariano Otero objeto el precepto normativo, argumentando que la palabra “pudiendo”, generaba malas interpretaciones al pretendérsele otorgar al gobierno, autorizaciones de carácter especial; ante dicha objeción, el diputado Manuel Crescencio Rejón refutó la postura de Otero, lo que generaría, horas de discusión sobre la redacción de este artículo. Lo que harían sin duda alguna, incendiar el ánimo de los oradores liberales en acusar a los del otro partido, en hacer chicanadas para desviar y desalentar la aprobación de la ley.  Quedando finalmente en los siguientes términos:

ARTICULO PRIMERO.- Se autoriza al gobierno para porporcionarse hasta quince millones de pesos, a fin de continuar la guerra con los Estados Unidos del Norte, hipotecando o vendiendo en subasta pública, bienes de manos muertas al efecto indicado.

Con esa lentitud el congreso mexicano seguía discutiendo, al mismo tiempo que recibían del cabildo metropolitano de la Ciudad de México, la enérgica protesta que haría la Iglesia Católica para protestar por la discusión y posible aprobación de la ley.

ARTICULO SEGUNDO.- Se exceptúan de la facultad anterior:
PRIMERO. Los bienes de los hospitales, hospicios, casas de beneficio, colegios y establecimientos de instrucción pública de ambos sexos, cuyos individuos no estén ligados por voto alguno monástico, y los destinados a la manutención de los presos.
SEGUNDO. Las capellanías, beneficios y fundación en que se suceda por derecho de sangre ó de abolengo, y en las que los últimos nombramientos se hayan hecho en virtud de tal derecho.
TERCERO. Los vasos sagrados, parámetros y demás objetos indispensables al culto.
CUARTO. Los bienes de conventos de religiosas bastantes para dotar a razón de seis mil pesos á cada uno de los existentes.

Pero aún así, la ley sería radical. Oh mejor dicho, sería vista como si se tratara de una ley hereje y jacobina, que viera con malos ojos, la propiedad clerical. Algo, que ni el propio Hidalgo y Morelos, se habían atrevido sancionar.



Pese a esta resistencia y a los rumores de que los batallones Independencia y Victoria se sublevarían al Congreso en apoyo al cabildo metropolitano, los diputados del congreso constituyente no se dejaron intimidar, pues la discusión de la ley seguía en marcha para su pronta aprobación, pese que ya se tenía conocimiento de clérigos impertinentes que desde el pulpito de las iglesias, gritaban: ¡Muera el mal gobierno¡; … aún y con todo eso, con las opiniones que presagiaban una revuelta, inclusive una guerra civil, por la aprobación de la polémica ley, la cual tardó tres días interrumpidos de discutirse, para finalmente aprobarse, a las diez de la mañana del día diez de enero de 1847.

Mucha expectación se dio entre la aprobación y la fecha de publicación de la ley, fueron tres días de espera angustiante, la amenaza de la excomunión seguía ahora más que nunca latente para el funcionario quien se atreviera en publicar la ley que ya había aprobado el Congreso. Pero finalmente nadie impidió su publicación y posterior difusión.  La primera reacción que se dio, fue la suspensión de los servicios religiosos en la Catedral metropolitana, argumentando los vicarios del recinto, temor a los motines que podían suscitarse por la aprobación de la ley. De igual forma, los periódicos Monitor Republicano y Siglo XIX dieron cuenta de la ley aprobada, a la que en sus editoriales censuraban de políticamente inapropiada, atreviéndose dichos diarios a presagiar, el estallamiento de una revuelta popular. Inverosímil, era también suponer, la gran cantidad de funcionarios que temerosos de la advertencia de la iglesia, fueran excomulgados del reino de los cielos, por el atrevimiento de aprobar dicha ley. Se supo de un diputado de Oaxaca de nombre Benito Juárez, haber aprobada entusiasmadamente dicha ley en su estado.



Así desde lejos y en todos los rincones del país, en cada iglesia y en cada sacerdote, la respuesta del clero era la misma: no consentir tácita ni expresamente la ocupación, gravamen o enajenación de sus bienes, advirtiendo que con la autorización del Sumo Pontífice, excomulgarían a todo aquel que hiciera, cooperara o consintiera la aplicación de la ley; diciendo que permanecerían excomulgados todo aquel que ejecutará la ley no serían restituidos de dicho sacramento, hasta en tanto, no restituyeran de los bienes despojados con todos sus frutos hacia su verdadera y legitima propietaria; así el Cabildo Metropolitano en el nombre de la Iglesia Católica llamo a que no se consumara la dichosa ley, emprendiendo así su enérgica protesta.

El cabildo metropolitano, por lo mismo, a nombre de la iglesia mexicana protesta: que la iglesia es soberana y no puede ser privada de sus bienes por ninguna autoridad; protesta, que es nulo y de ningún valor y efecto cualquier acto, de cualquier autoridad que sea, que tienda directa o indirectamente a gravar, disminuir o enajenar cualquiera de los bienes de la iglesia; protesta, que en ningún tiempo reconocerá ni consentirá en pagar ningunos gastos, reparaciones o mejoras que se hicieren por los que adquieran los bienes de la iglesia, a virtud de la ocupación decretada; protesta que aunque de hecho se graven o enajenen, el derecho, y dominio y posesión legal la conserva la iglesia; protesta en fin, que es solo la fuerza la que privará a la iglesia de sus bienes, y contra esta fuerza la iglesia misma protesta del modo más solemne y positivo.
 
El ministro de Justicia, fiel a su casta eclesiástica, tomo partido en contra del presidente Gómez Farias, quien en tan sólo en unos días, vio parte de su burocracia dividida en dos bandos, los que lo apoyaban condicionalmente y los otros, que también decían apoyarlo, pero que seguramente, pactaban en lo oscurito con  la Iglesia, cualquier triquiñuela para no acatar el mandato popular.

Ante la posible oleada de motines populares, patrocinados o incitados por la Iglesia, el Alcalde de la Ciudad de México, Juan José Baz el mismo que tuviera el valor de haber publicado la ley, pese a la amenaza de la excomunión, emitió un bando en el que establecía una serie de prohibiciones para la ciudadanía, la principal de ellas, no andar en las calles con grupos de personas, inclusive en casas, a no ser con el consentimiento de la autoridad, del mismo modo, estableció patrullajes en distintos puntos de la ciudad, como si quisiera prevenir la insurrección popular, que tanto miedo decía tener el clero, de que bajo el amparo de la ley, el populacho aprovechara la situación para robarle de sus limosnas y objetos de culto sagrados de incalculable valor material y espiritual.



Obvio que ante las providencias dictadas por el Alcalde de la Ciudad de México, el diputado Mariano Otero, supuestamente liberal y para esos momentos, visto como un conservador defensor de la iglesia, acuso al Gobierno de la Ciudad de México, de emitir disposiciones que violentaban los más sagrados derechos de manifestación y asociación que tenían los mexicanos y que obviamente, debía garantizar el Congreso. Ante esa crítica del diputado, este recibió los peores descalificativos de algunos de sus compañeros, quienes insistían en que la medida aprobada, era benéfica para la nación, debido a la situación política ya de todos conocida.

En medio de toda esa discusión, una carta firmada por Santa Anna llegaría a difundirse en la prensa, en la que el primer mandatario, aprobaría la polémica ley, a la que calificaría de salvadora e inminentemente patriótica, así como de haber sido recibida en forma entusiasta por las tropas que dirigía, solicitando en su misiva, que dicha ley fuera aplicada en forma pronta y puntual, dada la necesidad de recabar los recursos económicos que le permitiera enfrentar al enemigo.   Ante estas palabras, muchos de los simpatizantes se vieron apoyados, inclusive el Vicepresidente y encargado de la presidencia, don Valentín Gómez Farias, quien era objeto de constantes criticas.

Sin embargo, días después. Los mismos periódicos volvieron a publicar otra carta de Santa Anna, donde manifestaba que ante los descontentos sociales y ante la indebida publicación de una carta privada y confidencial, en la que externaba una opinión franca y personal, se le pretendía adjudicar la autoría de esta ley, como si sus opiniones privadas, fueran motivo de juicios decisivos que se convirtieran en leyes; solicitando al Congreso, en forma sincera y respetuosa, que si dicha ley no fuera útil y conveniente, la misma fuera modificada según juzgará más a propósito, para que ésta produjera los efectos que se deseaban.

La segunda carta del generalísimo, generó mayor inseguridad, era absurdo que el general Santa Anna tuviera dos posturas, una actitud radical que apoyaba incondicionalmente la ley, en lo privado; y otra, donde veía la posibilidad de que se modificará o inclusive abrogara la ley, en el ámbito público de su persona. Así de pronto, el generalísimo, reprochaba a sus amigos de haber traicionado su amistad y confianza, por haber difundido una opinión personal; y lo peor de todo, es que con su segunda epístola, dejaba sin argumentos a los diputados puros, que quedaban indefensos, ante la posibilidad de que el propio general, veía también, con buenos ojos, la modificación e inclusive la derogación de dicha ley, dándole con ello, toda la razón a los críticos de la polémica disposición anticlerical.



Aún así, no se sabía cómo interpretar las bivalentes palabras del generalísimo Santa Anna, que para esos días, anunciaba haber tomado noventa y ocho barras de plata propiedad de comerciantes españoles de la provincia de San Jesús Potosí, ordenando al gerente de la casa de Moneda las acuñase en moneda, prometiendo pagar dicha cantidad a dichos comerciantes, tan pronto se recibieran los primeros ingresos de los bienes de manos muertas; asimismo informo que había hipotecado sus bienes para obtener hasta cincuenta mil pesos para el caso, de responder de los créditos contraídos para el caso de no recibir los anhelados recursos que le había prometido el Supremo Gobierno que el encabezaba. Así las cosas, el generalísimo, independientemente de sus opiniones públicas o privadas, a favor o en contra de ley, seguía su marcha para enfrentar próximamente a su enemigo; aun pese a que su marcha al norte, registraba todos los días, muertes de decenas de soldados mexicanos a causa del frío.



Así el general montando en su caballo blanco y su uniforme gallardo, con hombreras y botones de oro, presidía un batallón de más de catorce mil soldados mal vestidos y alimentados, pobres e incultos, muchos de ellos marchando descalzos en contra de su propia voluntad y desconociendo el motivo de la guerra. Marchando del mejor al peor vestido, la tropa mexicana seguía al frente para combatir a su rival. Al frente del batallón, una banda de guerra que con trompetas y tambores,  anunciaba el paso del Napoleón mexicano, quien en su megalómana mente pensaba una y mil veces, que esta guerra, sería por siempre recordada por todos los mexicanos de todos los tiempos. El testimonio de su conciencia, así lo decía, no lo traicionaría jamás, tendría por siempre la gloria y la fama póstuma en su hoja de servicios, y también los sufragios eternos de todos los mexicanos, que nunca olvidarían su nombre inmortal. …  ¡Viva México¡. … ¡Viva Santa Anna¡. 


domingo, 25 de septiembre de 2016

CAPITULO 51


Luego de haber enterrado al escribano, Antonio López de Santa Anna trato de tranquilizarse y esperar a que su fiel vasallo, le informara donde estaba realmente escondido tanto el dinero, como los títulos de propiedad que había adquirido por la compra de “medio México”. ¡Claro, tenía que estar tranquilo y guardar el protocolo ceremonial que implicaba, un velorio mexicano. La viuda después de todo, debía de guardar votos por la muerte de su esposo y había que tratar de ser célibe, hasta en tanto, no pasaran por los menos esos nueve días de guardar hasta que finalmente, habiéndose levantado la cruz del difunto, pudiera fornicar con esa mujer. Así lo había hecho con su primera esposa. Dios le había perdonado esa falta, porque finalmente, era hombre y tenía que dispensarlo de todos sus pecados. Al menos eso le decía el señor Obispo y hasta el cardenal de la ciudad de México, tenía la plena confianza, que si alguna vez estuviera postrado frente al santo Padre, allá en Roma, le perdonarían de todas sus faltas y pecados.

Sin embargo, Santa Anna no podría hacer lo que tantas ganas tenía de hacer. Si por él hubiera sido, habría acompañado a la viuda Amparo, a rezar cada uno a uno los nueve rosarios que tenían que rezarle al difunto. Le hubiera gustado acompañar a la viuda, inclusive, quedarse hasta en la boda de su otro fiel criado, Jorge Enrique Salcedo Salmorán, pero lamentablemente, había elegido la vida pública y con ello, todas las penurias y privaciones que el desempeño del cargo le conferían, inclusive, abstenerse de fornicar, con esa viuda y bella mujer.



Junto con él estaba Crescencio Rejón quien le informaba a su alteza, lo que la prensa en la ciudad había dicho; el general Mariano Salas y toda la comitiva de empleados públicos, se habían sentido despreciados y hasta un poco humillados, porque su excelentísima por no haber llegado a la Ciudad de México. ¡Era claro¡. Había que demostrar una vez más, que el regreso de Santa Anna México, se debía por una causa patriótica como era esta guerra y no por la ambición del poder. ¿Sin embargo, hasta cuando lo entenderán estos mexicanos?

Crescencio Rejón siguió informando al general, que el general Salas renunciaría a la presidencia, para cedérsele obviamente por novena vez; ¿Quién más podría ser el jefe máximo de nuestra nación?. Santa Anna no le parecía esta propuesta, preferiría entrar a la Ciudad de México, luego de haber triunfado una batalla, exigía y tenía hambre de gloria, quería vengarse de la afrenta de San Jacinto y que mejor oportunidad que dirigir sus tropas a saltillo, para encontrarse a Taylor. – sería mejor entonces, que se instituyera un Consejo de Gobierno y hacer todos los movimientos que fueran necesarios, para que el doctor Valentín Gómez Farías pudiera ser el próximo presidente.

Crescencio Rejón hizo ver al general Santa Anna, la urgencia de una recaudación fiscal para hacer frente a la guerra. Sin embargo, dicha medida fiscal sería momentánea y de muy pocos efectos; lo más que se pudiera juntar sería cien mil pesos, nada que ver con los quince millones de pesos que podrían arrebatarle al clero.



Santa Anna por momentos pensó que no era necesario quitarle un peso a los curitas. Tenía dinero suficiente para seguir financiando su guerra. Sólo tenía que esperar a su vasallo el coronel Yáñez para preguntarle en donde diablos estaba escondido su dinero.  Crescencio Rejón mientras tanto, siguió exponiendo al general Santa Anna que estaban negociando con la iglesia católica un préstamo por lo menos de dos millones de pesos para evitar en cualquier momento la confiscación;  - es cuestión de que usted lo ordene su Excelencia – dieciséis millones de pesos se podría obtener de autorizar las ideas del doctor Gómez Farías, si no lo hace, aceptaríamos los dos millones de pesos que nos ofrecen los Vicarios Patiño e Irizarri. Es muy poco dinero, nos darían dos años para pagarles, pero además, dicho dinero no es efectivo, es en papel.

-      ¡Dinero de papel¡. Lo que faltaba. Tener escondido miles de barras de oro que equivaldrían millones de pesos, y estar supeditado a las limosnas de la Iglesia, para aceptar tan sólo dos millones de pesos de papel. ¡Diablos donde está mi tesoro¡.

No veo otra alternativa Su Excelencia. – Decía Crescencio Rejón – el general Salas hasta en tanto no se defina la situación de confiscarle los bienes a la iglesia emitirá una contribución extraordinaria para gastos de guerra, consistiría en cobrarle tanto a caseros, como a inquilinos y subinquilinos, el importe de un mes de renta. Con eso se podría acumular ochenta y siete mil pesos para empezar.

Santa Anna comenzó a pensar en cantidades de pesos, ya fuera ochenta y siete mil míseros pesos, o bien, dos o dieciséis millones de pesos que podría robársele al clero, o el maldito tesoro escondido, en miles de barras de oro, que ni Santa Anna sabría cuánto pudiera valer y en donde diablos pudiera estar escondidos.



El dinero yace escondido y solamente tres personas saben de su destino, el primero de ellos había fallecido en circunstancias misteriosas, el segundo de ellos, había negociado con Thompson la contratación de compra de armas y el tercero de ellos, era posiblemente, la ahora viuda del escribano. Pero Santa Anna, trataría de disimular su ansiedad, por tener en su control aquellas barras de oro para estar en posibilidad de maniobrar y emprender la guerra.

El Ministro Crescencio Rejón hizo también ver al general Santa Anna el inconveniente de que fuera designado Gómez Farías como presidente de la república – ¡se corre el riesgo de un levantamiento popular¡ – el doctor no cuenta con la simpatía del clero – insistía el ministro. De llegar a la presidencia, necesitara el doctor todo su apoyo político e inclusive militar, él emprendería las reformas políticas que necesita el país.  Si llegara a confiscar los bienes a la iglesia, tendremos los recursos económicos para sostener la guerra, pero sino se le apoya en la obtención del dinero, perderemos general.

Santa Anna al observar el doctor, tuvo una ocurrente idea.

-      Don Crescencio, agradezco gentilmente sus palabras y coincido que solamente un hombre como el doctor Gómez Farías podrá dirigir los designios políticos de nuestro país. Es obvio, necesitara todo el apoyo y creadme que lo tiene, empezando por el mío y también supongo que por Vos también. En atención a ello, y tomando en cuenta las promesas enarboladas en la proclama del general Salas, solamente un país con las mismas instituciones de la que gozan nuestros vecinos invasores, podremos hacer frente a esta guerra provocada por estos. Por esta razón convocaremos a la instalación de un nuevo congreso constituyente que defina de una vez por todas el destino de nuestra patria y será Usted, don Crescencio, quien dirigirá esa representación ciudadana para apoyar desde ese bastión al doctor Gómez Farias. Esta vos de acuerdo.
-      ¡General Santa Anna¡. ¿Me está usted proponiendo como futuro diputado de dicho Congreso.
-      Así es don Crescencio, la patria necesita en estos momentos de hombres ilustres como Vos, que logren también modernizar el país, no solamente con la separación del Estado y la Iglesia, sino también en la legislación de leyes que logren modernizar nuestro país, a los mismos niveles de las naciones europeas.
-      General tenga la seguridad que desde la posición en la que vos me coloque, apoyare incondicionalmente su gobierno, así como al doctor Gómez Farías, e impulsare desde la asamblea soberana del pueblo, los cambios legislativos que requiera el país.
-      La utilización de los recursos económicos y el honor de este país, es la principal prioridad en este momento, ya después habrá tiempo en pensar en otras acciones, para cuando salgamos avantes de esta guerra.
-      Así es general. Así será.

Santa Anna dio un caluroso apretón de manos a su ministro y se dispuso a regresar a la Casona, para que desde ahí y con la tranquilidad de ya no ser acosado por las frecuentes visitas que recibía, ponerse  pensar en el siguiente plan. - ¡Marchar a saltillo¡ - sostener su primer combate con Zacary Taylor. Entonces giró sus apreciables órdenes e instruyó a la escolta que lo acompañaba, a emprender la marcha para la mañana siguiente.

Sin embargo, antes de irse, visitaría a su fiel amiga. No se iría, sin satisfacer su apetito sexual de poseer de una vez por todas, a esa mujer. Nadie podía resistírsele, ni mucho menos la quien fuera esposa del escribano. A quién diablos le importaba ya su viudez, había que pasar la ultima noche en esa casona, recibiendo las recompensas de un soberano. ¡Finalmente soy Su Excelencia¡. Se decía una y mil veces el generalísimo.



Después de esperar tan ansiosamente de que el día se volviera tarde y la tarde más oscura, aquella noche entro a la habitación de Amparo, supuestamente con el único fin de agradecerle su cortesía y hospitalidad, pese a la lamentable noche del crimen del escribano. El generalísimo entro a la alcoba, sin poder disimular en sus ojos la lujuria y sin controlar aquel pene erecto que respondía al ver la silueta de la viuda; al verse sorprendido por ella, Santa Anna no hizo más que sonreírle y por momentos, deseó hincarse a los pies de esa mujer, tan bella y majestuosa era, que ni cualquier virgen podría superar su hermosura. Luego empezaría a besarle los brazos, los pies, después sus senos. La anfitriona Amparo un poco asustada, al sentir las intenciones de su visitante, en forma retadora, le advirtió.

-      No se acerque general.

Santa Anna no hizo más que reírse y por momentos, aplaudirle o hacerle mofa de su amenaza. Siguió avanzando hacia ella, sin poder contener ya, el instinto que le obligaba actuar con la fuerza para someterla de los cabellos.

-      ¡Le digo que no se acerque general¡. – volvió a decir en forma amenazante Amparo.

¡Quién podía hacerle caso¡. La casa estaba controlada por su tropa, ningún soldado iría a la ayuda de la señora, él era el dueño de la situación, el dueño del país, del futuro de la patria, del territorio nacional, de la casa y también desde luego de esa mujer; siguió acercándose a ella, viendo su cabello y empuñando las palmas de sus manos para darle las primeras bofetadas que le enseñaran de una vez por todas a esa mujer, quien era su verdadero macho.

-      Sé lo que busca y si me hace algo, jamás le diré dónde está lo que busca.

Santa Anna se desconcertó cuando le dijo eso Amparo.

-      ¿De qué hablas mujer?.
-      Del tesoro. Las barras de oro escondidas en una cueva, de los títulos de propiedad..

Esa mujer era más lista de lo que aparentaba.

-      Crees que me espantas. Por supuesto que sé dónde esta ese dinero.
-      No lo sabe general. Al matar a mi marido, se llevó ese secreto.
-      ¡Estúpida¡. ¡Yo sé dónde esta ese dinero¡.
-      ¿Dónde?.
-      ¡En esta casa¡.
-      ¿En qué lugar?.

Santa Anna se quedó callado…

-      No lo sabe don Antonio, yo si se donde esta lo que busca y necesita. Si usted se acerca a mi, jamás sabrá.

El generalísimo lo pensó. Podía darle un par de bofetadas y someterla, pero el costo podría ser muy caro. ¡No tenía caso¡, pelearse con esa mujer. Ya habría momento para reclamarle el haberlo rechazado aquella noche, tan pronto tuviera certeza de haber recuperado su fortuna..

-      Vieja estúpida. Te puedo hacer mÍa cuando se me pegue la gana. Si no lo hago ahorita, es porque no quiero.

Amparo no le bajo en ningún momento la mirada.

-      Regresare de Saltillo, venciendo a esos americanos y estaré sobre ti montándote, recordándote quien soy. – sentenció Santa Anna.

Amparo siguió mirándolo, diciéndole en voz baja

-      ¡Viejo estúpido¡.

Santa Anna salió de aquella recamara azotando la puerta de la recamara, regreso a su alcoba un poco molesto, de que esa mujer lo rechazara de esa forma. Sin poder contener su instinto, exigió la presencia inmediata de sus escoltas.

La guardia subió en forma inmediata a esperar ordenes de su jefe; preocupados estos de alguna emergencia, pero el general al verlos ahí presentes, sólo exigió que se quedara con él, un soldado afeminado de nombre Jacinto.

-      Bájate los pantalones – grito Santa Anna a Jacinto.

El soldado fiel, sin apelar, acató la instrucción.

Entonces Santa Anna pudo hacer con su pene, lo que esa mujer, no quiso recibir. Jacinto recibió toda la furia del general.