viernes, 16 de septiembre de 2016

CAPITULO 43


Los gallos anunciaron un nuevo día. Los rayos del sol alumbraron aquellas ventanas, con las cuales James Thompson había tomado mucho aquella noche. Beso a su compañera de cama, con la que amanecía de un tiempo a la fecha todos los días, la que había dejado de ser en la mujer de todos, simple prostituta, para convertirse ahora en su única mujer. Su único cliente, su dama de compañía, su confidente, su amiga dentro y fuera de la cama, todo lo que una mujer podía ser para un hombre; atenta, amable, tierna, amorosa; todo, menos su esposa.

Ahí estaba ella durmiendo. Con su cabello suelto y brillante; así como con su cuerpo desnudo, sus brazos, sus piernas, sus dedos, los que podría identificar cada rincón del mismo y hacerse pequeño y perderse con ella en la placentera tiniebla que hacía perderle su conciencia, su raciocinio, sus principios éticos y morales. Supo muchas cosas de ella. La más sorprendente, era saber que aquella mujer a la que conoció en un suburbio en el barrio de la Merced, fue en algún tiempo monja en algún convento. ¡No era posible¡. ¿En qué momento una mujer dedicada a la vida espiritual pudo convertirse de un día para otro, en una mujer materialista?. ¿En qué momento – se preguntaba Thompson – una mujer renuncia a sus virtudes y a su estado de gracia, para aceptar lisa y llanamente, todos los vicios que implica la desgracia?. - ¡El placer¡. … la risa, la carcajada, la alegría, la euforia, el gusto de experimentar sensaciones prohibidas, de sentirse libre y jamás atada por ningún hombre; de prolongar una vez más esa agradable sensación del frio y sudor, debajo de las sabanas de una cama. Ella toda su vida quiso ser quien ahora quería ser; le hubiera gustado ser la gitana que alguna vez fue su abuela, para leer la palma de las manos y adivinar el futuro de las personas, viajar y conocer lugares, bañarse en el río y adentrase en las cuevas, subirse a los cerros, a los árboles, a los techos de los molinos; Guadalupe era intuitiva, sabía leer el cigarro y el café; interpretaba los sueños, de vez en cuando escuchaba voces o tenía visiones,  podía leer la mente de James Thompson y saber sin equivocarse, el motivo por el cual se encontraba radicando en México. ¡No era la guerra contra México¡. Thompson buscaba algo más. Algo que no sabía si podía encontrarlo, no al menos sin su ayuda.

-      No te imagino rezando en un convento. – comento Thompson.

Guadalupe sólo se río. Ella tampoco se imaginaba a ella misma, haber soportado una vida de encierro, de prohibiciones. Después de todo, la vida no tenía que seguir siendo así de esa manera tan monótona y aburrida, sin sentido ni misión alguna. Guadalupe no tenía que soportar al padrastro alcohólico que cada mañana la violaba, ni tampoco al hipócrita sacerdote, que de vez en cuando la llamaba al confesionario, para encerrarla y obligarla hacer actos inmorales con sus genitales. ¡Claro que no se imaginaba haber llevado una vida así. Entre la hipocresía de los sacerdotes, que se flagelaban cada vez que fornicaban en la oscuridad de los túneles, donde nadie los viera, ni siquiera la luna para que ningún testigo, ni menos dios, los acusaran de brujería; encerrados en pasillos profundos y secretos, donde se guardaban muchos secretos que nadie en este país, ni en el mundo entero debían jamás de enterarse. Ella había renunciado a su vida religiosa, porque no tenía vocación religiosa para ello, o mejor dicho, su vocación no era la de una creyente católica. Ella desde pequeña había aprendido a venerar a dios, pero no aquel que los sacerdotes católicos le inculcaron, debajo de las cúpulas de sus templos, de las imágenes, las estatuas y de las sotanas que vestían; ella había aprendido a conocer a dios, en cada rincón del bosque, de los árboles,  en el canto de los pájaros, del ruido que hace el agua al pasar por el río, de las hojas que pisaba con sus pies desnudos, de sentirse desnuda y tocar el pasto, la tierra, el agua, el fuego; de sentirse parte de un todo, no de la fornicación de un hombre ni del otro, saberse parte de un todo que giraba alrededor de ella. Era difícil de explicar. No podía encontrar las palabras precisas para definir cuál era su concepto de dios. Lo que si estaba segura, es que si ella, hubiera tenido otra vida, la hubieran quemado por bruja.



¡Thompson rió¡. Una mujer prostituta que alguna vez había sido monja, no era nada común. Además de complacerle sexualmente en la cama, le complacía el oído con esas historias asombrosas de brujas y chaneques en el bosque, diablos y jinetes sin cabeza que se aparecían en los caminos; ella juraba y perjuraba que los había visto, que le había ocurrido a ella directamente o que algún familiar suyo, se lo había platicado. Si caminas sólo por el bosque, apareces rodeada de niños que se ríen de ti. Niños que salen de la nada; si te pierdes en la noche, escuchas el llanto de la llorona, una mujer vestida de blanco y de cabello suelto, que te lleva al río, para perderte y ahogarte en el agua. ¡Te juro que es cierto¡. Cuando la oyes gritar desde lejos, es que se encuentra cerca y la alcanzas a escuchar que te grita de cerca, realmente se encuentra lejos.



James Thompson siguió escuchando con atención las historias de Guadalupe; eran muy comunes en México el escucharlas. No había quien en ese país que no hubiera tenido una experiencia con lo sobrenatural. Todos juraban haber visto alguna vez al charro negro, a niños grotescos, mujeres que lloraban por la pérdida de sus hijos, jinetes sin cabeza, mujeres con cara de caballo, lucecitas en el bosque que aparecían y desaparecían, sobras misteriosas, hombres que se convertían en animales; muchos mitos, fantasmas, brujas, duendes. País de gente fantasiosa cuya creencia en la muerte y en la vida después de la vida, era posible. Todos juraban haber soñado o contactado, platicando o visto algún difunto. Quizás por eso el pueblo de México era sumamente religioso, cada familia construía su propio altar, en el que colocaban sus santos y sus veladoras, haciendo plegarias, pidiéndole a dios toda clase de milagros.



¡Existe una cueva secreta¡. - ¡Es en serio¡.-  - dijo Guadalupe - Esa cueva está cerca del Pedregal, allá por el pueblo de San Ángel. En esa cueva dicen que habitan el diablo. Dicen que es la entrada del mismísimo infierno, que por ese lugar, todas las personas que entran jamás salen; si logran salir, terminan embrujados o lo que es peor, salen de ese lugar, cuando la gente y sus familiares los creen muertos; pero ellos regresan años después viejos, perdiendo toda noción del tiempo, como si hubieran estado perdidos en esa cueva, por unos instantes, unos días, pero no por años. Dicen que hay gente que tiene más de cien años viviendo en la cueva y no se han percatado de eso. ¡Le paso a un padrino mío que se perdió en el bosque y luego regreso convertido en un anciano y loco¡.  La otra vez mi padrastro me contó alguna vez, que había conocido a una persona que logro entrar a esa cueva y logró salir con vida.  Le platico que esa era la puerta del infierno, “la boca del diablo”, dentro de ahí, había mucho dinero, joyas, oro, plata, cofres y barriles con muchas cosas, piedras extrañas, que brillan de noche, documentos extraños, cosas raras; dentro de esa cueva, hay un charro negro que cuida el lugar desde que el mundo se creó, al verlo, se te aparece y te advierte que todo la riqueza que encuentras en ese lugar es tuyo, con la única condición que te lo tienes que llevar todo, no puedes llevarte un puñado, ni un costal, ni siquiera una carreta repleta de cajas; tienes que llevarte toda la riqueza que tus ojos alcanzas a ver, sino lo haces así, así dejes una sola moneda, te condenas hacerle compañía a ese charro negro y cuando menos te das cuenta, te conviertes en uno de ellos por toda la eternidad, creo que ha de ser el diablo y ese lugar, ha de ser la entrada al infierno.



Thompson le llamo la atención esa historia, se sintió de repente atrapado por ella, sintió curiosidad donde era ese misterioso lugar. Guadalupe le dijo que cerca del Pedregal; pasando el pueblo de San Ángel, subiendo las lomas y cruzando el río; un lugar desértico porque no había cristiano alguno que tuviera el valor de cruzar el bosque; pues también espantaban de día, ¡es en serio¡. Sientes que una persona te sigue y cuando volteas no encuentras a nadie, si subes a caballo, sientes que alguien está sentado detrás de ti, el caballo relincha tratando de aventar al pasajero extraño, al que sientes que te jala de los hombros para tirarte del caballo. Thompson rió, no porque dudara de lo que escuchara, sino por la forma en que lo decía su compañera. Agradable su plática le dio un beso en la boca y siguió escuchando otras historias.



En el convento donde estuve, existen túneles secretos, si te metes en ellos, puedes perderte y jamás regresar al lugar donde entraste. Pero muchos monjes conocen los caminos secretos y caminan sobre ellos, porque son más seguros que cruzar el propio bosque donde habitan los demonios. Esos túneles son pasillos ocultos debajo de la tierra, en ellos hay cadáveres enterrados, mucho dinero escondido, y lo que es peor, pueden llevarte a la propia boca del diablo; a mi me consta la existencia de esos túneles, porque yo caminaba sobre ellos.

-      ¿Conoces esos túneles?.
-      ¡Si¡. Hay un pasillo largo, muy largo, por momentos es demasiado ancho y en otros, demasiado estrecho; hay muchos quinqués que alumbran el camino, si caminas sobre uno de esos túneles, donde crees que te saca.
-      ¿Dónde?.
-      A la mismísimo Convento del Carmen.



Un túnel secreto al Convento del Carmen. ¡Increíble¡. ¿De dónde a dónde?. ¡Del convento del Desierto de los Leones al Convento del Carmen¡. ¡Fantasía¡. ¡No era creíble¡. Guadalupe estaba fantaseando. Todo lo que decía era una mentira, producto de su imaginación. ¿Qué caso tenía construir un túnel de esos? ¿Para conectar dos iglesias?. ¿dos conventos?. ¡Si¡. Un convento era de monjes y el otro de monjas. ¿Sabrás lo que hacían en ese túnel?....  Lejos de los ojos de dios….Thompson miró con incredulidad a Guadalupe, pero ésta le sostuvo la mirada. ¡Era cierto¡. Ella había caminado por ese puente. Sabía lo que los monjes hacían por esos túneles. En ella, enterraban los niños que las monjas abortaban. ¡No digas tonterías¡. – dijo Thompson.



Esa mujer era una vil prostituta. No tenía nada de monja, estaba mintiendo; todo lo que acababa de decir era producto de su imaginación; había estado conviviendo con una mujer que creía inteligente, pero realmente estaba enferma de su cabeza, se sentía bruja, luego monja y no era más que una simple puta. A lo mejor, eso era y siempre había sido, una simple e ilusa prostituta, que ni siquiera había sido monja.

Guadalupe se paró de la cama muy enfadada y en actitud retadora amenazo a Thompson, diciéndole que algún creería en esas historias. Thompson, siguió mirando con desconfianza lo que decía esa mujer fantasiosa. Tantos clientes le platicaban tantas historias, que seguramente todo lo que acababa de decir, no era más que una síntesis de todo lo que les había escuchado. Brujas, chaneques, nahuales, charros negros, niños monstruosos y ahora, hasta emparedados en los túneles secretos de San Ángel al Desierto de los Leones. Thompson se paró de la cama, después de haber escuchado todas esas historias fantasiosas producto de la imaginación del pueblo. Ya no tenía porque escucharla.

Guadalupe se enfadó porque sintió que todo lo que había dicho, no le había sido creído, como si la hubieran tomado por loca, mujer fantasiosa, pero era cierto. Guadalupe todo lo que le platicó a Thompson era cierto. En verdad existía ese lugar y también esos túneles secretos; le constaban, porque no solamente los había visto con sus propios ojos, ni tocado con sus propias manos esas paredes y con sus pies había pisado esa tierra; sino que también, a más de quince años de haber dejado la vida religiosa, podía regresar a ese lugar y señalar con precisión, donde se encontraban la puerta de acceso de esos túneles.

-      ¡En serio¡. – Exclamo sorprendido Thompson - ¿Me llevarías a ese lugar?.
-      No papacito. No te llevare a ese lugar, Porque no me crees.

Thompson se rió. Sólo alcanzo a decir con los labios cerrados.

¡Pinché puta¡.


jueves, 15 de septiembre de 2016

CAPITULO 42


-      ¿Qué me cuenta de la política don Enrique?. – pregunto el viejo decrepito en el comedor de la hermosa Casona de Tizapan; ahí a su lado, su hermosa esposa Amparo y mi futura prometida Fernanda; todos sentados en el comedor en la hora de la comida.
-      Nada nuevo que no sepa el país entero. El golpe militar del general Salas fue exitoso. Se espera que en cualquier momento desembarque Santa Anna – Jorge Enrique Salcedo tomo aquella deliciosa jarra de agua de Jamaica para servirse.
-      Se lo dije don Enrique – río don Alfonso Martínez del Valle – se lo dije, yo siempre lo supe. El general Santa Anna regresará para defendernos de esos perros americanos. – En cambio, el viejo volvió a tomar otra copa, no propiamente de agua de Jamaica, sino de vino.

Al mismo tiempo que don Alfonso perdía la razón a causa de su embriaguez;  Enrique Salcedo veía por unos instantes a su prometida, una niña tierna,  luego cambiaba de vista para mirar disimuladamente a su suegra, quien a comparación de Fernanda,  era una mujer triste, de una experiencia enigmática; en ese suspiro reprimido, Jorge Enrique llego a sentir que le cruzaba la mirada, que su suegra le correspondía la mirada, pero al hacerlo, cambio inmediatamente el ángulo de sus ojos para no ser sorprendido, pero en ese instante, observó que al parecer, había sido descubierta por Fernanda.

-      Me sirves por favor Enrique – dijo Fernanda sin quitarle la mirada de su vista y con una voz que insinuaba una ligera sospecha, quizás un celo disimulado.
-      Como no Fernanda – Enrique volvió a coger aquella jarra y sirvió el vaso de agua de Jamaica, como tratando de simular que no había pasado nada.

Don Alfonso, había terminado de comer. Sin embargo, continuaría sentado en la mesa, hablando una serie de incongruencias de las que no se le entendía nada. Hablaba de sus viejas amistades y de sus clientes, y de otros temas, que realmente, no le interesaba poner la minima atención.

-      ¿Ahora que va hacer don Enrique?. – creo yo, que le pinta un mejor panorama, si su ex jefe regresa nuevamente como Presidente.
-      Posiblemente.

Enrique volvió a observar a Fernanda y vio su cara de fastidio, al escuchar en la voz de su padre, lo que sería una conversación de cuestiones políticas. Entonces, se dio cuenta, que había tenido una figuración, Fernanda no sospecharía de nada; no sería capaz de leerle la mente.  No había visto por su fortuna absolutamente nada.

-      ¿Y sus clases de inglés?. – pregunto nuevamente el viejo - ¡Hip¡. .
-      Bien, muy bien don Alfonso, tengo una excelente maestra de inglés. – Contesto Salcedo mirando nuevamente a Amparo.
-      Es lo único bueno que tiene esta mujer. – comento despectivamente don Alfonso, como queriendo que su futuro yerno, riera de un chiste. Obviamente Enrique Salcedo no hizo gesto alguno. Tomo la copa de alcohol que le ofrecía su suegro y la ingirió. Dentro de su alma, no podía permitir que nadie, absolutamente nadie ofendiera a la mujer que en alma y muy bajo su reprochable censura, creía amar y respetar.

Ahí seguía sentada su amada. Amparo con aquel porte de señora; su vestido elegante, su rostro algo demacrado, como si no hubiera dormido en días, ¿Qué tendría?, ¿en que estaría pensando ella?. ¿le podría ayudar en algo?.  A su lado, en la cabecera de la mesa, el escribano seguía bebiendo  tratando de seguir una conversación  no inteligible, sumamente aburrida; sólo él se reía de sus chistes y se volvía a servir, no pudiendo ocultar para ese momento su borrachera, hasta que éste tuvo la genial idea de preguntar por un tema que incumbía a todos.

-      Ahora que regrese el general Santa Anna, debemos llevar a cabo la boda lo más pronto posible.

Todos en la mesa quedaron inauditos con esa propuesta. Nadie esperaba que de aquel ebrio saliera un tema incómodo para todos. Entonces don Alfonso observó un poco extrañado sobre la repentina reacción de todos.

-      Papá crees que el general Santa Anna pueda designar a mi prometido, como embajador o jefe de alguna aduana. – intervino Fernanda como queriendo desviar el tema de conversación. Era obvio, Fernanda no quería que se tratara ese tema.
-      Claro que si hija. Lo puede nombrar hasta Vicepresidente de la Republica; por eso el día de la boda, deberá ser en grande…contrataremos a una orquesta y haremos un gran banquete, donde acudirán…

Amparo seguía comiendo, guardando aquel silencio que censuraba más de mil palabras de reproche.

-      Don Alfonso – interrumpió Enrique  - considero que lo más prudente sería esperar a que el general Santa Anna regrese a México
-      Qué tal si nunca regresa ese hombre – comento Amparo rompiendo su silencio.
-      ¡Tú cállate mujer¡. ¿Cómo se te ocurren esas estupideces? – respondió en forma altanera don Alfonso.
-      No tiene nada descabellado lo que supone su esposa. El puerto de Veracruz al parecer está bloqueado y difícilmente podrá ingresar una flota mexicana, más aún, si su pasajero es el distinguidísimo generalísimo.
-      Mi general Santa Anna va a regresar este país. Tiene muchas cosas pendientes que resolver. ¿Recuerda?.

Claro que Enrique recordó a que se refería su futuro suegro. Más de quince millones de pesos enterrados en el patio de esa Casona se los recordaba. El precio de la corrupción, la traición y la demagogia.

-      Cuando regrese el general Santa Anna le pediremos amablemente que comparta la comida con nosotros. Lo sentaremos en esta mesa y …

Amparo siempre consideraba que la comida era muy sagrada, para que esta no se pudiera compartir con sujetos de muy indeseable reputación. Su forma sutil de manifestar su inconformidad, era transmitir el desprecio y la indiferencia que ella sentía por su marido.

-      Insisto don Alfonso. Aún no podemos hechos las campanas al vuelo. Necesitamos esperar que se tenga certeza de que el general Santa Anna regrese a México. Si así lo desea, tan pronto el generalísimo pise el territorio nacional, podremos hacer los planes sobre los preparativos de la boda.
-      Muy bien don Enrique - ¡hip¡ - acabo de escuchar lo más sensato del día, en boca suya. Cuando regrese mi amigo, haremos los preparativos de la boda. Que todo México, si todo México, deberá saber.

Todos continuaron sentados en la mesa, al mismo tiempo que don Alfonso volvió a servirse más vino. Nuevamente Enrique volvió a mirar su suegra, quien para ese instante, pensaba que el general Santa Anna regresaría para planear su defensa ridícula de la patria. - ¡Señora Amparo¡ ¿Qué le pasa?. ¿Sucede algo? – eso pensaba Jorge Enrique a ver a su señora pensativa, preocupada, con su cabello largo y algo maltratado, con algunas arrugas en su cara, pero con una belleza sutil; su yerno la miro, la seguía mirando y no podía dejar de hacerlo ni por un solo segundo, quería hablarle con sus ojos, decirle en la voz mental que todos los seres humanos tenemos, para decirle que ella, siempre podría contar con él. - ¡Señora Amparo¡. Creo que la amo. Perdone mi estúpido atrevimiento, pero creo que la amo – Ahí con su vestido gris, el botón de su vestido hasta su cuello, con una silueta hermosa, tal cual si fuera una escultura griega, que esperaría por lo menos, le respondiera con los ojos;  un secreto que debía de revelar, algo que ya no podía callarle – ¿Que tiene señora Amparo?. Sin embargo de nueva cuenta, Fernanda lo interrumpió en ese lapso.



-      Me sirves más agua

Enrique nuevamente sorprendido, volvió a disimular aquello que realmente no podía ser, así que de la forma más natural, volvió a tomar la jarra de agua de Jamaica y le sirvió a su prometida, como si nada estuviera pasando. Al menos eso creía, porque el gesto de Fernanda, al parecer era otro. ¿Lo habría sorprendido?.

-      ¿En qué piensas Enrique?. – pregunto en una forma muy tentadora su prometida.
-      Nada mi vida. Ah decir verdad estoy muy cansado, preocupado, no sé qué tenga corazón. Este último cambio de gobierno me ha puesto nervioso. Disculpa cariño.
-      Si ya veo, como te tiene preocupado. – Fernanda respondió en forma irónica, haciendo una mirada de repudio hacia su propia madre.

Amparo volteo y se percató que su yerno, por un largo instante la había estado mirando y que al parecer habían sido descubierta por su hija, entonces tratando de disimular la situación, tomo la servilleta, se limpio la boca y anuncio su retiro.

-      ¿A dónde vas?, ¡no hemos terminado¡ - dijo don Alfonso.
-      Déjala papá, seguramente tiene dolor de cabeza.

Amparo dejo el comedor, mientras que Enrique siguió tratando de simular una conducta, tal cual si no pasara nada.

-      Entonces – dijo aquel viejo decrepito cuya condición etílica era sumamente pestilente – yo también procedo a retirarme.

Don Alfonso se paró de la mesa con trabajo, tomo su bastón para evitar caerse. La señora Juanita trato de agarrarlo para que este no se cayera, pero esto no dejo ni siquiera lo tocara – yo puedo sólo, quítate de aquí india.

Habiéndose retirado sus respectivos suegros, Fernanda y Enrique se quedaron solos, mirándose ambos a los ojos frente a frente, como si por algunos momentos, ambos se predispusieran a iniciar una discusión.

-      Me llevas al parque. – dijo en forma imperativa Fernanda.
-      Si corazón. – respondió nerviosamente Enrique. Tenía que actuar de una forma natural.

Enrique tomo del brazo a su prometida y le retiro su asiento. La mujer entonces en forma muy cautiva procedió a dar órdenes a la nana Juanita, comportándose por algunos momentos, con el mismo temple y altanería de su señor padre.

Ambos se retiraron de la casa, Jorge Enrique le tomo el brazo a su prometida  y empezaron a caminar por las calles que rodeaban la lujosa mansión. A lo lejos se escuchaba el canto de los pájaros, era una tarde nublada y el aire que se respiraba, era fresco, como si amenazara en cualquier momento, con llover. Sin embargo, pese a ese silencio y a la incomodidad de seguir caminando, como si nada estuviera pensando, Fernanda por un momento se detuvo en su andar y pregunto:

-      Enrique. ¿En verdad me quieres?.

Enrique se quedó sorprendido por esa pregunta que le formulaba Fernanda. Había sido hasta en ese momento de la relación, la cuestión mas importante que le había formulado su prometida.

-      Si claro. – respondió titubeantemente Enrique, como si no estuviera convencido de su cariño, como si realmente, ni el mismo supiera ni pudiera ordenar debidamente sus pensamientos.
-      ¿Y en verdad quieres casarte conmigo?. – volvió Fernanda a formular otra pregunta, mucho más concreta y reflexiva.
-      ¡Claro que si¡ - respondió Enrique en forma automática - ¿porqué  preguntas eso?

Fernanda respondió:

-      ¡Por nada¡. Por momentos llegue a pensar algo en la hora de la comida, pero no es muy grave, olvídalo.
-      ¿Qué pensaste?.
-      No, no tiene importancia, una tontería, discúlpame.

Enrique sintió su corazón salirse de su pecho, ahora la interrogante era suya, esa curiosidad de haberse sentido descubierto, tenía que ser relevada en forma inmediata.

-      No cariño, ¿en qué pensaste?.
-      Pensé – se quedó callada Fernanda - …perdona el comentario tonto que voy a formularte, pero es que vi como observabas a mi madre.
-      ¡Que yo observaba a tu madre¡. – respondió en forma exclamativa  como queriendo decir. - ¡Cuando¡, ¡como¡, ¡a  que horas¡.
-      Cuando comíamos. Observe que mirabas a mi mamá de una forma muy especial.
-      No sé a qué te refieras Fernanda, miro a tu mamá, como puedo mirar a tu papá, eso no se que tenga de especial.
-      Es que sentí…- otra vez volvió a quedarse callada Fernanda, como no queriendo decir, lo que realmente empezaba a intuir.
-      ¿Qué sentiste?....

Fernanda siguió callada, pero hablo con la mente.

-      ¡Que tu mamá y yo¡…¡por favor¡. ¡Como se te ocurre¡.
-      Disculpa cariño, yo no dije nada.
-      Pues ni te ocurra decirlo. Yo respeto demasiado a tu madre, para que llegues a suponer esas aberraciones, ¡como crees¡, ¿Cómo puedes pensar que yo y tu mamá?. ¡Por favor Fernanda¡, no vuelvas a tener ese tipo de suposiciones falsas, que lo único que consiguen es ofenderme  y obviamente a tu madre.
-      Disculpa corazón, es que vi que la mirabas, como si la desearas.
-      ¡No vuelvas a decir estupideces¡ - grito Enrique¡ - que tu padre jamás se entere de estas suposiciones tuyas, no vuelvas a jamás a tocarme este tema, yo respeto a tu madre, porque es una gran mujer y nada más, pero a eso que digas que yo…o tu mamá …¡por favor¡, como se te ocurre ese disparate¡.
-      Disculpa corazón, pero no es para que reacciones así,
-      Pues no vuelvas a ofenderme. ¡Jamás vuelvas a pensar eso¡. Respeto a tu madre, únicamente la respeto. Yo solamente te quiero a ti, ¡Lo entiendes a ti¡.
-      Yo lo sé cariño. Discúlpame por contarte esto, no fue mi intención.

Enrique se reprocho una y mil veces por el momento que había pasado. Como era posible que fuera tan imbécil para experimentar esto. Como podía fijarse en una mujer mayor que él, que además era la madre de su prometida. Maldito fuera él y su hipocresía, su conducta criminal, pecaminosa, como podía ser un farsante y comportarse de una manera tan vil. Realmente era para que se matara, para que el mismo se condenara en los infiernos, por haber mentido a su prometida y haberse mentido a él mismo. Por no ser tan valiente como le hubiera gustado ser, para declararle su amor, a la madre de su prometida. ¡Que estúpido¡. ¡pobre infeliz¡. Que poca estima. Debería de irse a un tugurio y meterse con al primera prostituta que le hiciera desbordar toda aquella pasión y coraje que tenía. Que sentía por una mujer prohibida. ¡Maldito seas Enrique¡. Púdrete en el infierno. Llora en la oscuridad. Matate, antes de que el cinismo o la vergüenza, lo haga por ti.



Mientras que en otro lugar de la casa, yace Amparo en la alcoba de su casa, sentada frente al espejo. Una mujer bonita pero maltratada. Una mujer de una tristeza con una alegría muy oculta. ¿Por qué tenía que sufrir ella a la que Enrique amaba con silencio?. ¿Por qué no podía hacer su vida como quisiera?. ¡Borrarse porque no de este mundo¡. Desaparecer toda ella y todo vestigio de su pasado vergonzosos y de un futuro que nunca jamás llegaría.

Amparo estaba muy triste, con las ganas de llorar y reventar al llanto, sólo observó cómo su marido entro a la recamara, para tirarse a la cama, a roncar como si fuera una bestia. ¿Por qué tenía que vivir con ese hombre?. ¿Por qué tenía que compartir nocha a noche, su cuerpo en los brazos, piernas y boca de ese monstruo. Era más digna, la más vulgar de todas las prostitutas, que ella misma que aparentaba ser una dama de la alta sociedad. Eso no podía ser; observó a su marido decrépito, viejo, oyendo como roncaba en forma grotesca y ruidosa. Como ese olor alcohólico apestilaba el lecho más sagrado de todo matrimonio. Tenía coraje, mucho coraje, de haberse sentido deseada por una persona más joven y no haber correspondido. ¿Qué diría la moral¡. Su hija, su esposo, la iglesia; que dirían sus vecinos, sus familiares¡. Que diría el propio yerno de haberse sentido descubierto de que ella, al igual que él, deseaba sólo un instante, quizás un momento de lujuria, o por qué no, un abrazo cariñoso, un beso tierno sólo eso, un beso, un apoyo, una columna, un hombre, una pareja; sólo el amor, prohibido, tormentoso, tierno, respetuoso.



¿Por qué tienen que pasar esas cosas?. ¡Porque complicarse de esa forma la vida?, en un momento en que el cadete Jesús Melgar planea fugarse del Colegio Militar, en que Fernanda mantiene una correspondencia secreta con el joven cadete; en que Enrique llora de coraje por la miseria de hombre que es y en que Amparo, sentara en su recamara, mirándose al espejo su cabello maltratado, recordando tormentosamente a un hombre; no al que la amaba en silencio, sino que aquel, que alguna vez amó y volvería por ella; aquel con que alguna vez se casó y la abandono a su suerte:  James Thompson. El espía, al servicio del gobierno de los Estados Unidos de América.