domingo, 14 de agosto de 2016

CAPITULO 11


Aquella tarde, trabajando en el Palacio Nacional, el Coronel Yáñez había recibido aquella carta, enviada por aquel militar, vestido de humilde civil. – Vengo de parte del “Jefe” – fue la clave con la cual se identificó aquel sujeto, quien inmediatamente fue reconocido por el Coronel Yáñez. Se trataba nada menos que un enviado del mismísimo general Antonio López de Santa Anna. Inmediatamente, el Coronel Martín Yáñez al saber quién era el emisor de la epístola, tomo las debidas precauciones para que nadie en la oficina, se diera cuenta del lazo comunicativo que tenía con el hombre más odiado del país.

-      Algún mensaje para mí.
-      Sólo me encargo el general que le hiciera entrega personal de dicha epístola.
-      ¿Se encuentra bien el general?.
-      Se encuentra recluido en la cárcel de Perote Veracruz, no ha recibido las debidas consideraciones que su investidura merece; teme por su muerte; por ello, me ha enviado con Vos para ponerme a sus ordenes.
-      ¿Cuál es su indicativo soldado?.
-      Cienfuegos. Pero mi nombre es el Sargento Ignacio Salazar. – Se puso en posición de firmes, saludando a su superior jerárquico. Sin embargo, impulsivamente Yáñez a punto estuvo de gritarle que no hiciera la respectiva señal de subordinación, para que nadie absolutamente lo descubriera en su verdadera identidad de militar.
-      Tiene conocimiento de algún plan militar que implique la liberación de mi general.
-      Por el momento ninguno Coronel. Sin embargo, tengo conocimiento de los planes del Coronel de Artillería Joaquín Rangel, para encabezar en breve término, la nueva revuelta que hará liberar al general, para su pronto regreso a la capital.
-      ¿Qué referencias tiene del Coronel Rangel?.
-      Acompaño al general en su campaña militar del año pasado, es fiel a mi general. Esta convenciendo en secreto a varios oficiales de la Guardia de los Supremos Poderes y a mi general Mariano Salas, para encabezar la revolución.
-      ¿Para cuándo?.
-      Quizás en unos dos o tres meses. Cuando la suerte del general Santa Anna se resuelva. En caso de que se le condenara a muerte, los planes se adelantarían; ¡Mi general cuenta también con su apoyo¡.
-      Eso ni lo dude Sargento. Aquí estaremos cuando él así lo disponga.

Yáñez, se quedó mirando el sobre que contenía la carta, permanecía todavía sellado, con aquella seda que plasmaba tan distintivo sello de su mentor.

-      ¿Dónde se encuentra hospedado?.
-      En un mesón de Santa María la Redonda.

Yáñez saco de la bolsa de su chaqueta, una tarjeta en la cual anoto un domicilio.

-      Diríjase a este lugar, ahí encontrara posada y alimentos, hasta en tanto, no le remita a Vos, la contestación a la presente. – Extendió la mano, entregándole la tarjeta.
-      Como Vos ordene Coronel.



Se retiro el militar vestido de civil. Hasta en ese momento, Yáñez había recibido el mensaje de su jefe inmediato. La comunicación volvió a entablarla, esperando de nueva cuenta, recibir sus instrucciones. ¿Qué nueva orden contendría la carta?. Violo el sello de seguridad que contenía la carta, desdoblando el papel procedió a leerla en secreto, revolviéndola con otros documentos, para tener la posibilidad de esconderla en caso de que fuera descubierto.

Sres. Coronel Yáñez y Licenciado Salcedo.
Jalapa, Enero 18 de 1845.
Muy señores míos y de mi particular aprecio. Hoy escribo por conducto del portador al fin de que por su conducto se instruya al escribano Alfonso Martínez del Valle, para que los títulos de propiedad de los bienes raíces de mi propiedad, queden depositados bajo su custodia, en la Casona de Tizapan, 
Comuníquenle también a V.V. que tenga la bondad de recibirlos y de mantenerlos con la discrecionalidad que amerita el caso, hasta en tanto, el suscrito pueda disponer libremente de mis propiedades.
Agradezco sus finas atenciones e instruyo al Coronel Yáñez, para que tan pronto termina esta revuelta que contra mí se ha promovido, pueda hacerme llegar esos recursos para destinarlos a mi joven esposa e inocentes hijos, en caso de que el de la voz fuera condenado a muerte; sino en todo caso, solicito benevolentemente que los mismos sean custodiados, hasta mi regreso a la capital.
Dispensen V:V: esta molestia de su afectísimo seguro servidor.
Gral de División. A.L. de Santa Anna.

Yáñez termino de leer la carta y la escondió en su chaqueta, como si fuera un tesoro invaluable. Había recibido una instrucción, del cual ya había tomado las precauciones necesarias, cuando decidió de mutuo propio, esconder los dos millones de pesos en barras de oro en las cuevas de la Barranca del Moral, arriba de la Casona de Tizapan. Sin embargo, tal medida no le satisfacía de todo, el escribano no le inspiraba confianza, quizás en eso tenía razón el licenciado Salcedo, la supuesta compraventa de los territorios del norte de México a los indios apaches, parecía una farsa, una cruel burla que no llegaba todavía aceptar; y que al igual que su amigo el licenciado Salcedo también ponía en duda, pero obviamente en secreto.



Lo importante en este caso, es que la supuesta compraventa de esos terrenos aún no concluía, si bien es cierto las supuestas comunidades de indios apaches habían entregado los títulos de propiedad que en su momento les había extendido la Corona Española, también lo era que el precio pactado - ¡Cuatro millones de pesos¡.- todavía no se había pagado. Por el contrario, el dinero había quedado escondido en una centena de cofres, en las cuevas de la Barranca del Moral. Terrenos propiedad de los monjes carmelitas, propiedad del clero católico pero que usufructuaba algunos prósperos políticos que a través de sus prestanombres, algunos escribanos, explotaban esas tierras. Uno de esos tipos, el escribano. Tipo tan más oscuro y gris, a quien no dudaría, haber hecho gala de su lengua leguleyo, para engañar al general y robarse esa codiciada cantidad, o bien, quedarse para siempre con esos títulos de propiedad para ofrecérselos a otro mejor postor.

¿Y si matara al escribano?. Si lo esperara salir algún día de su casa y ordenara a gente de su tropa que lo apuñalara. Nadie sospecharía de él, bien podría decirse que había sido víctima de algunos ladronzuelos de la Ciudad, total en esos tiempos de inseguridad, nadie podría sospechar del móvil del crimen. Cuatro millones de pesos. Si al general Santa Anna lo fusilan y la revuelta que intenta liberarlo fracasa. Entonces habría que matar al escribano para recuperar los títulos y desenterrar el tesoro de donde se encontraba escondido; Yáñez sólo reía de imaginar la escena; el mismo que había encabezado la operación de enterrar cofre a cofre, sería ahora el encargado de rescatarlo; traería a diez de sus hombres, incluyendo a su amigo Salcedo para sacar el dinero; lo compartiría, se quedaría obviamente con la mayor parte; después se iría del país, quizás  a Panamá, o porque no, iría a España, o  a otro mundo, a otra tierra, donde si se pudiera vivir en paz y sin preocupaciones, como en éste pinché país.

¿Qué sucedería con la esposa del escribano y de su hija?: ¡Ah pinches viejas¡. Lo peor de todo, es que la esposa del escribano estaba muy bien, toda una verdadera yegua, ¡maldito viejo¡. Con tan sólo recordarla, podía olerla. Como podía poseer a esa mujer tan radiante; no le bastaba tener una hija hermosa, sino también ser el dueño de esa monumental mujer, el cual, por más que se afeaba en su persona, sus vestidos no podían esconder aquella silueta tan provocadora.



La vez que enterró el tesoro se hizo acompañar de aquel bandolero de nombre Ignacio Cienfuegos, la Señora bajo, pregunto quien era su acompañante, a lo cual él contesto que un simple sargento del ejército, encargado de una misión. ¡No era cierto¡, ella obviamente tampoco creyó que fuera un vil militar cuando toda sus apariencia era de un bandolero. Se dio cuenta, que pasando el rio, arriba en los montes, se enterraron o quizás se escondieron en las cuevas de aquellos cerros, por lo menos cerca de cien cofres que escondía el tesoro de la nación. Maldita vieja, quizás por con su bello cuerpo se prostituía cada noche en manos de aquel vejete, a cambio de dinero; sólo así podía explicarse como una mujer tan hermosa como la esposa del escribano, podía estar casado con dicho tipejo. Qué tal si el día en que rescatara el dinero, matara al vejete y violara a su esposa. Sólo reía Yáñez de imaginar la escena, su hombría, su poder; ¡yo soy un cabrón¡, ¡yo si soy un cabrón¡, no como el pinché cojo que es un hablador. ¡Yo si soy un cabrón¡, puedo tener la vieja que quiero, la casa que quiero, gastar el dinero en lo que yo quiero. Acomódate pinche vieja, mámame la verga, ¡yo soy tu pinche hombre¡.

Pero eso era una fantasía, quizás demasiada perversa, era sólo un sueño criminal, sentirse por unos momentos, homicida, violador y criminal; había que resistir a ese tipo de pasiones que solo saciaban la parte bestial del hombre mismo, pero que nada bueno lo orillarían. Bien o mal, era un hombre respetable, a quien debía considerar debido trato y consideración cualquier mujer, incluyendo la esposa del escribano; mujer más grande de él, que sin negarle su todavía belleza, no podía como caballero que era, faltarle el respeto. Ni a ella, ni mucho menos a su hija, que bien podía cortejarla, pero que obviamente, no era de sus gustos aspirar a la vida de los hombres casados.

Entonces Yáñez siguió observando aquella carta y recordando aquella instrucción de su mentor político le dio: -  “Los títulos de propiedad de los bienes raíces de mi propiedad, queden depositados bajo su custodia, en la Casona de Tizapan”; - tenía que hablar con el escribano, para mostrarle personalmente la carta y darle la instrucción a éste de que no tocara nada, ni siquiera el dinero que se encontraba bajo en depósito y a su estricta responsabilidad. Sería un buen momento, para visitar a esas dos mujeres hermosas, propiedad del maldito vejete escribano. Le pediría a Salcedo que lo acompañara.

-      Coronel Yáñez – toco la puerta el licenciado Salcedo, luego de haber impartido su respectiva clase en la Academia de Jurisprudencia.
-      Adelante licenciado, tengo algo importante que comunicarle. Justamente había pensado en Vos.
-      Yo también mi distinguido amigo; quien los dos empieza primero.
-      Usted primero licenciado, que noticia viene a comunicarme.
-      Voy a cortejar a la hija del escribano.  Me ha dado una señal para que inicie con ella un romance. – era una noticia que le alegraba el día sin duda alguna a Salcedo.
-      ¡La hija del escribano¡. – sorprendido respondió el Coronel Yáñez.
-      Si ella misma; no es una mujer hermosa.
-      Por supuesto, no lo dudo, pero más bella aún, es su madre, a quien los años, no han borrado su belleza.
-      ¿La mamá de Fernanda?. – pregunto desconcertado Salcedo – ¿la esposa del escribano?
-      Si ella misma, no la observó la vez pasada. ¿Creo que no la conoce?. ¡Oh si¡.
-      El día que fue el velorio de mi maestro, creí verla, pero no la recuerdo.
-      Ah pinche licenciado. Vos siempre tan distraído; no todo en la vida es trabajo. Cuando conozca a la madre de Fernanda, habrá deseado en convertirse en escribano, para tenerla entre sus brazos.

Obviamente, a Salcedo no se le hacía un buen comentario; que más podía esperar de un tipo tan promiscuo e inestable familiarmente como el Coronel Yáñez; quien teniendo dos mujeres y más de tres hijos regados, no se conformaba con asumir una vida responsable de jefe de familia.

-      Aprovechando su grata noticia de que en breve iniciara un romance con la hija de nuestro amigo el escribano – ironizo el Coronel Yáñez – le informo a Vos, sobre el último mensaje recibido de mi general Antonio López de Santa Anna.
-      ¿De Santa Anna? – pregunto admirado Salcedo.
-      De Santa Anna Su Señoría; de mi general de división Antonio López de Santa Anna, quien me remitió para su atención, la presente epístola

Yáñez le entrego la carta a Salcedo, para que esta la leyera. Al terminar de hacerlo le devolvió la carta.

-      ¿No entiendo?. Lo esta nombrando albacea de sus bienes, ¿o qué?.
-      Me está dando una orden a la que tenemos que cumplir. Aunque no lo diga expresamente, mi general esta ordenando que tanto los títulos de propiedad como los cuatro millones de pesos, de su última adquisición, queden custodiados en algún lugar seguro, en la Casona de Tizapan.
-      ¿Qué acaso no lo ha hecho así?.
-      Por supuesto, sólo que ahora habrá que amenazar al viejo, de que por ningún motivo, interfiera u obstruya los planes de mi general.
-      ¿Te refieres al escribano?.
-      ¿A qué otro viejo puedo referirme?. – Salcedo se quedo pensando por un momento – ¡Se me olvidaba decir, a tu futuro suegro¡. – Entonces se rió Salcedo.  Sin embargo Yáñez pensó orquestar en su cabeza, una magnífica idea.
-      ¿Dices que vas a cortejar a la hija del escribano?
-      ¡Así es¡.
-      ¿En verdad tienes planes, para andar con esa muchacha. ¿Qué has pensado hacer con ella?.
-      Aún no lo sé. ¡Iniciar un noviazgo¡ porque no, casarme con ella.
-      Si en verdad quieres eso, ,yo me encargare de todo lo demás. Esa mujer será tuya, yo me encargare de eso.
-      ¿Pero cómo vas hacer eso?.
-      Déjamelo a mí, tengo mis propios métodos. En menos de lo que te imaginas, tendrás como esposa, a la hija del escribano.

Salcedo se quedó pensando, agradeciendo el gesto de su amigo, sin darse cuenta, el plan perverso que estaba orquestando su amigo.

-      ¿Cuándo hablaras con el escribano, para comunicarle sobre el último mensaje del general Santa Anna?. – pregunto Salcedo
-      No lo sé, quizás mañana; ¿cuándo piensas hablar con ese señor, para manifestarle tus pretensiones con su hija?.
-      Yo creo que esta tarde. cuando el sol se desvanezca.
-      Muy bien, animo muchacho. Si has tomado bien esa decisión, yo seré el primero en apoyarte.

Salcedo se dispuso a retirarse, sin embargo, fue inmediatamente interrumpido por Yáñez.

-      Licenciado, se me olvido comentarte sobre el asunto del Coronel Gutiérrez y Mendizábal. ¿No lo ha ido a ver?.
-      Si, platique con él la vez pasada.
-      ¡Que bueno¡. Vea la posibilidad de incorpórarlo al Ejército. Es un recomendado de mi general Santa Anna.
-      Así será Coronel. ¿Otra cosa más?.
-      ¡Si¡. Me interesa conocer la hoja de servicios del Coronel de Artillería Joaquín Rangel.
-      Ahora mismo pido su expediente.
-      Otro favor mi querido licenciado.
-      Si Coronel.
-      Llámale al Oficial Gaudencio. Quiero hablar con él.
-      Ahora mismo se lo envió Coronel. Si no hay otra cosa en particular, procedo a retirarme.
-      Adelante licenciado. ¡Que tenga una muy buena tarde con su futuro suegro¡. – Riéndose ya el Coronel, se despidió de esa forma de su amigo.

Yáñez se quedó sólo riéndose de aquel plan, que iba a orquestar, donde todos iban a salir ganando.

-      Coronel, a sus servicios. – en posición de firmes, el Oficial Gaudencio, espero la misión de su superior jerárquico.
-      Vámonos a visitar a un amigo. Necesito que Vos y personal bajo su mando, me ayuden a esta misión importante.
-      ¡A donde Vos ordene Coronel¡.
-      Vámonos a los juzgados, ahí espero a un amigo mío.

Yáñez recogió su arma, la cargo y la guardo en su cinturón.  Junto con el salió el Oficial Gaudencio y otros tres soldados de la tropa, para cumplir con una misión importante: ¡Buscar al escribano¡.






sábado, 13 de agosto de 2016

CAPITULO 10


Es difícil asumir una vida de la cual, uno tiene que representar ciertos personajes. Ser funcionario del Supremo Gobierno o profesor interino de la Academia de Jurisprudencia no era suficiente para distraerse de las ocupaciones diarias. La vida de Jorge Enrique Salcedo Salmorán, necesitaba experimentar algo diferente, vivir quizás otra vida distinta a la que con cada día se despertaba, dándose cuenta que seguía siendo la misma persona, el mismo burócrata, académico y muy dentro de su profunda e intima soledad, la persona más vil, por momentos tediosa, amargado quizás al grado de sentirse infeliz, al extremo que por mucho que estudiara Jorge Enrique, no podía dejar de sentir esos momentos, en que cada instante de su existencia, le era larga, hueca, lenta, sumamente aburrida y cada vez más melancólica.

Tenía que sentar cabeza. La inmensa soledad en la que se encontraba viviendo, le obligaba encontrar a una mujer que lo quisiera, que viera por él, que no solamente le sirviera la comida de cada día o le preparara la ropa con la que debía de vestirse para ejercer sus múltiples ocupaciones, sino más que una criada a su servicio, necesitaba tener a su lado una mujer. No para satisfacer sus deseos carnales, simplemente, para encontrar aquella parte del alma que le hacía falta.

Quien iba a pensar que dentro de aquella taberna, en la que se iban a emborracharse, los militares, inclusive sus propios compañeros de la oficina; Jorge Enrique podía encontrar a la mujer de sus sueños. ¡Qué pena que en la Academia no estudien las mujeres¡. Si ellas estudiaran Jurisprudencia, seguramente yo me enamoraría de cada una de mis alumnas, podría enseñarles no solamente las leyes que gobiernan la republica, sino también, aquella parte del corazón, por la cual viven y mueren todos los hombres. ¡Que lastima que esa mujer, la hija del escribano no estudie Derecho, si así fuera, podría estar cerca de ella por lo menos una hora diaria, la suficiente para poderla contemplar, sentirla cerca de mi, recordar cada minuto de su invalorable presencia y pedirle, en aquellos momentos en que los alumnos vacían el salón de clases, fuera mi novia.

Al verla todas las mañanas pasar caminando por la Academia, Jorge Enrique se enamoró de la musa que le inspiraba, la muchacha fina, alta, de buenos vestidos, que en compañía de su nana, caminaba como reina. La hija del escribano, ella era la hija de tan abominable tipo, ¡ojala no haya heredado la maldad del padre¡, no sea el ángel Luzbel quien detrás de esa indescriptible belleza, esconda una ángel de maldad. Fernanda, ese era su nombre, podía ser sin duda alguna, una reina, una autentica dama de la cual, nadie absolutamente en la plaza, en la misa, en la alameda, en cualquier parte que la siguiera, podía ver la alfombra roja que pisaba, ni las campanas que repicaban su dignísima persona: ¡Ah Fernanda, si fuera poeta te diría lo que inspiras; si fuera escritor, te escribiría una novela inspirada en ti, para decirte lo tanto que te amo.



Fernanda como cada mañana se disponía a dirigirse a la Catedral Metropolitana. Niña adolescente digna de presentarse a sociedad para que cualquier hombre pudiera cortejarle y pedirle que fuera su prometida. ¡Ese podría ser yo¡. ¿Por qué no?. Después de todo, un hombre como yo, profesionista con un buen empleo y un cierto prestigio en la sociedad, podía aspirar a convertirme en el dueño de su vida. ¡Era de buena familia¡ Una reina como ella, bien podía aspirar a éste humilde siervo, quien podía entregarle su vida entera, para olvidar sus tardes melancólicas, y dedicarse a pensar en ella.

¡Dignísima, ilustrísima, excelsa, honorable, princesa de los hombres terrenales, Emperatriz de la Nueva Tenochtitlán, primer ministra del parlamento, heroína, hija de escribano, lúcida e instruida de los protocolos de Roma, soberana de Aragón, infanta de Madrid, descendiente de la familia Borbón por gracia de Dios y de todos los ángeles, ciudadana honorable y distinguida de las provincias de Guadalajara, Zacatecas, Veracruz y Cuernavaca; colegiala, bachiller, pasante y por que no, futura mujer letrada en leyes, honoris causa por la Real Pontífice Universidad de México¡, - podía decirle eso a su Ilustrísima; podía decirle que le amaba, que dentro de mi inmensa soledad, cada vez que la veía caminando rumbo a la catedral, ilusionaba que fuera alumna de la academia; sería mi estudiante adorada, estimada, predilecta del doctorante en leyes; ¿sería porque no?; la primera mujer abogada, Su Alteza Serenísima, le diría en cada clase Su Señoría; ¡Ah Fernanda¡. ¡En que época nos toco vivir¡. A lo mejor, dentro unos cien años, las mujeres como tu, puedan liberarse de ésta sociedad patriarcal; logren su emancipación total y puedan convertirse en lo que son; auténticas reinas que hagan de éste mundo, más sensible, más humano, mas llorón, más tierno y amoroso; ¡Ah Fernanda¡. Quizás en otra vida, vuelva a conocerte e identificarte como la mujer que amo, a la que sería capaz de entregarle mi vida entera.

Y cada vez que la veía, Fernanda sólo volteaba disimuladamente a verme; en esas horas en que Jorge Enrique ni católico era, tenía que fingir persignarse e inclusive rezar, para estar lo mas cerca posible de su bella amada. ¡Fíjate Fernanda¡. ¡Aquí estoy¡. ¡No quiero inventar la mínima excusa para buscar a tu padre a pedirle una escritura con la única finalidad de poderte ver, tan cerca como ahora estoy de ti, a tan sólo tres bancas de tu hermoso cuerpo, tan intocable, de cristal que cualquier brazo repugnante, podía ensuciar.



Si fueras alumna, si tan sólo la Academia permitiera que mujeres como tu ingresaran a las escuelas; ¡Ah Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana¡. ¡Ahora entiendo esa pasión por el conocimiento¡ que hizo convertirte en monja; si Fernanda fuera como tú, le diría cada una de estas palabras; le diría lo hermoso que eres Sor Juana Inés de la Cruz, aunque fuera el amante que deja ingrata, al que ingrato te deja amante; al que de mi amor maltrata deja constante, al que constante de mi amor maltrata. ¡Fernanda¡, ¡Fernanda¡. Eres tan bella, como lo fue Sor Juana, concédeme la dicha, de escuchar cada una de mis palabras.

Todas las mañanas la misma rutina, caminar por la misma calle, para encontrarte, buscar el mínimo pretexto para que voltearas a verme, aunque fuera un segundo, un pequeño instante en que tu mirada y la mía pudiera cruzarse. ¿Sabrás que existo?. ¿Acaso podrás pensar aunque fuera un breve espacio, que existe un hombre en la tierra que pueda amarte más que yo?. No dudaría que más de uno como yo, pudiera quererte, inclusive ser capaz de sacrificarse a sí mismo para estar contigo, pero te aseguro Fernanda, que nunca nadie como yo.

El domingo pasado, observe desde lejos, como aquel cadete te atestaba, como queriéndote obstruir el paso, me pareció que discutías con él, como si no quisieras cruzar la mínima palabra con él, entonces me vi tentado a intervenir, a pedirle a ese uniformado que te dejara en paz, que no era de hombres, ni mucho menos de aquellos que presumían el honor, acosar a una mujer como el venía haciéndote. Pude haberlo retado a duelo, olvidarme de su investidura de militar y yo de un simple civil; pude haber retado a golpes como cualquier rufián; pude haber hecho cualquier cosa, para salvar tu honra, en manos de tan indigno centinela.

Aquella mañana, al iniciar la semana, luego de disertar en el salón de clases, sobre las distintas teorías de la soberanía, de haber expuesto el concepto aristotélico de la autarquía, que no era más que una categoría ética con la que debía contar la polis, para ser autosuficiente y no depender de nadie;  y que decir, de la majestad o potestad del derecho romano, supremacía del imperio romano sobre cualquier otro reinado; ¡Ah Fernanda¡, quien diablos piensa en las discusiones de Hugo Groccio o de Juan Bodino; o las ideas contractualistas que sintetizaba Rousseau, si el soberano era atributo del monarca, o era una cualidad del pueblo. Para mi, podías ser una reina soberana y hacer que todo el pueblo te venerara a ti; yo sería tu profesor exclusivo y te aprobaría en las cátedras de escribanía y derecho público, acreditándote para ejercer el leal oficio de la Jurisprudencia; te protegería del claustro de docentes, serías cortejada  en cada minuto por algún distinguido catedrático que en todas horas pensara en ti; te nombraría procuradora del rió consulado, pretora de vuestra vida, amparada por sus excelencias los Reyes de España y los al tlatoanis de Nezahualcoyotl y Texcoco; te vería como la mujer benevolente de los plebeyos, reverenda, venerable de los románticos, jerarca de las normas como si fueras la Constitución misma; serías la mejor cortesana del imperio, aprendiz de magíster, doctus de la compulsa y certificación en la notaria de tu señor padre; serías por siempre la musa de todos los poetas, monarca de todas las ilusiones, vanagloriada del poeta anónimo y desconocido, modelo hermoso de todos los retratos y cuadros aún jamás pintados, amante de los deseos prohibidos, dueña de este día de la vida de su servidor y quizás el de mañana; asilada de su dama de compañía; serías por siempre la mujer hermosa hada de los señoríos de Chapultepetl, nieta de los coroneles de la Independiente Mexicana e hija de ninguno de los tenientes de la revolución Francesa, súbdita de Dios y de su señor padre, obediente de su pater familis; mujer amada y acosada por los magisters de la Academia y por algún cadete del Colegio Militar con el quien podría retarme a duelo; imaginarte en la intimidad de tu cuerpo y decirte al oído que eres agradable a la vista de los mortales e inmortales; deleitable, sensual, erótica, fascinante de los bajos instintos, grande entre las grandes, diva entre las divas, vehemente, intensa y vigorosa en el juego de la pelota; amable, gloriosa, enaltecida, ponderada, famosa, eminente, bienaventurada, presuntuosa, lactosa, esplendorosa, apreciada, orgullosa, vanidosa, cortes, encantadora, alegre, complacida, mil veces maravillosa, elogiada, ensalzada, bien apreciada, dama, majestuosa, alteza, serenísima, Reyna: Fernanda.

Podía darte más de ochenta títulos y hacerte reina de algún feudo imaginario; podía convertirme en poeta, dibujante, músico y hasta en escritor, con tan sólo recordarte y escribirte estas líneas;  tenía que decirte en alguna carta lo tanto que me inspirabas, mis pretensiones serias con tuyas, las ganas de iniciar este cortejo tan serio y respetuoso, hasta donde tú mismo lo orientaras. Aquella mañana, luego de haber discutido en la clase, las funciones del Estado, conforme a la teoría de la división de poderes de Montesquieu, de las facultades legislativas, administrativas y jurisdiccionales de los órganos de gobierno; de haber conversado con el alumno Villarejo, sobre la posibilidad de tribunales administrativos; aquella mañana corrí hasta la iglesia para decirte frente a tu cara, lo tanto que te amaba. Que no me importaba si alguna vez había sostenido algún amorío con aquel cadete del Colegio Militar; no me importaba tu pasado, ni los hombres que por ti pensaban; tenía que decirte a ti y sólo a ti, que en mi encontrarías, sino al mejor hombre, si por lo menos, a una persona que día con día trataría de serlo.

Aquella vez, hable con tu nana primero, la convencí insistentemente que te hiciera entrega de esa carta, la cual, la curiosidad te mato para leerla dentro de la misa, no sin antes haberte esperado en la discrecionalidad de tu casa y leer esa declaración de amor por ti.

Señorita Fernanda:
Permítome decirle que de un tiempo a la fecha, he venido siguiendo sus pasos; sabiendo de su existencia; que el día de hoy os la quiero mucho, como el día y de ayer y si me concede gracia, la amare por siempre; perdone mi locura y mis delirios de grandeza a vuestra excelencia, al tomarme el atrevimiento de invocarle cada uno de los títulos que se ha hecho merecedora, las cuales espero oportunidad alguna para recitárselos en su oído; y también dispénseme por cuando el día que me otorgue dicha gracia, no pueda decírselos todos; pero es que no habría folios para poderle decir, lo que representa a su humilde servidor; justificome de la presente carta a causa de mi inmenso cariño, respeto y admiración hacía su digna persona, excúlpeme por siempre de todo crimen que pudo haber cometido, por el sólo grato y bendito hecho de considerarla eternamente:

¡Mi Reyna: Fernanda

Quedo de Vos, su vasallo, súbdito, consejero magíster y futuro doctorante en Leyes: Licenciado en Derecho Jorge Enrique Salcedo Salmorán, su leal amigo y eterno servidor, por los siglos de los siglos. ¡Amen¡

Cuando Fernanda termino de leer la carta, se sonrojo, se sintió muy halagada, había tenido un feliz momento, que ya había dejado de tener desde que su novio Jesús la había abandonado. Discretamente volteó a las bancas de atrás y encontró a Jorge Enrique, totalmente ansioso, curioso de esperar, cual sería la respuesta a tan importante declaración de amor.

Cuando termino la misa, Jorge Enrique corrió al atrio de la Iglesia, esperando pasar a su mujer amada. Al mismo tiempo que Fernanda sacara de su bolsa aquel pañuelo blanco, preparándolo en cualquier momento para dar la señal de que el amor que le profesaba aquel abogado, le sería correspondido. Ya sabía de él, lo reconoció también desde la tarde en que junto con la compañía de un militar, habían preguntado por su señor padre. Sabía que era un hombre de letras quien prestaba sus servicios en el Gobierno; un hombre, sino muy guapo, si por lo menos de una educación notoriamente superior al que podía tener cualquier otra persona en toda la Ciudad. Después de todo no era un mal candidato para reiniciar con el, su vida. Podía quererlo como en su momento lo hizo con Jesús; después de todo, que importaba sus fantasías de conocer hombres más guapos que su pretendiente admirador, si ahora podía encontrar en él, lo que ningún hombre podía ofrecerle.



En el atrio de la Iglesia, se encontraba esperando Jorge Enrique Salcedo, viendo o pasar a todos los asistentes a la misa; viendo desde lejos a los pelados, a los limosneros, a los comerciantes, a las damas en luto, y desde lo más lejos de los pasillos de la iglesia, la silueta de Fernanda, a quien esperaba en los minutos más largos de su vida, en la tan anhelada respuesta que podía enviarle. Si se mostraba indiferente a la carta que le había enviado, lo había ignorado, simplemente le había dicho que no, tendría que hacerse de la idea, que no sería esa mujer con la cual podía reiniciar su vida; sería muy maravilloso que ella hiciera una señal de reciprocidad, pero nada peor podría recibir aquella mañana, que su total indiferencia.

Cuando Fernanda se encontraba a unos pasos de él, quería abrazarla, obstruirle el paso, pararse frente a ella y entablar la primera conversación; era quizás una fantasía muy atrevida, pero que otra señal podía recibir de su amada, que le dijera si a su propuesta de cortejarla.

Entonces cuando Fernanda se disponía a cruzar su camino con Jorge Enrique, saco de su bolsa aquel pañuelo blanco y lo aventó al piso. El pañuelo cayó en señal de que podía existir posibilidades de iniciar un noviazgo con la hija del escribano, Fernanda sólo rió y fingió indiferencia y siguió caminando en compañía de su nana, al mismo tiempo que Jorge Enriquece se disponía a recoger ese pañuelo para besarlo como una importante prenda que le daba la señal de que sería correspondido.

Ya para ese momento, ya no veía el frente de Fernanda, sino su espalda, la cual se iba alejando, al mismo tiempo, que Jorge Enrique sostenía aquel pañuelo, pensando cual sería el siguiente paso.

Sin duda alguna, tenía que hablar con el escribano. Pediría permiso para cortejar a su hija. Fernanda seria su esposa.


viernes, 12 de agosto de 2016

CAPITULO 9


Fernanda era una mujer atractiva, joven, jovial, de complexión alta y una clase especial, que desde lejos podía verse su fineza, sus buenos tratos y ademanes, aunada a esa belleza celestial, que los ángeles no pueden ocultar.

Siempre a las diez de la mañana cruzaba la calle en compañía de su nana para dirigirse directamente a la Catedral Metropolitana, sin haberse percatado, que desde lejos, en el primer piso de la Academia de Jurisprudencia, los observaba aquel maestro de leyes, que tanto se deleitaba de mirarla y de fantasear con ella, historias, que jamás en su vida, experimentaría, ni contaría, ni a lo mejor escribiría.

-      Maestro, me escucha.

El licenciado Salcedo y Salmorán, escucho la voz de su alumno Armando Villarejo, quien había interrumpido aquellos breves minutos placenteros que desde la ventana del primer piso, veía a su mujer amada, sin saber si realmente, la amaba.

-      Lo escucho bachiller, en que puedo servirle.
-      Maestro, quiero decirle que sus explicaciones de Derecho Público, me son muy interesantes y me gustaría adentrarme más en el tema; pero desconozco, que libros son los que pudiera leer para profundizar más en el tema que usted, tan gentilmente nos enseña.
-      Los libros que le podría recomendar, además de ser de difícil adquisición, son también, de difícil comprensión; más en estos tiempos en que las ideas políticas se encuentran tan discutidas y a la vez tan ignoradas; que no quisiera que aprendiera de mi parte, la desilusión que a veces implica conocer la verdad.
-      ¿No creo que sea desilusionante, saber lo que Usted conoce?.
-      Desde luego que no, pero si vivirlo.

Jorge Enrique seguía observando la ventana, viendo como aquella silueta se iba disminuyendo poco a poco. Para ello la clase apenas iba a comenzar y los demás alumnos de la Academia, iban llegando al salón; al mismo tiempo, en que esperaban que el profesor iniciara en cualquier momento la clase.

-      ¿Qué está leyendo?.- Pregunto nuevamente el alumno Villarejo.
-      Thomas Hobbes, El Leviathán. Por cierto, ahora que me solicita usted algún libro recomendable para conocer cuestiones de política y de Derecho Público, no estaría nada mal que lo leyera. Sólo que le advierto que tiene que ser muy discreto en su lectura, puede ocasionarle algunos problemas.
-      No lo creo Maestro, viniendo de Vos su autorización y la concesión que me permita de su lectura, así como de su atenta recomendación, no creo que  pueda generarme problema alguno.

El maestro, sonrió a su alumno y le entrego el libro.

-      ¡Gracias maestro¡.
-      No tienes porque; en esta vida, hay que robarle tiempo al tiempo, y verdad a la verdad. No le hará daño saber, lo que es el gobierno de Dios y el gobierno civil.

Para esos momentos, el aula ya se encontraba la totalidad de los estudiantes, quienes sentados en sus respectivas bancas, con pluma en mano se disponían asentar las notas más importantes de la clase.

-      ¡Buenos días distinguidos bachilleres¡.

El grupo en su totalidad callado, se disponía escuchar la cátedra de su maestro.

-      Continuamos con la evolución de las ideas políticas del Derecho Público. Las cuales, recordando lo visto en la clase pasada, dijimos que estas tienen sus antecedentes en el Derecho Romano, pero que fueron tomando forma poco a poco, a partir de los estudios de los glosadores en la Universidad de Bolonia.

Hablar de la Universidad de Bolonia, sin hacer mención siquiera, que alguna vez en México, existió la Real Universidad Pontifica de México, creada por decreto de su majestad el Rey de España por cédula real del año de 1551. ¡Que tiempos aquellos¡, en que las universidades eran claustros del conocimiento, antes de que los mismos se contaminaran de la pedantería de pseudos doctores que disertaban el cuestiones dogmáticas tan absurdas, como la pureza de la Virgen María o el misterio de la Santísima Trinidad. ¡Válgame Dios¡. Tantos asuntos que tratar en este país, como la propiedad eclesiástica, su reciente independencia política o la construcción de sus instituciones jurídicas, el fomento a la agricultura, a la minería, la necesidad de construir vías ferroviarias, caminos, en pocas palabras, alcanzar la prosperidad, sino como la que decían que ya se vivía en Inglaterra o en Francia, si por lo menos tratar de alcanzar el nivel de vida político, cultural y hasta democrático de los Estados Unidos de América. ¡Pero no¡, nuestra distinguida Universidad, había sido un vestigio de la época medieval, y no propiamente, de las Universidades de Bolonia o de la Soborna, sino de un rezago cultural, académico, científico, artístico, propia de este oscurantismo que todavía nos gobierna. ¡Diablos¡. ¿Cuántos siglos de retraso en éste país?. Quizás hizo bien, el doctor Valentín Gómez Farías, al haber cerrado para siempre, esa institución tan grande, como lo fue la Universidad de México. 



-      El derecho público es un cúmulo de conocimientos, que sintetizan una serie de principios filosóficos respecto al ejercicio del poder político sobre un determinado territorio que conforma al Estado. Cabe señalar que dentro de esta teoría que contiene nuestra materia, se encuentran las opiniones de los jurisconsultos, de los filósofos y teólogos, los cuales algunos de ellos constituyen ratio scripta, misma que se encuentran insertados tanto en el Corpus Iuris Civiles como en las Sagradas Escrituras.

¡Vaya¡ ¡Vaya¡. Mira que citar como fuentes del conocimiento político, a las Sagradas Escrituras, o inclusive, aquella obra monumental de la historia del Derecho, como lo es el Corpus Iuris Civiles; sin poderles decir a mis alumnos, que en Europa, lo último novedoso dentro de la cultura jurídica, es precisamente, el “Código de Napoleón”, “los ideales de igualdad, libertad y fraternidad de la Revolución Francesa”. ¿Cómo decirles a estos muchachos que en el derecho Público, antes que explicar teorías constitucionalistas poco estudiadas, había que entender el pensamiento de Hobbes, Locke, Rousseau, Montesquieu, Tocqueville; mil veces ellos, que citar a Santo Tomas de Aquino o San Agustín, o inclusive hasta Pablo de Tarso o Moisés; ¡peor tantito¡, las citas de nuestros altos y distinguidos políticos, que sin entender el espíritu de los insurgentes de la revolución de 1810, son ahora los que nos gobiernan y conducen a éste país, cada vez más a la anarquía total.

Sin embargo, la academia no debe revolverse con los asuntos políticos, menos aún, de asuntos rutinarios tan temporales como los que se viven todos los días. Había que enseñarles a los alumnos, cual era la verdad, introducirles el amor al conocimiento, a la búsqueda y lucha constante, aunque fuera por momentos demasiada idealista o inclusive irracional, de poder construir una sociedad mejor, un país libre, justo, igualitario. ¿Cómo poder transmitir a este grupo de estudiantes, esa pasión por el conocimiento, por la Jurisprudencia?, ¿cómo enseñarles otra forma distinta de asimilar la realidad.

-      Sin embargo, las leyes eternas que rigen la forma en que el pueblo debe ser gobernado, no solamente las podemos encontrar en la raptio scripta; pues existen otras fuentes de conocimiento jurídico, ¡Cierto¡ con severas críticas, inclusive algunas de ellas censuradas por la Santa Iglesia Católica, con la pena de excomunión de quien se atreva leerlas; obras políticas que si bien es cierto no forman parte del legado y de la inspiración divina,  contienen algunas propuestas suficientes dignas para la discusión académica, que obligan a los juristas de hoy en día, a colocarse en la disyuntiva de averiguar, cual es la naturaleza y el objeto de estudio del Derecho Público. ¡Concretamente¡, el status de la cuestión que estudia el derecho público hoy en día, que podemos inferir tanto de la raptio scripta, así como de las obras políticas escritas en Europa y en la federación americana, se limitan a reflexionar sobre la unidad del Estado, la organización jurídica de la misma a través de una ley fundamental a la que llamaremos Constitución Política, así como también, la determinación del imperium de la autoridad gobernante, frente a sus gobernados.

Dentro de esa aula, iluminada por aquellas ventanas grandes, cada alumno de los ahí presentes, seguían escuchando con atención la cátedra impartida. ¡Después de todo¡, lo que dijera el maestro, era verdad sabida, era creíble cada una de sus palabras por el simple hecho, de que él era el maestro y en consecuencia, el único que sabía respecto a esos temas.

-      Esta tripartía entre Estado, Constitución y Persona, es lo más importante de nuestra materia Derecho Público. Es en sí, la sustancia de nuestra asignatura, lo que debe de estudiarse, criticarse y conocerse; pero siempre con la imparcialidad y objetividad que la verdad puede diluirnos. Sin entrar a los dogmatismos, apasionamientos y a las posturas políticas personales de cada uno de vosotros. Estudiar simplemente, la naturaleza jurídica del Estado, de lo que es y debe ser una ley fundamental como lo es la Constitución Política y el significado, no solamente teológico religioso de la dignidad de la persona humana, sino también, su connotación jurídica, brillantemente expresada en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadana promulgada en Francia, o bien, en la Carta de Virginia colonia de Norteamérica.

Aunque no debía de decir ningún nombre, ni una referencia espacial o temporal; era inevitable, casi imposible, citar algunos ejemplos mundiales, de lo que había ocurrido en Francia o en la revolución americana de las trece colonias. ¿Cómo no decirles cual era la situación política de esos países en comparación con la nuestra. Sin embargo, no hacía falta que el profesor se auto cuestionara dichas interrogantes, para ello, existía el alumno Villarejo, quien desafiando en forma respetuosa la autoridad del maestro, alzo la mano para preguntar.

- Maestro, como dice Vos acertadamente, que el Derecho Público, es el conocimiento que estudia al Estado, a la Constitución Política y a los individuos. Sin embargo, quisiera preguntarle, si a los países a los que hizo referencia, que son la republica francesa y los Estados Unidos de América, existe en sus respectivos mandatos legales, algún cambio social e inclusive político, que los haga totalmente diferentes en comparación a nuestra patria?.




Realmente Villarejo, quiso entrar a una discusión política, en la cual su profesor se pronunciara sobre la situación política y jurídica del país. Decirle cual era su postura, respecto al joven Estado Mexicano, sobre el ordenamiento legal que regía o debía regir a la nación y quizás lo más delicado de la pregunta, saber si los mexicanos de este suelo patrio, tenían garantizada una vida digna, libre e igualitaria, como posiblemente lo tenían los ciudadanos franceses o americanos. Pero como podía responder esa preguntar el maestro, como saber si el reciente Estado Mexicano, nacido el 27 de septiembre de 1821, es decir, ¡Hace veintiséis años¡, era realmente un Estado o una caricatura grotesca de ese concepto, una simple parodia de Francia o de Estados Unidos; quizás un reinado huérfano sin rey; una nación sin posibilidad alguna de desarrollo, más que de cumplir su trágico destino condenado a desintegrarse totalmente, hasta hundirse entre balas, fiestas, alcohol y peleas de gallos; entre los sermones de los curas y las bayonetas de los militares; condenado a soportar la demagogia de sus ocurrentes y corruptos gobernantes.  ¿Cómo podía responder a esa pregunta, si ultimadamente, el maestro, nunca en su vida había pisado Norteamérica ni tampoco a Francia. Nunca en su vida, se había trepado en un buque de vapor, cruzando el mar rumbo a Europa, ya ni mucho menos, haber visto en toda su vida un ferrocarril corriendo sobre aquellas vías y echando humo en todo su camino. ¿Cómo podía hablar el maestro del mundo?, sin siquiera, en toda su existencia, había pisado Oaxaca o Veracruz. Si lo más lejos que su pequeño universo le había permitido conocer, eran los pueblos de  Xochimilco y Tlalpan.

-      No existe ninguna diferencia entre Francia, Estados Unidos  y México. Dichas naciones son republicas, que tienen distintas formas de pensar y de organizarse jurídicamente por el bienestar de sus ciudadanos.

-      ¿Pero entonces maestro?  Que importancia tiene conocer si en dichas naciones, saben lo que es un Estado, hablar de sus respetivas constituciones e inclusive, hasta de los derechos de los ciudadanos; si dichos países, salvo que Vos me diga lo contrario, son mejor o peor que el nuestro.

-      Dichas naciones, no son mejores ni peores que el nuestro. Cada una de ellas, al igual que en nuestro suelo patrio, tienen problemas sociales a los cuales, ni la política y mucho menos el derecho, puede todavía resolverlos. Por ejemplo, en Estados Unidos existe todavía la esclavitud y  en Francia, existen inconformidades sociales de las clases proletarias hacía su gobierno.

Villarejo dentro de si, se pregunto, que eran las “clases proletarias”; interrogante que solamente el mismo se formulo, porque sus demás compañeros del grupo, desconocedores del tema que se disertaba en el salón de clases, estaban más interesados en que la clase terminara de una vez.

-      Somos una nación joven. No tenemos ni tres décadas como país independiente; no podemos compararnos todavía con Norteamérica o Francia, inclusive, hasta con la propia España. Nuestra patria, busca una identidad jurídica, política y social, que le está costando trabajo, pero que tan pronto tenga, saldrá adelante como una nación que establezca y aporte el mundo, una forma distinta de pensar de la que respetablemente, tienen los franceses, los americanos, los españoles o ingleses.

Realmente, en cada clase que Jorge Enrique impartía, encontraba también sus propias respuestas. ¡Efectivamente¡. México buscaba su identidad propia, su forma de ser, ir descubriendo o construyendo en todo caso, su propio pensamiento político y jurídico, el cual fuera acorde a su historia y a la idiosincrasia de su gente.

Había que decirles tanto a sus alumnos. Mencionarles lo importante que era el Derecho Público, en una nación independiente como México, que sin tener todavía, una edad madura; podía aspirar a ser un país prospero. Una republica como la que concibió el Insurgente José María Morelos, donde las leyes que emitiera el Congreso fueran tan justas, que moderaran la riqueza y la opulencia, para aumentar el jornal al pobre.

Pero Villarejo observándose en comparación de sus propios compañeros de clase, estaba perfectamente consciente, que nadie de los ahí presentes, les interesaba conocer la profundidad de esa disertación académica; inclusive, podía tener la sospecha, que dicha materia les podía ser tan aburridas e incomprensibles; ¿A quién le podía importar el problema del Estado, de la Constitución Política, de los derechos del hombre?. Pareciera que los compañeros del salón de clases, estaban más interesados, en conocer las reglas de los contratos, la forma en que se llevan los juicios, los testamentos, las faltas, penas o castigos; o quizás los documentos con los que se enriquecen los comerciantes. Realmente, Villarejo pensaba que su posición respecto a la Jurisprudencia, no podía limitarse a una relación jurídica entre acreedores y deudores; entre jueces, fiscales y abogados; entre criminales y comerciantes; la inquietud que Villarejo le provocaba ese maestro, era saber más de lo que el maestro no decía en cada clase, de lo que se callaban de lo que el mismo se censuraba, quizás por miedo de la iglesia, de las autoridades de la academia o inclusive, hasta de sus propios compañeros de clase, quienes podían hacer mofa del maestro, al grado de que los rumores pudieran confundir al distinguido docto del derecho público, en un enemigo de la Santa Fe.

-      El derecho público, no solamente estudia la unidad del Estado, su Constitución o los derechos de los individuos; sino que también, discute algunos temas en relación a la forma en que debe de ejercerse el poder de los gobernantes. Tomar postura con fundamento en argumentos justos y naturales, a fin de saber si el poder de los políticos es descendente, es decir, emanado de la divina providencia, de Dios, de la Santa Iglesia Católica, quienes dotan a nuestros gobernantes de la virtud de la prudencia y de la sabiduría, para gobernar a los súbditos, y poderles mandar, en forma infalible e incuestionable, en miras de la prosperidad de todos los habitantes de la patria. Pensar simplemente en esa forma, de que el poder político es una gracia, que el Señor ha dotado a nuestros gobiernos; ¡oh bien¡, tomar postura, por la tesis contraria, aquella que se atreve a sostener, que todo el poder político, emana del pueblo en forma ascendente. Que son los hombres de la patria y nada más ellos, quienes tienen el poder político, de elegir, mandar e inclusive, hasta de desconocer a sus propios gobernantes, quienes se encuentran por siempre obligados, a servir al pueblo, a efecto de hacer posible, el bien de la patria, que mismo pueblo expresa en su carta fundamental, en su Constitución Política, o en su propia contrato social.
Esa es la esencia del derecho público, estudiar el gobierno, pero no los gobiernos temporales que vienen y van, los que cesan en forma civilizada o a través de las armas o del desconocimiento popular.  Lo que estudia el Derecho Público, es el Estado, como aquella entidad donde existe pueblo, territorio y Supremo Gobierno. Donde el pueblo, se integre en forma democrática por los artesanos, los agricultores, los citadinos, inclusive por los clérigos y los militares; donde el pueblo se encuentre organizado socialmente, por actividades económicas, por profesiones, donde todos tengan derecho a la educación, al libre acceso al conocimiento, a las artes, a ejercer en forma libre cada uno de sus derechos, con la única limitante de reconocer los derechos de los demás y de obedecer y en todo caso, de cumplir con las obligaciones, que por el bien de la patria, le imponga el Gobierno.  El derecho público estudia el pueblo, la forma en que cada uno de sus miembros, se vean respetados en la esfera de sus derechos y donde el gobierno no solamente permita, sino que también proteja, la libre empresa, el comercio, la iniciativa de sus ciudadanos. ¡Eso estudia el Derecho Público¡ – ya hablando con pasión el maestro, se soltó a expresarse en forma libre, en un monologo del cual cada uno de sus alumnos, fue poniendo atención a sus palabras – la forma, en como el Gobierno debe administrar sus provincias, aprovechar centímetro a centímetro su suelo patrio, su territorio, aprovechar sus recursos, la minería, la ganadería, la agricultura, la pesca, lo que la madre tierra le proporciona. Defender su suelo patrio de la amenaza exterior, de la mutilación, de la guerra, del intervencionismo militar de las potencias extranjeras, el Derecho Público, estudia la forma en que el gobierno debe autorizar la colonización de sus territorios, la explotación de sus recursos, la venta de los bienes raíces  ¿y porqué no?, ¡hasta la distribución de la riqueza¡. El derecho público, además de estudiar al pueblo y a su territorio, también debe hacerlo con uno de sus elementos constitutivos que lo representan a nivel nacional e internacional. Me refiero a su gobierno. El derecho público debe estudiar la forma en que se regule ese gobierno, de tal manera, que no solamente pueda limitar su intervención en la libertad de las personas en el ejercicio de sus derechos inalienables, sino que también sea capaz de erigirse en protector de todos, que sea capaz no solamente de imponer el orden en cada parte y rincón del territorio nacional, sino también, tenga la capacidad de gobernarse a si mismo, donde no solamente se respete los derechos de cada hombre, sino también, pueda también respetarse, los derechos que tiene el pueblo sobre sus gobernantes. Un gobierno, que bajo esa discusión disyuntiva de definirse con la virtud de la prudencia, la honestidad  y la sabiduría que Dios les otorga; oh bien, un gobierno que ante todo, tenga la obligación de desempeñarse justamente en cumplimiento de las obligaciones que el pueblo puede reclamar.

Para esos momentos, Jorge Enrique Salcedo y Salmorán volteaba hacía la ventana del salón del clases, mirando disimuladamente, el caminar de su admirada dama Fernanda, quien ya venía de regreso de la iglesia rumbo a su casa.

-      Eso estudia el derecho Público y eso es lo en forma detallada, iremos estudiando, cada una de sus clases consecuentes. Siendo todo por hoy.

Los alumnos cerraron sus carpetas, guardaron sus respectivas plumas y disponiéndose cada una de ellos de abandonar el salón de clases. Mientras que el profesor Salcedo, seguía observando a la lejana distancia que la ventana del salón de clases le permitía.

-      Maestro – acercándose de nueva cuenta Villarejo – ¿los temas actuales que discute el pueblo, los iremos a tratar en la clase?.
-      ¿A qué temas te refieres?. – Seguía observando el maestro, sin despegar su mirada de la ventana.
-      A las formas de gobierno que ha experimentado el país, si es mejor el federalismo que el centralismo, la monarquía que la república, la constitución actual que la de 1824.
-      Esos no son temas de Derecho Público, son meramente asuntos de la política cotidiana. Y sépalo distinguido bachiller, que en esta Academia de Leyes, se estudia la Jurisprudencia, no las tesis, los discursos y pronunciamientos de los políticos del momento.
-      ¿Pero entonces, como podemos entender un derecho público mexicano, sino tenemos un marco de referencia para reflexionar como usted dice, la aplicabilidad o no de las ideas de esta materia, a la realidad actual por la que cruza nuestra nación?.
-      Muy buena pregunta, hasta la fecha, yo mismo me lo sigo preguntando.

Para ese entonces, la silueta de Fernanda, se había desaparecido entre la multitud. Jorge Enrique sólo suspiro desde el salón de clases, teniendo que esperar hasta el día siguiente, para volver a ver, aunque fuera desde lejos, a su amada Dulcinea.