domingo, 18 de septiembre de 2016

TERCERA PARTE


Los montes de Tizapan se encuentran más allá de Chapultepetl, entre el Pedregal y el río Mixcoac, arriba de Coyoacán; fue en ese lugar aislado, de rocas y cuevas secretas, donde el guerrero Ixcoatl escondió el tan anhelado tesoro que Hernán Cortes buscó incesantemente sin encontrarlo.

Los años pasaron y aquellas extensas terrenos fueron cedidos por su Majestad el Rey de España a título de encomienda a los españoles conquistadores, posteriormente fueron adquiridos por el cacique de Coyoacán, don Felipe de Guzmán Itzolinque, quien a su vez, decidió donar parte de esos terrenos a la orden religiosa de los carmelitas descalzos.


Los años pasaron y  los guerreros aztecas guardianes de ese tesoro, dejaron de profesar sus creencias religiosas, para convertirse al cristianismo, no sin antes de conservar muchas de sus costumbres, algunas de ellas, ya tan inexplicables como guardar el secreto de aquellos tesoros escondidos que carecían de dueño, pero que paradójicamente pertenecían a solo unos cuantos hombres que no deseaban que nadie los descubriera. Estos guardianes, siempre desconfiados de las autoridades virreinales, conservaron también durante muchos años su record en contra de los españoles, no así de los monjes carmelitas a quienes supieron otorgar su confianza.



A más de cien años de haberse escondido el tesoro de Moctezuma, sobre los montes de Tizapan, los terrenos fueron propiedad de la orden religiosa de los carmelitas, quienes delimitando sus extensas territorios, construyeron dos iglesias, uno de ellos abajo en la planicie en el poblado de San Jacinto Tenanitli, llamándole después San Angel y otro más arriba, cerca del poblado de  Cuajimalpa, donde edificaron un Convento en un lugar llamado Santo Desierto de Nuestra Señora del Carmen de los Montes de Santa Fe. Más conocido como el Desierto de los Leones, en honor a una familia de abogados de apellido León, defensores de la orden religiosa.



La orden de los carmelitas con el apoyo de los guardianes del tesoro, fueron construyendo durante generaciones de años, una red de caminos secretos, aprovechando las condiciones geográficas de los montes, barrancos, ríos, peñascos, cuevas, cavernas; logrando conectar tanto la Iglesia del Carmen en San Ángel, como al Convento del Desierto de los Leones. En dichos caminos secretos, no solamente se siguió guardando el tesoro de Moctezuma, sino que también, sirvió como bodegas ocultas, donde la orden religiosa de los Carmelitas custodiaba las riquezas que sus feligreses que en compra de indulgencias les obsequiaban o se los dejaban en depósito. Los tesoros acumulados, fueron siempre vigilados ya no por los guardianes, sino por los hijos de estos, una generación de hombres valientes desobedientes de la autoridad y cómplices de la misma, en sus actos inmorales y corruptos.



A inicios del siglo XIX y con las noticias provenientes del reino España, referentes a la detención del Rey Fernando VII y del usurpador de la Corona José Bonaparte; las autoridades virreinales encabezadas primero por el Virrey José de Iturrigaray y después por Pedro Garibay, temieron la ocupación francesa de la Nueva España, así que decidieron trasladar todo el oro y la plata acumulada de la hacienda pública del virreinato, inclusive hasta cargamentos de pólvora y parque, a la orden religiosa de los carmelitas de los descalzos, para que éstos las custodiaran por siempre, en los lugares secretos que sólo éstos conocían.





La revolución de 1810 culminó en 1821 con la independencia de México. Mientras que los tesoros acumulados de los carmelitas permanecieron ocultos y ahora censurados ante la posibilidad de que los mismos, fueran descubiertos por los gobernantes corruptos del México Independiente. Por gente enferma de poder y de ambición, como don Antonio López de Santa Anna.



sábado, 17 de septiembre de 2016

CAPITULO 44


El puerto de Veracruz, espera la llegada de su hombre. Su hijo, el mejor de todos los mexicanos, el hombre inmortal que salvaría el destino de la nación. Dos fragatas, una de ellas con la bandera británica se ven desde lejos; afuera de ellas, la otra fragata con la bandera de los Estados Unidos de América se acerca a ellas. Son esos malditos yanquis, quienes también han obstruido los puertos marítimos mexicanos y que impedirán a toda costa, el ingreso del Supremo General, don Antonio López de Santa Anna.

Jorge Enrique había recibido una epístola para que en forma inmediata se trasladara al puerto de Veracruz. De hecho, casi todos los empleados del palacio nacional, tuvieron además de aportar su colaboración mensual de cinco pesos para el Supremo Dictador, seguir fielmente  las órdenes de don Valentín Gómez Farías, para trasladarse al puerto de Veracruz. Inclusive, la tropa y la banda de guerra oficial, había realizado el mismo viaje, por tres días y tres noches, para poder pisar el puerto de Veracruz, en espera del generalísimo.



-      Que estupidez, pensó Jorge Enrique. En este momento, cuando resultaba necesario que los regimientos del ejército salieran rumbo a Monterrey, para proteger la plaza en contra del avance americano, el brillante encargado del Poder Ejecutivo, general Mariano Salas, había dispuesto, que la tropa se dirigiera al puerto de Veracruz, para dar la bienvenida, a don Antonio López de Santa Anna.

Las luces de bengala estaban listas, el atardecer hacía que el calor fuera bajando de intensidad y como si fuera un espectáculo digno del circo romano, las multitudes se impacientaban, para esperar que su amado general, pisara territorio nacional. ¡Era lógico¡. Querían verlo hablar. Escucharlo, perdonarlo si era necesario de todos los errores que supuestamente le imputaban sus adversarios políticos. Decían que el generalísimo cojeaba de su pie, que caminaba con una pata de palo, otros en cambio decían que lo hacía con un lujoso bastón de oro, otros en cambio, aseguraba, que su andar era tan recto, que no parecía haber perdido jamás su pierna izquierda. La gente seguía esperando, al igual la tropa, en espera de que su máximo líder les hablara y los condujera a la guerra que en cualquier momento podría estallar; en el kiosko principal, se encontraba don Valentín Gómez Farías, acompañado del general Mariano Salas y de los soldados más fieles de la república, en medio de listones, la multitud esperaba tener noticias de su líder máximo. ¿A qué hora llegará?. ¿Se está tardando?. ¿Será posible que los americanos impedirán a toda costa su entrada?. Algunos infantes mexicanos, estaban preparados, no solamente para recibir a su querido general, sino también, dispuestos a nadar si era posible, para alcanzar y atacar esa fragata americana y arrebatarle la bandera a los invasores, tal como lo había hecho alguna vez, el Siervo de la Nación, José María Morelos en Acapulco; ahora esta vez, lo harían más de cien mexicanos, dispuestos a rescatar, al hijo prodigo de la patria.



Seguía a los lejos esos dos barcos, uno de ellos, denominado el Arab, había sido rentado por la gente de suma confianza del general Antonio López de Santa Anna para su regreso a México. Claro que lo haría por Veracruz. No ingresaría al país como un cobarde, no como un fugitivo, era a pesar de todos, el Presidente de México, había sido expulsado, por una conspiración seguramente encabezada y orquestada por los americanos y no por ellos, ni por quedar bien con sus enemigos, que el generalísimo, regresaría al país, por otra parte del territorio nacional. Tenía que hacerlo, por donde debía de hacerlo. Por la puerta principal de México. No por la ventana, ni por la puerta de servicio, tenía que hacerlo, como todo un señor, por la puerta del dueño de la casa, en Veracruz, si en la tierra caliente y cálida de México que había tenido la honra de ver nacer, al mejor de sus hijos.

El Vapor ingles, había zarpado a las seis de la mañana de aquel ocho de agosto. Junto a él, viajaban, los hombres de confianza del general Santa Anna, quienes lo habían acompañado y alcanzado en Cuba, para informarle que la Ciudad de México, había sido recuperada, que las tropas nacionales en Jalisco y Veracruz, se habían levantado en armas, para proclamar su pronto retorno en el territorio nacional. Que nada anormal estaba ocurriendo en el suelo patrio, que los americanos no habían podido derrotar a los mexicanos, ni menos aún lo harían, cuando se enteraran que el Napoleón del Oeste había regresado. Ahí en esa fragata estaba el general Santa Anna, desde lejos, cada asistente a ese mitin, imaginaba que había hecho el general durante su viaje en el mar al suelo mexicano, seguramente había reflexionado cual sería su estrategia militar, su primera acción política, a quien perdonaría de sus enemigos y a quien no; se vengaría de sus adversarios y traidores, que pensaría el salvador de la patria durante esos días y noches, en que sólo el mar veía, sin ver desde lejos, el castillo de San Juan de Ulúa que ahora lo recibiría, con luces de bengala, orquesta, bandas sonoras y salvas de artillería, que le darían la bienvenida.



Las dos fragatas estaban ahora frente a frente a unos cuantos metros. En una de ellas, se encontraba el presidente Antonio López de Santa Anna, en la otra, el Comodoro Conner, quien era quien obstruía, todo barco que intentaba ingresar al puerto veracruzano. ¡Malditos invasores¡. Porque tenían que hacerle eso, al salvador de la patria, quienes eran ellos para preguntarle a los mexicanos, si era o no Santa Anna, o bien, para pedirles permiso, de regresar a su propia tierra. Como el barco invasor amenazara a disparar sus potentes cañones, en contra de aquella pequeña fragata, donde seguramente, viajaba el presidente Mexicano.

No se preocupen – le decían al licenciado Salcedo – estoy casi seguro, que en ese barco, viaja nuestro ilustre general. – No creo que los americanos, se atrevan a impedir la entrada, estoy más que seguro, que todos los hombres que viajan con el generalísimo, darían su vida por él, antes que impedir, que los invasores le arrebaten la vida.

Del barco americano, despego una pequeña lancha, donde una escolta encabezada por el capitán Lambert, se dirigía al buque mexicano, donde seguramente viajaba el general mexicano. ¿Qué querrán esos malditos?. Seguramente, el barco donde viaja el generalísimo se esta haciendo pasar por un buque mercante, a lo mejor Santa Anna es tan audaz que estaría escondido en un barril donde jamás lo encontrarían si es que estos invasores decidieran hacer una inspección. - ¡No lo creo¡.-  El general Santa Anna no es tan cobarde para esconderse. Seguramente estará vestido con el mejor de sus uniformes, esperando en forma gallarda, retar al primero que intente frenarle el paso. A lo mejor, si seguimos pensando licenciado, los hombres de confianza de mi general, están dispuestos a impedir a toda costa, cualquier detención en contra de mi general. Si señores, Santa Anna, no tiene por que esconderse, ni prestarse a esos falsos rumores, de que la fragata americana, “ya pacto” con Santa Anna, a causa de que éste regresara a vender los territorios mexicanos en treinta millones de pesos. - ¡Eso no es cierto¡. – si el barco mexicano logra ser detenido por los americanos, una balacera estallará, muchos morirán; Santa Anna cruzara lo que queda de la costa para ingresar al puerto y dar la orden de ataque a la tropa, para expulsar a ese navío americano. Si es posible, de capturar vivos a sus tripulantes para colgar sus cabezas, en cada hasta del puerto de Veracruz. Que no se atrevan hacerlo, que nadie frene el ingreso de Santa Anna; porque más de un cañón mexicano, esta apuntando en ese momento, al barco americano.

La espera es lenta, entonces, la multitud que se encuentra en el puerto, la tropa, los amigos del generalísimo, comienzan a rumorar, ¡ese es el barco¡, ahí viaja Santa Anna; estamos seguros que en ese barco, viene con nosotros, nuestro compañero de armas, el general Antonio López de Santa Anna. ¿Qué sucede entonces?. ¿Pasa o no pasa?. – Atacamos o no mi general. Disparamos estos cañones al barco americano, o nos aguantamos general, no vayamos a tener tan mala puntería, que le pegamos al generalísimo y le volamos la otra pata. Sigamos esperando, que el tiempo es lento, que la tarde siga cayendo, que el cielo es azul oscurezca, que dentro de unos minutos caerá la noche, y aun nadie de la concurrencia, sabe con certeza, si dentro de ese barco viaja nuestro general. Volteemos el reloj mi general y sigamos esperando, veamos, como la arena se vacía del frasco de arriba para llenar el frasco de abajo, sigamos entonces esperando, a que esos barcos, se sigan entendiendo.

Entonces, sucedió lo que todos esperaban. De aquella lancha americana, retorna al buque americano y la fragata mexicana continua su marcha, - ¡Viene para acá¡. - ¡Es Santa Anna¡. – Seguramente que es Santa Anna. Entonces sucede algo mágico, del barco que tiene la bandera británica, sale una luz de bengala, la inmensa felicidad de los concurrentes se expande en sólo unos segundos, para confirmar lo que ya todos sospechaban; es Santa Anna, ¡Si señores, ahí viaja mi general Santa Anna, recibámoslo con euforia, prendan también las luces de bengala, que suene la música, disparen las salvas, que la gente grite: ¡Viva México¡. ¡Viva Santa Anna¡. Es nuestro general Santa Anna, ahí viene de regreso.

El buque británico, quien realmente es mexicano, viene acercándose al puerto, la música empieza a sonar y las bengalas iluminan el cielo, prometiendo a la patria, un futuro victorioso. El licenciado Jorge Enrique Salcedo comienza aplaudir y toda su comitiva también lo hace; no sabe si dejarse contagiar por la felicidad de todos, pero también siente en su corazón, que la esperanza ha vuelto, que las cosas mejoraran; que la experiencia de haber estado en ese momento glorioso de la historia, será por siempre recordada.



La fragata ancla en el puerto, de donde algunos militares mexicanos, corresponden los gritos de sus paisanos; ¡Viva Santa Anna¡, ¡Viva México¡, las banderas tricolores adornan el buque ingles, al igual que de los escoltas, que acompañan al huésped de honor. La música suena en forma gallarda, viendo como cada uno de los tripulantes, viene bajando del buque, hasta que entonces, comienzan a reconocer algunos de los pasajeros: don Manuel Crescencio Rejón, ese es don Manuel, tenía tiempo de no verlo, un brillante abogado, de la misma talla que don Mariano Otero, que gusto verlo bajar de ese barco; saber que su cabeza ilustre se suma a este momento histórico del país; también viene bajando otros distinguidos señores, don Juan Nepomuceno Almonte, y nada más y nada menos, que mi amigo, el Coronel Yáñez; y ese hombre, si ese hombre de uniforme vistoso, de sencilla persona, que viene disimuladamente cojeando, ese es nada menos y nada más, que don Antonio López de Santa Anna.

-      Ese es Santa Anna. – la multitud grita con efervescencia; - ¡Viva Santa Anna¡- - la felicidad de todos se contagia, la gente se abraza, las bengalas siguen iluminando el cielo, que poco a poco oscurece, la banda de guerra no se alcanza escuchar, entre la cantidad de salvas y cañonazos que empiezan a disparar. Ese es Santa Anna, responde el júbilo de los demás, alzando sus brazo derecho para saludar a la multitud y responderles con alegría el saludo. Luego el cuerpo de ese hombre, hace el además con sus brazos, como si abrazara a cada uno de los concurrentes.
-      Saludemos al general Santa Anna. – dijo don Valentín Gómez Farias, los miembros del templete, hicieron lo mismo, no dejaban de aplaudir, entre tanta bengala y bala de salva, para recibir jubilosamente, a su jefe.

El general Santa Anna, sonreía, pero no de la forma invicta y arrogante, sino que lo hacía de una forma tan sencilla y humilde, que hacía de su persona, una gran investidura.  - ¡Moriremos por Vos mi general – gritaba la multitud; el general mexicano volteaba y alcanzaba a decir - ¡Será por México¡, hagamos nuestro gran sacrificio por nuestra patria mis muchachos . - ¡Moriremos por Vos mi general¡. ..¡Viva Santa Anna¡. - ¡Viva México¡. – respondía a Santa Anna. Quien seguía con su brazo derecho saludando a las multitudes.



Con el pie cojeando el andar de mi general seguía dirigiéndose al kiosko, entre bandas sonoras y las campanas de la iglesia que a lo lejos se escuchaban, el retorno del general Antonio López de Santa Anna, jamás sería olvidado por los veracruzanos. Todos recordaríamos esta fecha, a nadie se nos olvidaría, como el generalísimo regresaba el país, entre tantos gritos de felicidad, que coreaban inmortalmente su nombre.

El cielo seguía oscureciendo, entonces las antorchas comenzaban a prenderse, al igual que esos obsoletos faroles del puerto; la tropa siempre fiel a su general, lloraba de alegría, había esperado tanto tiempo para ver a su jefe regresar, ahora solo faltaba escucharlo, quien ahí estaba, saludando en esos momentos, a cada uno de los miembros del comité de recepción, presididos por el licenciado Jorge Enrique Salcedo.

-      ¡Yáñez¡-  grito Salcedo a su amigo Juan Yáñez. Este volteo y pudo ver a su amigo, quien al verlo, lo reconoció en medio de la multitud para responderle y acercarse a él, sonriéndole y dándole un abrazo fuerte de fraternidad. –  ¡Estamos de vuelta cabrón¡. – dijo Yáñez con plena seguridad. - ¡Vamos a partirle la madre a esos pinches americanos¡ - Con Santa Anna, las cosas cambiaran.

El general Santa Anna, respondía también con un abrazo, al licenciado Jorge Enrique Salcedo y también, con cada uno de la comitiva; casi no le besaron la mano, porque era bien sabido por todos, que en México habían desaparecido los títulos nobiliarios, pero este momento sería una excepción, el Salvador y Benemérito de la Patria, merecía de todos los elogios, por el injusto exilio que había recibido. Ahora, ahí estaba gracias a la Santísima Trinidad y a la Virgencita de Guadalupe, sano y salvo, dispuesto a entregar su vida, si era preciso, para salvar la honra de la patria.

-      Silencio – pidió el doctor a la multitud - ¡Silencio por favor¡ - volvió a insistir a cada uno de los concurrentes, había que callar a la orquesta, las campanas, a los músicos y a los infantes, para que dejaran de disparar tanta salva y escuchar con atención las palabras del salvador.

-      Silencio por favor – volvió insistir el licenciado Salcedo Salmorán. – el general Antonio López de Santa Anna hablará.

Inmediatamente, el comité de bienvenida, empezó a distribuir entre las multitudes, unos panfletos donde el general Santa Anna daba su proclama de regreso. “Para la verdadera Regeneración de la Republica”. Salcedo tomo uno y se rió al leerlo. ¿a que horas lo escribió?. – el pueblo analfabeto, no sabía leer y escribir, pero seguramente en ese papel, algo importante diría el general a cada uno de los mexicanos.

La concurrencia callo, cuando casi todos los presentes tenía en sus manos aquel panfleto y cuando el generalísimo mexicano en forma humilde y sencilla, se acerco al estrado para estirar los brazos y hacer la señal de silencio:



-      Mexicanos… hermanos Mexicanos…por siempre y para siempre. Al grito de guerra. …- una gran euforia de gritos respondió al llamado, balas de salva volvieron a escucharse y otros gritos a favor de Santa Anna, volvieron a escucharse, hasta que de nueva cuenta, poco a poco fue ganando el silencio, para escuchar, las palabras tan importantes que diría el general.
-      Llamado por el pueblo y guarniciones de los departamentos de Jalisco y Veracruz, Sinaloa y Sur de México, así como de otros puntos de la Republica Mexicana, salí de la Habana a las ocho de la mañana el día ocho de los corrientes, con el único objeto de venirlos ayudar, a salvar a la patria de sus enemigos exteriores e interiores. - ¡Viva Santa Anna¡ - … ¡Gracias¡. ¡Muchas gracias¡ …he escuchado con jubilo, pero más aún con el honor y la dignidad que mi pueblo merece, la cantidad de elogios de cada uno de vosotros; sean correspondidos; creadme, que ese voto de confianza, de patriotismo de cada uno de vosotros, es mi mejor premio y paga, para no traicionar jamás a sus hijos, de las peores y ruines ambiciones de nuestros enemigos los americanos. … ¡No os fallare en esta encomienda¡, menos aún, cuando a mi regreso a tierras mexicanas, se me ha informado, que arrollados las demás guarniciones del ejército mexicano por el jubilo de vosotros, de los Departamentos de la Republica, me ha invocado y designado, la gran distinción de nombrarme: general en jefe de las fuerzas libertadoras. …-

Gritos y mas gritos volvieron a escucharse, los aplausos acompañaron la honrosa designación y los vivas y porras al general, volvieron a encenderse el grito de. ¡Viva Santa Anna¡.

-      Que nadie se atreva  manchar este bello momento. Que nadie diga que Antonio López de Santa Anna es un traidor. Os escucharan calumnias de mi persona. Os dirán que he vendido el territorio mexicano, que he venido pactando con nuestros adversarios la rendición incondicional de nuestro país, y por ende, el remate a venta de nuestro territorio nacional. Nada más falso, que yo, un mexicano leal con mi patria, me haya prestado a la sucia componenda de traicionar a mi sangre, a mi gente, a mi patria. Ni todo el dinero del mundo, podrá jamás hacer que traicione el destino de mi país. ¡No soy el traidor que los demás dicen¡. ¡Nunca he sostenido más trato con los americanos, más que decirles en su cara, que ninguna vara del territorio mexicano, estará o estará a la venta. Que nadie se atreva a mancillar la honra y la valentía de nuestros soldados, que siendo estos mal dirigidos y sin gozar de las canonjías de la que gozan nuestros adversarios, han defendido nuestro territorio nacional en contra de aquellos que han venido a mancillar la nación. ¡Que nadie diga, que los mexicanos somos cobardes a la hora de la guerra¡. ¡Que nadie se atreva a calificarnos de traidores y vende patrias¡. No tenemos miedo a la guerra, menos aún a la muerte, que para morir nacimos…

Ese era el general, su discurso siempre firme y motivante, su presencia sencilla, pero grande.

-      Los conservadores nos acusaran de traidores, cuando sólo dios sabe y a quien pongo como testigo, que son ellos los que han traicionado a vuestra confianza; son ellos, los que decidieron vender el territorio nacional; los que decidieron reconocer la independencia de Texas, cuando siendo yo, el principal opositor a los mismos, estuve a punto de perder la vida por defender legua por legua el territorio nacional; traidores son ellos, porque decidieron convenir con ellos, cuando es de todos conocidos que fui yo, el primero en desconocer su independencia, al extremo tal, que habiendo sido prisionero de los piratas y habiendo sufrido las vejaciones que ningún mandatario mexicano haya recibido, os di la cara a los hombres mas ambiciones de los Estados Unidos, para decirles en su cara y sin miedo a perder mi vida, que México, mi México querido, no estaba a la venta. ¡México no se vende¡. Os tendría que invadirnos, someternos, sobajarnos y si corrieran con la suerte de conservar sus vidas, jamás obtendrían de nosotros, el consentimiento de entregarnos a ellos, como si fuéramos objetos de comercio, como si nuestra dignidad, pero también, nuestro decoro y patriotismo, tuviera el precio que ellos acostumbran siempre pagar… – gritos de jubilo - … Serán ellos los conservadores, los que os dirán que Santa Anna es un traidor; y os dirán que fui un cobarde en la guerra, como si mi pierna izquierda fuera producto de una pantomima; la misma farsa que Paredes Arrillaga hiciera para engañar a mi pueblo de que yo fui un traidor y que en vez de dirigirse al norte, a combatir con el general Arista en la defensa de Texas, se dirigiera a la Villa de México a desconocerme como general en jefe y deponerme en la presidencia de la república que los mexicanos tuvieron a bien designarme por novena vez.
Fue el y los conservadores los traidores a la patria, los que en vez de combatir a nuestros enemigos, decidieron aliarse con la clase opulenta y aristocrática del país, para pretender nombrar a un príncipe extranjero como rey de México y olvidar por siempre, la gesta histórica de nuestra lucha libertaria. De nuestra independencia nacional.
Que os nadie diga que Antonio López de Santa Anna es un traidor a la patria. Que os nadie se atreva a mancillar la vida de los mexicanos que murieron en la expedición de Texas y los que también han dado su vida en Palo Alto y Rasaca de la Palma, los que han sacrificado gloriosamente su nombre, a causa de los errores de los traidores conservadores que han decidido, traicionar a México.
Que os nadie diga que esta guerra la perderemos, como la perdió Herrera y Paredes Arrillaga, como la perdieron los conservadores y todos aquellos que pronosticaron que jamás regresaría. Que lo sepan todos, entro a México, de la misma forma en que salí, con la frente en alto. No tengo a quien temer, si alguien me os señalara y dijera que soy un traidor, que soy un mentiroso, un farsante, que os lo diga o calle para siempre…
… Que os lo diga, que aquí yace mi pecho y mi cuerpo entero, para no sobrevivir a la bala que acabara con mi vida…
…Que lo desmienta en mi cara, como acostumbran hacer mis enemigos, que inventan falsas historias de mi persona…
…Que se dediquen a pedir perdón, no a mi persona, pues yo ultimadamente no soy nadie entre mis hermanos mexicanos; sino que pidan perdón a ustedes, a mi pueblo, a la historia de mi patria, que pidan perdón por cada uno de los mexicanos muertos en esta guerra injusta y cruel, de la que saldremos victoriosos.
Ninguna transacción con los traidores, con los que si han pactado vender el territorio nacional. Con los bastardos que negando de sus principios monárquicos, se aliaron con algunos republicanos para evitar el castigo y conservarse en el poder, pidiendo a dios que la justicia jamás llegara y regresara nuevamente con vosotros a mi pisar mi suelo patrio.  ¡Ninguna transacción con los traidores¡. Con los realistas traidores que siguen tratando de minar, la invencible fortificación construida con la sangre de los ilustres insurgentes Miguel Hidalgo y Costilla y José María Morelos y Pavón…

Ese era el general Santa Anna; el hombre sencillo y culto, que hacía conmover a todos; el que hacía posible, que todos entregáramos la vida.

-      Mexicanos, soy hombre de acciones y no de palabras; soy hombre de trabajo y no de cargos, no he regresado a mi patria, para sentarme en el trono presidencial que muchos traidores ambicionan y que son capaces de desconocer a los gobiernos legítimos de los pueblos; ¡no señores…¡ se equivocan mis detractores.  No he venido a México para ser el salvador de esta guerra; sería ridículo creer que soy el guerrero inmortal que acabará con los invasores, sería irreal y además absurdo, suponer que con mi sola presencia, los americanos frenaran sus ansias desmedidas por arrebatarnos lo que nos pertenece; he venido de regreso a mi patria, no para ser el salvador de la patria que todos esperan, menos aún, para ser el comandante en jefe de las fuerzas libertadoras como bien me han designado, sino que he venido de regreso a mi patria, para ser simplemente un soldado más

Las porras y los gritos volvieron a sonar, más gritos de jubilo, al ver ese hombre sencillo, proclamarse, un soldado más de la república:

-      Tampoco he venido, para proclamarme el Supremo Dictador; que nadie os diga, que Antonio López de Santa Anna, es un tipo ambicioso, que sólo le interesa el poder, por el poder mismo; se equivocan mis enemigos, porque no saben, que mi regreso a México, es no para aceptar los títulos y distinciones decorosas que bien he tenido a recibir y que humildemente agradezco, pero que os no puedo aceptar, porque mi vocación, es y será por siempre, la de ser un soldado de mi patria… Un soldado como ustedes, que combate y que si es preciso morir por la salvación de la patria, moriré con la gloria que solo los elegidos de dios, tienen la dicha y la memoria de serlo.      
Es por eso, que mi vocación del más siervo de todos los infantes, la que me obliga a no aceptar ningún cargo que el pueblo tenga a bien designarme; renuncio ahora, a toda facultad que no sea la militar, la de enfrentar al adversario, en el campo de batalla; renuncio a la presidencia y a cualquier distinción, así como a las comodidades que la alta burocracia, concede a los que tengan la virtud de merecerla y de gobernar con el arte y la pericia, como lo ha hecho el doctor Valentín Gómez Farias, a quien pido un sincero reconocimiento. – la multitud empezó aplaudir y a escucharse una que otra porra al doctor Farias … -  Yo os tanto, - dijo Santa Anna - sólo soy un humilde servidor, que trabaja por la defensa de la independencia nacional y que se somete incondicionalmente al juicio de la voluntad popular y de la constitución de 1824.

Gritos acompañaron esta declaración: ¡Viva México¡. ¡Viva Santa Anna¡ Las campanas volvieron a sonar y las luces de bengala, iluminaron la noche, que acompañada de la música y de las salvas, anunciaban la llegada, del Salvador de la Patria.

Ahí estaba Jorge Enrique Salcedo y Salmorán, junto con su amigo el Coronel Martín Yañez, aplaudiendo igual que todos los asistentes, pensando que esas palabras del general, podrían ser sinceras, más aún, cuando el general Santa Anna había proclamado, el fin de cualquier ideología monarquista, así como la restauración de la republica federal prevista en la Constitución de 1824; eran tiempos de cambio y de regeneración, esta si sería la última revolución en México, la promesa de la salvación de la patria, era veraz y confiable, con el regreso de uno de sus mejores hijos, el generalísimo no le fallaría a México en los días más difíciles luego de haber conquistado su independencia y reconocimiento internacional; felices estaban todos los presentes en el puerto de Veracruz, ignorando igual que los presentes, que a cientos de kilómetros, el general Zacary Taylor, se encuentra suspirando en su próxima campaña electoral que lo llevara a la presidencia de los Estados Unidos de América, que empezará obviamente, por planear, la caída de Monterrey.


viernes, 16 de septiembre de 2016

CAPITULO 43


Los gallos anunciaron un nuevo día. Los rayos del sol alumbraron aquellas ventanas, con las cuales James Thompson había tomado mucho aquella noche. Beso a su compañera de cama, con la que amanecía de un tiempo a la fecha todos los días, la que había dejado de ser en la mujer de todos, simple prostituta, para convertirse ahora en su única mujer. Su único cliente, su dama de compañía, su confidente, su amiga dentro y fuera de la cama, todo lo que una mujer podía ser para un hombre; atenta, amable, tierna, amorosa; todo, menos su esposa.

Ahí estaba ella durmiendo. Con su cabello suelto y brillante; así como con su cuerpo desnudo, sus brazos, sus piernas, sus dedos, los que podría identificar cada rincón del mismo y hacerse pequeño y perderse con ella en la placentera tiniebla que hacía perderle su conciencia, su raciocinio, sus principios éticos y morales. Supo muchas cosas de ella. La más sorprendente, era saber que aquella mujer a la que conoció en un suburbio en el barrio de la Merced, fue en algún tiempo monja en algún convento. ¡No era posible¡. ¿En qué momento una mujer dedicada a la vida espiritual pudo convertirse de un día para otro, en una mujer materialista?. ¿En qué momento – se preguntaba Thompson – una mujer renuncia a sus virtudes y a su estado de gracia, para aceptar lisa y llanamente, todos los vicios que implica la desgracia?. - ¡El placer¡. … la risa, la carcajada, la alegría, la euforia, el gusto de experimentar sensaciones prohibidas, de sentirse libre y jamás atada por ningún hombre; de prolongar una vez más esa agradable sensación del frio y sudor, debajo de las sabanas de una cama. Ella toda su vida quiso ser quien ahora quería ser; le hubiera gustado ser la gitana que alguna vez fue su abuela, para leer la palma de las manos y adivinar el futuro de las personas, viajar y conocer lugares, bañarse en el río y adentrase en las cuevas, subirse a los cerros, a los árboles, a los techos de los molinos; Guadalupe era intuitiva, sabía leer el cigarro y el café; interpretaba los sueños, de vez en cuando escuchaba voces o tenía visiones,  podía leer la mente de James Thompson y saber sin equivocarse, el motivo por el cual se encontraba radicando en México. ¡No era la guerra contra México¡. Thompson buscaba algo más. Algo que no sabía si podía encontrarlo, no al menos sin su ayuda.

-      No te imagino rezando en un convento. – comento Thompson.

Guadalupe sólo se río. Ella tampoco se imaginaba a ella misma, haber soportado una vida de encierro, de prohibiciones. Después de todo, la vida no tenía que seguir siendo así de esa manera tan monótona y aburrida, sin sentido ni misión alguna. Guadalupe no tenía que soportar al padrastro alcohólico que cada mañana la violaba, ni tampoco al hipócrita sacerdote, que de vez en cuando la llamaba al confesionario, para encerrarla y obligarla hacer actos inmorales con sus genitales. ¡Claro que no se imaginaba haber llevado una vida así. Entre la hipocresía de los sacerdotes, que se flagelaban cada vez que fornicaban en la oscuridad de los túneles, donde nadie los viera, ni siquiera la luna para que ningún testigo, ni menos dios, los acusaran de brujería; encerrados en pasillos profundos y secretos, donde se guardaban muchos secretos que nadie en este país, ni en el mundo entero debían jamás de enterarse. Ella había renunciado a su vida religiosa, porque no tenía vocación religiosa para ello, o mejor dicho, su vocación no era la de una creyente católica. Ella desde pequeña había aprendido a venerar a dios, pero no aquel que los sacerdotes católicos le inculcaron, debajo de las cúpulas de sus templos, de las imágenes, las estatuas y de las sotanas que vestían; ella había aprendido a conocer a dios, en cada rincón del bosque, de los árboles,  en el canto de los pájaros, del ruido que hace el agua al pasar por el río, de las hojas que pisaba con sus pies desnudos, de sentirse desnuda y tocar el pasto, la tierra, el agua, el fuego; de sentirse parte de un todo, no de la fornicación de un hombre ni del otro, saberse parte de un todo que giraba alrededor de ella. Era difícil de explicar. No podía encontrar las palabras precisas para definir cuál era su concepto de dios. Lo que si estaba segura, es que si ella, hubiera tenido otra vida, la hubieran quemado por bruja.



¡Thompson rió¡. Una mujer prostituta que alguna vez había sido monja, no era nada común. Además de complacerle sexualmente en la cama, le complacía el oído con esas historias asombrosas de brujas y chaneques en el bosque, diablos y jinetes sin cabeza que se aparecían en los caminos; ella juraba y perjuraba que los había visto, que le había ocurrido a ella directamente o que algún familiar suyo, se lo había platicado. Si caminas sólo por el bosque, apareces rodeada de niños que se ríen de ti. Niños que salen de la nada; si te pierdes en la noche, escuchas el llanto de la llorona, una mujer vestida de blanco y de cabello suelto, que te lleva al río, para perderte y ahogarte en el agua. ¡Te juro que es cierto¡. Cuando la oyes gritar desde lejos, es que se encuentra cerca y la alcanzas a escuchar que te grita de cerca, realmente se encuentra lejos.



James Thompson siguió escuchando con atención las historias de Guadalupe; eran muy comunes en México el escucharlas. No había quien en ese país que no hubiera tenido una experiencia con lo sobrenatural. Todos juraban haber visto alguna vez al charro negro, a niños grotescos, mujeres que lloraban por la pérdida de sus hijos, jinetes sin cabeza, mujeres con cara de caballo, lucecitas en el bosque que aparecían y desaparecían, sobras misteriosas, hombres que se convertían en animales; muchos mitos, fantasmas, brujas, duendes. País de gente fantasiosa cuya creencia en la muerte y en la vida después de la vida, era posible. Todos juraban haber soñado o contactado, platicando o visto algún difunto. Quizás por eso el pueblo de México era sumamente religioso, cada familia construía su propio altar, en el que colocaban sus santos y sus veladoras, haciendo plegarias, pidiéndole a dios toda clase de milagros.



¡Existe una cueva secreta¡. - ¡Es en serio¡.-  - dijo Guadalupe - Esa cueva está cerca del Pedregal, allá por el pueblo de San Ángel. En esa cueva dicen que habitan el diablo. Dicen que es la entrada del mismísimo infierno, que por ese lugar, todas las personas que entran jamás salen; si logran salir, terminan embrujados o lo que es peor, salen de ese lugar, cuando la gente y sus familiares los creen muertos; pero ellos regresan años después viejos, perdiendo toda noción del tiempo, como si hubieran estado perdidos en esa cueva, por unos instantes, unos días, pero no por años. Dicen que hay gente que tiene más de cien años viviendo en la cueva y no se han percatado de eso. ¡Le paso a un padrino mío que se perdió en el bosque y luego regreso convertido en un anciano y loco¡.  La otra vez mi padrastro me contó alguna vez, que había conocido a una persona que logro entrar a esa cueva y logró salir con vida.  Le platico que esa era la puerta del infierno, “la boca del diablo”, dentro de ahí, había mucho dinero, joyas, oro, plata, cofres y barriles con muchas cosas, piedras extrañas, que brillan de noche, documentos extraños, cosas raras; dentro de esa cueva, hay un charro negro que cuida el lugar desde que el mundo se creó, al verlo, se te aparece y te advierte que todo la riqueza que encuentras en ese lugar es tuyo, con la única condición que te lo tienes que llevar todo, no puedes llevarte un puñado, ni un costal, ni siquiera una carreta repleta de cajas; tienes que llevarte toda la riqueza que tus ojos alcanzas a ver, sino lo haces así, así dejes una sola moneda, te condenas hacerle compañía a ese charro negro y cuando menos te das cuenta, te conviertes en uno de ellos por toda la eternidad, creo que ha de ser el diablo y ese lugar, ha de ser la entrada al infierno.



Thompson le llamo la atención esa historia, se sintió de repente atrapado por ella, sintió curiosidad donde era ese misterioso lugar. Guadalupe le dijo que cerca del Pedregal; pasando el pueblo de San Ángel, subiendo las lomas y cruzando el río; un lugar desértico porque no había cristiano alguno que tuviera el valor de cruzar el bosque; pues también espantaban de día, ¡es en serio¡. Sientes que una persona te sigue y cuando volteas no encuentras a nadie, si subes a caballo, sientes que alguien está sentado detrás de ti, el caballo relincha tratando de aventar al pasajero extraño, al que sientes que te jala de los hombros para tirarte del caballo. Thompson rió, no porque dudara de lo que escuchara, sino por la forma en que lo decía su compañera. Agradable su plática le dio un beso en la boca y siguió escuchando otras historias.



En el convento donde estuve, existen túneles secretos, si te metes en ellos, puedes perderte y jamás regresar al lugar donde entraste. Pero muchos monjes conocen los caminos secretos y caminan sobre ellos, porque son más seguros que cruzar el propio bosque donde habitan los demonios. Esos túneles son pasillos ocultos debajo de la tierra, en ellos hay cadáveres enterrados, mucho dinero escondido, y lo que es peor, pueden llevarte a la propia boca del diablo; a mi me consta la existencia de esos túneles, porque yo caminaba sobre ellos.

-      ¿Conoces esos túneles?.
-      ¡Si¡. Hay un pasillo largo, muy largo, por momentos es demasiado ancho y en otros, demasiado estrecho; hay muchos quinqués que alumbran el camino, si caminas sobre uno de esos túneles, donde crees que te saca.
-      ¿Dónde?.
-      A la mismísimo Convento del Carmen.



Un túnel secreto al Convento del Carmen. ¡Increíble¡. ¿De dónde a dónde?. ¡Del convento del Desierto de los Leones al Convento del Carmen¡. ¡Fantasía¡. ¡No era creíble¡. Guadalupe estaba fantaseando. Todo lo que decía era una mentira, producto de su imaginación. ¿Qué caso tenía construir un túnel de esos? ¿Para conectar dos iglesias?. ¿dos conventos?. ¡Si¡. Un convento era de monjes y el otro de monjas. ¿Sabrás lo que hacían en ese túnel?....  Lejos de los ojos de dios….Thompson miró con incredulidad a Guadalupe, pero ésta le sostuvo la mirada. ¡Era cierto¡. Ella había caminado por ese puente. Sabía lo que los monjes hacían por esos túneles. En ella, enterraban los niños que las monjas abortaban. ¡No digas tonterías¡. – dijo Thompson.



Esa mujer era una vil prostituta. No tenía nada de monja, estaba mintiendo; todo lo que acababa de decir era producto de su imaginación; había estado conviviendo con una mujer que creía inteligente, pero realmente estaba enferma de su cabeza, se sentía bruja, luego monja y no era más que una simple puta. A lo mejor, eso era y siempre había sido, una simple e ilusa prostituta, que ni siquiera había sido monja.

Guadalupe se paró de la cama muy enfadada y en actitud retadora amenazo a Thompson, diciéndole que algún creería en esas historias. Thompson, siguió mirando con desconfianza lo que decía esa mujer fantasiosa. Tantos clientes le platicaban tantas historias, que seguramente todo lo que acababa de decir, no era más que una síntesis de todo lo que les había escuchado. Brujas, chaneques, nahuales, charros negros, niños monstruosos y ahora, hasta emparedados en los túneles secretos de San Ángel al Desierto de los Leones. Thompson se paró de la cama, después de haber escuchado todas esas historias fantasiosas producto de la imaginación del pueblo. Ya no tenía porque escucharla.

Guadalupe se enfadó porque sintió que todo lo que había dicho, no le había sido creído, como si la hubieran tomado por loca, mujer fantasiosa, pero era cierto. Guadalupe todo lo que le platicó a Thompson era cierto. En verdad existía ese lugar y también esos túneles secretos; le constaban, porque no solamente los había visto con sus propios ojos, ni tocado con sus propias manos esas paredes y con sus pies había pisado esa tierra; sino que también, a más de quince años de haber dejado la vida religiosa, podía regresar a ese lugar y señalar con precisión, donde se encontraban la puerta de acceso de esos túneles.

-      ¡En serio¡. – Exclamo sorprendido Thompson - ¿Me llevarías a ese lugar?.
-      No papacito. No te llevare a ese lugar, Porque no me crees.

Thompson se rió. Sólo alcanzo a decir con los labios cerrados.

¡Pinché puta¡.


jueves, 15 de septiembre de 2016

CAPITULO 42


-      ¿Qué me cuenta de la política don Enrique?. – pregunto el viejo decrepito en el comedor de la hermosa Casona de Tizapan; ahí a su lado, su hermosa esposa Amparo y mi futura prometida Fernanda; todos sentados en el comedor en la hora de la comida.
-      Nada nuevo que no sepa el país entero. El golpe militar del general Salas fue exitoso. Se espera que en cualquier momento desembarque Santa Anna – Jorge Enrique Salcedo tomo aquella deliciosa jarra de agua de Jamaica para servirse.
-      Se lo dije don Enrique – río don Alfonso Martínez del Valle – se lo dije, yo siempre lo supe. El general Santa Anna regresará para defendernos de esos perros americanos. – En cambio, el viejo volvió a tomar otra copa, no propiamente de agua de Jamaica, sino de vino.

Al mismo tiempo que don Alfonso perdía la razón a causa de su embriaguez;  Enrique Salcedo veía por unos instantes a su prometida, una niña tierna,  luego cambiaba de vista para mirar disimuladamente a su suegra, quien a comparación de Fernanda,  era una mujer triste, de una experiencia enigmática; en ese suspiro reprimido, Jorge Enrique llego a sentir que le cruzaba la mirada, que su suegra le correspondía la mirada, pero al hacerlo, cambio inmediatamente el ángulo de sus ojos para no ser sorprendido, pero en ese instante, observó que al parecer, había sido descubierta por Fernanda.

-      Me sirves por favor Enrique – dijo Fernanda sin quitarle la mirada de su vista y con una voz que insinuaba una ligera sospecha, quizás un celo disimulado.
-      Como no Fernanda – Enrique volvió a coger aquella jarra y sirvió el vaso de agua de Jamaica, como tratando de simular que no había pasado nada.

Don Alfonso, había terminado de comer. Sin embargo, continuaría sentado en la mesa, hablando una serie de incongruencias de las que no se le entendía nada. Hablaba de sus viejas amistades y de sus clientes, y de otros temas, que realmente, no le interesaba poner la minima atención.

-      ¿Ahora que va hacer don Enrique?. – creo yo, que le pinta un mejor panorama, si su ex jefe regresa nuevamente como Presidente.
-      Posiblemente.

Enrique volvió a observar a Fernanda y vio su cara de fastidio, al escuchar en la voz de su padre, lo que sería una conversación de cuestiones políticas. Entonces, se dio cuenta, que había tenido una figuración, Fernanda no sospecharía de nada; no sería capaz de leerle la mente.  No había visto por su fortuna absolutamente nada.

-      ¿Y sus clases de inglés?. – pregunto nuevamente el viejo - ¡Hip¡. .
-      Bien, muy bien don Alfonso, tengo una excelente maestra de inglés. – Contesto Salcedo mirando nuevamente a Amparo.
-      Es lo único bueno que tiene esta mujer. – comento despectivamente don Alfonso, como queriendo que su futuro yerno, riera de un chiste. Obviamente Enrique Salcedo no hizo gesto alguno. Tomo la copa de alcohol que le ofrecía su suegro y la ingirió. Dentro de su alma, no podía permitir que nadie, absolutamente nadie ofendiera a la mujer que en alma y muy bajo su reprochable censura, creía amar y respetar.

Ahí seguía sentada su amada. Amparo con aquel porte de señora; su vestido elegante, su rostro algo demacrado, como si no hubiera dormido en días, ¿Qué tendría?, ¿en que estaría pensando ella?. ¿le podría ayudar en algo?.  A su lado, en la cabecera de la mesa, el escribano seguía bebiendo  tratando de seguir una conversación  no inteligible, sumamente aburrida; sólo él se reía de sus chistes y se volvía a servir, no pudiendo ocultar para ese momento su borrachera, hasta que éste tuvo la genial idea de preguntar por un tema que incumbía a todos.

-      Ahora que regrese el general Santa Anna, debemos llevar a cabo la boda lo más pronto posible.

Todos en la mesa quedaron inauditos con esa propuesta. Nadie esperaba que de aquel ebrio saliera un tema incómodo para todos. Entonces don Alfonso observó un poco extrañado sobre la repentina reacción de todos.

-      Papá crees que el general Santa Anna pueda designar a mi prometido, como embajador o jefe de alguna aduana. – intervino Fernanda como queriendo desviar el tema de conversación. Era obvio, Fernanda no quería que se tratara ese tema.
-      Claro que si hija. Lo puede nombrar hasta Vicepresidente de la Republica; por eso el día de la boda, deberá ser en grande…contrataremos a una orquesta y haremos un gran banquete, donde acudirán…

Amparo seguía comiendo, guardando aquel silencio que censuraba más de mil palabras de reproche.

-      Don Alfonso – interrumpió Enrique  - considero que lo más prudente sería esperar a que el general Santa Anna regrese a México
-      Qué tal si nunca regresa ese hombre – comento Amparo rompiendo su silencio.
-      ¡Tú cállate mujer¡. ¿Cómo se te ocurren esas estupideces? – respondió en forma altanera don Alfonso.
-      No tiene nada descabellado lo que supone su esposa. El puerto de Veracruz al parecer está bloqueado y difícilmente podrá ingresar una flota mexicana, más aún, si su pasajero es el distinguidísimo generalísimo.
-      Mi general Santa Anna va a regresar este país. Tiene muchas cosas pendientes que resolver. ¿Recuerda?.

Claro que Enrique recordó a que se refería su futuro suegro. Más de quince millones de pesos enterrados en el patio de esa Casona se los recordaba. El precio de la corrupción, la traición y la demagogia.

-      Cuando regrese el general Santa Anna le pediremos amablemente que comparta la comida con nosotros. Lo sentaremos en esta mesa y …

Amparo siempre consideraba que la comida era muy sagrada, para que esta no se pudiera compartir con sujetos de muy indeseable reputación. Su forma sutil de manifestar su inconformidad, era transmitir el desprecio y la indiferencia que ella sentía por su marido.

-      Insisto don Alfonso. Aún no podemos hechos las campanas al vuelo. Necesitamos esperar que se tenga certeza de que el general Santa Anna regrese a México. Si así lo desea, tan pronto el generalísimo pise el territorio nacional, podremos hacer los planes sobre los preparativos de la boda.
-      Muy bien don Enrique - ¡hip¡ - acabo de escuchar lo más sensato del día, en boca suya. Cuando regrese mi amigo, haremos los preparativos de la boda. Que todo México, si todo México, deberá saber.

Todos continuaron sentados en la mesa, al mismo tiempo que don Alfonso volvió a servirse más vino. Nuevamente Enrique volvió a mirar su suegra, quien para ese instante, pensaba que el general Santa Anna regresaría para planear su defensa ridícula de la patria. - ¡Señora Amparo¡ ¿Qué le pasa?. ¿Sucede algo? – eso pensaba Jorge Enrique a ver a su señora pensativa, preocupada, con su cabello largo y algo maltratado, con algunas arrugas en su cara, pero con una belleza sutil; su yerno la miro, la seguía mirando y no podía dejar de hacerlo ni por un solo segundo, quería hablarle con sus ojos, decirle en la voz mental que todos los seres humanos tenemos, para decirle que ella, siempre podría contar con él. - ¡Señora Amparo¡. Creo que la amo. Perdone mi estúpido atrevimiento, pero creo que la amo – Ahí con su vestido gris, el botón de su vestido hasta su cuello, con una silueta hermosa, tal cual si fuera una escultura griega, que esperaría por lo menos, le respondiera con los ojos;  un secreto que debía de revelar, algo que ya no podía callarle – ¿Que tiene señora Amparo?. Sin embargo de nueva cuenta, Fernanda lo interrumpió en ese lapso.



-      Me sirves más agua

Enrique nuevamente sorprendido, volvió a disimular aquello que realmente no podía ser, así que de la forma más natural, volvió a tomar la jarra de agua de Jamaica y le sirvió a su prometida, como si nada estuviera pasando. Al menos eso creía, porque el gesto de Fernanda, al parecer era otro. ¿Lo habría sorprendido?.

-      ¿En qué piensas Enrique?. – pregunto en una forma muy tentadora su prometida.
-      Nada mi vida. Ah decir verdad estoy muy cansado, preocupado, no sé qué tenga corazón. Este último cambio de gobierno me ha puesto nervioso. Disculpa cariño.
-      Si ya veo, como te tiene preocupado. – Fernanda respondió en forma irónica, haciendo una mirada de repudio hacia su propia madre.

Amparo volteo y se percató que su yerno, por un largo instante la había estado mirando y que al parecer habían sido descubierta por su hija, entonces tratando de disimular la situación, tomo la servilleta, se limpio la boca y anuncio su retiro.

-      ¿A dónde vas?, ¡no hemos terminado¡ - dijo don Alfonso.
-      Déjala papá, seguramente tiene dolor de cabeza.

Amparo dejo el comedor, mientras que Enrique siguió tratando de simular una conducta, tal cual si no pasara nada.

-      Entonces – dijo aquel viejo decrepito cuya condición etílica era sumamente pestilente – yo también procedo a retirarme.

Don Alfonso se paró de la mesa con trabajo, tomo su bastón para evitar caerse. La señora Juanita trato de agarrarlo para que este no se cayera, pero esto no dejo ni siquiera lo tocara – yo puedo sólo, quítate de aquí india.

Habiéndose retirado sus respectivos suegros, Fernanda y Enrique se quedaron solos, mirándose ambos a los ojos frente a frente, como si por algunos momentos, ambos se predispusieran a iniciar una discusión.

-      Me llevas al parque. – dijo en forma imperativa Fernanda.
-      Si corazón. – respondió nerviosamente Enrique. Tenía que actuar de una forma natural.

Enrique tomo del brazo a su prometida y le retiro su asiento. La mujer entonces en forma muy cautiva procedió a dar órdenes a la nana Juanita, comportándose por algunos momentos, con el mismo temple y altanería de su señor padre.

Ambos se retiraron de la casa, Jorge Enrique le tomo el brazo a su prometida  y empezaron a caminar por las calles que rodeaban la lujosa mansión. A lo lejos se escuchaba el canto de los pájaros, era una tarde nublada y el aire que se respiraba, era fresco, como si amenazara en cualquier momento, con llover. Sin embargo, pese a ese silencio y a la incomodidad de seguir caminando, como si nada estuviera pensando, Fernanda por un momento se detuvo en su andar y pregunto:

-      Enrique. ¿En verdad me quieres?.

Enrique se quedó sorprendido por esa pregunta que le formulaba Fernanda. Había sido hasta en ese momento de la relación, la cuestión mas importante que le había formulado su prometida.

-      Si claro. – respondió titubeantemente Enrique, como si no estuviera convencido de su cariño, como si realmente, ni el mismo supiera ni pudiera ordenar debidamente sus pensamientos.
-      ¿Y en verdad quieres casarte conmigo?. – volvió Fernanda a formular otra pregunta, mucho más concreta y reflexiva.
-      ¡Claro que si¡ - respondió Enrique en forma automática - ¿porqué  preguntas eso?

Fernanda respondió:

-      ¡Por nada¡. Por momentos llegue a pensar algo en la hora de la comida, pero no es muy grave, olvídalo.
-      ¿Qué pensaste?.
-      No, no tiene importancia, una tontería, discúlpame.

Enrique sintió su corazón salirse de su pecho, ahora la interrogante era suya, esa curiosidad de haberse sentido descubierto, tenía que ser relevada en forma inmediata.

-      No cariño, ¿en qué pensaste?.
-      Pensé – se quedó callada Fernanda - …perdona el comentario tonto que voy a formularte, pero es que vi como observabas a mi madre.
-      ¡Que yo observaba a tu madre¡. – respondió en forma exclamativa  como queriendo decir. - ¡Cuando¡, ¡como¡, ¡a  que horas¡.
-      Cuando comíamos. Observe que mirabas a mi mamá de una forma muy especial.
-      No sé a qué te refieras Fernanda, miro a tu mamá, como puedo mirar a tu papá, eso no se que tenga de especial.
-      Es que sentí…- otra vez volvió a quedarse callada Fernanda, como no queriendo decir, lo que realmente empezaba a intuir.
-      ¿Qué sentiste?....

Fernanda siguió callada, pero hablo con la mente.

-      ¡Que tu mamá y yo¡…¡por favor¡. ¡Como se te ocurre¡.
-      Disculpa cariño, yo no dije nada.
-      Pues ni te ocurra decirlo. Yo respeto demasiado a tu madre, para que llegues a suponer esas aberraciones, ¡como crees¡, ¿Cómo puedes pensar que yo y tu mamá?. ¡Por favor Fernanda¡, no vuelvas a tener ese tipo de suposiciones falsas, que lo único que consiguen es ofenderme  y obviamente a tu madre.
-      Disculpa corazón, es que vi que la mirabas, como si la desearas.
-      ¡No vuelvas a decir estupideces¡ - grito Enrique¡ - que tu padre jamás se entere de estas suposiciones tuyas, no vuelvas a jamás a tocarme este tema, yo respeto a tu madre, porque es una gran mujer y nada más, pero a eso que digas que yo…o tu mamá …¡por favor¡, como se te ocurre ese disparate¡.
-      Disculpa corazón, pero no es para que reacciones así,
-      Pues no vuelvas a ofenderme. ¡Jamás vuelvas a pensar eso¡. Respeto a tu madre, únicamente la respeto. Yo solamente te quiero a ti, ¡Lo entiendes a ti¡.
-      Yo lo sé cariño. Discúlpame por contarte esto, no fue mi intención.

Enrique se reprocho una y mil veces por el momento que había pasado. Como era posible que fuera tan imbécil para experimentar esto. Como podía fijarse en una mujer mayor que él, que además era la madre de su prometida. Maldito fuera él y su hipocresía, su conducta criminal, pecaminosa, como podía ser un farsante y comportarse de una manera tan vil. Realmente era para que se matara, para que el mismo se condenara en los infiernos, por haber mentido a su prometida y haberse mentido a él mismo. Por no ser tan valiente como le hubiera gustado ser, para declararle su amor, a la madre de su prometida. ¡Que estúpido¡. ¡pobre infeliz¡. Que poca estima. Debería de irse a un tugurio y meterse con al primera prostituta que le hiciera desbordar toda aquella pasión y coraje que tenía. Que sentía por una mujer prohibida. ¡Maldito seas Enrique¡. Púdrete en el infierno. Llora en la oscuridad. Matate, antes de que el cinismo o la vergüenza, lo haga por ti.



Mientras que en otro lugar de la casa, yace Amparo en la alcoba de su casa, sentada frente al espejo. Una mujer bonita pero maltratada. Una mujer de una tristeza con una alegría muy oculta. ¿Por qué tenía que sufrir ella a la que Enrique amaba con silencio?. ¿Por qué no podía hacer su vida como quisiera?. ¡Borrarse porque no de este mundo¡. Desaparecer toda ella y todo vestigio de su pasado vergonzosos y de un futuro que nunca jamás llegaría.

Amparo estaba muy triste, con las ganas de llorar y reventar al llanto, sólo observó cómo su marido entro a la recamara, para tirarse a la cama, a roncar como si fuera una bestia. ¿Por qué tenía que vivir con ese hombre?. ¿Por qué tenía que compartir nocha a noche, su cuerpo en los brazos, piernas y boca de ese monstruo. Era más digna, la más vulgar de todas las prostitutas, que ella misma que aparentaba ser una dama de la alta sociedad. Eso no podía ser; observó a su marido decrépito, viejo, oyendo como roncaba en forma grotesca y ruidosa. Como ese olor alcohólico apestilaba el lecho más sagrado de todo matrimonio. Tenía coraje, mucho coraje, de haberse sentido deseada por una persona más joven y no haber correspondido. ¿Qué diría la moral¡. Su hija, su esposo, la iglesia; que dirían sus vecinos, sus familiares¡. Que diría el propio yerno de haberse sentido descubierto de que ella, al igual que él, deseaba sólo un instante, quizás un momento de lujuria, o por qué no, un abrazo cariñoso, un beso tierno sólo eso, un beso, un apoyo, una columna, un hombre, una pareja; sólo el amor, prohibido, tormentoso, tierno, respetuoso.



¿Por qué tienen que pasar esas cosas?. ¡Porque complicarse de esa forma la vida?, en un momento en que el cadete Jesús Melgar planea fugarse del Colegio Militar, en que Fernanda mantiene una correspondencia secreta con el joven cadete; en que Enrique llora de coraje por la miseria de hombre que es y en que Amparo, sentara en su recamara, mirándose al espejo su cabello maltratado, recordando tormentosamente a un hombre; no al que la amaba en silencio, sino que aquel, que alguna vez amó y volvería por ella; aquel con que alguna vez se casó y la abandono a su suerte:  James Thompson. El espía, al servicio del gobierno de los Estados Unidos de América.