domingo, 4 de septiembre de 2016

CAPITULO 31


Mientras el general Mariano Arista y Pedro Ampudia estudiaban la posición del enemigo, a cientos de kilómetros, en la Ciudad de México, los rumores de una conspiración en contra del gobierno del presidente Paredes Arrillaga eran ciertos.

Mucho se decía, en las calles, las plazas, hasta en las pulquerías, respecto al inminente regreso del generalísimo Antonio López de Santa Anna. Era una verdad de cuestión de tiempo, solamente él y nada más él, sería el hombre indicado y el único mexicano para poder enfrentar con gallardía y patriotismo, la crisis política que se avecinaba. Había por lo tanto que desmentir cualquier campaña calumniosa en su contra, tendiente a desmoralizar el patriotismo que en esos días exigía la nación mexicana. Para ello había que actuar en la normalidad, vivir la vida nacional ignorando cualquier amenaza, inclusive la propia guerra. Desmentir el rumor del golpe de Estado, dar confianza o al menos, simular que el nuevo gobierno revolucionario presidido por su caudillo el general Mariano Paredes Arrillaga, daría plena confianza al pueblo mexicano.

Obvio que para el licenciado Jorge Enrique Salcedo y Salmorán le era difícil conciliar sus altas responsabilidades en la oficina del presidente, junto con su preparación académica al tratar de aprender esos verbos en inglés, preparar su clase en la Academia de Jurisprudencia, así como esperar las horas del día, para poder ver a su prometida.



Durante esos días, uno de sus alumnos, Alfredo Villarejo terminaba sus estudios de Jurisprudencia y de un momento a otro, iniciaría sus trámites para obtener el titulo de Abogado. Había escogido como tema de tesis para su titulación, el estudio respecto a la necesidad de una Constitución Política. Era un tema polémico, más aun en esos días en los cuales la discusión en todos los lugares de la ciudad de México, lo era la forma de gobierno, las ventajas y desventajas de la monarquía frente a la república, las críticas al federalismo, la llamada “intolerancia religiosa” de aceptar como única religión la católica, así como también, la necesidad de implementar un mecanismo de control constitucional que permitiera el reconocimiento de los derechos del hombre, pero también, la estabilidad política que requería el país. Muy lejos, estaba de analizarse otros temas que ameritaban igual o quizás de mayor importancia para la reflexión, la denuncia y en su caso, la discusión. Nada se decía de los planes militares que el general Arista tenía para expulsar al enemigo, del terreno patrio invadido.

Jorge Enrique Salcedo y Campuzano revisaba ese pequeño ensayo que presentaba quien había sido uno de sus alumnos, al mismo tiempo que desde su escritorio, leía alguna de las columnas del honorable abogado Mariano Otero. Era un excelente crítico no solamente de las leyes, sino también de las costumbres mexicanas; un hombre realmente envidiable, razón tenía en vida el doctor Samuel Rodríguez cuando le hizo mención de este jurista, el cual, en un país como este, estaría condenado al olvido. Quien más que él, podría escribir sobre la situación política y jurídica por la cual pasaba la nación. Nadie más que él podía entender la realidad social de su país; era sin duda alguna cada una de sus columnas publicadas, un verdadero ataque a la forma conservadora de pensar y un auténtico liberal que de forma libre, opinaba, ejerciendo de manera crítica, una de los derechos fundamentales del hombre en las sociedades modernas y civilizadas: La libertad de pensar, de creer, de objetar, de decir y decidir.

Que admiración podía sentir Salcedo respecto a la inteligencia de un desconocido como Otero; que envidia y tristeza le podía despertar la originalidad de sus ideas, la forma de pensar, de exponer en forma elegante, sus críticas al modelo de gobierno centralista. Que brillante forma de escribir, de opinar, manifestar; de asentar en cada una de los renglones de su escrito, la descomposición política por la que estaba pasando el país.

Y mientras Salcedo pensaba esto; mientras desde su escritorio sólo observaba más que aquellos cuadros que representaban el paisaje mexicano de la gran capital; no hacía más que pensar que su destino de hombre sería quedarse sólo, abandonado y olvidado. Su vida no tendría sentido porque se sentía sin ninguna cualidad, más que de ser un simple empleado de gobierno al que había encontrado la forma vil y cada día mas servil de ganarse la vida. Ser una especie de esclavo, un adulador del presidente en turno, un empleado público de esos que se apoderan de un puesto y que jamás renuncian a él por convertirse en personas indispensables, así fuera el funcionario más corrupto o ignorante de todos, pero al fin y a cabo indispensable en un país que se descompone cada vez más, al grado que en meses posteriores sería testigo de su aniquilamiento.

Salcedo y Salmorán seguía aprendiendo esos verbos de inglés para agilizar su mente. Si no podía aprender hablar y escuchar el inglés, si al menos se sentía con la capacidad para leerlo y escribirlo. El pese que no tenía la posición política de un Mariano Otero, pese que jamás podía ocupar puestos importantes por su inteligencia como Crescencio Rejón, ni tenía la trayectoria política militar de un Paredes Arrillaga, Nicolás Bravo o inclusive del propio Santa Anna; sabía perfectamente que él era una persona sumamente diferente.



Sobre su escritorio encontraba algunos de los periódicos locales, algunos de ellos hablaban sobre los primeros enfrentamientos militares entre el ejército mexicano y el americano, al norte de la frontera; muchos de los columnistas catastróficos y pesimistas hablaban que los territorios de Nuevo México, la Alta California e inclusive los de San Francisco, ya se encontraban ocupados por los americanos y que definitivamente era imposible, que una incursión militar podía desalojar al invasor. Otros mas pesimistas, hablaban de que los puertos de Tampico y Veracruz podían ser ocupados en cualquier momento y que posiblemente, los americanos podían abrir dos expediciones para la nueva conquista de México, una que entraría por el norte y la otra por Veracruz. Algunos de ellos, todavía más trágicos, hablaban de que el catolicismo sería sustituido por el protestantismo, como lo fue en su momento los ídolos de los antiguos indios de México, que fueron suplantados por el cristianismo, más aún, por el llamado milagro de Tepeyac de la Virgen de Guadalupe.

Salcedo trataba de ignorar esos rumores, pero el Presidente de la Republica ya le había confiado desde días antes, redactara la declaratoria de guerra. Para poderlo hacer, necesitaba asegurarse de que los rumores de que se habían suscitado los primeros combates fueran ciertos. Se esperaba ya que de un momento a otro se recibiera una carta enviada por el general Arista o Ampudia, dando constancia de las primeras hostilidades.

En la tarde al visitar a su prometida, Jorge Enrique no podía disimular su aburrimiento. Vivir con una mujer de pensamientos cortos, mas preocupada por la vida privada de sus primas, de sus vecinos, de sus amigas; se le hacía hueco, sin sentido alguno. Salcedo no podía aceptar que esa mujer al cual poco a poco le iba perdiendo su belleza, iba adquiriendo su verdadero rostro: una mujer tonta, frívola, caprichosa e indecisa; sería esa mujer en los próximos días, su esposa.

Mientras el general Mariano Arista planea con el general Pedro Ampudia rebasar los límites del rio Bravo, cortando las líneas de comunicación entre el Fuerte Brown y el Frontón Isabel; pudiendo cercar a los adversarios a fin de deponerlos y fusilarlos; Jorge Enrique en cada clase de ingles seguía admirándose cada vez más de Amparo, mujer que pudo ser culta, que pudo ser diputada, juez, ministro o porque no presidente, pero que por el hecho de no haber nacido hombre, estaba condenada a vivir sometida bajo el poderío de una sociedad masculina. ¡Diablos¡. Como podía pensar de esa forma Salcedo, esa mujer, tan alta, tan bella, pero tan respetable, nunca sería nada suyo; su destino sería, quisiera o no casarse con su hija; y ver esa mujer, no solamente un pecado, sino como una promesa jamás cumplida.

Y Fernanda al parecer no sabía nada de su vida, más que experimentar esa sensación de vivir aburrida en la casa de sus padres, observando la vida aburrida de su madre, quien en forma abnegada, simple y hasta absurda, no se atrevía a salir más allá de los balcones de la alcoba, ni siquiera a salir por la calle, viviendo encerrada como dama de sociedad, de una honorable familia mexicana, acomodada, con titulo y respetabilidad, pero viviendo una vida tediosa sin sentido alguno, sin saber lo que era realmente enamorarse. Fernanda observaba su cuerpo en el espejo, cada vez mas delgado y simple, al hecho que esa carne humana pudiera convertirse en objeto de pecado, del deseo es lo que ha orillado a los seres humanos a perderse. ¡Maldita sea esta sensación de sentir los brazos de un hombre fuerte, seguro, protector, maldito era ese calor que le faltaba, esa cobija de piel que le cubriera o apagara, el ardor de sus malévolos deseos¡.

Fernanda seguía guardando cada una de las cartas que le había enviado su exnovio Jesús Melgar. No sabía si regresar con el, si dar por terminado esa relación que tenia con Jorge Enrique, aprobada por sus padres, para iniciar un noviazgo formal con Jesús, o bien, ignorar a su antiguo enamorado, hacer oídos sordos y hacer como si esa hermosa relación, nunca hubiera existido.



Jesús Melgar al menos seguía en sus clases en el Colegio Militar, rezando el rosario en las horas de descanso, yendo a dormir cada noche pensando en ese cuerpo de mujer que imaginaba podía poseer su amada. Su novia amada al que tanto quería, pero que nada hacía para hacerle caso.

El día 30 de abril, cruzo el ejército mexicano el río Bravo, dividiéndose en dos regimientos; el primero de ellos al mando del general Pedro Ampudia y segundo, por el general Mariano Arista, quien pudo cruzar el río veinticuatro horas mas tarde. El general Mejía se quedo en Matamoros cuidando la plaza de cualquier ataque sorpresa, sobre todo esa infantería que serviría para defender la plaza de cualquier posible ocupación. No existían tantas embarcaciones para que cada uno de los soldados cruzara el rio, la mayoría de ellos lo cruzo nadando, cargando en sus brazos aquel rifle mosquetero el cual, debería utilizarlo disparando al enemigo en caso de ataque. De esa forma, cada soldado cruzo el rio, sintiendo en su uniforme y en sus pies descalzos, lo frío del agua; cruzando milímetro a milímetro el agua, que se hacía mas profunda al seguirse adentrando al mismo. Un sargento tuvo la ocurrente idea de buscar lazos, para que en forma de cadena fueran cruzando cada uno de los miembros del batallón; sin embargo, el obstáculo se dio al intentar cruzar con la caballería, pues algunos caballos incurrieron en el nerviosismo de sentir al agua, al grado que algunos de ellos se perdieron en la profundidad del rio, haciendo sonar sus rechillidos que asemejaban para muchos de nuestros soldados los gritos de la llorona.

De esa forma, mientras cada soldado seguía dando paso sobre paso en el planicie del río, para luego sentirse confiado y poder nadar algunos metros, lejos muy lejos de ese lugar, algunos poderosos telescopios del ejército enemigo observaban en forma alarmante y en otras de manera optimista, el cruce que de soldados mexicanos hacían de dicho rio. Las órdenes del general Pedro Ampudia era ocupar el Fuerte Brown, emular la heroica toma del Álamo para poder pasar por las armas a cada uno de esos piratas mercenarios. Al descubrir cuales eran las intenciones del ejército americano, el general Zacary Taylor ordeno el inmediato despliegue de su ejército, para asentarse en la planicie de Palo Alto, lugar donde pensaría enfrentar la primera batalla de la guerra.



Pobre de México, pobre patria, a donde diablos llegaría esta falta de gobernabilidad, pues apenas fue depuesto de la presidencia el general Herrera, para que dentro de unos meses se hablara en todos lados, del inminente regreso de Santa Anna y remoción a causa de la nueva revolución, del presidente Mariano Paredes Arrillaga.

Eran noticias que provocaban la euforia del presidente, pues obviamente todas esas opiniones venía de la prensa vil que se complacía todos los días atacando su forma de gobierno, desprestigiando sus meritos y burlándose inclusive de las acciones y promesas que de reconstruir el país, visualizaba el clero y las mejores familias mexicanas.

Había que tomar mezcal, pulque o cualquier otra bebida embriagante que hiciera olvidar a cada mexicano de su próxima desgracia. Había que llorar, enojarse, después seguirse llorando y después de un rato, salir gritando de alegría, bailar y después tomar, hacer el amor, enojarse, golpear y hasta matar; todo fuera por esa maldita desgracia que era vivir en ese pedazo de patria corrupta sin esperanza, sin rumbo alguno, con el deseo de ser hombre de suerte y así poder alcanzar uno todos sus deseos.

La situación era tensa, porque era obvio que los informes que el Presidente tenía del norte de al república no eran de todo alentadores. Un problema era latente y no era tanto la forma de gobierno, si la república o la monarquía; tampoco era el regreso de Santa Anna, ni aun menos, si los ejércitos americanos eran superiores a los mexicanos; el verdadero problema, era el dinero. No existía dinero para afrontar heroicamente el enemigo. ¿Cómo se podría renovar el parque, las armas, los víveres?.

¡Pero tenemos huevos¡. ¡Muchos huevos¡. … Tenemos lo que esos maricones no tienen. Muchos y ¡tamaños de huevos¡. ¡Que ningún pendejo americano pisará suelo patrio¡. Primero los cogemos a toda esa bola de gueritos cabrones, antes de que vengan a chingarnos. - ¿Pero con que dinero general?. – El dinero lo dará nuestra Santa Iglesia, ¿de que chingados se preocupan?; esos pinches gringos son pendejos para tirar con la pistola; son tan, pero tan pendejos, que han de creer que seguimos siendo indios con taparrabos como en la época de Moctezuma. ¡Pinches Pendejos¡. ...¡gueritos de mierda¡.

La conspiración era latente, el verdadero enemigo de la patria no eran los Estados Unidos de América, no eran los soldados americanos que evacuaban el Fuerte Brown ante la embestida del ataque mexicano; realmente, los verdaderos enemigos de la patria, era el perro de Santa Anna, quien seguramente ya había pactado con los americanos para vendernos; lo era el Ministro de Hacienda Ignacio Trigueros quien no soltaba el dinero para financiar ni siquiera la escolta del señor Presidente; los verdaderos traidores eran esos liberales masones herejes, quien con sus doctrinas democráticas y federalistas, seguían empeñándose en llevarnos cada día al desastre.

Firme en su decisión, el Presidente de la República, generalísimo Mariano Paredes Arrillaga, solicitó al personal de su escolta, detuviera en forma inmediata a los conspiradores del Supremo Gobierno; desactivar cualquier intentado golpista, encarcelar a los traidores, a los que criticaban su gobierno; había que acelerar en forma inmediata los preparativos para el Congreso Constituyente; el tiempo era demasiado lento y no se recibía señales de apoyo a cargo del gobierno Británico, Francés, Español; ningún país civilizado quería hacerle el favor al nuestro de protegernos en contra de esos malditos anglosajones. Había que pedirle apoyo no solamente a la virgencita de Guadalupe, sino también, al mismísimo Papa si era posible. No podía quedarse nuestro país sólo, como aquellos soldados mexicanos encabezados por el general Ampudia que a sangre y a fuego, intentaba tomar el Fuerte Brown.



Siete cañones mexicanos seguían disparando el Fuerte que meses antes habían construido los americanos, siete cañoncitos mexicanos, casi oxidados pero funcionales, que con buenos soldados de artillería, podían cargarse con esos pequeños misiles y dispararse en dirección a donde se encontraban los piratas mercenarios; siete cañones mexicanos que tiraban una y otra vez, hasta herir al Mayor Brown y dejar incomunicada a su tropa para pedir su rendición, sino a causa de la artillería mexicana, si por lo menos, de hambre. Pero porque chingados no mandan mas tropa pinché Presidente.

-      Respetaremos a los prisioneros de guerra si aceptan la dimisión del fuerte; os juro que seremos benevolentes con nuestros enemigos, no os sufrirán tortura, ni sean pasados por las armas; Les damos hasta las seis de la tarde, ni un minuto más, para que se rindan en forma digna y entreguen el fuerte militar con todo el parque; de no aceptar esta generosa oferta, aténgase a las consecuencias.
-      ¿General, y si no se rinden, si son las seis de la tarde y esos malditos gueritos no se rinden?, ¿Qué vamos hacer?.
-      Deben de rendirse, porque debemos administrar el parque para alcanzar ese tal Taylor; a ese cabrón si lo vamos a colgar de los huevos del árbol más cercano que veamos, faltaba mas, pinché güero.

Pero las horas pasaban y el fuerte seguía sin rendirse, la artillería mexicana seguía disparando una y otra vez, al grado que un certero tiro derribo el techo en donde se encontraba el mayor Brown, estaba herido, era cuestión de horas que el muy perro muriera, para entonces desalentar a esos piratas americanos y pudieran entregar el fuerte.



Una y otra vez; que resuene el cañón, que cada disparo sea una muestra de la dignidad nacional, que muera cada invasor, que su sangre sea por todas las injurias, ofensas y daños que nos han generado y nos puedan generar esos malditos americanos. ¡Ya nos robaron Texas¡, ¡ahora nos quieren robar la mitad de México¡.

Toda esta desgracia, toda esta muerte, es culpa de esos pinches liberales masones vende patrias que quieren derrocar al Presidente. ¡Sigan disparando¡. ¡Fuego¡…¡Preparen¡…¡Apunten¡….¡Fuego¡. ¿Por qué esos pinches mercenarios no sacan la bandera blanca y se rinden?, ¡Pero porque no chingados encarcelamos al Ministro de Hacienda por robarse el dinero?., ¿Pero porque chingada madre, ese pinché general guerito de nombre Taylor viene a reforzar el Fuerte Brown, mientras que yo, que a mi me lleve la chingada.

Los soldados de la escolta del Presidente, dieron el golpe espectacular, después de las diez de la noche, fueron a distintos domicilios para encarcelas a periodistas, lideres de opinión, e inclusive hasta el propio ministro de Hacienda acusado de no soltar el dinero. Y mientras el presidente se redituaba por su gran hazaña de dar un golpe espectacular, el general Taylor con cerca de tres mil hombres, artillería y varios carros, entraba a reforzar al Mayor Brown, que ya para esas horas de la noche había fallecido como consecuencia del intenso cañoneo mexicano.

Entonces el Ejército Mexicano tuvo que emprender la retirada; para presenciar sin darse cuenta, como cada uno de los centinelas del presidente, fueron encarcelando a los enemigos del Supremo Gobierno, incluyendo, al Ministro de Hacienda.

Al día siguiente, el licenciado Enrique Salcedo y Salmorán termino de leer esa tesis que presentaba el candidato a obtener el titulo de abogado; había sido designado como jurado para el examen profesional, junto con los distinguidos señores licenciados; entre ellos el quien fuera Alcalde del Ayuntamiento de la Ciudad Mariano Otero.

Enrique Salcedo sintió un gran halago a su personal e, compartir el sínodo profesional ante una inminencia como el jurista del que alguna vez escucho hablar de él, por conducto del doctor Samuel Rodríguez; el mismo que vió escupirle el barón frances en el Teatro Nacional, don Mariano Otero.





sábado, 3 de septiembre de 2016

CAPITULO 30



Manifiesto a la Nación por el Ciudadano Presidente de la República

General Mariano Paredes Arrillaga.

Los antiguos agravios, decía, las ofensas que desde el año de 1836 ha reproducido incesantemente el gobierno de los Estados Unidos contra el pueblo de México, se consumaron con el insulto de enviarnos un ministro para acreditarlo cerca de nuestro gobierno con el carácter de residente, como si las relaciones entre las dos Repúblicas no hubieran padecido alteración alguna al consumarse el acto definitivo de la incorporación de Texas. Al mismo tiempo que Mr Slindell se presentó, las tropas de los Estados Unidos ocupaban nuestro territorio, sus escuadras amenazaban a nuestros puertos, y se preparaban la ocupación de la península de las Californias, de que no es mas que un preliminar la cuestión del Oregón con la Inglaterra; no admití á Mr. Slidell por que la dignidad de la nación repelía este nuevo insulto. Entretanto el ejército de los Estados Unidos se acantonó en Corpus Christi y ocupó la Isla del Padre Vallín, se dirigió en seguida al Frontón de Santa Isabel, y tremoló el pabellón de las estrellas en la margen derecha del Río Bravo del Norte, frente á la ciudad de Matamoros, apoderándose antes de la navegación del río con sus buques de guerra. La villa de Laredo fue sorprendida por una partida de sus tropas, y desarmado un piquete de las nuestras que se hallaban allí de descubierta. Las hostilidades, pues, se han roto por los Estados Unidos de América, emprendiendo nuevas conquistas sobre los territorios de la demarcación de los departamentos de Tamaulipas y Nuevo León, al paso que tropas de los mismos Estados Unidos amenazan a Monterrey y en la Alta California…Tantos y tan duros ultrajes no podían tolerarse mas tiempo, y he mandado al general en jefe de la División de nuestra frontera Norte, que hostilice al ejército que nos hostiliza, que corresponda al enemigo que nos lo hace, y que, invocando al Dios de las batallas, salve el valor de nuestros soldados el derecho incuestionable a nuestro territorio y el decoro de unas armas que no mas van á emplearse en defensa de la justicia. Moderándose nuestro general por los usos establecidos, y con arreglo a terminantes prevenciones de mi gobierno, intimó al general en jefe de las tropas americanas que retrocedieran al otro lado del río Nueces, antiguo limites de Texas, y la intimación ha sido desechada…Anuncio solemnemente, que no decreto la guerra al gobierno de los Estados Unidos de América, porque al Congreso augusto de la nación pertenece  y no al Ejecutivo resolver definitivamente la reparación que exigen tantas ofensas. Más la defensa del territorio mexicano que invadan tropas de los Estados, es una necesidad urgente, y mi responsabilidad sería inmensa ante la nación si no mandara repeler a las fuerzas que obran como enemigas, y lo he mandado. Desde este día comienza la guerra definitiva y serán defendidos esforzadamente cuantos puntos de nuestro territorio fueren invadidos o atacados.


Palacio Nacional, Ciudad de México a 23 días del mes de abril del 1846

viernes, 2 de septiembre de 2016

CAPITULO 29


Que importa si el general Taylor al mando de mas de tres mil quinientos soldados, comienza a movilizarse por el territorio texano, cruzando el río nueces y dirigiéndose al río bravo, atravesando el arroyo Colorado y estando a sólo tres leguas de Matamoros; sin encontrar desde luego la mínima resistencia.  Que importa si los buques americanos se encuentran abasteciendo de armas al ejército invasor, con tres carros y una escolta de caballería sin que nadie, absolutamente nadie, tampoco diga nada. ¡Total¡ lo prioritario es lo que diga don Lucas Alamán, en el periódico El Tiempo, es más importante discutir la forma de gobierno que le conviene al país, que ponerse a pensar que el ejército invasor viene ocupando posiciones para su próxima embestida.

El Palacio Nacional se sigue discutiendo las próximas reformas que habrá que exponer a la  Junta Constituyente. Una nueva forma de gobierno, totalmente coincidente con las ideas del gran estadista don Lucas Alamán, expuestas de manera tan brillante, clara y refinada conforme a su gran peculiar estilo, sobre las ventajas de alcanzar una forma de gobierno monárquica, totalmente ajena a la idea vil y miserable de la republica, cuyas consecuencias en la vida de la joven patria independiente, era evidentemente nefastas. La edición de El Tiempo del día 12 de febrero, sin miedo alguno, se declaraba a favor del gobierno monárquico, denunciando la bajeza de las leyes patrioteras que estaban a favor de la Republica. En respuesta a ello, el periódico El Monitor Constitucional cambiaba de nombre, para llamarse en lo sucesivo El Monitor Republicano; Siglo XIX hizo lo mismo, para denominarse El Republicano; y asi cantidad de periódicos, como El Espectador, Hesperia, La Reforma, Don Simplicio, El Correo Francés, se pronunciaron a favor o en contra de la monarquía, al grado de que el tema no solamente del día, sino de la semana y de los meses consecuentes, sería sobre la conveniencia o no de adoptar la forma de gobierno monárquica, aún en contra de los sentimientos patrioteros y radicales de muchos de los golpistas, masones y llamados “liberales”, quienes sostenían que México no quería a un rey y mucho menos a un extranjero.

Esa era la discusión política por las cuales, todos los círculos de políticos, intelectuales, burócratas y la opinión publica discutía en cada casa, en cada mesón,  en cada aula de la Academia de Jurisprudencia. Esa era la noticia a la que había llegado a la oficina del Presidente Paredes Arrillaga; preocupado de la opinión desfavorable y del esfuerzo inútil de tan grandes patriotas como Gutiérrez Estrada o el propio Lucas Alamán, quienes aprovechando su enorme prestigio en los círculos intelectuales y hasta internacionales, promovían como la mejor solución política a los constantes problemas que aquejaba el país, era la forma de gobierno monárquica. Pero ante dicha actitud patriótica, la respuesta masónica era contundente, no a la monarquía, no al protectorado español que frenaría indudablemente las perversas ambiciones de los americanos.



Obviamente que para Mr Thompson cuando leía cada uno de los diarios editados por la Ciudad de México, no hacía mas que reírse. Nadie absolutamente nadie, decía respecto a la declaración de la independencia de la Asamblea Departamental de Mérida hacía en diversos manifiestos, segregándose de la republica mexicana, o bien, lo que estaba ocurriendo a tan sólo unas leguas de Matamoros, donde un heroico general de nombre desconocido, exigía en forma patriótica al general Taylor, el retiro inmediato de las tropas americanas en suelo tejano.

Pero claro, esos hechos no eran nada importantes. No ameritaban atención alguna, era mas urgente atender otro tipo de asuntos prioritarios, por ejemplo acelerar el pago de la renta del personal escolta del Presidente de la Republica, o bien, publicar la convocatoria al nuevo congreso constituyente que erigiría el nuevo destino de la patria en una forma de gobierno que privilegiara el orden y la paz, la defensa de la santa iglesia católica y un modelo político más acorde a la idiosincrasia conservadora del país: La monarquía.

¡Obvio¡. Distinguidas personalidades del ámbito político renunciaban a sus respectivas carteras sin dar explicación alguna. Alguna de ellas, fue la misteriosa designación del general Juan Nepomuceno Almonte, quien dejaba de un día para otro, ser el Ministro de Relaciones Exteriores para convertirse en el embajador de México en Francia. ¡Quien podía creer dicho acontecimiento. Misteriosa también fue, pero al poco tiempo olvidada, la renuncia al cargo que hiciera el Ministro de Hacienda don Jesús Parra. Algunos rumores aseguraban, que dichos funcionarios habían cambiado de bando político para convertirse en santaannistas.

Mister Thompson recorría la republica mexicana sin pasar desapercibido. Su lengua inglesa le permitía ostentarse como un importante ingeniero en minas, aunque su vocación no era propiamente las matemáticas o el estudio de los suelos patrios, sino por el contrario, lo era el servicio de espionaje a favor del gobierno americano; lo que le permitía haberse codeado en tan poco tiempo, con importantes hombres ilustres y otros no tan ilustres del gobierno mexicano, del ejército, del clero y hasta dentro del pequeño circulo de “intelectuales” de esa oscura, retrograda y por momentos contradictoria sociedad mexicana.

Mister Thompson seguía siendo el contacto entre el embajador extraordinario de los Estados Unidos Mr Slidell con aquel grupúsculo de militares burócratas que ostentaban la representatividad del pueblo mexicano. Aunque si bien, existía un cambio de la administración de José Joaquin Herrera a Mariano Paredes Arrillaga, la verdad de las cosas, era que dicho cambio no afecto la postura diplomática del gobierno mexicano en cuanto a lo que se refería de no reconocer al embajador americano para tratar los asuntos de la independencia de Texas. ¡No era para más¡.Mister Thompson se sorprendía una vez más de la astucia leguleyo de algunos funcionarios mexicanos que evadían abordar directamente el asunto de Texas,  pretextando excusas dilatorias como negarle la investidura de embajador extraordinario de los Estados Unidos a Mister Slidell, supuestamente por no contar con la documentación en regla. De todos modos, aunque el embajador tuviera la documentación que le solicitaba el gobierno mexicano para ser reconocido en su investidura de diplomático, nunca se le reconocería como tal hasta en tanto, no cumpliera con todos y cada uno de los caprichos de los burócratas mexicanos.

Fueron varias veces en que Mister Thompson intento entrevistarse con el general Paredes Arrillaga, pero nadie le hacía caso; trato de hacerlo con el Secretario de Relaciones Exteriores, pero igualmente, tampoco le hizo caso. Toco varias puertas, inclusive con el recién gobernador de la Ciudad de México, el general Nicolás Bravo, veterano de la guerra de independencia mexicana, sin embargo, tampoco quiso recibirlo. Trato de entrevistarse con algún otro distinguido funcionario del gobierno, pero nadie, absolutamente nadie, quería hablar con él. Automáticamente, su posición de enviado del embajador extraordinario de los Estados Unidos, más que abrirle las puertas, se las cerraban. Como si fuera una maldición hablar con el. Más maldición aún era, abordar temas de política exterior como la evidente guerra entre México y los Estados Unidos.



Y mientras eso sucedía, las tropas americanas al mando del general Taylor construían frente al poblado de Matamoros y el rio Bravo, el Fuerte Brown, donde se alojarían los soldados del ejército invasor en espera de cualquier “ataque” del ejército mexicano. Ahí en el Fuerte Brown en las ribereñas del rio Bravo, se comisiona a cuatro ingenieros para colocar cuatro cañones que apunten directamente a la plaza pública de Matamoros. Desde ahí, a unos cuantos kilómetros, en las filas del ejército mexicano, viendo desde lejos la construcción del Fuerte Brown, varios oficiales se cuestionan respecto a la remoción del general Mariano Arista, la cual  no tenía la razón de ser. Simple y sencillamente no era gente de confianza del Presidente Paredes Arrillaga. La tropa mexicana acuartelada en el poblado de Matamoros, no tenía cabeza alguna, no existía jefe militar alguno al mando de la guarnición, hasta en tanto no llegara el nuevo comisionado del Presidente para hacer frente a la defensa del suelo patrio. Hasta en tanto el general Pedro Ampudia llegara a relevar al general Arista, el general Francisco Mejía informa a los habitantes de matamoros la situación en que se encuentra el país. Denuncia la conspiración de Washington para cumplir su cometido de adueñarse no solamente de Texas, sino más allá de los límites del río nueces, llegando hasta el río Bravo e invadiendo con su presencia limitar, los territorios del Departamento de Tamaulipas. Pero su manifiesto es hueco, nadie absolutamente nadie lo escucha; la ciudad de México sigue discutiendo si la forma de gobierno al que debe aspirar el país es la monarquía o la república, al mismo tiempo que mister Thompson no encuentra puerta alguna para escuchar en forma suplicante, la última oferta del gobierno de los Estados Unidos de América.

Escuchen bien hermanos mexicanos, evitemos una guerra en la cual el honor de nuestros hombres, se vea sacrificado ante la negativa de los funcionarios mexicanos, que pretextando una y mil excusas, se han negado a recibir a Mister Slindell, desechando con el la última propuesta de aceptar veinticinco millones de pesos por los territorios de Texas, Nuevo México y la Alta California. Esa es la última propuesta, es el precio máximo que el señor Presidente de los Estados Unidos autoriza al embajador extraordinario para negociar la guerra y evitar con ello, la inminente guerra que se avecina. Hasta en tanto no se reciba respuesta alguna del gobierno mexicano, nuestro ejército tendrá la estricta y determinante decisión de defender pulgada a pulgada el territorio tejano, que al anexarse a la unión americana, constituye por decisión soberana, territorio de los Estados Unidos de Norte América. ¡Les guste o no les guste a los mexicanos¡.



Sin embargo los funcionarios del gobierno mexicano siguen ignorando esto., ignoran la personalidad y la representatividad con la cual el Presidente de los Estados Unidos de América me ha otorgado. Habiendo recibido la respuesta oficial del gobierno mexicano, negándose de nueva cuenta la personalidad de comisionado por el gobierno de los Estados Unidos para negociar la paz, no le quedaba de otra a Slindell, que pedirle al gobierno mexicano, le remitieran los pasaportes necesarios para regresar a su patria e informar de lo anterior, al Presidente Polk respecto a la arrogancia de los mexicanos, de quienes no dudaría en culpar a los americanos de ser los agresores y los causantes de esta guerra. Slindell escribe:

“…El haberse presentado unos cuantos buques de guerras en las costas mexicanas y el haberse adelantado una corta fuerza militar a las fronteras de texas se citan como una prueba de que no son sinceras las declaraciones de los Estados Unidos del deseo de conservar la paz. No pueden ser ciertamente necesario recordar a V.E. que las amenazas de guerra han procedido todas de México y que parece demasiado reciente la elevación al poder de su actual gobierno, para que haya V.E. podido olvidar las razones ostensibles por las cuales derrocó al que le había precedido: el crimen imputado al que entonces era presidente, crimen tan odioso que justificó su violenta expulsión de la presidencia para que los pocos meses antes había sido electo, por unanimidad sin ejemplo y con arreglo a todas las formulas constitucionales, fue el de no haber continuado la guerra contra Texas, o en otras palabras, contra los Estados Unidos, crimen cuya enormidad se agravó infinitamente por haber aceptado la proposición de los Estados Unidos para negociar…

Mister Thompson espera que el Embajador extraordinario termine su epístola para entregarla personalmente, si fuera posible, al general Mariano Paredes Arrillaga, jefe del ejecutivo mexicano.

… El infrascrito ha excedido los límites que se había prescrito en esta respuesta: la cuestión ha llegado a un punto en que las palabras deben hacer lugar a los hechos. A la vez que deplora profundamente un resultado que esperaba tan poco cuando dio principio a los deberes de misión de paz, le consuela la reflexión de que su gobierno no ha omitido esfuerzo ninguno para evitar las calamidades de la guerra, y que esos esfuerzos no pueden menos de ser debidamente apreciados, no solo por el pueblo de los Estados Unidos, sino por el mundo.

Thompson recibe la instrucción del embajador Slindell de quedarse en la Ciudad de México hasta en tanto, no reciba instrucciones de persona comisionada por el gobierno americano, previa identificación con las códigos de identidad correspondientes. Slindell desilusionado de las autoridades mexicanas, recibe su pasaporte y en espera del buque Mississippi, parte a Cuba con la única misión de contactar con Antonio López Santa Anna, con quien al parecer, tenía una posición mas conciliadora y dispuesta al dialogo, que permitiera encontrar un arreglo amistoso.



Y mientras eso ocurre, la Ciudad de México sigue viviendo en el caos; en la prensa nacional se habla de una campaña encabezada por el presidente de la republica, en la cual se amenaza a los reporteros, columnistas, periodistas y críticos del sistema, en ser enviados, a la cárcel de San Juan de Ulúa o si fuera posible, al paredón por traidores de la patria., “¡Nadie debe hablar mal de la monarquía¡”. nadie absolutamente debe hablar de una forma de gobierno que demostró durante más de trescientos años estabilidad en el pueblo mexicano. Nadie, escuchen bien malditos criticones, masones y santannistas, nadie debe hablar de la monarquía y de las intenciones de este gobierno conciliador, para encontrar la paz y la solución diplomática que haga de México, el freno de las perversas ambiciones de los Estados Unidos.



Sin embargo mientras los ingenieros en artillería del ejército americano, terminan de calcular y determinar la posición, ángulo y altura en la que deben de estar los cañones para bombardear el poblado de Matamoros, un “jefe político mejicano” que es el Prefecto del Departamento de Tamaulipas enviaba al general Taylor, comandante en jefe del ejército americano invasor, una carta que mostraba su indignación por rebasar las fronteras determinadas al departamento de Texas, mismas que se asentarón en territorio tamaulipeco rumbo al río bravo, sin que nadie, absolutamente nadie dijera algo.

Aunque la cuestión pendiente sobre la agregación del departamento de Texas a E.U., se encuentra sujeto a la resolución del gobierno supremo mejicano, el hecho de haber avanzado al ejército que se halla a las órdenes de V.S., traspasando la línea que ocupaba en Corpus Christi, me pone en la obligación, como primera autoridad política del distrito norte de Tamaulipas, de dirigirme a V.S. como tengo el honor de verificarlo por medio de la comisión que pondrá esta nota en sus manos,, manifestándole que alarmados justamente  los pueblos que dependen de esta prefactura  con la invasión de un ejército que sin previa declaración de guerra, y sin anunciar explícitamente  el objeto que se propone, viene ocupando  un territorio que nunca ha pertenecido a la colonia sublevada, no han podido ver con indiferencia un procedimiento tan contrario a la conducta que observan las naciones civilizadas y a los principios mas claros del derecho de gentes; que dirigidos por el honor y el patriotismo, y ciertos de que nada se ha dicho oficialmente pro el gabinete de la Unión al gobierno mejicano, respecto a ensanchar los límites de Texas hasta la orilla izquierda del río Bravo, y que confiados los ciudadanos de este distrito en la notoria justicia de su causa, y en uso del derecho natural de la defensa, protestan por un órgano de la manera mas solemne que ni ahora ni en tiempo alguno consienten, ni consentirán en separarse de la Republica mejicana y unirse a E.U. del Norte, y que se encuentran resueltos llevar a cabo esta firme determinación, resistiendo hasta donde alcancen sus fuerzas siempre y cuando el ejército que marcha a las ordenes de V.S., no retroceda a ocupar sus antiguas posiciones; pues permaneciendo en el territorio de Tamaulipas deben considerar sus habitantes, que cualquiera que sean las protestas sobre la paz con que viene convidando, por parte de V.S. se han roto abiertamente las hostilidades, cuyas lamentables consecuencias serán ante el mundo entero de la exclusiva responsabilidad de los invasores.
Tengo el honor de decirlo a V.S. con el fin indicado, manifestándole mi consideración y aprecio.
Dios y Libertad. Santa Rita, marzo 23 de 1846.

El general Taylor al leer esta carta, no podía considerarla todavía la declaración formal de guerra. Era sólo un escrito de protesta que ameritaba responderse en los mismos términos. No defendería América, hasta en tanto no recibiría la orden clave que le permitiera resonar los potentes cañones instalados en el Fuerte Brown que destrozarían en unas horas, cualquier poblado o columna de la tropa mexicana.

Taylor comisiona a diversos espías, muchos de ellos indios como los mexicanos, para entrar a las filas del ejército mexicano asentado en Matamoros y contar el numero de elementos con los que cuenta el ejército mexicano. Había que hacer cálculos respecto al número de elementos, armamento, víveres, número de habitantes de la población; había que calcular el tiempo de evacuación, traslado, retirada; calcular sigilosamente cada uno de los movimientos que podrían efectuarse de llevarse a cabo las hostilidades. Calcular también el número de efectivos americanos, su armamento, solicitar a la brevedad posible, no solamente mas elementos para sumarse a la tropa que defendería a Texas y a los americanos, sino también, la poderosa artillería que serviría en mucho, para atacar las tropas del enemigo, causándole en poco tiempo y sin exponer vidas propias.



El general mexicano Pedro de Ampudia llega a la plaza de Matamoros, para sustituir a su antiguo jefe, el general Mariano Arista. Lo primero que hace es convencer a la tropa de su lealtad a la causa mexicana, como también, a difundir ese espíritu patriotero que necesitan los ejércitos previo al acto de la guerra. De igual forma, demuestra a la tropa su valor, que su designación no obedeció por apoyar al presidente de la republica durante la revolución del Plan de San Jesús, sino realmente, porque contaba con los meritos para desempeñar tan importante misión.

El general Mejía le informa al general Ampudia que los americanos están del otro lado del rio Bravo, en territorio tamaulipeco. Que según sus cálculos, Taylor comandante del ejército americano cuenta con 3500 elementos, mismos que se encuentran en espera de recibir la orden de ataque. Que posiblemente asaltarían Matamoros y que de no existir una debida defensa, podrían llegar hasta Monterrey. El general Ampudia pide calma, espera contar con 5000 soldados que les enviaran distintas plazas, así como también, contar si es necesario con el apoyo del general Mariano Arista a quien no dudaría pedirle su reincorporación a las filas del ejército, para sumarse a la expedición que cruzara el río bravo, dentro del territorio Tamaulipeco mexicano, para expulsar a los invasores.

Varios oficiales mexicanos reciben con gusto esa noticia. El general Mariano Arista podía regresar a la base de Matamoros para contactar con el general Ampudia y así, mostrar a la nación entera respecto a la conciliación nacional, en momentos tan difíciles en la historia de la patria.  De un momento a otro, inicia la fortificación del Fuerte Paredes, que impediría el paso directo de los americanos por el rio Bravo. Asimismo se planea crear una línea defensiva por todo el rio Bravo debidamente armada que serviría de escudo para frenar a los invasores. Sin embargo, la línea defensiva no puede hacerse con tan sólo quinientos efectivos. Así que Ampudia espera los refuerzos para cumplir sus planes. Es así que llegan soldados de Tampico, Puebla, Morelia, y nos ochenta cañones; sin olvidar desde luego un refuerzo de 2200 soldados más, que sumados a los 2800 con los que se contaban, serían 5000 soldados mexicanos que defenderían el territorio nacional.



5000 soldados mexicanos en contra de unos 3500 que tenían los americanos. Taylor luego de fumar aquella pipa continúa con sus cálculos matemáticos y hasta políticos que podría suscitarle esa oportunidad histórica de vencer a los mexicanos. Recibe noticias de que el Cónsul americano en Ciudad Victoria Tamaulipas fue expulsado por el gobierno mexicano, así también, esta enterado perfectamente de cada uno de los movimientos de la tropa mexicana pues los informes que recibe de los servicios de espionaje son claros. Le dicen que los mexicanos creen contar con 5000 soldados cuando realmente, no se le informa al general Ampudia que noche con noche, son varios los soldados quienes desertan, sin comunicarle de esto en los reportes de novedades a la superioridad mexicana. Taylor obviamente que se ríe de esta noticia, porque de demorar aun más la guerra, esos 5000 soldados que dicen tener los mexicanos, se irían reduciendo hasta porque no, desaparecer el ejército enemigo, al grado que juraría que podría ocupar Matamoros sin disparar una sola bala.

Asimismo el general Taylor piensa en su futuro político, podría ser presidente de los Estados Unidos, su patriotismo y su acción militar estaría en prueba con la gran distinción que le hiciera el presidente de los Estados Unidos James Polk al designarlo como comandante en jefe del Ejército de los Estados Unidos; en la noble misión de defender Texas y de ser posible, iniciar el ataque al país mexicano tan pronto recibiera las noticias de la declaración de guerra, o bien, del inicio de hostilidades por parte de los mexicanos.

De igual forma Taylor esta enterado, según los periódicos que le hacen llegar, que el embajador en México, Slindell también fue expulsado de México, sin obtener desde luego, arreglo amistoso que solucionara la guerra. ¡Que podría esperar ahora¡. Todo estaba hecho para que de un momento a otro iniciara la guerra. Al terminar de fumar su pipa, recibe un correo por parte del general Pedro Ampudia, su homologo adversario.

“Al Señor Gene. Don Z. Taylor.”

El general Taylor rompe el sobre lacrado, solicitando a su traductor le hiciera el favor de leer el contenido de la misiva.

Explicar a usted los múltiples motivos de justo agravio que siente la nación mexicana, causados por el gobierno de Estados Unidos, sería perder el tiempo y hacer injuria al buen sentido de usted; paso por consiguiente desde luego a hacer las explicaciones que considero de absoluta necesidad.
El gobierno de usted, de manera increíble – y aún permítame que le diga, en forma extravagante, si se tiene en cuenta el uso de las reglas generales establecidas y aceptadas entre las naciones civilizadas - , no solamente ha insultado, sino que ha exasperado a la nación mexicana, llevando su bandera de conquista hasta la margen izquierda llevando del río Bravo del Norte; y en este caso por órdenes explícitas y definitivas de mi gobierno, que ni puede ni debe recibir nuevos ultrajes, requiero a usted en debida forma,. Para que en el perentorio término de 24 horas levante el campo y se retire a la otra banda del río Nueces, mientras que nuestros gobiernos estén discutiendo la cuestión pendiente respecto a Texas. Si usted insiste en permanecer en territorio del Departamento de Tamaulipas, resultara claramente que las armas y solamente las armas tienen que decidir la cuestión; y en este caso, advierto a usted que aceptamos la guerra a que con tanta injusticia de parte de usted se nos provoca; y que por nuestra parte esta guerra será llevada a cabo conforme a los principios establecidos por las naciones más civilizadas; es decir, que el derecho internacional y el de la guerra serán la guía de mis operaciones; esperando que pro parte de usted se siga la misma conducta.
En esta inteligencia ofrezco a usted las consideraciones debidas a su persona y a su respetable cargo.
¡Dios y Libertad¡.
Cuartel general de Matamoros. 2.p.m. abril 12 de 1846.

El general Taylor al terminar de escuchar la carta, no hizo más que reírse; así que solicito el apoyo de su personal jurídico, para preguntar si dicha misiva podía considerarse ya como el inicio formal de hostilidades, o si bien, era ya una declaración de guerra.  Al volverse leer el documento, ya debidamente traducido, se opino que aún dicha carta, aun pese a su actitud hostil y pedante, no podía todavía considerarse como una declaración de guerra, en virtud de no haberse suscrito por quien se decía ser presidente de México. Así que no pasaba ser de una bravata más, muy peculiar de los mexicanos, que haciendo alarde de su valentía no era de esperarse recibir otro tipo de advertencias como esa. Consciente de esa opinión, el general Taylor solicita apoyo marino para bloquear el rio Bravo, provocando aún más al ejército mexicano, para iniciar de una vez por todas las hostilidades.

 

Taylor responde entonces al general Ampudia:


Cuartel General del Ejército de Ocupación, Campo cerca de Matamoros, Texas, abril 12 de 1846.
Señor:
He tenido el honor de recibir su nota de esta fecha, en que me intima usted a retirar las fuerzas de mi mano de su posición actual hasta más allá del río Nueces, mientras no se decida la cuestión pendiente entre nuestros gobiernos, relativa a los limites de Texas.
Apenas necesito decir a usted que, encargado como estoy del desempeño de obligaciones específicas de carácter puramente militar, no puedo entrar a discutir la cuestión internacional implicada en el avance del ejército americano. Me permitirá usted sin embargo, que le diga que el gobierno de los Estados Unidos ha estado constantemente procurando un arreglo de la cuestión de la frontera por medio de las negociaciones; que se ha despachado un enviado a México con ese propósito y que hasta fecha reciente ese enviado no ha sido recibido por el actual gobierno mexicano, sino es que haya recibido ya sus pasaportes y salido de la Republica mexicana. Entre tanto he recibido ordenes de ocupar la comarca hasta la margen izquierda del río Grande, mientras la línea divisoria no se haya arreglado definitivamente. Al llevar a cabo estas instrucciones me he abstenido cuidadosamente de todo acto de hostilidad, obedeciendo a este respecto, no solamente la letra de mis instrucciones sino los simples dictados de la justicia y la humanidad.
Las instrucciones conforme a los cuales estoy obrando no me permitirán retroceder de la posición que ahora ocupo. Teniendo en cuenta las relaciones de nuestros respectivos gobiernos y los sufrimientos individuales que resultarían, lamento la alternativa que usted me ofrece; pero al mismo tiempo deseo que se entienda que de ningún modo eludiré esa alternativa, dejando la responsabilidad a quienes imprudentemente comiencen las hostilidades. Para concluir, permítame usted darle seguridades de que por mi parte se observarán cuidadosamente las leyes y las costumbres de la guerra entre las naciones civilizadas.
Tengo el honor de ser, muy respetuosamente su obediente servidor.
Z. Taylor.

Taylor envió copia de la misma misiva, a su oficial enlace con el presidente Polk, a efecto de que el mismo se lo hiciera llegar a la Casa Blanca; anunciando de igual forma, que en cualquier momento podría estallar la guerra. De igual forma, pensó enviar otras misivas para los gobernadores de Texas y de Lousiana, solicitando su cooperación con el apoyo de más efectivos, para enfrentar los primeros combates. Asimismo comisiona al Coronel Cross y al Teniente David Porter trabajos de patrullaje cerca del cuartel de Matamoros, sin embargo, era un hecho que ya todos presentían, la guerra en cualquier momento iniciaría.

El Coronel Cross y el Teniente Porter nunca jamás regresarían. Los pocos soldados que los acompañaban en el patrullaje, serían emboscados por elementos del ejército mexicano, quienes en una escaramuza, masacrarían a los patrulleros, capturando de igual forma a los primeros presos de guerra.

El general Pedro Ampudia le sería informado sobre el éxito de la primera escaramuza del ejército mexicano, informándole de la muerte de dos oficiales del ejército americano, así como la detención de varios prisioneros de guerra que habían invadido territorio Tamaulipeco. Ampudia toma un trago de mezcal para celebrar tan noble y heroico acontecimiento y ordena a uno de sus soldados, alisten a todos los soldados de la tropa a efecto de ser testigos de la tortura que sufrirían los invasores. Habría que arrancarles las uñas, afilar los machetes para quitarle la planta de los pies a esos gueritos y hacerlos caminar a los muy infelices  en carbón quemado para hacerles recordar por siempre, que ningún centímetro del territorio mexicano debería de ser invadido.

Es entonces cuando Ampudia recibe una carta del general Arista, informándole pero también instruyéndole, que no iniciara ningún acto de hostilidad en contra de soldados americanos, hasta en tanto no se dictara la orden de ataque o de declaración de guerra.  ¡Era demasiado tarde¡. Los prisioneros de guerra fueron torturados, al mismo tiempo que otra patrulla americana al mando del capitán Thourtón, se daba a la búsqueda de alcanzar a los oficiales Cross y Porter; ya para esos momentos, muertos.

El general en Jefe del Ejército mexicano Mariano Arista llegó al cuartel de matamoros en medio de un ambiente hostil. Supo que efectivamente el rio Bravo estaba bloqueado, la ciudad amenazada y enterado obviamente, de los primeros combates. La guerra ya había estallado. En el poblado de Carricitos los mexicanos habían sorprendido a los invasores, habiéndolos atacado y aprehendido a 25 soldados americanos, mismos que también, sufrirían la misma suerte de sus demás compañeros.



Es entonces cuando Taylor debidamente enterado de las hostilidades iniciadas por los mexicanos, de la muerte de varios patriotas americanos: Cross, Porter y otros soldados más que ofrecieron su vida por la libertad de los Estados Unidos; enterado en forma segura de los acontecimientos ocurridos en Carricitos y de otros poblados del territorio tejano; es cuando decide informar ya en forma directa al presidente de los Estados Unidos de América lo siguiente:

Hoy, 25 de abril de 1846, se pueden considerar iniciadas las hostilidades. Requiero con urgencia que los gobernadores de Texas y la Lousiana me envíen ocho regimientos, aproximadamente cinco mil hombres más.

¡La guerra había iniciado¡.