miércoles, 19 de octubre de 2016

CAPITULO 67


Amparo Magdalena no entregaría esos títulos de propiedad, así la torturaran, la violaran, la robaran, le hicieran lo que le hicieran, no le haría entrega a ese patán de lo que dice que le pertenecía. - Es un ladrón, un mentiroso, un patriota impostor, que esconde bajo su falso discurso su verdadero rostro de traidor. Un funcionario corrupto. ¿y entonces que hacer?. Jorge Enrique insistió que debía de entregarle personalmente esos títulos de propiedad, porque era una orden que había recibido de su jefe. – Si no lo hago, es capaz de fusilarme. Amparo respondió. - ¡Necesita soldados¡. ¡No fusilados¡. Quiere los títulos porque el muy patán, amenaza con largarse; darse a la fuga. No mereces servir a ese hombre que no valora tus capacidades, tu talento de abogado; que te utiliza como vil objeto, como utiliza a todos los mexicanos, a todo el gobierno, a toda la gente que como tú, no le pone límites.

-      Vas a entregarle los títulos de propiedad a ese patán que México tiene como su líder. A ese traidor que ya vendió el país sin que nadie lo denunciara. Al que se abstuvo de ganarle los americanos en la Angostura, al que provoco su derrota en Cerro Gordo; el que entrego a Puebla y dejo abierto los caminos de Veracruz a México, para que los americanos pudieran avanzar hasta aquí; el que no apoyo al general Valencia en la Padierna, para no darle el mérito a este de haber frenado el avance yanqui; el que no apoyo a los soldados de Churubusco, el que tolera que los americanos pisen la ciudad, para darles estos alimentos.

-      Son órdenes del general Santa Anna, deben de cumplirse porque está defendiendo la patria.

-      ¿Cuál patria?. ¿Ahora resulta que defender sus intereses personales es defender la patria; será su patria; su país al que trata como puta; sin el menor decoro y respeto que este se merece. ¿Cómo puedes seguir defendiendo a ese hombre que no te ha dado tu lugar; que le has servido incondicionalmente, pero que te utiliza y que te ha puesto ahora en mi contra, para visitarme con la excusa tonta de pedirme unos títulos, de los que desconozco, pero que aún si los conociera, no los entregaría jamás; para no favorecer al peor mexicano que ha tenido nuestro país; al peor gobernante, a ese hombre tan oscuro que siempre engaña al pueblo de México; al que algún día la historia lo juzgara por sus mentiras, sus palabras falsas y sus actos de corrupción, con los cuales ha acumulado una inusitada riqueza, a la que nadie le rinde cuentas, ni justifica ante el Congreso, ni aún, seguramente ante los Estados Unidos, de quien también ha recibido cuantiosas sumas de dinero. ¿Qué no vendió Texas?. ¿Qué acaso no se entrevistó con el expresidente Jackson en la Casa Blanca, para vender el reconocimiento de México a Texas?. ¡No entregare esos títulos; no lo haré, porque sé que todo lo que te digo, lo crees, porque sin duda laguna, sabes más cosas de las que se yo.



Jorge Enrique se quedó callado y entonces recordó a su maestro en vida, el doctor Samuel Rodríguez, como si este también, desde la otra vida le hablará. Ahora era el momento en que tenía que renunciar a su empleo en el Supremo Gobierno, mandar a volar a sus jefes los militares, los políticos que de un día para otro se convertían en presidentes de la república, para posteriormente, también de un día para otro, dejar de serlo. Tenía que renunciar a las rentas que el Gobierno le pagaba; no podía ya prostituirse, ni seguir recibiendo dinero sucio, ni seguir siendo cómplice de fechorías tan indignantes, como los cuatro millones de pesos que el generalísimo había robado, para comprarse aquellos tierras, de las que ahora, quería rescatar sus títulos de propiedad. Era el momento que siempre espero, la invasión le dejaba algo bueno,  mientras estuviera Scott y de pisar este la ciudad de México, dejaría de ser vil empleado de ese nefasto gobierno mexicano, que no tenía mayores principios de república, federalismo y democracia, más que dinero, que les hacía ricos de un día para otro.  ¿De que forma regresaría a ver al general Santa Anna para decirle que “muchas gracias por todo”, renunciar al Gobierno que se desmoronaba, al que ya nunca jamás seguiría trabajando para el servicio del general Santa Anna, ni de ninguno otro que ostentara la primera magistratura del país?. Para dedicarse a la docencia, a escribir artículos en los diarios nacionales, para convertirse en un ciudadano ejemplar, capaz de denunciar la corrupción, la inmoralidad, la hipocresía del gobierno. Sería más fácil combatir desde esa trinchera a los políticos que nos gobiernan, y no desde la investidura de un alto funcionario, lacayo de confianza. Artífice de las leyes, que toleraba la manipulación de la justicia y la impunidad de sus gobernantes. Ahí estaba la voz de su maestro, quien le pedía enterrar su pasado e iniciar otra nueva forma de ser, de vivir, de ser libre y dejar de ser sirviente de las mentiras, las corruptelas y demagogias de los nefastos gobernantes mexicanos. Tenía que cambiar su vida y quedarse a vivir, al lado de esa mujer, que tanto admiraba y respetaba. Que le respetara su vocación académica, su status de ciudadano libre de conciencia, de quien podría escribirle los mejores poemas de amor, para recitárselos en el oído, en noches de luna llena, entre el frio y la dulce compañía, de escuchar su voz y mirarle por siempre sus bellos ojos.

 Jorge Enrique y Amparo Magdalena lo pensaron por mucho tiempo antes de tomar esa decisión. Pero al parecer era lo más seguro que podían hacer, no tenían soldados para enfrentar el poco poder que aun le quedaba Santa Anna; lo único que tenía Jorge Enrique para desobedecer a su jefe, era su inteligencia jurídica, nada mas, que su sola inteligencia: Promover un interdicto, una orden legal, en pocas palabras, un juicio de amparo. Con ello, había que poner freno al poder de ese dictador, que por cuestión de días, quizás de horas, tenía que caer derrotado por esta guerra ya decidida a favor de los invasores; posiblemente, con la esperanza, de que si esa acción judicial no procediera, si al menos, la fuerza militar de los americanos del jefe Scott, quien pudiera hacer capturar, juzgar y sentenciar a la horca al traidor de Santa Anna, acusado de sus crímenes de guerra aún no olvidados en el Álamo Texas.



-      Es muy descabellado. – exclamo incrédulo Jorge Enrique.
-      Es la mejor decisión – respondió Amparo.- eso nos garantizará de que ese traidor bravucón, no tenga la mínima intención de pisar este lugar. Lo haremos enfurecer, no podrá mandar ninguna escolta a este lugar a despojarme, mancillarme, no mientras este Scott en México.
-      ¿Pero eso no es traición?.

Jorge Enrique pregunto si promover esa acción judicial en contra de Santa Anna no representaba en si un acto de traición; era válido, era legal, era inclusive justa la decisión de defenderse legalmente a través de los instrumentos legales que la Jurisprudencia mexicana daba a sus ciudadanos, ¿pero que acaso no era inoportuno hacerlo?. Más un momento en que la ciudad de México atravesaba un momento de guerra.



-      ¡Cual guerra existe un armisticio¡. En estos momentos hay una tregua, lee las bases de la tregua, se respetaran las propiedades de los mexicanos en los territorios ocupados por los americanos, por ningún momento el ejército mexicano podrá ocupar las zonas ocupadas por el ejército de los Estados Unidos. Así lo dice el armisticio; ve, léelo con tus propios ojos; la constitución americana también lo dice en su tercera enmienda; la propiedad de los particulares no puede ser ocupada.
-      Si ya lo sé, pero no es el momento oportuno para hacerlo. Nos acusara de traidores a la patria.
-      ¿de qué?. – respondió incrédula Amparo Magdalena.
-      De traición a la patria. No podemos hacer esto, es algo grave, desleal a la república, al país, no en este momento.
-      Jorge  - dijo seriamente Amparo – Tú crees que es traición a la patria, el hecho de que un ciudadano mexicano, defienda sus derechos ante la arbitrariedad, el poder, el autoritarismo de un mal funcionario, de un traidor, un corrupto, un cobarde; quien es más traidor; tu que promoverías una acción legal, dentro de la legalidad que establecen las leyes mexicanas, o él, que incumple cada vez que puede y a su conveniencia su palabra. ¿Quién podrá ser más traidor a la patria?. Tu que eres una persona honesta, que vive de las rentas públicas en forma honesta e integra; o él, que roba los impuestos del pueblo, que los esconde y aprovecha dichos recursos, para comprarse propiedades ostentosas que ningún príncipe europeo o comerciante español tiene en sus propias tierras. Que se enriquece con el empobrecimiento del pueblo. ¿Quién es mas traidor?. Ese falso líder que ya vendió la patria a la que tu defiendes como abogado, o tú, que solamente haces valer, lo que tú me dices que es la soberanía, la ley fundamental, la ley de leyes; lo que siempre enseñaste en cada una de tus clases a tus alumnos, lo que siempre platicaste en vida a mi hija, inclusive a mi esposo cuando este vivía; ¿no eres tú mejor mexicano que él?, ¿que aquél patán que ostenta la investidura de jefe de estado?; ¿no eres mejor mexicano tú que defiendes una causa justa, que él, que traiciona y soporta sin dignidad alguna, esta guerra injusta que vive mi país?,  … ¡Tu país; el país de tus alumnos, de los que serán tus hijos… ¡Dime quien es el traidor¡. ¿Quién?.  

 Jorge Enrique no dijo nada, se quedó callado. Amparo aprovecho el momento, sacó del cajón del escritorio papel y el tintero.

-      ¡Hazlo¡.
-      Es un hombre muy poderoso. No le hará caso a nuestra acción judicial.
-      Mas poderosos es Scott que lo ha derrotado en cada batalla. ¡Ándale hazlo¡. ¡Yo sé que puedes hacerlo hazlo¡.

Jorge Enrique se sentó sobre el escritorio, tomó el papel y pensó en muchas cosas antes de asentar la primera letra sobre esa hoja de papel; imagino lo que podría ocurrir cuando se enterara su jefe, cuando supiera el acto desleal de haberle promovido un juicio de garantías en contra de una ordenanza suya, no se lo perdonaría jamás, mal interpretaría ese gesto civilizado, esa acción judicial le negaría por siempre la amistad y protección de su mentor, lo expulsaría de sus círculos y lo condenaría a vivir, mientras él gobernara, en el absoluto anonimato. No con todo eso, a su lado, estaba la mujer que amaba como algo muy próximo a su ser, a ella no podría fallarle; no podría demostrarle que un jurisprudente que se jactaba de ser digno y libre, se comportara como un lacayo a favor de un gobernante deleznable; así que una vez decidido, empezó a escribir; Amparo sonrió como lo hacía antes; dándole confianza, al ver como Jorge Enrique escribía, con esa pluma y tintero, con la soltura de un dibujante, escribió sin parar, redactando de un impulso cada párrafo de la demanda.

-      Sabes Amparo. – miró a los ojos a esa mujer - Para mí es un placer trabajar contigo.

Amparo sonrió, con una mirada de gusto y ternura respondió:

-      Para mí también.

Sólo dijo eso, se abstuvo de decir que ella quería que ese momento fuera eterno, que nunca se acabara, que la demanda que escribía Jorge Amparo, durara las horas y los días, quizás hasta los años, pero que no dejaras jamás de escribir. Entonces Amparo le sonrió,  se le acercó dándole un beso a su fiel abogado.

Jorge Enrique empezó a escribir el proemio de la demanda. Cada vez que con sus dedos manchaba la pluma y asentaba las letras sobre el papel, Jorge Enrique experimento ser el hombre libre que siempre quiso ser. Por vez primera un abogado libre. Ya que importaba; sin patria, sin gobierno, sin jefe, ni generales poderosos, Jorge Enrique, era un hombre libre y como tal escribió, ante la mirada complaciente de su fiel compañera, de aquella mujer que quizás en otra vida después de esta, llegaría a ser también abogada y con la que trabajaría quizás, si dios así lo dispusiera, a favor de ese Supremo Gobierno, respetuoso por siempre de la Constitución y de todas sus leyes; en un gobierno, mas honesto, mas patriota, mas valiente e incorruptible, como el que le toco vivir Jorge Enrique.



De esa forma Jorge Enrique escribió y empezó a redactar lo que por vez primera en la historia de México, sería la primera demanda de garantías del primer Juicio de Amparo. Y eso era obra intelectual y emocional, de esa gran mujer, a la que Jorge Enrique siempre quiso.



Le basto a lo mas hora y media para terminar esa demanda de garantías. Consulto las leyes que Amparo le proporcionaba, ella como si en otra vida hubiera sido su fiel compañera, la acompaño hasta que la tarde se hiciera noche y la noche aún más oscura; sirviéndole un café y después leyendo y releyéndola una y otra vez el documento para corregirlo, como si ella también fuera o en otra vida, hubiera sido abogada.

Jorge Enrique corrigió aún más la demanda, siguió las recomendaciones de Amparo que le suprimía los párrafos que no entendía, como si fuera experta, como si fuera también la musa que inspiraba al abogado escribir su acción judicial, quizás la diosa Themis, un ángel, o una colega, que con su punto de vista crítico, perfeccionaba esa demanda. Hecha las correcciones, volvía a repetirse la demanda, corrigiendo y suprimiendo aquellos párrafos que Amparo le sugería.

A las dos de la mañana se terminó la versión final de esa demanda. Ahí con las luces de las velas. Ambos se vieron a los ojos; sonrieron y siguieron fingiendo que trabajaban, leyendo y volviendo a leer ese documento, para que finalmente, pudiera Amparo estampar su firma. Como queriendo prolongar el tiempo y este se volviera eterno, para que ninguno de los dos pudiera separarse.

Pero la hora final llegó.

-      ¿Estas segura Amparo?.
-      ¡Claro que si abogado¡. ¡Que poco me conoce¡.

Amparo firmo el documento. Antes e hacerlo lo volvió a revisar y ya una vez leído, con toda seguridad lo firmo.

-      Aun podemos desistirnos de su presentación en el juzgado.

Amparo respondió riéndose.

-      No me hiciste acompañarte en estas horas, para que a la mera hora, desistieras de presentar la demanda.
-      No.
-      ¿Entonces abogado?. Ah presentar esa demanda. Que la patria sepa, que hay un ilustre jurista, defensor de las libertades civiles en este país. Un hombre inteligente y valiente, capaz de frenar el poder del gobernante mas corrupto de este país. – Jorge Enrique sólo sonrió.
-      En hora buena y que dios nos bendiga.

Una vez firmada la demanda, Amparo ya en forma cortante se retiró de la oficina que alguna vez fuera de su marido; le dijo a Jorge Enrique donde podía descansar y se despidió de él, diciéndole que lo vería al día siguiente.

Quizás ese era el momento más importante de su vida. El instante erótico que tanto espero. Debía de tomarle de los brazos y besarla, y cuando éste había tomado la decisión de acercársele para robarle un beso y estuvo a punto de hacerlo, Amparo sintió ese imán, esa intención que invitaba a entrar a lo mas profundo de su intimidad, de sus secretos de mujer, guardo una sana distancia y huyo, sin propiciar el tan anhelado encuentro. Retirándose como si nada hubiera pasado; o mejor dicho, retirándose de aquel privado, para nada pasara, ni en esa noche, ni en cualquier otra, ni nunca, pasara algo.



-      Lo veo mañana abogado. Que tenga una buena noche.

Amparo se retiro del privado. Mientras que Jorge Enrique se quedo sólo en aquel privado. No fue a la habitación que le ofrecía Amparo para dormirse, se quedo ahí sobre ese escritorio, pensando en lo que fue y no pudo ser; en el destino, en lo que acababa de vivir, en ese instante eterno, debajo del cielo estrellado, del canto de los grillos, del frío que después sintió su cuerpo; cerro los ojos, por cansancio, porque los tenía que cerrar, porque el día había terminado, porque mañana iniciaría otro día, quizás una nueva oportunidad, una nueva historia, una nueva vida. Cerró los ojos y se dispuso dormir; por momentos riéndose de lo que acababa de vivir y de los hermosos momentos que sintió al lado de su mujer amada, cuando escribió la demanda de amparo como si le hubiera escrito un poema de amor. Sintiendo cuando ella le dijo, que deseaba jamás separarse de el en ese momento, como sintiéndose por momentos feliz, de haber encontrado una alma gemela, de saberse así, que en otra vida, en otro sitio, volverían a encontrarse a esa mujer, que con la misma valentía de enfrentarse a un gobierno poderoso y corrupto, esa vez lo haría para desenmascararse el uno al otro,  para desnudarse de cuerpo y alma  y poder entrar a un dialogo mucho mas profundo y poder ingresar a esa comunión simbólica, instintiva, irracional; haciéndose uno sólo, una sola alma, un solo destino, una sola vida. Debía de esperar esa noche y quizás esa vida, debía esperar quizás cien años y el tiempo que fuera necesario, quizás otra guerra, otra nación, otro mundo; debía esperar el tiempo que fuera suficiente, para conocer a esa mujer, tan importante en la vida de él, digna de escribirle, la mejor pieza literaria de todos los tiempos. De recordar por siempre, hasta el ultimo día del fin del mundo, la guerra entre México y los Estados Unidos.

Al día siguiente amaneció. Jorge Enrique sin haberse aseado y haber ingerido los alimentos que requería su organismo, abandono lo casa, acompañado de esa escolta con le había otorgado Santa Anna para recuperar los tan anhelados títulos de propiedad.  Salcedo se dirigió a la Ciudad, presentando consigo aquellos cuatro fojas que conformaban su demanda de garantías, fue directamente al juzgado donde ingreso su escrito y ¡oh sorpresas que da la vida¡,…  el juez rehúso acordar la demanda alegando que no había recibido instrucciones del general Santa Anna, ni menos aún del ministro de la Suprema Corte don Manuel de la Peña y Peña, para diligenciar asuntos judiciales como el que se exponía; pero que no obstante, dejara dicho libelo en las oficinas del juzgado para después con posterioridad, en otra ocasión que fuera oportuna, pudiera consultar el acuerdo que sobre este recayera.

Jorge Enrique trato de hablar con Su Señoría el Juez, pero este se negó alegando que había mucho trabajo, aunado a que dada la situación política por la que atravesaba el país, nada se podía hacer; así que el titular de dicho juzgado, instruyó fuera su Secretario quien despachara a dicho abogado, teniendo este las plenas facultades que la ley y su autoridad le daba, para acordar como a este conviniera, en el caso de sus ausencias.

De esa forma Jorge Enrique perdió toda esperanza de promover la demanda de garantías; nulos habían sido sus esfuerzos de haberse desvelado una noche antes, para haber redactado dicho escrito, para que finalmente, fuera la autoridad judicial, quien lamentablemente  le negara a presentar dicha acción. Alegando cuestiones extrajudiciales; así desanimado Jorge Enrique, se desalentó de entablar cualquier conversación que no fuera con el titular del juzgado; así que cuando decidió retirarse del local del juzgado, escucho una voz.

-     ¡Maestro¡

Volteo Jorge Enrique y se llevó la grata sorpresa de que el Secretario del Juzgado, había sido su fiel alumno Armando Villarejo.

¡Sorpresas que da la vida. Finalmente resulta una bendición, ser y haber dado clases de Jurisprudencia en la Universidad de México¡.



lunes, 17 de octubre de 2016

CAPITULO 66


La paz durara muy poco. Reflexiono Santa Anna cuando se percató que esos días debían de ser aprovechados para fortalecer sus líneas defensivas, rehacer un censo de su estado de fuerza, planear un golpe certero que le permitiera expulsar a los americanos del valle de México, para si bien, o ganar la guerra o quizás retrasar en lo más que pudiera la derrota militar de México; el generalísimo también llegó a pensar, que de vencer a los americanos, independientemente de los títulos y honores militares a la que se hiciera merecedor, los americanos quizás esperarían esos días de tregua para recibir refuerzos. Cabía la posibilidad de que estuvieran derrotados; finalmente ellos estaban en un territorio desconocido. ¡México no¡.

Claro que lo sabía Scott, su tropa había pasado grandes obstáculos para llegar al Valle de México, lograron resistir al clima de Veracruz, pese a que cientos de sus soldados no pudieron resistir algunas enfermedades muy típicas del trópico mexicano; lograron a vencer en Cerro Gordo, batalla fundamental que le permitió a su ejército ganar la confianza sobre la vialidad de su campaña militar; logró sobornar a la gavilla de bandoleros que asaltaban los caminos de Veracruz - México, para que estos nos les hiciera daño a sus soldados y si en cambio les sirvieran para protegerlos de cualquier ataque guerrillero; salió avante de las 1500 bajas de los soldados americanos que se les había acabado su contrato; pudo ganar diplomáticamente la plaza de Puebla, sin disparar un solo tiro, tan sólo convenciendo a los clérigos sobre la pacifica invasión que estaba llevando a cabo; la suerte o mejor dicho, la Divina Providencia,  le había favorecido en Padierna y Churubusco; ahora, no debía desaprovechar esa pequeña tregua, para reforzar tanto de víveres como de efectivos a sus soldados.  Debía aprovechar lo dicho por el artículo séptimo del armisticio celebrado y entrar de una vez, a la Ciudad de México.

Al mismo tiempo que el gobierno mexicano designaba a José Joaquín Herrara, quien mejor que él expresidente mexicano, que había sido derrocado un año antes por un golpe militar, quien mejor conocía los antecedentes políticos de la guerra, para negociar la paz; éste más, acompañado de los licenciados José Bernardo Couto, Miguel Atristain y don Ignacio Mora Villamil, así como del interprete José Miguel Arroyo, para llevar a cabo las conversaciones de paz, en el poblado de Azcapotzalco, donde se encontraba el Señor Trist, representante del Gobierno de los Estados Unidos de América.



¡Mientras negocias avanzas¡. Winfield Scott había recibido en manos del agente especial James Thompson, los mapas de la Ciudad de México, en ellos se describía, la plaza de armas: Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana; donde se encontraban las iglesias y los conventos, algunos edificios públicos y residencias, la Alameda y otros rincones de la Ciudad; esos mapas señalaban también, hasta los lugares de vicio, donde se frecuentaban la peor calaña de la sociedad mexicana, léperos y prostitutas, que podían convertirse en un factor de riesgo que podía aprovechar su contrincante; Scott siguió observando esos planos, los cuales señalaba también, donde se encontraba el mercado y los principales establecimientos mercantiles donde podía adquirir víveres para sostener a su tropa. No lo dudo. Entrar a la ciudad de México en tiempos de paz, era una brillante oportunidad para realizar una inspección y prever con anticipación, que lugares podía ocupar ante una futura y segura invasión, tan pronto se interrumpiera las platicas de paz e iniciarán nuevamente las hostilidades.

Tardo tiempo en convencer al responsable de la garita de Niño perdido, dejar entrar a cien carros americanos, quien escudados en la bandera blanca y en lo dispuesto en el artículo séptimo del tratado de la tregua, pudieron entrar a la Ciudad de México. “El ejército americano no impedirá con violencia el paso del campo á la ciudad de México para los abastos ordinarios de alimentos necesarios para el consumo de sus habitantes  ó del ejército mexicano que se halle dentro de la ciudad, ni las autoridades mexicanas civiles ó militares harán nada que obstruya el paso e víveres a la ciudad ó de campo, que necesite el ejército americano.”. ¡que estupidez de los mexicanos¡. Dicho precepto facultaba a los americanos que estaban en el campo, ir a la ciudad, bajo pretexto de abastecerse de alimentos; como si también, el ejército mexicano, pudiera desplazarse del campo, también a su propia a ciudad, también abastecerse de alimentos. ¡Una gran imbecilidad?. Pero más aún lo fue, cuando el oficial responsable de defender la garita de Niño Perdido, fue convencido de que debía aceptar lisa y llanamente lo firmado por el general Santa Anna, permitiendo la entrada de esos cien carros americanos.



Ante la mirada incrédula de los habitantes de la ciudad; por vez primera en la historia de México, las calles de su ciudad, eran pisadas por otro ejército que no fuera el de Santa Anna, Bustamante, Victoria, Iturbide; estos eran los soldados del ejército invasor, hombres altos, güeros, que observaban con curiosidad, los edificios de la Ciudad; los cientos de miradas incrédulas que los veían pasar, tras aquella bandera blanca que escondían disimuladamente, su verdadera insignia.

Muy pronto el general Tornel, responsable del Ayuntamiento de la Ciudad de México, le fue informado que más de cien carros americanos habían ingresado a la Ciudad; con el pretexto de abastecerlos de alimentos, al menor trescientos soldados americanos, caminaban por las calles de plateros, abasteciéndose de pan, frutas, verduras, trigo; otros más, caminaban frente a la catedral Metropolitana y el Palacio Nacional, como si fueran turistas.

-       ¡Quien los dejo entrar¡. – El gesto de indignación era justificado. Solo un militar imbécil, se le había ocurrido dejar entrar esa expedición supuestamente pacifica, al mero corazón de la república mexicana. Los informes que después recibió el general Tornel, es que los soldados “visitantes” del ejército americano, venían en son de paz, con la bandera blanca y desarmados, con la única intención de proveerse de alimentos.

¿Qué hacer?. Horas angustiantes que había que tomar una decisión. La primera de ellas, comunicárselo en forma inmediata al general Santa Anna, para que este instruyera lo conducente. ¿Qué diablos le iba a responder el generalísimo cuando se enterara de la absurda pregunta?. ¡Pendejos¡. Yo no los deje entrar, ni elabore el tratado; que no pensaron en eso. ¡Cómo puedo estar rodeado de gente tan pendeja¡.

Inmediatamente los soldados acuartelados en el Palacio Nacional, esperaron la señal de ataque, para sacar a punta de balazos a tan polémicos visitantes; pero la señal no se recibió; ni en ese minuto, ni en lo sucesivos; los americanos estaban en su legítimo derecho de llegar a la plaza del Volador, para comprar los alimentos que estos quisieran; los suficientes para llenar esos cien carros y regresar a su posición, de la que nunca debieron de haber salido, para darles de comer a por lo menos ocho mil soldados americanos hambrientos; que si bien, no pudieron haber sido derrotados en la Padierna y en Churubusco, si los pudo haber vencido el hambre.

-       ¡Por ningún motivo disparen¡. Fue lo único que ordeno Santa Anna, no había que disparar a esos americanos provocadores, sonrientes, algunos de ellos, no resistieron la tentación de visitar la catedral metropolitana, otros más, llegaron a la Alameda, donde estacionaron a gran parte de sus caballos, para que con la mierda de estos, ensuciaran una de las plazas más bellas de la Ciudad; ahí estaban los muy cínicos, recibiendo algunos suspiros de  algunas señoritas mexicanas, que no daban crédito que pudieran existir determinados tipos de hombres, de una fisonomía muy distinta a la mexicana.



La comisión se instaló y junto con ella, el tratado de paz propuesto por el gobierno americano. Once artículos nada más. México cedía todo el territorio de Texas, Nuevo México, parte de Tamaulipas, Coahuila, Chihuahua, Sonora, la Alta y la Baja California; así como también el libre tránsito de personas y mercancías por el istmo de Tehuantepec. ¡Bonita propuesta de los americanos¡. ¡Era una propuesta de paz o un acto de bandidaje¡.  El expresidente José Joaquín Herrera, con toda la elegancia que lo distinguía, se atrevió a responder que dicha propuesta, excedía mucho más allá, de las causas que habían originado la guerra y que en ese caso, había sido el reconocimiento de la republica mexicana, a la anexión de Texas a la Unión Americana. Situación que había provocado la guerra y que en todo caso, a eso debía de limitarse la discusión.

Jorge Enrique Salcedo Salmorán fue testigo de las conversaciones de paz celebrada entre la comisión mexicana y la representación diplomática del Gobierno de los Estados Unidos. Llevada a cabo en el pueblo de Azcapotzalco, territorio neutral donde no habían tropas mexicanas y americanas en hostilidades, donde se llevaría a cabo, las conversaciones de paz que resolverían las diferencias entre ambas naciones, desde ahí Trist, con todos los plenos poderes que le había otorgado el presidente Polk, se dispuso a negociar, uno de los tratados internacionales mas importantes en la historia de su país.



Mientras eso ocurría, una centena de léperos mexicanos, comenzaron a insultar a los soldados americanos, quienes empezaron a recibir de estos las piedras que les aventaban. ¡Gringo¡. ¡Gringo¡.  Que traducido al español, era “vete verde”, que se largaran de ese lugar esos soldados invasores, que en complicidad con el gobierno mexicano vende patrias, habían tolerado el ingreso de los americanos, al corazón de México; donde habían quedado las ordenes de defender con todo la Ciudad, si el muy vende patrias de Santa Anna, ahora ordenaba no efectuar ni un solo tiro, para que transitaran libremente esos americanos jijos de puta.

 No es de honor, disparar a un ejército desarmado, que entra a la ciudad, legitimado por una tregua y por una causa humana como lo son los alimentos. No era tampoco nacionalista, ético, ni conveniente, permitir que esos americanos, entraran a la ciudad como lo habían hecho, amparados por un supuesto armisticio, que les concedía hasta facultades cínicamente de espías, permitiéndoles estos a entrar.

Pronto a la altura de Santo Domingo, la muchedumbre empezó a protestar, gritando mueras al gobierno y a Santa Anna, incitando también a seguir insultando a los americanos. – ¡Es una provocación que no entienden¡. Gritaba Tornel a sus oficiales, haciéndoles entender que se estaban llevando las platicas de paz, que de iniciar cualquier hostilidad en contra de los americanos, eso legitimaría a los invasores para desconocer la tregua y de una vez por todas, concluir la guerra con la conquista de México. ¡Claro que la muchedumbre no lo entendió¡. Pero lo que se estaba viviendo en esos minutos, era nada menos y nada más, que la sobrevivencia de la patria; ante una comitiva de diplomáticos invasores dispuestos a conquistar todo México y si no al menos la mitad de éste, y de al menos ocho mil soldados perfectamente armados, en espera de efectuar el ataque final a la ciudad de México. ¡No disparen¡. Era una orden sensata, por muy incomprendida que fuera; por muy vende patrias y traicionera, los soldados mexicanos, nada hicieron para contrarrestar esa provocación de sus enemigos; su triste papel consistió, únicamente en servir de escolta de los propios americanos, para que la muchedumbre, ya para esa hora, miles de civiles inconformes, nada les hiciera.

Las noticias de la ocupación de la Ciudad de México habían llegado al poblado de Azcapotzalco, donde las pláticas fueron suspendidas, bajo pretexto de que los americanos habían interrumpido su promesa de sujetarse a la tregua; ¡era falso¡. Respondió Trist, algún malentendido, mientras eso ocurría en la mesa de dialogo, a cientos de leguas, los soldados mexicanos plenamente armados, salen a escoltar a los americanos, de que estos no siguieran recibiendo pedradas de una turba enardecida, dispuesta a linchar al primer americano que se dejara capturar.



Santa Anna vuelve a despotricar por lo ocurrido en la Ciudad. Para colmo, se me va atribuir semejante torpeza; van acusarme de traidor y solapador, cómplice y de otras marrullerías, a causa de mis subordinados cretinos, incapaces de resolver conflictos, pero si, de meterme en los problemas más tontos y absurdos. Dos mil quinientos soldados mexicanos, salieron a las calles de la Ciudad, para defender a trescientos soldados americanos trasladados en cien carros, repletos de alimentos; que pudieran ser víctimas de esa turba espontánea, que ya rebasaba al menos, a los treinta mil habitantes. ¡la situación debía de controlarse¡. No había que efectuar ningún disparo¡. Convencer al pueblo de México, que la presencia de los soldados americanos en las calles de la ciudad, obedecía a razones humanitarias; muy cuestionadas, pues en una guerra cruel, que razón humanitaria podía existir, reprochable e inmoral, era garantizarles la comida, a los soldados invasores, que meses antes había matado a fuego y hambre, a sus compatriotas los veracruzanos.

También llegó el general José Joaquín Herrera, quien proveniente de Azcapotzalco, se reportó inmediatamente con el general Tornel para sumarse a esa muralla de soldados mexicanos, que escoltaban a los defensos americanos. Dentro de la tensión, José Joaquín Herrera comunicó a la representación militar de aquellos inoportunos visitantes, que los alimentos serían entregados en la noche, tan pronto fueran calmadas las pasiones de la plebe enardecida; ofrecía su palabra y su buena voluntad de encontrar una paz digna, con el menor numero de bajas para ambos ejércitos.

Los soldados americanos huyeron de la ciudad, algunas de sus carretas fueron abandonadas dentro de la ciudad; posteriormente en la noche, como lo garantizo el expresidente Herrera, fueron trasladadas a la garita de Niño Perdido, para que ahí las recogieran los invasores, haciéndoles a estos la cordial invitación, de ser más discretos en sus próximas visitas a la ciudad, para no herir la sensibilidad del pueblo mexicano, ni tampoco, generar malas interpretaciones a las promesas contraídas, como se había hecho horas antes.

A las cinco de la tarde, fue informado Santa Anna de que el incidente había sido superado. Entonces el general, no había calmado su pésimo estado de humor, para otra vez volver a profanar una serie encadenada de insultos, a todos sus subordinados, por haberle metido en ese problema, que lo hacían cuestionar una vez más, sobre su honorabilidad. Los oficiales mexicanos, callados y con la mirada baja, solo se limitaron a escuchar y recibir tan justo regaño.


El daño estaba hecho. Sobre el escritorio de Scott, se recibió el parte de novedades, la descripción sucinta y pormenorizado de cada uno de los edificios de la Ciudad de México. La visita coincidía con los planos presentados por James Thompson; los mexicanos más peligrosos, eran los rufianes de Santo Domingo, los que habían provocado todo el desmane; a ellos había que controlarlos, pidiendo el apoyo de mas efectivos americanos, los más despiadados, los ranger’s de Texas; cuya única misión serviría para contrarrestar a dichos sujetos.

Santa Anna también sobre su escritorio, no descanso de seguir efectuando regaño tras regaño; al estúpido de Tornel, al imbécil de la garita de niño Perdido, por haber permitido la entrada; a todo el mundo culpo de semejante e infantil error; después de haberlo hecho, instruyo que de forma simulada, salieran los respectivos correos a las distintas plazas de la república mexicana, para ordenar el inmediata traslado de tropas a la ciudad de México; satisfactoriamente respondió el Batallón de San Blas, proveniente de Tepic, reforzaría la ciudad con cuatrocientos soldados veteranos al mando del teniente coronel Santiago Xicontecatl; del mismo modo, el generalísimo ordeno al Director del Colegio Militar Mariano Monterde, se sirviera reforzar las faldas de Chapultepetl, así como el camino de Tacubaya a Chapultepetl, donde pudieran entrar los americanos. Debían de seguirse reforzando la ciudad, ante la inminente posibilidad de que las pláticas de paz fracasaran y se iniciara de nueva cuenta, la guerra.

-       Salcedo – dijo Santa Anna cuando vio al abogado, luego de escuchar de este, el informe del primer día de conversaciones de paz entre México y Estados Unidos.
-       Quiero mi dinero. ¡Vaya con Amparo Magdalena y dígale de mi parte, que me haga entrega de mis títulos de propiedad.

Salcedo respondió que si. Inmediatamente se trasladaría al poblado de Tizapán para solicitarle a tan bella dama, la devolución de los títulos de propiedad del general Santa Anna; era una orden suya que tenía que cumplir. ¡Si general¡. – No regrese sin ellos, hoy más que nunca la patria los necesita. ¡Si general¡. ¡Necesito mis títulos de propiedad para cualquier emergencia.




Santa Anna encerrado dentro del cuartel militar del Palacio Nacional, pensó una y mil cosas; mexicanos cobardes y traidores, soldados imbéciles, un tesoro escondido y custodiado quizás por soldados y gavilleros, muertos de asfixia, enterrados vivos, en lo que llamaban “La boca del diablo”; ¿Ahora qué?. Ante cualquier llegada del ejército americano a la Ciudad de México, debía de garantizarse santa Ana su subsistencia para fugarse del país, de la ciudad o de donde fuera; adquirir una casa y efectuar mayores inversiones para posteriormente regresar; debía de recuperar sus títulos de propiedad, porque eso le representaba mayor dinero a su empobrecido patrimonio. Si era necesario, se los pediría a Amparo Magdalena de rodillas, se abstendría de sus proposiciones y amenazas de poseerla, a cambio de recibir esos documentos que con su dinero y servicio a la patria, los había comprado y que ahora, más que nunca los necesitaba.

Jorge Enrique Salcedo y Salmorán se dispuso abandonar la Ciudad de México y salir con una pequeña escolta de cinco soldados, al  rumbo de tizapan, para entrevistarse como Amparo Magdalena y solicitarle a esta, la entrega de los títulos de propiedad. ¡Era una orden que día de cumplirse, de quien en esos momentos, le pesara a quien le pesara, representaba no nada mas al Supremo Gobierno, sino a la patria entera.

Tenía que hacerlo. Porque de no cumplir con dicho mandato; Jorge Enrique incurriría, en el peor acto de deslealtad a quien había sido su jefe, su mentor, su padre político, su héroe nacional.