lunes, 19 de septiembre de 2016

CAPITULO 45


Cuando el general Antonio López de Santa Anna llegó a México, había muchas cosas pendientes que tratar. Muchas de ellas eran importantes, para poder enfrentar en forma eficaz, la injusta invasión de la que la patria era objeto. Entre los temas pendientes había que hablar de los recursos económicos que necesitaba el ejército para detener la invasión el Norte, al menos el doctor Valentín Gómez Farías tenía que tratar la fecha, en que se le autorizara promover la iniciativa al Congreso para confiscar de una vez por siempre, los bienes inmuebles propiedad del clero y con ello obtener, el dinero suficiente que permitiera abastecer el ejército de uniformes, parque y  sueldos para pagarle a los soldados en forma puntual y así recompensarlos por sus servicios. Otro tema pendiente, era la instauración de un nuevo congreso constituyente, que promulgara de nueva cuenta, la constitución federalista de 1824, al menos, don Manuel Crescencio Rejón tenía un proyecto de ley, de agregar a la constitución, una figura jurídica en el que se reconocieran los derechos civiles de los ciudadanos mexicanos y la protección de los mismos, a través de un recurso jurídico, denominado “juicio de amparo”. Era un tema que a don Manuel le apasionaba hablar y que el general Santa Anna ya había tenido oportunidad de escucharlo durante su viaje en la fragata, el cual aún sin entender con precisión la propuesta, le había dado su visto bueno para que la misma fuera legislada y reconocida en forma constitucional. Se trataba de una propuesta innovadora, que haría a México, elevarse a la altura de las naciones más importantes del mundo, pues al menos estaba convencido que en la guerra contra los Estados Unidos, México tenía que imitar las instituciones de la república vecina para vencerlo. También había otros asuntos que tratar y que eran de vital interés para el general de Santa Anna, uno de ellos, era convocar a todos los músicos del país, para componer una melodía musical que levantara el ego, la valentía y la gallardía de los mexicanos, una marcha solemne, una canción popular, ¡un himno nacional¡. Tendrá que sonar estribante, glorioso, potente, con solo oír la melodía, los mexicanos se sentirían orgullosos de ser mexicanos, levantaría su nacionalismo para ir a morir por la patria en esta guerra injusta. Un himno nacional, como la marsellesa que entonaron los franceses durante los días de la revolución francesa y en las campañas expeditivas de Napoleón Bonaparte. Este himno nacional, acompañaría a Santa Anna en su guerra contra los americanos.

-              General Santa Anna, tenemos varios asuntos que tratar. – Por favor no molesten a su Alteza, déjenlo descansar, viene de un viaje largo para que lo molesten con cuestiones triviales, que en su momento resolverán, ¡déjenlo en paz¡, está pensando. Él sabe cómo hacerlo. Pero es que los americanos se dirigen a Monterrey el general pedro Ampudia solicita refuerzos. – que no entienden, no molesten a mi general. ¿Sucede algo?. – ¡Nada su Alteza, absolutamente nada¡.

El general Mariano Salas anunciaba su renuncia como encargado del Poder Ejecutivo, pero Santa Anna negó en todo momento hacerse cargo de esa alta responsabilidad. - ¡Que no entienden, no lo molesten¡. - ¡Vámonos a la capital mi general. - ¡por favor, insisto en que no le molesté a su Señoría,  en que cabeza suponen que el Benemérito aceptará sus proposiciones, su Alteza viene demasiado cansado, antes que pasar a la ciudad de México, irá a su hacienda El Encero, junto con su bella esposa, para desde ahí, en la tranquilidad de su casa y viendo a sus gallos pelear, poder pensar en su estrategia contra los americanos.



Me encuentro profundamente agradecido con los cargos que Vuestras Excelencias han servido distinguirme, así como de la noble invitación de acompañarlos a la capital; pues no he tenido mejor testimonio de su gratitud, más que suplicarles que se adelanten a manifestar a nuestros compañeros de armas y a todo el generoso pueblo de la capital, que la senda que me he marcado, es dirigirme a la capital y de ahí al norte del país, para frenar el avance yanqui. ¡Pero os lamento informarles¡ que no podré acompañarles por el momento, en virtud del estado de la herida de mi pierna, así como de las intensas emociones de la que he sido objeto. ¡Ruego su comprensión¡.

No se preocupe Su Señoría, entendemos su situación y acatamos sus instrucciones al pie de la letra, discúlpenos nuestro atrevimiento de molestarlo, con las suplicas que cada mexicano hace de su investidura. Partiremos a la ciudad, con las reservas de esta pequeña escolta que lo protegerá y estará a sus más directas órdenes. Los asuntos que resultan de interés nacional, sabrán esperar conforme a su atenta pericia y más atinada estrategia militar.

Muchas gracias caballeros. Os diga al pueblo, que celebren asambleas populares con todos los ciudadanos de los distritos parroquiales, para que puedan expresar libremente sus opiniones y discutir los asuntos públicos; ordeno que se publiquen en todos los periódicos las resoluciones que se adopten en dichas asambleas y que instrumenten todos los mecanismos, conformes a las leyes y a los mandatos de nuestras autoridades, para que dichas determinaciones se cumplan. Que los conservadores sepan la señal de alarma que produjeron en el pueblo mexicano para defender la patria de sus enemigos; que los asesinos de don Vicente Guerrero paguen por sus culpas, que don Lucas Alamán y sus ideas monarquistas, no tengan más cabida en la opinión de la oligarquía; que se discuta de una vez por siempre, la posibilidad de ocupar los bienes eclesiásticos y la supresión de los derechos de estola, que se clausuren los noviciados por la corrupción y prostitución de algunos de sus frailes; que se establezca el matrimonio civil dejando en libertad a las personas, su objeción de conciencia y su autónoma determinación de recibir la bendición de la Iglesia; que se excluya a todos los jerarcas eclesiásticos que tengan ideas contrarias a esta revolución, que acepten de una vez por siempre, que se toleraran los cultos; que el Estado no dudará en prohibir el sacramento de la confesión, por la indebida violación en que han incurrido algunos de sus ministros religiosos que valiéndose de ella, han revelado secretos para denunciar supuestas conspiraciones, desintegrar familias y utilizar el aparato inquisitorio para cometer todo tipo de arbitrariedades. Informen al pueblo de México, que esta revolución será autentica, que los empleados públicos mayores de cuarenta años de edad, deberán renunciar a sus cargos, para os entregar las riendas de la administración, a los jóvenes de hoy. Hagan saber que convocaremos a un congreso constituyente y adoptaremos, para siempre, la Constitución federalista de 1824, con la inserción de la defensa de los derechos civiles, tutelados por el juicio de amparo.

Si mi general. Acatáremos sus instrucciones, marcharemos a la Ciudad de México. Nos abasteceremos y nos enfrentaremos al enemigo en Monterrey o en Saltillo, para desde ahí vencerlo. Diremos al pueblo, que nuestro gran hombre ha regresado, para imponer el orden y la paz, para defendernos de esta afrenta y poner en alto para siempre, el nombre de México.

Doctor Valentín Gómez Farías, don Manuel Crescencio Rejón puede ser un excelente Secretario de Relaciones; en la cartera de Guerra, contamos con el ilustre general Juan Nepomuceno Almonte, hombre congruente con sus ideas, que siempre ha peleado por el bienestar del país y que tuvo el decoro, de renunciar a su investidura de embajador en Francia, al percatarse de la traición de Paredes Arrillaga; mi amigo don Ramón Pacheco puede auxiliarlo en Justicia  y usted, hasta en tanto, el Congreso no haga el nombramiento formal, puede abocarse a la Hacienda Pública, a fin de estudiar y proponer al órgano soberano, la forma en que financiaremos esta guerra.



Partiremos a la Ciudad de México y tan pronto llegue Su Alteza, lo designaremos Presidente de México. Si Su Señoría no pisara la Ciudad, sería un mal entendido y daría pauta a confirmar suspicacias consistentes en comprobar de que su ingreso al país, fue por acuerdo de los Estados Unidos y con el único objeto de pactar la paz y vender la mitad del territorio nacional; entiendan, es necesario que se haga cargo del Ejecutivo.  ¡Tranquilícense¡. El sentir de Su Alteza, es demostrar que no ambiciona el poder, ni traicionar la confianza del pueblo de México. El único cargo que mi general aceptará, será la de General en Jefe de las fuerzas Armadas. Pero mientras tanto, déjenlo descansar. Necesita reponerse el generalísimo de todos sus achaques, démosle tiempo para que reflexione y planteé la táctica y estrategia militar de la defensa nacional.

Aquella tarde, gran parte de los acompañantes que fueron recibir al general Santa Anna se retiraron, dirigiéndose a la Ciudad de México. Sólo se quedaron el Coronel Yáñez, Jorge Enrique Salcedo Salmorán y algunos de sus amigos más allegados; para escoltar y esperar las nuevas instrucciones que se sirviera dictar su Excelencia. También estaba dentro de las personas hospedadas en la hacienda del Encero, don Manuel Crescencio Rejón, quien lo primero que hizo al llegar a su habitación, fue redactar una carta al Secretario de Estado Americano M. James Buchanan. Cabe mencionar que dicha carta, la recibió personalmente el general Santa Anna a su ingreso el día que llegó a Veracruz, el Comodoro Conner hizo entrega de dicha misiva y en razón de ella, el generalísimo pudo entrar tranquilamente al país. “El pasado pertenece a la historia, el futuro sujeto a la providencia, está a nuestro alcance”. Santa Anna sólo se rió. Había que contestar al ministro americano, que su retorno al país, no era para pactar algún arreglo de paz, ni existía mucho menos algún convenio secreto entre él y James Polk presidente de los Estados Unidos. Crescencio Rejón contesto la oferta de paz con un contundente: No. Pobres americanos ilusos que creyeron haber convencido a Santa Anna de cederles la mitad del territorio nacional. Primero tendrán que arrebatarnos nuestro suelo a la mala, antes que rendirnos. – Dígales que no, don Manuel. Esos güeritos americanos creen que me compraron, imagínense que aceptara en estos momentos la paz, que dirían nuestros adversarios, dirían que ese cúmulo de mentiras y rumores propagados, son ciertos, que yo, don Antonio López de Santa Anna, pacte con los americanos. Dígales que no don Manuel, como Vos sabe hacerlo; dígales que defenderé el territorio nacional y que encontraran en cada mexicano, a un verdadero guerrero. ¡No está tratando con apaches¡. Somos mexicanos y muy cabrones. ¡Pinches gringos¡.

El Coronel Gutiérrez y Mendizábal, quien también estaba en la escolta cercana de su Alteza, fue el encargado de recibir la contestación y darla a conocer a toda la prensa nacional. Publíquese en todos los periódicos y tradúzcase al inglés, para que sepan de una vez por siempre, que no existe tal arreglo. Que el regreso del general Santa Anna es para defender la patria y no, como suponen sus adversarios, para pactar la paz. El Coronel Melgar Gutiérrez y Mendizábal acepta la comisión y cabalgando del Encero a la Ciudad de México, hace entrega de dicha carta a los periódicos nacionales; también, entrega un ejemplar de la misa, al Comodoro Conner quien seguía estacionado en el puerto de Veracruz, a fin de que por su conducto, se oficializara la respuesta de Su Alteza, al ofrecimiento de paz de los Estados Unidos.



Mientras eso ocurre, al norte del país, la plaza de Monterrey los soldados mexicanos trabajan día y noche, haciendo fortificaciones. El general Mejía llega con mil ochocientos hombres a reforzar la plaza y a ponerse a las órdenes, del general Pedro Ampudia, quien para ese momento, con sus cinco mil soldados y treinta y dos cañones, era el comandante de la zona, luego de la deshonrosa destitución de Mariano Arista, quien días antes, había perdido Palo Alto, Rasaca de la Palma y entregado Matamoros, sin disparar una sola bala.

El general Pedro Ampudia ordeno hacer un mapa de la ciudad, para detectar cuales eran sus puntos débiles. Hizo también un inventario de sus tropas en el cual, término por convencerse que aquel grupo de irlandeses, serían leales a México y que su experiencia, tanto en el ejército británico como en el americano, podría ser bien utilizada. Tuvo entonces la ocurrencia de entrevistarse con el sargento John Riley, a quien después de escucharlo y conocer su experiencia militar, le otorgo el reconocimiento de teniente y a su gente de batallón.

Aquellos irlandeses, alemanes, escoceses, conocidos como los “rojos”, por la caballera pelirroja de algunos de sus elementos, tenían la costumbre, todas las mañanas de marchar y hacer muestras de su disciplina militar, para ser aceptados por los jefes mexicanos, como soldados a favor de la causa nacional. Eran desertores de las filas del ejército de los Estados Unidos y posibles aliados a la causa mexicana. John Riley, quien apenas tenía cinco meses de haber sido detenido por una patrulla mexicana, huésped sospechoso en el campamento de Linares, entendía un poco de español, comprendió claramente la oferta del general Pedro Ampudia. ¡Pelear al lado de los mexicanos y os concederemos grandes porciones de tierra, les daremos también la nacionalidad mexicana y una pensión vitalicia, por adherirse a nuestras filas¡.¡También somos católicos¡. Irlanda es a Inglaterra, como México a Estados Unidos¡. La causa es justa, defendamos a México, como lo haríamos con Irlanda. Somos naciones hermanas, que nos une la fe en nuestra Santa religión. ¡Sabemos todas las tácticas de la artillería¡. Nuestros maestros oficiales de la Academia West Point, nos enseñaron a como dispararles a ustedes los mexicanos. Lo que nunca imaginaron, es que ese conocimiento que adquirimos, lo emplearemos ahora contra ellos. Somos el Batallón de San Patricio, hagamos una bandera tricolor con el arpa de Irlanda y el nombre de nuestro Santo Patrón, para protegernos en Monterrey de nuestro enemigo. ¡Viva México¡, ¡Viva Irlanda¡. ¡Viva nuestra Religión¡. ¡Batallón de San Patricio Presente¡.



Reforzaremos la plaza. Contamos con el fuerte de la Ciudadela y también con el fortin de la Federación; cubrimos el suroeste y la zona donde la Sierra Madre desemboca en el valle. Nuestros ingenieros y soldados mexicanos reforzaran los fortines de la Tenería, Rincón del Diablo y Puente la Purísima; reforzaremos las calles de la Sultana del Norte, con barricadas y trasladaremos la artillería al Cerro del Obispado, donde atacará el batallón de San Patricio. Esa será nuestra estrategia general Mejía. ¡Así defenderemos Monterrey¡. – General Ampudia, difiero de su posición, esta usted mal; que confianza le merece a esos rojos, son traidores de los americanos, viles mercenarios que cuando no les llegue su salario, lo desconocerán; sus soldados los “bocas de palo” y los “polkos”, correrán nuevamente, como lo hicieron en Rasaca de la Palma y en Matamoros. ¡No tienen la convicción y el patriotismo para defender la plaza¡. – General Mejía, absténgase de ese tipo de comentarios, sus soldados, no son los redentores. – ¡Si no lo son, absténgase de entonces girar instrucciones sobre mi tropa, no nos prestaremos, a sus erróneos planes militares para ocasionar un desgaste inútil de vidas humanas., ¡Es Usted un traidor, si desconoce el mando supremo de esta plaza, que soy yo. - ¡De ninguna forma general, pero su gente está mal; su Inspector de Obras Simeón Ramírez, no dudo su conocimiento en táctica y servicio, pero es un sumo ignorante en fortificación. Esta demoliendo el Fortín de la Tenería; la ubicación de las reservas y la  caballería que comanda el general Romero y Torejón está mal situada: - ¡En mi plaza mando yo general¡. - ¡Con mi gente no se meta general¡. -¡No acepto su falta de subordinación¡.-  ¡Acato sus instrucciones como superior jerárquico, mas tengo la obligación y el deber patriótico de hacerle notar sus errores. - ¡El mando supremo del ejército del norte, no acepta sus recomendaciones y le solicita se abstenga de hacer todo tipo de comentario, tendiente a bajar la moral de nuestros soldados¡.  – ¡Vaya Usted a chingar a su madre¡. – Es usted un pendejo, cuando quiere nos madriamos.- - ¡Pues órale cabrón¡. - ¡Tranquilo general¡.




El general Taylor sólo observa la maqueta de la ciudad, especula los movimientos de su adversario, sabe que después de haber ocupado Reynosa, Mier y Camargo, se encuentra ahora a veinticinco millas de Monterrey. Sabe que algunos de sus soldados, fueron sorprendidos por patrullas mexicanas, así que el combate ha iniciado. Disparen la Ciudadela, general Worth avance con una brigada de infantería y tres carros, hacía la espalda del cerro del Obispado. Los mexicanos quieren sorprendernos con su caballería.



Ese diecinueve de septiembre de mil ochocientos cuarenta y seis, inició una de las peores batallas que la historia de la guerra entre México y Estados Unidos, jama había registrado. Iniciaron los combates, el estruendo de los cañones, el sonoro de las balas y el avance americano, hacía la plaza de Monterrey.

¡General no sea usted un pendejo¡. Reconstruyan el fortín de la tenería, pero para hoy en la noche. – La tropa necesita descansar general. - Descansaran en paz y para siempre, si esos malditos gringos los matan a cada uno de ellos, así que a chingarle cabrones, a levantar ese fuerte, para la noche. A cargar sacos de tierra, ¡pero ya¡. ¡Apúrense huevones¡. …¡Hay que seguir cavando, que el foso esta sin terminar¡..



Y la lluvia. ¡Está lloviendo general¡. La pinche tierra se enlodara, maldito clima. Ah seguir defendiendo la plaza. Habrá sangre para cada pinche americano que quiera entrar a Monterrey. Sangre y muerte, destrucción y peste; nadie saldrá vivo de esta plaza. ¡Morir o vencer¡. Pero esta maldita guerra terminara en Monterrey.

Los batallones mexicanos entran a las casas de las calles principales de Monterrey, en donde esperan el cruzar de los americanos. Entre los campos de maíz, de árboles, magueyes y nopales, el avance americano seguía sin cesar, disparando en doble fila y en forma inmediata, causando bajas a los soldados mexicanos. Su artillería era eficiente y destructiva, a comparación de los cañones mexicanos, que mucho ruido hacían, con poca o nula puntería. ¡Malditas piezas de artillería¡. ¡Sigan disparando cabrones¡. ¡ahí vienen los pinches gringos¡.



La noche cayó y las posiciones de las tropas enemigas se encontraban perfectamente definidas. El general Worth no pudo ser frenado por la caballería mexicana y encontró posición detrás del cerro del obispado, haciendo con esa maniobra, evitar cualquier retiro de las tropas mexicanas. Ahora la plaza, se encontraba sitiada, sin puerta de escape para el general Ampudia. No había más remedio, que ganar ese combate.



La noche cayo, una que otra bala esporádica alcanzo escucharse entre las patrullas tanto mexicanas como americanas que se dedicaron a custodiar el sueño de sus compañeros. Otro grupo de soldados no durmió, siguió trabajando para reforzar las fortificaciones que habían sufrido la embestida de los cañones americanos, otros mas seguían cavando hoyos, cargar entre el lodo, los costales de tierra y construir de la noche a la mañana, los jacales donde se escondería la tropa mexicana.

A las siete de la mañana del veinte de septiembre, iniciaron nuevamente las hostilidades; la tropa americana avanzo hacía la Tenería, quien volvió a presentar resistencia, al mismo tiempo que los americanos, avanzaban hacía las arboledas, donde con mejor ángulo de ataque se disponían a dispararle a los mexicanos. Los cañones volvían a sonar y ocasionar mayores destrozos que los ocasionados el día anterior, una lluvia intensa, ya no de agua, sino de bolas de fuego, bombardeaban la plaza, al mismo tiempo que las familias mexicanas protegidas por los soldados mexicanos, no habían mas que rezar de que una bala, no les cayera del cielo. Al menos, que el hambre, los matara.



Un retroceso de los soldados americanos. El júbilo en los mandos oficiales del ejército mexicano, celebraba, lo que parecía ser la derrota de los enemigos. – esta fecha será recordada, como el día en que las armas nacionales se cubrieron de gloria.- Informaremos al general Santa Anna, que el ejército norteamericano, fue heroicamente detenido en Monterrey, celebremos esa retirada de los americanos, todavía hay comida, tenemos hambre mi oficiales, comamos y pensemos la forma en que haremos de conocimiento publico esta noticia. ¿Quiero un trago de mezcal para celebrar¡.


Un cañonazo, un fuerte cañonazo, derribo el techo donde estaba el general Ampudia. La suerte o la mano de dios, salvo la vida, a los oficiales mexicanos.- ¡Pinches gringos, casi nos matan¡.



Los americanos no retrocedían, por el contrario, movían sus efectivos, ahora acompañados de caballería y de su artillería, para ir ocupando poco a poco, el fuerte de la Teneria. Los mexicanos respondieron con un regimiento de lanceros, pero que poco hizo, ante las municiones del enemigo. El fuego comenzó a propagarse y los jacales de la tenería, empezaron a incendiarse, de donde salían algunos nacionales, ardiendo en fuego, gritando desesperadamente el dolor de consumirse en fuego, pidiendo a dios, el alivio de una bala que los matara.

-      ¡Parque¡. ¿Dónde chingados está el parque?. - ¡Agua¡. ¡necesitamos agua general¡. – Los soldados mexicanos, con la cabeza negra de la pólvora, el uniformo lodoso y fatigados de no haber dormido, por fortificar la plaza, empezaron a sentir la fatiga. Habían resistido en dos ocasiones, el avance americano, pero no pudieron hacerlo por una tercera vez. En esta ocasión, los americanos, pudieron ingresar al fortin y con el grito de ¡Hurra¡, la bandera americana, piso por vez primera, la plaza de Monterrey.

Rincón del diablo y el puente la Purísima siguieron resistiendo; la tarde caía y para el día siguiente, podría definirse el combate.


A las siete de la mañana del día veintiuno de septiembre, volvieron a sonar las dianas y las trompetas de guerra, que acompañadas del sonor de los cañones y del ruido de las municiones, emprendían por tercer día consecutivo, la toma de Monterrey. Las tropas americanas estaban desmoralizadas y por momentos el general Taylor, le cruzo el pensamiento, de ordenar la retirada.



Sin embargo, los americanos, pese a su desmoralizadas victorias pírricas,  habían ocupado ya el fortín de la tenería, ahora les quedaba el fortín de la federación, tras ocupar el primero de los fortines, aprehendieron a varios soldados artilleros, quienes fueron trasladados a las posiciones enemigas en calidad de prisioneros de guerra; mientras eso ocurría, las hostilidades continuaban, sin encontrar para cuando cesarían. Gritos y mas gritos se escuchaban, la fatiga de los soldados, era quizás por no dormir, o por no comer, o quizás, por disparar tanto el fusil. Paralelamente el ejército americano seguía escondiendo en un tupido bosquecillo y rocoso, donde tomaron posición, para hacer uso de sus potentes carabinas Harpers Ferry, modelo 1844, calibre 0.54 de pulgada, que les permitía hacer un disparo seguro, cada minuto.

Para la tarde, los americanos habían ocupado a sangre y a fuego, el fortín de la federación, al igual que el cerro del Obispado. La plaza estaba casi ocupada; los soldados mexicanos, atrincherados y escondidos en las casas de la ciudad, se disponían, a esperar el enemigo; ya sin agua, sin alimentos y luego de haber resistido, tres intensos días de combate. La victoria americana, era inminente. Sólo quedaba el fuerte de la Ciudadela, donde faltaba definirse, la caída total de Monterrey.



El día veintitrés de septiembre, el ejército americano, ingreso a las calles de la plaza; muchos de los soldados, murieron sorprendidos, por la atinada puntería, de uno que otro soldado o civil mexicano, que se disponía a darle su bienvenida a los invasores. Aunque los rumores en ambos bandos, parecían ciertos. El general mexicano capitularía la entrega de la plaza, Taylor mientras tanto, apostaba a que ya fueran las salvas de las municiones, la potente artillería, o la falta de víveres, haría que esa plaza, tarde o temprano caería.

Los oficiales mexicanos atrincherados en la Ciudadela, seguían deliberando entre si la necesidad de rendirse. Unos sostenían el caso de Cuautla, donde el insurgente José María Morelos resistió por mas de cuarenta días a los realistas encabezados por Félix María Calleja; pudiendo demostrar al mundo entero, falso el dicho de que “plaza sitiada, plaza ocupada”. La situación de ahora, era algo parecida, aunque bien, no faltaron los oficiales que en voz baja, dijeron que Ampudia no era el generalísimo Morelos y que mucho menos, los americanos, eran de igual de pendejos que los realistas. Ah decir verdad, Calleja nunca entro a sangre y a fuego a Cuautla; Taylor si lo estaba haciendo.



Fue así como aquel día veintitrés de septiembre, los soldados americanos, decidieron ocupar con todo y contra todo, el ultimo fuerte de la resistencia mexicana; para ello, las tropas invasoras encontraron resistencia, de algunos civiles que de último minuto, ante la inminente necesidad de encontrar alimentos o cansados del estruendoso ruido de las balas, decidieron también resistir a los americanos, con todo aquello que tuvieran a la mano. Casa por casa, los americanos fueron ocupando posiciones y matando o dejándose matar, de aquel que ofrecía la mínima resistencia. Sangre y mas sangre, las trincheras desechas, muertos y un olor pestilente insoportable, que por momentos, el coraje o la angustia de morir, hacía desaparecer.



El general Pedro Ampudia tomo la sabía decisión de comprender que el esfuerzo que habían realizado tanto las tropas mexicanas y la población civil de Monterrey, había sido gloriosa pero no lo suficiente para garantizar la victoria de la mortal batalla. Estaba plenamente consciente que lo que pudo haber sido una victoria y el freno al avance americano, termino por convertirse en una derrota más para el ejército mexicano.

“Después de una defensa brillante, en que el enemigo fue rechazado con pérdida de mil quinientos hombres en varios puestos, logro posesionarse de los puntos dominantes del Obispado y otro al sur de él, como asimismo de un baluarte destacado que se llamaba la Teneria, y llevando sus ataques por entre las casas que horadó con dirección del centro de la ciudad, consiguió situarse á medio tiro de fusil de la plaza principal, en cuya ultima línea estaban nuestras tropas, que recibían daño de sus proyectiles huecos. En estas circunstancias fui invitado para tratar de un acomodamiento que evitase perdidas, pues de abrirse paso a la bayoneta, hallándonos cercados  nosotros de enemigos atrincherados, era consiguiente se dispersase la tropa y nada quedase del material. Pesadas por mi estas consideraciones, también tuve presente que padecía la ciudad con los ataques comenzados y los que se emprendiesen horadando las casas, no menos que con el estrago de las bombas, la escasez que comenzaba a sentirse de parque, los víveres perdidos conforme se adelantaban las líneas del enemigo hacia el centro, lo distante de los recursos, y, por último, que la prolongación por dos o tres días, si acaso era posible, de tal estado de cosas, no podían producir mi triunfo, consentí abrir proposiciones que dieran por resultado el convenio de capitulación adjunto…”


Aquella carta viajo de Monterrey a la Ciudad de México, de ésta a la Hacienda del Encero, donde finalmente luego de leerla Jorge Enrique Salcedo Salmorán, comprendió lo que había pasado. Los americanos habían ocupado Monterrey.



Jorge Enrique Salcedo Salmorán comunico de la noticia al coronel Martin Yáñez, que para aquella noche, se encontraba durmiendo en espera de la noticia.

-      ¿Se perdió Monterrey?
-      ¡Si¡. Tenemos que informarle al general Santa Anna, sobre la última batalla librada.
-      Ahora no es el momento, esperemos que amanezca, mañana le informaremos a Su Alteza, sobre el resultado de la batalla.

Aquella noche, en su alcoba matrimonial, el generalísimo Santa Anna tuvo insomnio, no pudo ni siquiera cumplir con sus obligaciones carnales, de responder satisfactoriamente, sobre aquellas enormes caderas de su esposa Dolores, que dormía plácidamente, sin importarle en nada, si México perdía o ganaba la guerra.

Santa Anna se levantó de la cama, disponiéndose a colocarse la prótesis que sustituía por siempre su pierna mutilada, entonces agarro aquel hule y se la puso en la boca para masticarla y con ello, tratar de ordenar sus ideas; en aquella noche silenciosa, en la que solamente los grillos cantaban y el suspiro de su esposa escuchaba.

Santa Anna, pensó una y otra vez mas lo que el futuro le depararía; observo las paredes de su casa, sus cortinas, sus muebles lujosos y aquella ventana que mostraba como el cielo amanecía, escuchando a los lejos, a sus gallos, cuando comenzaron a cacarear, anunciando un nuevo día.

A la hora del desayuno, Santa Anna seguía pensando en tantas cosas, se bañó y sacó de su ropero, aquel imponente traje militar,, cuyos botones dorados de oro de veinticuatro quilates, tenían la insigne del águila devorando la serpiente. ¿Qué hacer?. Ser preguntaba un y otra vez, al mismo tiempo que se puso sus lujosas botas negras, poniéndose aun aquella bote, sobre la pata de palo que tenía; cuando le fue anunciado por un sirviente, que el oficial Martín Yáñez, tenía algo urgente que comunicarle.

La sirvienta de la casa, ya había preparado unos ricos chilaquiles verdes, acompañado de un suculento jugo de naranja, ahí lo esperarían, su esposa Dolores y su hombre de confianza, don Manuel Crescencio Rejón, para informarle a Su Alteza, lo que ya todo el país sabía.

Antes de llegar al comedor, fue abordado por el Coronel Yáñez, quien le informó a Santa Anna, sobre la ocupación americana de la plaza de Monterrey.

El generalísimo, respondió con un ademán que denotaba indiferencia a la noticia, entonces respondió.

-      ¿Y mi dinero Coronel?.

Yáñez se quedó desconcertado, supo a que el dinero se refería, instruiría a su amigo Jorge Enrique Salcedo para que trasladará inmediatamente a la Ciudad de México y contactará con su futuro suegro, el viejo escribano, Martínez del Valle, a fin de hacerle entrega lo mas pronto posible, de los títulos de propiedad que acreditaban la compraventa de los territorios del norte de México.

-      No se preocupe general. Sus títulos de propiedad están seguros y por lo que se refiere al  dinero, el mismo está en un lugar secreto que nadie conoce ni imagina.

El general Santa Anna, sintió un poco de tranquilidad, al saber que podía contar con aquellos recursos económicos, para sus planes personales; entonces respondió riéndose.

-      ¡Se los encargo Coronel¡.

Santa Anna, le dio una palmada a Yáñez y se dispuso a dirigirse a su comedor, donde desayunaría unos ricos chilaquiles con aquel suculento jugo de naranja. Entonces ahí sentado en el comedor de su casa, se dispuso ordenar.

-      ¡Vámonos a México¡.









domingo, 18 de septiembre de 2016

TERCERA PARTE


Los montes de Tizapan se encuentran más allá de Chapultepetl, entre el Pedregal y el río Mixcoac, arriba de Coyoacán; fue en ese lugar aislado, de rocas y cuevas secretas, donde el guerrero Ixcoatl escondió el tan anhelado tesoro que Hernán Cortes buscó incesantemente sin encontrarlo.

Los años pasaron y aquellas extensas terrenos fueron cedidos por su Majestad el Rey de España a título de encomienda a los españoles conquistadores, posteriormente fueron adquiridos por el cacique de Coyoacán, don Felipe de Guzmán Itzolinque, quien a su vez, decidió donar parte de esos terrenos a la orden religiosa de los carmelitas descalzos.


Los años pasaron y  los guerreros aztecas guardianes de ese tesoro, dejaron de profesar sus creencias religiosas, para convertirse al cristianismo, no sin antes de conservar muchas de sus costumbres, algunas de ellas, ya tan inexplicables como guardar el secreto de aquellos tesoros escondidos que carecían de dueño, pero que paradójicamente pertenecían a solo unos cuantos hombres que no deseaban que nadie los descubriera. Estos guardianes, siempre desconfiados de las autoridades virreinales, conservaron también durante muchos años su record en contra de los españoles, no así de los monjes carmelitas a quienes supieron otorgar su confianza.



A más de cien años de haberse escondido el tesoro de Moctezuma, sobre los montes de Tizapan, los terrenos fueron propiedad de la orden religiosa de los carmelitas, quienes delimitando sus extensas territorios, construyeron dos iglesias, uno de ellos abajo en la planicie en el poblado de San Jacinto Tenanitli, llamándole después San Angel y otro más arriba, cerca del poblado de  Cuajimalpa, donde edificaron un Convento en un lugar llamado Santo Desierto de Nuestra Señora del Carmen de los Montes de Santa Fe. Más conocido como el Desierto de los Leones, en honor a una familia de abogados de apellido León, defensores de la orden religiosa.



La orden de los carmelitas con el apoyo de los guardianes del tesoro, fueron construyendo durante generaciones de años, una red de caminos secretos, aprovechando las condiciones geográficas de los montes, barrancos, ríos, peñascos, cuevas, cavernas; logrando conectar tanto la Iglesia del Carmen en San Ángel, como al Convento del Desierto de los Leones. En dichos caminos secretos, no solamente se siguió guardando el tesoro de Moctezuma, sino que también, sirvió como bodegas ocultas, donde la orden religiosa de los Carmelitas custodiaba las riquezas que sus feligreses que en compra de indulgencias les obsequiaban o se los dejaban en depósito. Los tesoros acumulados, fueron siempre vigilados ya no por los guardianes, sino por los hijos de estos, una generación de hombres valientes desobedientes de la autoridad y cómplices de la misma, en sus actos inmorales y corruptos.



A inicios del siglo XIX y con las noticias provenientes del reino España, referentes a la detención del Rey Fernando VII y del usurpador de la Corona José Bonaparte; las autoridades virreinales encabezadas primero por el Virrey José de Iturrigaray y después por Pedro Garibay, temieron la ocupación francesa de la Nueva España, así que decidieron trasladar todo el oro y la plata acumulada de la hacienda pública del virreinato, inclusive hasta cargamentos de pólvora y parque, a la orden religiosa de los carmelitas de los descalzos, para que éstos las custodiaran por siempre, en los lugares secretos que sólo éstos conocían.





La revolución de 1810 culminó en 1821 con la independencia de México. Mientras que los tesoros acumulados de los carmelitas permanecieron ocultos y ahora censurados ante la posibilidad de que los mismos, fueran descubiertos por los gobernantes corruptos del México Independiente. Por gente enferma de poder y de ambición, como don Antonio López de Santa Anna.



sábado, 17 de septiembre de 2016

CAPITULO 44


El puerto de Veracruz, espera la llegada de su hombre. Su hijo, el mejor de todos los mexicanos, el hombre inmortal que salvaría el destino de la nación. Dos fragatas, una de ellas con la bandera británica se ven desde lejos; afuera de ellas, la otra fragata con la bandera de los Estados Unidos de América se acerca a ellas. Son esos malditos yanquis, quienes también han obstruido los puertos marítimos mexicanos y que impedirán a toda costa, el ingreso del Supremo General, don Antonio López de Santa Anna.

Jorge Enrique había recibido una epístola para que en forma inmediata se trasladara al puerto de Veracruz. De hecho, casi todos los empleados del palacio nacional, tuvieron además de aportar su colaboración mensual de cinco pesos para el Supremo Dictador, seguir fielmente  las órdenes de don Valentín Gómez Farías, para trasladarse al puerto de Veracruz. Inclusive, la tropa y la banda de guerra oficial, había realizado el mismo viaje, por tres días y tres noches, para poder pisar el puerto de Veracruz, en espera del generalísimo.



-      Que estupidez, pensó Jorge Enrique. En este momento, cuando resultaba necesario que los regimientos del ejército salieran rumbo a Monterrey, para proteger la plaza en contra del avance americano, el brillante encargado del Poder Ejecutivo, general Mariano Salas, había dispuesto, que la tropa se dirigiera al puerto de Veracruz, para dar la bienvenida, a don Antonio López de Santa Anna.

Las luces de bengala estaban listas, el atardecer hacía que el calor fuera bajando de intensidad y como si fuera un espectáculo digno del circo romano, las multitudes se impacientaban, para esperar que su amado general, pisara territorio nacional. ¡Era lógico¡. Querían verlo hablar. Escucharlo, perdonarlo si era necesario de todos los errores que supuestamente le imputaban sus adversarios políticos. Decían que el generalísimo cojeaba de su pie, que caminaba con una pata de palo, otros en cambio decían que lo hacía con un lujoso bastón de oro, otros en cambio, aseguraba, que su andar era tan recto, que no parecía haber perdido jamás su pierna izquierda. La gente seguía esperando, al igual la tropa, en espera de que su máximo líder les hablara y los condujera a la guerra que en cualquier momento podría estallar; en el kiosko principal, se encontraba don Valentín Gómez Farías, acompañado del general Mariano Salas y de los soldados más fieles de la república, en medio de listones, la multitud esperaba tener noticias de su líder máximo. ¿A qué hora llegará?. ¿Se está tardando?. ¿Será posible que los americanos impedirán a toda costa su entrada?. Algunos infantes mexicanos, estaban preparados, no solamente para recibir a su querido general, sino también, dispuestos a nadar si era posible, para alcanzar y atacar esa fragata americana y arrebatarle la bandera a los invasores, tal como lo había hecho alguna vez, el Siervo de la Nación, José María Morelos en Acapulco; ahora esta vez, lo harían más de cien mexicanos, dispuestos a rescatar, al hijo prodigo de la patria.



Seguía a los lejos esos dos barcos, uno de ellos, denominado el Arab, había sido rentado por la gente de suma confianza del general Antonio López de Santa Anna para su regreso a México. Claro que lo haría por Veracruz. No ingresaría al país como un cobarde, no como un fugitivo, era a pesar de todos, el Presidente de México, había sido expulsado, por una conspiración seguramente encabezada y orquestada por los americanos y no por ellos, ni por quedar bien con sus enemigos, que el generalísimo, regresaría al país, por otra parte del territorio nacional. Tenía que hacerlo, por donde debía de hacerlo. Por la puerta principal de México. No por la ventana, ni por la puerta de servicio, tenía que hacerlo, como todo un señor, por la puerta del dueño de la casa, en Veracruz, si en la tierra caliente y cálida de México que había tenido la honra de ver nacer, al mejor de sus hijos.

El Vapor ingles, había zarpado a las seis de la mañana de aquel ocho de agosto. Junto a él, viajaban, los hombres de confianza del general Santa Anna, quienes lo habían acompañado y alcanzado en Cuba, para informarle que la Ciudad de México, había sido recuperada, que las tropas nacionales en Jalisco y Veracruz, se habían levantado en armas, para proclamar su pronto retorno en el territorio nacional. Que nada anormal estaba ocurriendo en el suelo patrio, que los americanos no habían podido derrotar a los mexicanos, ni menos aún lo harían, cuando se enteraran que el Napoleón del Oeste había regresado. Ahí en esa fragata estaba el general Santa Anna, desde lejos, cada asistente a ese mitin, imaginaba que había hecho el general durante su viaje en el mar al suelo mexicano, seguramente había reflexionado cual sería su estrategia militar, su primera acción política, a quien perdonaría de sus enemigos y a quien no; se vengaría de sus adversarios y traidores, que pensaría el salvador de la patria durante esos días y noches, en que sólo el mar veía, sin ver desde lejos, el castillo de San Juan de Ulúa que ahora lo recibiría, con luces de bengala, orquesta, bandas sonoras y salvas de artillería, que le darían la bienvenida.



Las dos fragatas estaban ahora frente a frente a unos cuantos metros. En una de ellas, se encontraba el presidente Antonio López de Santa Anna, en la otra, el Comodoro Conner, quien era quien obstruía, todo barco que intentaba ingresar al puerto veracruzano. ¡Malditos invasores¡. Porque tenían que hacerle eso, al salvador de la patria, quienes eran ellos para preguntarle a los mexicanos, si era o no Santa Anna, o bien, para pedirles permiso, de regresar a su propia tierra. Como el barco invasor amenazara a disparar sus potentes cañones, en contra de aquella pequeña fragata, donde seguramente, viajaba el presidente Mexicano.

No se preocupen – le decían al licenciado Salcedo – estoy casi seguro, que en ese barco, viaja nuestro ilustre general. – No creo que los americanos, se atrevan a impedir la entrada, estoy más que seguro, que todos los hombres que viajan con el generalísimo, darían su vida por él, antes que impedir, que los invasores le arrebaten la vida.

Del barco americano, despego una pequeña lancha, donde una escolta encabezada por el capitán Lambert, se dirigía al buque mexicano, donde seguramente viajaba el general mexicano. ¿Qué querrán esos malditos?. Seguramente, el barco donde viaja el generalísimo se esta haciendo pasar por un buque mercante, a lo mejor Santa Anna es tan audaz que estaría escondido en un barril donde jamás lo encontrarían si es que estos invasores decidieran hacer una inspección. - ¡No lo creo¡.-  El general Santa Anna no es tan cobarde para esconderse. Seguramente estará vestido con el mejor de sus uniformes, esperando en forma gallarda, retar al primero que intente frenarle el paso. A lo mejor, si seguimos pensando licenciado, los hombres de confianza de mi general, están dispuestos a impedir a toda costa, cualquier detención en contra de mi general. Si señores, Santa Anna, no tiene por que esconderse, ni prestarse a esos falsos rumores, de que la fragata americana, “ya pacto” con Santa Anna, a causa de que éste regresara a vender los territorios mexicanos en treinta millones de pesos. - ¡Eso no es cierto¡. – si el barco mexicano logra ser detenido por los americanos, una balacera estallará, muchos morirán; Santa Anna cruzara lo que queda de la costa para ingresar al puerto y dar la orden de ataque a la tropa, para expulsar a ese navío americano. Si es posible, de capturar vivos a sus tripulantes para colgar sus cabezas, en cada hasta del puerto de Veracruz. Que no se atrevan hacerlo, que nadie frene el ingreso de Santa Anna; porque más de un cañón mexicano, esta apuntando en ese momento, al barco americano.

La espera es lenta, entonces, la multitud que se encuentra en el puerto, la tropa, los amigos del generalísimo, comienzan a rumorar, ¡ese es el barco¡, ahí viaja Santa Anna; estamos seguros que en ese barco, viene con nosotros, nuestro compañero de armas, el general Antonio López de Santa Anna. ¿Qué sucede entonces?. ¿Pasa o no pasa?. – Atacamos o no mi general. Disparamos estos cañones al barco americano, o nos aguantamos general, no vayamos a tener tan mala puntería, que le pegamos al generalísimo y le volamos la otra pata. Sigamos esperando, que el tiempo es lento, que la tarde siga cayendo, que el cielo es azul oscurezca, que dentro de unos minutos caerá la noche, y aun nadie de la concurrencia, sabe con certeza, si dentro de ese barco viaja nuestro general. Volteemos el reloj mi general y sigamos esperando, veamos, como la arena se vacía del frasco de arriba para llenar el frasco de abajo, sigamos entonces esperando, a que esos barcos, se sigan entendiendo.

Entonces, sucedió lo que todos esperaban. De aquella lancha americana, retorna al buque americano y la fragata mexicana continua su marcha, - ¡Viene para acá¡. - ¡Es Santa Anna¡. – Seguramente que es Santa Anna. Entonces sucede algo mágico, del barco que tiene la bandera británica, sale una luz de bengala, la inmensa felicidad de los concurrentes se expande en sólo unos segundos, para confirmar lo que ya todos sospechaban; es Santa Anna, ¡Si señores, ahí viaja mi general Santa Anna, recibámoslo con euforia, prendan también las luces de bengala, que suene la música, disparen las salvas, que la gente grite: ¡Viva México¡. ¡Viva Santa Anna¡. Es nuestro general Santa Anna, ahí viene de regreso.

El buque británico, quien realmente es mexicano, viene acercándose al puerto, la música empieza a sonar y las bengalas iluminan el cielo, prometiendo a la patria, un futuro victorioso. El licenciado Jorge Enrique Salcedo comienza aplaudir y toda su comitiva también lo hace; no sabe si dejarse contagiar por la felicidad de todos, pero también siente en su corazón, que la esperanza ha vuelto, que las cosas mejoraran; que la experiencia de haber estado en ese momento glorioso de la historia, será por siempre recordada.



La fragata ancla en el puerto, de donde algunos militares mexicanos, corresponden los gritos de sus paisanos; ¡Viva Santa Anna¡, ¡Viva México¡, las banderas tricolores adornan el buque ingles, al igual que de los escoltas, que acompañan al huésped de honor. La música suena en forma gallarda, viendo como cada uno de los tripulantes, viene bajando del buque, hasta que entonces, comienzan a reconocer algunos de los pasajeros: don Manuel Crescencio Rejón, ese es don Manuel, tenía tiempo de no verlo, un brillante abogado, de la misma talla que don Mariano Otero, que gusto verlo bajar de ese barco; saber que su cabeza ilustre se suma a este momento histórico del país; también viene bajando otros distinguidos señores, don Juan Nepomuceno Almonte, y nada más y nada menos, que mi amigo, el Coronel Yáñez; y ese hombre, si ese hombre de uniforme vistoso, de sencilla persona, que viene disimuladamente cojeando, ese es nada menos y nada más, que don Antonio López de Santa Anna.

-      Ese es Santa Anna. – la multitud grita con efervescencia; - ¡Viva Santa Anna¡- - la felicidad de todos se contagia, la gente se abraza, las bengalas siguen iluminando el cielo, que poco a poco oscurece, la banda de guerra no se alcanza escuchar, entre la cantidad de salvas y cañonazos que empiezan a disparar. Ese es Santa Anna, responde el júbilo de los demás, alzando sus brazo derecho para saludar a la multitud y responderles con alegría el saludo. Luego el cuerpo de ese hombre, hace el además con sus brazos, como si abrazara a cada uno de los concurrentes.
-      Saludemos al general Santa Anna. – dijo don Valentín Gómez Farias, los miembros del templete, hicieron lo mismo, no dejaban de aplaudir, entre tanta bengala y bala de salva, para recibir jubilosamente, a su jefe.

El general Santa Anna, sonreía, pero no de la forma invicta y arrogante, sino que lo hacía de una forma tan sencilla y humilde, que hacía de su persona, una gran investidura.  - ¡Moriremos por Vos mi general – gritaba la multitud; el general mexicano volteaba y alcanzaba a decir - ¡Será por México¡, hagamos nuestro gran sacrificio por nuestra patria mis muchachos . - ¡Moriremos por Vos mi general¡. ..¡Viva Santa Anna¡. - ¡Viva México¡. – respondía a Santa Anna. Quien seguía con su brazo derecho saludando a las multitudes.



Con el pie cojeando el andar de mi general seguía dirigiéndose al kiosko, entre bandas sonoras y las campanas de la iglesia que a lo lejos se escuchaban, el retorno del general Antonio López de Santa Anna, jamás sería olvidado por los veracruzanos. Todos recordaríamos esta fecha, a nadie se nos olvidaría, como el generalísimo regresaba el país, entre tantos gritos de felicidad, que coreaban inmortalmente su nombre.

El cielo seguía oscureciendo, entonces las antorchas comenzaban a prenderse, al igual que esos obsoletos faroles del puerto; la tropa siempre fiel a su general, lloraba de alegría, había esperado tanto tiempo para ver a su jefe regresar, ahora solo faltaba escucharlo, quien ahí estaba, saludando en esos momentos, a cada uno de los miembros del comité de recepción, presididos por el licenciado Jorge Enrique Salcedo.

-      ¡Yáñez¡-  grito Salcedo a su amigo Juan Yáñez. Este volteo y pudo ver a su amigo, quien al verlo, lo reconoció en medio de la multitud para responderle y acercarse a él, sonriéndole y dándole un abrazo fuerte de fraternidad. –  ¡Estamos de vuelta cabrón¡. – dijo Yáñez con plena seguridad. - ¡Vamos a partirle la madre a esos pinches americanos¡ - Con Santa Anna, las cosas cambiaran.

El general Santa Anna, respondía también con un abrazo, al licenciado Jorge Enrique Salcedo y también, con cada uno de la comitiva; casi no le besaron la mano, porque era bien sabido por todos, que en México habían desaparecido los títulos nobiliarios, pero este momento sería una excepción, el Salvador y Benemérito de la Patria, merecía de todos los elogios, por el injusto exilio que había recibido. Ahora, ahí estaba gracias a la Santísima Trinidad y a la Virgencita de Guadalupe, sano y salvo, dispuesto a entregar su vida, si era preciso, para salvar la honra de la patria.

-      Silencio – pidió el doctor a la multitud - ¡Silencio por favor¡ - volvió a insistir a cada uno de los concurrentes, había que callar a la orquesta, las campanas, a los músicos y a los infantes, para que dejaran de disparar tanta salva y escuchar con atención las palabras del salvador.

-      Silencio por favor – volvió insistir el licenciado Salcedo Salmorán. – el general Antonio López de Santa Anna hablará.

Inmediatamente, el comité de bienvenida, empezó a distribuir entre las multitudes, unos panfletos donde el general Santa Anna daba su proclama de regreso. “Para la verdadera Regeneración de la Republica”. Salcedo tomo uno y se rió al leerlo. ¿a que horas lo escribió?. – el pueblo analfabeto, no sabía leer y escribir, pero seguramente en ese papel, algo importante diría el general a cada uno de los mexicanos.

La concurrencia callo, cuando casi todos los presentes tenía en sus manos aquel panfleto y cuando el generalísimo mexicano en forma humilde y sencilla, se acerco al estrado para estirar los brazos y hacer la señal de silencio:



-      Mexicanos… hermanos Mexicanos…por siempre y para siempre. Al grito de guerra. …- una gran euforia de gritos respondió al llamado, balas de salva volvieron a escucharse y otros gritos a favor de Santa Anna, volvieron a escucharse, hasta que de nueva cuenta, poco a poco fue ganando el silencio, para escuchar, las palabras tan importantes que diría el general.
-      Llamado por el pueblo y guarniciones de los departamentos de Jalisco y Veracruz, Sinaloa y Sur de México, así como de otros puntos de la Republica Mexicana, salí de la Habana a las ocho de la mañana el día ocho de los corrientes, con el único objeto de venirlos ayudar, a salvar a la patria de sus enemigos exteriores e interiores. - ¡Viva Santa Anna¡ - … ¡Gracias¡. ¡Muchas gracias¡ …he escuchado con jubilo, pero más aún con el honor y la dignidad que mi pueblo merece, la cantidad de elogios de cada uno de vosotros; sean correspondidos; creadme, que ese voto de confianza, de patriotismo de cada uno de vosotros, es mi mejor premio y paga, para no traicionar jamás a sus hijos, de las peores y ruines ambiciones de nuestros enemigos los americanos. … ¡No os fallare en esta encomienda¡, menos aún, cuando a mi regreso a tierras mexicanas, se me ha informado, que arrollados las demás guarniciones del ejército mexicano por el jubilo de vosotros, de los Departamentos de la Republica, me ha invocado y designado, la gran distinción de nombrarme: general en jefe de las fuerzas libertadoras. …-

Gritos y mas gritos volvieron a escucharse, los aplausos acompañaron la honrosa designación y los vivas y porras al general, volvieron a encenderse el grito de. ¡Viva Santa Anna¡.

-      Que nadie se atreva  manchar este bello momento. Que nadie diga que Antonio López de Santa Anna es un traidor. Os escucharan calumnias de mi persona. Os dirán que he vendido el territorio mexicano, que he venido pactando con nuestros adversarios la rendición incondicional de nuestro país, y por ende, el remate a venta de nuestro territorio nacional. Nada más falso, que yo, un mexicano leal con mi patria, me haya prestado a la sucia componenda de traicionar a mi sangre, a mi gente, a mi patria. Ni todo el dinero del mundo, podrá jamás hacer que traicione el destino de mi país. ¡No soy el traidor que los demás dicen¡. ¡Nunca he sostenido más trato con los americanos, más que decirles en su cara, que ninguna vara del territorio mexicano, estará o estará a la venta. Que nadie se atreva a mancillar la honra y la valentía de nuestros soldados, que siendo estos mal dirigidos y sin gozar de las canonjías de la que gozan nuestros adversarios, han defendido nuestro territorio nacional en contra de aquellos que han venido a mancillar la nación. ¡Que nadie diga, que los mexicanos somos cobardes a la hora de la guerra¡. ¡Que nadie se atreva a calificarnos de traidores y vende patrias¡. No tenemos miedo a la guerra, menos aún a la muerte, que para morir nacimos…

Ese era el general, su discurso siempre firme y motivante, su presencia sencilla, pero grande.

-      Los conservadores nos acusaran de traidores, cuando sólo dios sabe y a quien pongo como testigo, que son ellos los que han traicionado a vuestra confianza; son ellos, los que decidieron vender el territorio nacional; los que decidieron reconocer la independencia de Texas, cuando siendo yo, el principal opositor a los mismos, estuve a punto de perder la vida por defender legua por legua el territorio nacional; traidores son ellos, porque decidieron convenir con ellos, cuando es de todos conocidos que fui yo, el primero en desconocer su independencia, al extremo tal, que habiendo sido prisionero de los piratas y habiendo sufrido las vejaciones que ningún mandatario mexicano haya recibido, os di la cara a los hombres mas ambiciones de los Estados Unidos, para decirles en su cara y sin miedo a perder mi vida, que México, mi México querido, no estaba a la venta. ¡México no se vende¡. Os tendría que invadirnos, someternos, sobajarnos y si corrieran con la suerte de conservar sus vidas, jamás obtendrían de nosotros, el consentimiento de entregarnos a ellos, como si fuéramos objetos de comercio, como si nuestra dignidad, pero también, nuestro decoro y patriotismo, tuviera el precio que ellos acostumbran siempre pagar… – gritos de jubilo - … Serán ellos los conservadores, los que os dirán que Santa Anna es un traidor; y os dirán que fui un cobarde en la guerra, como si mi pierna izquierda fuera producto de una pantomima; la misma farsa que Paredes Arrillaga hiciera para engañar a mi pueblo de que yo fui un traidor y que en vez de dirigirse al norte, a combatir con el general Arista en la defensa de Texas, se dirigiera a la Villa de México a desconocerme como general en jefe y deponerme en la presidencia de la república que los mexicanos tuvieron a bien designarme por novena vez.
Fue el y los conservadores los traidores a la patria, los que en vez de combatir a nuestros enemigos, decidieron aliarse con la clase opulenta y aristocrática del país, para pretender nombrar a un príncipe extranjero como rey de México y olvidar por siempre, la gesta histórica de nuestra lucha libertaria. De nuestra independencia nacional.
Que os nadie diga que Antonio López de Santa Anna es un traidor a la patria. Que os nadie se atreva a mancillar la vida de los mexicanos que murieron en la expedición de Texas y los que también han dado su vida en Palo Alto y Rasaca de la Palma, los que han sacrificado gloriosamente su nombre, a causa de los errores de los traidores conservadores que han decidido, traicionar a México.
Que os nadie diga que esta guerra la perderemos, como la perdió Herrera y Paredes Arrillaga, como la perdieron los conservadores y todos aquellos que pronosticaron que jamás regresaría. Que lo sepan todos, entro a México, de la misma forma en que salí, con la frente en alto. No tengo a quien temer, si alguien me os señalara y dijera que soy un traidor, que soy un mentiroso, un farsante, que os lo diga o calle para siempre…
… Que os lo diga, que aquí yace mi pecho y mi cuerpo entero, para no sobrevivir a la bala que acabara con mi vida…
…Que lo desmienta en mi cara, como acostumbran hacer mis enemigos, que inventan falsas historias de mi persona…
…Que se dediquen a pedir perdón, no a mi persona, pues yo ultimadamente no soy nadie entre mis hermanos mexicanos; sino que pidan perdón a ustedes, a mi pueblo, a la historia de mi patria, que pidan perdón por cada uno de los mexicanos muertos en esta guerra injusta y cruel, de la que saldremos victoriosos.
Ninguna transacción con los traidores, con los que si han pactado vender el territorio nacional. Con los bastardos que negando de sus principios monárquicos, se aliaron con algunos republicanos para evitar el castigo y conservarse en el poder, pidiendo a dios que la justicia jamás llegara y regresara nuevamente con vosotros a mi pisar mi suelo patrio.  ¡Ninguna transacción con los traidores¡. Con los realistas traidores que siguen tratando de minar, la invencible fortificación construida con la sangre de los ilustres insurgentes Miguel Hidalgo y Costilla y José María Morelos y Pavón…

Ese era el general Santa Anna; el hombre sencillo y culto, que hacía conmover a todos; el que hacía posible, que todos entregáramos la vida.

-      Mexicanos, soy hombre de acciones y no de palabras; soy hombre de trabajo y no de cargos, no he regresado a mi patria, para sentarme en el trono presidencial que muchos traidores ambicionan y que son capaces de desconocer a los gobiernos legítimos de los pueblos; ¡no señores…¡ se equivocan mis detractores.  No he venido a México para ser el salvador de esta guerra; sería ridículo creer que soy el guerrero inmortal que acabará con los invasores, sería irreal y además absurdo, suponer que con mi sola presencia, los americanos frenaran sus ansias desmedidas por arrebatarnos lo que nos pertenece; he venido de regreso a mi patria, no para ser el salvador de la patria que todos esperan, menos aún, para ser el comandante en jefe de las fuerzas libertadoras como bien me han designado, sino que he venido de regreso a mi patria, para ser simplemente un soldado más

Las porras y los gritos volvieron a sonar, más gritos de jubilo, al ver ese hombre sencillo, proclamarse, un soldado más de la república:

-      Tampoco he venido, para proclamarme el Supremo Dictador; que nadie os diga, que Antonio López de Santa Anna, es un tipo ambicioso, que sólo le interesa el poder, por el poder mismo; se equivocan mis enemigos, porque no saben, que mi regreso a México, es no para aceptar los títulos y distinciones decorosas que bien he tenido a recibir y que humildemente agradezco, pero que os no puedo aceptar, porque mi vocación, es y será por siempre, la de ser un soldado de mi patria… Un soldado como ustedes, que combate y que si es preciso morir por la salvación de la patria, moriré con la gloria que solo los elegidos de dios, tienen la dicha y la memoria de serlo.      
Es por eso, que mi vocación del más siervo de todos los infantes, la que me obliga a no aceptar ningún cargo que el pueblo tenga a bien designarme; renuncio ahora, a toda facultad que no sea la militar, la de enfrentar al adversario, en el campo de batalla; renuncio a la presidencia y a cualquier distinción, así como a las comodidades que la alta burocracia, concede a los que tengan la virtud de merecerla y de gobernar con el arte y la pericia, como lo ha hecho el doctor Valentín Gómez Farias, a quien pido un sincero reconocimiento. – la multitud empezó aplaudir y a escucharse una que otra porra al doctor Farias … -  Yo os tanto, - dijo Santa Anna - sólo soy un humilde servidor, que trabaja por la defensa de la independencia nacional y que se somete incondicionalmente al juicio de la voluntad popular y de la constitución de 1824.

Gritos acompañaron esta declaración: ¡Viva México¡. ¡Viva Santa Anna¡ Las campanas volvieron a sonar y las luces de bengala, iluminaron la noche, que acompañada de la música y de las salvas, anunciaban la llegada, del Salvador de la Patria.

Ahí estaba Jorge Enrique Salcedo y Salmorán, junto con su amigo el Coronel Martín Yañez, aplaudiendo igual que todos los asistentes, pensando que esas palabras del general, podrían ser sinceras, más aún, cuando el general Santa Anna había proclamado, el fin de cualquier ideología monarquista, así como la restauración de la republica federal prevista en la Constitución de 1824; eran tiempos de cambio y de regeneración, esta si sería la última revolución en México, la promesa de la salvación de la patria, era veraz y confiable, con el regreso de uno de sus mejores hijos, el generalísimo no le fallaría a México en los días más difíciles luego de haber conquistado su independencia y reconocimiento internacional; felices estaban todos los presentes en el puerto de Veracruz, ignorando igual que los presentes, que a cientos de kilómetros, el general Zacary Taylor, se encuentra suspirando en su próxima campaña electoral que lo llevara a la presidencia de los Estados Unidos de América, que empezará obviamente, por planear, la caída de Monterrey.