viernes, 5 de agosto de 2016

CAPITULO 2



El escribano Alfonso Martínez del Valle, había recibido a cambio de esas escrituras, la inmensa cantidad de dos millones de pesos. ¡Sin duda alguna era el escribano más rico del mundo¡, pero más aún, el cliente que se los había pagado, era sin temor a equivocarse, el personaje más importante de la nación entera, el más influyente, el más distinguido, fuerte, poderoso y por ende, el político militar más rico de todo el país.  Su nombre por favor no lo digan, que nadie lo sepa; el hijo más importante de la patria, no merece mayores descalificativos que la sociedad y sus rumores malintencionados hayan formulado antes.

El Coronel Martín Yáñez en compañía de su amigo el licenciado Jorge Enrique Salcedo, habían acudido a la notaria para cerrar el trato. El pago se hizo miles de onzas de oro, los cuales cubrían el importe de la cantidad pactada: Nada menos y nada más que dos millones pesos; ¡era una ganga¡. Por dos millones de pesos, el distinguido caudillo militar más poderoso del país y porque no, quizás del planeta entero, había realizado la mejor compraventa en bienes raíces que quizás ningún rey de Europa hubiera celebrado antes. Ni Napoleón Bonaparte con el uso de las armas, había logrado tantas extensiones territoriales como en su momento hiciera el Hijo de Anáhuac a través de su astucia. A cambio de eso, el americano James Thompson en su carácter de vendedor y en el nombre de los anteriores propietarios de dichos bienes, hizo entrega de los títulos de propiedad.

No bastaba haber comprado la Hacienda del Mago de Clavo, El Encero, o algunos bienes inmuebles en la Isla de Cuba; la oferta de haber comprado extensas propiedades territoriales en el norte de México, constituía uno de los mejores negocios que ningún político de ese país podía resistir. ¡Vaya¡ Ni su majestad Carlos V llegó a tener tanto poder como Su Señoría; ningún príncipe italiano, noble español, austriaco, ruso o de cualquier otro imperio o dinastía del mundo; podía convertirse en este suelo patrio, en casi a un soberano. Sin duda alguna sería la envidia hasta del mismísimo Pontífice Romano; de todos los cardenales de la Santa Iglesia de Roma y de México; nadie absolutamente nadie en el mundo, había celebrado tan acertado negocio.

- Estos terrenos están mucho más allá de Chihuahua, California y Sonora; ¡Llegan hasta San Francisco¡. – De veras que Su Alteza Serenísima no tenía ni siquiera imaginación alguna, de las grandes extensiones territoriales que adquiría a cambio de esa suma millonaria. ¡Dos millones de pesos a cambio de la mitad de México entero.

- ¡Que estupidez – pensaba una y mil veces el Licenciado Salcedo - ¿Cómo era posible que en el país pudiera existir gente como el ilustre general, capaz de adquirir con dinero del propio pueblo, el patrimonio de la nación. No era posible que la bajeza moral de los hombres de la República llegaran a ese extremo; de haber comprado el país, como si en verdad les perteneciera, valiéndole un comino, si este era o no parte integrante del territorio nacional, si estaba dentro o no del comercio jurídico, si eran terrenos inalienables, si el suelo al norte de la Republica formaba un elemento constitutivo del Estado. ¿No será acaso un fraude de ese escribano en contubernio con ese supuesto apoderado de los vendedores de nombre James Thompson?. Seguramente la soberbia del Supremo Dictador lo había cegado a tal grado, que ya no bastaba que en su nombre se levantaran estatuas o placas conmemorativas, se cambiara el nombre del gran Teatro Nacional,  e inclusive llegara al extremo de haber enterrado su pierna con todas las pompas fúnebres como si se tratara de una parte corporal de un héroe de guerra, una pierna con identidad propia; ahora lo que había hecho el Ilustrísimo Benemérito, no tenía mención alguna para calificar una conducta, a la cual Salcedo no sabía si calificarla de inmoral, asombrosa o simplemente como lo que era, una actitud sumamente estúpida.

“En la Ciudad de Méjico a los veinticinco días de noviembre de mil ochocientos cuarenta y cuatro; ante mí, Don Alfonso Martínez del Valle, escribano público ante la gracia de Dios y de conformidad a las leyes de la República que me invisten de ello; Doy Fe, ante la Patria y la Divina Providencia; que comparecieron ante mi los CC. Manuel Yáñez Alarcón y Enrique Salcedo Campuzano, apoderados de su Exmo. General de División y Benemérito de la Patria, Antonio López de Santa Anna y del distinguidísimo Señor James Thompson en su carácter de apoderado de la parte vendedora; reunidas ambas partes a efecto de celebrar la compraventa de los siguientes territorios”. - . ¡Que estupidez¡ - aunque una escritura pública dijera eso, no era posible, el cuento aquel del escribano, donde aseguraba que dichas tierras, si bien era cierto formaban parte del territorio nacional, lo cierto era también, que sobre las mismas existían títulos de propiedad que en su momento la Corona Española había extendido a favor de los nativos.  - ¡No lo creo Señoría¡. – Seguramente Salcedo era un estúpido, para poner en duda, no solamente la honestidad del escribano, sino también, la inteligencia del Supremo Dictador.- Más vale que te guardes cualquier otro comentario que ponga en tela de juicio la audacia del Ilustrísimo General.- ¡Más vale – se decía asimismo Salcedo, seguir siendo igual de idiotas que mis jefes, a decirles que estaba siendo testigos, de uno de los fraudes más grandes en la historia de la humanidad. Era como comprar el mar, la luna, el aire; lo que el Coronel Yáñez no se había atrevido a decirle al General, era que con la compra de casi la mitad del territorio nacional, se estaba cometiendo, no solamente el peor fraude de la historia, sino también, un acto de estupidez, de ignorancia, incredibilidad y soberbia.

El Escribano se percató que efectivamente el licenciado Salcedo no estaba del todo convencido de la situación jurídica que guardaba dichos territorios; había que explicarle que la propiedad de dichos terrenos, pertenecían a los Reyes de España, quienes con la legitimidad que en su momento les había otorgado Su Santidad el Papa, a través de la Bula Inter. Caetera del año 1493, les había reconocido el dominio y autoridad de todos aquellos suelos, subsuelos y mares, que conquistare la Corona de su Majestad el Rey de España, en el nombre de la santa evangelización. - ¡Le aseguro que estos títulos de propiedad, fueron entregados por los escribanos del Rey, a las comunidades de indios que las habitan.  - ¿pero que razón tendrá para enajenarlas?. – Entienda licenciado, los indios que habitan esos lugares inhóspitos, han sido en los últimos años asediados por los anglosajones protestantes; han preferido vender lo que les pertenece, antes que caer en la esclavitud de los intereses imperialistas de los americanos. Realmente, este contrato que se protocoliza, no atenta contra el interés nacional, no es contrario a las leyes, ni mucho menos a nuestra Constitución y a los ojos de la Divina Providencia; es un mero acto, que el ilustre general Santa Anna hace en beneficio de dichos aborígenes; les está comprando su protección, para hacerlos respetar ante las amenazas del país del Norte; es un acto, en el cual se extiende en los hechos la jurisdicción del pueblo mexicano, sobre los oscuros intereses de los expansionistas americanos.

Salcedo se quedó únicamente pensando en la legitimidad de aquellos extensos terrenos que el general Santa Anna adquiría; su argumento consistente en que la propiedad que ostentaban los supuestos vendedores, viles comunidades de indios apaches idolatras, no parecía tan descabellada, después de todo, efectivamente, la bula papal a la que refería el escribano existía; realmente tenía razón,  todas aquellas tierras que en su momento conquistaran Hernán Cortes, Diego de Velásquez, Francisco de Pizarro y otros conquistadores de no grata memoria, que sometieron y dominaron América en el nombre del Rey de España, fueron legitimados por la autorización papal y en ese tenor, el propietario original de dichos terrenos, era conforme a Derecho, el Rey de España. ¡De eso no tenía duda¡. Sin embargo Salcedo dentro de su conciencia jurídica critica, seguía pensando que la propiedad original no podía ser del conquistador español, aunque lo dijera Su Santidad el Papa, pues las teorías de la propiedad de Thomas Hobbes, John Locke y Juan Jacobo Rousseau, aseguraban que la propiedad se adquiría por la ocupación y no propiamente, por la invasión militar que hace trescientos años hicieran los conquistadores españoles, sino por la mera posesión sedentaria que en su momento hicieran los aborígenes, desde antes de la conquista española. Seguir suponiendo que los aborígenes del norte, habían decidido transmitir la propiedad de dichas extensiones territoriales al general Santa Anna, era realmente una cuestión absurda, irracional, estúpida; en ningún momento, Salcedo había visto a los vendedores aborígenes, acordando su voluntad con ellos; la forma de dicho contrato se llevó a cabo, fue la simple entrega de aquellos documentos denominados títulos de propiedad, supuestamente endosados por los indios apaches, a través de los cuales, acordaban con el Supremo Dictador, la transmisión de la propiedad de tan extensas llanuras.  Un simple negocio oscuro, del cual, la prensa, ni mucho menos los adversarios políticos del Dictador, tenían que enterarse.



Pero no solamente esas extensas porciones de tierra tenían como propietarios a los aborígenes americanos quienes habían cedido sus derechos a un representante de “bienes raíces” identificado como James Thompson, resulta también que en dicha compraventa, figuraban otras prominentes figuras, uno de ellos ara antiguo latifundista de nombre Juan Zambrano, quien en vida había capturado a uno de los insurgentes mexicanos de la revolución de 1810 Juan Bautista de las Casas, quien se había adueñado de esas tierras con motivo de la lucha por la independencia llevada al suelo texano y que para aquel entonces lideraba un sacerdote en Guanajuato México, de nombre Miguel Hidalgo  y Costilla; de igual forma, otro de los distinguidos vendedores que habían cedido su poder para actos de dominio, era la sucesión de don Joaquín de Arredondo, antiguo jefe realista de la región de San Antonio Texas, fallecido en esos años pero dueño de extensas porciones de tierra de ese rumbo, al igual que un próspero comerciante alemán Joseph Vehlein que obtenía todo lo que quería; también entre los vendedores representados por Thompson, figuraba un inglés veterano de la guerra de independencia Mr. Arthur Wavell, quien se decía había combatido con Simón Bolívar en América del Sur y otro veterano más, según un viejo comandante de la revolución norteamericana James Wilkison a quien decían las malas lenguas, había trabajado también al servicio de su Majestad el Rey de España, para definir, junto con sujeto de la peor calaña, el pirata James Long, los límites territoriales entre las provincias de Texas y Lousiana.

Entre esa lista de vendedores, había otro que sin duda, era uno de los propietarios de grandes extensiones del territorio vendido, era el hijo de Sthepen F. Austin, hijo de quien en otros años, había sido gobernador, primero “realista” y después “revolucionario” de la provincia de Texas;  también había sido uno de los gestores y promotores ante el gobierno de México, de impulsar las leyes de colonización, para permitir en la entrada del norte de México, a colonos extranjeros de nacionalidad inglesa, francesa, alemana, sueca, danesa; ahora él, como todos los demás: Vehlein, Wavell, Wilkison, Long, se encontraban representados por James Thompson en su carácter de vendedores, para transmitirles la propiedad de millones de hectáreas, al distinguidísimo don Antonio de Padúa María Severino López de Santa Anna.

Las onzas de oro, que recibiría el escribano por sus honorarios, así como la paga de los “terrenos” que supuestamente enajenaban los aborígenes; se encontraban en depósito en la Casa de Buenavista, un precioso inmueble que fuera el Palacio del Márquez de Buenavista, conocida también como la Casa de la Herradura o Casa de los Pinillos, ubicada los terrenos de la antigua Hacienda de San Francisco Borja,  propiedad del Colegio de San Andrés, de los jesuitas. Casa que fuera remodelada por el ilustre arquitecto Manuel Tolsá a solicitud de la familia Pinillos, la cual fue arrendada por el Conde de Regla, para finalmente convertirse, en una residencia más del general Antonio López de Santa Anna.



- Ahí se encuentra una a una de las onzas de pesos oro, que el Congreso otorgara al general Santa Anna, para que éste en honor a su vanidosa egolatría, hiciera la guerra a los texanos y pudiera con ello defender centímetro a centímetro el pedazo de territorio nacional que ahora quieren arrebatar los americanos. Ahí, en ésa residencia de Buenavista, se encontraba, peso a peso las contribuciones que los ciudadanos mexicanos de todas las clases sociales habían pagado a su Supremo Gobierno.  El impuesto ridículo y gravoso por el numero de ruedas de cada carreta y carruaje; el que se cobraba a cada propietario por el número de ventanas y puertas por cada casa, el impuesto por el número de perros y gallos que tuviera cada familia y otras contribuciones más igual de estúpidas, que la cantidad de decretos que preparaba a firma del Ejecutivo. En esa casona, ubicada cerca del Convento de San Fernando,  se encontraba el dinero, con el cual, el Supremo Dictador haría la traición al pueblo de México.

El negocio había resultado bien, de no haber sido, por aquella revuelta que encabezara el general Mariano Paredes Arrillaga en el Departamento de Jalisco, a través del cual había acusado al Presidente Santa Anna de haberse robado el dinero.  ¡Efectivamente tenía razón el Jefe de Armas de Jalisco¡. Santa Anna era un ladrón, se había robado el dinero para hacer la guerra a los texanos, la había utilizado no para armar al ejército mexicano en su cruzada al norte, sino para comprarse aquellos terrenos, codiciados por los americanos y con ello incrementar, su patrimonio personal.

¡Vaya estrategia jurídica, política y militar¡ - en sentido de admiración exclamaba Martín Yáñez; - el general Santa Anna había matado dos pájaros de un solo tiro, por una parte, celebró una buena compra de bienes raíces y por la otra, consolidaba no solamente su poder político, sino también económico, al convertirse a partir de dicha compra, en el dueño de esos extensos territorios mexicanos. ¡Que más podía pedir el Presidente de México¡. No solamente era dueño de Manga del Clavo, El Encero, de algunas hectáreas de Cuba; de la preciosa Casa de Buenavista, dueño de algunas cuentas bancarias de la gran Bretaña y Francia, socio del Teatro Nacional y de otros establecimientos mercantiles como pulquerías y plazuelas para corridas de toros, juegos de apuestas y peleas de gallos; ahora el ilustre general, pasaría a convertirse en dueño de millones de hectáreas que se encontraban en California y Nuevo México.  ¡Era la compra del siglo¡.  Si el general Paredes Arrillaga se hubiera enterado de este acto inmoral, hubiera tenido mayores armas políticas para levantarse en armas y sacar del país, de una vez por siempre, al hombre fuerte de todo México. El hipócrita presidente, el cual dios marco quitándole una pierna para identificarlo de otro tipo de ladrones, mentirosos y embusteros; esa era el gran secreto que Salcedo tenía que guardar, el cual no podía revelar, ni aún después de su vida.

Sin embargo, la revolución de diciembre que destituyera a Santa Anna en el cargo de presidente constitucional, así como títere el general Canalizo en el cargo de Presidente Interino; había acelerado la operación contractual. Inmediatamente, el dinero tuvo que ser guardado en cofres y barriles de madera y trasladado en una noche, de la casona de Buanavista en el que se encontraba, hasta las cuevas de la barranca del moral, arriba de la Villa de San Ángel, rumbo a Toluca, en los pequeños montes de la Casona de Tizapán, donde vivía el escribano; enterrado en las cuevas de la llamada “boca del diablo”, para que ese dinero, jamás pudiera ser descubierto ni menos confiscado por el nuevo gobierno constitucional del general José Joaquín Herrera. Asimismo y en recompensa por los servicios prestados por el escribano, una de las tantas casas del general Santa Anna, la Casa de Tizapan, paso a ser propiedad del señor escribano Alfonso Martínez del Valle; el vulgar prestanombre del presidente, quien con eso había sido recompensado sus servicios. Así de esa forma, ¡Cada onza de oro escondido en cofres y barriles escondido en las cuevas de la barranca del moral¡. En los bellos jardines de los olivares de los carmelitas, cerca de la nueva casa del escribano; al mismo tiempo en que el supremo dictador se encontraba en Puebla, con el apoyo de sus soldados fieles, apelando ante el Congreso y el presidente José Joaquín Herrera,  su reconocimiento como el verdadero y autentico Presidente Constitucional de la República Mexicana.

Pero no fue así. Los días de enero del año cuarenta y cinco fueron difíciles, el general Santa Anna ya desconocido como Presidente de México, ocupo la ciudad de Puebla, haciendo proclamas en las cuales, juraba recuperar el gobierno del país y con ello, poner en orden a los traidores que lo habían depuesto en el cargo que la revolución de Tacubaya le habían otorgado los ¡pinches mexicanos¡. Obviamente que el general Mariano Paredes Arrillaga salió a combatirlo, causando una sospechosa y dudosa grata sorpresa, cuando el Benemérito de la Patria, renunció a la primera magistratura del país, a cambio de pedir su exilio del país. ¡Pero que había ocurrido¡. ¿Por qué había renunciado Santa Anna a sostener un combate a los generales Paredes Arrillaga, así como al ilustre insurgente Nicolás Bravo, para defender la presidencia del país. ¡Que diablos pasaba en el país¡. Los rumores que se decía en la prensa, era que Santa Anna se había escapado, siendo posteriormente capturado en el pueblo de Jico, cerca del distrito de Jalapa, que el Congreso le abriría juicio sumario y que muy pronto lo fusilarían, al igual que Iturbide, por traición a la patria. Definitivamente, el caudillo no escaparía a la acción de la justicia, respondería ante la ley por cada una de sus fechorías.

Como no denunciar a Santa Anna de ser cierta la noticia. El Coronel Yáñez jugando en su doble papel, primero como funcionario al servicio del Supremo Gobierno del general José Joaquín Herrera y por otra, como un vil lacayo del general Santa Anna; aceleró los trabajos junto con su tropa fiel, para seguir trasladando cada uno de sus cofres que encerraba el tesoro nacional hacia las cuevas que escondidas entre magueyes y matorrales, se encontraban en los montes cerca de la citada Barranca del Moral, grandes extensiones de terrenos propiedad de los monjes carmelitas del Convento del Carmen de la Villa de San Ángel. Había que esconder el dinero, sin que estos monjes se dieran cuenta, en un lugar tan secreto y escondido que nadie podía jamás descubrirlo; por momentos, durante el traslado de aquellos cofres y barriles, Yáñez requirió el apoyo del bandolero Ignacio Cienfuegos, un vulgar delincuente que siempre fumaba y era de un tiempo a la fecha, un fugitivo de la justicia; era importante los servicios de este sujeto criminal, pues conocía a la perfección aquellas cuevas de las cuales, nadie se animaba a entrar para no perderse de por vida en ellas. Claro que Yáñez pensó en la posibilidad de asesinar a ese sujeto. Nadie debía saber el secreto que guardaba dichas cuevas, menos aún ese bandolero; pero luego de pensarlo, resolvió que mas valía que Ignacio siguiera con vida, después de todo, había que garantizar que ese tesoro permaneciera durante mucho tiempo oculto, hasta en tanto regresara al general. Aun en el supuesto de que este se robara el dinero, no encontraría escapatoria, porque pronto sería reaprehendido como había ocurrido en ocasiones anteriores.

Yáñez pensó en una y mil posibilidades. ¿Qué pasaría si Santa Anna en verdad fuera capturado, si fuera cierto aquel rumor de que el Congreso lo juzgaría, condenándole a muerte, legislando una ley al estilo de Iturbide, para que cualquier militar, pudiera darle muerte. Una ley de esas, al que el Licenciado Salcedo consideraba inconstitucional por tratarse de una disposición legal privativa y retroactiva, una aberración legislativa que si bien, el Márquez de Beccaria podía censurar en sus gobernantes, la clase gobernante mexicana no podía hacerlo sin el menor remordimiento de conciencia.

Aquella noche, luego de haber recibido la carta dirigida al Señor Presidente, el Coronel Yáñez confirmó al Licenciado Salcedo, que su jefe, había sido capturado y que se encontraba en la cárcel de Perote en espera del juicio que le hiciera el Congreso.  Inmediatamente, Salcedo pensó en la posibilidad de enviar una carta anónima al periódico Siglo XIX y denunciar a la opinión pública, el inmoral destino que hiciera Santa Anna, respecto a los dos de los cuatro millones de pesos que el Congreso le autorizara en su fallida excursión a Texas. Los títulos de propiedad otorgados a Santa Anna por un tal James Thompson. Podía conseguir las pruebas para acreditar dicho acto vil, con ello, no solamente refundiría al dictador en las mazmorras de San Juan de Ulua, sino que también, sería la prueba idónea y suficiente para acreditar la peor traición a la patria que haría el benemérito. Podría producir en la opinión pública mayores elementos de inconformidad, para lograr una auténtica revolución popular que transformara por siempre al país. Lo primero que pasaría, sería el fusilamiento inmediato de Santa Anna, después, la confiscación de cada uno de sus bienes, empezando por las haciendas de Manga del Clavo, el Encero, las Casonas de Buenavista y Tizapan.  Luego, se pondría en practica las leyes del doctor Valentín Gómez Farias, arrebatando al clero de todas sus riquezas; había que hacerlo, sólo era cuestión  de enviar esa carta anónima, dando señales pormenorizadas de los datos que contenían esos títulos de propiedad, dar el nombre del escribano, del supuesto vendedor y también de la pseudo compraventa realizada.

- ¡Ni se te ocurra decir nada¡.- Fue la orden del Coronel Yáñez, quien inmediatamente en compañía de su tropa fiel, se dirigió a la casona de Tizapán, para entrevistarse con el escribano.

 Aquella noche, ya casi en la intimidad familiar, Yáñez y Salcedo se trasladaron arriba del pueblo de San Ángel, para visitar al escribano en la casona de Tizapán. Llegando a ese lugar, pasaron a la sala de la lujosa mansión, para que en ella bajara su “nuevo propietario”, el ilustre y viejo decrepito, Alfonso Martínez del Valle. Mientras eso ocurría, sucedería algo importante en la vida de Salcedo. Fueron recibidos personalmente por la hija del escribano, una hermosa muchacha de nombre Fernanda, quien en forma coqueta y aparentemente simulada, informó que su Señor Padre, no se encontraba, pues se encontraba realizando unas diligencias, en la Villa de Guadalupe, pero que seguramente, mañana regresaría.

El Coronel Yáñez, en forma caballerosa y respetuosa, sólo se limito a manifestar que regresarían pasado mañana, a tratar un asunto muy importante con el escribano. La dama adolescente, de personalidad regia y segura, contesto, que le informaría a su padre, sobre el motivo de su visita.

Entonces el Coronel Yáñez se retiro de la mansión, dirigiéndose al carruaje, donde lo esperaba su chofer. 

-      ¿Te diste cuenta de esa muchacha?  - Pregunto Yáñez, dirigiéndose a Salcedo.
-      ¡Si, que tiene¡.
-      Es preciosa, tiene el porte de una reina. Podría enamorarme de ella.
-      ¿De quien?.
-      De la hija del escribano. ¿No te diste cuenta lo hermosa que es?.

Salcedo se quedó pensando, tratando de recordar los breves minutos en que se cruzaron.

-      ¿Hermosa?. ¿Era hermosa?. No me fije en ella.
-      Salcedo, no seas imbécil, no todo en la vida son leyes y sentencias, esa muchacha es realmente hermosa y bien vale la pena, que sea cortejada.

Ambos subieron al carruaje, disponiéndose hablar sobre el asunto que parecía importante.

-      ¿Crees que existe la posibilidad de que le permitan salir?. – pregunto, Salcedo.
-      No lo sé, su padre ha de ser muy exigente.
-      No me refiero a la hija del escribano, sino al general Santa Anna.

Yáñez se quedó mirando a su amigo, no dando crédito de la pregunta de su amigo, entonces riéndose en forma burlona le respondió.

- No lo sé licenciado, lo único que puedo decirle, es que en esta vida, no todo es trabajo, también existen las mujeres. Y la hija del escribano, es una mujer muy guapa.

Entonces el carruaje se alejó de la casona, escondiendo en su biblioteca, los títulos de propiedad.



CAPITULO 1


    


Manuel Crescencio Rejón, Ministro de Relaciones Exteriores, Gobernación y Policía; suscribió el Acuerdo con el cual, se ordenó la disolución del Congreso mexicano; o mejor dicho; fue el ilustre Ministro, quien asesoró al general Presidente Constitucional Antonio López de Santa Anna, para evitar de una vez por todas, siguiera sesionando el Congreso, a fin de no obstruir la importante encomienda que tenía el benemérito, de sofocar la revolución de Jalisco, presidida por el Jefe del Departamento de Jalisco General Mariano Paredes Arrillaga.

El ilustre Ministro, con estudios de Filosofía, de nacionalidad yucateca, politólogo, escritor, antiespañol, partidario del federalismo, de la abolición de la pena de muerte, de la creación de la  Universidad de Mérida,  preso político por sus ideas liberales radicales, promotor de la autonomía del poder judicial y de una acción judicial denominada tentativamente “amparo”; exdiputado constituyente,  exembajador de México en Venezuela, al igual que critico del sistema político mexicano; era ahora, ni nada menos ni nada más, que el cerebro intelectual del generalísimo Antonio López de Santa Anna, desde que el ilustrísimo salvador de la patria, tomara la presidencia derivada de la revolución de Tacubaya.

Increíble que un hombre de la altura política e intelectual del señor Rejón, haya tomado la iniciativa de disolver el Congreso; fue él, quien asesoró al presidente interino general Valentín Canalizo; quien refrendo el decreto y además ordenó su difusión aquella tarde del 29 de noviembre de 1844.  A fin de que los diputados no siguieran sesionando, hasta en tanto, no se restableciera la paz y el orden público.

No era para mas, la revolución de Jalisco encabezada por el Jefe de Departamento Mariano Paredes Arrillaga; ponía en riesgo la campaña militar que en breve el presidente constitucional Antonio López de Santa Anna, emprendería con los cuatro millones de pesos que el Congreso había autorizado para recuperar los territorios de Texas. ¡Pero no era cierto! El general Paredes Arrillaga acusaba al Presidente de alta traición, de haberse robado el dinero y lo que es peor, de no cumplir la legalidad acordada en las Bases de Tacubaya. ¡Es un traidor, un mentiroso, un jijo de puta¡ - gritaba una y mil veces la multitud enardecida que exigía en las galeras de la sede del Congreso, el apersonamiento del Ministro de Guerra y de Relaciones, respecto al uso del dinero.

- Pero eso es una estupidez, replicaba el Ministro Rejón; no es posible que ante la amenaza de la guerra que se avecina, en estos momentos en que hay que salvar a la patria del expansionismo americano, en que se ha restablecido la legalidad,  en que se le ha depositado al presidente constitucional generalísimo Antonio López de Santa Anna de todas las facultades legales y militares para combatir al insurrecto de Paredes Arrillaga; sea ahora el Congreso quien ponga trabas a la situación financiera, política y ahora, hasta militar, del uso de los recursos.


Habrá que impedir que los diputados continúen sesionando, colocar guardias en las puertas del Palacio Nacional y evitar el paso al salón de sesiones de los legisladores; ir terminando de una vez por todas con este espíritu anarquista; del cual seguramente no dudaría que detrás de la revuelta jaliciense pueda esconderse el patrocinio de los americanos; habrá que acabar lo mas pronto posible con el Jefe de Armas de esta nueva revolución, para de una vez por todas, iniciar la expedición militar rumbo a Texas y disuadir a los rebeldes y porque no, a los propios americanos de intervenir en el suelo patrio. ¡Que mejor que el Protector de Anáhuac¡. Tipo controvertido, ¡cierto¡, pero el único estratega militar capaz de crear ejércitos de la nada; el único con la suficiente experiencia militar de ir a combatir a Texas y repetir aquellas hazañas del Goliat y del Álamo que tanto orgullo dieron al pueblo de México hace ocho años; evitar desee luego, los errores de San Jacinto, detener a esos piratas mercenarios, filibusteros y traidores mexicanos como su paisano el tal Lorenzo de Zavala y fusilar cada uno ellos y si fuera posible, colgar sus cabezas en las plazas públicas para que sirvieran de ejemplo y escarmiento para todo aquel que atentara a la nación; buscar la revancha militar que dignificara la patria, pero sobre todo, pudiera reivindicar de los desaciertos tanto políticos y militares, así como de los constantes ataques personales, que recibía en aquellos días, el benefactor de la patria.

La inflexibilidad de las leyes se vuelven por momentos perniciosas, pues observar estrictamente lo que estas ordenan, pueden llevar al país a situaciones como la que actualmente vivimos, ¡a la ruina total¡, ¡a la desintegración de los valores patrios¡, ¡del territorio nacional¡; después de todo, el Poder Legislativo no actuaba con la debida responsabilidad política y patriota que se exigía en los momentos difíciles de la historia del país; no era posible que los diputados cuestionaran la legalidad de los actos de naturaleza castrense que sostenía el Ejecutivo en su calidad de comandante supremo del ejército nacional, o bien, hicieran imputaciones del mal manejo de los cuatro millones de pesos destinados para el financiamiento de una guerra que todavía no iniciaba. Definitivamente no era posible acatar estrictamente la ordenanza de los representantes populares, en momentos como éste, sin tomar en cuenta, que en las naciones mas civilizadas del mundo, los gobiernos responsables asumían decisiones como ésta.  ¡No había mayor duda¡, la solución no era propiamente disolver el Congreso, simplemente, evitar que éste continuara sesionando y seguir ejerciendo sus atribuciones de conformidad a las Bases Orgánicas de Tacubaya, simplemente, el plan político consistiría en suspender las funciones del Congreso, es decir, dejar sin efectos sus actos, que estos no continuaran legislando, hasta en tanto, no se restableciera el orden público en Jalisco y pudiera de una vez por todas, con la unidad de todos los mexicanos, iniciar la conquista de Texas. La decisión no era de todo mal, no se ordenó la captura de ninguno de los diputados, ni se confiscó ninguna imprenta, ni se desterraron los enemigos del Supremo Gobierno; simplemente, el acto era madurez política; había que dejar en suspenso la intervención del Congreso y otorgar al Presidente Constitucional Antonio López de Santa Anna, su legitimidad como el representante de la nación; otorgar en éste receso forzoso del Congreso, al Supremo Gobierno encabezado en forma interina al general Valentín Canalizo, de todas las providencias que se consideraran necesarias  para restablecer el orden en los Departamentos donde la revolución de Jalisco se expandiera, consolidar definitivamente la paz en la república; hacer efectiva la campaña de Texas preparando a los mexicanos para la futura guerra con todas las consecuencias que ésta pudiera generar; dictar las medidas legislativas necesarias para garantizar al pueblo, que en ningún momento, se podría disponer de la vida o de las propiedades de los habitantes de la nación; adoptar las medidas conducentes para el mejor arreglo y prosperidad de la hacienda y el ejército; sin aumentar las contribuciones establecidas, ni hacer que la sangre gravite exclusivamente sobre la clase proletaria del pueblo. 

El Presidente Interino General Valentín Canalizo, en sustitución del benemérito Santa Anna, quien se encontraba en Querétaro reclutando la tropa; publico y difundió a toda la burocracia del Ayuntamiento de la Ciudad de México, así como de cada uno de los Departamentos de la Departamento, aquel bando del 2 de diciembre de 1844, consistente en la orden para que todas las autoridades y empleados de la república jurasen debida obediencia al decreto del 29 de noviembre; - “El que suscribe, don Manuel Crescencio Rejón, Ministro de Relaciones, Gobernación y Policía; en cumplimiento al mandato dictado por el Ilustrísimo V. E. General Valentín Canalizo; juro ante Dios y a la Patria, acatar en todas y en cada una de sus partes, el Decreto del 29 de noviembre de 1844. Apercibido que de no hacerlo, asumir las penas y castigos que el Supremo Gobierno en ejercicio de sus facultades establezca en lo sucesivo.  Comunicándole  lo anterior, para Vuestra inteligencia y estricto cumplimiento. – Rubrica - ¡Dios y Libertad a 2 de diciembre de 1844”. Así había que hacerlo con cada uno de los Ministros y burócratas del Supremo Gobierno, con los Jefes de Departamento, los Jueces, Magistrados, con los empleados del rango menor y bajo; había que hacerlo, si era posible, con cada miembro del ejército.

Pero al parecer, la decisión sólo complico la situación social, provocando una total inconformidad de todos los sectores de la sociedad.  Empezando por el Magistrado de la Corte Jose M. Casasola, quien manifestó en una carta dirigida al presidente Canalizo, que “habiendo jurado esta Suprema Corte, guardar y hacer guardar las Bases Orgánicas de la República que acepto la nación, y no considerando la facultad en el actual ejecutivo para suspenderlas o quebrantarlas, acordado en tribunal pleno, con asistencia de su fiscal y con absoluta uniformidad de sus votos, se conteste a Vuestra Excelencia tener ésta imposibilidad legal para prestar el juramento que previene la orden del 2 de este mes que acaba de recibir, y que continuará desempeñando sus funciones con total arreglo a las mismas bases. – ¡Era incleible¡, - exclamo el Ministro Rejón golpeando su escritorio, arguyendo ante la presencia del Coronel Yáñez y del licenciado Salcedo, que no era posible que la Suprema Corte, interviniera en una cuestión meramente política, a la cual, en nada afectaba su autonomía como entidad política y si en cambio, ponía en crisis la legitimidad del gobierno.

Había que buscar una forma de gobierno en la cual, se garantice la estabilidad política del titular del Poder Ejecutivo; restarle peso político al Poder Legislativo y delimitar las funciones del Poder Judicial a no intervenir en asuntos políticos, limitándosele a sólo impartir justicia, otorgándole a los miembros de la judicatura de una facultad que dignificara y justificara su existencia en el sistema político mexicano que había que crear. –  La indebida intervención de la Suprema Corte en el presente conflicto entre el Presidente y el Congreso, más que resolver el conflicto político, lo único que había hecho fue acrecentarlo.  – repetía una y mil veces el Ministro Rejón, quien desde las ventanas del Palacio Nacional, observaba aquella chusma enardecida, gritando maldiciones al gobierno, mofándose de su presidente constitucional, gritándole “¡Cojo, quince uñas¡”, y teniendo además el atrevimiento de burlarse de la policía, al derribar frente a los ojos de las pocas guarniciones encargadas de la defensa de la Ciudad, la estatua del mismísimo general.

-       Son muchos Señor Ministro – decía el Coronel Martín Yáñez a Rejón – el pueblo esta molesto, las multitudes se han desbordado y saqueado los comercios, los mercados; los elementos con los que contamos para la custodia de la ciudad, nos son insuficientes para controlar la rapiña de este vandalismo nunca antes visto.  No conforme con eso, el Ayuntamiento de la Ciudad de México, se adherido a la opinión de la Suprema Corte, girando la contraorden a su circular, de suscribir el juramento a sus decretos su Excelencia.

Rejón se quedo pensando por unos segundos, al mismo tiempo que desde su oficina,  se seguían escuchando aquellos chiflidos y gritos de la chusma, que vociferaba en contra del Supremo de Gobierno.- ¡Rateros¡. ¡Devuelvan lo que se llevaron¡. - ¡Fuera¡, ¡Fuera¡, ¡Fuera¡. – No era posible, que la Corte haya intervenido en una decisión política, en vez de haberlo hecho para interpretar los alcances de los decretos del 29 de noviembre y del 2 de diciembre, su sola intromisión en una crisis política entre el Ejecutivo y el Legislativo, había originado lamentablemente ésta crisis social, en el que se tambaleaba el Gobierno de la República.

El Ministro Rejón no pudo controlar el caos social que había estallado en la ciudad. Los rumores decía, que la chusma enardecida, había ido al panteón de San Paula, a profanar la pierna que en acto heroico de campaña, había perdido el general Santa Anna. - ¡Que humillación¡.- Mientras el gran héroe de la patria, se encontraba en la ciudad de Puebla, ordenando las milicias para combatir al líder de la revuelta, la ciudad enardecida, saqueada, descontrolada y sumamente politizada; había decidido desconocer al Supremo Gobierno, a insultar a sus autoridades y lo peor de todo, a olvidar en forma cruel y por demás grosera, la gesta heroica que le había costado la pierna izquierda al ilustre generalísimo.

Los pocos miembros del ejército que se encontraban en la Ciudad de México, ante su imposibilidad de controlar las multitudes enardecidas, decidieron sumarse a la chusma, haciendo caso omiso a las órdenes de patrullaje que ordenaba el mismísimo Presidente Canalizo, ya para ese entonces, desconocido por algunas facciones de militares y burócratas. Aquel 6 de diciembre, el Coronel Martin Yáñez informo al Ministro que en el Convento de San Francisco, se encontraba reunidas las Cámaras y el general José Joaquín Herrera, quien ante la presencia de los legisladores y en cumplimiento a las Bases Orgánicas de la Constitución, aceptaba el cargo de Presidente Interino.
 
- El licenciado Salcedo, corrió inmediatamente en los pasillos del palacio nacional, para informarle al Coronel Yáñez, sobre lo que estaba aconteciendo en el Convento de San Francisco.- ¡Se trataba de un golpe de Estado¡. O mejor dicho, quizás era el restablecimiento de la legalidad. – había que pedirle al Presidente, el cual por cierto ya no era presidente, que abandonara lo más pronto posible el Palacio Nacional, antes de que un pelotón de soldados, decidiera apresarlo.

El Ministro Manuel Crescencio Rejón, sin vacilar ni dudar la cuestión tanto política como jurídica, en la que se vivía; resolvió escapar de la Ciudad de México. ¡Huyo¡, abandono sin guardia alguno el Palacio Nacional, tomas sus pertenencias personales y aquellos apuntes donde escribía algunas consideraciones jurídicas del “habeas corpus de amparo mexicano” , disponiéndose a perderse entre la muchedumbre, y si era posible, regresarse a Yucatán, o porque no, emprender un viaje a los Estados Unidos, para conocer más de sus instituciones republicanas. Lo importante era huir lo mas lejos de la capital, para que ninguna patrulla militar, lo apresara.

Pero para esas horas de la tarde de aquel 6 de diciembre de 1844, en que el general Canalizo se desistía abandonar la sede del ejecutivo, se recibiría la carta suscrita por el general José Joaquín Herrera, quien para esas horas, era ya nombrado, Presidente Interino de la República Mexicana, y por ende, encargado de la defensa de la Constitución – Vuestra Excelencia, - decía la misiva secreta - con la finalidad de atender el restablecimiento completo del orden público, así como prevenir el inútil derramamiento de sangre que su negativa pudiera ocasionar; excito a vuestra Excelencia, para que se sirva dar ordenes a fin de que el suscrito, quede en ejercicio del gobierno constitucional al que represento, deseando ante todo, logre conservar su dignidad y el buen nombre de la nación.

- ¿Qué significa eso?.- Pregunto el general Canalizo, al Coronel Yáñez - ¿Qué diablos significa eso?.- Ya para esos momentos, el ministro Rejón quien podía explicarle el contenido de la misiva, se encontraba abordando un carruaje, escapando de la Ciudad de México. – Significa – respondió el coronel – que tiene que abandonar el palacio nacional. Antes, de que las milicias del general Herrera lo hagan por la fuerza.

El general Canalizo, con sus manos se tapo el rostro, pensando por algunos momentos, la explicación que le diría a su jefe inmediato Santa Anna, no solamente de su ineptitud de evitar que derribaran su estatua y exhumaran en forma denigrante, su pierna izquierda; sino que ahora, tenía que explicarle, como en unos cuantos días, ocho para ser exactos, había perdido la presidencia, defraudando toda su confianza.

Sin dudarlo, sacando el don que caracteriza la honra de cualquier militar, se paro de su escritorio y ordenó al Coronel Martin Yáñez, alistara a las tropas de la guarnición para concentrarlas en el patio principal del Palacio Nacional, a fin de una vez ensillado su caballo, salir a combatir directamente a los rebeldes. – Pero al parecer era demasiado tarde, el Ministro de Guerra, el general Besadre le informaba que ningún regimiento militar estaba de su lado, mas que los que se encontraban acuartelados en la Ciudadela, los que por cierto resultaban totalmente insuficientes para combatir las milicias que custodiaban el Convento de San Francisco.

- ¡No era posible¡. – el general Isidro Reyes encargado de la plaza, entro a la oficina del Presidente, informando sobre la insurrección del Teniente Coronel José García Conde, quien habiendo desobedecido su mando, había manifestado frente a la tropa, que el regimiento sólo acataría las instrucciones del gobierno constitucional. Para esos momentos, la crisis se agudizaba aún más, cuando desde la azotea del Palacio Nacional, se podía observar el avance de aquella muchedumbre jubilosa, rodeada de militares y población civil, presidida por el ahora Presidente José Joaquín Herrera, quien decidido por la concurrencia, estaba dispuesto a entrar a la fuerza al Palacio Nacional.

- ¡General Reyes¡, - grito el Presidente - localíceme urgentemente al Ingeniero Chavero y ordénele que dinamite el Palacio Nacional. ¡Hágalo pronto¡.

Tanto el general Reyes como Besadree estaban sorprendidos de esa decisión, estaba claro que la resistencia del gobierno de Canalizo y por ende, de su jefe inmediato para quien trabajaba, implicaba desde luego la destrucción de la propia sede del gobierno. 

-       ¿Destruir el Palacio Nacional?.
-       Destruirlo, que no escucho; ¿Qué quieren que lleguen esos señores a destruirlo. ¿Qué no entiende la orden general?. ¡Hágalo¡ - para ese momento, el general Canalizo desenfundo su arma apuntando al Ministro de Guerra.

El Coronel Martín Yáñez, anonadado por la orden presidencial, salió del lugar, dirigiéndose inmediatamente a la oficina de su amigo el licenciado Jorge Enrique Salcedo y Salmorán; para avisarle a éste sobre la orden que acababa de escuhar. Entonces aquel funcionario, llamado Enrique Salcedo, observó su escritorio y vio su carta de juramento al decreto del 2 de diciembre ya debidamente firmada.- ¿Ya para qué?. Había que romperla e irse inmediatamente de las oficinas. Al hacerlo, un pelotón encabezado por el Teniente Coronel José García Conde, se disponía a ir directamente a la oficina presidencial.

-       Creo que tenemos que entregarnos. – dijo Salcedo.
-       ¿Entregarnos?. – contesto con cierto miedo el Coronel Yáñez – ¿Y si nos fusilan?.

Salcedo sólo suspiro y de repente tuvo una idea genial.

-       ¡Sumémonos a la revolución¡. Es el momento de cambiar de bando, pasémonos del lado del general Herrera, apoyemos al gobierno constitucional, es la única salida para conservar nuestra comisión en este gobierno.
-       ¿Y el general Santa Anna?, ¿Qué le vamos a decir, cuando se entere, que los estamos traicionando?.
-       ¡Lo comprenderá¡. Te juro que lo comprenderá. 

El pelotón del Teniente Coronel José García Conde en compañía de una escolta de cuatro soldados, toco la puerta de la oficina de aquel privado, ordenando la rendición del Coronel Yáñez y de su acompañante el licenciado Enrique Salcedo. Pero ya no había necesidad de hacerlo, porque dichos funcionarios, acababan de adherirse a la justa revuelta. Entonces, como muestra de su adhesión a la revuelta, denunciaron la pretensión del presidente depuesto, de dinamitar el Palacio Nacional. Valientemente el Coronel Treviño instruyo a su subordinado a impedir tal hecho.

La idea de destruir cada ladrillo del Palacio Nacional, era cierta; al menos esa sería la única justificante que podía informarle el general Canalizo hacía su jefe el general Santa Anna; si bien es cierto en ocho días se me fue de las manos la presidencia de la república, le juro mi general, que no ocurrió lo mismo con el Palacio Nacional, a quien defendí hasta el grado de destruirlo piedra sobre piedra. - ¡Que no oyen estupidos¡. Dinamiten la sede del gobierno, aquí no hay mas gobierno, que el que diga el generalísimo Santa Anna; ¡váyanse a la chingada pinches diputados, ministros, pinche pueblo jodido¡, ¡Ahí tienen su pinche palacio¡. - ¡Que no oyen cabrones¡.- Destruyan el Palacio Nacional.

En cumplimiento a la orden, el general Mariano Salas, acatando la instrucción del Ministro de Guerra, se dirigió a las bodegas del Palacio de gobierno, en compañía de una docena de soldados y del Ingeniero Chavero, a fin de hacer posible la destrucción de cada metro cuadrado de la sede del gobierno. Ya para esos momentos, no existía ya ninguna autoridad que gobernara en el edificio sede; la única autoridad que prevalecía, era la que uno mismo podía imponer a través de los gritos y de las armas.

Los puntos estratégicos donde habrían que colocar las minas para destruir el palacio, serían la entrada principal al edificio, así como las orillas tanto izquierda como derecha del inmueble. ¡Claro destruir el palacio¡, llevaba mas tiempo, no sería tan difícil. Sin duda alguna la mejor manera de destruir la sede del poder ejecutivo sería desde a fuera a través de la artillería colocada desde el Convento de San Francisco y no propiamente dentro del inmueble. Aun pese a esta imposibilidad técnica, el general Mariano Salas, fiel seguidor del general Santa Anna, comenzó en forma apresurada a iniciar los trabajos para la pronta demolición del inmueble, pero escucho la voz de su compañero de armas del Coronel Falcón, quien en forma imperativa pero al mismo tiempo en forma de suplica le dijo – desístase de la orden del general Canalizo;  no nos conviene destruir el Palacio de Gobierno. - ¿Qué no escucho Coronel?.- las ordenes se acatan, no se discuten. - General, con el debido respeto y subordinación que le debo a su Señoría, desístase de la orden – en esos momentos, el Coronel  Falcón observaba como el Teniente Coronel Conde se acercaba almacén, en compañía del Coronel Yáñez y de un pelotón de soldados, dispuestos a disparar, al general Salas. El riesgo latente de que iniciara la balacera dentro de las instalaciones del Palacio Nacional era latente, sólo era cuestión de quien tomará la iniciativa primero.

Maldita situación, susurraba el general Salas, - ¡desístase de la orden general¡ - insistía Falcón - ¡Podemos disparar pendejo¡, pensaba Salas - ¡No nos conviene general¡.  – contestaba Falcón - Nomás piense, que palacio, le vamos a dejar a Santa Anna cuando regrese a la presidencia. – Entonces Mariano Salas reflexionó esa gran verdad por unos instantes - ¡Tenía razón¡. Que Palacio, se le iba a dejar al generalísimo Antonio López de Santa Anna cuando este regresara nuevamente a la capital a gobernar el país, una vez que este venciera y aplastara a sus eternos enemigos. - ¡Pinche Coronel¡, tenía razón, el gobierno de Canalizo había sido derrocado; … ¡ni modo, esta vez nos ganaron¡…. ¡Viva el gobierno constitucional¡. … ¡Viva el general Herrera¡. ¡Muera Santa Anna¡. … Comencemos ahora con la “reconciliación nacional”.

El Palacio Nacional estaba siendo ocupado por las milicias constitucionales del gobierno del ahora Presidente Constitucional José Joaquín Herrera; la comitiva de los funcionarios burócratas del gobierno se dispusieron a ser participes del jubilo popular, cuando con los elementos militares encabezados por el Teniente Coronel Conde, el Coronel Yáñez y ahora el general Mariano Salas, de dispusieron a dar la bienvenida, al nuevo presidente de la república.

-       El orden constitucional ha sido restablecido su Señoría. – expresaba Salas -  Su señoría, en compañía de las respectivas cámaras, volverán a presidir los destinos de ésta magnánima nación; - exclamo el Coronel Yáñez, frente a la multitud que ingresaba al patio principal - en el nombre del pueblo de México, de los funcionarios quienes hemos servido lealmente a la institución de la presidencia de la república, os damos la cordial bienvenida general Herrera. – los aplausos se escucharon fuertemente, los gritos de alegría, de euforia, no paraban sin cesar, era un momento histórico de esos que jamás se olvidan – Nos llenamos de placer, el recordar vuestras virtudes Su Excelencia. Se hace entrega del Palacio Nacional, al gobierno constitucional de la república, sin que se haya cometido en este recinto sagrado del pueblo, crimen alguno, que avergüence la deshonra del general Canalizo y el prestigio de su dignidad.



El presidente Herrera sólo respondió al cordial recibimiento, extendiendo las manos, en medio de una multitud eufórica, de haber conquistado, la vigencia de su gobierno.  - ¡Gracias¡. ¡Gracias compatriotas¡.- después de todo, el nuevo presidente de México, no tenía necesidad alguna de mostrar su carácter y subordinación a las leyes; bastaba las muestras de gratitud y lealtad, de cada uno de los soldados que se encontraba en la explanada del Palacio Nacional, para darse cuenta de que la situación estaba controlada. Era un día de fiesta, sin duda alguna, se había defendido la integridad de las leyes, del orden público, de las Bases Orgánicas de la República Mexicana; el pueblo había mostrado en aquellos ocho días, una verdadera revolución, no como la que encabezaba el Jefe de Armas de Jalisco que encabezaba una revuelta contra el expresidente Santa Anna, sino esta revuelta,  ciudadana y no militar, tan espontánea, tan original y a la vez, tan popular. Había que agradecer, la valentía de los magistrados de la Suprema Corte, del Ayuntamiento de la Ciudad de México y de algunos honrosos militares, como el de aquel Coronel, de nombre Martín Yáñez, quien cumpliendo con su lealtad a la Constitución, había sido algunos de los militares, que habían contribuido en la entrega pacifica del Palacio.

Las escoltas de aquella procesión democrática del gobierno constitucional del general Herrera, entraron a cada oficina del Palacio Nacional, para arrestar al general Canalizo, así como a cada uno de los cómplices del golpe de Estado que se había hecho al Congreso- ¡Era un día de fiesta para recordar por siempre, aquel 6 de diciembre de 1844. Fecha en que el pueblo de México, cansado de tanto sufrimiento, en búsqueda y defensa de sus libertades publicas, de su patriotismo, valor, decisión y disciplina; había logrado la defensa de la Constitución y de las leyes, sin haber derramado ni una gota de sangre. ¡No lo olviden¡. ¡Ningún muerto costo el triunfo de los principios, por encima de los intereses¡

Y mientras eso corría en el Palacio Nacional, ya fuera de la Ciudad de México, en aquel carruaje corriendo a todo galope, viajaba el ahora ex ministro Manuel Crescencio Rejón; pensando en lo que había ocurrido en la ciudad, había que contactar a Santa Anna para explicarle lo que había pasado, pero mientras tanto, había que seguir pensando en aquella idea, que le obsesionaba en aquellos ratos de soledad como los que estaba en ese momento experimentando.

-       Nadie había entendido que el decreto que había elaborado, no disolvía al Congreso, sino únicamente, suspendía temporalmente sus funciones. Al parecer, nadie entendía ese concepto, válgame, ni los magistrados de la Corte. Sin embargo, ante los ojos de los demás, había sido el autor intelectual del golpe de Estado, del cual, sin quererlo, había propiciado esa revuelta popular, que ante las instancias constitucionales, no se había pronunciado ni por el gobierno de Santa Anna, ni por el insurrecto Paredes Arrillaga.

Había que hacer algo, buscar una forma de gobierno que garantizara la estabilidad del país, es decir la no alteración del orden público; encontrar  el equilibrio de poderes conforme a las necesidades de la idiosincrasia del pueblo mexicano; evitar en el futuro mayores crisis como las que se vivía; ¿pero que había que hacer?. ¿Qué nueva constitución se tenía que legislar?, ¿Qué forma de gobierno se tenía que crear para evitar lo que en ocho días había pasado?, pero sobre todo, lo que año con año, ocurría en el país de la revuelta, el desorden, del relajo.

Entonces Crescencio Rejón, leyó los apuntes que había alcanzado a rescatar de su oficina en el Palacio Nacional. No solamente se había salvado de su arresto, sino que también, había conservado los escritos que tarde o temprano, difundiría ante la comunidad política y académica.

- El habeas corpus mexicano, o simplemente: ¡amparo¡.  

PRIMERA PARTE





¡Existe un tesoro¡ … dijeron aquellos hombres cuando el vieron el mapa de la República Mexicana. – Es el tesoro que hace más de trescientos años, el Tesorero del Rey de España don Julian de Alderete buscó incesantemente junto con Hernán Cortes por la tierra azteca e inclusive, hasta debajo del lago de lo que fue Tenochtitlán y jamás lo encontraron.-  Era el tesoro de Moctezuma, el que estaba en su palacio y fue trasladado de ese lugar, para esconderlo de sus conquistadores los españoles – Ni aún con el tormento de quemarle los pies, el último Tlatoani azteca Cuauhtémoc reveló su ubicación. – Era el tesoro de Moctezuma - interpeló el Gran Maestro – a más de tres siglos, ese patrimonio oculto se encuentran los secretos para gobernar la humanidad eternamente, no solamente son joyas y piedras preciosas, son también los códices secretos con los que hallaremos todas las verdades que rigen las leyes universales del sumo creador. Rescatémoslo, busquémoslo hasta el último rincón de la sierra, lo podemos encontrar. ¡Bendecidos seamos hermanos, que la iluminación y la sabiduría está con nosotros!

Cuando hallemos el tesoro, América será la nación más poderosa del mundo. Alegrémonos que los designios del destino manifiesto son ciertos; México es una nación donde habita el crimen, donde todos los demonios andan sueltos. No impera la democracia y no existe tampoco la libertad. Es un  pueblo sumamente ignorante, que no merece su riqueza, ni guardar en su patria, los íntimos secretos con los cuales nosotros, los hijos de dios,  gobernaremos el mundo por los próximos mil años.

¡Declaremos la guerra¡ Busquemos ese tesoro y nuestras generaciones estarán por siempre agradecidas. Iniciemos entonces el nuevo orden mundial, ganando esta guerra a nuestro país vecino México. Luchemos hermanos contra la oscuridad, mantengamos el equilibrio y preparémonos para la lucha interna que sostendremos entre nosotros en los próximos años. ¡Que mejor que en México, donde aprenderemos primero!

La ceremonia termino y ante la presencia del símbolo de Baphomet, cada uno de esos inminentes hombres de nombre desconocido,  instruyó a su gobierno, lo que tenía que hacer. ¡Todo sea por cumplir el destino manifiesto, los designios del Supremo Hacedor de todas las cosas¡.

Fue entonces cuando el agente secreto James Thompson, salió de América, para dirigirse al suelo mexicano. Era el día primero de mayo, de 1844.