sábado, 24 de septiembre de 2016

CAPITULO 50


¿Quién mato al escribano?.  ¿Quién fue?. La noche del crimen, había sido capturado aquel mendigo soldado que todo ebrio que juraba y perjuraba no haber cometido el crimen y sin embargo, pese a su insistencia y sus lágrimas conmovedoras, el generalísimo, sin juicio previo, ni indagatoria penal alguna, dispuso que ese hombre fuera fusilado.  Si bien se supo aquella noche, quien había sido el asesino de aquel trágico homicidio, una segunda pregunta se quedaba aún sin contestar. ¿Por qué mataron al escribano?.

Santa Anna cada vez que se había esa pregunta, no hacía que cerrar los ojos y decirse asimismo, que ojala Yáñez o Salcedo, supieran donde estaba el dinero y los títulos de propiedad.

Mientras eso ocurría, el Coronel Yáñez había salido aquella noche de la Casona con un secreto que sólo Santa Anna y el sabían. No había dormido durante toda la madrugada, había cabalgado por unas seis horas, hasta que finalmente, en Cuernavaca, contacto con aquel hombre: James Thompson; acompañado por cierto de una prostituta.

Yáñez tenía las instrucciones del general Santa Anna, de adquirir parque de contrabando a muy bajo precio. Thompson, por su parte, espía del gobierno norteamericano, tenía la misión no solamente de contactar los círculos políticos, militares, religiosos y sociales más distinguidos de la República Mexicana, sino también realizar cualquier negocio a su provecho, no le caería nada mal. Después, de todo los americanos no tienen amigos sino intereses. 

-      ¡Que quede claro que no me manda el general Santa Anna, el no trata con delincuentes¡. Sin embargo, estoy muy cercano a su círculo de amigos y deseo contribuir en esta guerra, con un arsenal de armas y municiones que sea suficiente para abastecer a una brigada.  ¿Qué ofrece?.

Thompson podía ofrecer todo lo que era capaz de adquirir el militar mexicano. Si quería comprar rifles de cierto grosor o balas de tales características, podía venderlos; si quería cañones de largo alcance también podía ofrecerlos, ¿cuánto era lo que podía comprar ese mexicano?.

-      Tenemos lo suficiente Mister Thompson,  tenemos tanto dinero que hasta podemos comprar la Casa Blanca. Sólo quiero saber, que seguridad me da de que las armas que compremos lleguen a nuestras manos.



Veracruz y Tampico se encontraban bloqueados; el norte del país invadido por los americanos, sólo quedaba Acapulco o Guatemala, donde aún podían ingresar el armamento. El problema era no solamente eso, sino también, la gavilla de bandoleros que asaltaban en los caminos rumbo  la capital, un tal Juan Domínguez terrible asaltante que la policía no podía aprehender y que corría el riesgo, de que interceptara el cargamento de armas para su propia causa.

-      De ese bandolero no se preocupe, lo tenemos controlado.



Hay otro más, un tal Juan Cortina, ese pirata ha causado demasiados desmanes en el río bravo, tengo conocimiento de que roba ganado y ha asesinado ciudadanos y hasta oficiales del ejército americano,  y tampoco desde hace años, el gobierno mexicano puede capturarlo.

-      Ese es otro estúpido, que también lo tenemos controlado.

La garantía de que el parque y las armas que ustedes contraten es segura, siempre y cuando, ninguno de esos bandoleros asalten  el comboy que se dirija al lugar donde ustedes lo reciban. No nos hacemos responsables de cualquier pérdida o destrucción del mismo. Solicito seriedad y el pago de la mitad y la otra mitad, tan pronto reciban el cargamento.



El americano en forma fría hablaba de las características del armamento; cinco cañones de un alcance de hasta diez kilómetros, que podían disparar desde el Zócalo hasta el pueblo de San Ángel. - ¡Eso es imposible¡.  Claro que es imposible en una mentalidad tan subdesarrollada como la mexicana; nosotros somos los ingenieros de la guerra, en nuestras academias militares estamos diseñando no solamente el mejor ejército del mundo, sino que lo estamos dotando del mejor armamento; imagínese, pensamos hacer globos aerostáticos que alcancen la altura de las nubes y desde ahí, desde el cielo y desde arriba ver el avance del ejército enemigo, estudiar su posición, desplazarnos a la velocidad del viento, más rápida que la caballería,  inclusive con esos globos aerostáticos podemos colocarnos desde arriba de nuestros adversarios y desde ahí bombardearlos a punta de balazos. ¡No le creo Mister Thompson¡. Yo tampoco creía que existían pistolas semiautomáticas como la que tengo, obsérvela, no pesa tanto como la suya y es más rápida que cualquier revolver; obsérvela, se apunta y dispara sola esta arma. Así son nuestros rifles, tienen un alcance de hasta cuatro kilómetros; es decir, podrían disparar del castillo de Chapultepetl hasta el Palacio Nacional; ¡Se imagina¡. Tenemos telescopios también de largo alcance; cantifloras, chalecos antibalas y municiones tan efectivas que logran atravesar más de cuatro cuerpos humanos, quiere saber más. ¿Qué quiere contratar?.



Necesitamos muchos rifles y millones de municiones. ¿Cuántos?. Quinientos, mil, cinco mil, ¿Cuántos?; Requerimos de al menos treinta mil rifles y treinta millones de cartuchos. ¿Cuanto es por eso?. Millón y medio de pesos; ¡es mucho Mister¡. Ofrezco ochocientos mil pesos; no amigo, ese es poco para los precios del mercado; son un armas que ni Francia ni Rusia, ni Inglaterra tiene; le voy entregar calidad a muy bajo costo; dejémoslo en millón doscientos mil pesos; - Mire Mister; como lo pude contactar a usted, también puedo contactar a otro tipo de mercenarios mucho más baratos, que me ofrecerían quizás hasta más por menos; - I am not mercenario. No encontrara en todo México a un contacto tan serio como yo. – Amigou, écheme la mano, que le parece que ni usted ni yo; ¡Un millón de pesos¡.

El americano Thompson pensó y sólo rió. La mujer que lo acompañaba de nombre Guadalupe, también hizo lo mismo.

-      Acepto un millón de pesos.

Al lado de Thompson,  Guadalupe no hizo mas que sorprenderse, el cúmulo de dinero. Acababa de ser testigo de una negociación de un millón de pesos.

-      ¿The money?. – pregunto el americano.
-      ¿Las armas?.
-       I haven´t … no las tengo en este momento.
-      Ni yo tampoco, estamos a mano. ¿Pero es seria su propuesta?.
-      Yes of course.
-      La mía también.

Entonces Yáñez se dispuso decirle algo muy importante al americano. Pero pidió que la prostituta se retirara.

-      Guadalupe es de mi más alta confianza.  She might litzen.
-      No entiendo Mister, hábleme español.
-      Ella puede escuchar nuestra conversación amigo, no desconfíe.

Yáñez lo pensó más de dos veces, hasta que volvió a retomar la plática, esta vez con un poco de desconfianza.



Conozco un tesoro. Está a unos cuantos kilómetros de aquí. Ahí le haré entrega del millón de pesos.  – Insinúa que no me hará entrega de anticipo alguno. – contesto molesto el americano. - Usted tampoco me hace entrega parcial de ninguna arma. ¡Estamos a mano¡. Está tratando con una persona seria y de suma confianza al general Santa Anna. – Si pero se le olvida que el armamento al ingresar a México, puede ser saqueado por los bandoleros mexicanos. – ya le dije que de ese tal Domínguez y Cortina, nosotros nos encargamos; ¿dígame donde recibiré las armas?.

-      ¡En Veracruz¡
-      Veracruz. Pero si Veracruz esta bloqueado por los americanos. Como van ingresar las armas por ese lado. No es más fácil que entre por Acapulco o por Guatemala.

Thompson se rió.

-      Las armas entraran por Veracruz. Yo mismo me haré responsable de la entrega. ¡Ahí lo esperare¡.
-      No entiendo, como entrara un buque mercante cargado de armas, cuando la marina de su país, tiene bloqueado el puerto.
-      Las armas las introducirá el mismo ejército americano. Yo se las entregare personalmente en Veracruz, en hacienda Manga del Calvo o en cualquier otro sitio que con posterioridad convengamos; el flete tiene un costo adicional; ahora Vos, ¿dónde me pagara?.

Yáñez, volvió a preguntar extrañado, no alcanzo entender nada.

-      Dice que las armas que compramos, ingresaran por Veracruz; aún pese al bloqueo.
-      Así es amigou, las armas ingresaran por la propia ocupación que del puerto hará el ejército de mi patria. Ya dije que yo personalmente se las entregare. ¡Ahora dígame¡. ¿en qué lugar me pagara?

Yáñez se quedó pensando, aun sin responder esa pregunta dijo:

-      ¿En cuántas carretas calcula que me entregaran las armas?.
-      Cada carreta puede cargar unas cincuenta cajas; cada caja tiene por lo menos mil municiones; calculo yo, … que se requerirán de … ¡seiscientas carretas¡. Y eso por lo que se refiere únicamente a las municiones; al armamento, se requerían por lo menos de treinta carretas más.
-      Estamos hablando de una brigada de por lo menos seiscientas personas que reciban y traslade el parque.
-      Así es amigou. El precio que me pagara, es únicamente por las armas, no incluye el traslado, si desea que se traslade el armamento, eso amerita un pago adicional. Digamos unos treinta mil pesos, si es que desea que la entrega se haga en Manga de Calvo, o bien, cien mil pesos más, si es en la Ciudad de México.

Yáñez, se quedó pensando.

-      ¿Los americanos trasladaran esas armas?.
-      Ellos, o las personas, que para ello contrate; insistiendo de nueva cuenta, que no me hago responsable de la perdida por actos de bandidaje o del deterioro que pudieran sufrir las armas, por la cuestión del traslado.
-      Eso ya lo se, entréguemelas en todo caso en Veracruz, yo veré de su distribución y traslado a la Ciudad de México.
-      Muy bien amigou Yáñez; i say armas for war, do you will pay me?
-      No hablo ingles mister.
-      Como va a pagarme.
-      En barras de oro. Cada barra de oro tiene un valor de mil pesos. En virtud de que el arreglo que hemos llegado es de un millón de pesos, con tan sólo mil barras, estará saciada la cuenta; mi escolta le hará entrega de las mismas en dos carretas, tan pronto me haga entrega del armamento en Veracruz.
-      Amigou, usted me dijo que cerca de aquí esta el dinero; en todo caso, no tiene porque pagarme ni yo esperarlo en Veracruz, si es que you have money.
-      No entiendo lo que dice Mister.
-      Usted dice que el dinero que tiene un tesoro y que el dinero lo tiene en México. Porque no mejor lo acompaño y me hace entrega del dinero.
-       El dinero se lo entregare en Veracruz.
-      Amigou, yo necesito un anticipo; pagarle a mi proveedor, contratar un flete.
-      ¿Cuánto necesita ahora?

Thompson se quedó mirando a Guadalupe.

-      Trescientos mil pesos.
-      No Mister, tengo ciento cincuenta barras de oro en esa carretilla; los toma o los deja.
-      Démelos amigou; me debe ochocientos cincuenta barras de oro, que espero su entrega en Veracruz.
-      Cuando me hace entrega del armamento.
-      En cuatro o cinco meses.
-      No Mister es mucho tiempo. En ese lapso, ustedes ya nos invadieron. Necesito ese armamento lo mas posible.
-      Es una broma, ¿Cómo cree?. En dos meses le haré entrega del armamento.
-      Confió en su palabra.
-      Los negocios son negocios mister.
-      Pero entonces, para afianzar mas nuestro tratado, exijo a usted me haga también un anticipo en la entrega del parque.
-      No se preocupe. Cuento con un arsenal de dos millones  de cartuchos que están a su disposición.
-      Cuándo me hará entrega de ese parque.
-      Ahora mismo, si lo desea.

Thompson y Yáñez pactaron la entrega del parque armamentista a cambio de la cantidad de un millón de pesos. Asimismo, convinieron también el pago parcial de cincuenta barras de oro y dos millones de cartuchos recíprocamente, Ambos se vieron los ojos y desde lo más profundo de su mente, se dijeron mutuamente:

-      ¡Pobre pendejo¡.

Thompson contactaría lo mas pronto posible con Zacary Taylor o Winfield Scott para informarles sobre el pedido del parque armamentista, a cambio de una gran estafa.  ¡Por supuesto que estos mexicanos siguen siendo tan pendejos que siguen vendiendo oro por espejitos¡. Yáñez, en forma irónica, se dijo asimismo, - ¡este gringo cree que los mexicanos nos seguimos vistiendo con taparrabos¡.

Se invitaron ambos una copa de mezcal; Guadalupe no hacía mas que reírse al tratar de leer la mente a esos dos hombres, jugando ambos a ser muy seguros de si mismos; el mexicano pensaría en ir corriendo en ver al general Santa Anna, para decirle que había conseguido una autentica ganga, a cambio de dos millones de pesos; el muy cabrón inflaría el precio de la adquisición del parque, y así podría quedarse con un milloncito de pesos.

Thompson por un instante pensó ya fuera en Taylor o Scott, cualquiera de los dos hombres sería seguramente el futuro presidente de los Estados Unidos de Norte America; el muy cínico seguramente, iría con cualquiera de los dos generales, para informarles sobre la transacción realizada con el hombre de Santa Anna. Sería capaz de venderle armas de pésima calidad a los mexicanos, pistolas o rifles inservibles, quizás hasta su propia puta madre. Esos malditos americanos, saben jugar este jueguito de la guerra. Pa’mi que ese pinche gringo ya chingo. …¡Si¡….¡Claro que si, ya chingo¡.

-       ¿De donde obtuvieron dinero esos mexicanos para pagar esa cantidad. México es un país miserable, no existen los bancos y los únicos agiotistas que podrían prestar dinero, serían los ingleses o los franceses; pero no creo que esas naciones quisieran tener problemas internacionales con nosotros; ¿Quién podría pagar esa cantidad, por ese parque?. ¿Quién?.   -  Tenemos dinero, suficiente dinero, hasta para comprar la casa Blanca - ¡Mexicano fanfarrón, recordó Thompson, si en verdad tuvieran dinero esos mexican’s indios, no hubiera existido la necesidad de adquirir armas, ya las hubieran tenido; esos mexicanos, no pueden tener tanto dinero como dicen.

-      Perdone la indiscreción, pero no estoy seguro si realmente tiene ese dinero para pagar todo el parque que le estoy vendiendo. – pregunto Thompson - ¿de donde van a sacar tanto dinero.

-      Mister Thompson, México es un país de apariencias. Tenemos mucho dinero, aunque usted no lo crea. Tenemos tanto dinero, que hasta hay dinero para robar… ¡y todavía sobra¡.

-      No le creo Coronel, si tuvieran dinero, su ejército estaría mejor equipado, sus soldados estarían mejor pagados, no contratarían el parque que les estoy vendiendo. ¡No Coronel¡. Vos miente. Usted planea robarme, no pagarme un solo quinto por los veinte millones de municiciones que le voy a vender. Usted no tiene ni la décima parte de lo que dice tener.

-      Amigou Thompson. Claro que tenemos dinero. Tenemos lo suficiente.

-      ¿Pero de donde?. Los ingleses o franceses, no contrataran créditos con ustedes; ni creo tampoco que Santa Anna piense quitarles el dinero al clero para pagarnos. No Coronel, encantado de hacer negocios con Usted, pero ante todo, quiero compromisos serios. De donde sacara ese dinero.

-      Si yo le dijera Coronel. Que en México, tenemos un tesoro.

-      ¡Un Tesoro¡.

-      Si un tesoro, con muchas piezas de oro, tanto oro, que no podrá usted imaginarse las minas de oro que tenemos. Todas las riquezas del viejo imperio azteca las tenemos guardadas en un lugar secreto.

-      ¿Un tesoro azteca?.

-      Claro mister, Un tesoro azteca, que podría pagar todas las cosas que usted imagine. Incluyendo esos veinte millones de cartuchos que nos esta vendiendo.

-      Se refiere al tesoro azteca de Moctezuma.

-      El tesoro de Moctezuma por el cual, los españoles conquistaron a México hace muchos años.
-      No creo que tenga ese tesoro. Esa leyenda de que a Cuauhtémoc le quemaron los pies y que nunca revelo el secreto del tesoro de Moctezuma, a su conquistador Hernán Cortes, es sólo una fantasía, una historia falsa.

-      ¿Acaso sabe de alguien que tenga ese tesoro?.

-      ¡No¡

-      ¿Alguien ya lo descubrió?.

-      Tampoco

-      Entonces, ¿Por qué dudar de nuestra afirmación?.

-      Es que ese tesoro, …es una leyenda, es falso…es…

-      Es cierto Mister. El tesoro de Moctezuma existe porque con estos ojos lo he visto; ahí se guardan las joyas, los ídolos, los cofres de nuestro antiguo emperador, muchas monedas de oro, lanzas, espadas, códices y libros antiguos escritos con letras desconocidas; existe ese tesoro valioso, donde se esconde también la historia de nuestro imperio y unas tablas de oro, que contienen la verdad de esta tierra bendita.



Thompson por momentos se desconcertó, recordó sus días de agente secreto persecutor de los mormones; sabía bien que el profeta Joseph Smith le había sido revelada la verdad por el Angel Moroni a través de unas planchas de oros, escritas por el profeta Nefi; esas planchas de oro escritas por dios, podrían ser escritos por otro profeta. ¡era demasiado hermoso para ser verdad?.



Pero Yáñez, inmediatamente se dio cuenta que haber dicho esa mentira estaba funcionando para convencer a su socio. Ah decir verdad, no existía ni planchas, ni ningún tesoro azteca escondido; ni tenía la plena seguridad, si había sido Moctezuma o Cuauhtémoc quien le habían quemado los pies; lo único que sabía es que cerca de la Casona de Tizapan, yacían escondidos los diez millones de pesos en las cuevas del rumbo, concretamente en una conocida como la “boca del diablo”  y en lo referente a los títulos de propiedad que Santa Anna había robado al pueblo hace más de tres años, los mismos estaban en poder de su amigo Jorge Enrique Salcedo. Así, Yáñez no mentía del todo, efectivamente existía un tesoro en México, que ni los mexicanos sospechaban; pero eso a decir, que el tesoro era de Moctezuma, Cuauhtemoc, o de Juan Diego, que importaba, finalmente, había sido el propio Thompson quien había identificado ese tesoro, como el de Moctezuma; cuando realmente, dicho tesoro, esa riqueza escondida y acumulada, sólo tenía un dueño: Antonio López de Santa Anna.

Thompson, trato de guardar la calma y no perder la compostura. Se había exhaltado de pensar que la riqueza que garantizaría el pago del parque, podría ser, la de los nefitas.

-      Ese tesoro esconde muchos secretos amigou – dijo Thompson, espero que no mienta y que efectivamente, existan esas tablas y todo ese dinero y joyas de oro que dice tener.
-      Estimadísimo Thompson, ese tesoro existe, porque usted sabe que con algo tan serio, no se podría mentir.
-      Brindemos por ese tesoro amigo.
-      Brindemos por el tesoro de Moctezuma; oh mejor dicho, el tesoro de Santa Anna.


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