domingo, 14 de agosto de 2016

CAPITULO 11


Aquella tarde, trabajando en el Palacio Nacional, el Coronel Yáñez había recibido aquella carta, enviada por aquel militar, vestido de humilde civil. – Vengo de parte del “Jefe” – fue la clave con la cual se identificó aquel sujeto, quien inmediatamente fue reconocido por el Coronel Yáñez. Se trataba nada menos que un enviado del mismísimo general Antonio López de Santa Anna. Inmediatamente, el Coronel Martín Yáñez al saber quién era el emisor de la epístola, tomo las debidas precauciones para que nadie en la oficina, se diera cuenta del lazo comunicativo que tenía con el hombre más odiado del país.

-      Algún mensaje para mí.
-      Sólo me encargo el general que le hiciera entrega personal de dicha epístola.
-      ¿Se encuentra bien el general?.
-      Se encuentra recluido en la cárcel de Perote Veracruz, no ha recibido las debidas consideraciones que su investidura merece; teme por su muerte; por ello, me ha enviado con Vos para ponerme a sus ordenes.
-      ¿Cuál es su indicativo soldado?.
-      Cienfuegos. Pero mi nombre es el Sargento Ignacio Salazar. – Se puso en posición de firmes, saludando a su superior jerárquico. Sin embargo, impulsivamente Yáñez a punto estuvo de gritarle que no hiciera la respectiva señal de subordinación, para que nadie absolutamente lo descubriera en su verdadera identidad de militar.
-      Tiene conocimiento de algún plan militar que implique la liberación de mi general.
-      Por el momento ninguno Coronel. Sin embargo, tengo conocimiento de los planes del Coronel de Artillería Joaquín Rangel, para encabezar en breve término, la nueva revuelta que hará liberar al general, para su pronto regreso a la capital.
-      ¿Qué referencias tiene del Coronel Rangel?.
-      Acompaño al general en su campaña militar del año pasado, es fiel a mi general. Esta convenciendo en secreto a varios oficiales de la Guardia de los Supremos Poderes y a mi general Mariano Salas, para encabezar la revolución.
-      ¿Para cuándo?.
-      Quizás en unos dos o tres meses. Cuando la suerte del general Santa Anna se resuelva. En caso de que se le condenara a muerte, los planes se adelantarían; ¡Mi general cuenta también con su apoyo¡.
-      Eso ni lo dude Sargento. Aquí estaremos cuando él así lo disponga.

Yáñez, se quedó mirando el sobre que contenía la carta, permanecía todavía sellado, con aquella seda que plasmaba tan distintivo sello de su mentor.

-      ¿Dónde se encuentra hospedado?.
-      En un mesón de Santa María la Redonda.

Yáñez saco de la bolsa de su chaqueta, una tarjeta en la cual anoto un domicilio.

-      Diríjase a este lugar, ahí encontrara posada y alimentos, hasta en tanto, no le remita a Vos, la contestación a la presente. – Extendió la mano, entregándole la tarjeta.
-      Como Vos ordene Coronel.



Se retiro el militar vestido de civil. Hasta en ese momento, Yáñez había recibido el mensaje de su jefe inmediato. La comunicación volvió a entablarla, esperando de nueva cuenta, recibir sus instrucciones. ¿Qué nueva orden contendría la carta?. Violo el sello de seguridad que contenía la carta, desdoblando el papel procedió a leerla en secreto, revolviéndola con otros documentos, para tener la posibilidad de esconderla en caso de que fuera descubierto.

Sres. Coronel Yáñez y Licenciado Salcedo.
Jalapa, Enero 18 de 1845.
Muy señores míos y de mi particular aprecio. Hoy escribo por conducto del portador al fin de que por su conducto se instruya al escribano Alfonso Martínez del Valle, para que los títulos de propiedad de los bienes raíces de mi propiedad, queden depositados bajo su custodia, en la Casona de Tizapan, 
Comuníquenle también a V.V. que tenga la bondad de recibirlos y de mantenerlos con la discrecionalidad que amerita el caso, hasta en tanto, el suscrito pueda disponer libremente de mis propiedades.
Agradezco sus finas atenciones e instruyo al Coronel Yáñez, para que tan pronto termina esta revuelta que contra mí se ha promovido, pueda hacerme llegar esos recursos para destinarlos a mi joven esposa e inocentes hijos, en caso de que el de la voz fuera condenado a muerte; sino en todo caso, solicito benevolentemente que los mismos sean custodiados, hasta mi regreso a la capital.
Dispensen V:V: esta molestia de su afectísimo seguro servidor.
Gral de División. A.L. de Santa Anna.

Yáñez termino de leer la carta y la escondió en su chaqueta, como si fuera un tesoro invaluable. Había recibido una instrucción, del cual ya había tomado las precauciones necesarias, cuando decidió de mutuo propio, esconder los dos millones de pesos en barras de oro en las cuevas de la Barranca del Moral, arriba de la Casona de Tizapan. Sin embargo, tal medida no le satisfacía de todo, el escribano no le inspiraba confianza, quizás en eso tenía razón el licenciado Salcedo, la supuesta compraventa de los territorios del norte de México a los indios apaches, parecía una farsa, una cruel burla que no llegaba todavía aceptar; y que al igual que su amigo el licenciado Salcedo también ponía en duda, pero obviamente en secreto.



Lo importante en este caso, es que la supuesta compraventa de esos terrenos aún no concluía, si bien es cierto las supuestas comunidades de indios apaches habían entregado los títulos de propiedad que en su momento les había extendido la Corona Española, también lo era que el precio pactado - ¡Cuatro millones de pesos¡.- todavía no se había pagado. Por el contrario, el dinero había quedado escondido en una centena de cofres, en las cuevas de la Barranca del Moral. Terrenos propiedad de los monjes carmelitas, propiedad del clero católico pero que usufructuaba algunos prósperos políticos que a través de sus prestanombres, algunos escribanos, explotaban esas tierras. Uno de esos tipos, el escribano. Tipo tan más oscuro y gris, a quien no dudaría, haber hecho gala de su lengua leguleyo, para engañar al general y robarse esa codiciada cantidad, o bien, quedarse para siempre con esos títulos de propiedad para ofrecérselos a otro mejor postor.

¿Y si matara al escribano?. Si lo esperara salir algún día de su casa y ordenara a gente de su tropa que lo apuñalara. Nadie sospecharía de él, bien podría decirse que había sido víctima de algunos ladronzuelos de la Ciudad, total en esos tiempos de inseguridad, nadie podría sospechar del móvil del crimen. Cuatro millones de pesos. Si al general Santa Anna lo fusilan y la revuelta que intenta liberarlo fracasa. Entonces habría que matar al escribano para recuperar los títulos y desenterrar el tesoro de donde se encontraba escondido; Yáñez sólo reía de imaginar la escena; el mismo que había encabezado la operación de enterrar cofre a cofre, sería ahora el encargado de rescatarlo; traería a diez de sus hombres, incluyendo a su amigo Salcedo para sacar el dinero; lo compartiría, se quedaría obviamente con la mayor parte; después se iría del país, quizás  a Panamá, o porque no, iría a España, o  a otro mundo, a otra tierra, donde si se pudiera vivir en paz y sin preocupaciones, como en éste pinché país.

¿Qué sucedería con la esposa del escribano y de su hija?: ¡Ah pinches viejas¡. Lo peor de todo, es que la esposa del escribano estaba muy bien, toda una verdadera yegua, ¡maldito viejo¡. Con tan sólo recordarla, podía olerla. Como podía poseer a esa mujer tan radiante; no le bastaba tener una hija hermosa, sino también ser el dueño de esa monumental mujer, el cual, por más que se afeaba en su persona, sus vestidos no podían esconder aquella silueta tan provocadora.



La vez que enterró el tesoro se hizo acompañar de aquel bandolero de nombre Ignacio Cienfuegos, la Señora bajo, pregunto quien era su acompañante, a lo cual él contesto que un simple sargento del ejército, encargado de una misión. ¡No era cierto¡, ella obviamente tampoco creyó que fuera un vil militar cuando toda sus apariencia era de un bandolero. Se dio cuenta, que pasando el rio, arriba en los montes, se enterraron o quizás se escondieron en las cuevas de aquellos cerros, por lo menos cerca de cien cofres que escondía el tesoro de la nación. Maldita vieja, quizás por con su bello cuerpo se prostituía cada noche en manos de aquel vejete, a cambio de dinero; sólo así podía explicarse como una mujer tan hermosa como la esposa del escribano, podía estar casado con dicho tipejo. Qué tal si el día en que rescatara el dinero, matara al vejete y violara a su esposa. Sólo reía Yáñez de imaginar la escena, su hombría, su poder; ¡yo soy un cabrón¡, ¡yo si soy un cabrón¡, no como el pinché cojo que es un hablador. ¡Yo si soy un cabrón¡, puedo tener la vieja que quiero, la casa que quiero, gastar el dinero en lo que yo quiero. Acomódate pinche vieja, mámame la verga, ¡yo soy tu pinche hombre¡.

Pero eso era una fantasía, quizás demasiada perversa, era sólo un sueño criminal, sentirse por unos momentos, homicida, violador y criminal; había que resistir a ese tipo de pasiones que solo saciaban la parte bestial del hombre mismo, pero que nada bueno lo orillarían. Bien o mal, era un hombre respetable, a quien debía considerar debido trato y consideración cualquier mujer, incluyendo la esposa del escribano; mujer más grande de él, que sin negarle su todavía belleza, no podía como caballero que era, faltarle el respeto. Ni a ella, ni mucho menos a su hija, que bien podía cortejarla, pero que obviamente, no era de sus gustos aspirar a la vida de los hombres casados.

Entonces Yáñez siguió observando aquella carta y recordando aquella instrucción de su mentor político le dio: -  “Los títulos de propiedad de los bienes raíces de mi propiedad, queden depositados bajo su custodia, en la Casona de Tizapan”; - tenía que hablar con el escribano, para mostrarle personalmente la carta y darle la instrucción a éste de que no tocara nada, ni siquiera el dinero que se encontraba bajo en depósito y a su estricta responsabilidad. Sería un buen momento, para visitar a esas dos mujeres hermosas, propiedad del maldito vejete escribano. Le pediría a Salcedo que lo acompañara.

-      Coronel Yáñez – toco la puerta el licenciado Salcedo, luego de haber impartido su respectiva clase en la Academia de Jurisprudencia.
-      Adelante licenciado, tengo algo importante que comunicarle. Justamente había pensado en Vos.
-      Yo también mi distinguido amigo; quien los dos empieza primero.
-      Usted primero licenciado, que noticia viene a comunicarme.
-      Voy a cortejar a la hija del escribano.  Me ha dado una señal para que inicie con ella un romance. – era una noticia que le alegraba el día sin duda alguna a Salcedo.
-      ¡La hija del escribano¡. – sorprendido respondió el Coronel Yáñez.
-      Si ella misma; no es una mujer hermosa.
-      Por supuesto, no lo dudo, pero más bella aún, es su madre, a quien los años, no han borrado su belleza.
-      ¿La mamá de Fernanda?. – pregunto desconcertado Salcedo – ¿la esposa del escribano?
-      Si ella misma, no la observó la vez pasada. ¿Creo que no la conoce?. ¡Oh si¡.
-      El día que fue el velorio de mi maestro, creí verla, pero no la recuerdo.
-      Ah pinche licenciado. Vos siempre tan distraído; no todo en la vida es trabajo. Cuando conozca a la madre de Fernanda, habrá deseado en convertirse en escribano, para tenerla entre sus brazos.

Obviamente, a Salcedo no se le hacía un buen comentario; que más podía esperar de un tipo tan promiscuo e inestable familiarmente como el Coronel Yáñez; quien teniendo dos mujeres y más de tres hijos regados, no se conformaba con asumir una vida responsable de jefe de familia.

-      Aprovechando su grata noticia de que en breve iniciara un romance con la hija de nuestro amigo el escribano – ironizo el Coronel Yáñez – le informo a Vos, sobre el último mensaje recibido de mi general Antonio López de Santa Anna.
-      ¿De Santa Anna? – pregunto admirado Salcedo.
-      De Santa Anna Su Señoría; de mi general de división Antonio López de Santa Anna, quien me remitió para su atención, la presente epístola

Yáñez le entrego la carta a Salcedo, para que esta la leyera. Al terminar de hacerlo le devolvió la carta.

-      ¿No entiendo?. Lo esta nombrando albacea de sus bienes, ¿o qué?.
-      Me está dando una orden a la que tenemos que cumplir. Aunque no lo diga expresamente, mi general esta ordenando que tanto los títulos de propiedad como los cuatro millones de pesos, de su última adquisición, queden custodiados en algún lugar seguro, en la Casona de Tizapan.
-      ¿Qué acaso no lo ha hecho así?.
-      Por supuesto, sólo que ahora habrá que amenazar al viejo, de que por ningún motivo, interfiera u obstruya los planes de mi general.
-      ¿Te refieres al escribano?.
-      ¿A qué otro viejo puedo referirme?. – Salcedo se quedo pensando por un momento – ¡Se me olvidaba decir, a tu futuro suegro¡. – Entonces se rió Salcedo.  Sin embargo Yáñez pensó orquestar en su cabeza, una magnífica idea.
-      ¿Dices que vas a cortejar a la hija del escribano?
-      ¡Así es¡.
-      ¿En verdad tienes planes, para andar con esa muchacha. ¿Qué has pensado hacer con ella?.
-      Aún no lo sé. ¡Iniciar un noviazgo¡ porque no, casarme con ella.
-      Si en verdad quieres eso, ,yo me encargare de todo lo demás. Esa mujer será tuya, yo me encargare de eso.
-      ¿Pero cómo vas hacer eso?.
-      Déjamelo a mí, tengo mis propios métodos. En menos de lo que te imaginas, tendrás como esposa, a la hija del escribano.

Salcedo se quedó pensando, agradeciendo el gesto de su amigo, sin darse cuenta, el plan perverso que estaba orquestando su amigo.

-      ¿Cuándo hablaras con el escribano, para comunicarle sobre el último mensaje del general Santa Anna?. – pregunto Salcedo
-      No lo sé, quizás mañana; ¿cuándo piensas hablar con ese señor, para manifestarle tus pretensiones con su hija?.
-      Yo creo que esta tarde. cuando el sol se desvanezca.
-      Muy bien, animo muchacho. Si has tomado bien esa decisión, yo seré el primero en apoyarte.

Salcedo se dispuso a retirarse, sin embargo, fue inmediatamente interrumpido por Yáñez.

-      Licenciado, se me olvido comentarte sobre el asunto del Coronel Gutiérrez y Mendizábal. ¿No lo ha ido a ver?.
-      Si, platique con él la vez pasada.
-      ¡Que bueno¡. Vea la posibilidad de incorpórarlo al Ejército. Es un recomendado de mi general Santa Anna.
-      Así será Coronel. ¿Otra cosa más?.
-      ¡Si¡. Me interesa conocer la hoja de servicios del Coronel de Artillería Joaquín Rangel.
-      Ahora mismo pido su expediente.
-      Otro favor mi querido licenciado.
-      Si Coronel.
-      Llámale al Oficial Gaudencio. Quiero hablar con él.
-      Ahora mismo se lo envió Coronel. Si no hay otra cosa en particular, procedo a retirarme.
-      Adelante licenciado. ¡Que tenga una muy buena tarde con su futuro suegro¡. – Riéndose ya el Coronel, se despidió de esa forma de su amigo.

Yáñez se quedó sólo riéndose de aquel plan, que iba a orquestar, donde todos iban a salir ganando.

-      Coronel, a sus servicios. – en posición de firmes, el Oficial Gaudencio, espero la misión de su superior jerárquico.
-      Vámonos a visitar a un amigo. Necesito que Vos y personal bajo su mando, me ayuden a esta misión importante.
-      ¡A donde Vos ordene Coronel¡.
-      Vámonos a los juzgados, ahí espero a un amigo mío.

Yáñez recogió su arma, la cargo y la guardo en su cinturón.  Junto con el salió el Oficial Gaudencio y otros tres soldados de la tropa, para cumplir con una misión importante: ¡Buscar al escribano¡.