jueves, 27 de octubre de 2016

CAPITULO 71


Esta preparado el ejército mexicano para resistir cualquier ataque del enemigo. Nuestras líneas se encuentran perfectamente fortificadas en cada uno de sus puntos. Casa Mata, Molino del Rey, Chapultepetl, las garitas de Belén, San Cosme, Niño Perdido, mas aparte la caballería comandada por el general Juan Álvarez, ubicada en el pueblo de Azcapotzalco; al menos nueve mil hombres defienden el suelo patrio; y desde distintos puntos de la Republica mexicana, Tepic, Toluca y San Luis Potosí, se espera la llegada de miles de refuerzos. Aun tenemos esperanzas de salir avantes de esta nefasta invasión. El enemigo debe saber, que no será más que con ríos de sangre, la única forma en que podrá conquistar a México.

Las horas de la noche transcurrieron con tanta lentitud, que el generalísimo Santa Anna no quería dormirse, para que nada grave ocurriera en esas horas de la noche y no amaneciera al día siguiente con ingratas sorpresas; las ultimas noticias que tenía de los americanos, era que se preparaban hacer un ataque del lado oriente de la ciudad, atacando San Lázaro y la Calendaría; puntos estratégicos que había que defender, más que Chapultepetl, donde seguramente los americanos, cobardes como siempre habían sido, no darían batalla.

Mientras eso ocurre, mientras el movimiento de los soldados americanos es rumbo a Casa Mata, otro regimiento presidido personalmente por el general Scott, ante la mirada incrédula de los monjes carmelitas, se dedican a talar árboles en la Villa de San Ángel para inspeccionar cada yarda del suelo y con ello hallar quizás una puerta secreta para entrar a un túnel; así de esa forma, mientras algunos americanos se lanzan a la búsqueda del tesoro escondido, otros más se lanzan atacar el reducto de armas secretas que guarda el ejército mexicano, la fábrica de pólvora en Molino del Rey.

Paralelamente a esa tala de árboles en San Ángel, en el cuarto de guerra, el general Santa Anna no cae en lo que piensa es una trampa, los americanos pretenden engañarlo, haciéndole creer que atacara Casa Mata, cuando realmente lo harán en la garita de Calendaría, llegando a la Ciudad de México por la parte trasera y no de enfrente por Chapultepetl; sin dudarlo, ordena el despliegue de fuerzas de Casa Mata a Calendaría; es listo, pero su decisión equivocada, los americanos nunca pisaron las garitas de San Juan, cuando mucho se escucharon algunos cañonazos en la garita de San Antonio Abad, lo que fue una falsa alarma, pues el verdadero ataque fue nada menos y nada más que en Casa Mata; ahora en esos momentos, debilitada por una intuición fallida.



El ataque al Valle de México inicia y mientras eso ocurre, mientras a lo lejos se libra uno de los combates finales de la guerra, la escolta de soldados comandada por el Coronel Melgar Gutiérrez y Mendizábal logra ingresar a las oficinas del juzgado, para destrozarlas y aprehender en el mismo lugar, al funcionario judicial Armando Villarejo, acusada por el general Santa Anna de traición a la patria; el joven abogado, detenido por la tropa, trata de discutir con el coronel alegando su defensa y sus altas funciones de empleado público, aclarando que no existía ningún delito en su contra para que procedieran de esa forma, pero el Coronel a punta de culatazos, agredió al funcionario, sacándole sangre de la nariz, golpeándolo con las culatas de los rifles, jalándole de los cabellos y recibiendo la embestida de los puñetazos que le daban los soldados; de esa forma, Armando Villarejo sufría la peor agresión que había recibido en toda su vida; dos dientes perdió de un fuerte impacto con la cacha de una pistola, sus anteojos fueron rotos y pisoteados, la vista se le nublo al sentir ese golpe en la nuca y después, su cuerpo se volvió resistente, duro, como una piedra, sin poder sentir ya el dolor, de la cantidad interminable de golpes que seguía recibiendo.



Esa es la rudeza de nuestro ejército. Las líneas de Chapultepetl debidamente fortificadas, en ellas, el general Nicolás Bravo y algunos funcionarios del Colegio Militar siguen trabajando las líneas de fortificación, en ellos se encuentra el ex cadete y ahora teniente Juan de la Barrera para continuar con los trabajos, que el director del Colegio le había encomendado. Si los americanos vencen en Casa Mata y Molino del Rey, el próximo combate sería sin duda en Chapultepetl.

De esa forma, el 8 de septiembre de 1847 se inició el tan anhelado ataque de los americanos. Santa Anna convencido que atacarían por la Calendaría, pudo percatarse que sus cálculos eran erróneos, pues los cañonazos que se escuchaban provenían de Chapultepetl; para sorpresa suya que nunca debió de haber sido sorpresa suya, Casa Mata estaba siendo asaltada por los americanos, y mientras tanto, el licenciado Villarejo, era trasladado sobre aquella carreta, para ser tirado su cadáver en los llanos de Santo Thomas, su falta grave no sería jamás perdonada por el general, a quien se le atrevió llamarle “Encargado del Poder Ejecutivo”; ahí queda la democracia, las garantías, el derecho constitucional, el fallo protector, las leyes y las discusiones doctrinarias del doctor Samuel Ramos, de don Mariano Otero, del mismísimo Manuel Crescencio Rejón, las enseñanzas en la Academia de Jurisprudencia de quien alguna vez fuese su maestro, el licenciado Salcedo Salmorán; un fallo de papel pisoteado por las botas de los militares y después por la pisada de los caballos, el cuerpo de un funcionario judicial vejado, manchado de sangre, inconsciente, debatiéndose en esas horas entre la vida y la muerte.

Ahí estaban los edificios de Casa Mata a la izquierda a la derecho de esta Molino del Rey; ahí estaban escondidas las armas que con tanto recelo custodiaba el ejército mexicano; las armas secretas y escondidas de los mexicanos yacen en Casa Mata, lugar donde funden los cañones, donde se fabrica la pólvora y los rifles con el que los mexicanos atacan a los americanos, hay que tomarla a como dé lugar; entre balazos y soldados que caen, el ataque continua de forma muy pareja, librándose una de las peores batallas del momento; los americanos caen uno a uno por la puntería de la infantería mexicana, los arboles se incendian, el humo crece y tapa la visibilidad de los americanos, solo se siente el vibrar de la tierra, entre chiflidos y estallidos, la tierra se sacude, sin darse cuenta ya los soldados, quien muere o quien cae herido. ¡Es la guerra¡. ¡Así es la guerra¡. ¡Esto es la guerra¡.



Las órdenes del Coronel Melgar Gutiérrez y Mendizábal debían de cumplirse aun pese a esa batalla que se estaba librando. Debía llegar a San Ángel para tomar prisioneros a ese funcionario desleal llamado Jorge Enrique Salcedo y Salmorán y a esa mujerzuela marimacha, que tuvo la ocurrencia de haber promovido un juicio contra el generalísimo Santa Anna; ya había aprendido al funcionario judicial y habiendo ejecutado los actos de tortura que le fueron ordenados; sólo le faltaba ir por esas dos presas traicioneras; parecía difícil cumplir esa misión, el Coronel Gutiérrez y Mendizábal no debía cruzar esa línea de ataque, donde las balas americanas y las mexicanas se cruzaban una y otra sin cesar, donde por accidente y no por intención alguna, podría morir entre las balas.

 Tres mil quinientos soldados americanos peleaban contra cuatro mil soldados mexicanos, por los terrenos de Casa Mata y Molino del Rey; quinientos soldados mas tenía el ejército mexicanos, de los cuales al menos cuatrocientos, eran voluntarios que se habían sumado en la ultima hora de la defensa de la ciudad; los combates fueron crueles, hasta que los americanos, habían optado por retirarse del lugar, dejando en el campo de batalla, al menos mil de sus hombres entre muertos y heridos. ¡Eran gritos de júbilo de la tropa mexicana¡. Entre dianas y vítores, los soldados mexicanos siguieron tomando posiciones para continuar el ataque; el general Juan Álvarez al mando de la caballería no supo en qué momento intervenir, los americanos se retiraron de una forma desordenada, en el momento crucial en que el general Álvarez debió de haber intervenido para acabar por lo menos, con la mitad de los soldados invasores y no hizo nada el viejo insurgente, sólo miro el triste espectáculo, de soldados corriendo, huyendo de Casa Mata y del Molino de Rey, sin haber optado por la estocada final al adversario. En balde tanta caballería para presenciar un combate armado.



El general Worth una vez retrocediendo del campo de batalla reagrupo sus fuerzas e inicio nuevamente otra embestida; entre el fuego y el humo, el ejército americano volvió a tomar posición de ataque, sin emprender esta vez retirada alguna, uno a uno de los soldados seguían cayendo al suelo y no conforme con eso, los americanos seguían disparando y con sus rifles y potentes cañones; desde ahí los esperaron los coroneles Echegaray y Lucas Balderas; éste último con su batallón Mina, resistió la embestida con heroísmo, pero cayó acribillado el joven militar, muerto el y sus acompañantes; a sangre y fuego, los americanos lograron tomar los Molinos del Rey, encontrando en ello, la resistencia de los soldados mexicanos, que antes de entregarse, decidieron romper sus rifles.

Pronto se da cuenta el coronel Melgar Gutiérrez y Mendizábal por el ruido de los cañones y de las balas; que no podrá cumplir con su plan de aprehender a Jorge Enrique Salcedo y la señora Magdalena Amparo; era muy arriesgado cruzar el campo de batalla; Gutiérrez lo piensa antes de hacerlo y opta por la mejor decisión, retirarse, dejar que los suyos sigan resistiendo el avance americano.

Los soldados americanos ocupan Molino del Rey y desde ahí establecen su potente batería para destrozar cada una de las paredes de ladrillo tezontle de Casa Mata;  no hay escapatoria para los mexicanos; después de intensos combates, deciden rendirse, al ya no poder resistir por ningún minuto más, el despiadado ataque americano.

Luego de por lo menos setecientos soldados americanos muertos, el general Worth logra entrar a la fábrica de armas del ejército mexicano para buscar donde se encuentra la pólvora y los rifles que estaban fabricando y ante su frustrada búsqueda, se lleva una ingrata sorpresa; ¿Dónde están las armas?. ¿Los cañones?. Perder tanta tropa por una falsa suposición. Scott había mandado a casi la mitad de su ejército a un combate infructuoso, donde fue mucho lo que se perdió y poco o nada lo que se gano. El general en jefe del ejército de los Estados Unidos debe ser juzgado ante una corte marcial, por haber sacrificado en una batalla inútil, a más de setecientos soldados americanos que dieron su vida, en un combate infructuoso, frívolo, sin acierto alguno; otro que debe ser llamado al Consejo de Guerra, pero del lado mexicano, es el general Juan Álvarez, viejo insurgente de la guerra de independencia, quien peleo con Morelos, pero que en el momento más difícil de la historia de México, sólo vio pasar al ejército americano, sin haberle dado ataque alguno.

¡Traidores¡. ¡Viles traidores¡. La batalla como todas las demás batallas tiene un solo responsable. El mismo traidor de siempre. No es Juan Álvarez que nada hizo frente a su adversario, no obstante de contar con mayores soldados, de tener una caballería bien descansada y una posición estratégica; traidores y mas traidores, los mexicanos que siguen desertando, los que en ese momento renuncian o se reportan enfermos a sus servicios, en las horas más difíciles de la historia de México. Como el director del Colegio Militar que se reportó enfermo el día de los hechos, al igual que el subdirector y la mayoría de los funcionarios de la escuela de cadetes; traidores y mas traidores, los que siguen revelando las posiciones del ejército mexicano, los que incitan a la rendición, los que se esconden entre el fuego y el humo, los que no responden recíprocamente, al heroísmo de los héroes muertos por el invasor. A lo lejos, se observa el oficial Margarito Suazo, miembro del batallón de Mina, envuelto en la bandera ensangrentada y perforada por las bayonetas de las americanas; el oficial mexicano muere, como los cientos de mexicanos que murieron aquella tarde; es la guerra, la peste, el color del cielo, el olor a pólvora y a muerto, el sol manchado de polvo, de humo, de simple sangre.

El general Antonio López de Santa Anna es informado sobre esta nueva derrota. Es responsable de haber debilitado la línea de Casa Mata, por defender las garitas de San Antonio Abad, Calendaría y San Lázaro; se siente frustrado, son los últimos minutos de su efímero gobierno, de su tan anhelada gloria y grato recuerdo en la historia mexicana, nunca será recordado por el héroe que quiso ser, siempre será acusado de traidor y demeritado sus acciones de campaña por defender, ya no el país entero, sino la Ciudad de México. De tratar de sostener, la independencia mexicana, que se desmorona minuto a minuto, en la misma medida, en que el ejército yanqui sigue tomando posiciones. Sólo queda Chapultepetl y después de este, los combates crueles que podrán librarse calle por calle y casa por casa en la Ciudad, es cuestión de principios, de honor y patriotismo, es nuestra memoria, nuestra independencia, nuestra soberanía; entiendan por favor. ¡Green-Gos¡.

Mientras tanto, el general Scott continúa en su ordenanza de talar los árboles de San Ángel para hallar la puerta secreta que los conduzca al túnel que lo llevara al tesoro de Moctezuma; los monjes carmelitas no entienden los planes de Scott, sólo tratan de convencer al general Americano, de que ellos no incitarían a los mexicanos a sumarse a la guerra, son neutrales en este conflicto militar y su única participación, sería meramente evangelizadora, dando los santos oleos a los enfermos y moribundos, encabezando si así se les ordenare, las ceremonias religiosas que le fueron requeridas, pero de ninguna forma, convocarían al pueblo de San Ángel a levantarse en armas contra ellos.

Scott no le preocupa el levantamiento de los angelinos; le interesa encontrar la puerta secreta que lo llevara al tan anhelado camino que le permita encontrar el tan ansioso tesoro de Moctezuma. ¿Cuál tesoro? – preguntan los monjes carmelitas. ¡Un tesoro que existe debajo de este suelo; enormes pasillos de quinqués, que comunica este templo con el de desierto de los Leones, donde se esconden cofres de oro, dinero, documentos y cosas extrañas, inclusive hasta el tesoro del emperador azteca. Un escondite secreto que también ha sido aprovechado por los últimos virreyes españoles y que su legión ha sabido conservar y guardar en silencio.

Los monjes carmelitas no entienden lo que trata de decir Scott; Thompson sirviendo de intérprete, traduce lo dicho por el general y los monjes, incrédulos y sorprendidos por lo que acaban de escuchar, manifiestan su total desconocimiento, ¡nada de eso es cierto¡. ¡Moctezuma murió hace muchos años y no dejo nada a nuestra congregación¡. ¡Quien dijo tremenda fantasía¡. Thompson trata de convencer a los monjes carmelitas sobre esas leyendas y les ofrece, parte de esas riquezas para remodelar su templo; para financiar inclusive nuevas misiones en las islas del Caribe, Sudamérica o porque no, en los propios Estados Unidos; pero los monjes carmelitas, siguen desconcertados, el porqué el ejército de los Estados Unidos sigue talando los arboles, tratando de encontrar la realidad de una leyenda de fantasía. ¡No hay nada¡. ¡Ni aquí, ni allá¡. ¡No hubo nada y jamás habrá nada¡. Lamento decirle general, que todo es un engaño.

Scott no puede ser engañado de esa forma; menos aun, cuando recibe de manera urgente el correo que le envía un centinela, el jefe de armas del ejercito americano rompe la carta esperando recibir una buena noticia y sólo alcanza a leer la enérgica protesta del general Worth, haciéndole de su conocimiento sobre la absurda campaña realizada por ocupar Casa Mata y Molino del Rey que le costó a Norte América, al menos la muerte de setecientos soldados; deberá responder ante una corte marcial por esa acción inútil, que puso en riesgo, la victoria de nuestra nación. Scott molestó por lo ocurrido, se entera que la fábrica de armas y de pólvora, no era ni fabrica, ni tampoco había armas, ni mucho menos pólvora, simplemente había paja y mas paja, y muchos soldados mexicanos valientes que defendieron con honor su patria. ¡Es un engaño¡. ¡Un lamentable error¡. Reitera el monje carmelita y Scott así lo cree. ¡Es un vil engaño¡. ¡Un estúpido engaño¡. …Como puedo creer en los informes de este frustrado espía, que ni siquiera a los mormones pudo capturar.

W. Scott ordena dejar sin efectos las obras de la búsqueda del tesoro y vierte sus más sinceras disculpas por los desperfectos ocasionados, pues comprende que también ese es un engaño y ¡Usted Thompson, un imbécil¡. ¡un verdadero imbécil a quien nunca debí de haber creído¡.  ¡No entiendo como el Presidente Polk pudo comisionarlo a este país¡.

James Thompson se siente estafado por los bandoleros mexicanos que le prometieron llevarlo a ese tesoro inexistente, se siente ridiculizado por haber creído en esas leyendas fantasiosas, hasta en ese momento, se da cuenta que efectivamente, todo era una mentira, una grandísima mentira de esa prostituta que lo único que hacía era sacarle dinero y darle falsa información con historias fantasiosas. Que estúpido se sintió al haber sido regañado por el general Scott, al haberle dado una información falsa al general Scott y posible presidente de su nación. ¡Hay Guadalupe¡. Thompson recuerda en ese instante a esa mujer, para decirle desde sus adentros: ¡maldita puta¡.