domingo, 2 de octubre de 2016

CAPITULO 58


Desde su oficina en Palacio Nacional, Jorge Enrique Salcedo Salmorán, leyó detalladamente la nota periodística publicada por esos días en los diarios nacionales, en los que daba cuenta de la estrepitosa derrota que había sufrido el ejército mexicano en los combates de Cerro Gordo; la prensa decía que en tan sólo quince días, Santa Anna había acabado con los pocos soldados que le quedaban al ejército mexicano, así como también, con la cantidad de doscientos mil pesos que era lo que había costado la expedición. ¡Dinero echado a la basura¡. Se decía asimismo Jorge Enrique, al seguir leyendo la crónica en la que manifestaba que el generalísimo, se había negado fortificar el cerro del Atalaya, no obstante que los ingenieros militares del ejército mexicano le habían recomendarlo hacerlo, contrario a ello, en un arranque de soberbia Santa Anna se negó a escuchar y acatar toda recomendación que le sugiriera prevenir cualquier ataque, como lamentablemente ocurrió.

¿Ahora donde diablos anda Santa Anna?. – el muy jijo de puta seguramente sobrevivió al combate, decían por ahí los informantes del ejército mexicano, que el muy infeliz durante su persecución, había logrado nuevamente aglutinar mil soldados y que ahora se encontraba en Orizaba, organizando la defensa nacional.  



Cuando Jorge Enrique continuo leyendo la nota, de enterarse el costo de la batalla perdida por Santa Anna, más de mil muertos, así como cuatro mil mosqueteros y cuarenta cañones abandonados, no podía dar crédito que con aquel combate, el ejército mexicano había quedado destrozado; que no obstante de que se encontraban dos mil soldados americanos enfermos de fiebre amarilla, mil de ellos en Jalapa y los otros mil en Veracruz, Santa Anna no había aprovechado su ventaja de local, más aún, cuando esos terrenos, eran de su entero conocimiento; era increíble, lo que le pasó al ejército mexicano; cuando Salcedo continuó leyendo aquella nota, aún sin terminarla, su lectura le fue interrumpida en razón de que  le fue anunciada una visita inesperada; se trataba de Jesús Melgar, venía de combatir en Veracruz y también de Cerro Gordo, seguramente llevaría noticias de cómo se habían efectuado los combates, de cómo había escapado vergonzosamente de los llanos de Cerro Gordo, pero realmente no era eso lo que le interesaba a Jorge Enrique, era sabido ya por todo el país que el ejército mexicano estaba aniquilado y por ende, la guerra perdida; la única noticia que ansiaba conocer Jorge Enrique en ese momento, era el paradero de su prometida Fernanda.

El joven ex cadete del Colegio Militar entró a la oficina y observó los muebles de madera, el candelabro con las velas apagadas y el escritorio de fina caoba,  en donde se encontraba del otro lado, sentado, a quien meses antes, había sido su rival: Don Jorge Enrique Salcedo Salmorán, el tipo que en otro tiempo, había decidido contraer matrimonio con la mujer que amaba. Jesús y Jorge Enrique, ambos se miraron a los ojos, sabiendo quien era el otro y se saludaron cordialmente como dos caballeros, reservándose en el temple de cada uno de ellos, lo que el uno sentía del otro.

-      ¿Fernanda?. – pregunto Jorge Enrique.

Jesús Melgar guardo un profundo silencio, en voz suave y clara, respondió:

-      Fernanda murió.

¿Cómo?, ¿Qué?....inmediatamente Jorge Enrique respondió en forma sorpresiva, incrédula, desconcertante, no podía creer que su prometida hubiera fallecido, cuando la ultima vez que la había visto, no mostraba ninguna evidencia de enfermedad, parto, ni mal que la acogiera; ¿Qué había pasado?, ¿Cómo fue que murió?, ¿Cuándo murió?.

-      Murió en Veracruz. En el bombardeo que hicieran los americanos.



Eso fue todo. Jesús Melgar respondió a esa incógnita; no hubo tiempo de decirle a Jorge Enrique que horas antes de contraer matrimonio, la había raptado para llevársela a vivir en Veracruz, en una de las tantas propiedades de su suegro, el que por cierto, también había muerto. Tampoco le dijo que había desertado del Colegio Militar para asumir la profesión de comerciante, la cual tampoco pudo ejercer, debido al bloqueo americano hacía el puerto. De esa forma, Jesús Melgar tampoco le pudo decir a su adversario Jorge Enrique, que era él y nada mas a él a quien amaba y no a otro hombre, no le ofreció disculpa alguna porque había sido él, quien se había entrometido en su vida al pretenderle robar el cariño de su amada, al grado de quererla hacer su mujer.

Jorge Enrique se quedo callado, por momentos pasmado de la noticia, por vez primera, la tan hablada guerra contra los Estados Unidos, generaba una baja sensible a su seno familiar. ¿Qué diría Amparo cuando se enterara?. ¿Cómo reaccionaría?. Quien podía ser el responsable de la defunción de su prometida, sino lo era la guerra, o el gobierno expansionista de Polk o el nacionalista de Santa Anna, a quien podía responsabilizarse de una muerte de una jovencita de 16 años, sino era más que el novio ingenuo estudiante de armas, que desertó de la carrera para habérsela raptado y llevársela a vivir, precisamente no en el mejor hogar de toda la república, sino en la tierra que fue amenazada y pisoteada por los americanos; quien debía pagar y tener la obligación moral de indemnizar dicho crimen.

-      ¡Lo siento¡. – dijo jorge Enrique a Jesús Melgar, quien pudo respirar y resistir ese nudo en la garganta que le incitaba a llorar.

-      Murió como toda una héroe. – dijo Jesús Melgar – como una verdadera mujer soldado, un medico, una cuidadora de enfermos, heridos, niños huérfanos; murió resistiendo las embestidas de balas y cañonazos que los gringos habían hecho sobre Veracruz. ¡Lo hizo en forma patriota y comprometida con su prójimo¡.

Jorge Enrique Salcedo Salmorán jamás pensó que los últimos minutos, o mejor dicho, los últimos días de quien hubiera sido su prometida, hubiera enfrentado esa guerra como una soldada más; carente de instrucción militar y de conocimientos políticos, Jorge Enrique siempre pensó que Fernanda era una niña caprichosa, a la que la política nacional no le importaba nada. Y a decir verdad, los últimos minutos de Fernanda no fueron en defensa de la patria, del lábaro nacional, del territorio perdido; no fue por ser mexicana, ni por preguntar los derechos de las mujeres ni nada que se le pareciera; Fernanda había muerto de esa forma, por la sencilla razón de que en tiempos de guerra, de caos, de incertidumbre, tenía que intervenir para ayudar a su prójimo; ese era su heroísmo, no haberse metido en una cuestión política, en una guerra de naciones, de banderas o de causas económicas o envidias disfrazadas de cuestiones políticas; Fernanda era una héroe porque como tal, había expuesto su vida para ayudar al necesitado, al desvencijado, al desolado, al huérfano; y como tal, al haberse expuesto, pago el precio de su grandeza, de su bondad y espíritu maternal; pagó con su propia vida. Y todo eso, lo debía de saber otra gran mujer: su madre.

Jorge Enrique le pregunto también a Jesús Melgar respecto a los restos de Fernanda; si había sufrido en su muerte y otros pequeños detalles, a los que Jesús Melgar no había respondido antes. Únicamente dijo lo que tenía que decir; después de eso entró a detalles de cómo fue la ocupación militar en Veracruz  y los combates de Cerro Gordo, relató sobre la muerte de cientos de mexicanos, quizás miles, a causa de esta guerra incomprensible, injusta, desinformada; dijo que en el camino habían desertado también miles de soldados y que aún con todo esto, Santa Anna seguía reclutando soldados, seguía vivo y lo último que sabía de él, era que estaba en Orizaba.



¡Maldito viejo¡. ¿Cómo podía seguir vivo?, ¿Con que cara regresaría a la Ciudad de México para anunciar ya no la derrota de las batallas de la guerra, sino la guerra entera con los Estados Unidos?. Jorge Enrique sabía que esa derrota militar sería la última de Santa Anna, pues ya se rumoraba en el Gobierno, que el nuevo Comandante en jefe, sería Nicolás Bravo o cualquier otro general que tuviera un historial limpio y cuyo patriotismo no estuviera en duda.

Pero mientras eso ocurría en el país, Jorge Enrique y Jesús Melgar sin haberse jamás conocido, más que de puro nombre el uno del otro, se vieron esta vez a los ojos con sumo respeto y gratitud el uno al otro. Jesús Melgar le comunicó que vería la forma de ser nuevamente admitido en el Colegio Militar y si no era ahí, se engancharía al ejército para combatir en esta guerra. Después de todo, era una persona de honor y tenía que devolver con dignidad, la afrenta que la guerra le había provocado, haberle privado nada más que de su futuro, de lo que mas quería, de una vida futura que nunca llegó. Por su parte Jorge Enrique se comprometió a que sería el, quien le comunicaría Amparo sobre la muerte de su hija.

Después de eso, tanto Jesús Melgar como Jorge Enrique Salcedo se dieron un fraternal abrazo, reconociéndose en cada uno de ellos, el respeto y la caballerosidad del uno al otro. Ambos se dieron un abrazo y esa fue, la primera y ultima vez que se vieron.

Jorge Enrique se quedo nuevamente solo en la oficina sin poder aun llorar la muerte de su prometida; aun desconcertado por la noticia antes recibida, pensando en blanco y por momentos, pensando en todo lo que se le venía a la mente; viendo desde lejos el hasta de su bandera nacional, su escritorio, aquellos libros, aquel piso de duela; ha tratar de seguir ordenando sus ideas, ha seguir siendo testigo, de los últimos días de la republica independiente, de la patria por la cual alguna vez dieron su vida Hidalgo, Aldama, Allende, Morelos, Mina; el país que de niño aprendió a querer, a encontrar significado ese escudo nacional que sabía representaba una nación justa, libre, igualitaria; Salcedo  pensó también en Fernanda, en el día en que la conoció, en los momentos en que sintió y pensó quererla, al grado tal que había decidido contraer matrimonio con ella, para compartir con ella un proyecto de vida que nunca se consumo; Salcedo recordó el día que fue con ella a la catedral y después a la función del Teatro Nacional. Después pensó en Amparo, en como le iba a dar conocer la tan triste noticia, como reaccionaría, que haría, con que palabras anunciaría la muerte de su hija, a esa mujer, que días antes había enviudado, ahora perdido a una hija; a esa mujer aislada y misteriosa, que se había negado a cambiar de vida, a dejarse llevar por sus impulsos y no por sus razones, que ahora se desvanecían; Salcedo siguió pensando una y mil formas de cómo iba a transmitir esa penosa noticia, cuando entonces, escucho otra voz, que le anunciaba la llegada del Coronel Melgar Gutiérrez y Mendizabal del oficial Gaudencio; habían llegado con veinte carretas provenientes también de Veracruz, pero con un arsenal de rifles y de municiones que habían adquirido, de los mismos americanos quienes se las habían vendido. Era el parque, que días antes Yáñez le había comprado a Thompson; parque el ejército mexicano pudiera defenderse de la invasión que sufría; malas noticias para su vida personal y muy buenas noticias para la nación. ¡Santa Anna seguía en vivo¡ y la noticia estaba confirmada, estaba en Orizaba organizando la resistencia .



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