sábado, 1 de octubre de 2016

CAPITULO 57


El licenciado Jorge Enrique Salcedo y Salmorán, presintió la muerte de su amigo, el coronel Yáñez. Después de todo, aunque ambos fueran diferentes, Salcedo consideraba a Yáñez su amigo, pese que éste, únicamente podía tener como amigo suyo, a una botella de alcohol, sin conocer el significado de la amistad, algo tan falso para él, como las acaricias de una mujer prostituta. Aún y con todo eso, Salcedo y Yáñez se habían conocido en la Academia de Jurisprudencia años antes, Yáñez desertó de la carrera, porque le gustaba más la vida militar, o mejor dicho, la vida falsa de un militar mexicano, asaltar caminos, robar, saquear, imponer el terror ante los débiles, adquirir en el mercado negro armas, municiones, promover revoluciones y buscar ante todo, cargos en el gobierno para poder vivir de los impuestos del pueblo y tener desde luego la autorización oficial, para seguir robando. Salcedo en parte debería de haber estado agradecido con quien pensaba era su amigo, ya que él no hubiera ingresado jamás a servirle al Supremo Gobierno, de no haber tenido en  el apoyo y la “palanca” que le representó el coronel Yáñez,, quien con su alto sentido de responsabilidad o mejor dicho, de ambición megalómana, trabajaba cerca del máximo líder de la República mexicana y quien por conducto de éste, le recomendó a Santa Anna, los servicios de un buen abogado.

Salcedo había regresado a su antiguo trabajo en el palacio nacional, de nueva cuenta regreso a su vieja oficina, este vez a trabajar muy de cerca con uno de los hombres de mas confianza del general presidente, el distinguidísimo abogado don Manuel Crescencio Rejón, quien en esos días, se desempeñaba como diputado. Salcedo por vez primera, sentía que sus servicios profesionales como jurisprudente, eran verdaderamente aprovechados por un jefe, más comprometido con las leyes y las instituciones de la república, que con las conspiraciones políticas de derrocar gobiernos traidores y reaccionarios. Salcedo, sentía que esta vez, su jefe inmediato Rejón, aprovechaba sus conocimientos jurídicos en la elaboración de proyectos de ley que tendrían como objeto, institucionalizar el país, a través de normas y de autoridades estables a cualquier cambio o revolución política que pudiera avenirse, inclusive, hasta la propia invasión americana que amenazaba con conquistar a México.



El diputado Crescencio Rejón, líder del partido de los puros, se dispuso de una vez por todas discutir en la cámara, el programa de la mayoría de los diputados del Distrito Federal, quien también estaba firmada y apoyada, por otros distinguidos diputados que únicamente habían estampado su firma, tales como Fernando Agreda y José María del Río.  El proyecto ha discutirse, hablaba de la necesidad de fortalecer el patriotismo nacional, eso se haría al redactar en la constitución el principio que estableciera que los poderes no delegados a las autoridades de la Unión ni negados a los Estados por el código fundamental de la Republica, se entendían reservados a los Estados respectivos. Dicha cláusula, decía Rejón fortalecería el nuevo federalismo mexicano, al ir restando de mayores facultades tanto expresas como implícitas, al gobierno centralista.

Pero mientras Crescencio Rejón redactaba en compañía de su ayudante Salcedo y Salmorán el discurso que aclamaría en el pleno del Congreso, a cientos de kilómetros, el general Santa Anna, se encontraba en su hacienda el Encero, para entablar, con sus oficiales y los ingenieros militares, la nueva estrategia con la cual, frenaría el avance de los americanos.  Santa Anna, estaba convencido que los americanos irían a la ciudad de México y que para eso, tenían que trasladarse de Veracruz a Jalapa; de ahí que lo tenían que hacer lo más pronto posible, porque el verdadero enemigo de Scott no era en si el ejército mexicano, sino el clima caluroso, los mosquitos y las enfermedades que pudieran mermar la salud física de los soldados americanos. Por esas razones, el camino de Veracruz a Jalapa, debería de estar bloqueado, en una zona cerrada, que no le permitiera a los americanos fugarse, donde se libraría el ultimo combate de la guerra, la pelea de cuerpo a cuerpo en la que se nulificaría la artillería americana y que derrotaría fácilmente, el avance enemigo. Ese lugar, era Cerro Gordo para Santa Anna, aunque muchos de sus estrategas militares objetaban dicha fortificación por sus condiciones geográficas que impedían utilizar la caballería, a diferencia de Corral Falso, donde encontraban mayores ventajas. Pero el generalísimo indignado por la insubordinación de sus oficiales, de sentirse mariscales cuando él era el único jefe de las fuerzas armadas mexicanas, tomó la orden de que el sitio en donde esperaría el avance de los americanos, para frenarlos, acorralarlos y después derrotarlos, era en Cerro Gordo y nada más Cerro Gordo.



Que tenía la plaza de Cerro Gordo para frenar a los americanos. Era el mejor lugar que la cartografía mexicana ofrecía para un combate de la magnitud que visualizaba Santa Anna. Pues en el viejo Camino Nacional de México a Veracruz, a un costado derecho, se encontraba el río del Plan, que serviría de muralla natural para prevenir cualquier ataque americano para ese franco y al lado izquierdo, se encontraban las montañas denominadas Telégrafo y Atalaya, cerros de unas pendientes tan inclinadas, que difícilmente los conejos podrían subirse sobre ellas. Así que en esa pequeña caja natural, rodeada de pequeños montes, barrancas y bosques, se libraría la batalla decisiva entre la guerra de México y Estados Unidos. Era inevitable que los americanos cruzaran por ese punto, ahí los esperaría Santa Anna, con un ejército de nueve mil hombres, integrado por las tropas que logró agrupar de Atlixco, Zacapoaxtla, así como de las guarniciones de Jalapa, Coatepec, Teziutlan, Matamoros y Tepeaca; obviamente algunos de estos soldados, habían sido sobrevivientes de las batallas de la Angostura.

Y mientras Santa Anna ordenaba a los ingenieros construir las fortificaciones que frenarían el avance yanqui; del lado enemigo, Scott dejaría el puerto de Veracruz y en la Hacienda Manga del Clavo, a por lo menos cuatro mil de sus hombres. Tratando de ocultar lo que realmente estaba pasando, por lo menos 2500 de sus hombres se encontraban enfermos de fiebre, a causa de los intensos calores que se vivían en la región; ah no ser por las picaduras de los mosquitos, o quizás el agua o las frutas de los árboles, la comida u otro factor desconocido; existía la amenaza latente de que el cólera se expandiera como una maldición divina, en perjuicio de las tropas americanas. Era por lo tanto urgente para el  general Scott partir a la ciudad de Puebla, donde el clima era más soportable, pues las verdaderas defensas que jugaban a favor de los mexicanos, no era ni su artillería, ni mucho menos su infantería, era su clima, su sol, su agua, sus alimentos, su viento, su calor. Scott emprendió la marcha rumbo a Jalapa donde sabría que Santa Anna lo esperaría con un ejército igual de numeroso como el que el presidía; ahí enfrentaría  un combate decisivo que definiría el triunfo o el fracaso de la expedición militar. ¡ganar o perder¡. No había otra opción. Ahí en Corral Falso o en Cerro Gordo, donde eligiera Santa Anna llevar su combate, se resolvería la guerra entre México y los Estados Unidos.



Tácticas y estrategias militares, nada tiene que ver con las discusiones que se llevarían en el Congreso mexicano en la ciudad capital; donde los diputados, discutirían una serie de reformas a la Constitución de 1824 que refrendarían su sentido federalista; para ello, el diputado y jefe de los moderados Mariano Otero, leyó el documento que presentaba el diputado Crescencio Rejón. Se proponía entre otros puntos a discutirse, suprimir el sistema de elección indirecta y establecer uno nuevo que serían las votaciones directas, es decir, extender el derecho de sufragio a todos los mexicanos, de lo contrario, aseguraba Rejón, viviríamos en un gobierno oligárquico; Otero río cuando leyó eso, decía la iniciativa de Rejón que de implementarse esta reforma, se fortalecería la democracia mexicana, las municipalidades desarrollarían su administración, siendo estas las responsables de establecer las reuniones populares, para que en forma libre deliberaran democráticamente sobre sus asuntos, de igual forma, se establecería gradualmente el juicio de jurados, proclamándose en la reforma, el uso libre de la palabra impresa, oral y escrita.   

Mariano Otero también coincidía con lo dicho por el diputado oficialista de Santa Anna, también quería un México justo y democrático, con un gobierno de corte federal, pero para implementarlo, había que conocer cuál era la verdadera situación política y social de la República Mexicana. Para ello, había que describir la sociedad mexicana y su padecimiento afeminado y degenerado de su raza; una triste organización política y social, sin educación, sin industria, sin comercio, sin porvenir. Como hablar de democracia, en un país desigual. El proyecto de Rejón estaba fuera de la realidad, en un país de siete millones de de los cuales tres de ellos eran de origen europeo y los cuatro millones restantes de aborígenes incultos, como hacer una reforma constitucional como la que proponía Rejón en un país habitado por indios sin educación, acostumbrados a trabajar para sus parroquias, a sus fiestas religiosas, a vivir todos los días embrutecidamente, a no tener mayor futuro que su vida analfabeta y salvaje, gobernada por el clero que le cobraba a sus feligreses sus diezmos y limosnas; y cuyo futuro para estos indios, sería ser tarde o temprano, reclutados en la leva, para servir a una nación que desconocían, a una patria y bandera nacional que no les despertaba sentido, ni admiración, menos aún patriotismo alguno; como modernizar a un país con habitantes de esa calaña, que alistados en el ejército mexicano, veían con indiferencia a los soldados americanos, con la que alguna vez habían visto a los soldados españoles. Que podía hacerse en un país, donde cuatro millones de sus habitantes y los otros tres millones restantes, aunque fueran de raza blanca y mixta, tampoco les representaba futuro alguno. Al menos de esta gente, que vivía en las principales ciudades y pueblos de la Republica, al menos cerca de un millón de ellos formaban parte de las clases improductivas, sacerdotes, clérigos, administradores de iglesias católicas que nada producían, más que ser autosustentables con las limosnas de sus feligreses; en una sociedad donde al menos, 300 mil habitantes vivían de la agricultura, de las fábricas o de las minas, pero la mayoría de estos, en la constante holgazanería, vagabundos, léperos, borrachos, apostadores, que con el paso del tiempo se convertirían en criminales, salteadores de caminos, bandoleros, y en el peor de los casos, funcionarios burócratas del gobierno, muchos de estos disfrazados de militares sin técnica y conocimiento de la guerra, más que de la revuelta, la conspiración, el sabotaje, la traición a la ley y a las instituciones.

Quizás esos eran los militares que rodeaban a Santa Anna o era el mismísimo Santa Anna quien lideraba a todos esos militares mexicanos, que por momentos se sentían mariscales, napoleones, guerreros, pero realmente, valemadristas de lo que le pasara a la patria; había que sacar la batalla, como se pudiera, para que en el futuro, la prensa o los enemigos del general, no acusaran a éste de haberse vendido a los americanos. Había que hacer las trincheras y subir por lo menos unos cañones al cerro del Telégrafo, para desde ahí observar el avance yanqui y porque no atacarlos desde el cielo; esa era la tropa de la que se refería Otero, la que se integraba por indios analfabetas, sin educación, sin entender los conceptos básicos que años antes habían peleado y dado la vida, hombres gigantes como Hidalgo, Morelos, Galeana, Mina, Guerrero; hombres armados con sus mosquetones obsoletos, pero que  seguramente, al llegar la noche escaparían, o  a la primera escaramuza huirían como ratones. ¿Cuál patriotismo?. ¿Cuál soberanía?. ¿Cuál guerra contra los Estados Unidos?. ¿Cuál defensa del territorio nacional?. Las palabras de Santa Anna no solamente eran poco creíbles por las sospechas que despertaba su liderazgo, sino que también, no se les entendía nada, ni hablaban español y si lo entendían, su lenguaje era tan corto como su visión. Nadie entendía lo que pasaba, ni lo que decía Santa Anna, ni siquiera sus órdenes militares eran asimiladas por sus subordinados; no entendían porque mantenerse en esa plaza de fácil acceso, que garantizaba sin ser ingeniero militar, una anunciada y estrepitosa derrota.

Por otra parte don Manuel Crescencio Rejón estaba fielmente convencido en que esa reforma constitucional daría un nuevo sentido a la historia del país, lo modernizaría, le fomentaría patriotismo, estaba convencido de que el país debía de hacer una declaración de sus derechos, como lo habían hecho los franceses en su Revolución, como también lo habían hecho los propios americanos al reformar su Constitución; había que adicionar en la Constitución de 1824, cuáles eran las garantías que el Supremo Gobierno otorgaría a los mexicanos, los derechos de prensa, de libertad de expresión, opinión, transito, comercio; había que reformar la Constitución para hacer extensiva esa declaración de derechos imitando a los franceses y a los Estados Unidos, pero con la única novedad de implementar un procedimiento que hiciera que esos derechos, dejaran de ser letra impresa en un libro de papel, para convertirlos en derechos subjetivos reales, con tribunales integrados por funcionarios profesionales, que decidieran otorgar a los quejosos, la protección y el amparo de la justicia en contra de los abusos de poder, en que el país se encontraba sometido. Eso era lo que proponía Manuel Crescencio Rejón y lo que también, el diputado Mariano Otero coincidía. Establecer un mecanismo que les diera a los ciudadanos las garantías de que ningún gobierno, de esos que constantemente circulaban en la política mexicana, los amenazara con privarles de su vida, de su libertad, de su igualdad, de sus bienes, de su sagrada propiedad. Esa idea era correcta, pero como implementarla en un país de analfabetos.



Y cuando los americanos encontraron a los mexicanos en Cerro Gordo, el combate empezó.  Ahí en su tienda de campaña Santa Anna trato de guardar postura, calmar su ansiedad, olvidar por momentos el dolor de su rodilla sobre la pata de palo en que reposaba la mitad de su cuerpo; trato Santa Anna de que las cosas salieran como pensaba, rezo a la virgen de Guadalupe y también suplico muy en el fondo a sus subordinados, que pelearan con valor, para limpiar el honor nacional, esa mancha que los americanos habían propiciado con el bombardeo en Veracruz.

Ese era el valor que se necesitaba, decir las cosas como eran realmente y no como querían escuchar nuestros funcionarios. Para promover una reforma constitucional como el juicio de amparo que se proponía, había que reconocer que en México, se vivía un analfabetismo, una falta de principios y valores, una sociedad afeminada, degenerada y corrupta como decía Otero; un país donde ser comerciante era motivo de vergüenza y que por esa razón, el comercio en México estaba controlado por extranjeros, a los cuales en vez de promover circularán estos sus mercancías, eran víctimas de los constantes impuestos que les acechaban, de los aranceles con altas tasas de cobros y requisitos absurdos para el desembarque y traslado de sus mercancías, inclusive hasta de la amenaza que el gobierno mexicano hacia a estos profesionistas de confiscarles sus productos, sino cumplían con alguno de los requisitos que este establecía. Finalmente un gobierno ladrón incapaz de generar riqueza. Como implementar un juicio de amparo para estos casos, donde el comerciante honesto era constantemente  molestado y orillado a vivir en la inmoralidad del crimen, de la corruptela, en la que para sobrevivir del constante acoso de los funcionarios aduanales, tenía que sobornarlos para permitir ejercer su profesión, que como en cualquier nación civilizada, era la clave del progreso y no del estigma prejuicioso digna de una sociedad medieval.

Manuel Crescencio Rejón estaba convencido de ese plan de reformas para mejorar la situación política, económica y social del país; sabia como Otero que el país no estaba del todo bien, que había falta de patriotismo y no por los soldados mexicanos que desertaron una noche antes del combate de Cerro Gordo, ni tampoco por aquellos que respondían la metralla de balazos que recibía, sino porque la iglesia católica había hecho mal al país; porque no había agricultura en el territorio nacional, porque tres cuartas partes de territorio nacional, eran del clero, la que si bien arrendaba tierras, ningún estímulo propiciaba a los pequeños agricultores, de labrar la tierra, a causa del pago del diezmo o de la falta de caminos para circular sus productos, o de las gabelas que gravaban su mercancía.



Ese era el campo mexicano; una verdadera caja rodeada de las montañas del Telégrafo y el Atalaya, de otros pequeños montes, pendientes y a lo lejos un rio; zona boscosa en la que los americanos trataron de ocupar el Cerro del Telégrafo pero que fue rechazada por la infantería mexicana; al menos cincuenta muertos americanos podían verse en esa frustrada ocupación del cerro que obligo a los americanos a retirarse. ¡Era una buena noticia¡. Santa Anna salía de su tienda de campaña, con la noticia de que los americanos habían sido expulsados en la toma de ese cerro. Vítores de alegría encendía a los oficiales mexicanos y al mismo Santa Anna que en aires de soberbia, decía a sus críticos, que su estrategia era la correcta, “ya lo vieron cabrones”; nada hicieron los americanos. ¡Ni un conejo pasara por este camino¡. ¡Aquí les vamos a partir la madre a esos güeritos¡….  ¡Pinches gringos culeros¡. El ataque que hiciera el general Twiggs fue rechazado por la tropa mexicana, quien dejara en las faldas del cerro a por lo menos veintiséis muertos y ciento ochenta heridos del ejército mexicano; Santa Anna inmediatamente recibió el parte de novedades del oficial mexicano, quien exagerando la hazaña, dijo lo que Santa Anna quería oir.

-      Mi general, huyeron los muy maricas. No pudieron con nosotros. Respondimos el ataque, en apego a sus órdenes mi general; debió de haber visto como huyeron los pinches gringos. ¡No tienen guevos los cabrones¡.

El combate en Cerro Gordo debía de posponerse, tan pronto amaneciera; la expulsión de la tropa americana en la ocupación del Cerro del Telégrafo, era motivo de orgullo y de fiesta en las filas mexicanas, así que el general para tranquilizar a su tropa y evitar una oleada de deserciones como las que cada noche ocurría, tuvo la brillante idea de improvisar una fiesta de la victoria; autorizo a la tropa a que bailaran, que también tomaran, con “la debida moderación que el combate representaba”, los soldados mexicanos estaban creídos que la batalla había sido ganada por estos; el generalísimo engreído en su táctica tan criticada, mostraba una vez más a sus detractores, que él tenía la razón, los gringos no pasarían por Cerro Gordo, serían detenidos en su ambición desmedida, derrotados y humillados, regresados en sus buquecitos de vapor de donde nunca debieron de haber partido.

La noche fue intensa y aun así con el insomnio que el diputado Crescencio Rejón tenía; la discusión de la introducción del juicio de amparo en la Constitución de 1824 se llevaría a cabo, en una sesión donde seguramente, uno de los oponentes a la reforma, seria paradójicamente, el mismísimo Mariano Otero.  Efectivamente, como aprobar un recurso legal para aquellas clases sociales aristócratas y ladinas, que se enriquecieron con los recursos del pueblo; que nunca lograron la riqueza y la prosperidad que tanto prometieron para el bienestar de la nación y si en cambio, aumentaron sospechosamente su patrimonio; ya nadie recordaba el gran fraude que represento el Banco de Avío, la generosa idea de Lucas Alamán que termino por ser una caja chica de nuevas fortunas de los millonarios mexicanos, el primer banco mexicano con un fondo de un millón de pesos destinado para ayudar a todo empresario mexicano que quisiera construir una fábrica y en que termino, en un verdadero “monte parnaso”, un banco donde se extrajeron importantes sumas de dinero, que nunca fueron reintegradas al banco, que nunca produjeron riqueza ni las tan anheladas industrias con las cuales nuestra patria se convertiría en la Inglaterra hispana, al carajo se fue todo ese dinero, todas esas industrias mexicanas nunca se pudieron edificar y no por falta de dinero, sino por falta de empresarios, comerciantes, industriales; las leyes dictadas con anterioridad eran absurdas, se hablaba de proteger a la industria mexicana, pero a decir verdad, nunca hubo industria mexicana que proteger, unos cientos talleres de hilazas y tejidos de algodón, que nada producían en comparación a las industrias textiles que existían en Londres; pobres mexicanos tontos, visión tonta, corta, pobre; proteger a talleres familiares que no producían riqueza y haber prohibido a Inglaterra introducir a nuestro país, sus fábricas textiles, donde se produciría a un menor costo, toda la vestimenta del mundo; donde nuestros habitantes dejarían de ser analfabeta y siervo de los párrocos de la iglesia, para convertirse en esa clase proletaria que había en Inglaterra, Francia, Estados Unidos, esa nueva clase social que llevaba acompañada progreso para sus respectivos países, puertos marítimos y vías de ferrocarril que acortara las distancias.

Visión corta de los mexicanos y también de sus militares y de su gran genio militar, don Antonio López de Santa Anna, quien nunca pensó que los conejos si podían subirse en esa montaña; la tropa americana escalo toda la noche el cerro de la Atalaya y no sola la escalo, con esas pendientes tan pronunciadas, sino que inclusive, se dio el lujo de colocar cuatro poderosos cañones que acabarían por siempre, lo que quedaba del orgullo nacional. Al amanecer, a las seis de la mañana, fueron los americanos, los que iniciaron el ataque, los mexicanos yacían dormidos, luego de su festejo de haberles ganado a los gringos, nunca pensaron, que los muy infelices, habían trabajado toda la noche para subirse a la punta del cerro y desde ahí, haber colocado sus cañones con los cuales, serian destrozados.



Santa Anna no daría crédito en cómo habían llegado a esa posición. Como habían podido transportar esos poderosos cañones, con que gente, con que agallas, con que autorización habían ascendido al cerro; automáticamente el general ordenó a su tropa ocuparan el cerro para arrebatarles a los invasores de sus poderosas armas, pero nadie le hizo caso al generalísimo, pues las balas de los cañones eran certeras, continuas, peligrosas; la tropa mexicana se dispuso a huir y a nadie hacerle caso, el general por momentos pierde su otra pierna, toma un caballo y aun así trata de dar órdenes a su regimiento, que sigue sin hacerle caso, esquivando las balas y recibiendo el contra ataque terrestre que los americanos habían emprendido. De esa forma, observó el paisaje y tenían razón sus detractores, estaba en una caja, había caído en su propia trampa, ahora se encontraba rodeado por cielo y tierra por sus enemigos los americanos, que disparaban desde arriba de aquel cerro, sin la resistencia de los mexicanos, que huían como ratones atemorizados.

Esa es la vergüenza nacional, se dijo al día siguiente en el Congreso, el diputado Mariano Otero; un ejército desmoralizado, integrado por multitudes de hombres ignorantes, sin capacitación, sin profesionalismo, sin lealtad ni disciplina; un ejército acostumbrado al “pronunciamiento nacional” para desconocer gobiernos legítimos, pero nunca para enfrentar a un verdadero ejército profesional, esa era la vergüenza nacional, que los soldados mexicanos huyeran del combate, a no ser blanco de los rifles o los cañones americanos, a no caer a causa de una bala muertera, de una guerra, mas definida para el triunfo de los americanos.  Santa Anna, como los demás soldados de su tropa, también huye, esta vez, para no ser capturado como lo fue en San Jacinto, tiene que huir entre la confusión, entre el ruido del cañón y de las balas, para no ser identificado y obligado a firmar una paz que no cedería; huye Santa Anna, por esos montes, con toda su tropa, sin poder contrarrestar ninguna ofensiva, ni siquiera una estrategia defensiva, el ejército mexicano se disuelve en la medida en que las tropas de Scott van introduciéndose al camino a Jalapa; en el que sus artilleros, desde esas montañas, disparan con toda la tranquilidad que el paisaje les daba, para ver desde arriba, como huían los soldados mexicanos.

Esa es la guerra que se pierde, la que todos los mexicanos siguen perdiendo todos los días, al enfrentarse con un gobierno nefasto, corrupto, inservible; un gobierno integrado por burócratas que llevaban una vida muy parecida a la de sus militares, empleados sin educación que compraban sus plazas para vivir de las pocas rentas que recaudaba la hacienda pública, funcionarios bien pagados, pero no por sus conocimientos en el arte de la administración pública, sino porque ellos aprovechándose de su posición, fijaban sus emolumentos, tan prósperos y decorosos, que ningún comerciante modesto podía tener trabajando de forma honesta; esos eran los burócratas, a los que había que proteger a través del juicio de amparo; burócratas que en sus escritorios podían disponer libremente de los bienes, de los derechos, inclusive hasta de la vida de cualquier ciudadano, sin responsabilidad política, jurídica, ni criminal, el poder era todo en México, el fuero que les autorizaba robar sin ser juzgados y sentenciados a la cárcel, el fuero que les permitía entablar relaciones inmorales con tipos desleales a la república, a la patria; pensando siempre esa masa de funcionarios, en perpetuarse en el puesto, gobernara quien gobernara, fuera federalista o centralista, católico o masón, yorkino o escocés, no importaba la extracción política que fuera, el puesto gubernamental era bueno, útil, garantizaba status y la promesa de ascenso, para obtener otro mejor puesto que también garantizara, mayor prosperidad.

Los mexicanos fueron derrotados en Cerro Gordo; la batalla mas importante de Santa Anna después de la Angostura había sido ésta y lamentablemente, le había tocado perderla, abatido por los cañones y los rifles de los yankies, Santa Anna huye como también queriendo huir de su destino, habría sido preferible morir pero la santísima virgen le tenía preparado otra sorpresa, vivía porque estaba condenado a ser alguien importante en la historia de su país, no le tocaba morir como habían muerto muchos de sus soldados aquella tarde estrepitosa; Santa Anna vivía cada vez que así lo sentía, con aquella pierna que soportaba el peso completo de su cuerpo, se dispuso a continuar caminando, a pensar que mientras hubiera vida, había esperanza,. Que mientras en México hubiera un mexicano en pie de lucha, la guerra continuaría hasta su victoria; México no se vería jamás mancillado por la artillería americana, jamás sería conquistada, mientras estuviera él en pie de lucha, con una decena,  centenar o un millar de mexicanos dispuestos a morir por la patria.

Eso era lo mas importante para esos días, la patria. El día de la discusión de la reforma constitucional, la prensa mexicana publicó una noticia del periódico Commercial Advertiser, en el que informaba que un capital del ejército americano, el general Bentón desembarcaría de Nuevo Orleans a Veracruz para sostener una plática con el ministro Rejón, para negociar la paz a cambio de la cantidad de tres millones de pesos.

Esa noticia era falsa, Rejón no era Ministro de Relaciones Exteriores, ni siquiera conocía a ese funcionario americano, ni iría a Veracruz ni a ninguna parte, más que al congreso mexicano a discutir su iniciativa de reforma constitucional, era una noticia falsa que atentaba contra su imagen, que lo colocaba como a un mentiroso, un traidor a la patria, que desprestigiaba su honorabilidad y sus buenas intenciones de introducir en la Constitución Política, el juicio de amparo.

Rejón tomo su carruaje y se dispuso a dirigirse al congreso, donde lo esperaba el diputado Mariano Otero, para seguir discutiendo sobre esa reforma. Para manifestarle que coincidía en que el amparo debería de ser individualista, porque debía de proteger a lo más importante que tiene una nación que son sus individuos; esa era la novedosa reforma que revolucionaria el derecho en nuestro país, fundar la constitución en el derecho individual de las personas, a ser protegidas por los tribunales contra los abusos de sus gobernantes, contra esos pilluelos que robaban, mentían y gobernaban cínicamente la patria; contra esos que huían de Cerro Gordo, contra los que laboraban en palacio nacional, con los aristócratas que hicieron inmensas fortunas sin haber edificado escuela, camino, fabrica alguna; contra ellos había que proteger a los millones de individuos victimas de su mal gobierno, un juicio de amparo producto de la mejor obra legislativa de todos los tiempos, la que ni los ingleses, franceses o americanos habían diseñado para el bienestar de sus ciudadanos; un solo juicio, un solo recurso, una sola ley, una instancia que gozara de respeto, credibilidad, honorabilidad, que protegiera por siempre y en cualquier lugar, a cualquier mexicano que se viera afectado o puesto en riesgo sus derechos individuales como persona, como ciudadano, como mexicano, ese era el juicio de amparo que había que introducir en la constitución de 1824.

El carruaje de don Manuel Crescencio Rejón  estaba por llegar a la sede del Congreso, cuando una piedra rompió el cristal de la venta de su carruaje, asustado se asomó y vio como un lépero le aventaba una piedra, haciéndole una seña obscena con los dedos; Rejón espantado por el acto, escucho otra pedrada en la parte trasera del carruaje, volteo y observó también ,que otros léperos le gritaban y lo injuriaban, le decían traidor, no comprendía lo que pasaba, tenía en sus manos su discurso respecto al juicio de amparo, pero lo que la gente tenía en las suyas, era la nota periodística publicada en ese día, en la cual lo acusaban de vende patrias.

Otero espero a su adversario para expresarle que coincidía con él en algo tan importante en la historia del país, que aun con sus limitantes, con la pobreza y en el estado de guerra por la cual cruzaba la patria, era el momento crucial e importante para aprobar en la constitución de 1824, la introducción del juicio de amparo. Estaba conforme con ello, salvo algunas pequeñas discrepancias, una de ellas, era que Otero propondría al congreso, que una ley reglamentaria definiera cuales serían esos derechos por las cuales los mexicanos serian amparados, Rejón de haber estado en el congreso hubiera objetado esa propuesta, el hubiera preferido que esos derechos formaran parte del texto constitucional, estuvieran en ellos redactados, fueran parte de la norma fundamental y no una norma secundaria como proponía Otero.



Pero eso proponía don Manuel Crescencio Rejón; quien para ese momento, su carruaje era atacado por una muchedumbre que lo injuriaba, los cristales de carruaje roto, sacudían al carro, algunas manos habían ingresado por esas ventanas rotas para golpearlo, aventarle piedras, jalarle los cabellos, Rejón pensó morirse en ese acto, con una mancha de sangre en su frente, creyó ser linchado por esa turba que pedía su muerte, que injusto trato recibió, los centinelas acudieron a poner el orden, amedrentaron a los léperos que habían atacado al carruaje, pero a nadie detuvo, a nadie metió a la cárcel,  la turba enardecida se fue injuriando con sus gritos al diputado lastimado en su persona, en su integridad, en su honorabilidad desprestigiada.

El amparo sería contra actos de autoridad de los poderes legislativo y ejecutivo, no así del poder judicial; no concebía Otero que el amparo fuera contra un juez, podía serlo contar las leyes del congreso, contra los funcionarios del supremo Gobierno, pero no de un tribunal; Otero le faltaba la imaginación de Rejón, si era posible amparar a ciudadanos contra las malas sentencias de los jueces, contra inclusive aquellos jueces de consigna, a merced de los corruptos gobernantes; no lo había pensado así Otero y no pudo defender esta teoría Crescencio Rejón, que yacía casi inconsciente en su carruaje, espantado, lastimado, casi muerto sino por el linchamiento, si de la pena, de la humillación pública.

Los centinelas entraron al carruaje y le preguntaron al diputado como se sentía, este respondió que bien, que como podría sentirse luego de no haber acudido a la sesión legislativa más importante en la historia del congreso mexicano, en la plenaria a donde expondría sus puntos de vista para introducir el juicio de amparo en las leyes mexicanas, como podría sentirse de no llegar a su cita con la historia, en el mismo momento, en que el diputado Mariano Otero quedaba en la memoria legislativa del congreso mexicano, como el creador del juicio de amparo.

El amparo seria resuelto por los tribunales de la federación y no en el sistema inverso en que se proponía, es decir, en un sistema en que los jueces locales, podrían anular los actos de autoridad de los autoridades federales, o bien viceversa, que los jueces federales, dejaran sin efecto los actos de autoridad de los gobiernos locales; para Otero y para esa ley aprobada, los tribunales de la federación serían los únicos facultados para conocer de reclamaciones o amparos por los actos de autoridad violatorios a las garantías individuales que cometieran las autoridades tanto federales como locales, centralistas como departamentales.

Finalmente y sin discusión que frenara el plan de Otero, el diputado y jefe de los moderados, logro aprobar el Acta de Reformas, quien en su artículo 25 proponía.

Los tribunales de la federación ampararán á cualquiera habitante de la república, en el ejercicio y conservación de los derechos que le conceda esta Constitución y las leyes constitucionales contra todo ataque de los poderes legislativo y ejecutivo, ya de la federación, ya de los Estados, limitándose dichos tribunales a impartir su protección en el caso particular sobre que verse el proceso, sin hacer ninguna declaración general respecto de la ley ó del acto que lo motivare.

Ese no era el amparo que busco Rejón, ese fue el amparo de Mariano Otero a quien entre aplausos y las plumas literarias jurídicas, le otorgó al joven diputado jalisciense, la inteligencia de haber creado tan importante recurso legal en el derecho mexicano. Rejón no acudió a su cita con la historia y por eso, su participación en este procedimiento constitucional, se vio reducida a una mera anécdota histórica del congreso de Yucatán; el daño que se le hizo al diputado Rejón, fue no haber propuesto junto con Otero las ideas que este tenía concebidas del juicio de amparo, la visión de Otero era corta a comparación de la de Rejón, lamentablemente, su adversario político en el congreso, tenía una cualidad que el no poseía, pues aparte de juventud, tenía el estigma de no ser “santa annista”. Ese fue el error de don Manuel Crescencio Rejón, haber trabajado muy de cerca, del seductor de la patria: don Antonio López de Santa Anna.

Y a todo esto, que ocurrió en la capital: la noticia llego pronto. Era cierta, muy dolorosa; pero era motivo de alarma nacional. La prensa decía que los americanos habían vencido a los mexicanos en Cerro Gordo, donde había quedado disuelto el ejército mexicano, desconociendo el paradero del general Santa Anna. A buena hora llegaba la reforma constitucional y la introducción del juicio de amparo en el derecho constitucional mexicano; cuando el ejército de los Estados Unidos de América, tomaba Perote, Tepeyahualco y después pisaba Puebla sin haber hecho un tiro. 

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