miércoles, 7 de septiembre de 2016

CAPITULO 34


Había que hacerles frente de forma digna, valiente y patriota a esos americanos, demostrarles a esos piratas mercenarios que en nuestro país existen los valores y que las guerras por muy crueles que fueran, algunas de ellas eran justas, como en el caso de ésta ilegitima invasión que estaba sufriendo el territorio mexicano.

El general Mariano Arista sospechaba desde luego de una traición desde las filas de su ejército; el ataque al fuerte Brown se vio interrumpido con el sorpresivo apoyo que el Mayor Brown había recibido de los refuerzos enviados por el general Taylor; sin duda alguna el ejército mexicano contaba con espías al servicio de los enemigos, quienes lo delataban en cada uno de sus planes. Para ello, tenía que ser ahora discreto, no sabía con certeza si los oficiales directos a su mando, cuantos de ellos podían traicionarlo y venderlo no solamente con los invasores, sino ante otros generales mexicanos que tiñaban de envidia. Desde su tienda de campaña, observó cada centímetro de ese mapa, no existía duda de que el mejor lugar para tener la primera batalla sería la llanura de Palo Alto, ahí se verían las caras tanto los soldados mexicanos como los soldados americanos, ahí se pondría a prueba la artillería mexicana, contra la artillería del invasor, él como general en Jefe de las fuerzas mexicanas del norte ante el pretenso invasor Zacary Taylor.
  


A la una de la tarde de ese ocho de mayo, tres mil soldados mexicanos y doce piezas de artillería se fueron colocando a lo largo de toda una línea defensiva, que difícilmente podría romperse por la retaguardia, en virtud de un monte y de un pantano de difícil acceso; desde ahí había que esperar a los americanos para enfrentar un combate de cuerpo a cuerpo que haría mostrar la garra y el coraje mexicano, su valentía y su forma heroica de no temerle a la muerte. Del otro lado de la llanura, el general Taylor acompañado del coronel Twiggs, tres regimientos de infantería que daban un total de dos mil ciento cincuenta hombres, diez piezas de artillería y cuatro vehículos cargados al parecer de agua, abastecimiento suficiente que les permitía a los invasores resistir cualquier ataque.

Los soldados mexicanos se fueron colocando en forma horizontal, cada uno de ellos preparó su respectivo fusil y se mantuvieron a la espera de que el general Arista gritara de un momento a otro, la palabra clave: ¡Fuego¡….ordenará inmediatamente después el grito, el disparo de todos los fusiles, de los doce cañones, de los gritos de los soldados que a la voz de ¡Viva México¡, se lanzaran a matar cada uno de los invasores. Arista observó la colocación del ejército enemigo, lo más que le llamo la atención fueron esos cuatro carros cargados al parecer de agua, ah decir verdad, su ejército era muy superior, tres mil mexicanos, contra dos mil cien americanos; doce cañones contra diez; tenía todo para ganar, menos lo que el ejército invasor tenía: ¡agua¡, su tropa no contaba con los víveres suficientes para sostener un combate que pudiera durar más de dos días; por eso había que iniciar una vez, dar la orden de ataque para resolver de una forma inmediata la primera batalla; gritar fuego y dar pie a que los soldados mexicanos dispararan cada uno de sus fusiles.



Arista montado en su caballo, con aquel telescopio siguió observando el movimiento del ejército americano, los tenía enfrente, darían batalla cuando este decidiere el ataque, era cuestión de que cada uno tomara la decisión, o iniciaba Taylor que las tenía todas de perder o comenzaba él a la orden de fuego; lo pensó una y otra vez, había que dar el golpe primero, correrlos de una vez, cubrirse de gloria e informar lo mas pronto posible a la ciudad de México sobre el resultado de su intervención; tenía que hacerlo antes de que oscureciera, para eso había que dispararles hasta provocar su retirada, no tenía porque pensarlo, debía de hacerlo de una vez, entonces después de mirar a lo lejos a sus enemigos, alzó el sable frente a su tropa y al bajarlo en forma rápida grito:

-      ¡Fuego¡.


La batalla comenzaba. Los doce cañones mexicanos dispararon al mismo tiempo, a la par de que los soldados mexicanos gritaron en una sola voz: ¡Viva México¡. El ruido de los balazos empezó a escucharse, junto con los murmullos de la tropa; los disparos sonaron una y otra vez, las nubes de fuego empezaron a escurrirse, los cañones mexicanos se cargaron de nueva cuenta para disparar al mismo tiempo, que las miles de balas que también eran disparadas.



Pero algo inesperado también ocurría, uno o dos minutos de que la artillería mexicana disparara, la bala de cañones americanos emperezaba a caer en las filas de la tropa mexicana. Se alcanzaba a ver desde lejos su trayectoria, iban cayendo derechito a donde se encontraban los soldados mexicanos, había que correr y no quedarse quietos, romper la fila en forma inmediata, antes de que la bala del cañón cayera al suelo y estallará en fuego arrasando todo lo que estuviera a su alrededor. Uno a uno de los cañones americanos cayeron dentro de las filas del ejército nacional, lo que obligó a éste a dispersarse, otros más se quedaron quietos esperando la orden de sus respectivos oficiales, ah seguir disparando en forma desesperante, sin darse cuenta de lo que ocurría en otros francos, donde algunos soldados mexicanos empezaron a caerse a consecuencia de las descargas de fuego que recibía del enemigo.

Y mientras tanto el cielo azul, las nubes blancas y dios observando.

Arista dio la orden de que ningún soldado se moviera de su posición, pero eso daba pie, a que siguiera cayendo cada uno de los distintos proyectiles que lanzaba la infantería americana. Ruidos y mas ruidos, las nubes de humo. Los colores amarillo y rojo seguían observándose desde lejos, al ver como el ejército invasor seguía éste disparando, siendo al parecer inmunes el cañoneo mexicano, que de nueva cuenta volvía a dispararse.

- ¡Fuego¡.- ¡Fuego¡. Mil veces fuego; gritar fuego por cada minuto, por cada hora, por cada momento que los soldados y artilleros cargaran las municiones para seguir disparando una y otra vez. - ¡Fuego¡. …mil veces ¡Fuego¡. Hasta que ele combate terminara.

Los proyectiles mexicanos fueron lanzados, pero Arista desde sus vinculares observaba una de las peores estupideces de la tropa mexicana hecha por sus propios ingenieros, que no merecía llamársele como tales, porque ni siquiera habían calculado la distancia del enemigo, en relación con el lanzamiento de los cañones nacionales. Nuestros inofensivos proyectiles lo único que hacían era ruido y distraían a los artilleros de una función todavía mas productiva, como era disparar sus propios rifles. Entonces que caso tenía seguir disparando, si las balas de nuestros cañones no alcanzaban a llegar las filas del enemigo.

Pero en cambio la artillería americana era cierta, determinante, segura; las balas de los cañones seguían cayendo y los mexicanos no hacían más que tratar de esconderse en donde podían; una a una de esas balas seguían bombardeando y destazando el ejército que todavía seguía en pie.

Las horas y los minutos seguían transcurriendo, al mismo tiempo que esas hermosas nubes caminaban para desplazarse en otro lado.

El plan del general Arista tenía que cambiarse; la táctica había fallado, por lo que se tenía que emplear una estrategia que le permitiera salir victorioso, sino triunfante en la batalla, por lo menos en una situación de fuerza que no le permitiera ser de todo derrotado; había dado órdenes al general Ampudia de tomar el fuerte Brown como una medida intimidatoria, que tendría el efecto psicológico de que el ejército mexicano avanzaba y ocupaba posiciones del enemigo; no sabía si aprovechar ese momento para seguir con sus planes o pedir inmediatamente el apoyo a su compañero de armas para reforzar la linea defensiva mexicana y ordenar en todo caso, el avance de la misma, hasta topar con los adversarios en un enfrentamiento de cuerpo a cuerpo.



Seguía pensando eso Arista, no sabía si tomar esa decisión, pero los cañones americanos seguían cayendo uno a uno, provocando además de ruido, bajas en las filas mexicanas, quienes todavía no rompían la línea defensiva. Debía de tomar una decisión lo más pronto posible, opero al pensar cual sería esa decisión, tuvo que correr junto con todos los oficiales, para ser alcanzado por ese proyectil. - ¡General que hacemos¡… - gritaba el oficial de artillería, no sabia que decisión tomar, si desplazar los cañones, si abandonar la posición, si mantenerse firmes, si seguir disparando una y otra vez.

- ¡Sigan disparando¡ - Fue la orden del general en Jefe, seguir disparando a como de lugar, seguir disparando dentro del humo de fuego, seguir con aquel tiroteo para tener la esperanza de que por cada cañón que se recibía en la línea mexicana, moría por lo menos un soldado americano - ¡Sigan disparando¡ - gritaba el general en forma de un hombre valiente que se batía como cualquier soldado más - ¡Preparen¡…¡Apunten¡… ¡Fuego¡.

Los cañones mexicanos seguían disparando al mismo tiempo, pero ah decir verdad, la estrategia seguía mal, tardaban más los artilleros mexicanos en cargar los proyectiles en los cañones, que las balas que estos recibían. Bolas de fuego seguían cayendo una y otra vez; había sido un mal comienzo que obligaba inmediatamente a cambiar de planes. Había que romper la linea defensiva, ordenar el ataque, avanzar hasta topar con el enemigo y enfrentarlos de cuerpo a cuerpo. A lo lejos, Arista observa el desplazamiento de tropas americanas por el costado izquierdo, observa como aquellos carros misteriosos también lo hacen, piensa que el ejército invasor intenta rodearlo, había que taparles el camino, obstruirle sus planes con un regimiento de hombres valientes, dispuestos a ser los primeros en sostener el enfrentamiento directo: ¡Avancen¡ - el grito de Avance se dio en todas las filas; a las dianas empezaron a escucharse y con ello, la orden de los soldados de romper filas; de ignorar esos cañones que seguían cayendo, de pedirle a dios que ningún misil cayera a los pies de ningún hombre más, ah correr y hacer posible que esas balas de artillería, dejaran de tener efecto sobre algunos de los soldados mexicanos que habían sufrido inevitablemente la muerte.



Los soldados mexicanos empezaron a moverse hacia adelante, con la bayoneta calada corrieron en dirección al enemigo, pero la consecuencia de esa decisión era también desafortunada, porque de una u otra forma, se convirtieron en victimas de los disparos del adversario. Aun así, los pocos que siguieron recorrieron la avanzada, notaron desde lejos, que su camino se vería obstruido por esa cortina de fuego y humo, que los americanos habían incendiado. El general Arista con su telescopio no podía predecir cuál era la estrategia de su enemigo, no solamente su tropa era víctima del intenso bombardeo de los cañones americanos, sino también de su propia incertidumbre, al observar como esa hilera de humo y fuego se extendía por todo el horizonte, tapando la visibilidad, esparciéndose en el aire aquellas fumarolas negras y grises que no solamente hacían toser a los soldados, sino que les impedía ver la posición del enemigo. Así con el pasto quemándose, uno a uno las mortíferas bombas seguían cayendo, entre sonoros ruidos y bolas de humo que hicieron por un momento pensar al general Mariano Arista, que la batalla la estaba perdiendo.

Las nubes no solamente cambiaban de posición, sino también el sol; ese cielo azul, era un cielo que poco a poco se iría apagando, hasta convertirse en noche. Un cielo que miraba expectantemente, un juego de guerra, donde dos ejércitos salen a batirse por la gloria de su patria.

El ejército mexicano hizo lo posible para impedir el plan de Taylor, por más que trató de evitar que aquellos soldados americanos continuaron quemando el pasto, no podían esconderse del intenso bombardeo del que eran franco fácil. Arista observó desde lejos como las tropas de Taylor se alineaban en forma de cuadrado cubriéndose por todos lados y como de esa forma avanzaban poco a poco, detrás de esa cortina de fuego que impedía a los suyos romperla. Se necesitaba agua para apagar ese fuego, agua ya no para alimentar a la tropa y a los caballos, sino para contrarrestar esa arma secreta de los invasores, que en forma por momentos artística, seguían avanzando al extremo izquierdo, sin que Arista pudiera hacer algo.


Si la tropa enemiga avanzaba por la izquierda, entonces había que entrar por la derecha. Este repliegue de fuerzas evidenciaba que la artillería americana también avanzaba para cubrir a su propia tropa, posibilidad de que el ejército mexicano estuviera ganando esa batalla. Entonces el general Arista ordenó que la caballería mexicana también avanzara por ese franco derecho, pero había tomado una decisión equivocada, pues sus tropas que avanzaban por ese extremo derecho, se habían puesto nuevamente en la mira de la artillería americana.

Antes de que cayera la noche, de que cada estrella cubriera el firmamento, Arista considero dejar sin efecto su orden, pidió  entonces a sus oficiales llamaran a su tropa a la retirada, empezando por esa caballería que lamentablemente no había concluido con el objetivo de su ataque.  Pues los jinetes con sus respectivos cañones, fueron cayendo uno a uno.

En la medida en que el cielo fue cubierto por la noche, ambos ejércitos dejaron de disparar, procediendo cada uno de ellos por cortesía militar, continuar con el combate. Las reglas de la guerra debía después de todo, que respetarse; aun entre las naciones que aspiraban a ser civilizadas.

La tropa mexicana desconcertada, sin saber si esa batalla había sido buena o mala; debía de investigarse la verdad, era la hora de hacer el recuento de los daños para valorar si ese combate se podía considerar como un triunfo o una derrota; la simple imagen de ver cuerpos tirados en el campo no representaba del todo la derrota. No podía existir un sentimiento de perdida, aún cuando el alto mando que acompañaba a los generales Mariano Arista y Pedro Ampudia se despertaba un espíritu de derrota, de enojo, frustración; era cuestión de confirmar lo que parecía evidente, que esa primera batalla, la primera en ésta guerra México – Estados Unidos, la habían ganado los americanos.

Habiendo acampado ya en plena noche, los principales oficiales militares López Uraga, Pedro Ampudia, Tomás Requena y el general de la División del Norte Mariano Arista, hicieron un cálculo de los daños provocados. Un balance de guerra que permitiera valorar quien había ganado y quien perdido.

Sentados todos en la mesa y teniendo las debidas precauciones de que no fueran sorprendidos por los enemigos a tan altas horas de la noche; se reconoció el valor de los soldados mexicanos, quienes habían dado una muestra de serenidad y valentía, no solamente de haber desafiado a la poderosa artillería americana, sino a la propia muerte que sólo les produjo doscientas bajas.

¿No eran más?. No eran más de cuatrocientos cincuenta y dos soldados mexicanos los que habían muerto y desaparecido aquella tarde?. Porque mentir en una cifra minúscula cuando el daño era notablemente más.  ¡Pero no¡. Reconocer que había más muertos, era aceptar que esa batalla se había perdido. No había que decir nada al Excelentísimo Presidente, ocultar la verdad el tiempo que fuera posible, disminuir el número de bajas, de heridos, inclusive, tratar de exagerar la hazaña de la caballería mexicana que solamente el ridículo había hecho horas antes.

¿Y acaso no era cierto?. Que las tropas del general Taylor habían sufrido nada más once bajas, es decir, únicamente once muertos y cuarenta y tres heridos. Los cuales estos últimos ya se encontraban atendidos por los servicios médicos. - ¡No puede ser que ni un maldito medico cuenten los mexicanos¡. - De que sirve tanto pinche capellán, salvo para dar hostias y las ultimas bendiciones a los cientos de soldados mexicanos que murieron esa tarde, pero no para sanar a los heridos que agonizaban en los campos de batalla. ¿Qué caso tenía salvar la vida de esos indios que ni nación ni patria tenían?. Que morirían como mueren los perros o las ratas hambrientas, como vil basura o estiércol, o como mueren los miles de hermosos búfalos que son cazados por los vaqueros americanos. O bien, como fallecen aquellos que merecen ser ignorados por Dios.

Tres mil disparos de cañón había recibido la tropa mexicana, frente a seiscientos cincuenta cartuchos de artillería que nuestros obsoletos cañones habían lanzado. Tres mil balas de cañón que habían causado bajas innumerables, frente a seiscientos cincuenta cañonazos que solamente habían ocasionado la muerte a once malditos invasores. ¡Once nada más¡. No era ridículo generales de desfiles, más fueron los cañonazos que dispararon los artilleros mexicanos, que el numero de bajas que tuvieron los invasores.



Arista no supo si reír por esa noticia. Pero su esperanza de haberse convertido en el gran genio militar que pudo haber sido no fue posible. Estaba viviendo una guerra de a de veras y no un cuartelazo militar de los que ya tenía práctica. De aquellos que con trescientos soldados ocupaba una plaza importante y pronunciaba un manifiesto a la nación. No eran batallitas de a mentiras, éste había sido un combate en serio, real, crudo, sanguinario; donde no importaba el valor ni los pronunciamientos de los militares, sino la táctica y estrategia de la guerra y en eso, había que reconocerlo señores, los americanos fueron mil veces superiores.

"El combate fue largo y sangriento, lo que se graduará por el cálculo que ha hecho el señor comandante general de artillería, general Tomás Requena, quien me aseguro que el enemigo arrojó sobre nosotros como tres mil tiros de cañón, desde las dos de la tarde, en que comenzó la lucha, hasta las siete de la noche en que terminó, disparando seiscientos cincuenta por nuestra parte.
Las armas nacionales brillaron, pues no retrocedió un palmo de terreno, a pesar de la superioridad de la artillería de los enemigos que sufrieron bastante estrago.
Esas tropas tienen que lamentar la pérdida de trescientos cincuenta y dos hombres dispersos, heridos y muertos, dignos los últimos de recuerdo y gratitud nacional, por la intrepidez con que murieron peleando por la más sagrada de las causas.
Dígnese Vuestra Excelencia dar cuenta con ésta nota al Excelentísimo Señor Presidente, manifestándole cuidaré de dar parte circunstanciada de este hecho de armas y recomendándole el buen comportamiento de todos los señores generales, jefes, oficiales e individuos de tropa que me están subordinados porque sostuvieron tan sangriento combate, que hace honor a nuestras armas y da á conocer su disciplina".

Esas eran las palabras con las cuales el comandante general de la División del Norte, general Mariano Arista informaba al ciudadano Presidente de la Republica. Era una carta romántica, con la cual la poesía castrense tenía que disfrazar la cruda realidad; México perdía su primera batalla. ¡Que el día de mañana sería la revancha¡.




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