miércoles, 19 de octubre de 2016

CAPITULO 67


Amparo Magdalena no entregaría esos títulos de propiedad, así la torturaran, la violaran, la robaran, le hicieran lo que le hicieran, no le haría entrega a ese patán de lo que dice que le pertenecía. - Es un ladrón, un mentiroso, un patriota impostor, que esconde bajo su falso discurso su verdadero rostro de traidor. Un funcionario corrupto. ¿y entonces que hacer?. Jorge Enrique insistió que debía de entregarle personalmente esos títulos de propiedad, porque era una orden que había recibido de su jefe. – Si no lo hago, es capaz de fusilarme. Amparo respondió. - ¡Necesita soldados¡. ¡No fusilados¡. Quiere los títulos porque el muy patán, amenaza con largarse; darse a la fuga. No mereces servir a ese hombre que no valora tus capacidades, tu talento de abogado; que te utiliza como vil objeto, como utiliza a todos los mexicanos, a todo el gobierno, a toda la gente que como tú, no le pone límites.

-      Vas a entregarle los títulos de propiedad a ese patán que México tiene como su líder. A ese traidor que ya vendió el país sin que nadie lo denunciara. Al que se abstuvo de ganarle los americanos en la Angostura, al que provoco su derrota en Cerro Gordo; el que entrego a Puebla y dejo abierto los caminos de Veracruz a México, para que los americanos pudieran avanzar hasta aquí; el que no apoyo al general Valencia en la Padierna, para no darle el mérito a este de haber frenado el avance yanqui; el que no apoyo a los soldados de Churubusco, el que tolera que los americanos pisen la ciudad, para darles estos alimentos.

-      Son órdenes del general Santa Anna, deben de cumplirse porque está defendiendo la patria.

-      ¿Cuál patria?. ¿Ahora resulta que defender sus intereses personales es defender la patria; será su patria; su país al que trata como puta; sin el menor decoro y respeto que este se merece. ¿Cómo puedes seguir defendiendo a ese hombre que no te ha dado tu lugar; que le has servido incondicionalmente, pero que te utiliza y que te ha puesto ahora en mi contra, para visitarme con la excusa tonta de pedirme unos títulos, de los que desconozco, pero que aún si los conociera, no los entregaría jamás; para no favorecer al peor mexicano que ha tenido nuestro país; al peor gobernante, a ese hombre tan oscuro que siempre engaña al pueblo de México; al que algún día la historia lo juzgara por sus mentiras, sus palabras falsas y sus actos de corrupción, con los cuales ha acumulado una inusitada riqueza, a la que nadie le rinde cuentas, ni justifica ante el Congreso, ni aún, seguramente ante los Estados Unidos, de quien también ha recibido cuantiosas sumas de dinero. ¿Qué no vendió Texas?. ¿Qué acaso no se entrevistó con el expresidente Jackson en la Casa Blanca, para vender el reconocimiento de México a Texas?. ¡No entregare esos títulos; no lo haré, porque sé que todo lo que te digo, lo crees, porque sin duda laguna, sabes más cosas de las que se yo.



Jorge Enrique se quedó callado y entonces recordó a su maestro en vida, el doctor Samuel Rodríguez, como si este también, desde la otra vida le hablará. Ahora era el momento en que tenía que renunciar a su empleo en el Supremo Gobierno, mandar a volar a sus jefes los militares, los políticos que de un día para otro se convertían en presidentes de la república, para posteriormente, también de un día para otro, dejar de serlo. Tenía que renunciar a las rentas que el Gobierno le pagaba; no podía ya prostituirse, ni seguir recibiendo dinero sucio, ni seguir siendo cómplice de fechorías tan indignantes, como los cuatro millones de pesos que el generalísimo había robado, para comprarse aquellos tierras, de las que ahora, quería rescatar sus títulos de propiedad. Era el momento que siempre espero, la invasión le dejaba algo bueno,  mientras estuviera Scott y de pisar este la ciudad de México, dejaría de ser vil empleado de ese nefasto gobierno mexicano, que no tenía mayores principios de república, federalismo y democracia, más que dinero, que les hacía ricos de un día para otro.  ¿De que forma regresaría a ver al general Santa Anna para decirle que “muchas gracias por todo”, renunciar al Gobierno que se desmoronaba, al que ya nunca jamás seguiría trabajando para el servicio del general Santa Anna, ni de ninguno otro que ostentara la primera magistratura del país?. Para dedicarse a la docencia, a escribir artículos en los diarios nacionales, para convertirse en un ciudadano ejemplar, capaz de denunciar la corrupción, la inmoralidad, la hipocresía del gobierno. Sería más fácil combatir desde esa trinchera a los políticos que nos gobiernan, y no desde la investidura de un alto funcionario, lacayo de confianza. Artífice de las leyes, que toleraba la manipulación de la justicia y la impunidad de sus gobernantes. Ahí estaba la voz de su maestro, quien le pedía enterrar su pasado e iniciar otra nueva forma de ser, de vivir, de ser libre y dejar de ser sirviente de las mentiras, las corruptelas y demagogias de los nefastos gobernantes mexicanos. Tenía que cambiar su vida y quedarse a vivir, al lado de esa mujer, que tanto admiraba y respetaba. Que le respetara su vocación académica, su status de ciudadano libre de conciencia, de quien podría escribirle los mejores poemas de amor, para recitárselos en el oído, en noches de luna llena, entre el frio y la dulce compañía, de escuchar su voz y mirarle por siempre sus bellos ojos.

 Jorge Enrique y Amparo Magdalena lo pensaron por mucho tiempo antes de tomar esa decisión. Pero al parecer era lo más seguro que podían hacer, no tenían soldados para enfrentar el poco poder que aun le quedaba Santa Anna; lo único que tenía Jorge Enrique para desobedecer a su jefe, era su inteligencia jurídica, nada mas, que su sola inteligencia: Promover un interdicto, una orden legal, en pocas palabras, un juicio de amparo. Con ello, había que poner freno al poder de ese dictador, que por cuestión de días, quizás de horas, tenía que caer derrotado por esta guerra ya decidida a favor de los invasores; posiblemente, con la esperanza, de que si esa acción judicial no procediera, si al menos, la fuerza militar de los americanos del jefe Scott, quien pudiera hacer capturar, juzgar y sentenciar a la horca al traidor de Santa Anna, acusado de sus crímenes de guerra aún no olvidados en el Álamo Texas.



-      Es muy descabellado. – exclamo incrédulo Jorge Enrique.
-      Es la mejor decisión – respondió Amparo.- eso nos garantizará de que ese traidor bravucón, no tenga la mínima intención de pisar este lugar. Lo haremos enfurecer, no podrá mandar ninguna escolta a este lugar a despojarme, mancillarme, no mientras este Scott en México.
-      ¿Pero eso no es traición?.

Jorge Enrique pregunto si promover esa acción judicial en contra de Santa Anna no representaba en si un acto de traición; era válido, era legal, era inclusive justa la decisión de defenderse legalmente a través de los instrumentos legales que la Jurisprudencia mexicana daba a sus ciudadanos, ¿pero que acaso no era inoportuno hacerlo?. Más un momento en que la ciudad de México atravesaba un momento de guerra.



-      ¡Cual guerra existe un armisticio¡. En estos momentos hay una tregua, lee las bases de la tregua, se respetaran las propiedades de los mexicanos en los territorios ocupados por los americanos, por ningún momento el ejército mexicano podrá ocupar las zonas ocupadas por el ejército de los Estados Unidos. Así lo dice el armisticio; ve, léelo con tus propios ojos; la constitución americana también lo dice en su tercera enmienda; la propiedad de los particulares no puede ser ocupada.
-      Si ya lo sé, pero no es el momento oportuno para hacerlo. Nos acusara de traidores a la patria.
-      ¿de qué?. – respondió incrédula Amparo Magdalena.
-      De traición a la patria. No podemos hacer esto, es algo grave, desleal a la república, al país, no en este momento.
-      Jorge  - dijo seriamente Amparo – Tú crees que es traición a la patria, el hecho de que un ciudadano mexicano, defienda sus derechos ante la arbitrariedad, el poder, el autoritarismo de un mal funcionario, de un traidor, un corrupto, un cobarde; quien es más traidor; tu que promoverías una acción legal, dentro de la legalidad que establecen las leyes mexicanas, o él, que incumple cada vez que puede y a su conveniencia su palabra. ¿Quién podrá ser más traidor a la patria?. Tu que eres una persona honesta, que vive de las rentas públicas en forma honesta e integra; o él, que roba los impuestos del pueblo, que los esconde y aprovecha dichos recursos, para comprarse propiedades ostentosas que ningún príncipe europeo o comerciante español tiene en sus propias tierras. Que se enriquece con el empobrecimiento del pueblo. ¿Quién es mas traidor?. Ese falso líder que ya vendió la patria a la que tu defiendes como abogado, o tú, que solamente haces valer, lo que tú me dices que es la soberanía, la ley fundamental, la ley de leyes; lo que siempre enseñaste en cada una de tus clases a tus alumnos, lo que siempre platicaste en vida a mi hija, inclusive a mi esposo cuando este vivía; ¿no eres tú mejor mexicano que él?, ¿que aquél patán que ostenta la investidura de jefe de estado?; ¿no eres mejor mexicano tú que defiendes una causa justa, que él, que traiciona y soporta sin dignidad alguna, esta guerra injusta que vive mi país?,  … ¡Tu país; el país de tus alumnos, de los que serán tus hijos… ¡Dime quien es el traidor¡. ¿Quién?.  

 Jorge Enrique no dijo nada, se quedó callado. Amparo aprovecho el momento, sacó del cajón del escritorio papel y el tintero.

-      ¡Hazlo¡.
-      Es un hombre muy poderoso. No le hará caso a nuestra acción judicial.
-      Mas poderosos es Scott que lo ha derrotado en cada batalla. ¡Ándale hazlo¡. ¡Yo sé que puedes hacerlo hazlo¡.

Jorge Enrique se sentó sobre el escritorio, tomó el papel y pensó en muchas cosas antes de asentar la primera letra sobre esa hoja de papel; imagino lo que podría ocurrir cuando se enterara su jefe, cuando supiera el acto desleal de haberle promovido un juicio de garantías en contra de una ordenanza suya, no se lo perdonaría jamás, mal interpretaría ese gesto civilizado, esa acción judicial le negaría por siempre la amistad y protección de su mentor, lo expulsaría de sus círculos y lo condenaría a vivir, mientras él gobernara, en el absoluto anonimato. No con todo eso, a su lado, estaba la mujer que amaba como algo muy próximo a su ser, a ella no podría fallarle; no podría demostrarle que un jurisprudente que se jactaba de ser digno y libre, se comportara como un lacayo a favor de un gobernante deleznable; así que una vez decidido, empezó a escribir; Amparo sonrió como lo hacía antes; dándole confianza, al ver como Jorge Enrique escribía, con esa pluma y tintero, con la soltura de un dibujante, escribió sin parar, redactando de un impulso cada párrafo de la demanda.

-      Sabes Amparo. – miró a los ojos a esa mujer - Para mí es un placer trabajar contigo.

Amparo sonrió, con una mirada de gusto y ternura respondió:

-      Para mí también.

Sólo dijo eso, se abstuvo de decir que ella quería que ese momento fuera eterno, que nunca se acabara, que la demanda que escribía Jorge Amparo, durara las horas y los días, quizás hasta los años, pero que no dejaras jamás de escribir. Entonces Amparo le sonrió,  se le acercó dándole un beso a su fiel abogado.

Jorge Enrique empezó a escribir el proemio de la demanda. Cada vez que con sus dedos manchaba la pluma y asentaba las letras sobre el papel, Jorge Enrique experimento ser el hombre libre que siempre quiso ser. Por vez primera un abogado libre. Ya que importaba; sin patria, sin gobierno, sin jefe, ni generales poderosos, Jorge Enrique, era un hombre libre y como tal escribió, ante la mirada complaciente de su fiel compañera, de aquella mujer que quizás en otra vida después de esta, llegaría a ser también abogada y con la que trabajaría quizás, si dios así lo dispusiera, a favor de ese Supremo Gobierno, respetuoso por siempre de la Constitución y de todas sus leyes; en un gobierno, mas honesto, mas patriota, mas valiente e incorruptible, como el que le toco vivir Jorge Enrique.



De esa forma Jorge Enrique escribió y empezó a redactar lo que por vez primera en la historia de México, sería la primera demanda de garantías del primer Juicio de Amparo. Y eso era obra intelectual y emocional, de esa gran mujer, a la que Jorge Enrique siempre quiso.



Le basto a lo mas hora y media para terminar esa demanda de garantías. Consulto las leyes que Amparo le proporcionaba, ella como si en otra vida hubiera sido su fiel compañera, la acompaño hasta que la tarde se hiciera noche y la noche aún más oscura; sirviéndole un café y después leyendo y releyéndola una y otra vez el documento para corregirlo, como si ella también fuera o en otra vida, hubiera sido abogada.

Jorge Enrique corrigió aún más la demanda, siguió las recomendaciones de Amparo que le suprimía los párrafos que no entendía, como si fuera experta, como si fuera también la musa que inspiraba al abogado escribir su acción judicial, quizás la diosa Themis, un ángel, o una colega, que con su punto de vista crítico, perfeccionaba esa demanda. Hecha las correcciones, volvía a repetirse la demanda, corrigiendo y suprimiendo aquellos párrafos que Amparo le sugería.

A las dos de la mañana se terminó la versión final de esa demanda. Ahí con las luces de las velas. Ambos se vieron a los ojos; sonrieron y siguieron fingiendo que trabajaban, leyendo y volviendo a leer ese documento, para que finalmente, pudiera Amparo estampar su firma. Como queriendo prolongar el tiempo y este se volviera eterno, para que ninguno de los dos pudiera separarse.

Pero la hora final llegó.

-      ¿Estas segura Amparo?.
-      ¡Claro que si abogado¡. ¡Que poco me conoce¡.

Amparo firmo el documento. Antes e hacerlo lo volvió a revisar y ya una vez leído, con toda seguridad lo firmo.

-      Aun podemos desistirnos de su presentación en el juzgado.

Amparo respondió riéndose.

-      No me hiciste acompañarte en estas horas, para que a la mera hora, desistieras de presentar la demanda.
-      No.
-      ¿Entonces abogado?. Ah presentar esa demanda. Que la patria sepa, que hay un ilustre jurista, defensor de las libertades civiles en este país. Un hombre inteligente y valiente, capaz de frenar el poder del gobernante mas corrupto de este país. – Jorge Enrique sólo sonrió.
-      En hora buena y que dios nos bendiga.

Una vez firmada la demanda, Amparo ya en forma cortante se retiró de la oficina que alguna vez fuera de su marido; le dijo a Jorge Enrique donde podía descansar y se despidió de él, diciéndole que lo vería al día siguiente.

Quizás ese era el momento más importante de su vida. El instante erótico que tanto espero. Debía de tomarle de los brazos y besarla, y cuando éste había tomado la decisión de acercársele para robarle un beso y estuvo a punto de hacerlo, Amparo sintió ese imán, esa intención que invitaba a entrar a lo mas profundo de su intimidad, de sus secretos de mujer, guardo una sana distancia y huyo, sin propiciar el tan anhelado encuentro. Retirándose como si nada hubiera pasado; o mejor dicho, retirándose de aquel privado, para nada pasara, ni en esa noche, ni en cualquier otra, ni nunca, pasara algo.



-      Lo veo mañana abogado. Que tenga una buena noche.

Amparo se retiro del privado. Mientras que Jorge Enrique se quedo sólo en aquel privado. No fue a la habitación que le ofrecía Amparo para dormirse, se quedo ahí sobre ese escritorio, pensando en lo que fue y no pudo ser; en el destino, en lo que acababa de vivir, en ese instante eterno, debajo del cielo estrellado, del canto de los grillos, del frío que después sintió su cuerpo; cerro los ojos, por cansancio, porque los tenía que cerrar, porque el día había terminado, porque mañana iniciaría otro día, quizás una nueva oportunidad, una nueva historia, una nueva vida. Cerró los ojos y se dispuso dormir; por momentos riéndose de lo que acababa de vivir y de los hermosos momentos que sintió al lado de su mujer amada, cuando escribió la demanda de amparo como si le hubiera escrito un poema de amor. Sintiendo cuando ella le dijo, que deseaba jamás separarse de el en ese momento, como sintiéndose por momentos feliz, de haber encontrado una alma gemela, de saberse así, que en otra vida, en otro sitio, volverían a encontrarse a esa mujer, que con la misma valentía de enfrentarse a un gobierno poderoso y corrupto, esa vez lo haría para desenmascararse el uno al otro,  para desnudarse de cuerpo y alma  y poder entrar a un dialogo mucho mas profundo y poder ingresar a esa comunión simbólica, instintiva, irracional; haciéndose uno sólo, una sola alma, un solo destino, una sola vida. Debía de esperar esa noche y quizás esa vida, debía esperar quizás cien años y el tiempo que fuera necesario, quizás otra guerra, otra nación, otro mundo; debía esperar el tiempo que fuera suficiente, para conocer a esa mujer, tan importante en la vida de él, digna de escribirle, la mejor pieza literaria de todos los tiempos. De recordar por siempre, hasta el ultimo día del fin del mundo, la guerra entre México y los Estados Unidos.

Al día siguiente amaneció. Jorge Enrique sin haberse aseado y haber ingerido los alimentos que requería su organismo, abandono lo casa, acompañado de esa escolta con le había otorgado Santa Anna para recuperar los tan anhelados títulos de propiedad.  Salcedo se dirigió a la Ciudad, presentando consigo aquellos cuatro fojas que conformaban su demanda de garantías, fue directamente al juzgado donde ingreso su escrito y ¡oh sorpresas que da la vida¡,…  el juez rehúso acordar la demanda alegando que no había recibido instrucciones del general Santa Anna, ni menos aún del ministro de la Suprema Corte don Manuel de la Peña y Peña, para diligenciar asuntos judiciales como el que se exponía; pero que no obstante, dejara dicho libelo en las oficinas del juzgado para después con posterioridad, en otra ocasión que fuera oportuna, pudiera consultar el acuerdo que sobre este recayera.

Jorge Enrique trato de hablar con Su Señoría el Juez, pero este se negó alegando que había mucho trabajo, aunado a que dada la situación política por la que atravesaba el país, nada se podía hacer; así que el titular de dicho juzgado, instruyó fuera su Secretario quien despachara a dicho abogado, teniendo este las plenas facultades que la ley y su autoridad le daba, para acordar como a este conviniera, en el caso de sus ausencias.

De esa forma Jorge Enrique perdió toda esperanza de promover la demanda de garantías; nulos habían sido sus esfuerzos de haberse desvelado una noche antes, para haber redactado dicho escrito, para que finalmente, fuera la autoridad judicial, quien lamentablemente  le negara a presentar dicha acción. Alegando cuestiones extrajudiciales; así desanimado Jorge Enrique, se desalentó de entablar cualquier conversación que no fuera con el titular del juzgado; así que cuando decidió retirarse del local del juzgado, escucho una voz.

-     ¡Maestro¡

Volteo Jorge Enrique y se llevó la grata sorpresa de que el Secretario del Juzgado, había sido su fiel alumno Armando Villarejo.

¡Sorpresas que da la vida. Finalmente resulta una bendición, ser y haber dado clases de Jurisprudencia en la Universidad de México¡.



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